massobreloslunes: Contenta
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martes, 11 de julio de 2017

De vuelta en la Dimensión Desconocida



El plan es usar mi abanico como conversation opener
Estoy en un Starbucks en el aeropuerto de Los Angeles, y he decidido escribir esta entrada porque mi problema con este blog últimamente es que, como a John Watson en Sherlock, "nothing happens to me". Pero viajar otra vez a la Dimensión Desconocida, es decir: a EEUU, quiere decir que me está pasando algo y que quizá puedo escribir sobre ello.

He venido para asistir al World Domination Summit: un encuentro de artistas, emprendedores, bloggers y gente rarilla en general. El evento se celebra en Portland, Oregon; si todo va bien, en un par de horas embarcaré hacia allá.

Es la primera vez que vengo sola a la DD desde que conocí a Pablo y, aunque le echo de menos, mientras estoy sentada en el Starbucks y escucho los Lumineers, me resulta fácil conectar con esa Marina loca de hace cuatro años y pico, que iba por la vida con los ojos muy abiertos y el corazón oxidado, sí, pero de par en par. E igual que me pasa últimamente cuando camino sola por Granada y me descubro canturreando con los auriculares puestos, me gusta seguir conectada con el linaje de la yo misma más joven y más loca.

¿Qué espero de mi viaje? Lo primero es simplemente estar aquí, en EEUU. Mi interés por viajar tiene mucho más que ver con el estado emocional al que me transporta el viaje que con lo que puedo ver o experimentar mientras estoy en él. Me gustan los sitios nuevos en la medida en que me generan una relación distinta con mi vida interior, y en ese sentido EEUU es como el país del espejo: parecido, pero distinto, y separado de mi realidad cotidiana por tantísimos kilómetros de tierra y agua que parece que mis actos no tengan las mismas consecuencias. O quizá tenga que ver con entrar en las escenas que he visto tantas veces en las películas o leído en los libros, y de repente verme como un personaje con una libertad extrema para crear mi propia historia.

Así que lo que querría de estos diez días son nuevos y exóticos elementos para mi vida interior, descubiertos en la seguridad de las cafeterías perfectas, los cuidados parques y el excelente customer service de la DD. Lo que querría es que mis fantasías de hojas en blanco y actos sin consecuencias me lleven de nuevo a la apertura extrema del CACP, y llenarme de nuevo de cosas que me pasen y que os pueda contar aquí, en este blog.

Lo dejo aquí por hoy. Llevo veinticuatro horas sin dormir más que un rato en el avión, y en cualquier momento voy a tumbarme en posición fetal en una esquina y a perder el conocimiento. Quizá debería pegarme la tarjeta de embarque en la frente para que puedan llevarme rodando al avión, como el que echa un sobre perdido al buzón de correos.

Esta soy yo hace veinticuatro horas, en el aeropuerto de Málaga.
Imaginemos todos que todavía tengo esta cara tan fresca.


[Hasta entonces, se admiten sugerencias para el nombre de este viaje; os recuerdo que otros nombres con más o menos éxito han sido el Summer Steinbeck-Hill Project (SSHP) o el Crazy American Climbing Project (CACP)]

viernes, 4 de septiembre de 2015

Mi felicidad

Desde hace unas cuantas semanas, estoy extrañamente feliz. Y digo extrañamente porque ya os conté el último día que llevaba meses con una nube negra sobre mi cabeza, como si mi vida estuviera metida en un agujero que cada vez se hacía más y más estrecho. Ahora, de repente, ha vuelto la luz y todo parece apetecible y emocionante. 

Disfruto de mi chico, de mi gata y del silencio.

De Pablo disfruto todo el rato. ¿Sabéis eso de "no darse cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes"? A mí no me pasa. Yo me doy cuenta todo el rato de que tengo a este chico fabuloso, del que me gusta hasta cómo coloca los tuppers en el lavavajillas. 

Pablo ha cambiado todo lo que yo creía saber que era una relación. Hace un par de días, una amiga nos dijo que "no se sabía dónde empezaba el uno y dónde terminaba el otro", y yo me lo tomé como un halago. Me da igual ser absurdamente codependiente de Pablo, me da igual estar fusionada con él y acostarme por las noches pensando que me da pena dormir porque en ese rato no podemos estar juntos. Ahora me creo la teoría de la media naranja y de las almas gemelas, y pienso que nadie en el mundo está tan enamorado como nosotros y que seremos así siempre. Es un amor irracional y apabullante, y me encanta.

De Kalimera me gusta su curiosidad. Le interesan nuestras duchas, las películas que vemos, lo que hay detrás de cada mueble y dentro de cada bolsa. Su curiosidad es mayor que su instinto de supervivencia, y por eso cuando pasamos la aspiradora o me seco el pelo ella se queda un momento quieta, luchando contra el miedo que le da el ruido, antes de alejarse saltando sobre sus patitas blancas. Es extremadamente gatuna: molesta y adorable, juguetona y perezosa. De repente está saltando sobre ti como un ninja entrenado, y al momento siguiente se tumba a dormir y se tapa la cara con la patita porque le molesta la luz.

Y luego está el silencio hondo que hay en el pueblo después del verano, suspendido en el aire como lo contrario a una tormenta eléctrica. Salimos a escalar y hay una paz profunda, intensa, que se extiende por el cielo nublado de septiembre. Y disfruto del silencio y de sus posibilidades, de ver por fin lo que hago y lo que escribo como una oportunidad y no como una obligación.

Feliz, en resumen. Tan sencillo y complicado como eso.

domingo, 23 de agosto de 2015

Tengo un plan

Llevo algunas semanas un poco deprimida. A ver, no mucho, no en plan llorar y gemir diciendo que la vida es una mierda. Es una depre más tranquila, más existencial. De no tener grandes sufrimientos ni grandes ilusiones y de pensar que bah, al final somos puntitos diminutos en la galaxia y todo carece de sentido.

Además de esto, llevo desde que terminé el PIR convencida de que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo, profesionalmente hablando*, aparte de crear blogs y blogs y más blogs y quedar sepultada entre ellos. Me siento frente al ordenador, pienso "¿qué me toca hacer hoy?" y me paralizo. Y hago cosas, claro que sí: las más inmediatas, como trabajar para Mailterapia o contestar mails, pero más allá de eso trabajar en cualquiera de mis proyectos a medio-largo plazo es como dejar que me arranquen las uñas de los pies.

Es muy ridículo, porque sé que desde fuera mi vida da mucha envidia a algunos (los que escalan), moderada envidia a otros (los que madrugan) y una mezcla de admiración y desconfianza al resto ("vaya, cuántos proyectos tienes, qué interesante, y encima puedes trabajar a tu ritmo"). He aquí lo que he aprendido en estos meses: "trabajar a tu ritmo" no es nada fácil. El problema no es la fuerza de voluntad. La constancia es mucho más importante, y si eres constante puedes suplir tu falta de grandes esfuerzos con un goteo insistente de esfuerzos pequeños. El problema es la completa falta de claridad. Quiero creer que es solo una etapa y que esta confusión mental irá desapareciendo, pero mientras dura, es desagradable.

Así que si alguien se está planteando montar su propio negocio, que es algo que hoy está como muy de moda y tal, quiero decirle algo: que o lo tienes todo extremadamente claro desde el minuto 1 y una brutal capacidad de trabajo que suple todas tus dudas desde ese susodicho minuto, Ángel Alegre style, o te esperan muchos, muchos meses de preguntarte "¿pero qué carajo estoy haciendo con mi vida?". Si te parece que el emprendimiento digital es un camino rápido a levantarte por las mañanas con un sentido y una misión, contento de ser el faro que alumbra al mundo, etcétera, créeme si te digo que no es así. Eso, o yo estoy haciendo algo mal, que también es posible.

A pesar de todo, no volvería ni muerta a la etapa anterior. Al PIR, esa curiosa mezcla entre aburrimiento y marrones cósmicos, donde cambiar algo es el equivalente a tratar de mover a patadas a un elefante dormido. No, gracias.

Este post está quedando un poco triste y, en realidad, yo estoy bastante contenta hoy. Porque tengo un plan. Ayer finalmente me dejé de existencialismos y de "todo esto para qué" y escribí lo que voy a hacer en los próximos meses y el año que viene. Sobre todo, escribí para qué voy a hacer todo eso en los próximos meses y el año que viene, y qué sentido tienen cada uno de mis doscientos proyectos dentro del gran esquema de las mis cosas.

Y todo esto puede parecer bastante obvio, ya sabéis: pues claro que te tendrás que hacer un plan si estás intentando montar tu propio negocio y blablabla. Es lo que hace cualquier gurú. Pim, pam, pum: un plan, un calendario de posts, tres cursos online y a vivir. Pero mientras más trabajo por mi cuenta, más tengo que asumir que yo no soy así. Que mi estilo de emprender, o llámalo X, se parece más a, como diría Robert Fulghum, perseguir pollos en un corral enorme.

Además, hacer un plan cuando no tienes ni puta idea de nada no es fácil. Es como hacer una receta de cocina en un planeta extraterrestre donde la temperatura y la gravedad funcionan de forma distinta: tendrás que quemar unos cuantos soufflés para aliens antes de atreverte. Mi plan de ahora, al menos, es más realista y tiene más sentido que los que he hecho en el pasado. Creo.

La parte buena es que cuando termine todo esto, y si logro cumplir mi plan de aquí a un año, podré escribir un libro llamado "Tú también puedes emprender siendo un desastre total". O mejor no, que ya me sobran proyectos.

Pero en serio, estoy contenta hoy :)

*Si me apuras, a veces tampoco sé lo que estoy haciendo personalmente hablando. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

lunes, 6 de octubre de 2014

Ya no tengo miedo de algunas cosas

En esta vida puedes hacer las cosas por dos razones: por deseo y por miedo. Y curiosamente Psicosupervivencia, mi estupendo blog sobre psicología y autoayuda, era un blog basado en el miedo. Miedo a que no me fuera bien como escritora, a que nadie quisiera contratarme, a terminar debajo de un puente. Era una especie de "seguro": una plataforma profesional para ganarme la vida como se supone que debo hacerlo.

