massobreloslunes: El mal
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miércoles, 18 de mayo de 2022

La mayor mentira


La mayor mentira que puedes contarte nunca es «no me hace falta escribirlo, me acordaré».

Kevin Kelly

Hace ocho días terminé, por fuckin' fin, mi One Line a Day Diary.

La idea del OLADD es escribir todos los días un par de frases sobre lo que te ha pasado, lo que has aprendido, qué has hecho, etcétera. Cada página del libro contiene los huecos correspondientes a cinco años en esa misma fecha, para que puedas decir «hace dos años, tal día como hoy, estaba yo haciendo X», que es una frase muy así como de señora antigua, pero que mola.

Digo que es un diario del mal porque cualquiera pensaría que tardas dos minutos y que no es problema escribirlo, ¿verdad? NO. ERROR. Llevo cinco años sufriendo la pereza extrema de todas las noches, antes de acostarme, rellenar el OLADD.

Al principio no era tan terrible, porque solo tenía el mío. Más adelante, tuve la osadía de comprar uno para mi hija, así que llevo tres puñeteros años y medio rellenando no uno, sino dos OLADDs todos los puñeteros días solo por no tener huecos más tarde.

En ocasiones, lo confieso, hago trampa: paso varios días sin escribir y luego lo relleno de memoria. En el pecado, no obstante, llevo la penitencia, porque si hay algo peor que rellenar un día del OLADD es tener que completar varios días seguidos. Te frustras porque tu memoria ya no es lo que era y tienes un espacio en blanco en tu mente tal día como antes de ayer. Te mueres de sueño y quieres acostarte, pero el OLADD te reclama como un amo inclemente.

Por fin, el día de mi cumpleaños, se terminó una de las condenas. Todavía tengo el OLADD de mi hija, y si acabo por quedarme embarazada otra vez, que está por ver, tendré que mantener otro por aquello de que el segundo o segunda no se sienta desplazado nada más nacer. La idea me horroriza.

Por increíble que parezca, estuve muy, muy cerca de comprar otro OLADD cuando se me acabó el primero, pero luego pensé: no. En lugar de eso, volvamos a Más sobre los lunes. Es la cosa más estúpida del mundo no hacer algo que te da tanto placer, y quizá el miedo a no recordar los siguientes años de tu vida te lleve a ello.

Hay algo de verdad. Estoy aquí por miedo a olvidarme, a que se me pase la vida sin darme cuenta de qué hacía en ella. Es una gran mentira que nos acordaremos. Cinco años escribiendo el maldito OLADD me han hecho darme cuenta de que se te olvida todo, hasta lo que ocurrió antes de ayer, hasta eso tan gracioso que decía tu hija todos los días y que pensabas que nunca abandonaría tu cerebro.

Así que aquí estoy, en la enésima repesca de este blog, tratando de no mentirme a mí misma y de no olvidarme por el camino. 

viernes, 30 de julio de 2021

Ficción y pandemia

Salvo excepciones como This Is Us o New Amsterdam, parecería que el mundo de la ficción se ha puesto de acuerdo en ignorar la pandemia. Lalalaaa —parecen decir—, no hay virus, el mundo sigue como antes.

Imagino que, igual que me ha pasado a mí como escritora, se han dado cuenta de que  hay dos opciones: o ignoras la pandemia o el único género de ficción que quedará en pie será el apocalipsis distópico. 

Me pregunto si ha sido así siempre. ¿Se escribía sobre la Segunda Guerra Mundial mientras estaba sucediendo? ¿Se creaba ficción, de hecho, o estaban todos demasiado preocupados por sobrevivir?

Lo que es seguro es que se ha escrito y hecho cine en abundancia sobre todas las grandes crisis, pero parecería que hace falta resolverlas para poder mirarlas desde la distancia y esto no tiene pinta de ir a resolverse pronto. 

Quizá algo que hace esta pandemia especialmente poco fiction-friendly es el tema de las mascarillas. Confesión: en noviembre del año pasado, durante el NaNoWriMo, me puse a escribir una novela juvenil que transcurría en tiempos del COVID, y la razón principal por la que lo cambié fue que pensé que sería un coñazo verlo en Netflix porque todos los actores llevarían la cara tapada.

(Delirios de grandeza nivel no escribo nada que no pueda acabar en Netflix)

Yo apruebo la negación generalizada del COVID en las series y pelis y, de hecho, es el camino que voy a seguir en los libros que escriba a partir de ahora; por lo menos, hasta que haya pasado tanto tiempo desde esta crisis que no me importe recordarla. 

El mero hecho de pensar que esa sea un posibilidad (la pandemia lejos, en la distancia, como un mal sueño), me hace sentir pena por mí misma. Sé que eso no va a suceder. Me da pena por la Marina que vivió treinta y cuatro años de su vida sin saber lo que se le venía encima y, sobre todo, me da pena por mi hija Alana, que no va a recordar el mundo como era antes. Todavía me parten el corazón las últimas fotos que le hicimos antes del primer confinamiento, el último día que estuvimos en el parque con ella antes de que se pasara dos meses sin que le diera el sol. 

Pero yo no quería hablar de la Maldita Pandemia. Nunca quiero.

Es ella la que no se calla. 

sábado, 9 de febrero de 2013

Lesionada

Cuando te lesionas, siempre tienes la sensación de que podías haberlo evitado con facilidad y te sientes gilipollas. Eso fue lo primero que pensé el jueves, justo después de escurrirme de una presa roma y notar cómo crujía mi tobillo izquierdo sobre el colchón del roco. Es un instante. Un puto instante. Y lo cambia todo. Me quedé tendida boca abajo sobre la lona, hiperventilando y llorando como una chiflada. La gente del roco se portó muy bien. Todos me consolaban: va, tía, es sólo un esguince, cuando te quieras dar cuenta estás aquí otra vez, y total, hace un montón de frío y todavía no es buena época para la roca. Yo sollozaba descontrolada: que no, que todo es una mierda, que yo quiero escalar y todo es una mierda.

Tardé un buen rato en conseguir coordinar las neuronas suficientes como para decidir que me iba al hopital. Mi tobillo tenía un huevo morado de un tamaño curioso. "Es horrible, horrible - repetía yo -. Tiene una pinta horrible". Verídico. Nunca se me había inflamado tanto un tobillo en tan poco tiempo. Me imaginaba roturas, operaciones y recuperaciones larguísimas.

Me acompañó al hospital Álex, el novio de una amiga, que había venido esa tarde a entrenar por primera vez. Tuvo el mérito enorme de convertir un rato angustioso en uno agradable. Estuvimos charlando de escritura, de blogs y de los Aristogatos. A mí después del primer analgésico intramuscular me empezó a entrar la risa absurda, y cuando el técnico de rayos me preguntó si tenía posibilidades de estar embarazada, le expliqué algo sobre la imposibilidad en estos momentos de algo así, mis celivibraciones y lo mala que está la cosa. Después me dio un ataque de risa mientras me pinchaban heparina y casi pateo al residente cuando intentó cortarme mis vaqueros favoritos. "Es que me hacen un culo estupendo", expliqué. Tuve momentos de despersonalización, en los que pensaba que esto no me podía estar pasando a mí. No me podía haber hecho un esguince de una forma tan absurda. Quería despertarme con normalidad y poder seguir con mi vida.

Ayer estaba sumamente triste. Por muchas cosas, no sé. No sólo por el esguince. Por la sensación de injusticia y de desprotección. La vida es injusta e incierta, eso ya lo sabemos todos, pero ayer concretamente me preguntaba qué mensaje me estaba mandando el universo. Ha sido una semana de mierda. Primero perdí mi cámara, luego resulta que el embrague de mi furgo no va bien y arreglarlo me sale por un pico, y ahora me quedo sin tobillo. La salud mal, el dinero mal, del amor ni hablamos, y encima todos los días rondando por Muertelandia y con mi precario equilibrio mental pendiente de un hilo.

No sé. Por primera vez en mucho tiempo, me encuentro desbordada.

Hoy el día ha ido mejor. He conseguido organizarme para escribir, leer y trabajar algo en Psicosupervivencia. He hecho suspensiones de dedos y dominadas en la espaldera que tenemos en el salón. Cuando le mandé ayer a Juanjo, mi colega valenciano, las fotos de la escayola por el whatsapp, me dijo que tenía mucha suerte; que ojalá él tuviera jodido el pie en lugar del tendón del dedo desde navidades. Que se pondría inhumano haciendo campus.

Están locos, estos escaladores.

El caso es que hoy, mientras ponía el lavavajillas apoyada en una muleta, pensaba que a saber lo que te va a tocar en esta vida, y que mira que si en lugar de un esguince me hubieran amputado la pierna y me tuviera que acostumbrar a vivir así. ¿Qué iba a hacer entonces? ¿Autocompadecerme? Tendría que tirar adelante de alguna forma.

A ratos pienso que es verdad que en esta sociedad no se tolera el malestar, pero que igual yo sí que estoy viendo demasiado malestar. Que la gente no se entera de las Verdades Chungas, pero que yo últimamente estoy convirtiendo mi vida en una Verdad Chunga y que las cosas tampoco son tan así. Y que quizá torcerse el tobillo es una buena defensa. No creo que las cosas pasen por una razón. Creo que esto es azar y punto, y que es nuestra esforzada mente narrativa la que se empeña en encontrarle un sentido a los acontecimientos. Aun así, quizá mi tobillo me está protegiendo de observar más desgracias durante unos días. A lo mejor no me viene mal quedarme en casa viendo pelis y durmiendo más de la cuenta, y olvidarme por un ratito de Muertelandia.

El miércoles tuve a una paciente con un duelo complicado. Estaba tan triste que me empezó a dar pena que su ser querido se hubiera muerto, en plan "con lo majo que era". ¿Estamos locos? No me puede dar pena que se muera el ser querido de otra persona. No lo puedo sentir como una pérdida personal, ni tener ganas de haberle conocido por lo majo que parece en palabras de mi paciente. Es excesivo y tengo que encontrar la manera de racionar todo eso, porque si no se me va a ir la olla.

[Concluyo diciendo que hoy ya estoy mejor y que creo que voy en marcha hacia reconciliarme con mi nuevo estatus de lesionada. Estoy planeando paseos con muletas por Lavapiés. Las muletas te ponen los brazos fuertes y no hay que perder esa oportunidad nunca. Aunque sólo sea porque no me puedo permitir bajar el ritmo de cara a mi viaje a Denver. O porque bueno, ahí está el pobre Juanjo haciendo senderismo porque su tendón no le deja escalar, y hay que ser solidarios con los colegas]

PD: Si de verdad, de verdad, queréis animarme, pasaros por Psicosupervivencia y compartid/comentad/suscribiros a la lista de correo. Necesito que alguien me convenza de que puedo ayudar a los demás, porque últimamente no me siento muy capaz *modo autocompasivo off.

martes, 25 de diciembre de 2012

El Mal Pascual

Estoy sentada en un bar del Miramar tomándome un gintonic frente a mi padre. La conversación gira en torno a lo mal que va todo y a cómo el SAS, ese imperio romano en decadencia, se viene abajo lentamente con la colaboración y desidia de todos sus trabajadores. Mi padre es médico y no tengo claro que sepa hablar un lenguaje distinto al de la queja.

