massobreloslunes: CACP VI: gatos, nieve y adorables paleogurús

jueves, 2 de mayo de 2013

CACP VI: gatos, nieve y adorables paleogurús

Me levanto con la sensación de haber dormido muy profundamente en el sótano de John. Es el típico sótano de descuartizar, con escaleras empinadas y luz temblorosa, pero John, que tiene la cocina llena de tomate biológico y un gato persa de cinco kilos llamado Momo, no tiene pinta de descuartizar a nadie. A través de la ventana de la cocina se ve el patio cubierto por una gruesa capa de nieve; las previsiones no mentían, y aunque antes de ayer casi me quemo paseando por Boulder, hoy esto parece una escena navideña.

Ayer protagonicé un momento absurdo empeñándome en pasear hasta casa de John. Preguntadme por qué. Pues, porque como muy bien apuntó Neikos en su comentario, este no es país para paseos. Caminé bajo la llovizna durante una hora y me crucé literalmente con dos personas. Al principio me daba un poco de miedo que me atracaran. Después concluí que un atracador en esta zona no haría ningún negocio, así que dejé de preocuparme.

Después de Jeremy, con sus bolitas de patata y su whiskey de canela, John me parece una monje zen. Vive en un barrio con carteles que anuncian patrullas vecinales de vigilancia. Me prepara un vaso de leche de almendra calentita y nos sentamos a hablar de meditación y del Buda. Cuando hablo de estos temas, es extraño: aunque es un alivio encontrar a alguien que comprende tus rarezas, las opiniones respecto a la espiritualidad o a la meditación están tan unidas al ego como todo lo demás. Es tan difícil arañar tus trocitos de verdad o, por lo menos, de la verdad que a ti te funciona, que te encuentras defendiéndola a capa y espada delante del otro. Le cuento a John el asunto de las celivibraciones y me temo que suena mejor en español, porque se ríe con amabilidad y me dice que quizá esté siendo un poco dramática.

La noche me recibe con una sorpresa agradable: alguien ha aceptado mi petición de alojamiento en Moab, Utah. Se trata de Mark: un rubio tan rubio que parece que le hayan sumergido la cabeza en agua oxigenada. Según su perfil, ha pasado varios años viajando por zonas de escalada y ahora se ha instalado junto al desierto. Sus brutales fotos escalando fisuras me sugieren que aquello está bastante por encima de mis posibilidades, pero me da igual: seré feliz yendo allí y mirando el paisaje. Por la mañana me escribe otro chico: un argentino que también pasará allí la semana escalando. Me dice que trae material y que si me apetece probar las fisuras. Antes de ayer, Pablo y yo tuvimos una conversación sobre escalar fisuras y sobre gente que dice que ha vomitado del esfuerzo. Quizá haya fisuras para principiantes. Ya me enteraré.

Después de desayunar orgánico en casa de John, salgo al nevado exterior con toda mi ropa de abrigo encima. Mientras camino por las aceras observando el manto blanco sobre las casas y los árboles, me entra una curiosa empatía alpinista. Debe de ser el silencio lo que engancha, me digo; este olor (porque la nieve huele) y, sobre todo, la espesa capa de silencio blanco. Me acuerdo de IA la última vez que le vi, inclinado sobre un plato de canelones, tratando de explicarme por qué le gustaba escalar en hielo. En sus ojos verdes brillaba el entusiasmo, y yo casi podía escuchar los golpes del piolet contra las cascadas. Pero hoy, caminando sobre las calles nevadas de Denver, me obligo a prometerme que no me va a dar por el alpinismo, ni el hielo, ni nada parecido. Mi combinación de despiste y taras físicas me llevaría a enmarronarme y morir en unas cinco horas.

De hecho, cuando pierdo el autobús al Downtown por esperarlo en la parada equivocada y tengo que pasar media hora bajo la nieve, temo morir de hipotermia. Trato de mantener la dignidad leyendo en el Kindle bajo mi paraguas de lunares, pero intuyo que los denverinos me miran raro desde detrás de sus ventanas.

