massobreloslunes: La habitación vacía

miércoles, 22 de febrero de 2012

La habitación vacía



Este post es bastante largo (oh, oh, novedad de la vida, con lo breve que eres tú siempre, Marina). Además, me resulta un poco espeso. Pero repasándolo, no encuentro nada que quiera cortar o resumir. Llevo todo el día dándole vueltas al tema y me resulta importante compartirlo con vosotros. Así que os animo a que lo leáis, aunque a priori parezca un tostón.

La primera vez que vi "La habitación vacía" en la librería, hace como un mes, me sobrecogió. Acababa de tener el accidente de moto y llevaba diez días metida en casa. Apenas habían venido a verme un par de amigos, y dedicaba mis horas a leer, dormir, escribir y arrastrarme cojeando al Covirán a comprar provisiones. La segunda mitad de 2011 había sido genial. Conocer gente, aprender a escalar, hacer amigos, viajar. Pasar fines de semana fuera, recuperar el campo, respirar, divertirme mucho, mucho, mucho. La sensación de pertenecer a un grupo. Los chistes compartidos, las tardes entrenando, la página del roco en Facebook, los illoooooo de treinta segundos. La cena de navidad, la cuerda de equilibrio, las noches con la guitarra, las catas de vino de más de un euro y menos de dos.

Y, de repente, estaba otra vez sola. Otra vez se me acumulaban los días sin ver a nadie más que a mí misma. Mi parte racional sabía que era transitorio y que tenía que ver con las lesiones físicas; a mi parte emocional todo aquello le sonaba demasiado como para no tener miedo. Así que cuando ojeé la contraportada del libro y vi de qué trataba, a saber: de la experiencia de la autora con la soledad crónica, me negué a compralo. No quería saber nada del tema porque no quería estar sola; confiaba en recuperar, junto con la movilidad del tobillo y de las rodillas, la apaciguadora sensación de comunidad que había creado los últimos meses.

Según Emily White, ésta es una de las principales características de la soledad. Nos resistimos a nombrarla. Es un tabú. No nos gusta reconocer que estamos solos ni que los demás lo sepan. En ese momento, aunque pareciera absurdo, coger ese libro de la estantería y pagar por él me resultaba no tanto humillante como casi gafe.

El viernes pasado, sin embargo, decidí llevármelo. Había vuelto a entrenar y a escalar, llevaba un mes trabajando en Agudos y entusiasmada con los locos, me sentía fuerte para leer sobre la soledad. Hoy martes ya casi he terminado el libro. He tenido poco trabajo y he podido leer casi toda la mañana y toda la tarde. De vez en cuando levantaba la mirada, estremecida. Tenía tanto que ver conmigo y con la gente que me rodeaba. Podía identificar mi soledad, la soledad de muchas personas a las que quiero e incluso la de mis pacientes.

El primer mensaje del libro es que la soledad existe. Como problema con entidad propia. Es distinto a la depresión, a la ansiedad, a la tristeza. No es un trastorno del ánimo, sino de las relaciones. No es una debilidad de carácter, sino una experiencia emocional muy dura a la que todos podemos vernos abocados en un momento dado. No sé si alguno habéis pasado por la experiencia de estar realmente aislado. Yo sí. Por fin he podido poner nombre a lo que sentí desde que me fui a Barcelona a estudiar periodismo hasta que empecé en serio con J., casi tres años después. Yo no estaba deprimida. Yo estaba muy, muy, muy sola.

Ahora, desde la distancia, me resulta complicado recordarlo y explicarlo. Sólo sé que mi soledad no disminuía con la compañía. En Barcelona, yo vivía con compañeras de piso, iba a clase con un montón de alumnos de mi edad, tenía amigas de Málaga que también estudiaban allí y un novio estupendo pero tristemente lejano. Y me sentía totalmente apartada. No me integré con mis compañeras de piso, no me integré en la facultad y desplazarme al centro me daba muchísima pereza. Salir con gente me horrorizaba. Los jueves, cuando toda la Vila Universitària donde yo vivía se llenaba de estudiantes con ganas de fiesta, yo sólo quería meterme en mi habitación y enterrar la cabeza en la almohada. Paseaba sola por Barcelona, montaba sola en tren; la única sensación de vínculo la tenía con MQEN, y eso era horrible, porque él siempre se iba.

