Como no le he contado a Pablo que estoy publicando aquí, puedo escribir sobre él de forma medio escondida, casi secreta, y decir que es fantástico sin sentir que le estoy haciendo la pelota. Así que hoy os voy a contar la verdadera razón de por qué conocí a Pablo. Esto es un secreto, que conste, porque yo siempre me posiciono en contra de la ley de la atracción y de las creencias pseudomágicas. Pero he aquí lo que me pasó a mí:
Hace ahora dos años y cuatro meses, fui de viaje a EEUU. El primer fin de semana que pasé allí, Pablo y Jenna me invitaron a ir con ellos de Camping a Shelf Road. Alquilé en el REI (una especie de Decathlon extremadamente profesional) un saco de dormir, pero no quedaban de mujer y me dieron de hombre. Pablo y Jenna me prestaron una tienda para que durmiera y yo me metí en mi saco de hombre, que era demasiado grande y fino para mí. Me congelé de frío toda la noche. Recuerdo aquella noche como una de las más solitarias de mi vida. Era la metáfora perfecta: estaba muerta de frío y no podía hacer nada para escapar.
Al día siguiente, mientras caminábamos hacia el sector de escalada, tuve un pensamiento alto y claro. Me dirigí al hombre de mi vida, ese que yo sabía que estaba en alguna parte, y le dije: "Ya me he hartado de esperarte. Te necesito ahora. Ven ya, por favor".
Y una semana después, conocí a Pablo.
Curioso, ¿no?
Probablemente fue casualidad. Pero quién sabe si de mi frío y mi soledad, y de todos esos años que pasé tratando de ser mejor persona para merecerme a mi chico cuando llegara, surgió un único pensamiento, poderoso cual patronus de Harry Potter, que convocó a Pablo desde un remoto rincón del sur de Colorado.
Eso era lo que quería contaros hoy.
Posdata: tengo escrito un post sobre esa noche, pero no me apetece enlazarlo. Lo podéis buscar en los archivos si os apetece, o en google; creo que se titula "todos los fríos el frío".
Posdata 2: sí, es probable que haya tardado más en escribir la posdata que en enlazar el post.
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lunes, 14 de septiembre de 2015
viernes, 4 de septiembre de 2015
Mi felicidad
Desde hace unas cuantas semanas, estoy extrañamente feliz. Y digo extrañamente porque ya os conté el último día que llevaba meses con una nube negra sobre mi cabeza, como si mi vida estuviera metida en un agujero que cada vez se hacía más y más estrecho. Ahora, de repente, ha vuelto la luz y todo parece apetecible y emocionante.
Disfruto de mi chico, de mi gata y del silencio.
De Pablo disfruto todo el rato. ¿Sabéis eso de "no darse cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes"? A mí no me pasa. Yo me doy cuenta todo el rato de que tengo a este chico fabuloso, del que me gusta hasta cómo coloca los tuppers en el lavavajillas.
Pablo ha cambiado todo lo que yo creía saber que era una relación. Hace un par de días, una amiga nos dijo que "no se sabía dónde empezaba el uno y dónde terminaba el otro", y yo me lo tomé como un halago. Me da igual ser absurdamente codependiente de Pablo, me da igual estar fusionada con él y acostarme por las noches pensando que me da pena dormir porque en ese rato no podemos estar juntos. Ahora me creo la teoría de la media naranja y de las almas gemelas, y pienso que nadie en el mundo está tan enamorado como nosotros y que seremos así siempre. Es un amor irracional y apabullante, y me encanta.
De Kalimera me gusta su curiosidad. Le interesan nuestras duchas, las películas que vemos, lo que hay detrás de cada mueble y dentro de cada bolsa. Su curiosidad es mayor que su instinto de supervivencia, y por eso cuando pasamos la aspiradora o me seco el pelo ella se queda un momento quieta, luchando contra el miedo que le da el ruido, antes de alejarse saltando sobre sus patitas blancas. Es extremadamente gatuna: molesta y adorable, juguetona y perezosa. De repente está saltando sobre ti como un ninja entrenado, y al momento siguiente se tumba a dormir y se tapa la cara con la patita porque le molesta la luz.
Y luego está el silencio hondo que hay en el pueblo después del verano, suspendido en el aire como lo contrario a una tormenta eléctrica. Salimos a escalar y hay una paz profunda, intensa, que se extiende por el cielo nublado de septiembre. Y disfruto del silencio y de sus posibilidades, de ver por fin lo que hago y lo que escribo como una oportunidad y no como una obligación.
Feliz, en resumen. Tan sencillo y complicado como eso.
martes, 29 de julio de 2014
Escribiendo en el aire
Es de noche y estamos en un camping del suroeste de Francia, sentados en la furgo, preparando seitán a la plancha para la cena. Yo pico muy fino un diente del ajo gigante y violeta que hemos comprado en la tienda, y Pablo me pasa cuando se lo pido los objetos que están en su lado de nuestro salón-cocina: la sartén, el aceite, la pimienta.
- Y entonces – dice él, como si retomáramos una conversación de antes -, ¿cómo se hace para escribir sobre un recuerdo y que no quede aburrido?