Yo me siento muy, muy deprimida.

Ayer por la tarde me vine con el coche. Después de años preparando ilusionadísima la cena de Nochebuena, he evolucionado al modo "me presento a última hora con todo por delante" sin demasiado esfuerzo. Me desperté en San Fernando con un sol resplandeciente. Los niños jugaban en manga corta en la plaza del Ayuntamiento y por las ventanas de los soportales salían villancicos rocieros. Todo era tan luminoso y tan andaluz que parecía que iban a multarte si te ponías triste.

Por la autopista de Jerez- Los Barrios se veía la Sierra de los Alcornocales y un cielo azul y enorme enmarcándolo todo. Yo conducía, cantaba con el Spotify y pensaba que amo profundamente esta provincia: desde la primera roca de Grazalema hasta la última playa de Bolonia. Amo el Cádiz Profundo, la Viña antidepresiva, los sectores de escalada, la arena donde me tuesto al sol durante el verano y a los pacientes de la sierra que acuden al psicólogo sólo cuando el chamán les falla. A lo mejor en realidad lo que quiero decir es que amo mucho mi vida y a mi gente, y que eso es muy bonito.

Venir a Málaga es tener que esforzarme todo el rato por recordar que me he ido, que he salido de aquí y he cambiado. El resto de la gente cambia tan poco. Mi familia cambia tan poco. "Estoy apático", me dice mi padre frente a su cuarta cerveza. Normal, pienso yo. Normal. Si es que tu vida ahora mismo no tiene mucho aliciente, ni tú te has esforzado mucho en construírtelo y yo, a estas alturas, no tengo ni puta idea de cómo ayudarte.

Nochebuena. El mismo guión año tras año tras año. Al menos parece que ahora nos vamos simplificando: cada vez preparamos menos comida y despachamos antes todo el asunto de Papá Noel. Con un poco de suerte, pasará el tiempo suficiente entre mi prima pequeña y el primer bisnieto como para poder dedicar unas cuantas nochebuenas a beber gintonics sin tener que fingir que viene por ahí un gordo yanki de rojo montado en un trineo. Entretanto, todo permanece. Llegan mis tíos, suben el cristal de la mesa del salón a la cama de matrimonio. Se hacen comentarios sobre cómo podríamos comer menos, y acabamos igualmente comiendo muchísimo. Se cantan los mismos villancicos y las mismas canciones, porque ni mi hermano ni yo ampliamos el repertorio de un año para otro. Entretanto, unos nos hacemos mayores y otros envejecen. A mi abuela, por otra parte, le sienta bien la senilidad: la desinhibe de una forma amable. Ayer incluso dio palmas en su silla mientras yo tocaba la guitarra, resplandeciendo sobre su fular rosa chicle con la mirada un poco desviada.

Yo me esfuerzo, insisto, en recordar que puedo ser otra cosa. Quiero a mi familia. Les quiero un montón. Pero si no me olvido en la medida de lo posible de todo esto, no podré construir algo nuevo. Si no creo firmemente que puedo llevar mi vida de un modo distinto, acabaré otra vez aquí y todo esto no habrá servido para nada. No sé si me explico.

Por la noche me acurruco en mi cama de noventa con la bolsa caliente de cereales a los pies. Se me ocurrió el año pasado, y este año también me pasa: me imagino que el MD (Maromo Definitivo) viene conmigo a la cena, y que se queda a dormir aquí porque no es de Málaga. "Lo he pasado muy bien", me dice. Y yo "qué va, si esto es lo peor". "Que no, en serio, que tu familia es muy maja, que tus tíos son geniales". Yo froto mis pies fríos contra los suyos y le confieso que antes de conocerle, ésta era mi imagen de felicidad navideña. "¿Una cena familiar?". "No - le explico yo -, este momento. Estar aquí contigo, ahora, en una cama incomodísima que nos han preparado para la ocasión, quizá un poco borrachos y hartos de aguantar gritos de niños y conversaciones de adultos. Pero contentos porque todo nos la pela, porque estamos tú y yo y vamos a hacer las cosas mejor, incluso aunque no lo consigamos."

Odio TANTO la navidad, queridos lectores.

Tenedlas felices, de todas maneras.

Abracitos fuertes.

jueves, 8 de marzo de 2012

El mal laboral

Yo de política no entiendo un carajal. Debería, lo sé. Debería informarme, leer más periódicos, utilizar twitter, cabrearme y demás. Lo que pasa es que me da rabia. Me da rabia porque yo ya me paso siete u ocho horas al día trabajando e intentando convertir el mundo en un sitio mejor. Escucho a mis loquitos y a mis neuróticos, y hay días que mola y otros días que piensas que al próximo que te diga que se quiere tirar de una ventana se la vas a abrir con tus propias manos. Y se supone que hay gente que se dedica a la política porque le gusta, que deberían hacer bien su trabajo y ocuparse de guiar el país para los mejores intereses de sus ciudadanos. Pero no lo hacen porque son, en general, malos y corruptos, así que nosotros, los ciudadanos normales, los que pagamos impuestos e intentamos aportar a la sociedad nuestro granito de arena, también tenemos que echar un ojo a los que nos gobiernan porque no nos podemos fiar de ellos. Y protestar, y participar, y leer periódicos e implicarnos, y reciclar putas montañas de plástico y papel porque a nadie se le ocurre reducir la cantidad de envases. 

En fin.

La cuestión es que no sé quién tiene la culpa de la crisis, pero sé en qué consiste. Para los de más edad, los que tienen hipotecas, hijos, trabajos en la cuerda floja y coches por pagar, consiste en mirar atrás y preguntarse qué cojones han hecho mal y si de verdad estaban viviendo por encima de sus posibilidades. Consiste en tener miedo y en plantearse preguntas que no deberían pensar a una edad en la que deberían estar más concentrados en disfrutar de lo que han ganado, en lugar de preguntarse qué van a hacer cuando lo pierdan todo.

Para mi generación la crisis es el estancamiento. Es una deformación de la realidad que nos hace pensar a todos que no nos van a dejar trabajar jamás. Es decir: tú estudias, te preparas y te esfuerzas, y luego no tienes ni idea de si alguien va a querer pagarte algo por aquello que tú tienes para ofrecer. Y eso es una mierda. El paro es el equivalente socioeconómico a la soltería: es darte cuenta de que estás mostrando lo mejor de ti y nadie lo quiere. Que podrías ser muy bueno si se te diera una oportunidad, pero es que nadie está dispuesto a concedértela.

Creo que trabajar es muy, muy importante. Trabajar así, en general, en algo. A partir de cierto punto, asúmelo: tienes que dejar de estudiar y empezar a intercambiar recursos con el medio. Tú aportas cosas, la sociedad te lo recompensa con dinero. Es la evolución natural de ti mismo como humano. Veo a mis amigos estudiando eternamente, apuntándose eternamente a másters, obteniendo eternamente títulos de idiomas, pidiendo eternamente becas y ayudas; esperando, esperando y esperando, preparándose para un momento que no termina de llegar, y me pregunto cuándo van a poder entrar en el mundo real. 

Yo me siento muy agradecida por poder trabajar. De verdad. Me gusta que el mundo reciba lo que tengo para darle. Es transitorio y lo sé; de aquí a dos años y pico estaré en la calle y a saber qué será de mí si para entonces si lo del best seller sigue estando sólo en mi imaginación. Pero de momento ahí estoy: con mi contrato, mi horario, mis nóminas. Con la sensación de que se me necesita un poco. La verdad es que si ahora tuviera que volver a la facultad, aunque fuera para hacer un master, creo que me pegaría un tiro. Me gusta lo real. Me gustan mis pacientes, cómo hablan, cómo saludan, las historias que tienen para contarme. Me gusta cuando me dan las gracias o hasta cuando se cabrean conmigo. Me gusta tener compañeros, las reuniones de trabajo, el relato de las incidencias que hace enfermería. Preparar los informes y las carpetitas de alta, con sus recetas y sus visados. Todo eso me parece muy real.

Los jóvenes necesitamos trabajar. Darnos cuenta de que la vida es un poco eso: hacer cosas por cojones que a veces te apetecen regular, pero encontrar la manera de amarlas. Seguir normas y horarios, pero también poder ser creativos e innovadores. Encontrar nuestra manera de mejorar las vidas de la gente. Ganar un sueldo fijo, poder hacer planes, acertar a imaginar un futuro. Necesitamos cierta estabilidad, ciertas garantías: saber por dónde empezar a construir una familia y un proyecto de vida. Este presente extraño de no saber por dónde va a salir la cosa nos tiene aturdidos y tristes.

Sigo hablando con J. por el Skype de vez en cuando. Me hace proposiciones indecentes que yo barajo con relativa frialdad por aquello de que está en Alemania. Me cuenta que se siente un poco "inmigrantillo": una mezcla entre solo y pobre. Lo que veo en sus ojos oscuros es la completa incapacidad para imaginarse qué va a ser de él en los próximos años, y por mucho que uno quiera ser ligero, aventurero y adaptativo, esa perspectiva deprime y sobrecoge a partes iguales.

En fin, que yo quería escribir sobre la mujer trabajadora y al final me ha salido esto. Sobre el joven trabajador, o el trabajador en general. Yo estoy agradecida por ser mujer y poder trabajar, claro que sí. Darme cuenta de que la mayoría de las cosas que tengo ahora: mi independencia, mi sueldo y todas las oportunidades que me ofrece la vida, podrían no estar ahí si hubiera nacido hace unas décadas o en otro país, me da un montón de miedo. Pero tal día como hoy creo que es importante darse cuenta de que la lucha se ha extendido y que prácticamente todos somos hoy en día una clase discriminada. Las mujeres, los jóvenes, los enfermos, los discapacitados, los mayores de cuarenta y cinco, los jubilados, los poco cualificados, los demasiado cualificados. Como en el poema de Bertolt Brecht, casi nadie se salva de la quema. Lo peor es que no sé muy bien cómo se lucha contra eso. Pero bueno, como siempre: nombrar las cosas, escribir sobre ellas, es un primer paso y, seguramente, no el más inútil de todos. 

martes, 7 de febrero de 2012

De libros malos y pollos mutantes

Con los libros pasa como con los tíos: encontrarte uno malo de vez en cuando es más o menos normal, pero cuando se te junta una rachita de dos o tres te empiezas a mosquear y a preguntarte, con las manos en las mejillas como el niño de Solo en casa, "¿por qué, Dios? ¿Por qué yo?".

Hace un par de días decidí que iba a dejar de arrastrar de un lado a otro La casa de los encuentros, de Martin Amis. Lo llevaba ahí en el bolso un poco por penita, pero en lugar de leer me dedicaba a tuitear. Y cuando prefiero tuitear a leer ya es como para preocuparse, sobre todo porque lo sentimos, pero sigue sin gustarme twitter, y mira que lo intento.

