massobreloslunes: La última hora

lunes, 10 de septiembre de 2012

La última hora

Esta mañana me levanto otra vez en modo shiny happy people. Suena la alarma a las seis y media y ahí estoy yo: extremadamente avionil, fresca como una lechuga y cantando las maravillas de la alimentación paleo. Pongo la cafetera, bebo agua fría, me masajeo la cara con las manos como leí en alguna revista que hay que hacer para que se te quite la hinchazón matutina. Tap, tap, tap, hacen las puntas de mis dedos por debajo de mis ojos.

Me doy una ducha rápida, me visto con vaqueros y camiseta, miro mi culo en vaqueros desde unos cuantos ángulos y salgo a la calle. Me encantan estos momentos matutinos de limpieza y silencio, y el color azulón del cielo detrás de las paredes de las casas. Saludo al barrendero junto a mi portal y chancleteo con gracia hasta el autobús, que espera con paciencia de animal dormido a que den las ocho menos veinte.

Me siento junto al fluorescente que más alumbra y saco el libro que estoy leyendo: "La última hora", de David Benioff. Normalmente intento aprovechar el autobús para estudiar un poco, pero hoy es lunes y me merezco ficción. Empiezo a leer deprisa, absorta en la historia. De Benioff me entusiasmó "Ciudad de ladrones" y también "Descalza sobre el trébol", una recopilación de cuentos que compré hace poco. "La última hora" tarda en arrancar, pero cuando te quieres dar cuenta te ha envuelto en un ritmo trepidante y en una compasión exquisita hacia sus personajes. El autobús avanza por San Fernando, cruza la bahía en dirección a Cádiz y yo no hago más que calibrar mentalmente la relación tiempo-páginas que me quedan antes de llegar al hospital.

Al final no tengo más remedio que bajarme y todavía no he terminado el libro. Miro la hora y descubro que todavía son las ocho y diez. Normalmente llego a esta hora, subo andando las nueve plantas hasta endocrino para entrenar pulmones, me pongo la bata y zascandileo un poco antes de entrar en la sesión clínica. Pero hoy estoy sumamente preocupada por la suerte del protagonista, así que decido acercarme al paseo y terminar el libro.

Hay momentos en la vida que deben ser honrados, y sin duda terminar un buen libro es uno de ellos. Uno debe atacar el final con avidez, determinación y cierta reverencia. En las últimas páginas un autor puede cubrirse de gloria en el buen y en el mal sentido. El sello de esa novela en tu corazón y la impronta que deje no podrá apartarse de la suerte final de sus personajes.

Cruzo la avenida por el semáforo y camino deprisa los cincuenta metros que me separan del paseo. Ya casi ha amanecido del todo esta luz loca e intensa de Cádiz, y la acera está salpicada de corredores voluntariosos y paseantes resignados. Desde que trabajo, siempre pienso que los que pasean por el paseo marítimo son deprimidos que practican la activación conductual. Eso es deformación profesional y lo demás tonterías. Pasa un carrito de limpieza despidiendo chorros de agua a ambos lados, y cuando llega a donde yo estoy, el empleado baja educadamente los aspersores para no mojarme. Agradezco con un gesto de la mano su amabilidad y me siento en un banco frente al enorme y hermoso Atlántico.

Y allí, a las ocho y cuarto de la mañana, sin prisa pero sin pausa, termino el libro. He de decir que Benioff lo cierra muy bien. Lo cierra muy, muy brillantemente, y yo respiro tranquila, porque el recuerdo de "La última hora" será ya siempre redondo y bonito en mi cerebro. Me quedo un momento suspendida en este instante: la quietud de la playa y también la quietud momentánea de la mente cuando acabas de terminar un libro. Ese salto sobre el vacío entre la ficción y tu realidad. Recuerdo que hace un año y pico, cuando trabajaba en el equipo y estaba un poco depre, mirar la playa por la mañana me ponía triste. Era como un mundo de libertad y belleza al que no tenía acceso porque me obligaban a encerrarme en un despacho. Hoy, sin embargo, he tenido este momento de libertad y belleza y he honrado el final de las palabras de Benioff, y eso me alegra.

Hace un par de días pensaba en la buena fama que tienen los libros y en si será merecida. En que, a lo mejor, leer un libro no es ni más ni menos intelectual o kármicamente beneficioso que ver una peli o jugar al ajedrez. Ahora me digo que los buenos libros tienen esta cualidad mágica: crear momentos entre tus momentos, como cuando en matemáticas nos enseñaban que entre un par de números cualquiera cabe el infinito. Los libros son tan grandes porque enseñan que la alegría verdadera de la belleza está siempre, literalmente, al alcance de nuestra mano.

Y después de cerrar la novela, me congratulo porque es bonita y porque ya tengo tema para el post de hoy y me dirijo, volando sobre mis alas de avioncito existencial, a empezar un nuevo día en el hospital de Cádiz.

4 comentarios:

  1. "Alas d avioncito existencial..."Oh Marina! you're the best!!

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  2. Oigh! Qué bonito! (A mí también me gusta mucho "Shiny happy people" de REM!) Y me apunto el libro, que estoy a punto de acabar el que tengo entre manos!

    Un besote!

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    1. El libro está muy bien, pero igual te cuesta encontrarlo... Yo tuve que encargarlo en Agapea y tardaron mucho en conseguirlo. Igual te va mejor "Ciudad de Ladrones", que es más conocido y casi más bueno que éste.

      Un beso grande!

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