Al mediodía, mientras yo dormía la siesta bajo el techo elevable de la furgo, él ha estado escribiendo. No tengo ni idea de qué. Lleva y trae de un lado a otro el ordenador y “Writing Down the Bones”, como si él y Natalie Goldberg anduvieran conspirando en secreto.
- Pues... no sé. Depende. Utilizas los detalles, supongo. ¿Qué recuerdo?
- Por ejemplo, la tarde de hoy. Pienso en cómo la contaría y suena aburrido.
Cubro con aceite el fondo de la sartén y enciendo el fuego al mínimo.
- Lo importante – digo, mientras sostengo la mano unos centímetros encima del aceite – no es contar lo que pasó, sino transmitir qué significa para ti lo que pasó. Los lectores quieren identificarse contigo, que eres el protagonista.
- ¿Y cómo se hace eso?
- A ver. ¿Qué querrías tú recordar de esta tarde?
- No sé – arruga la boca y mira hacia arriba -. La aproximación al sector, que era muy bonita. Las raíces de los árboles a las que había que agarrarse para subir, el tronco con muescas que habían colocado para que hiciera de escalera, el bosque... Luego contaría cómo tú has empezado a escalar, y de repente se puso a llover, y tú no podías seguir, y yo me estaba cagando de frío... Porque era un poco como... ¿catrasca existe acá?
- ¿Catrasca? No, ¿qué es?
- Cuando alguien es muy... no sé, que se va dando golpes con todo, y va a escalar y le llueve, y luego no puede desmontar la vía.
- ¿Torpe? ¿Gafe?
- No, no exactamente...
- ¡Yo no soy gafe! Un poco torpe sí, lo admito.
- No vos, la situación era catrasca. Bueno, pues eso quería contar, que tardamos un montón y nos mojamos, y que luego para bajarte de la vía te soltaste de la pared porque querías hacer un péndulo, y eso me levantó a mi también y nos partimos de risa. Que tú colgabas de un lado a otro gritando: “¡Uiiiiiii!”, pero luego vi toda tu cara de pánico cuando casi te das contra la pared, y nos empezamos a enredar los dos en la cuerda y parecíamos tarados.
Mientras Pablo habla, yo corto el seitán en lonchas finitas sobre la tabla de plástico naranja.
- Lo que pasa – continúa – es que todo eso lo escribo y es aburrido. Si lo leo dentro de... qué sé yo... un año, me va a parecer una estupidez. Como esa gente que tiene blogs de escalada y que cuenta: fuimos a tal sitio y a tal otro, hicimos tal y tal vía, se puso a llover y nos tuvimos que ir. ¿A quién le importa eso?
- ¿Qué es lo más importante para ti de todo eso? Pásame la sal, porfa.
- Creo... - me alarga el tarro de sal marismeña que compramos en Cádiz – que la idea es que estaba ahí asegurándote, muerto de frío, y después no me esperaba lo del péndulo. No pensaba que iba a salir volando. Después los dos nos quedamos mirando a la chica que escalaba en la vía de al lado y eso me motivó, me dieron ganas de escalar más. Pero ¿ves? Dicho así suena estúpido.
- A ver... - pongo un poco de pimienta a los champiñones que se rehogan en la otra sartén -. A veces yo empiezo a escribir un post y sé cuál va a ser el final. El cierre, por así decirlo. Ese es el mensaje del post, lo que tú quieres comunicar con él. En tu caso, yo me quedaría con... Cómo lo expresaría... Algo como “a veces para escalar no hace falta escalar”, o “para divertirse escalando no hace falta escalar”. Quizá lo diría de una forma más sutil. No sé.
- Lo tenías pensado, eso. Confiesa.
Suelto una risita.
- Empezaría contando que el camino era... “como la entrada al país de las Maravillas”, u otra imagen potente que evoque algo al lector. Diría que “nunca pensé que utilizaría las raíces de un árbol como agarres”, para que puedan imaginarte trepando por ellas. Después... no sé, quizá comenzaría con un tono bucólico, profundo, explicando lo mucho que te motiva verme escalar, porque “es casi como si escalaras tú”... pero después, todo empieza a salir mal. Yo enseguida estoy colgando de la cuerda porque no me salen los pasos, y la lluvia me está empapando las gafas y no veo. Tú tienes frío y te aburres, y piensas que vaya mierda, que cuando yo escalo NO es como si escalases tú, que tú quieres escalar, y no estar ahí parado en el pie de vía bajo la lluvia helada.
Pablo se ríe. Yo, entusiasmada, doy vueltas al seitán y sigo hablando:
- Entonces, en medio de todo eso, de tú todo negativo y mosqueado, y después de una hora para montar y desmontar la vía bajo la lluvia, a la tarada de tu novia le da tirarse en el aire a hacer un péndulo, y tú, que estabas pensando ya en tomarte un café calentito en el bar del pueblo, te encuentras volando por los aires. Describes “su repentina cara de terror al darse cuenta de que un péndulo tiene dos direcciones – yo también me estoy riendo ahora – y, aunque una de ellas estaba limpia de obstáculos, la otra la trae de vuelta contra la roca a toda velocidad”. Terminaría contando un poco sobre la chica que escalaba al lado, pero poquito, para no aburrir al lector. Después concluiría con la frase que te dije... Algo como “mientras bajábamos empapados hacia la furgo, preguntándonos cómo se diría colacao en francés, pensé que lo bueno de la escalada es que a veces escalar ni siquiera hace falta”.