La cosa es que ayer me fui a la librería y desplegué mi sofisticada estrategia de selección de libros, a saber: me voy a Anagrama, veo si han sacado algo nuevo, compruebo que no, muevo la cabeza con desencanto. Busco libros con cubiertas bonitas. Leo las sinopsis a la velocidad del rayo. Descarto todo lo español, histórico o demasiado exótico. Descarto lo vergonzoso y romanticoide. Me voy a Anagrama Compactos. Compruebo que me los he leído casi todos. Miro los clásicos de bolsillo, pienso que debería leer a los clásicos, pienso que al carajo los clásicos. Y entonces, cuando justo he perdido la esperanza y pienso que soy un ser extraño o que en realidad leer no me gusta, encuentro algo que me llama la atención, echo un ojo al primer capítulo, compruebo la textura de las hojas y, si todo eso está más o menos bien, me lo compro.

Ayer iba todo muy mal hasta que vi dos opciones interesantes: Diario de invierno, lo último de Paul Auster, y una novela de un español desconocido llamada Vive como puedas. ¿Por qué me gustó el libro del español desconocido? Pues a ver. Me gustó el título como filosofía de vida. Vida resignada. Haz lo que puedas y ya se verá lo que pasa. Me gustó que lo publicaba Tusquets en Andanzas, y que en general suelen tener buen criterio. Y bueno, me gustó que Almudena Grandes hacía un comentario halagüeño en la vitola, algo como "¡¡Por el amor de Dios, tienen que leer esta novela, prométanmelo, es genial!!". Soy carne de marketing chungo, lo reconozco, porque pensé: joder, la Grandes. Que te puede gustar o no, pero tiene oficio y sabe lo que se hace.

¿Por qué preferir el libro de un español (argh) desconocido al de mi querido Paul? Por dos razones. La primera, porque creo que Paul está gagá. Creo que está entrando en una especie de espiral depresiva político postmoderna y que va a terminar como Neruda: muriéndose de pena en su casa de Brooklyn cuando el mundo colapse. Su último libro me puso tan triste. Pero no una tristeza literaria y verdadera, sino una tristeza de "por qué, Auster, por qué has escrito un libro en el que aparece la palabra culinchi". La segunda razón es que Diario de invierno, que también tiene un título alegre por los cojones, está escrito en segunda persona. Un ratito en segunda persona sí, Paul Auster, como en Invisibles, que la verdad no me pareció mala. Pero ¿un libro entero? Uf, qué va. Y mira que me gustas a la par que me pones. Que parece mentira que tengas sesenta y cuatro años y aun así estés tan poderosamente frinkable.

Así que allá que fui y me compré el libro del español desconocido, que a partir de ahora pasará a ser conocido como El Lamentable Tipo Sin Talento Del Que Tengo La Desgracia de Estar Leyendo Una Novela. Uf, es demasiado largo hasta para las siglas, así que vamos a llamarle Lament. De Lamentable.

Bueno, pues cuando me meto en la cama así en plan vale, no tengo novio pero tengo un nórdico genial y una almohada cara y un libro nuevecito entre mis manos, y empiezo a leer a Lament expectante y confiada, descubro que bueno, que el libro es malo con alevosía. Pero muy, muy malo. Y me pregunto cómo se me ha podido escapar. Que me leí el primer capítulo entero en la librería y no me pareció tan terrible. Que lo recomienda Almudena Grandes.

¿Por qué es malo? Pues yo qué sé. Está mal escrito. Es una mezcla entre repipi y burdo que me aberra. Los diálogos son muy, muy poco creíbles. Los personajes están muertos por dentro; el argumento digamos que a la altura de la página 133, que es por donde voy ahora, no tiene ni pies, ni cabeza, ni perspectivas de mejorar. Me he reído dos veces, eso sí; una de ellas porque el protagonista droga sin querer a su anciana madre. Pero por lo demás, muy malo.

Entonces una piensa ¿qué le pasa a la gente? Lo de Almudena lo vamos a dejar. Que estaría en un sarao literario planteándose si su siguiente libro alcanzaría las veinte ediciones o más bien las veinticinco y le dijeron "va, Almudena, di algo bonito de este muchacho, que hemos invertido mucho en editar su segunda novela y no queremos arruinarnos". Y Almudena elevó graciosamente su martini y dijo "Jijiji pues yo qué sé... algo como... ¡¡qué novela más buena!! ¡¡leedla!!". Y tal cual, a la vitola.

Pero lo de este notas tiene más delito. Rosa Montero escribió hace tiempo un artículo sobre el drama de los escritores sin talento. Decía que les anima el mismo fuego que a los otros, pero sin esperanza de conseguir producir nunca algo bello, y a veces (las peores veces) de darse siquiera cuenta de que no son capaces. Y este chico... pues no sé, que eres filólogo, que se supone que tienes un bagaje. Mi profesor del taller decía que no se puede inventar la bicicleta. Que para escribir peor que los demás o para escribir mediocre, no escribas. Y no sé, pero a mí lo que me preocupa es que creo que escribir bien es sobre todo una cuestión de sensibilidad: tienes más registros, la realidad pulsa en ti más teclas y tú tienes el acierto de saber reflejarla. Tampoco hace falta añadir tanto. La vida por sí sola tiene la suficiente riqueza de detalles y de humor como para bastarle a la literatura. Por eso los escritores malos me dan tanta pena: porque me los imagino un poco ciegos, con cierta agnosia mental para la belleza.

Aquí es donde me planteo si me estoy poniendo nazi, si sobre gustos no hay nada escrito, si a lo mejor no tengo ni puta idea de hacia dónde va el panorama literario español. Si yo debería ser también filóloga para que me gustara la novela de Lament. Pero quiero creer que no. Quiero creer que escribo bien y que sé, más o menos, dónde está lo bueno. Siempre he respetado el esfuerzo que supone escribir una novela, y a lo mejor, de hecho, el problema no está en el autor, sino en la cadena mongoloide de agentes y editores y Almudena Grandes que ha llevado ese libro a las tiendas del mundo.

En fin, que no me está gustando. Que no sé si ir a devolverlo, aunque igual es un poco chungo. Que para colmo me tienen baneada de la biblioteca hasta San Valentín, y encima soy pobre como las ratas después de que hoy en la tienda ecológica me hayan colado un pollo de corral de tres kilos que me ha costado un ojo de la cara. Pero que en realidad igual la culpa es mía y solo mía. Como con los tíos. Por no fijarme bien en el interior. Por dejarme llevar por los impulsos. Por hacerle caso a la flamante vitola roja con cosas bonitas escritas en ella que todos nos esforzamos por llevar alrededor del cuello.

Y bueno, esto no tiene nada que ver pero, por el amor de Dios: tenéis que ver mi ecopollo.



Por favor. Un pollo de tres kilos. Que podría ser yo qué sé, un hijo. O un tiranosaurio. Que no sé si lo de ecológico quiere decir que lo mataron cuando él quiso porque la vida ya le aburría. O cuando dejó de respirar por una apnea del sueño. Que no me cabe en el congelador. Que me ha destrozado el presupuesto del mes. Maldita sea mi bondad, que diría Susanita.

Hasta mañana, pequeños.

PD: Espero no haber herido la sensibilidad de ningún vegetariano/vegano con la foto del ecopollo. Pero es que sabéis que me puede demasiado hacer las cosas en aras del humor.

martes, 13 de diciembre de 2011

Navimal, II: Cualquier tiempo pasado fue mejor

Andaba yo esta tarde paseando por la Viña, que es un barrio antidepresivo, en serio. Un barrio Prozac. Estás en tu casa pensando que la vida carece de sentido, sales a la calle y si no te animas es que estás muerto por dentro. Caminas por las callecitas oscuras y sin coches, con las luces de navidad encendidas y los villancicos saliendo de la puerta de los comercios. Ves al ferretero, a la frutera, al zapatero y escuchas salir de las tiendas el rumor de las conversaciones, "llévate esta lana que no pica nada", "ponme chirimoyas, pero sólo si están para comerlas". Mi tutora me cuenta que su padre vive en el centro de Cádiz porque dice que está "seducido por los callejones". Así me siento yo: seducida por los callejones, qué preciosa frase.

Y mientras caminaba he visto un belén que había montado nosequé asociación en una casapuerta (casapuerta=portal+patio en gaditano), y entonces me he acordado de esos tiempos antiguos en que no estaba poseída por el señor Scrooge y me gustaba la navidad. Aquellos tiempos en que la vida era no mejor, pero sí más simple. La infancia.

Cuando yo era pequeña me ENCANTABA la navidad. Para empezar, las navidades de la infancia duraban como doscientos años, o por lo menos a mí se me hacían larguísimas. En el colegio preparábamos villancicos y los cantábamos en la fiesta. Nunca me elegían para hacer los solos, porque querían a niñas con la voz muy aguda y yo canto bien pero un poco ronco, pero podía llevar mi pandereta y tocarla con el dedo mojado en saliva. Y me encanta cantar y me encantan los villancicos, sobre todo los rocieros que nos enseñaban en el cole.

Además, yo de pequeña era superreligiosa. Ésa es una faceta oscura de mi vida que algún día revelaré aquí, pero el caso es que yo de verdad de verdad que creía en Dios. Oye, y estaba guay: era como no sentirse nunca sola. Dios estaba allí, te escuchaba y te consolaba por algún mecanismo extraño. Durante un tiempo, incluso, me empeñé en que quería ser santa. El proceso mental por el que llegué a esa conclusión era sencillo: si la vida duraba X años pero el cielo duraba infinito, yo prefería hacer méritos para el cielo. Y ya que iba a ir allí, quería pillar un buen sitio. Luego me di cuenta de que ser santa era muy complicado e implicaba celibato y soltería, y como yo siempre he tenido muy claro que no quería ser ni célibe ni soltera, me quité.

Al grano, que me despisto. Como era superreligiosa, pensaba en el sentido profundo y espiritual de la navidad. Me pasaba todo el Adviento intentando ser más buena para preparar la llegada del niño Jesús, porque por aquel entonces no me la pelaba el niño Jesús. La Historia Sagrada siempre me ha parecido muy bonita: como una gran cuento épico, una especie de Señor de los Anillos trascenental. Y Jesús, aunque me la pele, me cae muy bien, y de hecho de pequeña me daba verdadera penita que lo hubieran crucificado, y siempre deseaba que fuera de otra manera, como la típica peli de la que ya te sabes el final pero que no puedes evitar querer cambiar. Así que me daba pena el niño Jesús, porque pensaba: ahora eres un bebé primoroso, pero en breve serás un niño repipi y allá por marzo te putearán y te crucificarán. Así que disfruta ahora que puedes y que la gente te trae regalos en vez de escupirte.

