massobreloslunes: Soledad y amor (II)

domingo, 19 de febrero de 2012

Soledad y amor (II)

El primer día que hablé con IA no pude dormir. Bueno, sí, algo dormí, digo yo, pero es cierto que pasé un montón de rato en la cama, con los ojos abiertos como platos, pensando que aquello era algo fuerte. Algo distinto. Un lector que te escribe y que al día siguiente te llama por teléfono y que, sin tú tener muy claro cómo ni por qué, te atrapa el corazón desde la primera frase.

La conexión fue brutal, creo que por ambas partes. A mí me encantaba su voz con acento del norte, su dulzura y su forma de decir "¿qué pasó, pequeña?" cuando se cortaba la conversación y tenía que volver a llamarle. También me encantaba el moreno de ojos verdes que me miraba desde las fotos suyas que había visto. Aquellas primeras semanas hablábamos por teléfono todos los días durante horas, nos escribíamos mensajes, chateábamos por el Facebook y nos mandábamos fotos al móvil. Era algo muy, muy raro pero muy, muy bonito.

Pero lo más importante que me dio IA cuando le conocí fue la inocencia. Todo era sencillo. Yo llamaba y él contestaba y si no, llamaba él. Yo le escribía mensajes y sabía que él me los respondería. A él le interesaba yo. Leía mi blog. Buscaba fotos de Cádiz para imaginarme allí. Me regaló sin venir a cuento la capacidad de ilusionarme y de pensar que a alguien le gustaba tal y como era. Que alguien quería acercarse a mí, compartirme, saber qué hacía, qué pensaba, qué música escuchaba, en qué ciudades quería vivir.

Yo estaba tan, pero tan flipada que llegué literalmente a pellizcarme durante el día para saber si estaba soñando. No podía escuchar canciones tristes o de desamor; me dolía. Tampoco podía pensar en otros tíos, ni reales ni ficticios: el post de los personajes de ficción, por ejemplo, no habría podido escribirlo, porque sencillamente no había otros ni falta que hacía: él estaba ahí y le gustaba yo y era una persona alucinante. En ese momento pensaba que me alucinaba su capacidad de arriesgarse conmigo, de dejarse conocer, de conocerme, y también todo lo que me iba revelando a medida que hablábamos. El puente con palabras que estábamos construyendo: las historias de montaña que contaba, cómo me aconsejaba sobre material de escalada, cómo me relataba despacio su fuerza, su coraje, su intento valiente y doloroso de vivir una vida con sentido. Ahora pienso que quizá me alucinó por lo que me permitió sentir: porque después de años y años de marear la perdiz con J., de liarla parda con otros, de cinismo, de prevención, de ofuscación y de miedo, ahora podía ser completamente niña e idiota, dejarme mecer en aquella ola inesperada de encanto mutuo aún sin tener ni puta idea de hacia dónde iba a llevarme.

Luego... bueno, resumamos. No me gusta hablar de las partes feas. Digamos simplemente que aquello no había por dónde cogerlo: yo en Cádiz, él en el rudo Norte y cada uno en etapas muy, muy distintas de nuestra vida. Yo acababa de cortar emocionalmente con J. y estaba libre, abierta y valiente. Había empezado a escalar, me sentía capaz de casi cualquier cosa. Me planté en su ciudad sin tener claro qué iba a pasar pero dispuesta a vivirlo todo. Él no estaba en ese punto y lo entiendo.

Lo que pasé entre la nube de felicidad drogadicta y la comprensión clara de que él no quería seguir adelante fue el miedo más tremendo y frío que he vivido en mucho tiempo. Y no era solo miedo a perderle. A él no le había tenido durante toda mi vida. Dos meses antes no sabía ni que existía. A lo que tenía miedo era a aquello en que iba a convertirme yo si perdía la inocencia y la ilusión que él me había regalado.

Y efectivamente, dolió. Dolió un huevo (ahora diría mi amigo el Kpot: "¿y por qué te dolió un huevo, si lo que te habían partido era el corazón?"). La situación degeneró. El cinismo no tuvo más remedio que volver. Mi mente no entendía las cosas y se rebelaba: por qué me ha tenido que pasar esto a mí, me preguntaba. Por qué, por qué he vivido esto, con esta intensidad; por qué ha sido tan bonito y después tan terrible. Ojalá esto no hubiera pasado, con lo bien que estaba yo antes de conocerle. Me sentía como si fuera la primera persona del planeta a la que le ha gustado un tío que después ha resultado no ser tan maravilloso como parecía al principio: el tamaño de mi decepción era absoluto, se extendía al mundo, me hacía perder la fe en la humanidad entera.