Pablo esboza una media sonrisa. Yo doy la vuelta a las lonchas de seitán y subo un poco el fuego. La luz dentro de la furgo es cálida y amarilla; más allá de las ventanas, todo es oscuridad y silencio.
- Quedó muy bueno. Me gustó. Me gustó lo que escribiste en el aire.
- Gracias.
- Aunque suena demasiado a ti.
- Probablemente.
- Y entonces – dice él, como si retomáramos una conversación de antes -, ¿cómo se hace para escribir sobre un recuerdo y que no quede aburrido?
Al mediodía, mientras yo dormía la siesta bajo el techo elevable de la furgo, él ha estado escribiendo. No tengo ni idea de qué. Lleva y trae de un lado a otro el ordenador y “Writing Down the Bones”, como si él y Natalie Goldberg anduvieran conspirando en secreto.
- Pues... no sé. Depende. Utilizas los detalles, supongo. ¿Qué recuerdo?
- Por ejemplo, la tarde de hoy. Pienso en cómo la contaría y suena aburrido.
Cubro con aceite el fondo de la sartén y enciendo el fuego al mínimo.
- Lo importante – digo, mientras sostengo la mano unos centímetros encima del aceite – no es contar lo que pasó, sino transmitir qué significa para ti lo que pasó. Los lectores quieren identificarse contigo, que eres el protagonista.
- ¿Y cómo se hace eso?
- A ver. ¿Qué querrías tú recordar de esta tarde?
- No sé – arruga la boca y mira hacia arriba -. La aproximación al sector, que era muy bonita. Las raíces de los árboles a las que había que agarrarse para subir, el tronco con muescas que habían colocado para que hiciera de escalera, el bosque... Luego contaría cómo tú has empezado a escalar, y de repente se puso a llover, y tú no podías seguir, y yo me estaba cagando de frío... Porque era un poco como... ¿catrasca existe acá?
- ¿Catrasca? No, ¿qué es?
- Cuando alguien es muy... no sé, que se va dando golpes con todo, y va a escalar y le llueve, y luego no puede desmontar la vía.
- ¿Torpe? ¿Gafe?
- No, no exactamente...
- ¡Yo no soy gafe! Un poco torpe sí, lo admito.
- No vos, la situación era catrasca. Bueno, pues eso quería contar, que tardamos un montón y nos mojamos, y que luego para bajarte de la vía te soltaste de la pared porque querías hacer un péndulo, y eso me levantó a mi también y nos partimos de risa. Que tú colgabas de un lado a otro gritando: “¡Uiiiiiii!”, pero luego vi toda tu cara de pánico cuando casi te das contra la pared, y nos empezamos a enredar los dos en la cuerda y parecíamos tarados.
Mientras Pablo habla, yo corto el seitán en lonchas finitas sobre la tabla de plástico naranja.
- Lo que pasa – continúa – es que todo eso lo escribo y es aburrido. Si lo leo dentro de... qué sé yo... un año, me va a parecer una estupidez. Como esa gente que tiene blogs de escalada y que cuenta: fuimos a tal sitio y a tal otro, hicimos tal y tal vía, se puso a llover y nos tuvimos que ir. ¿A quién le importa eso?
- ¿Qué es lo más importante para ti de todo eso? Pásame la sal, porfa.
- Creo... - me alarga el tarro de sal marismeña que compramos en Cádiz – que la idea es que estaba ahí asegurándote, muerto de frío, y después no me esperaba lo del péndulo. No pensaba que iba a salir volando. Después los dos nos quedamos mirando a la chica que escalaba en la vía de al lado y eso me motivó, me dieron ganas de escalar más. Pero ¿ves? Dicho así suena estúpido.
- A ver... - pongo un poco de pimienta a los champiñones que se rehogan en la otra sartén -. A veces yo empiezo a escribir un post y sé cuál va a ser el final. El cierre, por así decirlo. Ese es el mensaje del post, lo que tú quieres comunicar con él. En tu caso, yo me quedaría con... Cómo lo expresaría... Algo como “a veces para escalar no hace falta escalar”, o “para divertirse escalando no hace falta escalar”. Quizá lo diría de una forma más sutil. No sé.
- Lo tenías pensado, eso. Confiesa.
Suelto una risita.
- Empezaría contando que el camino era... “como la entrada al país de las Maravillas”, u otra imagen potente que evoque algo al lector. Diría que “nunca pensé que utilizaría las raíces de un árbol como agarres”, para que puedan imaginarte trepando por ellas. Después... no sé, quizá comenzaría con un tono bucólico, profundo, explicando lo mucho que te motiva verme escalar, porque “es casi como si escalaras tú”... pero después, todo empieza a salir mal. Yo enseguida estoy colgando de la cuerda porque no me salen los pasos, y la lluvia me está empapando las gafas y no veo. Tú tienes frío y te aburres, y piensas que vaya mierda, que cuando yo escalo NO es como si escalases tú, que tú quieres escalar, y no estar ahí parado en el pie de vía bajo la lluvia helada.