También me encantaba el día en que ibas al colegio y te disfrazabas de pastorcita. El traje de pastora era genial: Camisa, chaleco, delantal, falda de florecitas, pañuelo en la cabeza y sobre todo sobre todo las zapatillas de pastora, esas con esparto y cintas que se ataban alrededor de la pierna y que al final del día siempre se te quedaban colgonas, a no ser que te las apretaras hasta cortarte la circulación. Y el zurrón donde tu madre te metía mantecados. Ah, porque también era una época en que te podías llevar mantecados al recreo y/o desayunar mantecados, que también era algo muy genial de la navidad y afortunadamente lo sigue siendo. De hecho, si me apuras, los mantecados casi casi hacen que esta Época del Averno me compense.


Fotito del día de disfrazarse en mi infancia. Yo soy la del centro.
La PK es la que está justo debajo del mural. ¡Te quiero, PK!


Además estaba todo lo de hacer manualidades navideñas, belenes variados, plastilina, dibujitos etc etc etc. Qué chollo los profesores, que en esa época no tienen que pensar temática para las actividades. A mí me encantaba dibujar belenes, pero no sólo el nacimiento, sino belenes con muchas figuritas, con pastorcitos, ángeles, los reyes, gallinas, patos, árboles, ríos... y la estrella fugaz encima de todo, enorme y muy amarilla, con la cola terminada en picos. Los belenes siempre me han fascinado, y de niña imaginaba que me hacía muy pequeñita y podía meterme en el belén, pasear por el río de papel albal y tocar con la mano a los burritos de plástico.

Los regalos estaban muy bien, aunque en realidad mi relación con ellos se basaba en el autoengaño. Me engañaba diciéndome que este año sí, que este año jugaría con la Nena Melenas, el Penique Elástic o La Herencia de la Tía Ágata, cuando en realidad yo nunca en mi vida he jugado a prácticamente nada. Mi infancia se reducía a leer todo el rato, y no estoy fardando de intelectual: es que leer me parecía mucho más divertido que todo lo demás. Como ya os he contado alguna vez, menos mal que mi madre me llevó a los scouts aunque llorara y me salvó de convertirme en una autista. Aun así, los regalos me hacían siempre mucha ilusión, y pasaba por lo menos tres días inseparable de mi nueva muñeca/peluche/cosa y creyéndome que era una niña normal.

Había más navicosas en mi infancia. La obra de teatro, que solía ser vanguardista e incomprensible porque mi profesora estaba loca. La fiesta de los scouts, que también tenía sus teatrillos y donde hacíamos concursos de tartas y disfraces. Con los scouts también fuimos un par de veces de... ¿cómo se llama? Cantando por la calle para recoger dinero para los pobres. Tiene un nombre, pero no me sale ahora mismo (Edito: PASTORAL. Íbamos de pastoral). Y después de Nochebuena nos íbamos de campamento, que era un campamento que a mí nunca me apetecía porque se pasaba muchísimo frío dondequiera que fuéramos, pero que al final me acababa molando.

Total, que aquello sí que eran navidades bonitas y especiales y ambientadas. Eran mágicas. Estaba guay que todo estuviera lleno de navidad, porque tú eras parte de ello, eras el núcleo. Porque hacías cosas divertidas con alegría y con ilusión. Así que bueno, a lo mejor sí es verdad que las navidades se hacen por los niños, y a lo mejor hay que resignarse a su obligatoriedad aunque sólo sea para que ellos se lo pasen tan bien como yo me lo pasaba entonces. En cualquier caso, ahí están, que le vamos a hacer, así que intentaré poner buena cara, comer muchos mantecados y, ¿quién sabe?, quizá comprarme una pandereta.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Navimal, I: primer alegato

A mí antes me gustaban todas las fiestas, así, sin criterio. Navidad, Semana Santa, San Valentín, Halloween: todas. Ni día del Corte Inglés, ni invento consumista: yo siempre decía que las oportunidades de divertirse hay que aprovecharlas. Divertirse, regalar, zampar, salir por ahí a organizar cenas caras. Era una entusiasta. Lo que yo no sabía y sé ahora es que la vida se va encargando de que tus experiencias en los festejos varios vayan siendo cada vez más decepcionantes, hasta que se te quitan las ganas de volver a celebrarlos. Y en ese punto, cuando ya no tienes ganas, llega la gran putada de estos acontecimientos: que son por cojones. Que no te dan opción.

Las navidades me aberran desde su planteamiento, que es absurdo desde el principio. Celebramos que ha nacido el niño Jesús, en un pesebre y tal, vale. ¿Cómo lo celebramos? Comiendo hasta reventar, bebiendo como si no hubiera un mañana, regalándonos un montón de cosas que no necesitamos, gastando en luces navideñas, gastando en fiestas de fin de año, y todo esto encima con bastante mal humor. Esto ya de por sí sería chungo si yo fuera creyente, pero es que encima yo No Creo en Absoluto. Sin profundizar en las razones morales y filosóficas, digamos que todo el rollo del Dios cristiano me resulta como muy poco verosímil.

Total, que tenemos unas fiestas religiosas, impuestas porque sí y que se contradicen en su planteamiento. Aquí voy a soltar los típicos tópicos: que si el niño Jesús querría que compartiéramos con los pobres, que si mandemos a Africa el dinero que nos íbamos a gastar en turrón... etc etc etc. Y es muy cierto, pero insisto, ¡es que yo no creo en el niño Jesús! ¡Es que me la pela que naciera! Para mí lo ideal no es mandar el dinero a los necesitados, que también, sino que la Navidad se aboliera por anticonstitucional y me dejaran tranquila.

Pensando profundamente en por qué la Navidad es tan chunga y pone a la gente tan depresiva, creo que tiene que ver con varias cosas. Lo primero es lo que dije el otro día: cuando te restriegan por la cara esa felicidad tan gratuita, tus propias carencias saltan a la luz. Y encima sin motivo, porque es una felicidad falsa. ¿Por qué hay que estar feliz? ¿Porque nació Jesús? ¿A traer paz al mundo? Venga ya, hombre. Si realmente existe un Dios, está claro que es bastante perverso. Mandar a su hijo se suponía que iba a arreglar algo: lo del pecado original, que total también lo organizó Dios con toda la historia de la manzana. Pues desde entonces yo no veo que nada haya ido lo que se dice a mejor, qué queréis que os diga.

La otra razón es que las navidades, en general, son tan previsibles que te hacen ser dolorosamente consciente del paso del tiempo. Piensas que no te puedes creer que ya haga un año desde la última vez que te viste comiendo gambones con tus tíos y cantando "Ve y dile a las montañas", una canción super rara que creo que sólo conoce mi familia. Y luego piensas en lo que ya no es igual, que normalmente va a peor: en la gente que ya no está, en los niños que son mayores y menos graciosos, en los adultos que están más feos y arrugados. En ti misma, también más fea, arrugada no porque la increíble capacidad sebácea de tus glándulas mantiene tu cara congelada en el tiempo... pero sí mayor, para bien o para mal, signifique lo que signifique.

Y en medio de todo eso deberían quedar cosas bonitas. Los regalos pueden ser algo bonito. No tienes por qué ir por ahí comprando cosas estúpidas, como neveras para vinos o cojines cervicales del Natura. Puedes realmente ponerte en la piel de la otra persona, pensar en qué necesita o qué le haría ilusión y regalárselo. Eso es bonito y a mí me gusta regalar. No me importa dar vueltas por las tiendas cuando tengo en mente la imagen de lo que quiero comprarle a esa persona, no me importa gastarme el dinero y me hace feliz hacer regalos. También se me dan bien los regalos currados, del tipo montajes con fotografías y vídeos de los de llorar, libros con mis cuentos, poemarios anotados... Pero a la gente de mi alrededor no parece hacerle mucha gracia regalar, lo cual en realidad entiendo, porque de aquí a veinte años de regalos navideños casi seguro que yo también estoy hasta el mismísimo.

El ambiente de queja es generalizado, por lo menos en mi entorno. La gente está harta de compras, de multitudes, todo el mundo parece ir a la comida del curro por obligación, nadie quiere darse la trabajera de cocinar tantísimos platos en la cena familiar para que sobre la mitad. Organizar el fin de año con los amigos es cada vez más titánico, y el año pasado lo dedicamos a jugar a las cartas disfrazados de cow boys. Entonces, me pregunto yo, ¿por qué hacemos esto? ¿Quién nos obliga? ¿Alguien nos está poniendo una pistola en la cabeza? Por los niños, te dirán. ¿Los niños? ¿Esos niños tiránicos y distraídos que estamos criando, que no saben a dónde atender cuando se abren los regalos porque hay muchísimos y cada uno es más grande y brillante y sonoro que el anterior? Además, ¿los niños por qué? ¿Por el niño Jesús? ¿He dicho ya en algún momento que Me Da Igual El Niño Jesús?

Creo que se podrían hacer cosas mucho más bonitas con las navidades. Creo que en algún punto todos deberíamos plantarnos y decir: tengo elección. Si voy a la cena es porque quiero, si hago regalos es porque quiero, si me pongo jincha de polvorones es porque quiero. Nadie, insisto, nadie me impide largarme unos días por ahí a la montaña, o de viaje, o quedarme en mi casa en plan autista mientras como ensaladas y medito todo el rato. Podemos elegir, de verdad. A la gente de vuestro alrededor no le importa tanto. Si queréis aprovechar para ver a la familia, id en otra fecha, sin obligaciones de regalos ni de mega cenas. Yo ya llevo un par de años yendo a Madrid fuera de fechas festivas para poder estar tranquilamente con mis tíos. Sacad a los niños de viaje. Regalad manualidades o cupones por tiempo compartido. Organizad un picnic de Nochebuena.

Y bueno, si nadie piensa en ningún plan alternativo, pues entonces a pelarla. A hundirse en el fango navideño con entusiasmo y a no quejarse. Yo este año todavía no sé lo que haré. En nochebuena iré a casa en plan relámpago, que la semana siguiente trabajo. En nochevieja y los días siguientes quiero irme a escalar o puede que incluso a meditar. Estoy pensando seriamente en decir que paso de hacer regalos y que no los quiero tampoco para mí, pero ya he dicho que en realidad me gusta hacer regalos. Voy a ir a la comida del curro porque los de mi curro actual me caen bien. Voy a comprar el décimo de lotería porque la verdad la verdad es que me encantaría ser millonaria.

Y no puedo terminar este post sin enseñaros mis uñas de este lunes, que no tiene nada que ver pero el color es fabuloso aunque no tenga ni idea de con qué ropa combinarlo.


Lunes de uñas azules... que tiemble el mundo.

jueves, 1 de diciembre de 2011

El mal capilar, V: La vida ya es dura y encima yo voy y me tiño

Lectores queridos:

El castaño rojizo de mi último experimento capilar me duró más bien poco. La acción combinada de lavarme el pelo todos los días, ir a la piscina y haberme dejado el tinte poco tiempo puesto por si me quedaba hórrido hizo que se desprendiera pronto de mi cabello. Además, como dice un amigo mío, ser rubia no es un color: es una actitud. Se me había quedado un color precioso precioso: así mi rubio natural, pero ligeramente cobrizo al sol y un poco más oscuro que después del verano. Precioso y brillante y cada vez más larguito: una maravilla de pelo, vamos. Que yo guapa guapa no soy, pero tengo un pelazo.