Sobre la soledad y sus tendencias absurdas. Cuando estaba a punto de viajar por primera vez para conocer a IA, pensaba muchas veces en cuánto iba a echar de menos esos momentos una vez que nos hubiéramos visto en persona. Algo dentro de mí me decía: no puede ser real, no puede ser tan bueno, no va a salir bien. E intentaba convencerme: que no, que te mereces esto, Marina, te mereces que este chico sea así de lindo y de guapo, te mereces gustarle, te mereces que apueste por ti. No mucho, pero sí un poco. No sé si era mi parte sola la que se empeñaba en aguarme la fiesta. Sí sé que al final resultó que era verdad, que no podía ser real, que no podía ser tan bueno y que no salió bien.

Así que llevo meses haciendo el duelo por eso. Por esa inocencia recuperada y esa fe tan súbita que se perdieron casi tan rápido como habían nacido. Y que no son culpa de IA, al fin y al cabo; creo que él lo hizo lo mejor que pudo. Es que la vida es así, o a lo mejor mi vida es así, o a lo mejor tengo que dedicar más tiempo a imaginar que es posible. No con él, sino conmigo. Que es posible que algún día pueda quedarme con alguien y que ese alguien se quede conmigo; que me prefiera a todas las demás personas.

Mientras tanto, escribo aquí. La semana pasada, a pesar de todo, fue una buena semana. Digamos que entendí cosas porque él me las explicó, lo cual es bueno y es sano. Entender ayuda, siempre. Escribí que contaría lo que pasó cuando hubiera dejado de importarme. Y bueno, eso no es exactamente así, claro que me importa, pero ahora estoy menos en guerra con la situación. Más tranquila. Y en realidad lo que tenía que contar no es tanto lo que ocurrió: qué hice yo, qué hizo él, en qué consistieron los días que pasamos juntos. Eso es nuestro. La historia con IA resonó en mi vida por lo que me hizo sentir, por el lugar que ha ocupado. El momento en que apareció y el que eligió para marcharse. Eso es lo que quiero compartir aquí. Eso y lo que tiene que ver con la soledad de la que hablaba y con la capacidad peligrosa que tiene el amor para mentirnos y decirnos: que no, que no estás sola, que todo va a salir bien.

Y luego me acuerdo de las noches en que he dormido de espaldas a otra persona, acurrucada en una esquina de la cama y pensando que estaba muy lejos, y deseando solamente que se acercara un poco no por nada, sino porque yo tenía mucho, mucho frío... y me doy cuenta de que ni aun ahí estaba la respuesta. Que dice Anónimo76 que dos personas tienen que haberse acercado al abismo para tener la capacidad de conectar. Y que digo yo que igual ni eso, porque hay tantos abismos y están tan lejanos, y todos tenemos una manera tan particular de ser infelices...

7 comentarios:

  1. Yo creo que a todos nos ha pasado alguna vez algo así. ¿Por qué? tal vez son, en realidad, pequeños regalos, visiones de lo que te espera, para que te vayas acostumbrando :) o mecanismos para que rompas con situaciones anteriores que no te hacen feliz. Relacionarse es difícil, amar mucho más, ser feliz ni te cuento...

    ResponderEliminar
  2. Pocas cosas se pueden añadir a lo que has escrito, simplemente aquello de «La depresión es un lujo que no me puedo permitir».

    Nos leemos!!!!!

    ResponderEliminar
  3. "A lo que tenía miedo era a aquello en que iba a convertirme yo si perdía la inocencia y la ilusión que él me había regalado."

    He tenido ese mismo pensamiento en esos momentos y me sorprendía a mi misma el verlo como desde fuera de esa forma. Me daba tanta pena por la relación perdida como por lo que perdería de mi misma en el proceso.

    Cést la vie

    Bs

    ResponderEliminar
  4. "El tamaño de mi decepción era absoluto, se extendía al mundo, me hacía perder la fe en la humanidad entera."

    A mí también me pasó eso, pero ocurrió (también) de una manera muy extraña. A veces pienso que tú eres yo escribiendo un blog, jajaja! :)

    ResponderEliminar
  5. Ada: sí que es difícil. Y espero no tener que acostumbrarme a ello...:p

    Sesión discontinua: efectivamente, prefiero no permitirme el lujo de deprimirme, que los antidepresivos son baratos, pero el precio emocional es alto.

    Erizogirl: efectivamente, cada nueva decepción deja trocitos de nuestro corazón en el camino Pero sí, así es la vida.

    Marta: ¡¡quién sabe!! Soy tu alter ego bloguero, jejeje.

    Gracias a todos por los comentarios y un beso grande.

    ResponderEliminar
  6. Escribió Tolstoy, que todas las familias felices son iguales, en cambio las infelices, lo son cada una a su manera. Con las personas pasa igual.

    ResponderEliminar
  7. (sigo, que le he dado al enter sin querer. Cosas del parkinson). De todas formas, prefiero la infelicidad que produce un desengaño amoroso a no haberme nunca enamorado. Así que, supongo que me ha tocado ser "a mi manera" (como dijo Frank Sinatra).

    ResponderEliminar