massobreloslunes: Lo que hace la playa mientras no la ve nadie

sábado, 17 de mayo de 2008

Lo que hace la playa mientras no la ve nadie

Nota: aún quiero saber cuáles son vuestras palabras favoritas, así que he dejado un enlace en la barra lateral para poder seguir posteando entre tanto.

Esta mañana me he levantado temprano con la intención de dar un paseo en bici y bañarme en la playa vacía. Me he vestido con el bikini debajo, he embadurnado de crema mi debilitada piel y he bajado al garaje a coger mi pobre bici, que este año se ha quedado en Málaga porque a mi casero y a todos los inquilinos de ésa su comunidad no les parece bien que la suba por las escaleras y/o la guarde en el balcón. Un mundo donde una potencial mancha de rueda de bici en la pared es más importante que la ecología y la felicidad a pedales quizá no merezca salvarse. El caso es que mi plan ha quedado descartado cuando he descubierto que mi hermano, ese ser que nació para que yo no me sintiera sola, le ha quitado las ruedas a mi bici para llevarlas a su clase de dibujo y se las ha dejado allí. Le he chillado y sacudido un buen rato en su cama, pero lo que tiene la resaca es que es una buena defensa frente a las hermanas indignadas. Después me he dicho: bueno, es temprano, estoy vestida y el mar sigue en el mismo sitio. Así que he cogido la moto y me he ido al Balneario.

Aquí hago un inciso para decir que esta noche he tenido sueños especialmente vívidos y curiosos. Al principio de la noche, he soñado que Gasol (sí, el jugador de baloncesto) estaba en mi clase (¿en mi clase de qué?) y yo le molaba. Esto es curioso y divertido por dos razones: una, que Gasol nunca me ha gustado, ni interesado, ni parecido mínimamente atractivo; otra, que me saca casi sesenta centímetros, lo que hace nuestra relación anatómicamente imposible. Después he soñado con Mi Querido Ex Novio (que me saca treinta y cinco centímetros, iba de altos la cosa esta noche), que montaba en bicicleta y me llevaba en el asiento mientras él pedaleaba. Yo daba palmitas de felicidad hasta que, de pronto, me daba cuenta de que estábamos en el Balneario y todo estaba lleno de grúas y camiones que vertían cemento en el suelo. Entonces me echaba a llorar. El Balneario es una antigua casa de baños situada en mitad del paseo marítimo de Málaga. Con el tiempo se ha ido convirtiendo en una preciosa ruina con un bosque de eucaliptos al lado que, como la aldea gala, resiste con gracilidad a los ruidos invasores y a la fealdad del mundo. Foto aquí. Ahora parece que quieren construir allí un parque con quioscos, tiendas y cafeterías de dos euros el café, y supongo que de ahí mi sueño.

Sin embargo, esta mañana el Balneario aún seguía en su sitio, endiabladamente hermoso, con sus columnas rotas y el mar azulísimo batiendo suavemente contra las rocas. En la arena, una mujer gorda untaba crema bronceadora en sus pechos enormes y desnudos. En un rincón, al abrigo del chamizo que hace de techo, un hombre joven y rapado hacía yoga sobre una colchoneta. He cruzado el bosque de eucaliptos, y las mismas cosas que siempre me fascinan y conmueven han vuelto a hacerlo. La fuente de donde manaba vino las noches de fiesta, la vasija enorme y rota por un lado en cuya base han empezado a arraigar las plantas. Desde las viejas pistas de tenis llegaba el ruido sordo de la pelota al golpear contra la raqueta y las exclamaciones de los jugadores.

He salido hacia el paseo de Pedregalejo y he paseado cruzando las pequeñas calas a través de la arena. Son como piscinas tranquilísimas, cada una con su propia belleza redonda y transparente, donde las olas apenas se levantan. Algunas bicicletas rodaban tranquilamente por el paseo, y un hombre tiraba una pelota a dos perros pequeños y feos que corrían detrás, enloquecidos. Los pescadores arreglaban las barcas, acostándolas bajo sus mantas de lona en sus lechos de arena. En la cala más grande, frente al hotel Cohiba, me he quitado las chanclas (es una palabra bonita ésta también: chancla) y he recorrido la orilla con los pantalones remangados. El agua estaba helada, y entre eso y la brisa fría que erizaba la superficie del mar he decidido que no iba a bañarme. Aun así, he sumergido las piernas hasta las pantorrillas, sintiendo cómo el frío dolía al principio y cómo mis venas, mis músculos y mi sangre trabajaban hasta adaptarse a él. Todo era tan hermoso.

Mi paseo ha durado hasta que he notado cómo, lenta pero perceptiblemente, el mundo empezaba a llenarse de personas, y cada vez había más bicicletas, más paseantes, más perros. Que no es que no me guste, porque me encanta la gente que pasea aunque sea gratis, pero esta mañana quería quedarme con la imagen de la playa vacía, donde los pocos que van lo hacen precisamente por eso, porque está vacía.

He vuelto a mi moto. Los trabajadores de los astilleros aupaban trabajosamente una barca, girando una palanca a la que habían atado una cuerda y cuyo nombre me encantaría saber. Entre los eucaliptos, un hombre desnudo hacía una gran hoguera con troncos y ramas y se ponía de pie frente a ella, empapándose de humo. Al borde del mar, un chico con un violín a la espalda miraba el agua desconcertado. Me he acordado de una frase del libro que estoy leyendo: “Qué extraños recipientes de tristeza somos todos”. Y me he ido a casa a desayunar yogur con muesli y cereales y una gran taza de té verde.

3 comentarios:

  1. Borracho, de noche y en invierno, el Balneario da un poco de miedo.

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  2. Borracho, de noche y en invierno muchos sitios dan miedo :P
    A mí personalmente, hasta en esas circunstancias me gusta el Balneario. Solo, silencioso y helado, con la luna iluminando los trozos de piedra. Pero bueno, yo es que creo que soy una gótica de corazón.
    Un beso.

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  3. Pues... yo pienso que con la borrachera justa... todo puede ser maravilloso.
    Salud/OS!

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