massobreloslunes: Acné del Averno
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viernes, 28 de diciembre de 2012

Café


- No quiero que me dé el sol - te explico, cambiándome de silla, mientras me miras guiñando los ojos por la luz -. Estoy tomándome otra vez el Roacután.
- Pero ¿por qué? Si tienes la carita muy bien.
- La cara no está mal, pero mira el cuello - y levanto la barbilla con cara de resignación.
- Ya... me he dado cuenta de que esa zona la tienes regular - extiendes la mano y me pasas los dedos por la piel hinchada.  Después me rodeas la cara con las palmas y sonríes -. A veces me acuerdo de cuando te ponías la mascarilla aquella para el acné y sólo se te veían los ojitos. Parecías un mapache. Estabas preciosa.
- Estaba preciosa precisamente porque sólo se me veían los ojitos.
- Da igual. Era un momento bonito, era nuestro momento de irnos a dormir, y a mí me gustaba.

 Te miro, sonrío y te doy un abrazo.
- ¿Sabes? - me dices, con la voz medio enterrada en mi abrigo -. Echo de menos querer a alguien como te quise a ti.

No importa en absoluto que me digas esto, ni tampoco que yo te conteste que a mí también me pasa. Da igual, no duele y no cambia nada. Hace sol, es un día precioso y a mí me hace bien verte; me hace bien que te saltes las partes dolidas y feas de mí y llegues directamente a lo bonito.

Echarte de menos es uno de mis mejores defectos.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Roacután strikes again

Ayer por la noche, justo antes de meterme en la cama y después de darle muchas vueltas, tomé una decisión. La decisión la habían dictado dos grandes quistes dolorosos en la base de mi cuello. Lo de tener Acné del Averno en la cara lo voy asumiendo, pero el cuello lo llevo peor. No sé por qué. Supongo que porque hasta este último brote, el cuello nunca había sido un problema. Lo tenía bonito: blanco, delgado y con mi estupendo cerebro sostenido encima. Ayer me palpaba la piel dolorida y pensé que se acabó. Que no puedo más. Así que la decisión se llama que esta niña de aquí se roacutanizará otra vez a partir del miércoles que viene. Viva y bravo.

El Roacután, para quien no lo sepa, es el nombre comercial del medicamento más poderoso que existe contra el Acné del Averno. Es un medicamento que ya he tomado varias veces, así que sé lo que va a pasar. En tres meses tendré la piel normal. En seis, pareceré una princesa. Después aguantaré un periodo variable más o menos bien y después estaré otra vez como al principio. Por el camino quizá me salgan eczemas, se me secarán los labios y me dolerán las articulaciones; todo para tener, como mucho, un año de paz.

Pero será Un Año de Paz y, francamente, necesito un respiro. Necesito ese año para poder pensar en otra cosa. Ya lo dije hace unos días: yo lo tengo todo menos alguien que se ocupe de hacerme favores. Y no está mal, porque yo me puedo ocupar bastante bien de mí. De forma precaria a veces, lo admito: cada vez pongo programas más cortos en la lavadora, y desde que el Zulo Autolimpiable se limpia solo, ni recuerdo la forma que tenía el estropajo del baño. Pero sé cuidarme. Aun así, a veces necesito de verdad que alguien se haga cargo y me diga: tú a lo tuyo, pequeña, que de esto me ocupo yo.

El Roacután va a hacer eso por mi cara durante un tiempo, y yo se lo agradezco.

Estoy luchando mucho en esto, y vosotros lo sabéis, pero he llegado a un punto muerto. Necesito sentirme normal un tiempecito, unos meses. No tener que hacer el esfuerzo de aceptar, o ignorar, o llámalo X, el extraño fenómeno que ataca mi cara, ni pensar posibles causas, ni cambiar de dieta cada mes. Es muy doloroso, es muy cansado y me merezco un respiro. Después veré cuál será la siguiente fase del plan. Quizá reúna valor para experimentar otra vez con la comida. Quizá me resigne a tomar anticonceptivos toda la vida; si, total, no creo que engañe a nadie para que se reproduzca conmigo. Mientras tanto, quiero pasarme un añito con mi cara como aliada en vez de como enemiga.

Estoy mucho más aliviada que avergonzada por esta decisión, de verdad. Estoy francamente contenta. Lo mío es un caso verdadero de antianorexia, porque yo me siento guapa por dentro, y cuando la piel se me rebela, me entran ganas de arrancármela con las uñas. Así que voy a dejar que alguien se encargue de que la piel de fuera enseñe la belleza que yo siento por dentro. Voy a disfrutar del proceso. Después ya se verá.

PD: Abro de nuevo los comentarios y retorno a mi política de contestarlos todos. Disculpad que me haya dejado ir un poco esta última semana.

domingo, 21 de octubre de 2012

Queridos todos:

Después de quince años, creo que por fin he aceptado una cosa.

Tengo acné.

Sorpresa.

Esto es complicado de explicar. No es que antes no lo supiera. Claro que lo sabía, y vosotros sabéis que lo sabía. Pero no era capaz de aceptarlo o, más bien, no era capaz de vivir sin el consuelo hipotético de que en un momento dado el acné se iría y mi cara estaría bien. Mi presente era intolerable. La idea de "por qué tengo que ser precisamente yo y precisamente mi cara" me resultaba muy, muy desagradable.

El último ataque de acné ha sido un poco desmoralizante. Más que nada, porque ya llega un punto en que te hartas y te dices: por Dior, si tengo arrugas ya, esto es cansino. Paralizada por el pánico de seguir empeorando, hace un mes empecé la enésima dieta hiperrestrictiva de mi vida, compuesta de aproximadamente quince alimentos y para de contar. Estuve dos semanas cuidándome como un paleotemplo. Entonces me fui un día a escalar y en ese único día de autoconciencia y estrés por no comer nada no permitido, me atacó un brote del mal. Mientras volvía a casa en el coche sintiendo perfectamente todos y cada uno de los granos y quistes que brotaban nuevos en mi carita, tuve un insight:

Va a ser el estrés.

Y decidí que al carajo la dieta y que iba a hacer de manejar mi estrés y mi relación emocional con mi piel el núcleo central de mi lucha contra el AA. También decidí empezar a comer cosas normales y que simplemente contribuyeran a hacerme sentir bien en general. Y relajarme. Y dormir más. Y volver a maquillarme. Por último, algo hizo clic en mi cerebro y decidí que tenía por fin que empezar a identificarme con la chica con acné. Que mi cara no es lo que sería si el AA se fuera. Que yo soy esa, la de la piel de mierda, y que no es tan terrible; los que me rodean pueden aguantarlo. Cada uno tenemos nuestro tema y a mí me ha tocado esto, y tanta lucha no tiene mucho sentido.

A partir del día siguiente, empecé a hablar conmigo misma cada vez que me miraba al espejo. Parecía una absurda autoayudera conversando mi niño interior, pero me esforcé en sustituir la habitual inspección de "a ver con qué me sorprende hoy mi carteo" por un "eres preciosa, maravillosa y un ser humano estupendo, y te quiero". Decirse te quiero frente al espejo es de perdedora, yo lo sé, pero me sentaba extrañamente bien. Como a favor de mí misma después de mucho tiempo. Después me maquillaba y procuraba pensar en el AA lo mínimo posible.

Un par de días después de empezar con la autoterapia de "vamos a reconciliarnos de una puñetera vez con nuestro destino maligno", fui a ver a una paciente mía que está ingresada en el hospital. Es una chica estupenda, que sufre mucho pero que es muy fuerte. Cuando me vio entrar desde la cama, sonrió un poco sorprendida, y después lo primero que dijo fue "¡qué guapa!". Yo llevaba una camiseta roja, pantalones marrones anchos, pendientes de plata, el pelo suelto y la bata del hospital, y las palabras de mi paciente tuvieron un efecto de insight muy curioso. Pensé: la gente se da cuenta. No ya de mi autoterapia ni nada, sino de esa parte bonita de mí; al menos alguna gente en algunos contextos. Y esa es la gente que me interesa: la gente que me aprecia.

Llevo un par de semanas sintiéndome mortal de guapa, de verdad. Guapa entera y como concepto, y pelándomela mortal el AA. También creo últimamente que el AA cuida de mí, es decir: pensad en la cantidad de cosas buenas que hago por mi cuerpo gracias a él. Duermo más, procuro relajarme, me trato bien, como bien, hago deporte. El AA sabe lo que me conviene.

No sé muy bien si hoy he expresado lo que quería al escribir aquí, porque es muy difícil verbalizarlo sin que suene a chorrada new age. Pero es como que he descubierto realmente el tipo de belleza que quiero que la gente vea en mí y no tiene nada que ver con mi piel. Y esto parece tonto o ingenuo, y de hecho a ver cuánto me dura antes de que la desesperación me sacuda de nuevo, pero ahora mismo, en este preciso momento, es genial.

jueves, 4 de octubre de 2012

Gordos, soledad y novedades sobre el Acné del Averno

En esta vida hay muchas causas por las que luchar, así que elige una y lucha por ella. En mi caso, yo lucho por disminuir la cantidad de sufrimiento mental que tiene que aguantar la gente. Y ahora mismo, en concreto, mientras roto por Endocrino, soy una mujer en una misión, a saber: evitar la cirugía bariátrica.

La cirugía bariátrica, o reducción de estómago, consiste en que después de haber intentado perder peso un montón de tiempo con un montón de dietas bienintencionadas, sin que nadie te ayude a descubrir qué se esconde detrás de ese hambre que te devora, aterrada de vergüenza y de culpa, hundida porque te parece que el mundo no va a entender ni a aceptar nunca a nadie como tú... decides que lo único que puede hacerse contigo es abrirte en canal y cerrarte el estómago. Anular una parte de estómago y otra de intestino, disminuir tu hambre, limitar la absorción de nutrientes y obligarte por cojones a comer como es debido.

La gente adelgaza, ya lo creo que sí. También se desnutre con frecuencia preocupante, tiene diarreas, vomita, desarrolla problemas de imagen corporal, continúa teniéndole miedo a la comida y a su propio apetito. En mi opinión personal, la cirugía bariátrica es un puto drama. Y lo es porque, en realidad, es cierto que ahora mismo es la medida más efectiva contra la obesidad, y es cierto también que la obesidad en sí es un desastre. Para la imagen, la autoestima y la salud. Recordemos que no estamos hablando de personas con unos kilitos de más, sino de hombres y mujeres con ciento veinte, ciento cincuenta, doscientos kilos.