Sin embargo, yo quería emociones fuertes. ¿Tanto rollo con el tinte para volver a ser rubia en tres semanas? Nah. Así que hice caso a mis lectores. Que si el rojo cuesta que agarre, que si prueba con algo más fuerte si total se va en seis semanas. Ni corta ni perezosa (de nuevo, ¡me encanta esa expresión!) me planté en el Bodybell del Palillero. Que, por cierto, van a abrir un Kiko al lado y me voy a querer morir comprándome pintaúñas.

Decidí cambiar también de marca. ¿Antes había usado L'oreal? Pues ahora Garnier. Que no sé por qué lo hice, porque a mí Garnier es una marca que me cae como mal, así con su rollito somos naturales, sus botes de colores ácidos y sus modelos jovencitos e hiperfashions lanzándose a piscinas sin que se les encrespe el pelo. Pero bueno. Me puse a mirar los colores de la gama de tintes impermanentes. Lo que tiene Garnier es que los nombres de los tintes son larguísimos: que si Castaño Claro Cobrizo Caoba, que si Castaño Oscuro Violín Madera y todos así. Que no te da la memoria de trabajo para componer en tu mente el concepto del color, porque cuando llegas al final se te ha olvidado el principio.

Entonces vi el Tono de la Vida: Cobrizo Salvaje. Cobrizo era lo que yo me había echado la vez anterior, y puesto que lo quería un poco más, digamos, llamativo, el Salvaje era lo que yo estaba buscando. Quizá, pero sólo quizá, era un poco cantoso, pero después de la experiencia "el ámbar es castaño" quise creer en mi mente ingenua que el cobrizo salvaje se volvería ámbar.

Llegué a mi casa y me puse el tinte, así envalentonada. Ni pruebas previas con mechones cortados ni ostias. Todo a saco. Además, se me piró ligeramente la olla con el tiempo de posado porque me puse a decir chorradas por Facebook, pero pensé: "No pasa nada. Más salvaje aún. ¿Qué somos, hombres o gallinas?".

De nuevo, enjuague guarreteoso en la ducha (¡los tintes manchan mucho!) y mirada relajada al espejo, rollo "a mí nada me sorprende".

Lo siguiente que supe de mí misma fue que me había convertido en Morticia Adams.

Lo bueno del asunto es que el día anterior estaba preocupada por mi acné. Ahora mi piel pasaba a un segundo o tercer plano: de la piel ya estoy mentalizada, pero a ver qué cojones hacía yo con ese pelo negro zahíno ligeramente rojizo y de una textura un poco rarita, así como de imitación de Barbie.

Así que busqué en Google "cómo aclarar baño de color", y Google me devolvió que debía llenarme el pelo de mascarilla, envolvérmelo en papel transparente, darle calorcito, ponerme una toalla y esperar. La teoría era que el calor y los aceites de la mascarilla disolverían el pigmento y aclararían el tono.

He repetido esa operación como seis veces en tres días, y lo bueno es que ahora mi pelo no está negro, no. Ahora está rojo. Muy rojo. ¿Sabéis que me quejaba de que la otra vez no era nada rojo? Pues ahora sí lo es. Mucho, en serio, mucho en plan Alaska mezclada con Morticia a la sombra, Alaska mezclada con El Rey León al sol.

Como muestra, unas fotos del día siguiente a la Operación Tinte del Averno, escalando en San Bartolo.


Morticia


Alaska


La foto Alaska va con gorrito para no impactar vuestra sensibilidad con la visión de TODA MI CABEZA brillando en rojo intenso.

Mi entorno me dice cosas como "no está tan mal", "el color el bonito", "es que no estamos acostumbrados a verte así". Qué adorables. A mí me parece que estoy horrorosa. No es sólo que el color sea cantoso, sino que es feo, así intrínsecamente. Pero bueno, en teoría el tono es impermanente, como el amor, así que espero que en un par de semanas la cosa adquiera un aspecto razonable. Claro, que también puede pasar que la rojez siga incrementándose con el desteñido y al final no se me pueda mirar porque brille con refulgencia.

No lo llevo mal, no obstante. Me hace como gracia, sobre todo porque se me olvida y de repente me veo en un cristal y/o espejo y digo: joder, tengo el pelo Muy Rojo. Pero ya me vale. Porque esta vez, ni peluqueras del Averno, ni nazis flequililes ni nada: esta vez, queridos, me la he buscado yo más que solita.

sábado, 26 de noviembre de 2011

El mal menstrual

Queridos y sufridos lectores:

Hoy os voy a hablar del ciclo menstrual. Esto quiere decir que todos los que no queráis leer sobre el tema, tenéis todo el derecho del mundo a cerrar la página y esperar a mañana.

¿Por qué? Os preguntaréis. ¿Por qué Marina quiere hablarnos de sus ovarios? Pues porque creo que la gente, y más concretamente los hombres, deben saber a qué clase de fuerza de la naturaleza se enfrentan. Creo que el tema de los ciclos menstruales no está lo suficientemente extendido y tratado, y es mi obligación como persona y como mujer que el mundo lo sepa y pueda entendernos.

Yo antes tenía la regla cada eclipse solar completo, por aquello de que mis hormonas estaban locas y se dedicaban a bailar la conga por mi torrente sanguíneo, generando poliquistes en mis ovarios, taponando mis folículos y en general haciéndose las longuis respecto a su función corporal. Era bastante divertido, por la incertidumbre. Una vez tardó tanto que pensé que me había quedado preñada y que encima no podría saber quién era el padre, porque en el tiempo que había durado ese ciclo me había dado tiempo a conocer carnalmente a varios maromos. Mis amigas empezaron a llamarme tita Marina y al final Aran (que el Cielo la guarde) me compró un predictor, que me hice en mi casa mientras mi tía gritaba desde el piso de abajo: "¡Pues yo que tú no lo tendría, que luego los niños agotan!".

Luego empecé a tomar la píldora y aquello era una maravilla. Sabía cuándo me iba a bajar la regla, podía calcular los encuentros con mis novios a distancia y si se me retrasaba un solo día me podía poner nerviosa y comprarme predictors. Es cómica la cantidad de predictors negativos que me he hecho en mi existencia sin tener motivos fiables para creer que estaba preñada. Creo que como siempre he estado en fase de tener el reloj biológico a tope, me hacía un poco de ilusión pensar que estaba embarazada. Ahora concretamente no quiero tener hijos ni en pintura, pero como tampoco tengo contacto carnal con maromos, pues esos problemas que me quito.

Después dejé la píldora y volvieron los ciclos de eones de duración. Peeero empecé con la paleodieta y el deporte y ahora resulta que debo de haber regulado mis hormonas, porque soy puntual como un reloj. Puedo predecir cuándo me va a bajar la regla. Eso me da una sensación de funcionar bien bastante agradable. Por desgracia, el Acné del Averno permanece y se carga mi teoría de que todo es hormonal, pero menos da una piedra.

Y ahora, con veintiséis años, he descubierto el horror verdadero: los ciclos menstruales. Porque resulta que yo no soy una sola persona todos los días del año, no. Soy por lo menos cuatro. A saber:

1: La Marina normal: comienza cuando acabo de terminar con la regla y dura como dos semanas y media. Es una chica dulce, tranquila y mesurada. Se siente ligera, come sano, se raciona adecuadamente el chocolate y piensa que el mundo es un lugar feliz. Está soltera y le gusta, porque sabe que el amor llegará en su momento y que mientras tiene que aprovechar. Esa Marina me encanta, peeero en breve llegará...

2: ...la Marina Presíndrome Premenstrual: aparece una semana-diez días antes de la fecha prevista para que te visite tu amiga la de rojo. Es una Marina que, sin saber muy bien por qué, empieza a tener un montón de hambre, preferentemente de chocolate, a sentirse hinchada y rara, a no encontrar su lugar en la vida y a pensar que se le ha vuelto a escapar esa felicidad difusa que estaba conquistando. Hasta que mira el calendario y se da cuenta: no es que esté deprimida, es que ya queda poco para que llegue...

3: ...la Marina SPM: esa Marina llega tres días antes de la regla y no es una persona. Es una criatura desatada que funciona a base de carbohidratos y chocolate, que odia a la Humanidad, que dice palabrotas mientras conduce y que se acurruca en posición fetal en su camita queriendo tener novio. Esa Marina no es mi amiga y no me cae nada bien. Y lo peor es que cuando desaparece es para dejar paso a...

4: ...la Marina menstrual: se siente enferma y flojita, quiere que alguien la abrace todo el rato y tiene dolor de riñones. Su mejor amiga es la bolsa de cereales para el microondas, que se va rulando entre la panza y la espalda. Está hinchada como un balón y va por ahí derrochando autocompasión y miseria física. Subsiste a base de espidifén y no puede entender cómo un cuerpo tiene que pasar por eso una vez al mes.

Y ese es el plan durante AÑOS Y AÑOS, doce-trece veces al año, todo para no saber siquiera si en este mundo cruel alguien va a querer tener descendencia conmigo. No hay derecho. No hay derecho a que una tenga miedo a haberse vuelto ciclotímica para descubrir luego que es una marioneta en manos de sus hormonas. Todo esto debería conocerse y regularse, para que en nuestros días/semanas pochos se nos redujera la carga laboral, se subvencionara el chocolate y se nos alquilaran gigolós cariñosos. La vida no es justa.

Y con este post tan instructivo, me voy a meter en la cama. Y no os voy a decir en qué fase estoy ahora, que lo que me faltaba ya era que mis lectores estuvieran al tanto de mi ciclo menstrual, que pasamos la barrera de la intimidad y entramos directamente en lo preocupante.

martes, 1 de noviembre de 2011

El mal capilar IV: Los tintes

Sé que lo primero que vais a hacer todos es rular esta entrada hacia abajo para ver cómo me queda el pelirrojo. Venga, va, mirad la foto, quitadle la emoción al post, ignorad mis esfuerzos por llevaros suavemente a través de mi periplo capilar hasta el resultado. ¿Ya? Va, pues ahora a leer.

Decía un monólogo de Anabel Alonso que ir a la peluquería no es quitarse la depresión: es cambiársela de sitio. Yo esta mañana me he levantado... a ver, no deprimida, pero sí alterada. Con el SPM a tope. Desde que puedo predecir cuándo me va a bajar la regla, me paso la semana de antes hecha un energúmeno, no sé si por las hormonas o porque me sugestiono.

Me he sentado en el portátil a ver si empezaba con la Nanovela. Es como una de esas pesadillas en las que tienes que ir a un examen y no te sabes la lección. He repasado mis notas previas y me he vuelto a repetir que NO estoy capacitada para escribir una novela y que NO me apetece una mierda. Luego he pensado: pues me vuelvo pelirroja.

