viernes, 28 de diciembre de 2012
Café
- No quiero que me dé el sol - te explico, cambiándome de silla, mientras me miras guiñando los ojos por la luz -. Estoy tomándome otra vez el Roacután.
- Pero ¿por qué? Si tienes la carita muy bien.
- La cara no está mal, pero mira el cuello - y levanto la barbilla con cara de resignación.
- Ya... me he dado cuenta de que esa zona la tienes regular - extiendes la mano y me pasas los dedos por la piel hinchada. Después me rodeas la cara con las palmas y sonríes -. A veces me acuerdo de cuando te ponías la mascarilla aquella para el acné y sólo se te veían los ojitos. Parecías un mapache. Estabas preciosa.
- Estaba preciosa precisamente porque sólo se me veían los ojitos.
- Da igual. Era un momento bonito, era nuestro momento de irnos a dormir, y a mí me gustaba.
Te miro, sonrío y te doy un abrazo.
- ¿Sabes? - me dices, con la voz medio enterrada en mi abrigo -. Echo de menos querer a alguien como te quise a ti.
No importa en absoluto que me digas esto, ni tampoco que yo te conteste que a mí también me pasa. Da igual, no duele y no cambia nada. Hace sol, es un día precioso y a mí me hace bien verte; me hace bien que te saltes las partes dolidas y feas de mí y llegues directamente a lo bonito.
Echarte de menos es uno de mis mejores defectos.
viernes, 14 de diciembre de 2012
Roacután strikes again
El Roacután, para quien no lo sepa, es el nombre comercial del medicamento más poderoso que existe contra el Acné del Averno. Es un medicamento que ya he tomado varias veces, así que sé lo que va a pasar. En tres meses tendré la piel normal. En seis, pareceré una princesa. Después aguantaré un periodo variable más o menos bien y después estaré otra vez como al principio. Por el camino quizá me salgan eczemas, se me secarán los labios y me dolerán las articulaciones; todo para tener, como mucho, un año de paz.
Pero será Un Año de Paz y, francamente, necesito un respiro. Necesito ese año para poder pensar en otra cosa. Ya lo dije hace unos días: yo lo tengo todo menos alguien que se ocupe de hacerme favores. Y no está mal, porque yo me puedo ocupar bastante bien de mí. De forma precaria a veces, lo admito: cada vez pongo programas más cortos en la lavadora, y desde que el Zulo Autolimpiable se limpia solo, ni recuerdo la forma que tenía el estropajo del baño. Pero sé cuidarme. Aun así, a veces necesito de verdad que alguien se haga cargo y me diga: tú a lo tuyo, pequeña, que de esto me ocupo yo.
El Roacután va a hacer eso por mi cara durante un tiempo, y yo se lo agradezco.
Estoy luchando mucho en esto, y vosotros lo sabéis, pero he llegado a un punto muerto. Necesito sentirme normal un tiempecito, unos meses. No tener que hacer el esfuerzo de aceptar, o ignorar, o llámalo X, el extraño fenómeno que ataca mi cara, ni pensar posibles causas, ni cambiar de dieta cada mes. Es muy doloroso, es muy cansado y me merezco un respiro. Después veré cuál será la siguiente fase del plan. Quizá reúna valor para experimentar otra vez con la comida. Quizá me resigne a tomar anticonceptivos toda la vida; si, total, no creo que engañe a nadie para que se reproduzca conmigo. Mientras tanto, quiero pasarme un añito con mi cara como aliada en vez de como enemiga.
Estoy mucho más aliviada que avergonzada por esta decisión, de verdad. Estoy francamente contenta. Lo mío es un caso verdadero de antianorexia, porque yo me siento guapa por dentro, y cuando la piel se me rebela, me entran ganas de arrancármela con las uñas. Así que voy a dejar que alguien se encargue de que la piel de fuera enseñe la belleza que yo siento por dentro. Voy a disfrutar del proceso. Después ya se verá.
PD: Abro de nuevo los comentarios y retorno a mi política de contestarlos todos. Disculpad que me haya dejado ir un poco esta última semana.
domingo, 21 de octubre de 2012
jueves, 4 de octubre de 2012
Gordos, soledad y novedades sobre el Acné del Averno
La cirugía bariátrica, o reducción de estómago, consiste en que después de haber intentado perder peso un montón de tiempo con un montón de dietas bienintencionadas, sin que nadie te ayude a descubrir qué se esconde detrás de ese hambre que te devora, aterrada de vergüenza y de culpa, hundida porque te parece que el mundo no va a entender ni a aceptar nunca a nadie como tú... decides que lo único que puede hacerse contigo es abrirte en canal y cerrarte el estómago. Anular una parte de estómago y otra de intestino, disminuir tu hambre, limitar la absorción de nutrientes y obligarte por cojones a comer como es debido.