Cuando llegué a Granada pensé que aquello iba a cambiar. Que podría sentirme unida a alguien. Recuerdo haberle preguntado a mi compañera de piso, que ya llevaba allí un año, cuánto tiempo había tardado en hacer amigos en su facultad. Pero tampoco encajé en el primer curso de Psicología. En una asignatura nos pidieron que hiciéramos una lista con las personas de la clase con las que sentíamos más afinidad. Luego teníamos que preguntarles su opinión sobre una serie de temas para ver hasta qué punto coincidíamos. De las tres personas que escogí, ninguna me había elegido a mí; de hecho, nadie en la clase lo hizo. Al año siguiente cambié de turno, pero tampoco logré enganchar con la gente de la mañana. Todos los viernes me despedía alegremente de mis compañeros exclamando "¡Buen finde!", y en realidad sabía que yo no haría nada interesante con el mío. Y es raro, porque tenía amigos, buenas compañeras de piso e incluso mi relación con J. empezaba a dar sus primeros coletazos, pero seguía estando muy, muy sola.

El concepto a lo mejor es difícil de entender. Yo misma no sé muy bien qué hace que no te sientas vinculado en una etapa determinada de tu vida, porque probablemente ahora paso más tiempo sola que entonces y, sin embargo, no me siento sola. Pero todos estamos en riesgo de llegar a ese punto. No depende de lo sociables, interesantes o atractivos que seamos: quien me conozca en persona sabe que no soy ni tímida ni torpe. Pero te cambias de ciudad, o lo dejas con tu pareja, o pierdes el trabajo, o tus amigos se casan y, cuando te quieres dar cuenta, la soledad ha golpeado y no sabes cómo salir de ella. Siempre he tenido la teoría de que mi vida habría sido distinta de haberme tocado otro piso en la Vila Universitària: un piso con estudiantes de primero con las que haber podido hacer piña. O de haber acertado con la carrera a la primera y haberme sentido identificada con mis compañeras de clase. Sin embargo algo no cuajó, y la soledad atacó de una forma tan profunda que no conseguí quitármela de encima en años.

El libro explica que la soledad es peligrosa. Por una parte, porque por sí misma puede conducir a más soledad: te mantiene en un estado de miedo, de alerta. Te vuelve obsesivo, controlador, casi paranoide. Te dificulta establecer nuevas relaciones sociales: mientras más solo estás, más te cuesta buscar compañía porque, paradójicamente, tu soledad se convierte en un lugar donde puedes estar seguro. Al final de mi estancia en Barcelona, paseaba por las zonas del campus lejanas a mi facultad para no encontrarme a nadie conocido. Me sentía intensamente atacada por todo el mundo. No creía que contar mis problemas o intentar profundizar en las amistades que tenía fuera a solucionar nada. La soledad también tiene consecuencias devastadoras para la salud. Por sí sola, deteriora la función cognitiva, deprime el ánimo, empeora el sistema inmunitario, aumenta el riesgo de complicaciones cardiacas.

Y estar solo no es deseable. La autora nos plantea que en este mundo que nos están vendiendo, donde el individualismo está a la orden de día, donde se transmite la idea de que si uno se lo curra, en realidad, no necesita a nadie, parece que es un estado del que hay que disfrutar por narices. Que si no suena la flauta y no somos capaces de sentirnos emocionalmente unidos o socialmente integrados, no pasa nada: preparemos un baño, compremos cosas ricas para cenar, veamos una buena película. Disfrutemos de nuestra propia compañía. Cuando la realidad es que estamos preparados para socializar igual que para respirar o para comer. Que nuestro sistema nervioso, nuestra sensación de identidad y nuestro cuerpo necesitan la compañía ajena y la sensación de seguridad que proporcionan las relaciones.

Siempre me quejo de que la autoayuda y la psicología contemporáneas son muy individualistas. Como si nos diera miedo contar con los demás, porque no estamos seguros de tenerles. Todo pasa deprisa, la gente llega a nuestro lado y se marcha muy rápido. Nos cuesta esforzarnos para mantener las relaciones que tenemos o para crear otras nuevas. Nos cuesta sacrificar espacio o recursos para darnos a otras personas, nos cuesta arriesgarnos a que nos partan el corazón. Lo más importante que me ha transmitido el libro es que debemos meter a los demás en nuestra ecuación de la felicidad. Da miedo, porque los demás no son nosotros y porque no sabemos lo que van a hacer. Son impredecibles y a veces duelen. Pero no podemos hacerlo solos. No debemos hacerlo solos.

Quería escribir esta entrada para todos los que os podáis estar sintiendo solos ahora mismo o lo hayáis sentido en algún punto. Para que tengáis la oportunidad de ver la situación con cierta perspectiva. Si cuando vivía en Barcelona alguien me hubiera dicho que cada movimiento hacia el aislamiento me hacía más propensa a seguir sola, empeoraba mis habilidades sociales y me estresaba más profundamente, a lo mejor me habría esforzado más por vincularme. Si hubiera podido admitir en estos últimos años que socializar y tener gente en la que apoyarme es un objetivo lícito y deseable, a lo mejor me habría sentido no sé si menos sola, pero sí menos perdida. Es un tema importante. Merece toda nuestra atención. Leed el libro.

