massobreloslunes: Morir de Apocalipsis

miércoles, 30 de mayo de 2012

Morir de Apocalipsis

Hace algún tiempo, colgué una encuesta en el blog en la que preguntaba a los lectores cómo preferirían morir: por una explosión nuclear o por el Apocalipsis. La gran mayoría preferían el Apocalipsis; supongo que, porque como dice mi padre, ya que se va a morir uno mejor morirse con todo el mundo y en medio de un buen espectáculo: los cuatro jinetes, las lenguas de fuego, el Dios justificiero apuntándote con su dedo vengador. Todo el pack.

Esta mañana, después de la reunión con enfermería, nos hemos quedado psiquiatras y psicólogos comentando los recortes. Parece que a los residentes no nos tocan nada; lógico, porque si nos recortan un sueldo que de por sí ya es justito, nos vamos a tener que ir a vivir debajo de un puente o, en mi caso, a la Dobloneta. Que mola comprarte una furgo, pero no para vivir en ella así todo el rato. El caso es que recortan dinero, privilegios y días libres. A currar en nochebuena y en fin de año se ha dicho. Y el caso también es que yo últimamente andaba preocupada por el tema de la crisis, haciendo números por aquello de que le debo dinero al Estado y no sé cuándo me lo va a reclamar. Pero desde hace unos días veo a todo el mundo tan igual, tan sobrecogido por el miedo, y veo como si todo se precipitara tan deprisa en dirección al carajo, que he llegado a la conclusión de que el día que yo no tenga qué comer será realmente porque, como dice mi padre, el sistema ha caído conmigo. Y entonces será todo un divertido sálvese quien pueda y mi deuda estatal no podrá importar menos.

Al mediodía enfilo hacia Cádiz a lomos de la Dobloneta para echar la tarde en la UCIP. Voy por la carretera casi desierta de Puerto Real mirándome en el retrovisor y pensando que vaya buen rollo tan poco tráfico a esta hora. Entonces veo el cartel: Puente de Carranza cortado, a Cádiz por San Fernando. Sus muertos, pienso. Doy como seiscientas vueltas para encontrar el camino a San Fernando y rotondeo como si no hubiera un mañana. Y entonces, de repente, me veo metida en el mayor atasco ever. Al principio me hace casi gracia: pero qué adulto todo, mi primera caravana desesperante, Chispas. Después empiezo a tener calor, hambre y, lo que es peor, ganas de mear. Avanzamos diez kilómetros en hora y cuarto, verídico. Miro a mi alrededor: todos esos coches, esas toneladas de acero quemadoras de petróleo, ocupadas por una o como mucho dos personas. Yo también me declaro culpable, que voy sola en la Dobloneta y con el aire acondicionado puesto para no morir. Y pienso: hay algo que va muy, muy mal aquí. Esto no puede ser real. No es lógico. Estas personas no tendrían que estar aquí; no tendríamos que encontrarnos en esta carretera, avanzando despacio con estas caras de resignación. De repente sólo quiero salir hacia donde sea: me da igual darme la vuelta que pararme en San Fernando, pero sólo le pido a Dios que me deje estar en otro lugar que no sea esta caravana y, sobre todo, que me encuentre un cuarto de baño. Alucino con retretes gigantes como el abuelo de los Simpson en el capítulo en que le revientan los riñones. Giro el cuello y miro los asientos de la furgo, a ver si hay algún material con el que fabricar un orinal casero.

Al final llego de milagro a la salida hacia Chiclana, viva y bravo, y aunque quede en dirección opuesta a Cádiz, para allá que voy con tal de salir de este infierno con ruedas. Llego a una zona de naves industriales y me paro en un McDonalds para entrar en el baño, y de camino decido comerme una ensalada de pollo, porque son las cinco de la tarde. Ya hace unos años que el McDonalds cambió el plástico brillante por ambientes oscurecidos y medias luces de bar de jazz. Las bandejas están cubiertas por información nutricional sobre los alimentos. Pago una cantidad de dinero indecente por una ensalada de pollo y una botella de agua, y sé que no debería estar haciendo esto: almorzar carísimo en el McDonalds un martes por la tarde, pero es que es muy tarde y aún no he comido, y mi cerebro falto de glucosa y aturdido por la caravana no puede pensar. Miro al exterior desde nuestro interior aislado y de colores sobrios. La ensalada está preocupantemente buena. I'm lovin' it.