La gente adelgaza, ya lo creo que sí. También se desnutre con frecuencia preocupante, tiene diarreas, vomita, desarrolla problemas de imagen corporal, continúa teniéndole miedo a la comida y a su propio apetito. En mi opinión personal, la cirugía bariátrica es un puto drama. Y lo es porque, en realidad, es cierto que ahora mismo es la medida más efectiva contra la obesidad, y es cierto también que la obesidad en sí es un desastre. Para la imagen, la autoestima y la salud. Recordemos que no estamos hablando de personas con unos kilitos de más, sino de hombres y mujeres con ciento veinte, ciento cincuenta, doscientos kilos.
A mí me gustaría evitar aunque fuera una. Como Dios en Sodoma y Gomorra. Sacar a alguien de esa carnicería. Yo estoy convencida de que la relación con la comida es un noventa por ciento coco y un diez por ciento metabolismo, problemas de salud, genética o llámalo X. Hablas con las pacientes y todas te cuentan lo mismo: la ansiedad, la culpa, la vergüenza. Comer por aburrimiento, por impulso, porque "total, qué más me da". El horror de imaginarse una vida a dieta, las miradas de la gente por la calle y los niños que le dicen a la madre "mira, mami, mira ésa qué gorda". Por el amor de Dios: si incluso el MIR que ha entrado hoy a la consulta con la endocrinóloga ha dicho, literalmente, "qué asco de gordos".
Me generan mucha compasión. Igual que yo con mi AA (que, por cierto, creo que ha vuelto; más detalles en unos párrafos), los gordos se ven obligados a llevar su sufrimiento delante de la gente. Han tenido la desgracia de encontrar para consolarse algo que deja huella. Los demás pueden imaginar la cantidad de donuts, galletas y helados que se han comido y no deberían haber comido. Pueden apuntarles con el dedo y decir: "si tan sólo pusieras un poquito más de tu parte".
Como decía, creo que el AA ha vuelto. No puedo decir que me sorprenda, ni tampoco que no me importe. Creo que es el típico rebrote de otoño, combinado con los altos niveles de estrés que tuve que aguantar este verano, combinado con algún tipo de efecto secundario psicosomático de mis complejos y angustias. Así que estoy otra vez liada con lo mismo: que si mis dietas, mis ejercicios, mi relajación, mi paleofrikismo... mis cuatro cosas de sufridora cutánea. Y bueno, el lunes pasado pedí cita para mi médico de cabecera con un plan: pedir una derivación al dermatólogo y, posteriormente, arrastrarme sobre mis rodillas todo lo que hiciera falta para conseguir una receta de Roacután. Verídico. Era algo como "por el amor de Dios, se me está pasando la vida con esta puta enfermedad de los huevos". No podía más. Sencillamente, no podía más: no podía sola.
Puedo entender a los pacientes que se quieren reducir el estómago. Si yo me pudiera trasplantar entera la piel de la cara, lo haría. El problema es que no puedo, y que el Roacután, de hecho, es un tratamiento muy agresivo con muchos efectos secundarios, que te fríe el hígado, te daña las articulaciones, te reseca las mucosas y es tan perjudicial para un posible embarazo que te obligan a firmar un documento asegurando que vas a tomar la píldora. Y si yo realmente fuera al dermatólogo y le llorara por una receta de Roacután, sería un poco bastante hipócrita: dejándome la salud por el camino para tener una cara bonita durante un tiempo variable (porque el AA es como el mar: siempre vuelve).
Así que bueno, es una mierda esto de tener que llevar el propio dolor a la vista de todos. De verdad, es un ascazo. La pérdida de control, la vergüenza, el picor, el miedo. Leí hace poco la experiencia de otra chica con acné que utilizaba la expresión "inflicting my face on people". Algo como infligir mi cara a la gente. Es exactamente así como me siento en los días malos, y es (insisto) un sentimiento de mierda. Aun así, no os creáis; no lo llevo ni la mitad de mal que otras veces. Ando aquí experimentando con la enésima dieta superrestrictiva, durmiendo un montón y procurando tomarme la historia con calma. Ya se curará (o no).