A mí me gustaría evitar aunque fuera una. Como Dios en Sodoma y Gomorra. Sacar a alguien de esa carnicería. Yo estoy convencida de que la relación con la comida es un noventa por ciento coco y un diez por ciento metabolismo, problemas de salud, genética o llámalo X. Hablas con las pacientes y todas te cuentan lo mismo: la ansiedad, la culpa, la vergüenza. Comer por aburrimiento, por impulso, porque "total, qué más me da". El horror de imaginarse una vida a dieta, las miradas de la gente por la calle y los niños que le dicen a la madre "mira, mami, mira ésa qué gorda". Por el amor de Dios: si incluso el MIR que ha entrado hoy a la consulta con la endocrinóloga ha dicho, literalmente, "qué asco de gordos".

Me generan mucha compasión. Igual que yo con mi AA (que, por cierto, creo que ha vuelto; más detalles en unos párrafos), los gordos se ven obligados a llevar su sufrimiento delante de la gente. Han tenido la desgracia de encontrar para consolarse algo que deja huella. Los demás pueden imaginar la cantidad de donuts, galletas y helados que se han comido y no deberían haber comido. Pueden apuntarles con el dedo y decir: "si tan sólo pusieras un poquito más de tu parte".

Como decía, creo que el AA ha vuelto. No puedo decir que me sorprenda, ni tampoco que no me importe. Creo que es el típico rebrote de otoño, combinado con los altos niveles de estrés que tuve que aguantar este verano, combinado con algún tipo de efecto secundario psicosomático de mis complejos y angustias. Así que estoy otra vez liada con lo mismo: que si mis dietas, mis ejercicios, mi relajación, mi paleofrikismo... mis cuatro cosas de sufridora cutánea. Y bueno, el lunes pasado pedí cita para mi médico de cabecera con un plan: pedir una derivación al dermatólogo y, posteriormente, arrastrarme sobre mis rodillas todo lo que hiciera falta para conseguir una receta de Roacután. Verídico. Era algo como "por el amor de Dios, se me está pasando la vida con esta puta enfermedad de los huevos". No podía más. Sencillamente, no podía más: no podía sola.

Puedo entender a los pacientes que se quieren reducir el estómago. Si yo me pudiera trasplantar entera la piel de la cara, lo haría. El problema es que no puedo, y que el Roacután, de hecho, es un tratamiento muy agresivo con muchos efectos secundarios, que te fríe el hígado, te daña las articulaciones, te reseca las mucosas y es tan perjudicial para un posible embarazo que te obligan a firmar un documento asegurando que vas a tomar la píldora. Y si yo realmente fuera al dermatólogo y le llorara por una receta de Roacután, sería un poco bastante hipócrita: dejándome la salud por el camino para tener una cara bonita durante un tiempo variable (porque el AA es como el mar: siempre vuelve).

Así que bueno, es una mierda esto de tener que llevar el propio dolor a la vista de todos. De verdad, es un ascazo. La pérdida de control, la vergüenza, el picor, el miedo. Leí hace poco la experiencia de otra chica con acné que utilizaba la expresión "inflicting my face on people". Algo como infligir mi cara a la gente. Es exactamente así como me siento en los días malos, y es (insisto) un sentimiento de mierda. Aun así, no os creáis; no lo llevo ni la mitad de mal que otras veces. Ando aquí experimentando con la enésima dieta superrestrictiva, durmiendo un montón y procurando tomarme la historia con calma. Ya se curará (o no).

Creo que ya lo conté, pero una de mis líneas de investigación sobre el AA fue la lectura de un libro sobre enfermedades psicosomáticas de la piel llamado Skin Deep. En él hablaba de que los problemas de piel cumplen una función en la vida de la persona, y tenías que buscar cuál era la que pensabas que se identificaba más contigo. Yo elegí dos. La primera era "your skin is playing sexual policeman", es decir: hacer de policía sexual. Creedme que es mucho más fácil pensar que la gente no te quiere por tu piel horrible que porque no les gusta cómo eres. Cuando me siento mal por el AA, ni siquiera me planteo intentar mínimamente ligar con alguien. No miro a los tíos a la cara.

La segunda era "your skin is telling the world you're not perfect". Tu piel le dice al mundo que no eres perfecta. Hay que joderse, pienso yo. ¡Claro que no soy perfecta! Claro que sufro. Sufro porque a veces me siento sola y tengo miedo del futuro, y a veces me da miedo la muerte, o que se me pase la vida, o que nadie más vuelva a abrazarme NUNCA, y la pobreza, y tener que volver a la casa familiar. Me da miedo la enfermedad mental, que toda la gente a la que quiero algún día se alejará o morirá. Me da miedo quedarme sola mientras todo el mundo forma hermosas familias felices, me da mucho, mucho miedo pasarme la vida probando dietas y milagros para librarme de esta puñetera lacra, pendiente de cómo me sientan las cosas, sin ser capaz de salir, tomarme una cerveza y un trozo de pizza, acostarme tarde y dormir poco.

Hoy es uno de esos días en los que me pregunto de qué coño va esto de la radical sinceridad bloguera, y qué clase de placer perverso encuentro en contaros mi vida. No lo sé. Algunas personas lo hacemos. Pienso en Geneen Roth, una autora que escribe precisamente sobre problemas de alimentación y que habla de su vida, sus desamores, sus problemas familiares y sus sentimientos con una crudeza impactante. Algunos lo hacemos. Pienso en cómo me siento cuando la leo y en qué misterioso mecanismo hace que saber que otras personas también pelean dificultosamente para salir adelante te haga sentir mejor.

Al final, lo malo de la gordura, del acné, de la diabetes, de otros mil problemas, otras mil historias de salud, es que nos aíslan. Me hablaba hoy una paciente de cuando le pusieron a dieta siendo niña y de cómo veía a las demás desayunar mientras ella sólo podía tragarse una pastillita verde con un vaso de agua. Dice que cree que lleva desde entonces intentando alimentar la privación de esa niña. Igual que ella quería sentarse a desayunar con las demás, yo a veces sólo quiero poder pedirme un mollete con aceite y un café con leche, y no preocuparme del gluten, del cortisol y la cafeína, de las proteínas y hormonas de la leche, de la inflamación, la hipoglucemia y todas esas mierdas.

Lo malo del AA es el aislamiento. Así que digo yo que esa es la respuesta: por eso lo escribo.

Pero supongo que al final todos estamos solos.

viernes, 25 de mayo de 2012

La piel sin miedo

Como la Dobloneta tiene los cristales de atrás tapados, el retrovisor de arriba no me sirve para nada, así que lo he colocado apuntando hacia mí para poder mirar de vez en cuando lo mona que voy mientras conduzco. Me observo de reojillo: las gafas de sol, el flequillo rubio rojizo, los labios pintados y pienso: qué pibón. Y al mismo tiempo reflexiono sobre la yo que conduce y que me parece como otra Marina distinta, que me suplanta todas las mañanas en la carretera de camino al hospital.

En mis malos momentos de Acné del Averno, es decir: a lo largo del último año y pico, tenía clasificados en mi mente todos los espejos y sus correspondientes iluminaciones en función de lo benevolentes que eran con mi piel. A saber: el de mi baño era bueno (luz suave indirecta). El del dormitorio dependía de la luz, porque cuando daba el sol por la izquierda había brillar las marcas de mi mejilla como cráteres volcánicos. El del roco me hacía guapa. El de la Unidad, con un sol brillante y crudo entrando por la ventana, era el Maligno. Los retrovisores de los coches igual: la luz natural no me sentaba nada bien.

Ayer leía el post de Silvia sobre sus manos doloridas. Qué puta mierda los problemas de piel. Y eso que yo habría firmado por sufrir en las manos todo lo que he sufrido en la cara y, aun así, entiendo que debe de ser horrible. Si es verdad que existe cierto simbolismo psicosomático en el lugar que elige la enfermedad para manifestarse, las manos tienen que ver con lo que haces y con la manera en que afectas a los demás. Con tus manos tocas, acaricias, arañas, fabricas, cuidas, dañas. La cara es la forma en la que te ven los demás. Es pasiva, no depende de ti y, al mismo tiempo, es el escaparate por el que los otros te juzgan.

Yo no tengo claro que el AA se haya ido para siempre. Quiero creer que sí, pero si de repente me empezaran a dar brotes mortíferos, no me sorprendería. Ahora mismo vivo en la precariedad. Y, aun así, estoy contenta. No porque me vea superguapa, es más: ahora me paso el día descubriéndome arrugas, manchas y pecas, y pienso en cosas como que mi piel está apagada, o en el tamaño de mis poros, o en que debería dormir más para que no se me descolgaran las mejillas. Y, al mismo tiempo, me mola. Me gusta esta nueva cara mía aunque sea un poco de superadulta y aunque no sea capaz de disimular las arrugas Nosferatu de debajo de los ojos, por mucho contorno de ojos marca Mercadona que me eche.

Una vez escribí sobre el AA algo como: quiero que mi piel deje de tener miedo, y alguien, no sé si Ciudadano, me comentó que era lo más verdadero que me habia escuchado decir sobre el tema. No sé si era psicosomático y si he superado alguna barrera mental para curarme. Lo que sí sé es que el AA se parece al miedo en que cuando está presente no te deja ver nada más. Por eso yo iba apartando la cara de los espejos del mundo, avergonzada; por eso en cuanto entraba al baño de la Unidad cerraba los postigos de la ventana para que no entrara la claridad, como una especie de Drácula. Porque no era capaz de ver otra cosa. A veces me obligaba: me miraba a los ojos y me sonreía, porque me daba pena no poder ver yo misma mi mirada y mi sonrisa detrás de la Enfermedad del Mal. Ahora se ha ido el miedo y puedo ver los matices. Descubro la expresividad de una cara que ya no tiene vergüenza de ser como es, y eso me gusta mucho.

¿Sabéis qué regalo de cumpleaños me he hecho este año? un espejo de forja de cuerpo entero. En mi cuarto nuevo no había espejo y estaba harta de usar la webcam para ver cómo me quedaba la ropa. Encontré uno muy bonito en un chino de la Viña y allá que me fui en el primer día de calor del verano, acarreando las dos partes de hierro por la calle después de decirle al dependiente algo como "no se preocupe usted por el peso, si yo estoy to fuerte". Es mucha tela autorregalarse un espejo después de haber vivido meses dándome la vuelta al entrar en el ascensor para no verme reflejada bajo las luces halógenas. Es casi como desafiar al futuro.

