massobreloslunes: Rubifén

miércoles, 3 de octubre de 2012

Rubifén

Aquella noche había fiesta en casa del Berni, porque los padres se habían ido de crucero a los fiordos noruegos. No me sorprendió ver aparecer a Francesca del brazo del Alber. "Mirad a quién me he encontrado en la heladería", dijo él.

Se veía venir desde el día anterior, cuando el Alber había tirado la pelota de palas en la toalla de la guiri guapa que se bronceaba a solas. Entonces, como siempre, me había preguntado qué se sentiría al ser él. Levantarse por la mañana, mirarse en el espejo y ver lo que veía el Alber cada día: los abdominales marcados, el pelo revuelto, la sonrisa traviesa, los ojos verdes y estrechos. El Chino, le llamábamos de pequeños, pero resultó que aquellos ojos oblicuos a las tías les encantaban. "Tiene mirada de niño, ¿no te das cuenta?", me había explicado una de sus trescientas amantes, mientras yo contenía las ganas de preguntarle si le iba la pederastia.

No es que me gustara la italiana, aunque tenía cierta cualidad serena que me atraía y, sobre todo, unas teta gloriosas asomando debajo del bikini. Simplemente, me jodía aquel guión y el papel que me había tocado en él. Durante todo el verano el Alber había sido el guapo y yo el tímido. Francesca era la guapa. Yo sabía que el guapo se liaba con la guapa, pero que en una peli al final a la guapa le habría gustado más el tímido. En una realidad más compasiva, al menos, habría tenido una amiga menos guapa que se habría enrollado con el tímido. Aquella realidad, sin embargo, era cruda: a la guapa le gustaba inequívocamente el guapo y, además, viajaba sola.

Cuando el Alber me ofreció la pastilla yo ni lo pensé. ¿Qué es?, pregunté justo después de metérmela en la boca. Rubifén, me explicó. Se lo dan a los niños para que estudien mejor. Es como las anfetas, pero más barato. Cojonudo, dije. La fiesta seguía en su apogeo, pero  nosotros tres habíamos coincidido en el porche: ellos dos acurrucados en un columpio colgante, yo en una silla de mimbre de jardín. Francesca se levantó para ir al baño.
- ¿Qué te parece? Está buena, ¿verdad?
- ¿La italiana o la pastilla?
- Anda, Fer, no me jodas.
- Sí, sí, está muy buena. Todas están muy buenas.
- Las italianas están bien. No son como las brasileñas, claro. Ninguna es como las brasileñas. Ya te lo he contado, ¿verdad? Lo del ocho.
- Sí, me lo has contado.
- Es una cosa que aprenden allí, no sé de quién. Igual se lo enseñan las madres, a saber, que allí están todos salidos. Se te colocan encima y...
- Que sí, joder, Alber, que me has contando lo del ocho mil veces.

El Alber se rió. Una risa franca, sonora, casi tan infantil como sus ojos rasgados. Francesca apareció por detrás de la puerta corrediza del porche. Yo empezaba a notar el efecto de la pirula. Era como diez cafés mezclados con la voz de tu madre diciéndote que todo va a salir bien, mezclado con una brasileña cachonda que te ha prometido hacerte el ocho apenas pongas los pies en el dormitorio. El Alber sonreía y Francesca le buscaba el cuello con los labios. Apuesto a que ella también ha tomado, pensé, y después me di media vuelta porque tenía clarísimo que quería bailar.

Pasaron las horas y me acosté porque tenía que acostarme. Todo el mundo había empezado a subir por las escaleras en dirección a la enorme buhardilla acristalada y, sin saber bien cómo, me vi tumbado junto a la pared sobre una mezcla indistinguible de cojines, colchonetas y toallas de playa. Me quedé un rato observando el cielo a través de los cristales. Todo era cojonudo. Yo era uno con el universo. No tenía ningún sueño, pero todas y cada una de esas estrellas era una galaxia entera en sí misma, y yo podía pasarme toda la noche mirando esas galaxias, y eso me hacía feliz. Las conversaciones se fueron apagando, y un rato después todos dormían o fingían dormir. Un par de figuras se hicieron un hueco a mi lado. Giré la cabeza y no podría decir que me sorprendí cuando vi que eran Francesca y el Albert. "Ciao, Fer", soltó ella, y se quedó tumbada bocarriba en silencio, con los ojos cerrados, sonriendo como si se estuviera contando un chiste. Un momento después se giró y empecé a escuchar sonidos acuáticos: el Alber haciéndole a la italiana una endoscopia lingual con todas las de la ley.

