massobreloslunes: Esa delicada frontera entre la tristeza y la falta de sueño

jueves, 17 de mayo de 2012

Esa delicada frontera entre la tristeza y la falta de sueño

¿Qué puedes escribir cuando estás triste? No te sale escribir cosas alegres, porque estás triste. Tus intentos de humor no te hacen gracia. Querrías contar que con la furgo tienes mucho menos peligro del que piensa el Kpot, que te llama "el Ángel de la Muerte", aunque el tema de aparcarla y/o moverla en espacios pequeños se te da regular. Que ayer te fuiste al Mercadona a comprar cosas pesadas sólo porque no tenías que llevarlas después a cuestas, y que después te pasaste diez minutos buscando la palanca para abrir el depósito de gasolina cuando el coche no tiene ninguna. Pero esas cosas, que en su momento te hicieron mucha gracia, ahora mismo te resultan forzadas y huecas porque tú en realidad sólo quieres dormir.

Así que piensas en contar lo que te lleva poniendo triste todo el día, pero a lo mejor no es tan buena idea. No tienes claro si va a ser mejor o peor. El caso es que en el curro han empezado a primera hora a hablar de recortes, y a ti te han dicho en cuánto se te queda tu sueldo base y te han dado ganas de llorar. Y no sólo porque te recorten el sueldo, que bueno, a las malas tienes un sueldo, de hambre no te mueres, tienes para vivir y para tus caprichitos. Es más bien porque encima es eso, que tienes que estar agradecida, cuando en realidad eres una mujer de veintisiete años con una licenciatura que sacó el puesto doce entre tres mil personas, que toma decisiones, asume responsabilidades y trabaja todo lo bien que puede.

El caso es que a media mañana te avisa el MIR para bajar a la despedida de los residentes de cuarto año. Tú ya has dicho muchas veces que el MIR es amor en estado puro, y tenerle rotando en la Unidad contigo es de lo mejor que te podía pasar. Porque él te ve, aunque a veces se ponga pesado con su "¿qué te pasa, PIR?" y tú tengas que explicarle que es sólo la hipoglucemia de las dos de la tarde. Porque conserva la calma en medio de la tormenta y el optimismo en medio del pesimismo. Así que bajáis los dos juntos por las escaleras, que a él no le gustan los ascensores y tú estás dispuesta a hacer el esfuerzo aunque prefieras ir en dirección ascendente. Te miras en el espejo. Vas supermona hoy, con unos vaqueros negro, una camiseta de tirantes de color coral y la bata remangada hasta los codos que te da un aspecto así como de profesional casual, de extra mal pagada de Anatomía de Grey.

Os sentáis en la primera fila del salón de actos. La ceremonia en sí pues nada, un rollo, o más bien un rollo si no formas parte de la ceremonia, ni conoces a los mires, ni nada. Estáis ahí para dar apoyo moral a la psiquiatra, que además ha ganado un áccesit a la mejor trayectoria y se merece vuestro aplauso. Cuchicheas con el MIR y le cuentas un chiste que acabas de inventarte: Va un hombre a urgencias y le dice al médico "oiga, que me duele el ojo", y el médico le contesta "porque tiene un cuerpo extraño", y el hombre dice "y usted una cara rara, pero no veo qué tiene que ver eso con el ojo". El MIR se ríe, no sé si por educación; a ti, personalmente, te parece un buen chiste.

Salen dos residentes a dar el discurso de despedida. El típico discurso jocoso. Van vestidos con batas rotas y manchadas, llevan cajas de cartón y colocan frente al atril unos carteles donde pone "limosna" y "dame un contratito". Hablan de la residencia, de las guardias, los adjuntos, las fiestas, los marrones, los amigos y, en fin, un poco todo lo que es esto. Tienen su gracia incluso para ti, que no los conoces y no eres médico, pero en realidad, mientras te ríes a ratos y toqueteas el móvil cuando te aburres, todo esto no deja de parecerte muy, muy triste. Porque ahí hay treinta o cuarenta personas que son buenos profesionales. Especialistas de área. Gente que ha tenido en sus manos la vida o la salud de otra gente, y que ahora están aquí haciendo bromas sobre cómo en breve se van a quedar sin trabajo. 