Pablo se ríe. Yo, entusiasmada, doy vueltas al seitán y sigo hablando:
- Entonces, en medio de todo eso, de tú todo negativo y mosqueado, y después de una hora para montar y desmontar la vía bajo la lluvia, a la tarada de tu novia le da tirarse en el aire a hacer un péndulo, y tú, que estabas pensando ya en tomarte un café calentito en el bar del pueblo, te encuentras volando por los aires. Describes “su repentina cara de terror al darse cuenta de que un péndulo tiene dos direcciones – yo también me estoy riendo ahora – y, aunque una de ellas estaba limpia de obstáculos, la otra la trae de vuelta contra la roca a toda velocidad”. Terminaría contando un poco sobre la chica que escalaba al lado, pero poquito, para no aburrir al lector. Después concluiría con la frase que te dije... Algo como “mientras bajábamos empapados hacia la furgo, preguntándonos cómo se diría colacao en francés, pensé que lo bueno de la escalada es que a veces escalar ni siquiera hace falta”.
Pablo esboza una media sonrisa. Yo doy la vuelta a las lonchas de seitán y subo un poco el fuego. La luz dentro de la furgo es cálida y amarilla; más allá de las ventanas, todo es oscuridad y silencio.
- Quedó muy bueno. Me gustó. Me gustó lo que escribiste en el aire.
- Gracias.
- Aunque suena demasiado a ti.
- Probablemente.
sábado, 26 de julio de 2014
European Rock Trip 2104: pistoletazo de salida
En la casa más pija de Margalef, un tranquilo pueblo de la comarca del Priorat, se libra en estos momentos una extraña guerra fría. Sentada en su secreter, Marina escribe. No es que tenga nada demasiado importante que decir; además, le pican los ojos, porque lleva todo el día en el ordenador ultimando un Proyecto Literario Secreto del que ya os informará en su momento. Pero sabe que Tiene que escribir; no solo se lo debe a sus lectores, sino que ha recibido un tuit de Rafa Fernández, enfant terrible de la literatura underground, que dice que está esperando una actualización. Una no puede ignorar así como así un tuit de Rafa Fernández.
Pablo, por su parte, un argentino que hace un año estaba tan tranquilo en Utah y ahora, sin comerlo ni beberlo, se ve aguantando a la escritora a jornada completa, acaba de salir de su estudio. Se dirige despacio al de Marina y llama a la puerta. Entra descalzo, con el ordenador en las manos y cara de sueño.
- Che - le dice -, tu mochila, mañana, ¿qué onda?
Marina vuelve la cabeza y arquea una ceja. Mañana es el primer día del European Rock Trip: un viaje que ambos llevan un mes posponiendo con la excusa del trabajo de Pablo y del Proyecto Literario Secreto, pero que les ha permitido agarrarse como koalas al piso más pijo de Margalef. A un observador imparcial podría parecerle que Pablo solo quiere saber, de manera casual y desinteresada, cómo lleva ella la mochila del viaje. Un traductor Pablo-Español, sin embargo, nos daría la siguiente versión.
- Che - el traductor respeta los localismos -, te conozco y sé que no has empezado siquiera a pensar en hacer la mochila. Mañana nos levantaremos y tardarás tres horas, porque tienes que llenarla con gomillas de pelo, tapones para los oídos, Espidifén y ropa para todas las variedades climáticas posibles. ¿Por qué no dejás de pelotudear y la hacés ahora, antes de que yo me empiece a poner nervioso porque vamos a llegar a la fucking Francia por la noche, y nos perderemos, y encima vamos sin GPS, y la vamos a liar?
La silla giratoria de Marina da la vuelta despacio, como la de un mafioso de película. Se levanta y camina hacia Pablo.
- Mi mochila... yo qué sé. Lo de siempre, ¿no? - se encoge de hombros - Mañana me levanto y la hago, ya está. Como hacemos siempre que vamos a escalar. Tampoco voy a llevar tantas cosas.
Pablo se rasca la cabeza. Por supuesto, podría interpretar literalmente las palabras de Marina y quedarse tranquilo. Pero él también ha implantado en su cabeza un traductor Marina-Español. Lo que escucha es lo siguiente:
- Ni De Coña me voy a poner a hacer la mochila ahora. Y no porque tenga sueño, que lo tengo, pero me da igual, porque acabo de pasarme media hora leyendo los comentarios de un vídeo de Youtube. No voy a hacer la mochila ahora porque va contra mi religión hacer la mochila la noche antes. Me sienta mal, me cabrea y se me olvidan cosas, y además en cuanto empiece me va a entrar un sueño terrible y voy a empezar a gruñir. Por supuesto que mañana voy a tardar un montón, ¡¡nos vamos un mes a Europa!! Los europeos están locos y allí llueve todo el tiempo, y ¿qué pasa si me quedo sin tapones para los oídos? Aun así, no voy a ponerme a hacer la mochila ahora. Ni hablar.