Ni corta ni perezosa (¿no os encanta esa expresión?) he agarrado la moto y me he plantado en el Corte Inglés a buscar un tinte. Porque si algo tengo claro es que si me tiño, me tiño YO, no alguna peluquera desquiciada y daltónica con problemas para seguir instrucciones sencillas. He pasado media hora delante del estante de los tintes del Hipercor, dándole vueltas al pelirrojo óptimo para mi rubia melena. Yo nunca nunca me he teñido porque mi pelo es precioso, ya lo he dicho, así que no sabía que hubiera tantas opciones: que si con amoniaco, que si sin amoniaco, que si permanente, que si reflejos, que si crema, que si mousse... un mundo. Mi objetivo era algo impermanente, como la felicidad, porque si algo tengo claro es que antes muerta que renunciar para siempre a mi rubio camomilado y estupendo.

Después de dar muchas vueltas, me he quedado entre dos tonos: el rubio dorado y el ámbar. El rubio dorado prometía cierta pelirrojez, y el ámbar pelirrojez entera. He aquí las imágenes.




Me gustaba más el rubio dorado, pero luego he pensado que si yo ya soy rubia dorada, para qué narices me tiño. Me he dicho lo que me digo antes de escalar: ¿qué somos, mujeres o gallinas? Y me he contestado que mujeres y he comprado el ámbar.

Llegando a mi casa estaba hecha un flan. Últimamente tengo una fase de verme fea. No es por el Acné del Averno ni nada: simplemente me veo fea, con la cara como muy redonda y principios de arrugas y flacidez cutánea. Claro, que igual son paranoias mías. Pero iba pensando: si ya me veo fea, si ya siento que nadie nunca jamás me querrá, si IA ya no es ni I ni A y DDM prefiere a una griega desconocida, si encontrar el amor verdadero es un privilegio reservado a unos pocos Y ENCIMA me pongo pelirroja y resulta que estoy horrenda... entonces psicotizaré.

Así que he sacado a la luz el espíritu científico que me caracteriza y he decidido no arriesgar. He cortado un mechón de mis rubios cabellos y lo he teñido (verídico) para ver el resultado. Además de ser un poco grimoso teñir un mechón de pelo así aislado, el resultado no me disgustaba. Un pelín oscuro, quizá, pero bueno: era un cambio.

Así que me he puesto el tinte con la misma sensación de la Teniente O Neill rapándose la cabeza frente a la cámara. En plan "estás como una regadera, Marina querida".

Café mientras espero a que la cosa agarre. Ducha espeluznada al ver la cantidad de sustancia extraña que se desprendía de mi cabeza. Secado preocupante con la toalla y mirada al espejo en plan "post reconstrucción facial después de un terrible accidente".

Qué me aspen, gente. Soy castaña. Si los tintes, al igual que los hombres, tampoco cumplen lo que prometen, ¿qué me queda en esta vida además de seguir buscando el chocolate perfecto?

Venga, va, y ahora la foto. Decidme, por favor, en qué realidad paralela feliz este tono es ámbar.



Mi expresión facial es una mezcla entre el sueño y el escepticismo; no la juzguéis con dureza.

Ahora no sé qué hacer. En realidad me veo guapa, pero es que yo no quiero ser castaña: yo quiero ser pelirroja, al menos un ratito. La castañez no me inspira. Por otra parte, quizá probablemente debería dejarme de chorradas y ponerme a escribir ya. Así que aquí estoy, tomándome otro café, comiendo chocolate con chile (¿la solución definitiva a mis problemas con el tamaño de las raciones?) y reflexionando sobre ir o no ir al Corte Inglés a buscar otro tono.

Seguiré actualizando. Os quiero.

lunes, 24 de octubre de 2011

Mi puntito nazi, 1: el clima

Lectores y lectoras:

Yo sé que desde aquí doy la impresión de ser una persona tope de flexible, compasiva y dulce, pero en realidad siempre he tenido un carácter muy regulero. Yo le decía a J. que soy como un chile relleno de caramelo, y él me contestaba que soy más como un chile relleno de tabasco. Lo que pasa es que con el tiempo he conseguido reprimirme autogestionarme, y creo que cada vez va siendo más fácil convivir conmigo. Ser flexible y dulce no sólo es bueno para los demás: también lo es para ti y aumenta tus niveles de felicidad.

Problema: hay ciertos temas que me ponen violenta. Yo lo llamo "mi puntito nazi", porque cuando salen esos temas me vuelvo rígida/agresiva y no hay quien me baje del burro. Ejemplos de mi puntito nazi son los perros (¡¡deportación ya!!), la música (¡¡prohibiría todas las emisiones musicales sin auriculares!!), las obras (¡¡todo está bien como está ya!!), el sueño (¡¡si quiero dormir, quiero dormir y punto!!) y algunos otros temas que ya se me irán ocurriendo para esta magna serie que empieza hoy.

Hoy vamos a hablar de mi puntito nazi con el clima. Para mí el clima ideal es sol TODO EL RATO y que nunca haga demasiado frío. Un poco de fresquito por la tarde-noche, nubes inofensivas que hagan bonitos los atardeceres y un mes o así de frío extremo para no aburrirse. Punto.

Hay que tener en cuenta que soy andaluza, y más concretamente malagueña. Yo vivo con la suposición de que el sol brillará en el cielo por defecto. Hago mis planes sin mirar el tiempo, porque el nublado es raro y la lluvia es como de ciencia ficción. Pierdo los paraguas siempre porque los uso dos veces al año y no recuerdo que me lo tengo que llevar de los sitios. Además, como buena andaluza, cuando llueve me paralizo y no hago nada de lo que tenía planeado. Para qué, si sé que mañana o pasado volverá a hacer bueno.

Fijaos si la lluvia tiene poco que ver conmigo, que cuando vivía en Málaga no tenía zapatos impermeables. Si llovía pues que se mojaran; ya se secarían. Luego llegué a Granada y conocí la hostilidad de su climatología. Allí descubrí que hay zapatos que ¡oh, maravilla!, mantienen tus pies secos cuando llueve: fue un antes y un después. En Granada me compré gorros, guantes y bufanda, descubrí que puede hacer frío aunque haga sol, invertí en un nórdico cuando me dolía el cuerpo de tiritar y gasté más dinero en calefacción que en comida. Y tiene su punto, que conste. A veces echo de menos el frío extremo, sobre todo porque opino que los gorros me favorecen.

Aquí en Cádiz la lluvia es el mal. El Mal Pluvial. Hoy por ejemplo: no he ido a trabajar porque estaba saliente de guardia. Pero es que no tengo ni puta idea de cómo me habría apañado para llegar si hubiera tenido que ir. Esto parecía el Apocalipsis. En Cádiz siempre hay viento, así que cuando llueve pues hay lluvia con viento. Ni el paraguas te va a servir para nada ni existe forma humana de que no te mojes. Hagas lo que hagas, en cuanto pases dos minutos en la calle te convertirás en un desecho humano empapado y lastimoso, y más si como yo tienes gafas y cuando se te mojan te sientes como una disminuida. Luego llegas al curro y está todo el mundo secándose los pantalones en el secador del baño, y el ambiente se llena de un espíritu colectivo de damnificados de catástrofes bastante curioso.

Así que yo paso de que llueva. Un día de lluvia al año, vale, rollo simbólico, para cuando consiga un maromo y me pueda pasar la tarde teniendo sexo romántico tras los cristales empañados. Para lo demás no le veo la gracia. No puedo coger la moto. No se puede pasear, ni escalar. Es incómodo, es molesto, hace humedades y goteras, inunda los campitos ilegales de Chiclana. Y me entristece oír llover; no sé, es como si alguien llorara todo el rato.

Mi experiencia lluviosa más intensa ocurrió hace dos inviernos, cuando el anticiclón de las Azores se desplazó y Andalucía sufrió lo que se conoce como la Galleguización. Ahí pude vivir lo que es pasarte semanas sin ver el sol y no me gustó un pelo. Me acostumbré a llevar el paraguas en el bolso. Junto a mi urbanización nació un riachuelo y podías ver las chumberas creciendo entre praderas de hierba exuberante. Se demostró mi tesis de que el norte no tiene mérito: si llueve, esto se pone igual de verde y de bonito. Tienen mérito esos olivos recios y austeros, consiguiendo no morirse después de seis meses sin que caiga una gota. Eso es una maravilla de la naturaleza.

No os creáis que no me preocupa que no me guste la lluvia. Es como que me gusten los guapos: me limita. No me hallo viviendo en sitios con menos de trescientos días de sol al año, y esos sitios son pocos.

De momento, y como tengo pasaporte gaditano hasta 2014, me limitaré a disfrutar de este clima bendito y de tener que quitarme el abrigo en enero bajo el sol del mediodía. Qué queréis que os diga. La lluvia horizontal es un precio pequeño a pagar por tener esta luz milagrosa haciéndole de prozac natural a mi maltrecho cerebro.

martes, 18 de octubre de 2011

Los detalles molestos

Mi amiga Pilar, gran psiquiatra y mejor persona, me dijo una vez que la vida está llena de detalles molestos. Es una frase que se me ha quedado grabada a fuego en el selebro, porque mira que a mí me gusta la vida en general y la mía en particular, pero esos detalles molestos que se repiten todos los días te hacen pensar que, no importa cuánto te lo curres o lo bien que te vayan las cosas: esto de la existencia no está bien inventado.

Detalles molestos de la vida doméstica. Estos son los peores. Creo que nunca, nunca jamás me acostumbraré a tener que limpiar, recoger y hacer tareas del hogar en general el resto de mi vida. Espero ganar lo suficiente algún día para pagarle a alguien y que lo haga por mí, pero teniendo en cuenta que al Octubre Austero probablemente le sigan Noviembre Ahorrador y Diciembre Sencillo, no lo veo muy cercano en el tiempo.

La colada. Me saca de quicio. No sé por qué; creo que es porque consta de pasos diferidos en el tiempo. Es decir: yo para las tareas del hogar tiene que ser que me agarre el impulso y las haga del tirón. Así que cuando me da el impulso de poner la lavadora, todo va bien durante unos diez minutos. Después se me olvida y paso a otra cosa. Para cuando la lavadora termina, yo ya no tengo ni putas ganas de tender. Entonces he de esperar a que me vuelva a dar el impulso mientras me mira con su lucecita roja parapadeante y acusadora cada vez que entro al baño. Tiendo con esfuerzo de titanes y entonces ya paso de destender y la terraza se convierte simplemente en una prolongación de mi armario, hasta que ya no me quedan bragas limpias (lo que yo denomino el Punto Crítico de la Colada) y recomienzo el proceso.

Cambiar el papel higiénico y la bolsa de basura. Curiosamente, sacar la basura no me importa tanto. Me da sensación de "qué buen rollo que los desechos salgan de mi casa puntual e higiénicamente". Pero volver a casa y cambiar la bolsa, no sé por qué, me exaspera. Lo peor es que espero hasta abrir y cerrar el cubo un par de veces para tirar algo y aberrar ante la ausencia de bolsa antes de poner una nueva. Soy lo peor. Lo del papel higiénico es más de lo mismo. He encontrado unos rollos del carrefour que miden en teoría el triple que uno normal, a costa de ser finísimos, claro. Me da igual siempre y cuando maximice el tiempo que tarda en acabarse. Se me está ocurriendo en estos momentos comprar rollos industriales como los de los bares, pero quizá sea excesivo.