Como algunos ya sabréis, hace unos cuantos días anuncié el cierre temporal de la página. Es un cierre simbólico, porque se queda ahí para quien quiera leerse los artículos, pero viene a decir básicamente que por un tiempo voy a pasar de la psicología y a ser ser solo escritora y escaladora. No está mal.

Hace un rato hemos salido Pablo y yo a pasear. Ayer fuimos a escalar, y apretamos nivel no poder abrir tarros hoy, así que me he tomado el día de descanso. Cuando no escalo, Pablo me saca por las tardes de paseo como a las maris que tienen alto el colesterol. Paseamos por la carretera, que es algo como muy de pueblo. Al principio, caminábamos por el arcen de la calzada principal, por la que apenas pasan coches. ¿Sabes cuando vas con el coche por la montaña, y de repente ves a un señor o señora caminando, y te preguntas "a dónde irá este"? Yo ahora lo sé: el señor es de pueblo y la carretera es su calle. Pero ahora cruzamos el puente que hay frente a casa hasta otra carreterita pequeña, que cruza entre olivos junto al río y por la que sí que no pasa nunca nadie. Mientras paseamos, comemos moras silvestres, señalamos las nubes bonitas y nos desviamos cuando vemos algo interesante. Si llueve, jugamos a sacudir las gotas de lluvia que se han quedado suspendidas en las flores.

"Nuestra vida es como una droga de diseño", me decía Pablo hoy. Él no tiene angustias ni neurosis respecto a vivir aquí. En mis días malos, yo le pregunto si acabaremos solos y aislados, porque no vamos a tener hijos, la gente con hijos no querrá ser amiga nuestra y si seguimos mudándonos cada dos por tres, todos nos olvidarán. Él no se preocupa por eso y tampoco por acabar debajo de un puente. Se limita a vivir como un mercenario de la roca, escalando con quien le ofrece el mejor seguro, a declarar todo el rato que es súper-feliz y a repetir las tres palabras que sabe en catalán (perro, ensalada y agua).

Hoy, mientras olfateaba el aire de otoño y escuchaba el río, yo tampoco tenía preocupaciones. Todo va a salir bien. Esta mañana he escrito 4698 palabras de mi novela, y cuando releía antes de comer me he echado a reír un par de veces. Con mi propia novela. Con gente que solo existe en mi cabeza. ¿No es eso genial? Escribir esta novela no nace del miedo: nace del deseo, en el mejor sentido de la palabra. Y ya he dicho muchas veces que no va a ser una obra maestra de la literatura, porque es demasiado banal y desvergonzadamente romántica, pero me chupa un pie. Si vosotros también os reís leyéndola, me daré a mí misma un high five virtual y estaré más que preparada para irme debajo del puente. Total, lo tengo enfrente de mi casa.

Gracias por la parte que os toca. Me siento cuidada y querida por vosotros, mis lectores. Muchos de los suscriptores de Psicosupervivencia se han unido también a esta lista de correo: son amor. Os saludo y os doy la bienvenida. Este blog ha sido (casi) siempre fruto del deseo, así que quizá la experiencia de lectura sea diferente.

Ahora todos mis planes, mis proyectos y mis ideas se resumen en una frase: voy a escribir libros y a venderlos. Además, no pienso preocuparme por la parte dos hasta que no haya terminado la uno. Y entretanto, me pienso poner inhumana de fuerte con ayuda de un plan de entrenamiento que hemos elaborado Pablo y yo.

Así que ya sabéis. Que tiemblen las estanterías virtuales de Amazon. Y los tarros de conservas.

Este no es nuestro paseo nocturno. Es la bajada a Espadelles, uno de nuestros sectores favoritos.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Cancún para gafapastas

¡Hola, queridos!

Por fin consigo sentarme a escribir algo coherente en mi retiro hedonista cancunés. En estos días he estado cumpliendo mi reto de las mil palabras con textos medio dormidos que escribo antes de irme a la cama, con la cabeza embotada de sol y bufé libre. El resultado es impublicable incluso para los estándares de este blog.

Hoy, sin embargo, ha habido tormenta a mediodía y he aprovechado para dormirme la siesta, así que me encuentro fresca y con ganas de charlar. Además, funciona la wifi en la habitación. Que un hotel que te sirve tres tipos de salmón en el desayuno tenga una wifi tan horrible es algo que escapa a mi entendimiento.

¿Qué opino de la experiencia Cancún-resort-de-lujo-todo-incluido? ¿Qué puede esperar una pseudointelectual de este parque temático para adultos?

Hoy iba con Pablo a alquilar un coche para visitar mañana los cenotes de Tulum y le he dicho que una cosa que me gusta de él es su capacidad para disfrutar de todos los planes, sean los que sean. Pablo es feliz en un hotel de cinco estrellas y en una tienda de campaña. En el ambiente hipster de mi generación, queda como mal meterse en un todo incluido a beber cocolocos. No te integras con la cultura local ni aspiras el ambiente del entorno. Pablo va por ahí tan contento, jugando al voley-playa y poniéndose de un bonito moreno dorado, y le da lo mismo ver ruinas que tirarse en la hamaca a leer Antifrágil. Y yo me enamoro más de él a cada día que pasa.

La experiencia está superando mis expectativas. Me imaginaba algo más bien cutre, con gente muy borracha y bufé libre de perritos calientes y pasta bolognesa. En cambio, el hotel es muy elegante, con un ejército de personal amabilísimo que mantiene por las nubes tus niveles de hidratación. Hay algunos huéspedes borrachuzos, pero no son la mayoría. Pablo y yo nos mantenemos fieles al agua con limón, y yo me he vuelto adicta a los V8: unos jugos vegetales parecidos al zumo de tomate. El primer día me dieron asco, y ahora ando persiguiendo por los pasillos a los del carrito del minibar para que me den latas extra.

(Esto ya me lo hizo Bertín con el gazpacho. Si es que no aprendo)

La piedra filosofal de la experiencia pulseril es la falta de fricción. Una psiquiatra amiga mía de Cádiz decía que el problema de la vida es que está llena de detalles molestos. Aquí esos detalles no existen. Te quejas, por ejemplo, de que los postres son distintos cada día, y entonces no puedes repetir el que te gustó ayer; o de que con el sol se te calienta muy rápido la bebida que te acaban de traer a tu tumbona; o de que el agua de una de las tres piscinas no está lo bastante fresca.


Cosas así

Es decir: que mi recomendación es que mientras más descompresión necesite tu vida, mejor te sentará una estancia de todo incluido. Yo soñaba con algo así cuando me pasaba el día escuchando penas en Salud Mental. Ahora lo estoy disfrutando mucho, pero el contraste con el resto de mi vida es menor. No estoy deprimida pensando en volver al trabajo porque vuelvo a mi vida de escritora, escaladora y emprendedora full-time.

Ahora voy a contestar a una lista de FAQs que me he inventado, porque a nadie le importan tanto mis vacaciones como para preguntarme por ellas:

Pregunta: ¿No te aburres?
Respuesta: No. Al contrario. ¿Y sabéis por qué? Porque tengo LIBROS. La mayor lujuria del mundo para mí es leer, y aquí estoy leyendo un montón. En una hamaca, en una tumbona, en la cama del hotel: leo, leo y leo, y eso me hace feliz.

Además, no solo estamos playeando; también hemos viajado en barco, visto ruinas, cenotes, arrecifes de coral y pintorescos puestecitos de artesanía.

P: ¿Vale lo que cuesta?
R: Me resulta difícil de juzgar, porque vengo invitada. Si fuera mi dinero, seguramente no lo haría, porque me sentiría culpable dejándome meses de subsistencia en una semana a todo trapo.

Opino que este tipo de viajes solo pueden (y deben) hacerse si no comprometen tu estabilidad económica. Yo casi me arruino cuando fui a EEUU, pero no me importaba porque era la ilusión de mi vida y me pasé tres semanas vagabundeando por allí. Además, me traje un souvenir interesante.

Fuck yeah.

P: ¿No te sientes mal porque otra gente limpie tu basura y te traiga cocolocos? ¿Acaso no es injusto?
R: A ratos tengo ráfagas de culpa, pero no es por eso. Es culpa porque considero que llevo una vida buenísima y que he tenido una suerte enorme, y no solo me veo más afortunada que los que trabajan en el hotel, sino que la mayoría de los huéspedes; esto quizá sea un sesgo egocéntrico, pero estoy muy satisfecha con mi vida últimamente. Por otra parte: ¿quién soy yo para juzgar las elecciones de los demás, o la felicidad que obtienen con lo que hacen? Así que me encojo de hombros y trato de aceptar que cada uno tiene su propio karma.

P: ¿Alguna queja?
R: Como siempre, mis quejas son de tipo acústico. Desde la mujer que consideró apropiado ponerle a su hijo "el Pollito Pío" en el móvil a todo trapo mientras los demás desayunábamos, hasta la competición entre hoteles de hoy por ver qué orquesta al aire libre tocaba más alto. Pero nada que no se pueda tolerar con paciencia, asertividad y tapones para los oídos.

P: ¿Recomiendas la experiencia?
R: En general, sí. Es divertido, y hace menos daño al medio ambiente que los pañales de los hijos de muchos hippies. Además, aunque no te aporte mucho en términos de conocer la cultura del país o de meterte hasta el último rincón sórdido o pintoresco, te da otras cosas. Las playas, por ejemplo, son brutales, y una playa semiprivada no es en absoluto lo mismo que la Caleta llena de maris jugando al bingo. La tranquilidad de no tener que decidir demasiado te ahorra broncas con tus compañeros de viaje, lo que está muy bien si tu grupo es tan dispar como el nuestro. La comida es deliciosa y sana, y te ahorra tener el estómago hecho mierda; cuando fui a EEUU acabé no pudiendo tomarme ni el café de Starbucks. En el hotel se lo curran para entretenerte, y si te dejas llevar por el ambientillo, te lo puedes pasar bien.