El resumen de todo esto es que el miedo es el Mal, y que aunque no tenga muy claro que el AA se haya ido para siempre, disfruto de la momentánea ausencia de miedo de mi piel. De todos los matices que hay debajo. Sigo con mi oración particular, aunque sea atea: Señor, que pueda vivir sin miedo, que mis actos no se guíen por el miedo; que me equivoque, sí, pero que no sea por tenerle miedo a nada. Tengo las mejillas llenas de cicatrices que me enseñan que el miedo no conduce a nada útil. Porque otra cosa que me ha enseñado el AA es que uno puede enfrentarse a todo, puede vivirlo todo: a lo mejor necesita dosificarse o aguantar las oleadas intermitentes del dolor, pero ese miedo no le mata.

Buenas noches, lectores. Me voy a exfoliarme la carita, a ponerme crema hidratante y a intentar dormir al menos siete horas, para verme radiante y preciosa mañana viernes por la mañana en el espejo retrovisor de mi furgo nueva.

lunes, 26 de marzo de 2012

Actualización: ¿el fin del Acné del Averno?

[NOTA: No sé qué cxxxnes le pasa a Blogger con el formato, pero la entrada sale rara. Mañana lo arreglo, que tengo sueño.]

Pues creo que ha llegado el momento de dejar de tener miedo al gafe y decirlo públicamente. Pero bajito.

Creo que me he curado.

Iba a colgar fotos, pero estoy esperando a que se borren las marcas y el antes-después sea aún más impresionante.

Estoy guapérrima.

¿Cómo lo he hecho? Pues la verdad es que no lo tengo del todo claro. Empecé a mejorar tomando omega 3 concentrado de alta calidad (que cuesta aproximadamente lo mismo que el líquido cefalorraquídeo de un unicornio primogénito). Después seguí mejorando cuando cambié de jabón y crema para la cara. Mejoré todavía más con una dieta hiperrestrictiva que lo quitaba básicamente TODO. No sé cuál de estas cosas surtió efecto; a lo mejor, como dice mi madre, simplemente ha llegado el momento de curarme. A lo mejor tanta dieta paleo, ejercicio, vida sana e intentos razonables por ser feliz han acabado por dar resultado. A lo mejor, siguiendo a los teóricos de la psicosomática, he resuelto algún tipo de conflicto interior y ya no necesito a mi acné.

El caso es que se ha ido.

No sé si va a durar para siempre. No sería la primera vez que vuelven los Brotes del Averno cuando creía que todo había terminado. Pero de momento disfruto de esta extraña libertad. Los que me leéis desde hace tiempo sabéis lo increíblemente duro que ha sido para mí todo este tiempo. Creo que ya lo he dicho. No tener acné no te hace automáticamente feliz, pero a mí personalmente tener acné me hace bastante infeliz casi todo el rato. Ahora que hago cosas como mirarme en todos los espejos sin evaluar previamente el tipo de luz, pintarme los ojitos sin que me perturbe estar tanto rato frente a mi propia imagen, acariciarme la cara a ratos como con sorpresa o hacerme fotos de cerca, me doy cuenta de hasta qué punto me dolía antes. Era una mierda, de verdad.

Lo más gracioso es que no sé si la gente se da cuenta. Algunas chicas me lo dicen. Los chicos me dicen que estoy más guapa, pero no sé si caen en la cuenta de por qué o simplemente no hacen referencia a la piel por educación. Todavía no se me caen los maromos rendidos a mis pies, pero dadme tiempo. Y creo que más importante que los demás es que me doy cuenta yo: estoy segura de que miro distinto y ando distinto.

El tema es que me siento orgullosa. ¿De qué, exactamente? Hace algún tiempo murió Michel Montignac, el autor de la dieta Montignac. Sabiendo lo que sé hoy de nutrición, la Montignac no es lo que se dice una dieta perfecta, pero fue pionera sacando a la luz muchos conceptos que hoy en día son básicos, como el índice glicémico o las grasas buenas. Pero, sobre todo, recuerdo algo que escribió Amanda sobre él cuando murió: que fue un hombre que tenía un problema (era gordo), se puso a investigar e hizo lo necesario para solucionarlo. Y que si toda la gente funcionara así, probablemente el mundo sería un lugar mejor.

Así que cuando me miro al espejo últimamente (y lo hago mucho; estoy desarrollando una especie de Síndrome de Narciso post Acné del Averno preocupante) lo que veo es un poco eso. Una persona capaz de solucionar sus problemas. Es duro decir esto, sobre todo porque yo me gano la vida intentando ayudar a la gente a arreglar los suyos, pero al final mi padre tiene razón, y la mano que nunca te falla está siempre al final de tu brazo. Y me vienen a la memoria las decenas de consultas con dermatólogos, naturistas y esteticienes; los miles de consejos bienintencionados; los cientos de pastillas y cremas y mascarillas y jabones y sus putos muertos. La de veces que he llorado este último año, no ya por verme fea, sino por verme SOLA; por sentir que nadie entendía lo que estaba haciendo, qué era eso de la paleodieta o por qué se alineaban todos esos suplementos encima de mi frigorífico.

Y bueno, aquí estoy. Guapa. Solucionada, por lo menos de momento. Y lo he hecho yo sola. Me preocupa la posibilidad de un nuevo brote. Hasta tengo pesadillas sobre el tema. Pero me preocupa menos que antes. ¿Por qué? Antes mejoraba por razones externas y los brotes llegaban como algo maligno y fuera de mi control. Como una plaga bíblica. Ahora no es que los controle porque, de hecho, ya os digo que no tengo claro qué he hecho para mejorar. Pero lo que tengo claro tal día como hoy es que en casi todos los problemas se pueden intentar soluciones nuevas. Siempre hay nuevas opciones, cambios, maneras de hacer las cosas. A veces el tema no es que no existan soluciones, sino que aún no somos lo suficientemente valientes o comprometidos como para ponerlas en práctica. Pero están ahí.

Silvia me escribió un post precioso donde hablaba de cosas muy bonitas, como mi ingenio, mi sabiduría o mi maravillosa vitalidad (cito textualmente). Habla de "esa persona que podríamos ser después de limpiarnos las costras de la superficie, los días, los abandonos, las adaptaciones cotidianas al miedo y la comodidad". Yo no sé si soy esa persona. Soy consciente de que me quedan muchos miedos, limitaciones y abandonos. Pero lo intento. Intento vivir lo mejor que puedo y hacerme cargo de mis problemas. Y si algo quiero transmitir aquí, además de que la vida es preciosa, y nuestro tiempo en ella es limitado, y debemos tirar adelante lo mejor que podemos... es que luchar siempre se puede. El AA ha sido para mí una gran batalla y aquí estoy: al otro lado. Así que luchad las vuestras, sean las que sean. Yo ya estoy preparándome para la siguiente.

Y va, no me puedo contener. Ésta soy yo tal día como hoy, en este momento en particular. La cam difumina, pero creo que se aprecia el efecto.



Os mando un besito porque me siento sexy.

Jejeje.

lunes, 30 de enero de 2012

La luz y el túnel

Tengo la cara bien nivel mirarme al espejo así, por gusto, y no para examinar preocupada el avance del Acné del Averno en mi rostro inocente. Puedo decir sin temor a equivocarme que estoy mejor que en el último año y medio, y que además sigo mejorando. Hu ha. No tenía claro hasta qué punto era bueno compartirlo aquí, porque cada vez que digo que voy mejorando me ataca un Brote Infernal. Pero después de que hoy un chaval me dijera en el hospital que soy "un bombón" y de pasarme la tarde mirándome encantada de la vida en los espejos del Mercadona bajo la luz infernal de los fluorescentes, he pensado: qué coño.

ESTOY GUAPÍSIMA. Verídico.

¿Qué he hecho para llegar hasta aquí? Pues bueno, llevo una dieta ridículamente restrictiva la mayoría del tiempo. He cambiado de jabón y de crema. Tomo montones de Omega 3 hipercaro, junto con otros suplementos que voy alternando en función de mis ganas y mi dinero. No tengo claro qué está funcionando de todo esto; quizá es todo junto, o quizá, como dice mi madre, ya tocaba.

Hace unos días, dando vueltas por la librería, vi un libro de Buckowski y me acerqué mucho a la foto de la contraportada para distinguir las cicatrices de su acné en las mejillas. Ya hace mucho que leí "La senda del perdedor", pero el relato del acné del protagonista todavía me persigue. Explica cómo estuvo un tiempo sometiéndose a unos tratamientos muy dolorosos donde una chica le extraía la pus de los granos con una aguja. Después le empapaba la cara de desinfectante y se la vendaba, y a él le encantaba ir por la calle con su cara vendada, sintiéndose protegido y misterioso mientras clavaba miradas lascivas en los ojos de las chicas con las que se cruzaba.

Años después me vi tumbada en una camilla una vez a la semana mientras una esteticién me hacía unas limpiezas faciales muy, muy agresivas. Recuerdo el local, que estaba en una rotonda perdida del Zaidín, y cómo la tipa me daba un masaje relajante antes de empezar mientras sonaba música clásica. La música continuaba toda la sesión, y al final yo parecía la protagonista traumatizada de La muerte y la Doncella. Dolía mucho, física y mentalmente, sobre todo porque no servía para nada. Mi piel en aquella época era indescriptible. Indisimulable. Me rascaba la cara y caía una lluvia de piel muerta sobre mi jersey y, por debajo de mi cara despellejada y reseca, el acné se reproducía cada vez más violento. Los que no habéis pasado por esto igual no lo entendéis del todo, pero hay momentos en que es como tener un puto alien poseyéndote.

Ahora siento que me han devuelto mi cara. Aún me queda para estar del todo bien, pero ya he llegado a un nivel aceptable. Puedo maquillarme. Puedo rascarme. No me pica y no me duele. No me tengo que subir de espaldas al ascensor para no mirarme en el espejo. No evito la peluquería ni los probadores. Miro a las caras de la gente con cierto orgullo difuso. Cualquier día empezaré a sentirme hasta sexy. La cara es mucho más que lo que tenemos encima de los hombros: es nuestra identidad, nuestra forma de comunicarnos con el mundo. Y, como leí una vez que había dicho la francesa aquella a la que le transplantaron la cara, sin cara no hay futuro posible.

Escribo esta entrada para actualizar el estado de mi AA y porque me pone contenta. También porque no sé muy bien qué es lo que está funcionando, pero sé que lo que la solución, en realidad, está en el proceso. Dicen que cuando el alumno está preparado, aparece el maestro; de la misma forma, creo que cuando el paciente está preparado, aparece la cura. Es una mezcla entre testarudez y sensibilidad, entre sentirse agotado y mantener la esperanza. Yo estoy muy, muy lista para curarme.

El sábado por la noche pasé un buen rato hablando con mi madre del estigma del trastorno mental. Al final me acordé de algo que Prado, la psicóloga de drogas con la que roté, le dijo un día a un alcohólico en rehabilitación: cada uno tiene sus limitaciones. Lo que equivale a decir que cada uno tiene su cruz. Yo no sé cuáles son vuestras batallas, pero estoy segura de que las tenéis.