- Ok - contesta Pablo.
Aquí el traductor Pablo-Español lo tiene más difícil, pero después de unos segundos procesando el pequeño fragmento de discurso, le manda a Marina la siguiente información:
- Sos DE TERROR. Vamos a salir a las tantas, vamos a llegar a las tantas, nos desorientaremos y encima estaremos rodeados de franceses, que nos son hostiles. Pero no te puedo decir nada, porque no me vas a hacer ni caso y, para variar, harás lo que vos quieras. Quién me mandaría a mí mudarme a gallegolandia. Menos mal que tenés un lindo orto. La concha de tu madre... no, no, no te estaba insultando; tu mamá se llama literalmente Concha.*
Marina retira con suavidad el ordenador de las manos de Pablo y lo deja en la cama. Le echa los brazos al cuello: está tan guapo cuando va descalzo. Le gusta cómo le asoman los antebrazos debajo de la camiseta, y el olor a champú de tío en el hueco de su cuello. Él la besa, distraído, porque se está meando, y luego se da la vuelta para ir al baño y cenar algo. Ella vuelve al ordenador y abre el editor de blogger.
Mañana empiezan el European Rock Trip.
Nadie dijo que viajar en pareja fuera fácil.
*Verídico.
Pablo, por su parte, un argentino que hace un año estaba tan tranquilo en Utah y ahora, sin comerlo ni beberlo, se ve aguantando a la escritora a jornada completa, acaba de salir de su estudio. Se dirige despacio al de Marina y llama a la puerta. Entra descalzo, con el ordenador en las manos y cara de sueño.
- Che - le dice -, tu mochila, mañana, ¿qué onda?
Marina vuelve la cabeza y arquea una ceja. Mañana es el primer día del European Rock Trip: un viaje que ambos llevan un mes posponiendo con la excusa del trabajo de Pablo y del Proyecto Literario Secreto, pero que les ha permitido agarrarse como koalas al piso más pijo de Margalef. A un observador imparcial podría parecerle que Pablo solo quiere saber, de manera casual y desinteresada, cómo lleva ella la mochila del viaje. Un traductor Pablo-Español, sin embargo, nos daría la siguiente versión.
- Che - el traductor respeta los localismos -, te conozco y sé que no has empezado siquiera a pensar en hacer la mochila. Mañana nos levantaremos y tardarás tres horas, porque tienes que llenarla con gomillas de pelo, tapones para los oídos, Espidifén y ropa para todas las variedades climáticas posibles. ¿Por qué no dejás de pelotudear y la hacés ahora, antes de que yo me empiece a poner nervioso porque vamos a llegar a la fucking Francia por la noche, y nos perderemos, y encima vamos sin GPS, y la vamos a liar?
La silla giratoria de Marina da la vuelta despacio, como la de un mafioso de película. Se levanta y camina hacia Pablo.
- Mi mochila... yo qué sé. Lo de siempre, ¿no? - se encoge de hombros - Mañana me levanto y la hago, ya está. Como hacemos siempre que vamos a escalar. Tampoco voy a llevar tantas cosas.
Pablo se rasca la cabeza. Por supuesto, podría interpretar literalmente las palabras de Marina y quedarse tranquilo. Pero él también ha implantado en su cabeza un traductor Marina-Español. Lo que escucha es lo siguiente:
- Ni De Coña me voy a poner a hacer la mochila ahora. Y no porque tenga sueño, que lo tengo, pero me da igual, porque acabo de pasarme media hora leyendo los comentarios de un vídeo de Youtube. No voy a hacer la mochila ahora porque va contra mi religión hacer la mochila la noche antes. Me sienta mal, me cabrea y se me olvidan cosas, y además en cuanto empiece me va a entrar un sueño terrible y voy a empezar a gruñir. Por supuesto que mañana voy a tardar un montón, ¡¡nos vamos un mes a Europa!! Los europeos están locos y allí llueve todo el tiempo, y ¿qué pasa si me quedo sin tapones para los oídos? Aun así, no voy a ponerme a hacer la mochila ahora. Ni hablar.
- Ok - contesta Pablo.
Aquí el traductor Pablo-Español lo tiene más difícil, pero después de unos segundos procesando el pequeño fragmento de discurso, le manda a Marina la siguiente información:
- Sos DE TERROR. Vamos a salir a las tantas, vamos a llegar a las tantas, nos desorientaremos y encima estaremos rodeados de franceses, que nos son hostiles. Pero no te puedo decir nada, porque no me vas a hacer ni caso y, para variar, harás lo que vos quieras. Quién me mandaría a mí mudarme a gallegolandia. Menos mal que tenés un lindo orto. La concha de tu madre... no, no, no te estaba insultando; tu mamá se llama literalmente Concha.*
Marina retira con suavidad el ordenador de las manos de Pablo y lo deja en la cama. Le echa los brazos al cuello: está tan guapo cuando va descalzo. Le gusta cómo le asoman los antebrazos debajo de la camiseta, y el olor a champú de tío en el hueco de su cuello. Él la besa, distraído, porque se está meando, y luego se da la vuelta para ir al baño y cenar algo. Ella vuelve al ordenador y abre el editor de blogger.