Eso es todo desde el hermoso Caribe. Además, este artículo ya tiene más de mil palabras y al final me ha entrado sueño.

Se os quiere.


sábado, 13 de septiembre de 2014

Me voy a Cancún a bajarme el CI a fuerza de playa

Mañana nos vamos a Cancún. Todavía mejor: nos vamos a Cancún gratis. Mi madre nos invita a toda la familia a pasar ocho días en un resort de lujo.

Cuando empecé a trabajar, en verano siempre me apetecía ir de pulsereo a un todo incluido, a tirarme en la playa en modo muerte cerebral. Es un sentimiento natural cuando eres psicóloga y te pasas el día oyendo las penas de la gente. Lo que pasa es que como siempre me las he dado de hippie y de alternativa, acababa yéndome por ahí con la furgo o a surfear sofás ajenos. Pero en mi interior había una Marina que soñaba con tirarse a leer en una hamaca con un cocoloco en la mano.

Ahora, por fin, mi sueño está a punto de hacerse realidad. Bueno, no Mi Sueño. Un sueño secundario y medio ridículo que tampoco me hubiera importado no cumplir. Las circunstancias han cambiado: ya no escucho penas de gente, e incluso me sorprendo leyendo los periódicos para mantener estables mis niveles de desgracia ajena. Vivo muy tranquila en un pueblito perdido y mi mayor fuente de estrés es la misteriosa pintada de Justin Bieber que hay en nuestro armario. A pesar de eso, me hace una ilusión tremenda el plan Cancún.

J., mi ex, decía que él no sería capaz de estar tirado en una playa y pensando "esto es México". Pues yo sí. No he comprado guía, ni me interesa la historia mexicana, ni la comida, ni conocer a coloridos personajes cancuneses. De verdad. Quiero ir a la playa, porque llevo dos meses sin tocarla, y quiero comer sushi en el restaurante japonés del hotel, porque con mi novio vegano solo voy de tofu en tofu, y quiero pedir servicio de habitaciones porque me hace ilusión, y quizá darme una sesión o dos de Spa. Quiero hacer snorkel, pero poco, porque el mar me da miedo (lo sé, lo sé, el nombre me lo pusieron regular), y no me importa que no me dé tiempo a sacarme la licencia para bucear, o lo que quiera que haga falta para ir con bombona porque, honestamente, el buceo me aterra.

Me da igual que irse a un resort de lujo en Cancún sea un poco decadente y nada, pero nada intelectual. ¡El hotel tiene un restaurante de algo llamado "comida molecular"! Y una cama gigantesca para compartir con Pablo, y ducha de lluvia, lo que quiera que sea eso, y cafetera en las habitaciones. Y playa, señores, PLAYA. De arena blanca, semiprivada, con aguas azules y... bah, me da igual cómo sea la playa, ¡¡es una playa!!

A veces me da la impresión de que llevo AÑOS esnifándome el mundo como si fuera coca, no queriendo más que abrirme a los demás, conocer nuevos lugares, nueva gente y ampliar mi zona de confort. Esta mañana hemos ido a escalar Pablo y yo a Espadelles, una hermosa zona de desplomes en la parte alta de la montaña que hay sobre el pantano. No os aburriré con grados y pegues, pero estoy escalando como una bestia. Paso un miedo que-te-cagas, claro, y me tiemblan los pies cada vez que los subo diez centímetros, y a cada nuevo paso pienso que los brazos me van a fallar. También escribo mucho, todos los días: este post es parte de mi desafío para escribir 1000 palabras diarias, y hoy es el 25º día consecutivo que lo cumplo. Avanzo a trompicones con mi novela y me pregunto si estoy escribiendo la mayor basura de la historia de la humanidad, y si tiene algún sentido pasarse diez años estudiando psicología y después retirarse a dárselas de artista.

Así que sí, de acuerdo: es probable que al segundo día esté hasta el potorro de playa y de sushi, o que mi estúpido fenotipo de falsa rubia me obligue a racionarme el sol, y que esté suplicando por una pirámide maya antes de que me dé tiempo a decir "otro cocoloco". Pero así a priori, unas vacaciones de relax decadente y diversión precocinada para turistas me parecen un plan estupendo.

Os dejo con una foto de mi maleta, con toda mi ropa enrollada para ocupar menos espacio. Es un truco que he aprendido hoy de Google y que está siendo la única luz divertida en el horrible túnel de hacer el equipaje.

Ni siquiera voy a llevarla como equipaje de mano. Es por entretenerme.

[Por cierto, me voy a llevar el ordenador y mi desafío de las 1000 palabras sigue en pie, así que lo más probable es que en estos días escriba para contar qué tal la comida molecular, el grado de mi moreno y otros asuntos importantes de nuestras aventuras cancunianas]

lunes, 19 de mayo de 2014

Viento




Es domingo por la noche, y el MIR y yo acabamos de cenar en el comedor del hospital: carne con patatas, pescado a la plancha y puré de verduras. Después de la cena, salimos a que se fume un cigarro y yo le propongo dar una vueltecita al hospital. Es el paseo simbólico que damos a veces en mitad de las guardias, para no salir al día siguiente pensando que te has pasado venticuatro horas encerrado.

El levante lleva días azotando Cádiz. Pablo y yo moqueamos por la alergia, la terraza está llena de arena y el ruido contra las ventanas nos destroza los nervios. Hace un calor impropio de mayo. Mi última semana trabajando se ha arrastrado como un caracol cojo, y el levante, con sus nubes de arena sobre la playa de Cortadura, parece compartir la cualidad de la angustia de estos últimos días: sabes que va a irse y, al mismo tiempo, parece que no va a acabarse nunca.

La guardia ha sido tranquila. Hemos pasado la mañana leyendo en los sofás del estar, y por la tarde han llamado un par de veces de urgencias. Aún nos quedan por ver dos pacientes antes de dormir, y nos llamarán de madrugada para otros dos, pero eso aún no lo sabemos. Ahora mismo, pensamos que casi ha acabado una guardia tranquila y que tenemos todo el tiempo del mundo para dar una vuelta.

Llevamos todo el día (y todo el mes, y todo el año, y prácticamente toda la residencia) hablando de lo mucho que nos apetece terminar. Al MIR, como a mí, no le gustan las cosas mal hechas. Al mismo tiempo, por la conversación se filtra cierto tono inquieto, como si tocáramos dos veces la alegría con las manos temiendo que se deshaga y dé paso al miedo. Como otras veces, caminamos junto al tanatorio, que hoy tiene un coche fúnebre esperando en la puerta. El maletero está abierto y al pasar miramos el interior vacío, que parece forrado de algo metálico. Yo me toco la cabeza con dos dedos: "madera, madera". "¿Para qué?", dice el MIR. "Tienes razón - contesto -. Supongo que todos terminaremos ahí, tarde o temprano". "Yo espero que más temprano que tarde", dice él, y se ríe con esa risa suya, contagiosa y carnavalera, mientras dejamos atrás nuestro tenebroso futuro.

Giramos la siguiente esquina y nos sorprende un viento frío. Yo me abrocho los botones de la bata. "Ha cambiado el viento - dice el MIR -. Ya no es levante. Ahora es sur. Esta semana que entra bajarán las temperaturas". Me pregunto cómo voy a explicárselo a Pablo, que lleva un tiempo quejándose del calor y preguntándome si a la ciudad aún le falta por mostrar algo de invierno. Cómo le cuento que esto es Cádiz, y que aquí las cosas vienen por donde las lleva el viento.

Como siempre, el aire en movimiento me recuerda las cosas que pasan, la nostalgia prematura del verano y la sensación que tuve el primer día que llegué aquí: que no existe un descanso, que no hay un lugar donde quedarse quieto. Desde que llegué supe que este no era mi hogar, porque no existe realmente un hogar en el que permanecer. El MIR y yo hablamos de nuestros planes. Pablo y yo nos vamos de viaje y después nos mudaremos a un pueblecito de Tarragona para escalar (ya os contaré más sobre eso próximamente). Me dice que va a ser genial. Yo también lo pienso, y al mismo tiempo me quejo de cómo la gente se va quedando atrás en cada sitio que dejo. Cada vez más gente y más distancia. Cada vez más contactos en el Facebook que van siendo barridos por el viento del tiempo.

Mientras entramos de nuevo en el hospital, pienso que me gusta la combinación de alegría y nostalgia que siento ahora mismo. Un poco más de una de las dos arruinaría la mezcla. Claro que me da pena dejar el PIR. Es quien he sido los últimos años. Me da pena no ver más a los pacientes y a mis amigos o, al menos, no verles de la misma forma. Al MIR debajo de su baja blanca. A Anxo en su consulta de Vejer, junto al azulejo que dice que "El cliente siempre tiene la razón". Al mismo tiempo, sé que lo que venga después sólo podrá crecer en el espacio que el PIR deja libre; y es esa libertad, ese espacio, el que no tiene más remedio que llenarse de alegría.

Al final es lo que pasa con viento. ¿Cómo vas a pelearte con él? Es lo que hay. Ni toda la pena, ni todo el miedo, ni toda la precaución del mundo lo podrían hacer cambiar de dirección. Dura lo que dura. Viene, se queda un rato y después se va. Y en la Ciudad del Viento, donde he pasado los últimos cuatro años de mi vida, ¿qué mejor cosa te puede pasar el día que terminas el PIR que el fin del levante? ¿Qué puede aliviarte más que las cosquillas del viento sur colándose por tu bata?