Creo que ya lo conté, pero una de mis líneas de investigación sobre el AA fue la lectura de un libro sobre enfermedades psicosomáticas de la piel llamado Skin Deep. En él hablaba de que los problemas de piel cumplen una función en la vida de la persona, y tenías que buscar cuál era la que pensabas que se identificaba más contigo. Yo elegí dos. La primera era "your skin is playing sexual policeman", es decir: hacer de policía sexual. Creedme que es mucho más fácil pensar que la gente no te quiere por tu piel horrible que porque no les gusta cómo eres. Cuando me siento mal por el AA, ni siquiera me planteo intentar mínimamente ligar con alguien. No miro a los tíos a la cara.
La segunda era "your skin is telling the world you're not perfect". Tu piel le dice al mundo que no eres perfecta. Hay que joderse, pienso yo. ¡Claro que no soy perfecta! Claro que sufro. Sufro porque a veces me siento sola y tengo miedo del futuro, y a veces me da miedo la muerte, o que se me pase la vida, o que nadie más vuelva a abrazarme NUNCA, y la pobreza, y tener que volver a la casa familiar. Me da miedo la enfermedad mental, que toda la gente a la que quiero algún día se alejará o morirá. Me da miedo quedarme sola mientras todo el mundo forma hermosas familias felices, me da mucho, mucho miedo pasarme la vida probando dietas y milagros para librarme de esta puñetera lacra, pendiente de cómo me sientan las cosas, sin ser capaz de salir, tomarme una cerveza y un trozo de pizza, acostarme tarde y dormir poco.
Hoy es uno de esos días en los que me pregunto de qué coño va esto de la radical sinceridad bloguera, y qué clase de placer perverso encuentro en contaros mi vida. No lo sé. Algunas personas lo hacemos. Pienso en Geneen Roth, una autora que escribe precisamente sobre problemas de alimentación y que habla de su vida, sus desamores, sus problemas familiares y sus sentimientos con una crudeza impactante. Algunos lo hacemos. Pienso en cómo me siento cuando la leo y en qué misterioso mecanismo hace que saber que otras personas también pelean dificultosamente para salir adelante te haga sentir mejor.
Al final, lo malo de la gordura, del acné, de la diabetes, de otros mil problemas, otras mil historias de salud, es que nos aíslan. Me hablaba hoy una paciente de cuando le pusieron a dieta siendo niña y de cómo veía a las demás desayunar mientras ella sólo podía tragarse una pastillita verde con un vaso de agua. Dice que cree que lleva desde entonces intentando alimentar la privación de esa niña. Igual que ella quería sentarse a desayunar con las demás, yo a veces sólo quiero poder pedirme un mollete con aceite y un café con leche, y no preocuparme del gluten, del cortisol y la cafeína, de las proteínas y hormonas de la leche, de la inflamación, la hipoglucemia y todas esas mierdas.
Lo malo del AA es el aislamiento. Así que digo yo que esa es la respuesta: por eso lo escribo.
Pero supongo que al final todos estamos solos.
viernes, 25 de mayo de 2012
La piel sin miedo
En mis malos momentos de Acné del Averno, es decir: a lo largo del último año y pico, tenía clasificados en mi mente todos los espejos y sus correspondientes iluminaciones en función de lo benevolentes que eran con mi piel. A saber: el de mi baño era bueno (luz suave indirecta). El del dormitorio dependía de la luz, porque cuando daba el sol por la izquierda había brillar las marcas de mi mejilla como cráteres volcánicos. El del roco me hacía guapa. El de la Unidad, con un sol brillante y crudo entrando por la ventana, era el Maligno. Los retrovisores de los coches igual: la luz natural no me sentaba nada bien.
Ayer leía el post de Silvia sobre sus manos doloridas. Qué puta mierda los problemas de piel. Y eso que yo habría firmado por sufrir en las manos todo lo que he sufrido en la cara y, aun así, entiendo que debe de ser horrible. Si es verdad que existe cierto simbolismo psicosomático en el lugar que elige la enfermedad para manifestarse, las manos tienen que ver con lo que haces y con la manera en que afectas a los demás. Con tus manos tocas, acaricias, arañas, fabricas, cuidas, dañas. La cara es la forma en la que te ven los demás. Es pasiva, no depende de ti y, al mismo tiempo, es el escaparate por el que los otros te juzgan.