Mañana empiezan el European Rock Trip.
Nadie dijo que viajar en pareja fuera fácil.
*Verídico.
jueves, 12 de junio de 2014
Granada contigo
"Lo increíble de Europa es que ustedes viven aquí", dice Pablo, mientras observa el Albayzín con cierto asombro.
Llevamos dos días en Granada, en lo que yo he dado en llamar un Finde de Amor y Lujo o FAL (y sí, sé que es un acrónimo poco elegante). Hemos pasado la mañana huyendo del calor en los bosques de la Alhambra y, después de vaguear unas horas en la piscina del hotel, hemos visto la puesta de sol desde la muralla de la ciudad. Ahora bajamos por la Cuesta Alhacaba en dirección al Arco de Elvira, que él rastreó ayer en la Wikipedia. "Es increíble - insiste -, porque ustedes se levantan por la mañana y ven monumentos con siglos de antigüedad. Es una locura".
Sin él saberlo, me recuerda a Krista, la canadiense meditadora que vino a visitarme en quinto de carrera y que repetía lo mismo, anonadada: "This is YOUR city... you LIVE here". Ahora, sin embargo, no siento el orgullo de propietaria de entonces. No me siento exactamente turista, pero no poseo a la ciudad. En los dos días del FAL, intento darle a Pablo una panorámica exacta. Es una visita más sentimental que cultural: le enseño los balcones de los pisos donde viví, los cafés donde desayunaba y los bancos donde me sentaba a leer. Sé que me imagina en todos esos lugares, y también sé que la imagen que pueda formarse de mí, la ilustración unidimensional de la chica rubia y mona que pasea o lee, no tiene nada que ver con mi experiencia. Para mí era inmenso. Era toda la textura de la vida contenida en un instante.
Incluso aquí, ahora, me cuesta explicar lo que sentía yo esos años. Nunca he hecho surf, pero imagino que un surfista, después de dejar pasar un montón de olas, ser arrollado por unas y quedarse atrás en otras, da en ocasiones con el momento en que se coloca en la ola y la posee. La doma. Está justo en su cresta. Yo poseía Granada. Era mía. Aquel momento era cien por cien mío, eran los adoquines de mis calles y las tazas de mis cafeterías, su gente era mi gente, sus libros, sus películas, la fritanga de sus bares: todo eso era mío y yo no podía ni quería estar en otro lugar.
Me sigo explicando fatal y espero que lo disculpéis. En estos días, mientras observaba a los estudiantes en la calle y me preguntaba si se me ve mucho más vieja que ellos, sentía algo parecido a la lástima. Por ese sucedáneo de vida que te construyes cuando eres estudiante. O bueno, no es un sucedáneo: es tu vida, en ese momento, no tienes otra y, sin embargo, te crees tan grande. Tan sabio. Tan al otro lado. Tampoco mereces lástima. Juegas a adulto con pocos riesgos, y está bien. El mundo es eso: un patio de juegos gigante en el que tú mueves ficha sin ser del todo consciente de las consecuencias.
Ya os conté una vez que hace mucho tiempo, justo antes de que mi amigo José Luis se marchara a estudiar a Madrid, nuestro profesor de teatro contemporáneo, un tipo huesudo de nariz larga y voz grave, le dijo algo como: "Ahora te toca averiguar cómo quieres vivir. Qué quieres hacer con tu tiempo y tu dinero. Si quieres o no beberte esa copa, si quieres o no follarte a esa chica". La entrada continuaba conmigo diciendo que quería elegir cómo vivir, con frases así de rimbombantes:
Quiero ser capaz de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda detrás, mi trayectoria, todo lo que se supone que soy y que me define.
Ahí es nada.
Me acordaba de esta entrada porque, a lo tonto, fue hace ya casi dos años, y de alguna forma me da la impresión de que ya he decidido. Al menos en esta jugada, este movimiento. Mi amigo Anxo siempre dice que en la terapia (como en la vida, como en el ajedrez) hay que hacer cada movimiento con intención. Ahora, después de decidir sobre unas cuantas cosas importantes, coloco de nuevo mis fichas y espero asombrada a ver qué pasa.
Pienso que a lo mejor esa distancia líquida que me separa ahora de Granada no es más que esa capacidad de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda atrás. Estoy muy en ese modo últimamente. Lo cierto es que no tengo muchas ganas de trabajar como psicóloga ahora mismo, más allá de escribir sobre el tema, y esto suena muy chalado si pensamos que me he pasado los últimos diez años preparándome para eso. Pero me siento absurdamente desapegada al respecto, como si la yo psicóloga no hubiera sido realmente yo. Con la intuición de que la yo-yo siempre fue escritora.