Sacar el reciclaje. Dios, esto sí que lo odio. El contenedor de reciclaje está a tomar viento, y nunca mejor dicho, porque lo han colocado en el paseo marítimo y le da un montón el levante. Así que cuando consigo reunir fuerza de voluntad y juntar los diez millones de cartones que he acumulado un mes, salgo al contenedor y el maldito viento me los vuela, con lo que tengo que corretear por la acera recogiendo unos mientras los demás se siguen volando. Reciclar es el maligno. En serio, yo no tengo la puñetera culpa de que los fabricantes lo envasen TODO como si no se fuera a abrir nunca, ni tampoco tengo la culpa de no poder ir ya al mercado los sábados porque quiero escalar. Así que, por favor, un poquito de responsabilidad embaladora o de poner cubos en sitios resguardados.

Lavar los cubiertos. Lavar platos me gusta: es como muy mecánico y además no hay más cojones que hacerlo. No es como por ejemplo limpiar el polvo, que se puede prolongar durante tiempo indefinido. Pero cuando ya tienes todo lo grande listo y sólo te quedan los cubiertos... es lo peor. Es como una propina maligna, y te preguntas cómo lo has hecho para ensuciar tres cucharas, dos cuchillos, un tenedor y el sacacorchos para desayunar. Además, se esconden por lugares recónditos del fregadero para putearte. Tampoco me gusta lavar cacharros muy grandes, rollo ollas y demás, pero creo que eso es por pura incomodidad física.

Pararme en los semáforos. No todo va a ser lo mucho que me aberran las tareas del hogar. Pararse en los semáforos imagino que le incomoda a todo el mundo: por eso es un detalle molesto de la vida. Además, me pasa como con todos los otros detalles molestos: me da coraje TODAS las putas veces. Un poner: la Avenida de Cádiz. No importa lo rápido que vayas o la suerte que tengas: de Cortadura a Puertatierra te van a tocar SEGURO entre tres y cuatro semáforos. Es así, no depende de ti, están programados de esa forma. Pues aun así me creo que podrían no tocarme y me cabreo cuando se me ponen en ámbar.

También me resulta muy, muy molesto tener que subir a los pisos por las escaleras. No sé por qué. Sé que es reciente, pero ahora mismo soy una chica deportista, así que no debería importarme. Hago deporte todos los días, verídico, e incluso hasta podría decir que lo disfruto. Aun así, subo y bajo a mi casa en ascensor SIEMPRE, y son dos pisos. A ver, para ese ejercicio de mierda y para hacer el esfuerzo en momentos en los que no estoy mentalizada, paso y me dedico a ser transportada mientras me miro los bíceps en el espejo.

¿Más cosas? Ponerme y quitarme las gafas cuando me pongo el casco. Que se me quede tieso el flequillo después de la siesta. Los huesos de las chirimoyas, ¿qué le pasaba a Dios cuando las inventó? Los perros. Los perros son muy, muy molestos y no, no me gustan, y no, no pienso que ser un amante de los perros te haga mejor persona. Los abrefáciles que no lo son. Los enchufes difíciles de alcanzar. Ir de copiloto y tener que darle las cosas al piloto porque está conduciendo. Abrir y cerrar manualmente las puertas de los garajes.

Que conste que este post es sólo un break en mi habitual tónica de Dios, cómo flipo con el vivir, y que mañana seguiremos con nuestra programación alegrecompasiva de los últimos meses. De hecho, ya estoy escribiendo mentalmente un post de detalles bonitos que tiene la vida, y que superan con creces a los molestos.

PD: Ésta es la típica entrada en la que no tenéis excusa para no comentar y contarme vuestros detalles molestos, ¿eh? Así que a ver si os comportáis, que los comentarios molan diez mil.

sábado, 24 de septiembre de 2011

55. El post que nunca estuvo allí

Llevo varios días en los que me está costando bastante escribir. Es el típico caso del elefante en la habitación. Hay un elefante en la habitación de mi mente ocupando todo el espacio, y mientras me empeño en ignorar que existe no puedo ver el resto del mobiliario.

Así que vamos a aprovechar que el elefante en sí está haciendo surf en nosedonde y en teoría no va a mirar este blog hasta el lunes y vamos a explayarnos un poco. Tampoco mucho, porque ya os dije una vez que la primera regla de oro para un bloguero es que si no quieres que alguien lea algo, no lo escribas, punto. Así que elefante: si lees esto, que sepas que en realidad no me importa tanto como para no escribirlo.

Supongo que lo peor de este asunto es el blog. Una vez que ya has decidido poner punto final a algo, una vez que has eliminado móviles, facebooks y fotos, una vez que quieres salir de la vida de alguien y que ese alguien salga de la tuya, ¿qué haces cuando tienes un blog en el que cuentas tus intimidades y que en principio ve todo el mundo? Cuando llegué a la conclusión de que mi amigo A., el que no me habla, no iba a hablarme ya nunca jamás, le pedí que dejara de leerme. No sé si lo hizo, pero a mí la idea me tranquilizaba. Si no lo hizo: hola, A. Llevas casi dos años sin hablarme, así que deja de leer mi blog; no te lo mereces.

La cosa es que es una mierda. Si algo me saca de quicio es la falta de información. Y estar ofreciendo mi información, mi vida, a quien ya me ha dejado claro que no la quiere, me pone de mala ostia. En el sentido de que bueno, está guay leerme, ¿no? Es como la parte buena siempre. La parte corregida y pulida, la parte optimista pero fuerte y divertida y a la vez siempre bajo control de mí. La parte creativa y loca, pero loca en plan guay, rollo entrañable. Luego está la yo real, que supongo que no es ni de lejos tan guay, o quizá también es guay pero tiene sus historias. Es desordenada, tiene pesadillas y chirría los dientes cuando duerme. Cuando la yo real no interesa pero la yo literaria sí, es como si se abriera en mí una falla de incomprensión, un crack en mi cerebro de yo esto no lo entiendo, por qué una cosa sí y otra no, cuando en realidad sé perfectamente que mi escritura y yo no somos la misma cosa. Lo que pasa es que mi escritura no tiene contras, no exige nada, sólo está ahí para quien quiera disfrutarla y punto.

Y aun así, me jode. Me jode seguir dando cuando sé que no voy a recibir. Me entran ganas de ponerle contraseña al puto blog, aunque sea unas semanas, hasta que se me pase este cabreo y estas ganas de no escribir nada más nunca porque qué queréis que os diga: a veces se harta una de ir por la vida con el corazón en las manos. A veces echo de menos darle un poco más de uso a mi caja torácica. Pero no quiero ponerle contraseña, me parece un rollo. Quiero que esto esté abierto porque es como ha estado siempre y es la forma en que me gusta escribir y vivir. Me gusta que luego venga Elsa y me diga que el otro día escuchó a una amiga de su madre utilizar la expresión "flequillo venganza". Me parece super guay, no sólo por el masajito en el ego, sino porque es curioso y divertido que tus miserias se extiendan por ahí y diviertan y conmuevan a los demás.

Así que ésa es la disyuntiva. O sigues dando indiscriminadamente, en cuyo caso sientes que se te está quitando el derecho a una intimidad que en realidad no tienes, porque a ver, Marina, corazón, por eso escribes un blog y no un diario, seamos serios... o das un poco menos, y en ese caso lo que se te está quitando es el derecho a la apertura y a crear unos lazos que también te pertenecen. Odio muchas cosas, pero sobre todo odio sentir que no puedo ser como soy o escribir como quiero. Sentir que soy demasiado intensa, que doy demasiado, que escribo post muy largos y doy abrazos muy fuertes y me pego demasiado al otro mientras duerme. Que me despierto demasiado contenta y como demasiado chocolate y doy demasiados besos con lengua en momentos inapropiados.

Estoy desvariando. He tenido una tarde de mierda. Se me han saltado las lágrimas en la ferretería escuchando a Lady Gaga, tócate los huevos. Menos mal que después he ido a nadar, y casi me ahogo haciendo sprints de 50 metros con una sensación superdesagradable de no querer más que morirme. Pero al final no me he muerto, he entrado en calor, y al salir me dolía el cuerpo un poco más y el corazón un poco menos. Hoy estoy pesimista, de verdad. Hoy pienso que hay un abismo gigante entre los corazones y pienso que sí que hay razones para tener miedo. Que la próxima vez me lo voy a pensar más antes de todo: antes de escribir, de coger el teléfono, de coger un avión o de bajarme los pantalones, porque para acabar como hoy, escribiendo mierda autocompasiva, lloriqueando en el sofá chaiselonguero y pensando que lo prefiero todo antes que este vacío, y que para mí, que vivo entre palabras y me entiendo con ellas, el silencio me parece una ofensa tan grande, tan grande que querría gritar y arrancarte los ojos y partirte las piernas sólo para que te dieras cuenta de lo mucho que me duele.

Este post se autodestruirá el domingo por la noche. Hasta entonces podéis comentar con solidaridad y tal. Os lo agradeceré. No sé si releer el post o colgarlo del tirón. Me voy a dormir y mañana a escalar a Grazalema, así que no creo que publique nada más hasta el domingo por la noche. Me siento mejor, de una forma rara y seguramente transitoria.

Resumiendo: buenas noches.

martes, 13 de septiembre de 2011

45. El mal vial

Como ya sabéis, queridos lectores, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Así que después de escribir este post sobre mis problemas con la mecánica y demostrar de forma empírica que se solucionan con facilidad haciendo algo tan simple como llamar a la grúa, he vuelto a caer.

El martes pasado mi moto se paró. Simplemente dejó de andar, como un viejecito esquimal en la nieve. La aparqué en la avenida, y como soy zen y había quedado para escalar, ahí que se quedó. El miércoles fui al rocódromo y allí, viéndome rodeada de rudos machos escaladores, pensé que era el momento ideal para hacer una pregunta sencilla:
- ¿Alguno conoce un buen taller en Cádiz? Es que se me ha quedado la moto tirada y no sé dónde llevarla.

Entonces uno de los rudos machos escaladores se giró, me miró y preguntó sagazmente:
- ¿Tiene gasolina?
- Sí - contesté. Si no, te habría preguntado por una gasolinera.
- Pues yo tengo un colega que te la arregla en la calle.

¡Danger! ¡Peligro! Cualquier frase que empieza por "yo tengo un colega que" es garantía de fracaso, a no ser que estemos hablando de trapichear con droga. Pero qué queréis que os diga: el bodorrio me ha dejado a dos velas. Ir guapa, además de ser complicado, sale caro. Total, que llamé a su colega y quedamos en que se pasaba el jueves por donde estaba aparcada la moto para echarle un ojo.

Cádiz, jueves, dos de la tarde. Levante del Averno. Yo esperando en la calle a la solana a que apareciera el colega misterioso. Llega una moto con un chaval que se quita el casco y me saluda. Por azares de la vida, resulta que le conozco de haber hecho barranquismo juntos este verano, y eso al menos me tranquiliza en cuanto a que el tío quiera... bueno, en realidad no se me ocurre nada, porque no me va a secuestrar en scooter, y si pretende sacarle algún rendimiento económico a mi pobre moto va listo.