Si al final resulta que sigo por buen camino y me curo de esta Enfermedad del Mal, será lo más meritorio que he hecho en mi vida sin ninguna duda. Que yo sé que no es un cáncer, ni soy como el tetrapéjico ese que consiguió volver a andar con el único poder de su fuerza de voluntad. Pero para mí es muy importante todo el recorrido: haber sido capaz de sobreponerme al dolor y luchar. Cuando después de sufrir las limpiezas aquellas durante meses y de dejarme un dineral indecente terminé peor que nunca y tomándome otra vez el Roacután, sentía que no había esperanza. Cuando, meses después de terminar la última tanda de Roacután, me di cuenta de que estaba volviendo a empeorar y me puse a llorar delante del espejo del baño, otra vez volví a creerme que no tenía arreglo. De la consulta de último dermatólogo también salí llorando, cuando me dijo algo como "a ti con esto todavía te queda". Y ahora aquí estoy. Guapísima, insisto, y mejorando. Con arreglo. Con esperanza.

Así que bueno, ya está, eso era lo que quería contaros hoy. Que más allá de la dieta concreta o el suplemento concreto que puede ayudar en la batalla de cada uno, lo importante es estar ahí. Las batallas se ganan en las trincheras. No os deis por vencidos en la vuestra. Merece la pena.

Termino con una fotito de mí misma que incluye la preciosa coronilla rubia de mi preciosa sobrina Tahira.


lunes, 9 de enero de 2012

Sacarse partido. O algo.

Me preguntan esto por formspring:

Marina, please, ¿por qué no hablas de la inseguridad y de cómo sacarse partido a una misma? Cómo gustarse más y cambiar. Necesito un cambio; puedo empezar un día, pero al siguiente soy yo otra vez (la yo fea). Thank u. Kisses

Es una pregunta que, así a priori, me deja un poco desconcertada. ¿Cómo sacarse partido a una misma? Pues no lo tengo claro. Yo lucho desde hace años contra una enfermedad cutánea desfigurante que está fuera de mi control. Esto quiere decir que la mayoría de los días me siento... no fea, no es la palabra, pero sí diferente. Como si compitiera en otra liga. He pasado mucho tiempo sin hacer ciertas cosas porque creía que con la cara así no merecía la pena. No me quería teñir de pelirroja ni hacerme un piercing en la nariz. Al final he hecho las dos cosas: en parte porque me apetecía, en parte porque estoy mejor del AA, en parte porque no puedes aplazar la vida siempre.

Lo que sí he aprendido es que sentirse o no guapa depende de muchas cosas. Con acné y todo, ha habido días en los que me he sentido mortal de atractiva y otros en los que entraba en el ascensor de espaldas para no verme en el espejo.

Una vez mi amiga Erika, que es una persona muy, muy especial, me dijo que ella ve a todo el mundo bello. No guapo, pero sí bello: como una belleza humana subyacente. Yo no entendía el concepto hasta que empecé a hacer fotos. Como soy gentéfila me interesaron desde el principio los retratos. Un chico que me molaba y que luego resultó ser un perturbado* me dijo que hacer retratos tenía que ver con darse cuenta de cómo era la persona y cómo quería ser, y después sacar lo mejor de ella. Si miro los retratos que me gustan, me doy cuenta de que lo que hace a la gente hermosa no son sólo los rasgos. Es lo que transmiten. Son las sonrisas: la mayoría de la gente está guapa cuando ríe. La luz en los ojos, la expresión.

De la misma forma, en la vida real la gente se nos vuelve bella por su capacidad de reírse a carcajadas, de comunicar, de conmover. Por cómo te hablan y lo que te dicen. Porque los quieres y porque sabes, o intuyes, que son fuertes y verdaderos. Al revés también pasa: en mi roco, por ejemplo, hay tíos que son como dioses griegos (la escalada es una maravilla para el físico masculino) y a los que, sin embargo, no tocaría ni con un palo.

Una vez leí que no tenemos nuestra cara o nuestro físico porque sí, sino porque con él proyectamos cierto tipo de energía. Puede parecer una chorrada, pero de alguna forma lo entiendo. Creo que el cuerpo y la mente están vinculados y que se influyen mutuamente. Que si yo fuera devastadoramente preciosa y tuviera piel de princesa actuaría de otra forma, incluso aunque el mismo cerebro estuviera dentro. También creo que el hecho de que a menudo los guapos se neuroticen tiene mucho que ver con eso: con que son guapos y no saben manejarlo.

Lo que quiero decir, que me hago un lío, es que busques tu belleza. Que unas de alguna forma lo de dentro con lo de fuera, porque es inseparable. No sientas a tu cuerpo como un enemigo o como algo ajeno: es parte de ti, y mostrará tu belleza interior porque no le queda otro remedio. Quien pase mucho tiempo contigo, lo verá. Y si tú eres capaz de sentir esa belleza tuya, de sentirla realmente, como la que te corresponde por ser humana, y estar viva, y ser linda y buscar desesperadamente ser buena y feliz... los demás lo notarán.

Me ha quedado la historia un poco confusa. A lo mejor te habría servido más un consejo del tipo de "saca partido a tus puntos fuertes y viste a rayas verticales", pero esto es lo mejor que puedo escribir al respecto.

Un abrazo.


*Descripción, por otra parte, aplicable a un porcentaje preocupante de los tíos que me han gustado últimamente.

lunes, 14 de noviembre de 2011

De la manera desproporcionada y absurda en que el Acné del Averno sigue afectando a mi vida

Piel piel piel piel piel. Cuatro letras, un mundo.

A lo mejor a veces os preguntáis cuál es la mejor manera de tratar a una persona con Acné del Averno u otra afección cutánea inocua y molesta. ¿Le digo algo? ¿No se lo digo? ¿Le doy consejos? ¿Asumo que sabe lo que es mejor para él/ella? Hoy, en lecciones de Marina sobre psicodermatología, os lo voy a explicar.

Que mi piel está loca es un hecho. Hace un par de semanas escribí que estaba mejorando espectacularmente. De repente, ha decidido volver a brotar. Y me pica. Firmaría porque siguiera igual de destruida pero NO ME PICARA, porque el acné es molesto, pero el picor es una puta tortura.

Total, que te levantas un día por la mañana, te miras al espejo y dices what the fuck. Si estoy haciendo lo mismo que ayer, antes de ayer y el otro día: por qué este brote repentino. A lo mejor es el maquillaje, que será mineral y su puta madre pero me está obstruyendo los poros. O que he dormido poco esta semana. O la escalada extrema, que me tiene que poner los niveles de cortisol por las nubes.

Como llevas más de la mitad de tu vida pensando en tu acné, y el último año intentando encontrarle una explicación lógica que ubique la solución dentro de tu área de control, pues ya estás un poco hartita, y en lugar de dramatizar y decirte "oh, por qué yo, mi vida carece de sentido y nunca podré casarme" etc etc, te encoges de hombros y piensas literalmente: estás jodidamente loca, piel de los cojones, y no te voy a hacer más caso porque ya no es que me aberres; es que me aburres. Te miras a los ojitos. Eres guapa, tía, lo eres. Si tuvieras una piel estupenda, y quizá un poco más de tetas, serías un pibón. Tienes una nariz muy bonita, las orejas pequeñas y una sonrisa que, como te dijo una vez alguien, te ilumina la cara. Tienes el pelo precioso y ojos de lista, y eso te gusta. El acné es... bueno, pues está ahí, pero de verdad que eres guapa, así que no te preocupes. Ponte falda y píntate las uñas. Sal al mundo.

Y entonces llegas al curro y te pones a charlar con tu supervisora. Que es genial, no te creas: es tan genial que la rotación merece la pena sólo por haber podido entrar a consulta con ella. Porque se vincula y quiere a sus pacientes. Porque habla de sí misma con ellos y tiene en cuenta los sentimientos que le despiertan. Porque sus ojazos azul grisáceo te fascinan todo el rato y porque tiene una colección de zapatos que flipas.

Y en un momento dado, esa supervisora, que ahora tiene arrugas porque ya es mayorcita pero que se ve que en su día debió de ser muy, muy guapa, te mira.
- Marina, lo he pensado algunas veces, pero nunca te he preguntado. ¿A ti qué te pasa en la cara?

Y entonces tú, que te crees que llevas mejor las cosas y que ya no tapas los espejos con pañuelos, la miras anonadada, y dos segundos justos después de su pregunta ya tienes ganas de llorar. Verídico. Las notas detrás de tus ojos y en tu garganta, y de repente el mundo, que por lo demás va bastante bien, a ti se te acaba de caer encima. Porque tu cabeza ahora no puede parar, y piensas "eso es lo que ve todo el mundo, eso es lo que piensan todos cuando me ven, la familia, los amigos, los tíos, DDM, mis compañeros, todos: a ti qué te pasa en la cara". Y la autocompasión llega y te inunda como si alguien la estuviera vertiendo por tu cabeza y llenando todo el espacio disponible que tienes en el cuerpo.
- Es acné - balbuceas, y te encoges de hombros.

Ojalá, piensas, ojalá fuera alguna enfermedad rara, más interesante, más digna. Un compañero tuyo tiene psoriasis, y tú le cambiarías ya tu cara de adolescente por sus placas rojizas en los codos, en las manos, hasta en el cuero cabelludo. La dependienta del supermercado tiene vitíligo, y aunque te encanten tus manos fuertes de escaladora firmarías por las suyas, veteadas de manchas blanquecinas, con tal de que esta puta enfermedad del Averno dejara tranquila tu cara de una puta vez.
- ¿Y has probado a ir al dermatólogo?

Respira, respira, Marina, respira, no dejes que te afecte, sólo es la piel de fuera, respira, cojones. No la mandes a la mierda. No le digas algo como "uy, qué idea, fíjate tú, no se me había ocurrido" y después escupas en su piel bronceada de arrugas interesantes.
- Sí, sí que he ido, pero no me lo han quitado.
- Uy, pero seguro que no has ido a mi dermatólogo, que a mí me está dejando estupenda de la muerte.

Quilla, en serio, vete a la mierda, piensas, y te apañas para mantener una conversación medio educada y explicarle por qué su dermatólogo te inspira la misma esperanza que la pulsera Power Balance, mientras tragas saliva, intentas deshacer tu nudo en la garganta y recuperar esa noción de ti misma como una persona bella, y esa noción del mundo como un conjunto de seres que no van por la vida pensando en cómo tienes tú la piel. Luego te disculpas y vas al baño, bebes agua, te miras despacio y casi de reojo los ojos tristes. Va, tía, va, tú puedes, va, lo vas a conseguir, Marina, algún día lo conseguirás, y si no lo consigues pues no importa, está la vida, está la gente, está tu curro y la meditación y la escritura y la escalada. Sólo es la piel de fuera.