Hemos pasado un bonito FAL en Granada, mi Pablo y yo. Como dos piezas de un rompecabezas que encajan en otra parte, si es que encajan en alguna. Recorriendo la luz dorada y quieta de sus calles, parándonos en los rincones, con ampollas en los talones de tanto caminar. Engullendo comida vegana y comprando chocolate. José Luis, el amigo del que os hablaba antes, me dijo una vez que Granada es una bonita ciudad para entristecerse. Pablo me dijo el sábado que era una bonita ciudad para enamorarse. Yo, que durante años he pensado que era una bonita ciudad para amar, decepcionarse, pasear, leer, escribir, aprender, desesperarse, bloguear, llorar, oír música, cantar en la calle, congelarse de frío y sudar desesperado de calor, me quedo con que es, sin duda, una bonita ciudad.
Llevamos dos días en Granada, en lo que yo he dado en llamar un Finde de Amor y Lujo o FAL (y sí, sé que es un acrónimo poco elegante). Hemos pasado la mañana huyendo del calor en los bosques de la Alhambra y, después de vaguear unas horas en la piscina del hotel, hemos visto la puesta de sol desde la muralla de la ciudad. Ahora bajamos por la Cuesta Alhacaba en dirección al Arco de Elvira, que él rastreó ayer en la Wikipedia. "Es increíble - insiste -, porque ustedes se levantan por la mañana y ven monumentos con siglos de antigüedad. Es una locura".
Sin él saberlo, me recuerda a Krista, la canadiense meditadora que vino a visitarme en quinto de carrera y que repetía lo mismo, anonadada: "This is YOUR city... you LIVE here". Ahora, sin embargo, no siento el orgullo de propietaria de entonces. No me siento exactamente turista, pero no poseo a la ciudad. En los dos días del FAL, intento darle a Pablo una panorámica exacta. Es una visita más sentimental que cultural: le enseño los balcones de los pisos donde viví, los cafés donde desayunaba y los bancos donde me sentaba a leer. Sé que me imagina en todos esos lugares, y también sé que la imagen que pueda formarse de mí, la ilustración unidimensional de la chica rubia y mona que pasea o lee, no tiene nada que ver con mi experiencia. Para mí era inmenso. Era toda la textura de la vida contenida en un instante.
Incluso aquí, ahora, me cuesta explicar lo que sentía yo esos años. Nunca he hecho surf, pero imagino que un surfista, después de dejar pasar un montón de olas, ser arrollado por unas y quedarse atrás en otras, da en ocasiones con el momento en que se coloca en la ola y la posee. La doma. Está justo en su cresta. Yo poseía Granada. Era mía. Aquel momento era cien por cien mío, eran los adoquines de mis calles y las tazas de mis cafeterías, su gente era mi gente, sus libros, sus películas, la fritanga de sus bares: todo eso era mío y yo no podía ni quería estar en otro lugar.
Me sigo explicando fatal y espero que lo disculpéis. En estos días, mientras observaba a los estudiantes en la calle y me preguntaba si se me ve mucho más vieja que ellos, sentía algo parecido a la lástima. Por ese sucedáneo de vida que te construyes cuando eres estudiante. O bueno, no es un sucedáneo: es tu vida, en ese momento, no tienes otra y, sin embargo, te crees tan grande. Tan sabio. Tan al otro lado. Tampoco mereces lástima. Juegas a adulto con pocos riesgos, y está bien. El mundo es eso: un patio de juegos gigante en el que tú mueves ficha sin ser del todo consciente de las consecuencias.
Ya os conté una vez que hace mucho tiempo, justo antes de que mi amigo José Luis se marchara a estudiar a Madrid, nuestro profesor de teatro contemporáneo, un tipo huesudo de nariz larga y voz grave, le dijo algo como: "Ahora te toca averiguar cómo quieres vivir. Qué quieres hacer con tu tiempo y tu dinero. Si quieres o no beberte esa copa, si quieres o no follarte a esa chica". La entrada continuaba conmigo diciendo que quería elegir cómo vivir, con frases así de rimbombantes:
Quiero ser capaz de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda detrás, mi trayectoria, todo lo que se supone que soy y que me define.
Ahí es nada.
Me acordaba de esta entrada porque, a lo tonto, fue hace ya casi dos años, y de alguna forma me da la impresión de que ya he decidido. Al menos en esta jugada, este movimiento. Mi amigo Anxo siempre dice que en la terapia (como en la vida, como en el ajedrez) hay que hacer cada movimiento con intención. Ahora, después de decidir sobre unas cuantas cosas importantes, coloco de nuevo mis fichas y espero asombrada a ver qué pasa.
Pienso que a lo mejor esa distancia líquida que me separa ahora de Granada no es más que esa capacidad de mirar el tiempo que tengo por delante obviando el que me queda atrás. Estoy muy en ese modo últimamente. Lo cierto es que no tengo muchas ganas de trabajar como psicóloga ahora mismo, más allá de escribir sobre el tema, y esto suena muy chalado si pensamos que me he pasado los últimos diez años preparándome para eso. Pero me siento absurdamente desapegada al respecto, como si la yo psicóloga no hubiera sido realmente yo. Con la intuición de que la yo-yo siempre fue escritora.