¿Qué mejor augurio que un cambio de viento?

viernes, 16 de mayo de 2014

Último día

Mañana es mi último día de trabajo normal del PIR. Después me queda una guardia. Después, la nada.

De alguna forma misteriosa, me estoy librando del burnout. Bueno, misteriosa no es: consiste en que esta semana apenas he visto pacientes porque me estoy despidiendo, y en que cada vez veo más real el Momento Paro: ese instante en que me levantaré por la mañana y diré: ¿qué hago hoy? Y lo decidiré, y lo haré, y punto. Me recorren las ganas de escribir como cosquillas subterráneas. Disfruto de cantar en la cocina y de comer piña mientras releo posts antiguos. Todo va mejor.

Me parece una brutal locura que el PIR se haya terminado. Los primeros tres años me los pasé creyendo que sería para siempre. Quiero decir, que yo sabía que se terminaría, pero al mismo tiempo me parecía que las decisiones que tomaba en el trabajo eran importantes, trascendentes, a largo plazo. Después llegué a cuarto y empecé a tratar al PIR como trato a este piso: un lugar en el que uno ya no se va a quedar mucho más tiempo y que, por esa razón, no se va a molestar en arreglar demasiado.

Llevo un montón de rato releyendo el blog. Lo hago para buscar una entrada que me recordó ayer Anxo, y también porque ahora que no trabajo quiero escribir, necesito ánimos y no hay nada que me dé más ánimos que darme cuenta de lo mucho que he escrito ya. Hace un tiempo leí que la gente segrega hormonas de la felicidad cuando mira sus propias fotos en Facebook. No sé si leer mi propio blog es algo parecido: todos los momentos, incluso los feos, están teñidos de un color hermoso. El segundo superpoder que pediría después del teletransporte es ser capaz de juzgar de forma objetiva mi propia escritura.

Hoy no es día de hacer balance del PIR. Es demasiado tarde para eso, ya llevo un rato con mis gafas bloqueadoras de la luz azul* y tengo sueño. Pero no puedo pasar por alto que hoy es la víspera de mi último día de trabajo durante un tiempo. Mucho tiempo, a ser posible: a partir de ahora, trabajar por cuenta ajena va a ser mi última opción. Es emocionante, esto. Mañana me levantaré temprano, me ducharé, desayunaré mis huevos revueltos y mi café con leche de arroz, y me iré a trabajar. Llegaré a una hora, cumpliré una función y me marcharé. Llevo haciendo eso cuatro años, y he de reconocer que no le falta un encanto tranquilizador, una estructura que consuela. Durante estos años, la mayoría del tiempo, me iba a dormir pensando que quizá no había hecho nada importante durante el día, pero al menos había ido a trabajar. Y con suerte eso significaba que había ayudado a alguien. No importa lo quemada que esté: no puedo quitarle al PIR el mérito de haberme hecho sentir así durante cuatro años.

Así que me voy a dormir, queridos, porque mañana hay que madrugar de forma obligatoria, por última vez en bastante tiempo. Insisto en que estoy emocionada. Como el último día de unas vacaciones inversas. El martes, después del saliente de la guardia, será un primer día de colegio al revés, y agarraré por los cuernos a mi libertad transitoria para ver lo que tiene que ofrecerme.

Después de leer un buen rato el blog, llego a esta entrada y a esta frase: "no hay palmaditas en la espalda, ni una epifanía espiritual duradera: hay un dolor constante y sordo y, en mitad de ese dolor, momentos de una luz aterradora." Define lo que es para mí la escritura, lo que es para mí la vida y, sin duda, define bastante bien lo que ha sido para mí el PIR.

Deseadme suerte.

*Verídico: uso esto por las noches. Pablo me llama Bono y me asegura (falsamente) que no volveremos a tener sexo, pero me da igual. Me da unos colocones de melatonina brutales.

sábado, 20 de julio de 2013

Reencontrando a Fante

A mí Fante me chupaba un pie.

Empecé uno de los libros de Arturo Bandini cuando conocí al señor K. y todavía le hacía caso; creo que era "Pregúntale al polvo". Me aberró tanto que lo dejé a la mitad. Lo poco que recuerdo del libro es que el tipo se pasaba la vida sin un duro porque quería escribir. Robaba comida, se alimentaba sólo de naranjas y atracaba el camión del lechero. Entretanto, lloriqueaba: ¡¡quiero escribir!! Yo pensaba: John Fante, búscate un trabajo, págale al casero y crece de una vez. Me desesperó y lo dejé.

El martes pasado vagaba yo por la FNAC al mediodía. El calor de la calle me hacía pensar en esconderme tras una estantería y quedarme dormida. Rebusqué sin prisas por la sección de literatura extranjera y me quedé por enésima vez dudando ante Las uvas de la ira, como Hamlet con la calavera. Me gusta lo (poco) que he leído de Steinbeck, pero ese libro me da como pereza.

Resulta que últimamente he tenido un par de batacazos literarios. Uno es La mujer que pasó un año en la cama: la idea es buena, pero el resultado es un desperdicio. Le falta un hervor. El otro es La verdad sobre el caso Harry Quebert, que es uno de esos libros con efecto Cheetos: te gustan, no puedes parar cuando los empiezas, pero sabes que no te hacen bien. No sé explicar lo que me ha pasado con ese libro, porque no está mal escrito nivel el pavo aquel de Vive como puedas. De hecho, la trama está muy, muy bien construida y resulta muy sorprendente y adictiva. Pero no escribe bien. Creo. Es un suizo que escribe sobre América a golpe de topicazo. Y abusa de las comas.

Iba yo entonces con una cierta sensación incómoda, pensando que se me había averiado el criterio de la belleza. Aun así, insisto: el libro está muy bien hecho y doy por bien empleados mis veintitantos euros. Pero había tomado una determinación: al carajo los autores desconocidos y contemporáneos. Que a veces aciertas y a veces la lías, Marina querida. Vamos a lo seguro. Comencé con Carson McCullers, que escribe tan bonito que quieres llorar, y ahora ahí estaba en la FNAC, mirando a Steinbeck con la cara de Popeye cuando fuma en pipa.

Entonces vi El vino de la juventud: una recopilación de relatos de John Fante. Justo unos minutos antes había estado pensando que me apetecía leer relatos, lo que es bastante raro, porque casi siempre apetecen más las novelas. Eché un ojo a la contraportada y vi que los cuentos hablaban de una familia italoamericana afincada en Colorado. Me acordé de Toni, que me escribía cuando viajé a Boulder pidiéndome que recordara a Fante. Y bueno, sintiéndome un poco culpable por el riesgo económico-lector que estaba corriendo, me lo compré.

Y ahí, una vez más, entiendes que la diferencia entre el libro del suizo y esto no sé si se puede describir muy bien con palabras, pero está ahí. Es gozo literario. Es que tus neuronas cantan cuando las alimentas con libros así. Qué bien me lo estoy pasando contigo, John Fante. Qué bien escribes y cómo me molas.

Me gustan los relatos de infancia y adolescencia. Este libro me recuerda a Guillermo el Travieso, que sacaba yo de la biblioteca de mi colegio con mi carnet de cartón verde, o a Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Me gustan los chicos malos, supongo que porque yo siempre he sido una chica buena. Me encantaba Guillermo y ese magnetismo extraño que sentía hacia la maldad, hacia hacer travesuras sin poderse contener. Cómo se peleaba, se ensuciaba el cuello y desesperaba a su elegante familia. Aquí también seguimos a varios chicos italianos que rompen farolas, se escapan de casa, mendigan pastel a las monjas y huyen corriendo de las palizas de su padre. Hay una alegría inusitada en estos cuentos. Hablan de pobreza, de miseria y de desesperación, pero tienen esa alegría intensa de descubrir con palabras que todo está iluminado.

En este libro, Fante habla de las familias italianas y pobres asentadas en Denver, de la nieve de Boulder, de las costumbres absurdas de la iglesia católica. Casi lloro de risa en el metro cuando el protagonista le llena al cura el cáliz con tinta y zumo, y después se pasa toda la misa arrepentidísimo intentando lograr una "verdadera contrición" porque piensa en Jesús llorando lágrimas de sangre. Me divierte reconocerme en esa imaginería católica y bizarra, y también reconocer las calles de Boulder cubiertas por la nieve: Pearl Street, Arapahoe, Walnut. El Boulder de Fante no se parece nada al mío, sin embargo; no quedan rastros de esa dureza en la bonita burbuja ortoréxica que yo conocí. Aun así, son las mismas calles, las mismas Rocosas al fondo y la misma nieve.

Menos mal que existen los libros, en serio. Ni el amor, ni mi trabajo, ni siquiera Buda, ni siquiera escribir, me devuelven tanto la fe en la Humanidad como los libros buenos. Muchas gracias, John Fante: has dejado de chuparme un pie. Voy a darle otra oportunidad a Bandini. Espero que haya algún cielo para ti. No el paraíso católico, de nubles blancas y llamativas túnicas de raso. Ahí te aburrirías como una mona. Espero que haya algún paraíso reservado para alguien que se dejó la piel buscando la belleza, que tuvo el arrojo de escribirla y publicarla, y que ahora me la presta durante un rato para poder sonreír espachurrada en el metro. Ahora entiendo lo de las naranjas. Porque, como muy bien dices en El soñador, tenías mucho que escribir. Tanto que te dolía por dentro.

lunes, 8 de julio de 2013

Dos meses

Hace dos meses hoy, lo que quiere decir que, si descontamos el desfase horario, hace exactamente dos meses estaba yo sentada en Love Muffin en Moab, Utah, esperando a que Pablo entrara por la puerta para irnos a pasear por Canyonlands. Había pedido un gofre integral gigante de ocho dólares y un café americano con crema, y los liquidaba con alegría mientras leía en el iPad. Entonces llegó él y lo cambió todo.