(Y con esto me despido, que ya llevo colándome en términos de tiempo y espacio por lo menos cinco párrafos.)

13 comentarios:

  1. Que conste que, como lector fiel que soy, me he leído su texto. Aunque odio los libros de autoayuda. Sí, correcto, a veces hay que dejar a un lado el orgullo y reconocer la soledad, creo que es uno de grandes males de esta sociedad, la soledad, que por ella misma nos lleva a la angustia, la tristeza y la depresión. Sentirse solo en pareja, en el trabajo, sin amigos reales. Es complicado, ahora tenemos otras herramientas como internet, que no comunican más fácilmente con gente afín a nuestros gustos, pero seguimos teniendo una pantalla delante, seguimos perdiendo contacto humano. Hikikomoris en potencia.
    A mí la gente me aburre pero reconozco que son necesarios para mantener una cierta armonía mental.
    Un saludo!

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  2. Yo también me lo he leído de un tirón a pesar de las horas y de que estoy muerta, para que veas que eres fácil y gustosa de leer.

    Yo sigo diciendo que hay dos tipos de soledades, la interior y la exterior.

    La exterior la puedes solucionar creando vínculos con otras personas del tipo que sean, cuanto más estrechos más y mejor te hacen sentir. Unos lo tienen más fácil y otros más difícil. Yo soy tímida en esencia, mucho además y sin embargo al ser extrovertida, ni se nota, ni me supone un problema grave, me resulta fácil encajar en todas partes porque me adopto fácil a casi todo y casi todos.


    Pero la soledad de dentro Marina, que por cierto es la que más duele, lo siento, pero esa no te se la llena ni puede quitarte nadie más que uno mismo, porque esa la generan los agujeros negros que todos tenemos y que sólo, cada uno conoce. Si existe alguna esperanza de llenarse, sólo uno mismo puede hacerlo.

    En fin, sólo es mi opinión por su puesto.



    Un beso MARINA.

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  3. Yo también te leo. Ya ves, cómo me has enganchado en dos días. Estoy con Marina, es esa soledad interior la que hay que trabajar. Lo que pasa que también es verdad que cuanto más solo o aislado estás físicamente más difícil es vincularse. Ese síndrome de Estocolmo con la propia soledad es terrible.
    Gracias por compartir el libro con nosotros.

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  4. La soledad es peligrosa, claro, lo es casi tanto como la compañía de ciertas personas. Y si la psicología actual es muy individualista eso se debe, en gran parte, porque nace como coartada ideológica para el capitalismo moderno, para el cual resulta vital alentar la ficción del " hágalo usted mismo, estar menos solo es fácil si sabes cómo". Lo que ocurre es que la soledad, aunque nos hayan hecho creer lo contrario a fuerza de repetirlo, no es un problema, sino dos. Uno podemos solucionarlo por nuestra cuenta hasta cierto punto, yendo al psicólogo, al sacerdote, apuntándonos a meetic o escribiendo en un blog, según gustos y presupuesto. La otra batalla de la soledad, la de las condiciones de producción, la estamos perdiendo cada día en las calles, en los sueldos miserables, en la falta de esperanza, de becas y de guarderías.De hecho, me temo que la soledad que empuja a alguien a comprar un libro de autoayuda no puede entenderse sin las condiciones de soledad y alienación impuestas por la organización social del trabajo.

    Anónimo76

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  5. Hola Marina, Hacía mucho que no comentaba pero te leo siempre y esta entrada me he llegado al alma porque yo he tenido una larga etapa en la que me he sentido muy sola; primero en pareja y luego sin ella.
    Y a mi la soledad en general no me gusta nada, me gusta tener mis ratos solitarios pero deseo tener vida social, y planes, y gente con quien tomarte unos vinos y reirte y que te llamen para ver cómo estás.
    Así pues admiro tu valentía de decir en alto que la soledad no mola nada.

    Un besazo Marina.
    María

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  6. Rorschach: Que típico es eso de "odio la autoayuda" xD A mí la autoayuda psé, depende del libro, pero este libro no lo calificaría de "autoayuda". No tiene ese tonillo molesto y didáctico de los manuales del género. Es una reflexión profunda muy sincera y una recopilación de estudios exhaustiva. De verdad, es un buen libro; te lo dice alguien que reconoce haberse leído "Usted puede sanar su vida".

