massobreloslunes: Pies

jueves, 22 de mayo de 2008

Pies

El podólogo no tenía éxito con las mujeres. Era inteligente, agradable y casi guapo, pero se daba cuenta de que, en cuanto decía a qué se dedicaba, las mujeres huían de él como si hubieran pisado algo viscoso. Todo el mundo sabe lo que hay bajo los zapatos, y más aún bajo los de las personas que necesitan ir al podólogo: uñeros, callos ásperos, olores recocidos. Al podólogo, en el fondo, no le extrañaba que las mujeres no quisieran ser tocadas por esas manos.

Hasta que un día, en un congreso sobre Patologías Contagiosas del Pie Humano, un colega le dio la solución.
- Es muy fácil – le dijo -. Sólo tienes que decirle a la chica la siguiente frase “Tus pies son increíblemente pequeños en relación con tu estatura”. A las mujeres les encanta saber que tienen los pies pequeños. Les hace sentirse deseadas. Tiene que ver con alguna forma perversa de feminidad: el rollo japonés de vendar los pies, o algo así.

A partir de entonces, justo después de confesar cómo se ganaba la vida, el podólogo decía su frase. El cambio operado en las mujeres era perceptible. Sus ojos brillaban, su postura se relajaba, la leve mueca de repugnancia que había contraído su boca al saber a qué se dedicaba se deshacía. El podólogo remataba con otras dos frases, esta vez de su cosecha: “En serio”, decía, “y yo entiendo de esto”. Luego dirigía una mirada preocupada a los pies en cuestión “¿seguro que no te aprietan los zapatos?”. Su interlocutora sonreía, levemente avergonzada: “Qué va, son de mi talla”. Después de eso, todo iba sobre ruedas.

Cuando ella llegó a su consulta, sin embargo, no pudo decirle nada. Sus dos esbeltas piernas estaban terminadas por unos pies largos y anchos, con el dedo pulgar ligeramente separado de los demás. El podólogo echó una vista a los juanetes, raspó callos, revisó un papiloma en curación. Miró a la mujer a los ojos, grandes y tristes. Era muy guapa.
- Tus pies – dijo, y no sabía cómo continuar -… Tus pies tienen mucho carácter.

Ella sonrió con dulzura.
- Son zarpas – dijo -, pero gracias.
- No son tan grandes. He visto a muchas mujeres de tu estatura, y te aseguro que entra en la media.

Como reprochándole su mentira, los dos grandes pies le miraban, flotando sobre el suelo al final de la camilla. Los dedos parecían alargarse buscando la luz. Ella volvió a sonreír y se incorporó, calzándose unos zapatos de tacón que tenían aspecto de ser caros.
- Bueno, pues nos vemos de aquí a un mes para echarle un vistazo a ese papiloma, ¿te parece?

La mujer asintió.
- Oye, eres mi última paciente. ¿Te apetece tomar una cerveza? – sugirió él. Ser podólogo no le había hecho fetichista. El resto del cuerpo de la paciente aún le interesaba.

Ella le miró mientras cogía su bolso. La luz de la tarde de verano había empezado a volverse mortecina, y después de apagar la lámpara halógena que utilizaba para trabajar, el podólogo apenas podía distinguir sus rasgos. Se quedó unos segundos en silencio y, finalmente, negó con la cabeza.
- No sabe lo importantes que pueden llegar a ser los pies – dijo.

Y sin darle tiempo a contestar, se marchó despacio, caminando hacia la puerta con sorprendente gracia.

5 comentarios:

  1. En mala hora se me ocurrió leer tu último post en el rato del desayuno...

    ResponderEliminar
  2. Vaya, a eso le llamo yo no empezar con buen pie...
    Salud/OS!

    ResponderEliminar
  3. Pues a mi me encantaría un novio podólogo. Seguro que haria unos estupendos masajes en los pies.

    ResponderEliminar
  4. Ah claro, es que si luego la cosa no funciona se queda sin podólogo no??

    ResponderEliminar
  5. Jajaja no sé, Lucía, no lo había pensado así. Simplemente, cuando estaba escribiendo el relatillo y dejé hablar a la mujer, fue eso lo que dijo. Desde luego, tu hipótesis tiene sentido. Que cada uno lo interprete como quiera...
    Un beso para todos.

    ResponderEliminar