Ayer tratábamos de calcurlar los kilómetros que hemos conducido juntos. Volvíamos de pasar el fin de semana escalando en Alicante con vistas al mar, y él conducía la furgo mientras bebíamos café autocalentable de la gasolinera. Dice que es el mejor café que ha probado en España después del de Starbucks, y éste es mi Pablo: el que piensa que el café español es una bomba agujerea-estómagos y prefiere una mezcolanza aguada con sabor a vainilla. Yo le observaba conducir y no podía apartar la vista de su cara. Me pasa a veces; "picos de ternura", los llamo. Y en esos picos, su cara me parece fascinante como un paisaje lunar; siempre hermosa, vibrando con sus emociones como la superficie del océano.

Hemos recorrido muchos kilómetros juntos, mi argentino y yo. No nos asusta conducir. Recuerdo aquel primer viaje, entre Moab y City of Rocks, cuando hablábamos y hablábamos para reducir al máximo la cantidad de información sobre el otro que nos faltaba. Yo le acariciaba la rodilla con la mano. Él sonreía como ayer, con su perfil a contraluz frente al paisaje. Desde aquel primer viaje, andamos buscando la manera de hacer encajar las piezas de puzle que nos componen y fundando nuestro propio país: Españargentusa, quizá, o los United States de Argentalucía.

Estoy enamorada de este chico más de lo que las palabras pueden expresar. Es como un regalo de reyes. Como ese regalo especial que has estado suplicando tanto tiempo, y que al final llega, y que no puedes creer que sea real cuando lo tienes en tus manos. ¿Esto es para mí? ¿Seguro? ¿Y puedo jugar con él tanto como quiera? Así es Pablo, porque es puro juego. Puro disfrute, existencialmente hablando, en el sentido de que todo lo que tiene que ver con él es fácil. Él lo hace fácil. Está en mi rincón del cuadrilátero. No sé contra quién es la lucha, pero no es contra él.

Así que le miro y disfruto de esa fascinación que me produce su cara, y después, cuando no está conmigo, y me siento en los grupos de pacientes del hospital de día, o manoseo los pisapapeles de burbujas en la reunión de la mañana, mi cabeza vuelve a él como a un lugar seguro. Entonces pienso en sus ojos azules, tan llenos de vida, y en la forma en que respira fuerte frente al ordenador cuando está nervioso, y también en cómo cambia esa respiración cuando se duerme entre mis brazos. Pienso en la caja de sus costillas y en su risa, en todo lo grande y lo pequeño que es a la vez. En lo duro que trabaja, porque trabaja más duro que nadie que conozca. En sus gemelos de corredor y sus colmillos de vampiro moderno.

No me resulta fácil entender este amor, porque él cambia cada día, cada semana. Se añaden más facetas al Pablo que conozco y tengo que recomponer el rompecabezas que su inteligencia, su humor y su ternura construyen para mí cada vez que compartimos un rato juntos. Y, aun así, el amor crece y, sobre todo, permanece lo mismo que empecé a sentir hace ahora dos meses, en un lugar perdido en mitad del desierto: esas ganas tan básicas de estar a su lado. Volvíamos en coche desde Canyonlands y ya lo sabía: me gustaba aquel chico, me gustaba mucho y quería pasar más tiempo con él. Lo supe esa noche, cuando cenamos en la terraza del Peace Tree, y más tarde, cuando acepté pedir café para llevar y conducir hasta el desierto para mirar el cielo sin estrellas. Lo supe al día siguiente, cuando acepté viajar juntos diez horas hasta Idaho buscando sol y roca. Lo supe cuando le dije que claro, que viniera a España, y más tarde que claro, que cambiara el billete de vuelta para septiembre. Lo sé ahora cuando le miro a los ojos y le pido que se quede. No sé si ocurrirá de forma real o metafórica, pero tampoco importa tanto. Quiero que se quede.

Y poco más. Que te re quiero, guacho, y que vos lo sabés. Que me pierdo contigo. Que sos mi persona. Y que todas las otras cosas sobre este amor, que son muchas, te las puedo escribir hablando en voz alta, tumbada a tu lado en la cama o sentada en el asiento del copiloto de cualquier coche, de cualquier carretera, de cualquier país, porque mi hogar estará allá donde estés tú.

sábado, 27 de abril de 2013

Crazy American Climbing Project: tomorrow

Queridos ciruelos y ciruelas:

Estoy al borde del agotamiento. Seriously. Mi cerebro ha dicho basta. Me he venido a dormir a casa de mi tía, que vive cerca del aeropuerto, para evitar que el malvado duendecillo del equipaje me susurrara que lo dejara todo para el último momento. Ahora no sé si quiero dormirme para que todo llegue antes, o no dormirme para que no llegue tan pronto. No sabría decir cuáles son mis emociones en este momento. Supongo que hay más cansancio que otra cosa, y algo de incertidumbre sobre cómo será trasladarse a la Dimensión Desconocida.

A dios pongo por testigo de que mañana escribiré algo más coherente. Deseadme que no me paren los de inmigración.

lunes, 25 de febrero de 2013

Dos insights literarios

La primera cosa que he averiguado hoy es que leer buenas novelas me pone. Hala, ya lo he dicho.

Ayer hablaba con B. sobre qué tipos de tío pueden gustarte. Yo comentaba que los escritores ya no me atraen particularmente. Que me basta con escribir yo y que, de hecho, dos egos escritores pueden ser como trenes que se chocan. Peleas de pareja por signos de puntuación: no es recomendable. Así que no me ponen los escritores. En serio. No doy un duro por hablar con ninguno de mis escritores favoritos; es complicado que su conversación pueda ser más interesante que su prosa.

Me ponen las buenas novelas porque son evocadoras. Ayer fui a la FNAC y me hice jurar que iba a salir de psicolandia y a leer ficción. Eché una ojeada a las novedades y vi un libro de Salamandra con el nombre de Jonathan Franzen en la vitola, explicando lo muchísimo que le había gustado. Y yo con Franzen tengo un problema serio, a saber: que si recomienda el listín telefónico, yo cojo y me lo leo. Así que no miré ni la sinopsis. Eché un ojo a los primeros párrafos para comprobar que estaba bien escrito y bien traducido, y me lo llevé.

Oh, las buenas novelas. Novelas que son mejores que personas: así se titulará mi futuro recopilatorio de críticas sobre mis libros favoritos. Leer El Arte de la Defensa es mejor que charlar con un 95% de la población. Seguro. El tipo se tiró diez años escribiendo la novela. ¿Os lo imagináis? Diez años. Diez años invertidos en algo que no sabes bien si va o no a funcionar. Imagino que debía de tener una confianza inmensa oculta en algún lugar. Inseguridades, seguro: todas las del mundo, pero también una veta firme de saber que lo que tienes entre manos es muy grande. O buenos padrinos.

En cualquier caso, no sé explicar por qué me pone leer buenas novelas, pero imagino que tiene que ver con que evocan la textura de la vida. Detalles, detalles, que decía Nabokov. Acariciad tiernamente los divinos detalles. Yo leo al tal Harbach y le observo hablar de cosas que ni comprendo, de puto beisbol, por el amor de Dios; de la elegancia de un parador en corto, los escupitajos de tabaco bajo los banquillos, el sonido de la pelota en el guante o el clima congelado de Milwaukee, y es como volver a casa. Lo que es mortal de absurdo, porque yo nunca he estado en Milwaukee, y que me aspen si sé lo que es un parador en corto. Lo que sí sé es que las buenas novelas están llenas de intensidad. Y a mí la intensidad me pone.

La segunda cosa que he averiguado hoy, y que me otorga el derecho a denominarme Escritora con mayúsculas y que, de hecho, quizá me haga fabricarme un Diploma de Escritora De Verdad y autoentregármelo es la siguiente:

Estaba yo esta mañana en el hospital, inmersa en este Plan de Mejora Constante que es mi vida, y que ahora encima está aliñado con un intenso "la vida es corta y podrías morir en cualquier momento". Externamente parecía que revisaba historias clínicas, sentada en una mesa del control de enfermería. Internamente, sin embargo, estaba haciendo todo un replanteamiento vital. A ver, Marina, me decía. Es lunes, tienes resaca, te ha bajado la regla y no tienes muy claro que puedas tolerar mucho más tiempo pasarte siete horas al día en un hospital. Y no sólo eso, sino que últimamente estás perdiendo energía, duermes poco, tomas demasiado café y ves tu vida como a través de una lente borrosa. Tienes que hacer algo. En serio. Algo.

Así que me he acordado de un artículo de Leo Babauta que leí hace unos días. Algo para eliminar la neurosis de las mil listas de tareas y ochocientos objetivos. Una lista sencilla de cosas que quieres hacer todos los días. Comer una fruta. Hacer ejercicio. Estar con la gente a la que quieres. Trabajar un poco en lo que te importa. Algo sencillo, poco aparatoso. He pensado en cuál sería mi lista. Hacer ejercicio, claro, y comer una ensalada al día, que es hasta fácil porque me encantan. Y escuchar a alguien con atención plena aunque sea un rato (ya explicaré eso) y escribir. Entonces he pensado: para qué voy a poner escribir. Eso no necesito proponérmelo. Sería como proponerme dormir, o ducharme, porque lo voy a hacer igualmente; mejor lo cambio por otra cosa.

Entonces he enarcado las cejas bruscamente, verídico, y el insight me ha golpeado en la cabeza. Venga ya, hombre. Resulta que ya no soy una persona que se propone escribir y escribe, nonono. Ahora soy una persona que escribe sin proponérselo. Que escribe porque no puede no escribir.

Os juro que yo no era así antes. No tengo ni idea de cómo lo he hecho, y me molaría mucho descubrir el secreto, porque la mayoría de los escritores que conozco están neurotizados porque no escriben lo suficiente y yo así podría hacerme rica.

