massobreloslunes: SSHP4: Arkaitz y las sardinas picantes

domingo, 26 de agosto de 2012

SSHP4: Arkaitz y las sardinas picantes

Son las cuatro de la tarde y Jorge, Arkaitz y vamos en furgo después de salir de hacer barranquismo en Las Peoneras, en la sierra de Guara. Llevo despierta desde las seis y dando trechas por las rocas desde las nueve, así que estoy básicamente que no puedo con mi vida. El estado de mi estómago podría definirse  como "tengo un hueco aquí".

Arkaiz es un vasco con ojos de abuelo y sonrisa de niño que nos ha hecho de guía por el barranco. Tiene una tranquilidad pastoril, de esta que parece que sólo puedes adquirir si te pasas la infancia en un caserío y la edad adulta siendo guía de montaña. Ahora nos vamos los tres a trepar, pero antes barajamos la posibilidad de hacernos unos bocatas. Me parece bien, porque creo que mis reservas calóricas de una semana se las ha tragado el barranco.

Paramos en una gasolinera para comprar pan, nos sentamos en el bordillo y Jorge saca unas cuantas latas de sardina, un tarro de foie gras y una navaja. Arkaitz trae una cocacola y empezamos a comer con entusiasmo. "Qué rico", dice Arkaitz mientras saca las sardinas picantes con las manos. Se está comiendo la lata como si fuera la primera persona en la tierra que ha comido sardinas, o como si le hubieran servido un plato de diseño en el Bulli.

Nos ha contado hace un rato que en 2006 se cayó bajando una vía porque al que se aseguraba se le terminó la cuerda. Se precipitó desde unos 13 metros y se partió el coxis, una vértebra, los calcáneos y no sé qué otras cosas. Dice, sin embargo, que empezó a estar contento desde el mismo momento en que se dio cuenta de que podía mover y sentir los pies. Mientras caía, explica, le dio tiempo a pensar que se iba a reventar por dentro, que se quedaría paralítico y no podría volver a trepar ni a hacer montaña. En el hospital, mientras se recuperaba, se sentía feliz.

Podría pensarse que a partir del accidente Arkaitz fue capaz de saborear la vida como está saboreando ahora mismo las sardinas en lata, pero no lo creo. Opino que él ya era así antes, y que si cuando se cayó le dio por alegrarse en vez de por pensar en la putada que es romperse todos esos huesos, es porque lo llevaba de serie: mirar el lado bueno, agarrarse a la parte viva. Eso pienso mientras le veo saborear un cortado de máquina con entusiasmo mientras nos mira y dice, muy serio: "de verdad, que esto es un buen café":

Cuando terminamos de trepar y volvemos a Jaca, yo estoy tan cansada que ni siquiera tengo claro si respiro. Apoyo la cabeza en la ventanilla y me adormilo mientras escucho cómo Jorge y Arkaitz charlan tranquilamente y con muchas eses sobre conocidos comunes y cómo les va a cada uno. Hay algo reconfortante en esta serenidad norteña. A medida que cruzamos el puerto de Monrepós y los Pirineos aparecen al fondo, Arkaitz puntea la conversación con exclamaciones de asombro. Señala las montañas, las llama por su nombre y habla de lo bonito que es el color del cielo, como si fuera la primera vez, y no la enésima, que cruza ese puerto.

Estoy en una nube de "todo esto es tan genial". Podría ponerme friki y decir que viajar escalando es muy guay: que ciertos rituales, maneras, lenguaje y espíritu parecen ser comunes en todas partes y crean un vínculo especial a través de la cuerda. Podría hablar de lo bonito de los viajes compartidos, los sofás ofrecidos y, en general, la amable solidaridad que permanece a pesar (o quizá a causa de) esta crisis asquerosa. Pero si me tengo que quedar con algo hoy es con el entusiasmo de Arkaitz por los montes que conoce, los barrancos que ha hecho mil veces y las sardinas picantes. Porque aunque piense que le viene de fábrica, no deja de tener mucho mérito.

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