massobreloslunes: Sacrificio

jueves, 28 de junio de 2012

Sacrificio

Así que se han ido a pasar el día a la playa. Van en coche hasta la costa escuchando los Beach Boys (contextualizar la música, lo llama ella) y después caminan un rato hasta una cala no muy transitada. Lo justo para apartarse de la masa acrítica, pero también para que él no se canse de llevar la nevera. Toman el sol durante todo el día. A ella le gusta tirarse sin hacer nada, pero él se aburre y a cada rato sale a correr, a darse un baño, a hacer un castillo de arena. La llama como un niño pequeño. Mira cómo cojo esta ola. Mira qué torre más alta he construido.

Ella no se atreve a explicarle que en la playa él no le gusta. Por la crema bronceadora, más que nada: tapa su olor, e imagina que algún surtidor secreto de esas feromonas que le vuelven loca, y le convierte en un moreno flaco más de tantos. A pesar de eso, el amor permanece, así que ella le mira con cariño mientras le sirve gazpacho de bote en el vaso de plástico blanco.

Después de comer y de echar una siesta perezosa bajo la sombrilla, él insiste en que den un paseo por las rocas. De acuerdo, dice ella, aunque teme resbalarse con sus chanclas fúcsia. No te preocupes, contesta él, yo te ayudo. Y, de hecho, trota con elegancia siempre una roca por delante de ella, y cuando la ve dudar extiende su mano y deja que la coja para seguir avanzando.
- No me agarras bien - dice entonces ella.
- ¿Qué quieres decir?
- Tu mano. Está muy fláccida.
- Hay que joderse.

La palabra fláccida no le hace mucha gracia, aunque se aplique a su mano. No termina de entenderlo.
- ¿Qué importancia tiene? Te puedes agarrar igual.
- No se trata sólo de que pueda agarrarme. Se trata de sentir que me sostendrás si me caigo.

Él intenta poner la mano y el brazo tensos.
- Ahora estás tirando demasiado fuerte.
- No hay quien te entienda.
- A ver, lo que quiero es firmeza - aclara ella -. Sentir que tengo donde apoyarme.

Él resopla e intenta encontrar ese equilibrio entre suavidad y tensión que ella parece buscar. Pasean un rato por los alrededores de la cala. Luego la marea empieza a subir, ella se asusta y regresan a las toallas.

Por la noche han decidido echar los sacos y dormir al raso. Cenan los restos del almuerzo y un par de bombones helados que él trae de un quiosco tras un paseo de media hora. Sin embargo, piensa que le compensa mientras mira cómo parte los trozos de chocolate sólido con los dientes y después chupa la nata con su lengua rosada. Al cabo de un rato se meten en los sacos, se achuchan un rato (abrazos inofensivos, que les corta el rollo que pueda verles alguien) y cierran los ojos para dormir.
- Gracias por el bombón - dice ella, después de un rato de silencio.
- Ha sido un placer.
- No, en serio. ¿Sabes por qué te lo agradezco?
- ¿Por qué?
- Porque sé que no te hacía ni puta gracia. Sé que el quiosco estaba lejos y que has pensado que por qué se me antojaba a mí un bombón helado y que podríamos vivir sin ello. Sé que te gusta prescindir de lo prescindible y, aun así, has ido.
- Claro.
- Es el sacrificio, ¿sabes? Es la clave.
- Sacrificio es una palabra muy fea.
- Qué va - parece convencida -. Es una palabra preciosa. Hacer algo por alguien que cuesta esfuerzo. Es lo que diferencia al amor de todo lo demás.
- Bueno, pero eso se sobreentiende, ¿no?
- Qué va. La gente sólo reparte sus sobras. Sus sobras de dinero, de tiempo, de afecto. Y lo que diferencia a la pareja de todos los demás es que te da algo que le cuesta. Algo que le duele. A ti te han dolido los bombones.
- Va, tampoco te pases, no estaba tan lejos.
- Lo importante es el trasfondo del asunto.

Él hace un ruidito con la lengua, pero en el fondo está algo de acuerdo. Su mente de ex estudiante de latín rebusca para encontrar la raíz de la palabra. Sacrum facere, recuerda. Hacer algo sagrado. Mira sus ojos cerrados a la luz de la noche de verano, y la siente pequeña y precaria buscando brazos firmes y bombones helados traídos con dolor. Le acaricia suavemente el pelo por detrás de las orejas y la curva de la nariz. Luego se la arrima al pecho (porque a lo mejor así puede además protegerla de algo) y se esfuerza por quedarse también dormido, aunque tiene que confesar que el sonido de las olas le molesta un poco.

4 comentarios:

  1. Hace tiempo que no te comento aunque te sigo leyendo. Pero esta entrada de hoy me ha llegado al alma otra vez. Pienso que eso es lo que falla más en las relaciones: sólo reparten las sobras y la noción de sacrificio se ve cómo algo negativo e inadecuado. Yo pienso cómo tú y jamás lo supe explicar tan bien. Me encantó, chica. Pasa un día feliz.

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  2. Huum, has descrito algo que nos pasa a mi chico y mí, como si hubieras visto un pasaje de lo "nuestro".
    Qué buena eres Marina, de verdad.
    Muchas gracias por escribir

    María

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  3. Muchas gracias a los tres. Un besote enorme.

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