Así que hoy ha sido un día muy literario. Literariamente genial. Además, he leído un trozo de Ikigai que me ha gustado, en el que el autor dice que celebramos demasiado poco. Que nos cuesta muchísimo tiempo conseguir implantar un hábito y que luego apenas lo disfrutamos, con lo muchísimo que cuesta. Que hay que celebrar más a menudo nuestros logros. Así que como implanté el hábito de escribir en el mes del Michelian Challenge, voy a pasarme por lo menos un mes celebrando que soy Una Escritora De Verdad. Justo antes de las mil entradas y de la tarta de glaseado rosa, que también va a celebrar eso.

¿Qué he hecho hoy para celebrar? Llamar a Aran, que es su cumple.  Subir andando despacísimo las catorce plantas hasta oncología, parándome en cada piso para ponerme al sol frente a la ventana y observar Madrid, los coches y a la gente, contenta de ir a la catorce por mi propio pie y bajar luego. Leer mi Novela Mojabragas en el metro y también mientras merendaba un muffin de arándanos casero en La Libre. Reírme un montón de rato con Cris, que ha vuelto hoy de León, y estrujar a la gata Mia, y decidir que la ropa del tendedero la va a recoger su puta madre. Celebrar, en general. La celebración es un estado interior.

Lo dejo aquí. Acabo de decidir que hoy no voy a contestar ni un mail, ni un comentario, ni un twitter más, que no voy a leer nada que no sea la NM y que voy a cerrar el ojo a las once en punto.

Celebrar.

Sed felices, queridos.

lunes, 18 de febrero de 2013

Ocho años, mil entradas

Queridos míos:

Resulta que, tal día como hoy, este humilde blog lleva publicadas novecientas setenta y dos entradas. Así, como suena. Esto quiere decir que dentro de más o menos un mes, publicaremos la entrada número mil. ¡¡Viva y bravo!!

Mil es bastante de casi cualquier cosa, así que es motivo para estar orgullosa y contenta. Si hiciera mil tartas, o escalara mil vías, o aprendiera mil canciones a la guitarra, sería una gran repostera/ escaladora/ guitarrista. De momento, no sé si soy una gran escritora, pero he decidido autoadjudicarme desde ya el título de Gran Bloguera.

Cierto que cojeo un poco en algunos aspectos del mundo blog. Como me recuerda con rencor el señor M. cada vez que aparece, respondo a los comentarios sólo por temporadas. Comento en blogs ajenos muy de vez en cuando. Mi blogroll es medio simbólico. Digamos que soy una bloguera egocéntrica que escribe y escribe y escribe y punto, y que en la cosa social me quedo un poco corta. Pero bueno. Escribir y punto está bastante bien.

La cosa es que quiero celebrar las mil entradas. No sé exactamente cómo. Sé que a) va a haber una tarta y velas de mil y que b) os tengo preparada una sorpresa y una no sorpresa. La no sorpresa os la voy a decir ya, y es que el día de la entrada número mil, por fin, nos vamos a mudar a nuestro propio dominio. Massobreloslunes.com: ya era hora. La sorpresa, lógicamente, es una sorpresa. Vamos a inventarnos ya un nombre estrafalario para ponerle iniciales, ¿vale? Le vamos a llamar la Increíble Sorpresa de las Mil Entradas, o ISME, que está bien porque es un acrónimo y por tanto se puede pronunciar*

Además de la tarta, la ISME y la NOSME (NO Sorpresa de las Mil Entradas), me gustaría hacer algo más. Algo que os involucre a vosotros. Pero no tengo claro qué.

¿Fiesta en Madrid con la tarta y los lectores de aquí? Muy raro. Ya os voy conociendo por separado, pero juntaros a todos para que habléis de mí me parece excesivo. Aunque va a ser una tarta genial, lo advierto. Con glaseado rosa.

¿Contribución vuestra sobre el blog? Algo como "y entonces massobreloslunes me cambió la vida porque... (inserta tu historia personal)". O bueno, "massobreloslunes me entretiene por las mañanas mientras me tomo el café". A mí ya me vale.

¿Concurso de... yo qué sé... postales? ¿Retratos de así me imagino a Marina? Y luego llegarían caricaturas de mí con muchos rulos, muchos gatos y churretes de chocolate, y una nube saliendo de mi cabeza en la que pondría: "¿¿¿cuándo llegará el Maromo Definitivo???"

Uf, no sé. Es todo como egomaníaco. ¿Alguien tiene alguna idea mejor? Si no, podemos limitarnos a la tarta, y la ISME, y me dejáis comentarios bonitos en la entrada número mil, y ya está.

*Desde que tengo a la RAE en la barra de herramientas, hablo con esta propiedad.






jueves, 14 de febrero de 2013

SV 2013: ¿Superando mis traumas?

Lo que no sabéis mis queridos lectores, o quizá no recordáis, es que si San Valentín me aberra tanto es porque J. y yo lo dejamos poco después hace ya tres años, y por eso mi último recuerdo de SV está teñido de desesperación prerruptura. En sí que sea SV y no tener pareja no me importa tanto: igual de sola te puedes sentir el catorce de febrero que el veinte de octubre. Si estos dos años pasados me he puesto melancólica ha sido porque me acordaba de mí intentando avivar las llamas del amor en medio de la desesperación.

Hoy, sin embargo, ha sido un SV genial. Me lo he pasado entero terminando de escribir y corregir la Guía Práctica Para Evitar al Psicólogo. Ahora que ya está enviada y que la gente la está leyendo en sus casas, me siento rara. Pienso que nadie va a estar de acuerdo con nada de lo que he escrito (es más: pienso que a nadie le va a parecer lo bastante interesante como para terminarla) y que quién coño me creo para decirles a los demás cómo vivir. Pero bueno. Es mi eterna duda. La eterna cuestión de cómo adoptar una postura respecto a lo que debe ser la vida y mantenerla; el compromiso constante de vivir en tu particular versión de lo posible, aun sabiendo que perseguir una conclusión consistente es tan iluso como querer volar.

Y me lo he pasado muy bien, en cualquier caso. Da igual lo que pase con la guía: ¿no es genial Internet? Porque yo aquí en mi casa acabo de fabricar algo que no existiría de no ser por mí, lo he colgado en la red y ya lo han descargado 75 jipis, y nadie más que yo ha tenido que tomar la decisión de escribirlo. Y, como os comentaba hace unos días, simplemente siendo capaz de hacer algo así ya he superado mis expectativas más salvajes como escritora, así que hoy estamos de celebración. Además, después ha venido mi cita de SV, una lectora que es obviamente amor, y que aunque no me ha traído ni rosas ni molletes ha tenido el mérito increíble de colocarse frente a mí al bajar las escaleras con las muletas para amortiguarme si me la pegaba. Y hemos entrado en un bar cercano, y bebido vino, y comido tarta de chocolate, y hablado de psicología y de la vida, y he concluido que, efectivamente, no estoy en posesión de la verdad, pero que explorar las distintas maneras de aliviar el sufrimiento de la gente es lo bastante divertido como para que no me importe.

Así que bueno, ese ha sido mi SV y, sinceramente: ha sido bastante mejor que este. Ya os dije que igual resulta que vosotros, mi conjunto de lectores pacientes, sois la relación más importante que tengo ahora mismo, y que ni me importa. Porque, igual que Murakami, creo que ésta es una relación que no puedo no tener. Que incluso aunque llegue el MD, seguiré necesitando dirigirme a la masa anónima de gente que me lee, y que eso me gusta. Así que mi SV lo he pasado escribiendo para mis lectores, y no se me ocurre una forma mejor.

PD: Si alguien quiere conseguir la guía, no le va a quedar más remedio que esperar a que la corrija, que la primera hornada ya está entregada y pendiente de opinión por los jipis. Pero tranquilos, que avisaré de nuevo por aquí cuando esté lista.

Besitos amorosos.

martes, 22 de enero de 2013

Tuesday, happy tuesday

Os voy a contar mi martes así sin ningún tipo de pretensión literaria, simple y llanamente porque ha sido un buen martes.

A primera hora he tenido supervisión de casos, que consiste en que nos reunimos diez jipis trabajadores en el rollo este absurdo de la salud mental a debatir cómo le podemos arreglar la vida a una pobre víctima un paciente. Que todos estemos ahí empeñados en encontrar la manera de que la persona funcione mejor, siempre de la forma más respetuosa y honesta posible, me conmueve y me hace creer en la buena intención de la gente. A mitad de la supervisión empieza a nevar por la ventana, y el frente andaluz-sureño de los residentes sale al exterior a hacerse fotos con los iPhones y atrapar copos con la punta de la lengua.

Después, en el hospital, un paciente MEJORA, y eso es un súper-milagro. Consigue dormir sin que le añadan más somníferos después de hablar con su familia de lo que le procupa y de una intervención paradójica, algo como "póngase usted a pensar en el cáncer y en la muerte media hora de reloj antes de dormir". La paradoja es El Bien y mis pacientes, como vosotros, son puro amor.

Luego vengo a casa y almuerzo sola rollo mindful, que son los deberes que nos han mandado en un taller que estamos haciendo en la rotación y que consisten en intentar estar completamente presente con la comida. Ayer, en el taller, nos pasamos cinco minutos comiéndonos una pasa: la olisqueamos, la hicimos sonar junto al oído, la colocamos al trasluz y después le dimos mini bocaditos hasta tragarla. Fue curioso. Hoy intento una versión rapidita, porque me tengo que comer un puré y una ensalad, pero también va bastante bien. 

Escribo un rato, aparece Cris, le echo una mano para colocar las cosas. Trae sus trastos y a sus gatas, Mía y Musa, que son amor. Después echo a correr hacia el roco, a través del aire helado de la tarde madrileña, y me paso dos horas escalando con tanto ímpetu que en algunos momentos tengo ganas de vomitar (verídico) y admirando la estructura ósea de ChMM que, por cierto, sí que es guapo (o quizá es mera exposición).

