massobreloslunes: Huevos kinder

sábado, 17 de diciembre de 2011

Huevos kinder

Un euro diez había costado el huevo kinder, y mientras ella le mira rasgar el papel con ojos entusiasmados, se pregunta cómo ha subido tanto el precio, o si valía tanto cuando ella era pequeña. Entendiendo, más o menos, por qué sus padres lo consideraban un artículo de lujo y no se lo compraban casi nunca; por eso y porque ella se dejaba la mitad del chocolate y se iba enseguida a por el juguete.

Él hace lo mismo. Deja las dos mitades del huevo abiertas sobre la mesilla de noche y coloca el otro huevo, el amarillo pequeñito, en la palma de su mano. Está sentado con las piernas cruzadas sobre el edredón, sonriente y espídico, mientras ella, tumbada, apoya la mejilla en la mano y piensa en dormir otro rato.

Sacude el huevo amarillo. Ella comienza a darle mordisquitos al chocolate, que le parece absurdamente fino y dulce, y tan poco motivador como en su infancia. Él pega el oído para ver si consigue averiguar lo que tiene dentro.
- Me gusta cuando suena a piezas, a que hay muchas piezas que se pueden montar.

Ella sonríe. Por fin, él abre el huevecito y saca los papeles de instrucciones y las piezas. La pieza, para ser más exactos. Es un llaverito con forma de coche de carreras. Pero no es un coche, sino la silueta de un coche, y todo lo que hay que hacer es pegarle la imagen del coche real encima y engancharlo a las llaves que todo niño actual debe tener.

Él frunce el ceño.
- Esto es una mierda de regalo - dice, mientras despega el papel y lo adhiere al llaverito de plástico -. ¿Ahora es esto lo que regalan con los huevos kinder? No me lo puedo creer.
- A ver, yo qué sé, ¿qué esperabas? Son regalitos cutres, te parecían mejores antes porque eras pequeño.
- No, no, no es eso - protesta él -. Cuando era pequeño los regalos eran mucho mejores. Traían maquinaria de metal y todo. ¡Traían hasta poleas!
- ¿Poleas? Pues seguramente alguien habrá decidido que era peligroso y las habrán retirado. Es más difícil que los niños se metan el llavero por la nariz que una polea metálica.

Él se ha puesto de pie y da vueltas por la habitación, indignado, mientras agita al inocente llaverito como si quisiera arrancarle alguna confesión.
- Pero es que si por lo menos fuera un coche de verdad... pero es que ni siquiera es un coche, ¡¡es la foto de un coche!!
- No es para tanto, cariño. Tranquilo.

Ella no sabe si reírse o preocuparse, porque la imagen de él, en pantalones de pijama y sin camiseta, con el pelo ligeramente canoso brillando al sol de la mañana y el llavero colgando del dedo índice, le resulta un poco cómica.
- Sï que es para tanto. ¡Son los niños, es su ilusión! ¿Tú te crees que a un niño le puede apetecer jugar con esto? Un niño necesita algo que montar, algo que construir. Necesita piezas. No se puede jugar con un llavero.
- Yo creo que estás exagerando, ¿eh? Los niños juegan con todo.

Él resopla y da vueltas por la habitación, y a ella se le ocurre que a ver si encuentra trabajo de una vez y desfoga toda la energía contenida que está volcando ahora mismo en el huevo kinder. Porque esta escena le parece profundamente rara.
- Voy a llamar al teléfono del consumidor. O a poner una hoja de reclamaciones.
- ¿A quién?
- Pues yo qué sé, a la fábrica kinder o a quien sea. Es que no me parece bien, mi amor, en serio.
- Estás como unas maracas.

Ella se ha sentado en la cama y decide que definitivamente la situación le parece graciosa. Le hace gracia cuando él se pone a repasar los papelitos que venían con el regalo, buscando un número de teléfono al que llamar para protestar. Le hace gracia cuando llama a información telefónica preguntando a quién le puede decir que los regalos del huevo kinder de ahora son una basura. Le hace gracia verle todo sulfurado, repitiendo una y otra vez "¡es que ni siquiera es un coche!". Pero entonces él cuelga el teléfono y suspira. Se sienta en el borde de la cama, se encoge de hombros, acaricia el llavero con resignación y casi con cariño.
- No se puede jugar con un llavero - repite, bajito.

Y es en ese momento cuando a ella la cosa deja de hacerle gracia, y no sabe por qué.

2 comentarios:

  1. Deja de hacerle gracia quizás porque se da cuenta de que su pataleta es solo la punta del iceberg de cómo se siente.

    Personalmente creo que le habría sentado mejor una onza de chocolate negro con almendra;)

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  2. Y a mí que me gustaba más cuando sonaba a una sola pieza... anda que no coleccioné toda la ristra de hipopótamos, cocodrilos y demás, cómo molaban XDDDDDDDD

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