Y durante todo ese día, la cara te pica el triple.

Y durante toda esa semana pedirías disculpas a la gente que tienes cerca por verse obligada a mirarte.

Conclusión: no digáis nada sobre la piel de la gente. Nunca. Sólo cosas bonitas, como "tienes la cara mejor", o incluso olvidad la cara y decid, simplemente, "me encantan tus pendientes". Fijaos en mis pendientes. Los elijo con primor por las mañanas. Fijaos en mi colonia o el mi gel de azahar, que huelen muy, muy bien. Fijaos en cualquiera de los veinticinco tonos de esmalte de uñas que voy alternando según mi estado de ánimo. Mi piel es problema mío. Dejadla tranquila.

jueves, 13 de octubre de 2011

Para Tatiana y su hija

He empezado a escribir un post para Tatiana y luego lo he borrado. ¿La razón? Que he comenzado a sentir una incomodidad extraña. No sólo por escribir sobre el Acné del Averno, que de por sí ya me resulta complicado, sino por escribir sobre el Acné del Averno y mi madre. Luego he dado un par de vueltas por la casa, me he lavado los dientes, me he mirado al espejo, he reflexionado y me he dicho: va, Marina, escríbelo. Luego ya decidirás si lo publicas, pero debes escribirlo y atravesar esa sensación de incomodidad.

No estoy segura de saber qué consejo dar a los padres cuyos hijos tienen problemas de salud. No tengo hijos, y por lo que me han dicho es una experiencia que no se parece a nada. Sí puedo contar en algo mi experiencia como hija con problemas de piel. También hay que tener en cuenta que no creo que sea igual tener una hija con acné que una hija con cáncer, pero bueno; es mi tema y es de lo que puedo hablar.

Ya he comentado que los problemas de piel son un tipo especial de problema. La piel es la barrera que te separa de los demás, y se pasa mal por ella en la medida en que se pasa mal por los otros. Nos daría igual tener acné si no hubiera nadie para verlo: es la reacción de los demás ante nuestra piel, o más bien la reacción que pensamos que tendrán los demás ante nuestra piel, lo que tememos de verdad.

Cuando, además de afrontar nuestro propio dolor, tenemos que afrontar el de las personas que nos quieren, se vuelve doblemente duro. En el caso de mi madre, ella me veía y me ve sufrir tanto por mi piel que tiene el mismo pánico que yo a que empeore. Lo ha pasado igual de mal que yo o peor con cada rebrote maligno. Llegamos a un punto en el que una de las cosas que más miedo me daba de empeorar era decírselo a mi madre. No quiero que esto se interprete como que ella ha actuado mal o ha tenido la culpa de nada, porque siempre me ha apoyado muchísimo en todo este tema, tanto emocional como económicamente. Pero sí es verdad que a veces su angustia me angustiaba.

Tatiana: por mucho que sufras por tu hija, no puedes sufrir tanto como ella. No le hará ningún bien. Es su piel y es su problema, es decir: no puedes apropiarte de él. Es bueno que trabaje el aspecto psicosomático del asunto: no sólo hasta qué punto puede influir lo psicológico en la enfermedad o sus manifestaciones, sino también la aceptación y la capacidad para convivir con ella. A ti te toca también trabajar esa aceptación. Si ella percibe tu pánico, el suyo crecerá. Necesita espacio para poder sentir su dolor y su miedo sin que a ti te aterre.

Cuando dejé la píldora, una de las cosas que más me importaba era que mi madre supiera que yo estaba bien. Se lo decía cada vez que hablábamos por teléfono: "Creo que va mejor, creo que está funcionando". Entonces me di cuenta de que mi piel empeoraba sospechosamente cada vez que iba a Málaga, y que era lo que más me preocupaba antes de ir allí. Necesitaba demostrarle a mi madre que estaba bien y que controlaba la situación, que había tomado la decisión correcta y que sabría salir de aquello. No deja de ser curioso cómo eso se puede extrapolar a más facetas de mi vida, no sólo a la piel.

Al final, una de las veces que fui a Málaga me senté con mi madre y le dije que necesitaba que no se preocupara por mí. Que a lo mejor mi cara empeoraba, pero que no era tan terrible y que la necesitaba tranquila para poder seguir buscando una solución. No sé exactamente cuáles fueron las palabras que utilicé, pero el mensaje era ése. Ella me dijo: "si yo sé que a ti no te preocupa, a mí no me preocupa". "A mí no me preocupa", dije yo, y ahí zanjamos el tema.

Me da la impresión de que desde entonces ha disminuido la importancia que mi madre le da a mi acné. El otro día hablábamos por teléfono y yo le dije que tenía la cara mucho mejor. "Yo creo que eso ya se te está quitando, Pitu", dijo ella, como si el acné fuera un problema común, corriente y transitorio en lugar de la Enfermedad Maligna y Temible con la que hemos luchado toda mi vida adulta. Quizá lo sea. Y después pasamos a otro tema y punto.

Los hijos tienen que luchar sus propias batallas y ya tienen bastante con su miedo. Eso no quiere decir que haya que trivializar su sufrimiento, pero tampoco hay que apropiárselo. No serás mejor madre por sufrir tanto como tu hija, así que no hagas que ella lleve también el peso de tu miedo sobre sus hombros. Es chungo tener problemas de piel, pero todos tenemos problemas. Tu hija se tendrá que enfrentar a muchos de ellos y tú no podrás protegerla. Su enfermedad será una manera de aprender y de crecer, y en ese proceso tú podrás estar con ella, pero no podrás ser ella.

Como tú muy bien has dicho, podría ser peor. Se puede vivir una vida feliz y hermosa con la piel chunga. Se puede amar y ser amado, ser puede una sentir guapa y estupenda y digna de aprecio. Tu hija es preciosa, seguro, y si tú puedes ver su belleza podrás ayudarle a que ella también la vea. La vida está llena de cosas hermosas, más allá de unas manchas o unos granos en la piel, y debemos ser agradecidos.

Espero de verdad que tu hija mejore y que las dos consigáis salir de ésta. No os deis por vencidas. Explorad distintos caminos, trabajad por una solución o por un alivio sin olvidaros de vivir el presente. Siento que tengáis que estar pasando por esto, pero seguro que saldréis fortalecidas. Y de verdad que os deseo lo mejor.

Os mando un abrazo grande, grande.

lunes, 3 de octubre de 2011

La piel que habito (Almodóvar, no me denuncies, porfa)

Hoy he ido a hacer la compra al Mercadona, lo que es una novedad desde que me pasé al Carrefour al llegar a Cádiz. Escuchar la musiquilla del Mercadona (Mercadooona, Mercadona) en vez de la del Carrefour (Pa, pa, pa, papapapá, parapá), no saber muy bien dónde se ubicaban los productos y comparar precios mentalmente me ha hecho sentir un poco desorientada.

He declarado este mes como el Octubre de la Austeridad, que después de vivir todo el verano como si no hubiera un mañana, o más bien como si lo hubiera y en él no tuviera que utilizar el dinero, me he dado cuenta de que ya está bien de autorrobarme. Parte de mi plan austero consiste en hacer cosas como comprar la carne congelada y comparar precios a ver si el Mercadona compensa. Mi conclusión es que no, que no compensa, porque lo que me ahorro en comida, que tampoco es tanto, me lo gasto en esmalte de uñas, que hoy me he comprado un naranja fluorescente horterísima de la vida para subirme la moral y me hago daño en los ojos cuando me miro los dedos.

Mis compras últimamente son la mar de tristes. Después de un año luchando con el Acné del Averno y su potencial relación con la dieta, estoy TAN cansada de pensar en comida que he llegado a un punto donde compro y cocino todas las semanas prácticamente lo mismo. Ahora mismo estoy siguiendo una versión sin lácteos de la perfect health diet, que es una dieta bastante molona porque te permite comer arroz, patatitas, boniatos y otros carbohidratos. Esto se agradece después de que en verano me pasara un mes en cetosis alimentándome básicamente de yemas de huevo. Así que ahora hago las compras sin pensar y procuro no mirar los largos estantes de productos prohibidos, que son casi todos. Al menos estoy contenta con los resultados. Tengo la impresión de que estoy viendo una luz al final del tunel cutáneo, aunque ya sé que he dicho esto un montón de veces y cada vez que abro mi bocaza mis poros me sorprenden con otro brote infernal.

Como ya he dicho, pronto hará justo un año desde que decidí dejar la píldora en particular y los remedios tradicionales en general. Desde aquellos tiempos infernales en que la regla me bajaba cada dos meses y parecía que me había lavado el pelo con tocino, la cosa ha mejorado bastante. Ya os he contado que no se trata tanto de lo que como o de con qué me lavo la cara, sino de que mi relación con mi piel y mi chip mental respecto al tema han cambiado mucho. Me hace gracia pensar cómo cuando empecé con esto de la cura natural me decía "si en un mes no se me ha quitado, vuelvo a la píldora". ¡Ja! Un mes, dice la tía. Por mucho que prometa Loren Cordain, uno de los primeros en proponer una solución dietética al acné, un mes no es nada en comparación con un organismo descolocado por años de yatrogenia.

Si tuviera que dar consejos ahora, echando la vista atrás, a personas que padecen de acné y que quieren intentar la vía natural, serían los siguientes:

Primero: olvídate de los dermatólogos. En cuestión de acné, son el mal. A lo mejor tú perteneces a ese sector de personas afortunadas a las que se le quitaron los granos con el Peroxibén, con el Proderma o con una única tanda de Roacután. Pero, por si acaso, no te arriesgues. ¿En serio quieres que te inunden a antobióticos, que te manden una medicación tan fuerte que tienes que firmar un papel para no quedarte embarazada, que sustituyan las hormonas de tu cuerpo por otras artificiales, que te abrasen la piel con productos que podrías utilizar para limpiar el baño? Yo de ti pasaría. Te lo digo por experiencia.

Sé paciente. Se muy, muy paciente. No te aturrulles y no intentes hacerlo todo a la vez. Me acuerdo de mis tiempos buceando en el foro de acne.org y leyendo experiencias de gente que decía haberse quitado el acné dejando de masturbarse o de beber agua con las comidas. Al final mi vida era una sucesión de pequeños gestos encaminados a mejorar mi cara, seguidos de una obsesión constante con el espejo y una incapacidad brutal para decidir si algo de lo que intentaba estaba o no haciendo efecto. Ahora creo que el acné es una expresión de que algo va mal en todo el cuerpo, y que cuando el cuerpo sana también lo hace la piel. Es un efecto simple para una causa compleja, así que necesita un tiempo para arreglarse como es debido.