A la vuelta vengo charlando por teléfono con la PK, que se va a la India (flipa), y me encanta escucharla aunque se me estén quedando las manos heladas de sujetar el teléfono. Es un frío muy honesto el de Madrid. Compro dos copas de chocolate y nata en el Día, que por lo que cuestan deben de estar hechas de grasa extraída de las arterias de gordos muertos y harina de algarroba, pero que me apetecen mucho después de entrenar como si me creyera la versión quintogradista de Lynn Hill. Subo, preparo arroz con pescado y leche de coco y cenamos Cris y yo frente a dos copas de Jerez dulce. Me tomo la copa de grasa arterial, que está muy buena, y me vengo frente al escritorio como un condenado a galeras.

Mía se me sube al regazo y me paso cinco minutos de reloj abrazándola para sentir cómo ronronea, verídico, mientras pienso que igual mi futuro de solterona rodeada de gatos tampoco es tan terrible. Inspiran mucho amor estas bolitas de pelo. Ahora escribo esto mientras se me seca en las uñas el esmalto rojo, no sólo porque no tenga nada concreto que quiera contaros, sino porque me gusta que se empiecen a perfilar las rutinas felices de Madriz.

Ha sido un día awesome. Nieve, gatos, chocolate, pintaúñas, roco, chicos guapos y pacientes que son amor. Un día de estos que hace que firmes por seguir muchos, muchos años subida a este planeta loco. Uno de esos así con tanta belleza que me hace acordarme de este post de Golfo y de su último párrafo: 

Es todo tan hermoso que de pronto no me importa que entre tú y yo no hayan ido bien las cosas, al menos no todo lo bien que podrían… después de todo, creo que no soy yo precisamente quien se está perdiendo un paraíso.

Y esto no va para nadie, que conste, que ahora mismo no tengo cuentas pendientes y vivo feliz en mi gatunismo sentimental. Es, simplemente, que me gusta el concepto y que bueno, cualquier excusa es buena para que leáis a Golfo.

Feliz miércoles, queridos.

domingo, 13 de enero de 2013

Aterrizando, pero esta vez ya de verdad

Cuando te mudas mucho, empiezas a aprender que las casas son como las personas: no hay ninguna perfecta, así que aprovecha las ventajas de la que tienes en cada momento y trata de ignorar los pequeños defectos.

Ya estoy en mi nueva casa, en el centro de Lavapiés. Es un quinto sin ascensor, así que de aquí a agosto voy a tener un culo para partir nueces. Está a diez minutos de mi roco nuevo y a dos de la parada de metro. Tiene vigas en el techo, una estantería llena de plantas y una espaldera para estirarse en una de las paredes.

Me va a gustar mi cuarto, que da a tejados. Todas las casas en las que he sido feliz últimamente han dado a tejados: la última de Granada y las dos de Cádiz. Me encanta el paisaje de tejas frente a mis ojos e imaginarme a seres traslúcidos que se sientan en ellas con las piernas colgando. Me va a gustar tener cama de matrimonio, que siempre esconde la posibilidad de que quepan dos, y mi enorme armario con hueco para guardar mi desorden sin que se vea. Me van a gustar las dos gatas, Mía y Musa, y la calefacción central, y el suelo de parqué.

Nunca pensé que viviría en Madrid, le digo a Cris poco después de llegar, mientras ordeno por trigésimo octava vez en mi vida el contenido de las cajas. ¿Y eso? pregunta ella. Pues no sé, contesto; supongo que llegó un punto en el que creí que me quedaría siempre en el sur. Es raro: por una parte Cádiz está muy reciente, a la vuelta de la esquina del pasado, y también planea sobre un futuro feliz y luminoso de aquí a ocho meses. Por otra parte, desde que llegué el martes todo esto me ha absorbido, y mi presente inmediato es muy Madrid, y eso me gusta. Estoy aquí sentada en pijama y me encanta la sensación de tener un hueco en esta ciudad invivible.

Cuántas ciudades ya. Cuántas maletas. Y qué bonita la oportunidad de descubrir una nueva. De cruzar la frontera entre un turista y una persona que tiene un hogar bajo uno de esos tejados. De conocer despacio y desde abajo otra manera de estar en el mundo.

Hoy sí, hoy ya va en serio. Hoy inauguramos oficialmente Madrid.

Que tengáis un feliz lunes.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Ser el nunca

Acabo de releer uno de los últimos capítulos de "Pájaro a Pájaro", el libro sobre escritura de Anne Lamott. Se titula "Escribir es un regalo".

Siguen quedando cosas que decir para pintar retratos de gente a la que hemos querido - dice Anne -, para tratar de expresar aquellos momentos que nos parecen tan inexpresablemente hermosos, aquellos que nos cambian y nos hacen más profundos. 

Después sigue hablando de cómo escribió dos de sus libros para su padres y su mejor amiga, que murieron de cáncer.

¿Te lo puedes imaginar? Escribí para una audiencia de dos a quienes quería y respetaba, que me querían y me respetaban. Así que escribí para ellos con todo el cuidado y el cariño que pude, que es, claro está, como me gustaría escribir siempre.

Ayer pasé parte del día mandando mails a la gente que ha hecho de mi 2012 algo especial. Entre ellos estaba Joaco, el asturiano extremadamente avionil que me robó un poco el corazón este verano. Le mandé un mensaje bonito, pero contenido. Puedo ser mucho más cursi que eso. Le dije que me gusta lo mucho que ama su trabajo y cómo les enseña a correr a los chicos de los pueblos. Le agradecí el termo de café que me preparó el primer día y el viaje a la manifa de Oviedo escuchando Mr. Brightside.




Me contestó anoche con su entusiasmo proverbial. "Qué pasada - decía -. Nunca me habían escrito algo así. Emocionásteme y tou".

Me gustó y, al mismo tiempo, me dio como ternurilla. Pensé que todo el mundo se merece escritos entusiastas. Hay algo afortunado en ser capaz (más o menos) de ponerle palabras a las cosas. Ayer tomaba chocolate caliente con José Luis en el Woodstock, frente a la playa de la Victoria, y hablábamos de escribir. "Cuando estoy contigo siento cosas - decía él - y después voy a tu blog, las leo y es como si me diera cuenta de que eso es lo que habría querido decir. Que ahí están esos sentimientos".

Al leer el mail de Joaco también pienso que no sé si es un propósito o una vocación, pero está bien poder ser el nunca de alguien. El "nunca me habían escrito algo así", o "nunca había conocido a nadie como tú", o "nunca nadie me había hecho un regalo tan bonito". Es complicado, porque no hay nada nuevo bajo el sol, pero está bien cuando sucede. Es un buen objetivo por el que esforzarse.

También me ha contestado Pablo, el chaval con el que trepé en Oviedo y que era un encanto. Se muda con su mujer a Boulder, Colorado, y se ofrece como contacto de escalada. Yo he mirado mi nómina, lo que me queda de aguinaldo después de volverme loca en las tiendas online de montaña y la página de viajar.com, y como la cosa me medio cuadre, igual me voy a los EEUU en mayo. Ir a EEUU es un sueño supergigante que tengo desde hace tiempo. Hasta me he comprado esta tarde la guía de los parques naturales del Oeste en el Corte Inglés, como quien planta semillitas a escondidas a ver lo que sale.

En momentos como éste me siento como la protagonista de un relato de Robert Fulghum, el de "Todo lo que necesito saber lo aprendí en el parvulario". Habla de una chica que se pasó horas llorando en un aeropuerto porque había perdido su billete de avión, hasta que descubría que estaba sentada sobre él. Pienso en los días en que creo que la vida me supera o me siento sola, y luego descubro que llevo todo el rato sentada encima de mi billete. Hay tanta gente en este planeta, tanta, que si uno lo piensa bien, sentirse solo es imposible.

Escribidle mañana algo bonito a alguien que haya hecho de vuestro año un año mejor. Regalad palabras amables. Quizá recibáis una respuesta que os sorprenda. Las palabras son buenos regalos: le gustan a todo el mundo, no hay que acertar con la talla y son gratis. Que, tal y como está la cosa, no es moco de pavo.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Actualizando, que es gerundio

Esta mañana me he ido a la secretaría de docencia de mi hospital y he anunciado que o me solucionaban lo de las rotaciones, o me iba a Sevilla a liarla. Después les he dicho: "que sepáis que la que se pasó toda la semana gritando con el megáfono era yo, así que si digo que voy a liarla, la lío". Verídico. Dos horas después, me habían mandado la autorización por fax desde Sevilla. ¿Tenía que ser así o les he intimidado con mi fama revolucionaria?. Ahora me siento tan culpable de haberles gritado a las administrativas que les he comprado una bolsa de caramelos para pedirles disculpas. Pero son sin azúcar, y me preocupa que piensen que les estoy llamando gordas y se ofendan.

Moraleja 1: es difícil ser bueno.

Moraleja 2: me voy a Madrid. Dado mi actual talante revolucionario, me preocupa que con la que está cayendo allí se me vaya la pinza y termine en el calabozo.

También tengo ya mis recetas de Roacután, que ahora se llama Mayesta pero que promete ser igual de agresivamente efectivo. Viva y bravo dos.

Por otra parte, Ángel (mi lector de Seattle, que ya no está en Seattle) y yo nos encontramos celebrando el primer Micromeeting Gaditano de Emprendedores (MGE). A diferencia de otros emprendedores mentalmente pajilleros que sólo asisten a cursos teóricos sin hacer nunca nada, el MGE consta de un pequeño porcentaje de teoría y un alto volumen de práctica, así que he puesto a Ángel a currar como un esclavo en mi página mientras le sobornaba con ricas ensaladas de mango y promesas de llevarle a escalar hemos pasado la tarde trabajando en el nuevo diseño de Psicosupervivencia. El plan es reabrir la página en reyes con la seriedad y consistencia que el tema se merece. Hoy le he encargado el logo a un tipo que te los hace por cinco dólares y estoy muy entusiasmada.