Así que bueno, te encoges de hombros y te preguntas cómo estará el asunto cuando acabes tú, dentro de dos años. "Vamos a tomarnos una coca cola", te dice el MIR, que está saliente de guardia y ha dormido cuatro horas. Os coláis en la cafetería, que es grande y luminosa,y pedís un par de coca colas light, la tuya con mucho hielo. Cómo te molan los extremos térmicos. Charláis de las cosas que os gustan de la Unidad y de las que no. El MIR entiende bien. Es un chico sensato y crítico sin cinismo. Esta mañana habéis visto un paciente juntos; le has pedido permiso para entrar con él porque atendiste al paciente en Urgencias la primera vez que vino y te interesa pero, sobre todo, porque te gusta pasar consulta con el MIR y observar su forma compasiva y atenta de escuchar.

"Nos están recortando la vida", dices tú. "No compares la vida con el dinero, PIR. Ni por un momento. El valor de la vida es incalculable". El MIR no es un tipo especialmente optimista: es realista, y cree de forma realista y sensata que encontraremos la forma de sobrevivir cuando terminemos la residencia. "Tú no te preocupes por eso. Nosotros valemos y seremos capaces de adaptarnos". Te encoges de hombros y piensas que ojalá que sí, pero que en cualquier caso a ratos te resulta difícil encontrar tu sitio en un sistema que parece no quererte. 

Lo que sí querrías es decirle al MIR lo muchísimo que te gusta tenerle cerca para que te recuerde las cosas importantes, y que él igual no lo sabe, pero su presencia tranquila y sólida en la Unidad te alegra las mañanas. No es que te quite la tristeza. El día transcurre a medias entre el cansancio físico y el agotamiento mental. Llegas, comes, sigues colocando cajas de la mudanza, te tumbas cinco minutos en la cama y cuando te quieres dar cuenta estás roncando suavito. Te acercas al roco, intentas colgarte, no te salen un par de pasos duros y tienes ganas de llorar como una idiota, no porque te importe un carajo hacer éste o aquel paso, sino porque quieres tener fuerzas para esto. No quieres que lo otro, lo feo, te quite fuerzas para lo que te gusta, para lo hermoso, que es trepar y es la roca además de muchísimas otras cosas. Pero bueno; te vas a casa, cenas arroz a la cubana acordándote de cuando te lo preparaba J. y procuras subir temprano a tu cuarto. Sólo es cansancio, y lo sabes. El cansancio nunca mató a nadie.

Buscas los puntos luminosos, buscas tema para el blog y piensas en el MIR, que es amor. Al final es lo que queda en todo esto, en toda esta crisis de mierda que nos tiene paralizados y asustados como ciervos iluminados por un faro muy pontente. Queda amor, queda esfuerzo, quedan personas lindas. Queda hacer chistes, como el del ojo o como uno que ha dicho esta mañana que si esto acaba en guerra, mandemos a luchar a los pensionistas y así nos los quitamos de encima. Que es un humor muy negro, lo sé, que tú para la risa siempre has sido oscura.

Y ahora te obligas a cerrar esto y a dormir por Dios Marina que no paras un puto segundo quieta. Y te das cuenta de que escribir lo ha vuelto a hacer. No arreglar nada. No ponerte contenta. Pero sí darte una entidad. Darle una forma a esto. Algo que se parece de forma sospechosa a un sentido.

4 comentarios:

  1. Yo creo que deberías decirle todo esto al Mir...eso te vendría muy bien... digo yo... mañana te contaré un chiste to weno....

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  2. Tu post parece escrito por tu SPM o tu menstruación en si.

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  3. Lofiu!!

    (Por cierto...no pillo el chiste, aunque el de los pensionistas muy bueno)

    Un abrazo!

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  4. El MIR y tú sois mi OTP (one true pairing) particular!!! <3

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