El aturrullamiento no es más que miedo. Miedo a experimentar en todo su dolor absoluto la experiencia desagradable de tener acné. La falta de control, las ideas chungas sobre una misma y todo lo que esa piel enrojecida expresa sobre lo que hay debajo. Cuando empecé con esta historia hacía cosas como encargar jabones a Lush por correo urgente porque había leído en un foro que a una chica se le había quitado el acné con él, o comprar suplementos en páginas extranjeras esperando que alguno de ellos me salvase la vida. De nuevo, bendita ingenuidad.

Si te enfocas en el aspecto psicológico saldrás ganando. Si consiguieras que no te importara el acné, te daría igual tener acné, ¿no? Esto es más fácil de decir que de hacer, pero en mi caso mientras menos atención presto a mi cara, mejor se pone. Además, las cosas importantes siguen invariables, quien te quiera lo hará con o sin acné e incluso es posible conocer bíblicamente a tíos cafremente buenos teniendo acné. Lo de la belleza interior no es un mito tan falso.

Cuidado con los suplementos. Que le funcionaran a alguien no quiere decir que te vayan a funcionar a ti. Son caros, y si estás tomando mil millones a la vez serás incapaz de decidir cuál está ayudando y cuál no. He aquí los suplementos que he tomado yo en estos meses (no todos, a la vez, la mayoría de forma intermitente):
- Vitamina C.
- Levadura de cerveza.
- Antioxidantes del mercadona.
- Omega 3.
- Aceite de hígado de bacalao.
- Taurina.
- Saw Palmetto (tiene traducción al castellano, pero no me acuerdo ahora).
- Melatonina.
- Cromo.
- Magnesio.
- Zinc.
- Multivitamínicos.
- Aceite de onagra.
- Agnus Castus.
- Boldo.
- Triptófano.

Y seguro que me dejo alguno. Si alguien quiere hacer el cálculo del dinero que le he echado a esta enfermedad del Mal, que no lo comparta conmigo, por favor. Lo mejor del asunto es que en estos momentos, que es cuando no estoy tomando NINGÚN suplemento por el bien del Octubre Austero, tengo la cara la mar de bien.

Ya os digo: suplementad con cuidado y con lógica, sabiendo para qué estáis tomando cada cosa y cuáles son los efectos que esperáis.

También es importante ser sistemático. Si lo haces todo a la vez, no sabrás qué es lo que funciona y qué no. Esto es muy, muy complicado, y sólo se consigue (y tampoco mucho) cuando ya llevas tanto tiempo peleando que te da igual esperar un poco más o un poco menos. Para mí lo ideal sería ir probando distintas estrategias y modificar variables una a una, pero hay que tener mucha fuerza de voluntad, energía y paciencia para hacer eso.

La dieta sí que es importante, y la gente puede decir misa. También lo es tu estado emocional, pero no todo es emocional, y de hecho la dieta también está relacionada con las emociones. Si te empeñas en que todo es emocional, al final te acabas sintiendo como una chiflada que no es capaz de autogestionarse. Yo creo que no estoy TAN mal por dentro como lo ha estado a veces mi cara, aunque sí que es verdad que una cosa tiene que ver con la otra... pero también es verdad que hay gente que está como unas maracas y tiene una piel fabulosa. Sin duda el cambio de dieta me ha ayudado en muchos sentidos.

Sobre todo, como le dije aquella vez al chico de la alopecia: es TU lucha. No es la lucha del dermatólogo, ni la del homeópata, ni la del vecino de enfrente. Nadie lo va a solucionar por ti, aunque haya quien pueda ayudarte. Se aprende mucho con esto, también, y vienen regalos inesperados y colaterales. Por ejemplo, yo empecé a nadar por el Acné del Averno, entre otras razones, y fue en la piscina donde vi el cartel que anunciaba el curso de escalada, que ha sido de lo mejorcito que me ha pasado este año. Así que fíjate.

Apóyate en la gente que te quiere y déjate querer. Déjate hacer fotos de cerca. Luego se retocan con photoshop y no pasa nada. Déjate acariciar. A mí un chico me dijo "cuando te miro nunca veo tu acné", y luego otro me dijo "eso es sólo la piel de fuera", y esas dos frases tan pequeñas me han sostenido en los malos momentos como no lo ha hecho ningún jabón de farmacia.

Total, que a ver si hay suerte y sí que es cierto que esto va camino de desaparecer. Estoy consiguiendo el dudoso logro de juntar el acné con las arrugas y ya estoy harta. Quiero ser adulta y tener cara de adulta. Quiero que mi piel deje de tener miedo. Quiero pensar en otras cosas y hacer de vez en cuando compras locas con mucho lácteo, mucho gluten y mucho azúcar.

Hasta entonces, seguimos en la lucha y seguiremos todo el tiempo que haga falta.

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NOTA:

Aquí hay algunos recursos que pueden ser útiles si tienes problemas de acné. Están todos en inglés y hay que dosificárselos si no te quieres volver loco, pero a mí me han ayudado.

The Love Vitamin: la chica es un encanto, aunque es un poco demasiado happy flowers, no es muy sistemática y lo que hace es colgar vídeos, que se entienden bastante bien pero a mí me da un poco de pereza ver. Aun así, ya os digo: un encanto de chica.

Clear For Life: yo compré el ciberlibro y todo. Da una visión de conjunto del asunto bastante buena, incluyendo consejos sobre estilo de vida y aproximación psicológica. A partir de ahí, uno tiene que ir experimentando, sobre todo en el tema de la dieta.

Acne research: para mi gusto esta gente se centra demasiado en los suplementos y la exposición solar, pero da información útil y alerta sobre posibles timos.

Skin Deep: Un ciber libro gratuito interesantísimo sobre la relación mente-piel. Yo no lo he terminado, porque es algo espeso y te rayas a tope, pero puede ser útil cuando todo lo demás falla.

Stop picking on me: una página sobre por qué hay que dejar de tocarse los granos, muy clara y que acojona bastante.

Acne.org: la web americana de acné por excelencia, merece la pena bucear en el foro para leer experiencias de gente. También tiene un montón de opiniones sobre distintos productos, tanto tópicos como orales, y sus efectos en la gente. Es una página útil, peor corres el riesgo de volverte un poco loco con toda la información que hay. Importante contrastar lo que se lee allí con otras fuentes.

Mi blogroll sobre paleodieta: aquí tengo enlazados varios blogs que sigo sobre dieta paleo. Lo paleo es el futuro, que lo sepáis, aunque como no hay mucho consenso sobre algunos aspectos críticos uno tiene que ir probando y ajustándose a lo que le va mejor.

PD: Si conocéis a alguien con acné adulto, me encantaría que les dierais la dirección de este blog por si algo de lo que he escrito les puede ser útil. Si alguien quiere consejo o saber algo más sobre mi experiencia, que me escriba sin reparos. Me encantaría poder ayudar a los demás con este tema igual que otros me han ayudado a mí.

lunes, 18 de julio de 2011

6. La inutilidad laboral

Hoy ha vuelto a mi consulta el chico de la alopecia. El dermatólogo le ha mandado un montón de lociones y pastillas, trankimazin incluído, y le ha dicho que se rape. Ahora se le ven todas las calvas y no quiere salir de su casa.

La consulta de hoy ha sido extraña. Él estaba cabreado con el mundo, y yo creo que me encontraba demasiado sobrepasada por la empatía como para servir de algo. Además, tengo los músculos y la mente un poco trillados después de escalar todo el fin de semana, y en realidad no quería más que irme a casa a cenar una tortilla de ibuprofenos.

Intentaba pensar a toda velocidad qué podía decirle que le sirviera de algo. ¿Qué me habría servido a mí en los primeros tiempos del Acné del Averno?

1) Aléjate de los dermatólogos como de una plaga de escorpiones. Son unos inútiles que sólo tratan síntomas sin buscar causas.
2) Tienes derecho a pasarlo mal y a cabrearte. Que "sólo" sea un problema estético no quiere decir que no vaya a hacerte sufrir.
3) Es tu problema, y es tu responsabilidad. Te ha tocado esto como podía haberte tocado otra cosa y es una putada, pero ahora eres tú quien se tiene que hacer cargo.
4) Entiendo tu dolor.

He omitido 1) porque a lo mejor dan con la solución para el pobre chaval. 2) y 4) creo que quedan bien, pero me da la impresión de que 3) le ha deprimido un poco. Mola ser una víctima cuando tienes dieciséis años. Mola pensar que si sólo tuvieras una piel mejor o un pelo lustroso, tu vida se arreglaría. Y mola tener la esperanza de que en algún lugar de la tierra hay alguien que te va a coger tiernamente en sus brazos y te lo va a arreglar todo.

Al final me he sentido inútil por varias razones. Porque no es mi problema, sino el suyo, y no puedo tratarle como si me estuviera tratando a mí. Porque no puedo pedirle al chaval que se sobreponga cuando yo le saco diez años y una carrera de psicología y todavía hay días en que el estado de mi piel es lo único en que pienso. Porque por mucho que yo quiera comunicarle algo de lo que he aprendido, en realidad él tendrá que aprenderlo por sí mismo, y no sirve de nada que yo intente inyectarle en el cerebro sabiduría de enferma crónica en media hora de consulta. Ha sido muy frustrante.

No sé si se ha ido peor de lo que llegó o si algo de lo que le he dicho resonará en su cabeza en algún momento. Espero que sea capaz de sacar el suficiente valor como para no pasarse el resto del verano sin ir a la playa, que asuma su responsabilidad y que intente hacer en casa los ejercicios de relajación. Pero sobre todo, de verdad de verdad, espero que le funcionen los corticoides y el minoxidilo, que le crezca una cabellera larga y espesa y que no tenga que preocuparse por estas chorradas dermoexistenciales nunca jamás.

domingo, 3 de julio de 2011

Hoy toca hablar de nuestro colega el Acné del Averno -- TMC22

Desde que en octubre dejé por imposible la medicina tradicional y me lancé a la búsqueda de una solución natural para el AA han pasado muchas cosas.