Ahora Ángel está tecleando una review para su página de ebooks mientras yo escribo esto. Cuando estaba redactando en inglés el brief de mi logo para el notas de los cinco dólares, había un par de palabras que no tenía claras y se las he preguntado. Y mola, porque también podría haberlas mirado en wordreference, pero está bien tener a alguien cerca que te pueda echar una mano. Hoy me siento contenta porque Ángel, como la gran mayoría de los lectores del blog con los que he contactado, es amor y me está ayudando mucho, y porque nada de eso sería posible sin que existiera este rinconcito.

Así que en agradecimiento a massobreloslunes y al tremendo y positivo impacto que ha tenido en mi vida, le he comprado también su dominio y en breve nos vamos a trasladar a massobreloslunes.com ¡¡Viva y bravo!!

Hoy ha sido un día feliz.

Besos y mil gracias a todos por los comentarios de apoyo del post anterior. ¡La etiqueta Madrid estará pronto on fire!

domingo, 28 de octubre de 2012

Yo no soy feliz, soy objetiva

La escalada es tan guay.

Para qué me voy a pasar un post entero explicando mi domingo si todo se resume en eso.

Podría contaros que ayer por la noche me llamó Juanjo, que es un valenciano zumbado y medio hippy que pasa de cualquier cosa que no vaya en vertical, y me dijo algo como "Marina, mañana esta gente se va a hacer la mariconada esa del senderismo, ¿tú quieres escalar?". Y yo: "claro que sí, dime hora". Que cuando hablé con los demás para ver si se apuntaban, todo el mundo decía que mejor no, que iban a estar las paredes mojadas. Que, aún así, ahí nos hemos plantado el Juanjo y yo en Benaocaz, a hora y media de Cádiz, con muesli en las mochilas y motivación en las cabezas.

Podría explicar que bueno, las cosas como son, había vías mojadas, pero también muchas secas, y que nos lo hemos tomado con humor cuando llegabas al que se supone que era el mejor agarre de la vía y te encontrabas con que se había convertido en una mini-piscina. Que estábamos solos en la zona y sólo se escuchaba el zumbido del viento, y que nos hemos reído sin parar casi todo el rato, porque Juanjo tiene un sentido del humor genial y absurdo y a mí para reírme nunca me ha faltado energía. Que, aunque a los dos nos dan miedo según qué cosas, nos hemos animado a escalar de primeros como si no hubiera mañana y hemos terminado, como dice él, "crocantis del todo".

Podría decir que me gusta el concepto compañeros de cordada, que consiste en que dos personas como Juanjo y yo, que seguramente en otro contexto ni nos habríamos saludado, podemos echar juntos el día y pasarlo de puta madre, y porque a la vuelta él iba poniéndome canciones punks en el coche con títulos como "Pasado de rosca" o "Ojeras farloperas" y yo conducía la Dobloneta con agujetas en la cara de tanto reírme.

Podría ponerme mística y trasladar el concepto de la escalada a la vida, porque si uno no se arriesga por miedo a la lluvia, al final no trepa un carajo y pasa el día en casa, entre el sofá y el escritorio, dejando que se deslice este domingo con una hora de más que nos regala el calendario una vez al año. Y que vale, llegas y hay vías mojadas, y te enmarronas, y se te escurre un pie porque has pisado una mancha de agua... pero también aprovechas lo seco, te ríes del cielo y te hartas de trepar. Así que igual puedes arriesgarte en la vida porque, total, de volverte siempre estás a tiempo, y en el camino hacia los lugares inciertos charlas, te ríes y escuchas música rara.

Pero todo se resume en que la escalada es tan guay...

Feliz lunes, pequeños.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Tu primer día en el mundo

Tu nombre significa verdadera, justa, sincera, y hoy es tu primer día en el mundo. Y vaya día, pienso mientras espero el autobús a la salida del hospital. Llueve como si ese mismo mundo se estuviera acabando. Así llueve en la Ciudad del Viento, el lugar donde te ha tocado nacer; aquí no nos andamos con chiquitas. Yo he apoyado la cadera en la pared de un soportal y estoy leyendo "Mentiras de verano", de Bernard Schlink. Disfruto como un cerdito, porque Schlink es muy bueno. No sé qué te espera en la vida, pequeña niña con nombre de verdad, pero ojalá te guste leer. Seguro que sí. A tu padre le gusta y tu abuela dirige una biblioteca revolucionaria. Eres una niña con suerte.

Pienso en tu primer día mientras el autobús navega por las calles inundadas de la Isla. La gente se asoma a los barrotes de las casas bajas que hay cerca de Camposoto y le grita al conductor que vaya despacio. Como si el conductor no lo supiera. Yo planeo hacer una tarta esta tarde y llevarla mañana al hospital, y mientras me pregunto qué pasaría si el autobús se queda encallado en esta Venecia súbita, intento decidirme entre un brownie de chocolate y una tarta de manzana. A favor del brownie: lo controlo, me sale bien, le gusta a todo el mundo. A favor de la tarta de manzana: tengo manzanas en casa y pega con esta tarde. No me preguntes por qué, pequeña, pero pegan el aroma de la manzana y la canela saliendo desde el horno y mezclándose con la lluvia detrás de la ventana.

Llego a mi piso, almuerzo sopa y ensalada con salmón, contesto con excesivo entusiasmo el mail de un lector. Has de saber, pequeña niña con nombre de verdad, que el mundo es un lugar precioso. Ojalá llegues a darte cuenta. La vida es muy corta: tú sólo has gastado un día y yo ya he dejado atrás varios miles de los que me tocaban. Pero es ancha, mi niña, y transcurre entre los cauces de nuestra mente con la misma fuerza que el agua esta mañana por las calles de la Isla. A la vida, como a mi furgo, como a ciertas mujeres, le cabe tela. Ésa es la sensación que tengo hoy, mientras contesto el mail de un lector encantador que, curiosamente, se llama casi como tu papá, y que me demuestra por enésima vez que la gente con ilusión e ideas existe: que sólo hay que encontrarla.

Después de contestar el mail voy al súper, porque aunque las manzanas reposan, redondas y rojas, sobre la encimera de la cocina, me faltan algunos ingredientes para la receta que he elegido. Me acerco al Supersol en chándal, con las llaves en la mano, cruzando el espacio fantasma de la calle Real donde se supone que debería haber un tranvía. También la calle Real es ancha y está llena de espacio entre la gente que pasea. El súper no tiene mucha variedad, pero yo elijo con cuidado los limones, la leche entera gallega, la mantequilla asturiana. Ojalá todo esto sepa rico, pequeña, porque tú te lo mereces.

Vuelvo a casa, me lavo las manos, pongo a José González en el ordenador. Igual lo escuchas algún día, en un futuro lejanísimo en que yo seré una anciana rodeada de gatos y tú una jovencita intelectual y adorable. Me cuesta describir su música, pero digamos que es buena para hacer cosas que requieren tranquilidad de espíritu. Como dibujar o cocinar tartas de manzana. Me relajo y sigo la receta paso por paso con sumo cuidado. Meto el dedo en la masa un par de veces, lo confieso, pero confío en que a ningún miembro de tu linda familia le importe. Cuezo las manzanas en zumo de limón y azúcar, bato la mantequilla con más azúcar, huevos y harina. Mido la levadura con poca fe. Los pasteles nunca me suben y siempre echo el doble para compensar, pero esta vez quiero ser exacta. La tarta que he elegido, pequeña niña con nombre de verdad, se llama tarta de manzana con crumble de canela. El crumble es como una cobertura crujiente de grumitos. Me gusta la idea de la diferencia de texturas, y también que es una tarta larga de hacer, sosegada. En tu primer día en el mundo, pequeña, te mereces que alguien piense en ti y te dedique algunas horas de su tiempo.

Ojalá siempre sea así. Ojalá siempre tengas a alguien que te piense y te quiera. Seguro que no te va a faltar amor. Has tenido suerte, en serio: has caído en un sitio bueno, con unos buenos padres y un buen hermano, con vientos que barren la pena en las dos direcciones y la sustituyen por una sensación alegre de continuo movimiento. Crecerás rodeada de libros y de risa. Serás en la vida todo lo que quieras ser, y vivirás muchos momentos hermosos, llenos de luz azul y de olor a canela en las tardes de otoño.

Por mi parte, paso parte de los cuarenta minutos de cocción mirando fijamente al horno y amenazándole de muerte. Si me jodes la tarta, maldito engendro de Satán, te mataré. Miro la foto de la receta en la página web de donde la he sacado. Después vuelvo al horno y comparo mi tarta con la foto. Después miro el reloj. Cuando abro no las tengo todas conmigo (¿no te encanta esa expresión?), y el vaho que sale del horno me empaña las gafas. Gruño, las limpio, observo el aspecto de la tarta y el del crumble. La tapo con un trapo y me tumbo en el sofá a seguir leyendo a Schlink, mientras con una mano aparto los mosquitos que persisten en el otoño gaditano a pesar (o quizá a causa de) esta lluvia salvaje.

Y adivina qué, pequeña niña con nombre de verdad. Hace unos minutos he cortado la tarta en pedazos para meterla en un tupper y no he podido resistirme a probar uno. Y la tarta, tu tarta, está perfecta. Y tendrías que ver lo mal que se me ha dado siempre la repostería. Pero la tarta es perfecta, de verdad, y deliciosa. La manzana está tierna, el bizcocho esponjoso, el crumble cruje. Es una tarta genial, y espero que algún día te enteres de que en tu primer día en la tierra se hizo una tarta perfecta a lo largo de varias horas de música y cariño contenido. Yo, personalmente, lo consideraría un buen augurio.

Sin más, me despido, deseándote que vivas una vida larga y sana y seas feliz. Que siempre tengas alegría, libros y alguien a quien querer. Que haya en ella muchas tartas y un poco de suerte. Y acuérdate siempre de ser amable.