    María: creo que hay una confusión en lo que planteas. Quiero decir, que por definición dudo que uno mismo pueda llenar su soledad. A lo mejor lo que tú defines como soledad interior es más bien un vacío, una ausencia de propósito, que sí que uno puede llevar esforzándose por llevar una vida plena. Pero yo creo que la soledad emocional, entendida como tener un vínculo profundo con alguien, sólo puede llenarla otra u otras personas. No sé si me explico.

    Ada: Jejeje, me alegro de haberte enganchado. Efectivamente, hay que tener mucho cuidado con el Síndrome de Estocolmo de la soledad y con la idea de que podemos llegar a ser autosuficientes, porque es falsa.

    María: Gracias. Y no, no mola nada. Si has pasado por esa experiencia sabrás de lo que te hablo. Te recomiendo mucho el libro. A mí me ha ayudado un montón a entender y, sobre todo, a sentirme comprendida y respaldada en un tema que muchas veces evitamos tocar.

    Un abrazo para todos y gracias por comentar.

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  7. De nada. El mío se perdió. Cosas del nuevo sistema de moderación, supongo.

    Anónimo76

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  8. De nada. El mío se perdió. Cosas del nuevo sistema de moderación, supongo.

    Anónimo76

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  9. Creo que te explicas y creo que la que no me he explicado soy yo.

    Verás, la soledad interior a la que intentaba referirme, no tiene nada que ver con los propósitos, objetivos o metas que cada uno deba marcarse para llenar su vida de sentido, no MARINA, eso es necesario, naturalmente que sí, pero no me refería a eso.

    Me refería a esa soledad interior que hace que por mucho que te den desde fuera, nunca te llega o si llega, nunca es suficiente. Eso que hace que recibas lo que recibas de los demás, aunque se mucho, nunca te termina de llenar, sientes que sigue faltando algo. A veces porque tu nivel de exigencia es muy alto, a veces porque no dejas que te llegue lo que otros quieren darte, a veces porque ni tú sabes lo que necesitas de los demás o aun sabiéndolo, no sabes pedirlo o aun pidiéndolo los que te rodean no te lo pueden ¡¡qué se yo!!... a esos agujeros y esa soledad por incomprensión propia y ajena me refería. Creo que el ser humano somos muy complejos y creo que si hay alguna esperanza de llegar a entender esa complejidad, la clave está dentro de nosotros... ¡¡buuufff!! lo siento, esto es muy complicado, me temo que no sé explicarme mejor.



    Gracias de todas formas.

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  10. Marina, gracias otra vez por la honestidad. ¿Qué puedo añadir? Que hace poco escribí en el blog que mi gran ilusión ha sido siempre, y sigue siendo, crear vínculos y sentir eso que tú comentas de estar conectada a un grupo con el que compartes cosas que te apasionan o te apaprecen importantes. Que, cuando mi madre leyó eso que escribía, le dio pena y dijo que no debería volver a escribirlo. Que me sentí a la vez débil y fuerte por haberlo hecho. Que, dios, eso que tú cuentas de Barcelona, lo he vivido, tan, tan, parecido, durante los años de carrera, cuando empecé a trabajar y me tuve que ir a vivir a Jimena de la Frontera, y al volver a Granada. Que es necesario y sano crear vínculos, por supuesto, pero ¿cómo se hace?

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  11. Te entiendo en eso de formar parte de un grupo. Es muy bonito, pero también difícil.

    Me voy a comprar el libro, que lo sepa usted! ;)

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  12. No se yo decidí igual alejarme de todo paulatinamente al punto que tengo muy poco contacto y eso que tengo unos amigos excelentes y tras meses de evadirlos me siguen invitando a cosas es como la película de yes man, pero lo que pasa es que yo estoy en un lugar que no quiero, obligado por circunstancias mas fuertes, sin embargo cuando te leo te imagino a ti como una mujer sonriente 24/7 de esas que dan ganas de decir pero que pedo putea la vida con mas ganas, pero no se imagino que tu también tendrás tus momentos como todos, pero si estoy de acuerdo una buena relación con los demás es el mejor remedio para los problemas en especial los psicológicos. Un abrazo bella

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  13. Buf, cuánto de mí mismo he visto en tu texto (que para nada se hace largo). Sí que es cierto que esa burbuja de soledad al final resulta algo no feliz pero sí de alguna manera acogedor, y en un sitio en el que no queremos que nadie entre... y la soledad es una entelequia, cuanto más solo estás, más inseguridad te produce relacionarte con los demás, y peor se te da, y menos ganas tienes de hacerlo aunque te sientas muy muy solo.

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