No me molestó. Yo era uno con el universo, recordadlo, y aquello era amor, joder, aquello eran mi amigo y una italiana que estaba buenísima dándose amor. El universo tenía sus razones para haberle dado al Alber los ojitos rasgados y los abdominales, y en aquel momento sentía como si tumbado junto a él y a Francesca les estuviera protegiendo. Era un ángel de la guarda

Ella se giró hacia mí con los ojos cerrados. Sí que se han hartado pronto, me dije, pero entonces vi cómo extendía una pierna morena encima del cojín que nos separaba y escuché el roce de la ropa y pensé: joder, y luego ya no pensé nada. Mi cerebro había perdido toda capacidad para el pensamiento discursivo. Entendía de una forma intuitiva y directa que el Alber se estaba follando a la italiana ahí, a medio metro de mi cara. Le levantó la camiseta y apareció una teta que casi dejó oír un "boing", como los del porno manga. Yo estaba tan absorto en esa teta, en la rodilla moviéndose sobre el cojín, en la sonrisa de placidez bajo los ojos cerrados, que me costó un rato darme cuenta de que el Alber me miraba. Estaba concentrado y serio, pero no había ninguna duda: me miraba, y los ojos verdes le brillaban en la oscuridad. Mi capacidad de reflexión seguía detenida, así que yo también le miré muy fijamente, casi esperando una telepatía del follar que me revelara un significado secreto en mitad del silencio nocturno.

Entonces mi mano derecha comenzó a levitar. Lo juro, yo no tuve nada que ver: miré casi divertido cómo viajaba hasta mi polla y empezaba a tocarla, arriba y abajo, arriba y abajo al ritmo de las tetas de Francesca. Ella abrió un momento los ojos y observó cómo me la cascaba con la mirada perdida. El Alber seguía mirándome fijamente a la cara hasta que cerró fuerte los párpados y ahogó una exclamación; se había corrido, y yo tuve que parar un segundo para tomar aire. Todo se quedó quieto, con el Alber respirando fuerte y la italiana tendida, inerte, como muerta. Entonces él la agarró del hombro y la cadera y la giró en un movimiento diestro como una maniobra de salvamento. Todavía tenía bajadas las bragas del bikini.

No hizo falta mucho más. Un toque de barbilla del Alber, un levísimo alzar de cadera de la italiana y, igual que antes había levitado mi mano, ahora mi polla se encaminaba hacia ella como teledirigida. Me corrí mucho antes de lo que habría querido y mucho después de lo que las circunstancias habrían hecho prever. Ni tan mal.

Y bueno, podría haber quedado así la historia, podría ser un mero relato sórdido y drogadicto de un trío o, más bien, de un sexo por turnos. Me habría quedado satisfecho después de correrme con la italiana, porque además creo que ella también se corrió, tocándose por delante con mano experta. Habría quedado satisfecho, ya te digo, y habría dormido como un bendito a pesar del Rubifén, mientras ella se acurrucaba entre los dos, con las estrellas sobre mi cabeza y pensando que era uno con el universo, si no fuera por él. Si no fuera por una media sonrisa que no acababa de entender muy bien. Si no fuera por sus ojos verdes, abiertos frente a mí mucho rato después de que Francesca se hubiera dormido.

8 comentarios:

  1. Por dios!!!esto tiene que seguir!! Aunque no se si es perfecto porque no sabes que pasa o porque la historia es genial y tu forma de contarla mas aun!!!
    Un 10!

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    1. Jajaj gracias! Creo que es una historia muy, muy mejorable. Creo que admite mucho trabajo, quizá más extensión y definir mejor a los personajes. Pero seguramente el final se quedaría donde está; no creo que añadiera mucho más después de esa escena. Gracias por los piropos, anyway. Un besote.

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  2. Uf, too much para estas horas de la mañana, cachondita perdida, jajaj
    María

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    1. Jijiji ya lo siento, ¿eh? Que está la cosa mu mala :P Un beso.

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  3. Hasta el segundo párrafo pensaba que hablabas en primera persona!

    :*

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    1. ¿En serio? Eso es porque una vez dije que quería ser un tío, ¿no? Y sí que querría, que conste. Ser un tío guapo y moreno con los abdominales marcados. Me iría mucho mejor en la vida.

      Un besito.

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  4. Siempre que veo que has escrito ficción me da un poco de pereza ponerme a leer, pero al final termino encantada :)

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    1. Te entiendo. A mí también me pasa cuando leo relatos ajenos. Cuesta mucho más hacer el esfuerzo de enterarse de qué va la historia. Pero me alegro de que superes la pereza y te guste lo que lees. Un beso grande.

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