massobreloslunes: Sobre cómo se pone el sol en el Sacromonte

martes, 18 de noviembre de 2008

Sobre cómo se pone el sol en el Sacromonte

El miércoles pasado fui de visita a la Abadía del Sacromonte, un edificio del siglo XVII que alberga misteriosas historias de reliquias, falsificaciones y fe. No me voy a parar ahora a contar todo lo que pasó allí en su época, así que visitad esta página si queréis entrar en detalle. Lo que quiero contar es que cuando salíamos de allí, el sol se ocultaba por la Vega, en el hueco que queda entre en Albayzín y las colinas de la Alhambra. Todos nos acercamos el extremo del patio para ver el cielo y la bola redonda del sol entre las nubes, y cuál no sería mi sorpresa al ver que lo primero que hacían mis compañeros de visita era sacar las cámaras digitales y ponerse a disparar como locos.

A ver, personitas. Que no es que esté mal dispararle a la puesta de sol en lugar de sentarse a contemplarla a lo hippy. Bueno, bien bien no está, porque en lugar de admirarla en toda su grandeza, uno acaba concentrándose en encontrar el tiempo de exposición y el contraste perfecto para capturar unos colores lo más parecidos posible a la realidad. Al final nunca lo son, y uno termina por comparar la imagen en la pantalla con el cielo espléndido que tiene delante, y en lugar de agradecer el show gratuito del universo se queja por la resolución de la cámara. Pero ésa no es la cuestión.

Sacarle fotos al cielo sería razonable si al llegar a casa, descargar el contenido de la tarjeta de la cámara y sentarse frente al portátil, uno experimentara las mismas sensaciones que cuando está viendo el atardecer verdadero. Pero luego nunca es igual, por bonita que sea la foto. Lo que tienen de especial las puestas de sol es esa cualidad mágica de que algo increíblemente hermoso está ocurriendo junto al aburrimiento urbano de cada día. Es tan bonito, y es gratis, y es incomprensible y enorme, y cambia a cada instante hasta que se va. Las puestas de sol nos sacan del aturdimiento cotidiano; estamos inmersos en el trabajo, o en caminar por la calle hacia una tienda, o en rumiar nuestras preocupaciones, y de repente nos damos cuenta de que algo ha empezado sin avisarnos y es mucho más grande que cualquier importante asunto en el que podamos pensar. Ese cambio de escala provoca una especie de ruptura mental, un vacío, un satori breve pero intenso que nos tiene un tiempo variable contemplando el cielo sin pensar en nada más. Eso no tiene nada que ver con mirar la imagen en la pantalla, porque para ver imágenes bonitas en el ordenador basta con buscarlas en google. Y todos estaréis de acuerdo en que no es lo mismo.

La mañana siguiente de mi noche de amor con el italiano (suspiro, suspiro), estábamos los dos junto a playa, mirando el mar recién amanecido. A través del agua transparente de la orilla podían verse los guijarros de colores. "Mira esas piedras", me dijo Marco. "Ahora tienen unos colores preciosos: verde, azul, rosa... Bueno, pues cuando te las llevas a casa se vuelven grises. No sé por qué". "Es que a lo mejor no hay que llevarse las piedras a casa", contesté, y luego creo que le hablé de la floración de no se qué cerezo sagrado en Japón, en la que no se permite hacer fotos. Claro, que antes de volver a Málaga le saqué a él varias y, en efecto, no es lo mismo en absoluto.

2 comentarios:

  1. Las mejores sensaciones no se pueden captar con una cámara ni con nada o las vives y las retienes o se pierden.

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  2. Desde luego que no es lo mismo.
    Me quedo en llevarme la imagen en el corazón, para siempre. Ahí no se degrada con nada y se siente tal cual se sintió en el momento preciso...

    beso!

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