Si escribo sobre esto no es porque me guste hablar del estado de mi piel, que no me gusta. Es porque el AA, más allá de un problema estético, no deja de ser una enfermedad más o menos crónica con la que estoy luchando una batalla sin cuartel. Y lo peor de ella es lo solo que se siente uno. Sientes que nadie puede entenderte y nadie puede ayudarte. Al fin y al cabo, durante muchos años has confiado en los demás y te han fallado, así que ahora no puedes confiar en nadie. Nadie puede hacerse cargo de ti. Esa desesperanza y esa soledad son lo más duro por lo que he tenido que pasar en todo este asunto. Por eso quiero escribir sobre ello: porque a lo mejor alguien está pasando por lo mismo, o por una enfermedad distinta pero que igualmente no consigue solucionar, y a lo mejor leyendo esto puede sentirse un poco menos solo y desesperanzado.

En este asunto del AA y los remedios naturales hay una primera fase de luna de miel. Los dermatólogos son unos inútiles, te dices. Hacen medicina basada en parchear los síntomas y no tienen ni idea de las causas subyacentes. Ahora yo sé que hacer y será fácil: comeré sano, haré deporte y todo irá bien. En esta fase hay una ventaja y un peligro. La ventaja es que empiezas a hacerte cargo de tu salud y dejas de ser una víctima. Te das cuenta de que a nadie le importa tu problema tanto como a ti y de que tienes margen de acción para intentar solucionarlo. El peligro es creerte que el camino va a ser fácil.

No pretendo explicar todo lo que he intentado durante estos meses. Resumo diciendo que estoy probándolo todo: la dieta, el ejercicio, el descanso, el sol, los suplementos vitamínicos, los jabones, las cremas e incluso un libro de psicología de los problemas de piel llamado Skin Deep. Diré también que después de más de nueve meses con toda esta historia, en una escala del uno al diez donde uno es Horrores del Infierno y diez es Piel Fabulosa, mi cara está en un tres y medio. No se acerca ni al aprobado. Por otra parte, si descontamos mi piel, me encuentro mejor física y mentalmente que en mucho tiempo.

Hoy por hoy pienso que tengo el organismo revolucionado. Años y años de anticonceptivos, antibióticos, cuatro tandas de Roacután, un montón de jabones y cremas asesinas y un estilo de vida con carencias (dos años de vegetariana, seis años de estudiante nutriéndome básicamente de pasta y sedentarismo crónico) no se arreglan en un mes, ni en seis. También pienso que este tema tiene mucho de psicosomático. Por eso, hoy por hoy creo que me queda mucho, pero que mucho tiempo antes de que el estado de mi cara sea más o menos normal.

Donde más he avanzado, sin embargo, es dentro de mi cabeza, justo detrás de esa piel del Averno que tanto me preocupa. El año pasado por estas fechas, la posibilidad de tener un rebrote me parecía una pesadilla. Lo había dejado con mi novio, había perdido a mi mejor amigo y, aun así, la peor experiencia de mi vida seguía siendo el AA. Más concretamente, el brote que tuve en cuarto de carrera, cuando me agarró la tipa asesina del centro de estética y convirtió mi cara en la de una leprosa.

Empecé con toda esta historia de la cura natural con la piel bastante bien, gracias a la acción paliativa y engañosa de la píldora, así que me creía que iba a ser fácil. Bastaba con cuidarse un poco y mantenerse. No estaba dispuesta a empeorar, ni estaba dispuesta a esperar. Pensaba que si la cosa se ponía chunga, volvería a la píldora y punto, porque no quería vivir una vida en la que el miedo y la obsesión por el AA llenaran cada uno de mis pensamientos conscientes. Al principio aguanté bien, pero después el efecto rebote post-píldora ha sido importante. He estado peor que hace mucho tiempo, tanto en intensidad de las lesiones como en su extensión.

Al final, no estar dispuesta a empeorar y querer que todo pase rápido no son más que caras diferentes del miedo. ¿Miedo a qué? Al final no es miedo al AA. El AA sólo son granos. Mi miedo tiene más que ver con la pérdida de control, con el pánico a mostrarme como soy, con la dificultad para aceptar mis fallos y los de los demás, con el temor a que no me quiera nadie.

Ahora tengo menos miedo. No se me ha quitado del todo y sigo teniendo días horribles en los que no paro de darle vueltas al asunto, pero el miedo ha disminuido. Y he luchado, estoy luchando y seguiré haciéndolo mientras piense que me queda margen para mejorar, pero también estoy encontrando el camino de la aceptación. Hoy he leído este artículo en un blog sobre nutrición tipo paleo. Habla de que, en ocasiones, ni la nutrición ni la medicina tienen la respuesta porque, por mucho que cueste reconocerlo, no todos los problemas tienen solución. También dice que la esperanza y la desesperación son simples estados mentales basados en la idea que uno tiene acerca del futuro. No se trata de que la esperanza sea lo deseable: los dos son un engaño y tienen que ver con estar fuera del presente, pensando en cómo sería la vida si fuera de otra manera.

En relación a eso, el consejo que más me ha servido últimamente me lo dio J. Me dijo: "Tómatelo como algo crónico; es parte de ti." Después me habló de la novia de un amigo, que era muy guapa pero a la que le faltaba una mano (típica historia de J.). En su momento, me sentó regular. Yo no quería que me dijeran que era algo crónico. Necesitaba esperanza, necesitaba creer que podría controlarlo y solucionarlo. Ahora me he dado cuenta de que vivir pensando que puedes arreglarlo todo es vivir con la mente puesta en un futuro mejor, donde tu piel es perfecta, tú eres perfecta, no sufres por nada, la gente no puede verlo y todo va bien. Vivir así es muy triste.

Considerar el AA como algo crónico y saber que tengo días mejores y peores me está ayudando. Me ayuda a vivir en el presente, porque sé que a lo mejor no hay otro futuro mejor en ese aspecto. Estoy haciendo las paces con el problema. Está perdiendo (parte) de su poder sobre mí. Conseguir hablar de ello con la gente, escribir aquí, hacerme fotos, mirarme al espejo, estar dispuesta a empeorar y observar todo el proceso con más curiosidad que pánico son avances que los demás no ven, pero que para mí son enormes.

Algún día espero poder enseñar aquí fotos de antes y después, de esas super impactantes que cuelgan en las páginas de remedios para el acné. Ahora mismo no las tengo y no sé si existirán algún día. Imagino que sí, aunque sólo sea porque no he visto a ninguna vieja con acné y yo espero llegar a vieja. Pero si no sucede nunca, pues qué le vamos a hacer.

lunes, 27 de junio de 2011

Contacto -- TMC16

Hoy he tenido uno de estos pacientes que te roban el corazón. Dieciséis años de chaval listo y guapete, de ojos claros y sonrisa traviesa. Por supuesto, tenía problemas de piel: placas de alopecia que no respondían al tratamiento, y que ocultaba con cuidado bajo el pelo castaño y revuelto. Nada más sentarse en la consulta ha empezado a largar sobre lo preocupado que está por la caída del pelo, por sus padres separados, por no tener moto, porque su abuelo ha muerto. Le he preguntado si tenía a alguien a quien contarle todo lo que me estaba contando a mí, si se desahogaba con alguien. "No. Eres la primera persona a quien se lo cuento", ha contestado él, y me he sentido honrada de una forma profunda y misteriosa.

Me he quedado con él durante la pausa para el café. Hemos meditado juntos. He intentado explicarle por qué con la piel se sufre tanto: porque el infierno son los otros, porque nuestro cuerpo se nos rebela y no nos deja ofrecer la imagen que queremos, porque nos lo callamos todo y al final es la piel la que habla. No le he dicho que quizá el dermatólogo no solucione su problema. No le he dicho que quizá tenga que plantearse, como me planteo yo hoy por hoy, que su problema es crónico, y que lo único que puede conseguir es que mejore un poco o que no empeore mucho. Es una verdad muy cruda para los dieciséis. Tendrá que aprenderlo solo. Ojalá no le haga falta.

Me gusta mi trabajo porque, de vez en cuando, entre ansiedades y ataques de pánico y agobios laborales, encuentras una tajada de vida tan real, tan honesta y tan cruda que te hace temblar. Sufrimiento y punto. Lo que me conmueve entonces es el contacto, que es lo mismo que tiene el arte, lo que tienen las fotos y la escritura, lo que tiene la música. Recuerdo que me gustaba escuchar la música de MQEN porque me parecía que escuchaba su cabeza. Hace un rato estaba mirando las fotos de un colega en el Facebook y pensaba que es hermoso poder mirar con sus ojos y ver la belleza que él fue capaz de capturar con su objetivo.

Mi esperanza es poder conseguir lo mismo cuando escucho a mis pacientes. El contacto, la calidez de sentirse comprendido, el privilegio de llegar con ellos a la parte humana, común y dolorosa que compartimos todos. No sé si mi paciente de hoy se ha dado cuenta de cómo su sufrimiento me estaba taladrando el corazón, o de las ganas que tenía de levantarme y estrecharle las manos o darle un abrazo. Me ha hecho falta respirar hondo para sobreponerme y seguir adelante con él. Al final no te puedes dejar arrastrar, porque entonces os vais los dos a pique: te tienes que quedar ahí, aguantar el tirón y acompañarle a través de su propia pena, que no es la tuya.

Entonces es cuando la escuchar se convierte en un arte, porque intenta conseguir el mismo efecto: la misma sensación de contacto, el chispazo de reconocer lo verdadero. A veces, cuando no estoy demasiado cansada o cuando, como hoy, un paciente me conmueve, les veo brillar detrás del escritorio. Les veo tan humanos, tan vulnerables y tan grandes. Sólo quiero que reconozcan su belleza y su grandeza, igual que lo veo yo. Porque en la buena terapia, igual que en las buenas fotos, o en la música, o incluso en el chulazo de mi profe de escalada trepando en horizontal por las rocas imposibles, el denominador común es el amor. Y al final, ya lo he dicho otras veces, es de eso de lo que se trata todo.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Historias y piel

Esta mañana estaba yo fantaseando con que se quemaba el equipo y no tenía que ir a trabajar, y podía quedarme toda la mañana leyendo en un banco del parque. Por las mañanas nunca me apetece ir a trabajar. Luego es verdad que va pasando el tiempo y me voy sintiendo más cómoda. Me gusta mi trabajo y me gusta trabajar, esa sensación de ser competente en algo, de tener algo que ofrecer y que te paguen por ello.

A veces me miro y no me reconozco, cuando hablo con seriedad sobre los síntomas y la ideación autolítica, cuando salgo a la sala de espera a llamar a un paciente, cuando hablo por teléfono con un orientador escolar para ver cómo le va en clase a un niño. Me veo actuando en el mundo real y teniendo una influencia real en la vida de la gente y esa sensación me gusta. Siempre pienso que me gustaría que alguien conocido me viera, que se asombrarían al ver cómo cruzo el equipo con mis botas de tacón y mis carpetas bajo el brazo, cómo hablo con los psiquiatras y las enfermeras y las auxiliares, y paso test y hago llamadas y ofrezco paquetes de clínex.