Cuando consigo por fin llegar al Downtown sin perderme y sin que la máquina maligna de los billetes se trague mi dinero, entro a The Market: un gigantesco café donde he quedado con Peggy Emch. Me encanta mortalmente desde el primer momento en que la veo. El día que empecé a leer su blog y vi sus fotos tuve exactamente la impresión que tengo ahora: que es una mujer satisfecha de estar en su piel. Se cortó el pelo hace dos días y lo donó a una asociación que fabrica pelucas para niños con cáncer, y ahora está guapísima con unos pendientes naranjas y las uñas pintadas de color plata.

Hablamos un buen rato de nutrición, acné, dieta paleo y disciplina alimentaria. "La comida ya no es un tema para mí", me explica, con una serenidad apabullante. Estamos hablando de alguien que, en su búsqueda por la solución a sus problemas de salud, se pasó dos años alimentándose de pescado crudo, arroz cocido y zumos de fruta. Peggy es la persona que más y de forma más sistemática ha experimentado con su dieta que conozco, y su perseverancia me admira, sobre todo porque a mí el tema dieta y acné casi me vuelve loca.

De todas formas, ver a Peggy me afirma de nuevo en algo que intuyo desde hace tiempo: que llevar la dieta que quieres tiene que ver con llevar la vida que quieres y con sentirte satisfecho con todo lo demás. Es tan encantadora que dan ganas de abrazarla todo el rato, pero al final es ella quien me abraza, diciéndome que ha pasado un rato muy agradable y que siente no poder acercarme a Boulder, pero que tiene que recoger a su hija.

Después paseo exactamente cinco minutos bajo la nieve; lo bastante como para encontrar algún sitio donde comer algo antes de volver a Boulder. Dudo entre "Hospitalidad sureña" y "El huevo delicioso"; al final me decido por el huevo y engullo una tortilla de vegetales, una pechuga de pollo y un par de tostadas integrales. Después del micropaseo por la nieve, me sabe a gloria. Peregrinaje a la nave nodriza Starbuckera para comunicarme con Pablo y leer un ratito, y después de vuelta a Boulder. Ahora estoy tomando (otro) café y escribiendo esto. He de reconocer que estoy abusando un poco de tomar cafés hoy, pero si encontráis algo mejor que hacer bajo una tormenta ininterrumpida de nieve junto a las Rocosas, acepto sugerencias.

En un rato, meeting couchusurfero y jacuzzi en la nieve en casa de Pablo y Jenna. He de decir, por cierto, que el sentimiento viajero se está apoderando de mi mente. Después de estos días extraños, empiezo a relajarme. Creo que ya voy computando el exterior como lo normal y puedo mecerme en este vaivén extraño de alegres expresiones de cortesía, omnipresentes coches gigantes y café aguado.

See you soon, guys ;)





5 comentarios:

  1. Mopi,

    tiene pinta de hacer un frío tremendo. Se ve que llevaste ropa de abrigo. Menos mal.

    Besote

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  2. "Después concluí que un atracador en esta zona no haría ningún negocio, así que dejé de preocuparme."

    Eso es totalmente cierto : ) En cualquier caso, la sensación de seguridad es algo muy relativo y que creo que en américa no lo calibran bien.

    No has flipado con las cantidades de comida que te ponen en los restaurantes? Nosotros comíamos a veces pidiendo un solo plato para dos!

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  3. No es la primera vez que oigo decir eso de que no es lugar para pasear, cómo debe ser. (Es lo único que alcanzo a decir con lo cansadísima que estoy) :-)

    Un besote!

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  4. COMO DESARROLLAR INTELIGENCIA ESPIRITUAL
    EN LA CONDUCCION DIARIA


    Cada señalización luminosa es un acto de conciencia.

    Ejemplo:

    Ceder el paso a un peatón.

    Ceder el paso a un vehículo en su incorporación.

    Poner un intermitente.


    Cada vez que cedes el paso a un peatón

    o persona en la conducción estas haciendo un acto de conciencia.


    Imagina los que te pierdes en cada trayecto del día.


    Trabaja tu inteligencia para desarrollar conciencia.


    Atentamente:
    Joaquin Gorreta 55 años

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