Después aprovecho que no llego a currar por la tarde ni de coña y me meto en un gigantesco bazar chino a comprar una tabla de la plancha. De paso, busco algo parecido a un mueble que me sirva para guardar los trastos en mi habitación nueva. Hay mueblecitos de cajones de plástico brillante y estanterías desmontables con varillas de aluminio. En realidad no quiero comprar nada de esto. Sé cómo acaban estos muebles. Sé lo que duran y la facilidad con la que se desmontan. Pero hasta IKEA me viene caro últimamente, y aunque llevo unos días buscando muebles de segunda mano, ni es tan fácil ni son tan baratos. Y bueno, no es que me importe comprar o tener cosas cutres. Es que creo que no es una solución a largo plazo, como todo. Un estante de plástico de seis euros donde colocar los zapatos, de hecho, no arregla nada.

Así que ésta es la sensación que tengo últimamente. Que algo está muy mal, pero mal de verdad, pero mal a unos niveles que a lo mejor sí que haría falta que todo se fuera al carajo, y quemar coches oficiales, y que rueden cabezas de altos cargos, y volver a la peseta o a arar la tierra. No lo sé. Sólo sé que caminamos un poco como en la caravana de hoy, mirando sólo hacia delante y esperando con los dedos cruzados a que las cosas mejoren. Pensando que, en realidad, no podemos hacer nada. Y mientras llego a mi casa con mi tabla de planchar, mi estantería made in china y una especie de pato gigante y amarillo para guardar la ropa sucia pienso que, de hecho, esta crisis empieza a ser lo más parecido a morir de Apocalipsis que he conocido.

6 comentarios:

  1. Sabes, últimamente estoy leyendo mucho esto de "haría falta que todo se fuera al carajo, y que rueden cabezas...." y si la crisis no me daba antes miedo, esto si que me lo da, porque se empieza haciendo rodar la cabeza del que ha robado y se acaba pegando tiros a todo el que pasa por ahí, vamos, que ese espíritu de frustración es el que llevó al mundo a la segunda guerra, y empiezo a acojonarme porque desde luego, esa no es la solución.

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  2. por cierto, eso era un comentario en plan "somos dos tías sensatas y nos damos cuenta de la burrada que es esa actitud", no es que piense que lo dices en serio, es solo que creo que otros si que lo dicen en serio.

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  3. Jejeje te entiendo. También me da miedo que esto alcance extremos violentos. Pero toda esta frustración, no sé, me da como penita. Creo que lo ideal sería hacer como dicen los budistas: llevar a cabo acciones duras, incisivas, enérgicas, pero con la mente tranquila y llena de compasión. Y sin dañar físicamente a nadie, lógico.

    De todas formas, mi pensamiento de "todo al carajo" va más en dirección a un cambio radical en el modo de vida que a quemar coches, aunque lo haya mencionado en el post. Pero vamos, que yo sé que tu sabes que yo sé que soy una tía sensata ;)

    Un abrazo.

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  4. Yo estoy intentando convencer a mi madre para que se compre unas gallinas y podamos autoabastecernos en la aldea.
    El otro día un tío que entrevistaron en la calle dijo que se acercaba una mundiguerra. La palabra me hizo gracia.

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  5. Yo me quiero ir a vivir a una ecoaldea, pero no tanto por la crisis.

    Ya hace años que me da la sensación que la vida que llevo es una locura de las gordas y aunque yo podría seguir en ella un tiempo, no la quiero para mi nena.

    Besitos Mopi

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  6. Es lucha de clases, y por ahora ganan claramente los de arriba. Porque la crisis le putea a todo el mundo, menos a los de siempre.

    El problema vendra si aprietan tanto como para que se les vaya de las manos. En cuanto a la clase media le falte de comer, el tema estallara. Y si no ha sido ni es en esta crisis, sera en la siguiente donde el pequeño colchon del estado del bienestar que tenemos y que todavia nos salva estara bajo minimos.

    Ahora, si podemos hacer algo. El que la gente no levante la voz se basa en pensar que a donde vamos a ir si todo esto nos viene tan grande. Se puede empezar con cosas pequeñas, y se puede llegar hasta donde toque.

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