Yo no tengo claro que el AA se haya ido para siempre. Quiero creer que sí, pero si de repente me empezaran a dar brotes mortíferos, no me sorprendería. Ahora mismo vivo en la precariedad. Y, aun así, estoy contenta. No porque me vea superguapa, es más: ahora me paso el día descubriéndome arrugas, manchas y pecas, y pienso en cosas como que mi piel está apagada, o en el tamaño de mis poros, o en que debería dormir más para que no se me descolgaran las mejillas. Y, al mismo tiempo, me mola. Me gusta esta nueva cara mía aunque sea un poco de superadulta y aunque no sea capaz de disimular las arrugas Nosferatu de debajo de los ojos, por mucho contorno de ojos marca Mercadona que me eche.
Una vez escribí sobre el AA algo como: quiero que mi piel deje de tener miedo, y alguien, no sé si Ciudadano, me comentó que era lo más verdadero que me habia escuchado decir sobre el tema. No sé si era psicosomático y si he superado alguna barrera mental para curarme. Lo que sí sé es que el AA se parece al miedo en que cuando está presente no te deja ver nada más. Por eso yo iba apartando la cara de los espejos del mundo, avergonzada; por eso en cuanto entraba al baño de la Unidad cerraba los postigos de la ventana para que no entrara la claridad, como una especie de Drácula. Porque no era capaz de ver otra cosa. A veces me obligaba: me miraba a los ojos y me sonreía, porque me daba pena no poder ver yo misma mi mirada y mi sonrisa detrás de la Enfermedad del Mal. Ahora se ha ido el miedo y puedo ver los matices. Descubro la expresividad de una cara que ya no tiene vergüenza de ser como es, y eso me gusta mucho.
¿Sabéis qué regalo de cumpleaños me he hecho este año? un espejo de forja de cuerpo entero. En mi cuarto nuevo no había espejo y estaba harta de usar la webcam para ver cómo me quedaba la ropa. Encontré uno muy bonito en un chino de la Viña y allá que me fui en el primer día de calor del verano, acarreando las dos partes de hierro por la calle después de decirle al dependiente algo como "no se preocupe usted por el peso, si yo estoy to fuerte". Es mucha tela autorregalarse un espejo después de haber vivido meses dándome la vuelta al entrar en el ascensor para no verme reflejada bajo las luces halógenas. Es casi como desafiar al futuro.
El resumen de todo esto es que el miedo es el Mal, y que aunque no tenga muy claro que el AA se haya ido para siempre, disfruto de la momentánea ausencia de miedo de mi piel. De todos los matices que hay debajo. Sigo con mi oración particular, aunque sea atea: Señor, que pueda vivir sin miedo, que mis actos no se guíen por el miedo; que me equivoque, sí, pero que no sea por tenerle miedo a nada. Tengo las mejillas llenas de cicatrices que me enseñan que el miedo no conduce a nada útil. Porque otra cosa que me ha enseñado el AA es que uno puede enfrentarse a todo, puede vivirlo todo: a lo mejor necesita dosificarse o aguantar las oleadas intermitentes del dolor, pero ese miedo no le mata.
Buenas noches, lectores. Me voy a exfoliarme la carita, a ponerme crema hidratante y a intentar dormir al menos siete horas, para verme radiante y preciosa mañana viernes por la mañana en el espejo retrovisor de mi furgo nueva.
lunes, 26 de marzo de 2012
Actualización: ¿el fin del Acné del Averno?

lunes, 30 de enero de 2012
La luz y el túnel
lunes, 9 de enero de 2012
Sacarse partido. O algo.
lunes, 14 de noviembre de 2011
De la manera desproporcionada y absurda en que el Acné del Averno sigue afectando a mi vida
jueves, 13 de octubre de 2011
Para Tatiana y su hija
lunes, 3 de octubre de 2011
La piel que habito (Almodóvar, no me denuncies, porfa)
lunes, 18 de julio de 2011
6. La inutilidad laboral
domingo, 3 de julio de 2011
Hoy toca hablar de nuestro colega el Acné del Averno -- TMC22
lunes, 27 de junio de 2011
Contacto -- TMC16
miércoles, 16 de marzo de 2011
Historias y piel
Esta mañana estaba yo fantaseando con que se quemaba el equipo y no tenía que ir a trabajar, y podía quedarme toda la mañana leyendo en un banco del parque. Por las mañanas nunca me apetece ir a trabajar. Luego es verdad que va pasando el tiempo y me voy sintiendo más cómoda. Me gusta mi trabajo y me gusta trabajar, esa sensación de ser competente en algo, de tener algo que ofrecer y que te paguen por ello.