Anyway, el chaval aparca su moto tal cual, transversal en mitad de un carril de la avenida, y ejecuta los siguientes procedimientos.
1. Pregunta si tiene gasolina. Soy mujer, no retrasada.
2. Le da a la patilla con energía. Soy mujer, no coja.
3. Sopla en el depósito de combustible. Insisto: Sopla.En.El.Depósito.De.Combustible.
4. Pregunta:" ¿A tu moto hace falta acelerarle para arrancar?". Parece una pregunta diagnóstica importante. A lo mejor el tipo es un House de las motos y yo no me estoy dando cuenta.
5. Contesto que no.
6. Dice "ajá".
7. Por fin, sentencia:
- Le falta compresión. Pero mucha mucha, vamos. No tiene nada nada de compresión.

(Apuesto a que todos pensabais que iba a decir que la bujía le hace perlilla)

Otros dos o tres minutos dándole a la patilla, a ver si es capaz de generar compresión de la nada, y después me mira y me dice:
- Yo es que con las motos me pierdo un poco. Con un coche te hago lo que quieras, pero de motos no entiendo mucho...

What the fuck! Entonces ¿qué hacemos? ¿transformamos mi moto en un coche y a ver si así puedes arreglarla?
- Vamos, yo de hecho mi moto ni la toco.

Tranquilo, que si le soplas en el carburador tampoco creo que le pase nada.
- De todas formas, yo tengo un colega que...

¡Alto! ¡Stop! Una y no más, Santo Tomás. Le pregunto el nombre de un taller y le digo que voy a llamar a la grúa, que para eso está y pago mi seguro. Inspirada por la generosidad y la corrección social le pregunto si le debo algo. "No, mujer", contesta, "si eso otro día me invitas a una caña". Menos mal; me llega a cobrar y le estampo una llave de bujía en la cabeza.

Total, que llamo hoy al gruísta, que no, no está bueno. Se ve que el mítico Gruísta Buenorro va a pasar a la categoría de "experiencias que en realidad no sé si me inventé", como la leyenda de Jorjazos. Me pregunta qué le ha pasado a la moto y si tiene fuerza cuando la arranco. A ver, ¿cómo va a tener fuerza? ¿No te estoy diciendo que no arranca?

Obvio decir que lo primero que me pregunta es si tiene gasolina, porque seguro que ya os lo habíais imaginado todos.
- Eso va a ser la batería.

Claro, joder, así también juego yo a entender de mecánica. Pregunto obviedades, compruebo la gasolina y luego digo que eso es la compresión/batería/perlilla de la bujía y después no hago absolutamente nada útil.

Total, que el señor me ha llevado la grúa al taller, no sin antes insinuarme de una manera retorcida y extraña que le tenía que invitar a un cubata (genial, le debo alcohol a medio Cádiz). Los del taller son apañadísimos y han tardado tres horas justas en arreglarme la moto, que ya está durmiendo en mi portal tranquila y orgullosa en su decrepitud.

Conclusión de la existencia: me voy a hacer un cartel plastificado para llevarlo en la guantera en el que ponga:

"Cualquier paso intermedio entre que se te pare la moto y llevarla al taller es inútil".

Menos escalar, claro. Escalar es fundamental.

lunes, 5 de septiembre de 2011

39. Vestidos del Averno, toma 2

Bueno, queriditos, no todo va a ser hablar de espiritualidad y cosas profundas, ¿no? Así que, como me quedé a la mitad en las crónicas de un vestido anunciado, voy a terminar hoy de contaros mi lucha por ir a la boda de mi primo como una chica atractiva y casadera.

Después de aberrar contra el sistema en el Corte Inglés, decidí irme a las tiendas de Amancio Ortega, a ver si alguna me sacaba del apuro. Empecé por Mango. En general, Mango me parece un horror. ¿Qué les pasa a sus colores? ¿Por qué están hechos para no favorecer a las mujeres? El invierno pasado tuve que cambiar unos regalos de allí y hubo un momento en que me vi intentando elegir entre mostaza verdoso y butano apagado. Me dije que Mango había alterado mi percepción de lo cromáticamente aceptable y tuve que irme antes de empezar a pensar que el problema lo tenía yo.

Aun así, nada más entrar por la puerta veo un vestido medio mono. Elegante. Manga corta, cuello redondo, parte superior en crudo, inferior en negro y como de encajito. Elegante y audreyhepburniano. Me lo pruebo, me veo mona y aunque no es que esté despampanante de la muerte, me lo llevo, por si acaso. Siempre me quedará el recurso de comprarme unos zapatos preciosos para compensar.




He aquí el vestido. La frontera entre ir elegante y parecerme a mi abuela se difumina peligrosamente.


Unos días después, por probar, fui al Zara. Y allí encontré un vestido que no tenía mala pinta. Violaba dos de mis principios para que los vestidos favorezcan, a saber:
1) Que era palabra de honor.
2) Que sólo lo tenían en dos tonos, a cuál más horrendo: azul petróleo y rosa palo. Si el azul petróleo es chungo, el rosa palo es casi peor. ¿A quién le sienta bien, aparte de a Naomi Campbell? Te hace parecer enferma.

Pero días vagando por las tiendas de ropa me habían enseñado que tendría que tragarme mis principios si quería ir a la boda en algo mejor que unos vaqueros, y también que los vestidos a veces ganan cuando los llevas puestos. Así que me los probé (el rosa y el azul), junto con unos zapatos maravillosos de charol en tono nude, tipo peep toe y de altura travesti.

[Nude = color carne. Peep toe = con el dedo fuera. Lo aprendí en la Cuore]

Me hice un par de fotos calorras con el móvil para enseñarlo por ahí. El azul era terrible, pero el rosa no me disgustaba. Y siempre podía comprármelo y llevarlo con los zapatos de travelo para consolarme.

Así que mostré las dos fotografías a dos especímenes del género masculino. El primero, IA, me dijo que le gustaba el audreyhepburniano, que estaba"muy linda". El segundo, MQEN, me dijo:
- ¿Y por qué no te gusta el rosa? ¡A mí me gusta el rosa! Joer, Peq, es que el rosa... - seguido de resoplido elocuente.

Pensé que prefería estar puntos suspensivos y resoplido a estar linda, sin ánimo de menospreciar la opinión de IA, que conste. Pero es que MQEN sabe lo que mola. Una vez, a la pregunta de "¿El color de este vestido pega con mi piel?" me contestó "No lo sé, pero pega con tus piernas y tus tetas". Me convenció.

Así que me fui al Zara y me volví a probar el vestido rosa y los zapatos de travelo. Una cosa estaba clara: adoración total por los zapatos, a pesar de que estuve a punto de quedarme sin tobillos ya en el probador como cinco veces.

Salgo del probador, me paseo por el pasillo y se me acerca la dependienta, dando suspiros de admiración.

- ¡¡Monísima, monísima, estás monísima!! Espera, que te pruebo un cinturón. No le pega el color, ni la forma, pero es para que te hagas una idea.

¿Una idea de qué? ¿De cómo estropear el vestido?

En esto que sale del probador de al lado una chica, me mira y me dice:
- Yo le metería un cinturón cobre. O me iría a una mercería, pediría una cinta de raso en el tono del zapato y le haría una moña.

[Moña = lazo. Es que no sé si se dice en todas partes o sólo en el sur]

En mi mente se dibujó la secuencia de yo yendo por las tiendas a la búsqueda de un cinturón en tono cobre, o por las mercerías buscando cintas de raso en tono zapatos para hacerme moñas. Improbable como un unicornio. Enarqué las cejas, le agradecí el gesto y decidí que me lo llevaba todo: el vestido rosa palo palabra de honor y los zapatos modelo travesti que, ahora que lo pienso, harán juego con mis manos con venorras de escaladora.

Total, gente, que ya tengo vestido. Como soy medio guapa y los zapatos son preciosos (¿lo he dicho ya?) el resultado me deja bastante contenta. Mi madre me ha dicho que me lleve unas bailarinas para cambiarme, y yo le he contestado que ni muerta me bajo yo de mis tacones a mitad de la fiesta por algo tan efímero y prosaico como el dolor de pies, y más después del entrenamiento que les estoy dando últimamente a base de gatos de escalada.

Además, Erika me ha traído de Hawaii (verídico) un kit de maquillaje BareMinerals, porque su madre trabajaba como representante y le sobraban muestras. Tiene miles de tarritos y de brochas. Las instrucciones vienen en inglés, y parece que las ha escrito una maníaca harta de prozac. Traduzco y cito de memoria.

¡¡¡Saca tu maravillosa belleza brillante y perfecta con BareMinerals en sólo cuatro pasos!!!

1) Aplícate "recién levantada" con la brocha "pura precisión" alrededor de los ojos para un look descansado, fresco y luminoso, como si hubieras dormido en colchones de plumas y ahora brillaras como una estrella matutina.
2) Aplica "falso bronceado" con la brocha "suelta y fabulosa" en las áreas donde te daría el sol, para un look soleado y radiante como salida de las mañanas caribeñas.
3) Aplica "brillo radiante" con la brocha "biselada estupenda" en toda la cara, empezando por la frente y acabando por la barbilla, para un resplandor angelical y reluciente como si miles de ángeles te envolvieran en polvo de estrellas
4) Aplica "velo mineral" incidiendo en la zona T con la brocha "suelta y fabulosa" para un maravilloso acabado mate y eterno que brillará por siempre sobre tu rostro divino.

Y así. De verdad que no sé de dónde saca esta gente los adjetivos. Son como el buscador de sinónimos del Word. Yo quiero algo que básicamente disimule el Acné del Averno sin hacerme parecer Jordi González. Por cierto, mi piel está sorprendentemente bien últimamente y ni siquiera sé por qué. Intuyo que la cura de mis males cutáneos van a ser las vacaciones.

Resumiendo: que esta noche me he dedicado a ponerme uno encima de otro sin orden ni concierto probar cuidadosamente los potingues de BareMinerals, pintarme los ojos, peinarme la melena y aprender a andar con los tacones (que seguro seguro me van a costar un tobillo... sólo espero que no sea mientras camino hacia el estrado para leer). Y ahora estoy escribiendo en el chaise longue con todo el modelé puesto, rollo "Divas de diván", y pensando que ojalá estuviera el tema listo, pero que en realidad me faltan la chaqueta, el bolso, los pendientes y el esmalte de uñas, y que ser mujer es un coñazo, además de muy caro.

Y para los que hayáis tenido la paciencia y solidaridad de llegar hasta aquí, un premio en forma de foto.



No estoy mal ;) La expresión de la cara es rara, lo sé, pero es que tenía que darle al ratón, alejarme sin matarme y poner pose en tres segundos justos. Un estrés.

Hale, ya sólo queda templar la voz, echarle valor y darme después al whisky con naranja como si no hubiera un mañana.