También me gusta el factor historias. Para una adicta a las historias como yo, mi trabajo es algo así como el paraíso. Cuando daba talleres de escritura en Granada intentaba explicar que los humanos somos contadores de historias por naturaleza, y que sólo cuando nos proponemos pasarlas al papel nos bloqueamos y pensamos que no servimos. Pero la historia es la unidad básica de comunicación humana: lo que te pasó ayer con tu jefe o hace diez años con tu madre, las dos son historias.

Los pacientes me cuentan las suyas, unos con más gracia que otros, y a veces te atrapan con detalles que parecen sacados de una novela. Hoy a última hora me explicaba un paciente que conoció al que ahora es su padrino cuando tenía siete años, porque se quedó fascinado frente a una caja de yogures que había en la puerta de su casa. “Por aquel entonces en mi casa no comíamos yogures”, me explica, y yo me quedo atrapada en esa imagen, en el niño de siete años parado de pie frente a la puerta del vecino, anonadado porque nunca había visto tantos yogures juntos.

El mismo chico tiene una enfermedad de la piel, neurodermitis. Ya os he contado que chequeo las pieles de la gente que me rodea, y en este chico ha sido lo primero en lo que me he fijado. Es rubio, de ojos claros, y tiene la piel de la cara irritada y roja, con cercos alrededor de los ojos donde se le marcan arrugas resecas. Pero no es desagradable, o quizá a mí no me lo parece porque soy la reina de la solidaridad cutánea. Transmite fragilidad y ternura, necesidad de ser protegido.

Las pieles hablan, y los problemas de piel son un mundo aparte de personas unidas por una sensación común de vergüenza y desesperación. Da más vergüenza tener acné que tener una úlcera, como si tuvieras más la culpa, como si no te lavaras. La piel deteriorada se relaciona con la falta de higiene y con el descuido. A mi paciente de hoy daban ganas de tocarle con suavidad la cara escamosa y enrojecida y decirle que no pasa nada, que es igualmente hermoso, que no se preocupe. Pero me tratarían de chiflada si fuera haciendo ese tipo de cosas con mis pacientes.

Al terminar la entrevista no sé si preguntarle o no por el problema de piel, y pienso que está ahí y que es parte de él y de su sufrimiento, y que si le pregunto con respeto no se va a molestar. Así que saco el tema, y me explica que tiene que ver con la contaminación atmosférica y que le pica y le molesta mucho. Pobre. El picor es casi peor que el aspecto físico, porque te recuerda a cada rato que el problema está ahí y que los demás pueden verlo. No ser capaz de esconder tu dolor es otro aspecto desgarrador de los problemas de piel: mientras los demás son capaces de ir por ahí fingiendo que son felices, tú tienes que dejar ver a todo el mundo cuánto sufres.

Le sonrío y le digo que siento mucho que tenga que pasar por eso.

Después, de camino a mi casa, voy pensando en mi paciente sintiéndome conmovida. Pienso que a veces es como si partes de mí misma se sentaran delante del escritorio. Como si todo esto de ver pacientes no fuera más que un gran juego de espejos. Hablo con miedos que yo también tengo y animo cualidades que no veo en mí o consuelo penas que también comparto.

Hoy hablaba con la parte de mí con problemas de piel e intentaba sanarla. Últimamente veo más a menudo la belleza en mí a pesar del acné. Me acuerdo de mi amigo A. cuando me dijo: “yo cuando te miro nunca veo tu acné”, y juro por Dios que es lo más bonito que me han dicho en mi vida. Últimamente me veo guapa en el espejo como he sido capaz de ver a mi paciente de la neurodermitis, aunque otras veces me saque de quicio. En realidad el sufrimiento del acné, para mí, tiene más que ver con la falta de control que con el auténtico deterioro físico. Cosas que salen en tu cara sin importar lo que hagas tú para intentar evitarlo.

Aun así, hoy le hablo a la parte de mí que sufre por su piel. Siento que tengas que estar pasando por esto, le digo. Pero eres guapa a pesar de todo.

domingo, 31 de octubre de 2010

Así que acné. La verdad es que si pudiera elegir, elegiría no haberlo tenido nunca. No me ha impedido tener una vida plena, pero me ha causado bastantes problemas. No es sólo que te veas fea todo el rato, sino que el acné (especialmente la forma quística que estaba adoptando el mío en sus últimos tiempos) duele, pica y molesta mucho. No quieres mirarte al espejo. No quieres hacerte fotos. No quieres que te toquen la cara. No quieres ponerte crema, ni maquillaje. No te compras ropa bonita, porque de qué sirve si tu cara es así de fea. En fin, que no es agradable y ojalá no hubiera tenido que pasar por eso.

Pero también he aprendido.

Para empezar, sobre el sufrimiento. Soy una psicóloga meditadora, así que el sufrimiento es mi objeto de estudio. Cuando lo ves en ti misma, cuando ves cómo tu cuerpo y tu mente te atrapan en el dolor, tienes la oportunidad de volverte más comprensiva y compasiva acerca del dolor de los demás.

Recuerdo que cuando estaba realmente mal de la piel, solía caminar por la calle y hacer listas mentales de las cosas de la vida que son peores que el acné:
- El cáncer.
- La amputación.
- La muerte de los seres queridos.
- La tortura.

Etcétera. Pero eso no hacía que me sintiera ni un poco mejor. Hoy día, de hecho, creo que si no hubiera tenido acné, seguramente mi mente habría buscado otro tema para hacerme sufrir, porque la felicidad por comparación no existe. También he comprendido cómo algo que a los demás les puede parece una chorrada para ti se convierte en un mundo. Siempre hay que respetar el dolor ajeno, y eso es útil cuando el mismo día ves a un paciente a quien se le ha muerto el hijo y a otro a quien le ha dejado la novia.

Además he aprendido que ese sufrimiento es el que motiva al cambio. Por supuesto, uno puede quedarse atrapado en la misma cantinela día tras día. En el pobrecita yo, no tengo remedio, por qué tiene que estar pasándome esto a mí, etcétera, etcétera. Pero si tienes el ánimo fuerte, es en el sufrimiento, propio y ajeno, donde encuentras el coraje para seguir. Cuando tocas fondo haces lo que sea para subir a la superficie. Cuando evitas mirarte en los espejos porque te das penita, haces lo que sea para curarte (hasta paleodieta). Cuando empiezas a tomar consciencia de tu potencial dañino, hacia ti y hacia los demás, es cuando no te queda otro remedio que trabajar duro para erradicarlo.

Me arrepiento de muchas cosas. E igual que no me gustaría haber tenido acné nunca, me gustaría también no haberme hecho nunca daño ni habérselo hecho a los demás. Preferiría ser buena por naturaleza (y calmada, reflexiva, constante y consecuente). Sin embargo, el pasado no puede borrarse. Poco puedo hacer ya por eso. El único consuelo que me queda es que es mirando atrás donde encuentro la fuerza para seguir adelante. Que es llorando las pérdidas como comprendo de forma más profunda cómo funciono y cómo puedo acercarme a la verdad.
Que mi basura es el compost para que crezcan las flores.

Actualización: piel



Hace mucho tiempo que no hablo de mi acné del averno.

Resumiendo:

Fui al centro de estética aquel. Sufrí indecibles dolores físicos, padecimiento mental y descamación cutánea. Mi acné seguía igual (o peor) y la señora decía que nunca se había enfrentado a unas glándulas sebáceas como las mías. Lo dejé tras unos meses, bastante tocada económica y emocionalmente. Aprendí que no hay que creer en las beneficiosas casualidades del destino. Las cosas van pasando porque sí, por puro azar, y a veces no llegan para tu beneficio, sino que te joden la vida y punto.

Tomé otro ciclo de Roacután de 4 meses. Era el CUARTO, y los efectos secundarios fueron peores que nunca (dolor muscular, cansancio, eczemas). Mi acné se curó. Empecé a tomar la píldora y me mantuve estable unos meses. Luego decidí dejar de tomar la píldora y tuve otro brote.

Volví a tomar la píldora y fui al homeópata, que me mandó bolitas, suplementos y dieta de la Zona. Al mismo tiempo, fui al dermatólogo, que me mandó antiandrógenos. Mi acné empezó a mejorar, pero dado que dejé la homeopatía a las dos semanas porque en realidad me parece una patraña sin sentido, creo que fueron los antiandrógenos. De la dieta de la Zona pasé mil, porque estaba con el PIR y no tenía fuerza de
voluntad como para eso.

He estado bien aproximadamente un año (¡viva y bravo!). Entonces empecé a retener líquidos por culpa de la píldora con sus consiguientes desagradables efectos secundarios (celulitis, piernas cansadas, arañas vasculares y ganancia de peso). Fui al dermatólogo para preguntar si había conexión entre mi acné y mis hormonas. Me dijo que tenía que ir al ginecólogo. Fui al ginecólogo para preguntarle lo mismo. Me dijo que tenía que ir al dermatólogo.

En estos momentos de mi existencia, he dejado la píldora (y perdido tres o cuatro kilos) y estoy atacando la vía dietética. Llevo mucho tiempo en manos de médicos y han resultado ser, con todos mis respetos, unos completos inútiles. Así que me he puesto en serio con el tema de la alimentación y he dejado de comer, de momento:
- Lácteos.
- Cereales. Sí, también los integrales.
- Legumbres.
- Azúcar y derivados.
- Grasas vegetales refinadas.
- Comidas procesadas en general.
- Alcohol.
- Café, té, chocolate.

¿Qué como? Pues carne, pescado, verduras, frutas, marisco y huevo. Lo que se conoce últimamente en los círculos de nutrición friki como paleodieta (ponedlo en google, que paso de escribirlo). Quien piense que me estoy pasando o que es una dieta muy dura, sólo os diré que probéis con doce años de acné recurrente y me digáis si después tenéis o no ganas de hacer dieta.

Ahora mi cara está bastante bien y va camino de mejorar. Además, me siento mucho mejor de algunas de mis otras taras, como el cansancio crónico o los bajones de azúcar cercanos al desmayo a media mañana. Estoy muy contenta de estar consiguiéndolo por fin, después de haber intentado tantas cosas, y sin basura hormonal o química en mi cuerpo o sobre mi piel. Si mejoro y me mantengo, daré más detalles sobre la relación entre acné y dieta, como contribución al mundo de los pobres sufridores cutáneos.

Y bueno, este es un post previo a lo que yo realmente quería escribir hoy, así que seguiré más tarde.

Como colofón, una fotito de cómo está mi cara en estos momentos.