A veces me miro y no me reconozco, cuando hablo con seriedad sobre los síntomas y la ideación autolítica, cuando salgo a la sala de espera a llamar a un paciente, cuando hablo por teléfono con un orientador escolar para ver cómo le va en clase a un niño. Me veo actuando en el mundo real y teniendo una influencia real en la vida de la gente y esa sensación me gusta. Siempre pienso que me gustaría que alguien conocido me viera, que se asombrarían al ver cómo cruzo el equipo con mis botas de tacón y mis carpetas bajo el brazo, cómo hablo con los psiquiatras y las enfermeras y las auxiliares, y paso test y hago llamadas y ofrezco paquetes de clínex.
También me gusta el factor historias. Para una adicta a las historias como yo, mi trabajo es algo así como el paraíso. Cuando daba talleres de escritura en Granada intentaba explicar que los humanos somos contadores de historias por naturaleza, y que sólo cuando nos proponemos pasarlas al papel nos bloqueamos y pensamos que no servimos. Pero la historia es la unidad básica de comunicación humana: lo que te pasó ayer con tu jefe o hace diez años con tu madre, las dos son historias.
Los pacientes me cuentan las suyas, unos con más gracia que otros, y a veces te atrapan con detalles que parecen sacados de una novela. Hoy a última hora me explicaba un paciente que conoció al que ahora es su padrino cuando tenía siete años, porque se quedó fascinado frente a una caja de yogures que había en la puerta de su casa. “Por aquel entonces en mi casa no comíamos yogures”, me explica, y yo me quedo atrapada en esa imagen, en el niño de siete años parado de pie frente a la puerta del vecino, anonadado porque nunca había visto tantos yogures juntos.
El mismo chico tiene una enfermedad de la piel, neurodermitis. Ya os he contado que chequeo las pieles de la gente que me rodea, y en este chico ha sido lo primero en lo que me he fijado. Es rubio, de ojos claros, y tiene la piel de la cara irritada y roja, con cercos alrededor de los ojos donde se le marcan arrugas resecas. Pero no es desagradable, o quizá a mí no me lo parece porque soy la reina de la solidaridad cutánea. Transmite fragilidad y ternura, necesidad de ser protegido.
Las pieles hablan, y los problemas de piel son un mundo aparte de personas unidas por una sensación común de vergüenza y desesperación. Da más vergüenza tener acné que tener una úlcera, como si tuvieras más la culpa, como si no te lavaras. La piel deteriorada se relaciona con la falta de higiene y con el descuido. A mi paciente de hoy daban ganas de tocarle con suavidad la cara escamosa y enrojecida y decirle que no pasa nada, que es igualmente hermoso, que no se preocupe. Pero me tratarían de chiflada si fuera haciendo ese tipo de cosas con mis pacientes.
Al terminar la entrevista no sé si preguntarle o no por el problema de piel, y pienso que está ahí y que es parte de él y de su sufrimiento, y que si le pregunto con respeto no se va a molestar. Así que saco el tema, y me explica que tiene que ver con la contaminación atmosférica y que le pica y le molesta mucho. Pobre. El picor es casi peor que el aspecto físico, porque te recuerda a cada rato que el problema está ahí y que los demás pueden verlo. No ser capaz de esconder tu dolor es otro aspecto desgarrador de los problemas de piel: mientras los demás son capaces de ir por ahí fingiendo que son felices, tú tienes que dejar ver a todo el mundo cuánto sufres.
Le sonrío y le digo que siento mucho que tenga que pasar por eso.
Después, de camino a mi casa, voy pensando en mi paciente sintiéndome conmovida. Pienso que a veces es como si partes de mí misma se sentaran delante del escritorio. Como si todo esto de ver pacientes no fuera más que un gran juego de espejos. Hablo con miedos que yo también tengo y animo cualidades que no veo en mí o consuelo penas que también comparto.
Hoy hablaba con la parte de mí con problemas de piel e intentaba sanarla. Últimamente veo más a menudo la belleza en mí a pesar del acné. Me acuerdo de mi amigo A. cuando me dijo: “yo cuando te miro nunca veo tu acné”, y juro por Dios que es lo más bonito que me han dicho en mi vida. Últimamente me veo guapa en el espejo como he sido capaz de ver a mi paciente de la neurodermitis, aunque otras veces me saque de quicio. En realidad el sufrimiento del acné, para mí, tiene más que ver con la falta de control que con el auténtico deterioro físico. Cosas que salen en tu cara sin importar lo que hagas tú para intentar evitarlo.
Aun así, hoy le hablo a la parte de mí que sufre por su piel. Siento que tengas que estar pasando por esto, le digo. Pero eres guapa a pesar de todo.
sábado, 4 de diciembre de 2010
Marina, 1...
domingo, 31 de octubre de 2010
Actualización: piel
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