Hemos pasado un bonito FAL en Granada, mi Pablo y yo. Como dos piezas de un rompecabezas que encajan en otra parte, si es que encajan en alguna. Recorriendo la luz dorada y quieta de sus calles, parándonos en los rincones, con ampollas en los talones de tanto caminar. Engullendo comida vegana y comprando chocolate. José Luis, el amigo del que os hablaba antes, me dijo una vez que Granada es una bonita ciudad para entristecerse. Pablo me dijo el sábado que era una bonita ciudad para enamorarse. Yo, que durante años he pensado que era una bonita ciudad para amar, decepcionarse, pasear, leer, escribir, aprender, desesperarse, bloguear, llorar, oír música, cantar en la calle, congelarse de frío y sudar desesperado de calor, me quedo con que es, sin duda, una bonita ciudad.
martes, 17 de diciembre de 2013
Vivir con Pablo
Vivir con Pablo es...
... irme a dormir con frío porque él no está y morirme de calor en cuanto entra en la cama.
... despertarme cuando él se acuesta, mantener conversaciones absurdas en el límite de la conciencia y arruinar mis ciclos del sueño para toda la noche.
... no poder salir de la cama por la mañana porque me atrapa con llaves poderosas y me dice: "¿pero dónde te creés que vas? Vos tenés que estar conmigo. Decíselo a tu jefe".
... preguntar qué significan dos de cada tres palabras que pronuncia, y asombrarme con la capacidad argentina para encontrarles sinónimos a los genitales y todo lo relacionado con ellos (por ejemplo, ¿quién adivinaría lo que quiere decir "acogotarse el pollo"?).
... no poder entrar en la cocina porque está invadida por frutas, verduras, germinados, cartones de leche de soja, la licuadora, la batidora y miles de botellas de agua mineral.
... tener ganas de ofrecerle palomitas y/o un babero cada vez que me quito (inocentemente) la ropa para ponerme el pijama.
... ver interrumpida la escritura por sesiones urgentes de mimo-time (os contará que yo le interrumpo más veces a él. Miente)
... recibir ofrecimientos generosos para ayudarme a sostener mi propio culo.
... tener un apoyo incondicional para comer chocolate, dormir siestas y autoproclamarme Emperatriz del Mundo.
... comer respondiendo las larguísimas encuestas sobre mí, mi pasado y mi futuro que se inventa sobre la marcha porque "gorda, yo quiero saberlo TODO de vos".
... estar lista para irme a dormir y no tener más remedio que sentarme con él a ver vídeos de escalada, porque no para de repetir "HOLY SHIT!" mientras mira a Ondra encadenar "La Dura Dura".
... sumar a mi desorden su desorden, multiplicarlo por dos y vivir en ello.
... ir siempre tarde al trabajo porque no me puedo resistir a esconderle notitas en el ordenador para que las encuentre cuando se despierte.
... haber tenido que aceptar por fin que quizá, pero sólo quizá, mi maravillosa bata de felpa morada para estar por casa no es la indumentaria más sexy del mundo.
... tener a alguien celoso de mi bolsa caliente de cereales.
... no poder mirar a Jackson Avery en Anatomía de Grey sin que él desee su muerte.
... proponernos ver pelis todos los fines de semana sin asumir que la escalada no nos deja tiempo para nada más.
... perder la objetividad sobre lo que escribo, porque para él es todo MARAVISHOSO y ME ENCANTÓ.
... ver la cara que pone mirando un vídeo de comer pulpos vivos, y luego aguantar que me diga que si yo sabía que no era bueno para él, ¿¿¿por qué le he dejado hacerlo???
... ser incapaz de entender cómo alguien puede pronunciar tan mal la palabra quillo [ki-i-i-o].
Vivir con Pablo es como si todos los días fueran la mañana de reyes.
Vivir con Pablo es como vivir a la vez con tu mejor amigo, con la Wikipedia y con un argentino ultra-sexy que quiere irse a la cama contigo.
Vivir con Pablo es lo mejor que me ha pasado en la vida.
... irme a dormir con frío porque él no está y morirme de calor en cuanto entra en la cama.
... despertarme cuando él se acuesta, mantener conversaciones absurdas en el límite de la conciencia y arruinar mis ciclos del sueño para toda la noche.
... no poder salir de la cama por la mañana porque me atrapa con llaves poderosas y me dice: "¿pero dónde te creés que vas? Vos tenés que estar conmigo. Decíselo a tu jefe".
... preguntar qué significan dos de cada tres palabras que pronuncia, y asombrarme con la capacidad argentina para encontrarles sinónimos a los genitales y todo lo relacionado con ellos (por ejemplo, ¿quién adivinaría lo que quiere decir "acogotarse el pollo"?).
... no poder entrar en la cocina porque está invadida por frutas, verduras, germinados, cartones de leche de soja, la licuadora, la batidora y miles de botellas de agua mineral.
... tener ganas de ofrecerle palomitas y/o un babero cada vez que me quito (inocentemente) la ropa para ponerme el pijama.
... ver interrumpida la escritura por sesiones urgentes de mimo-time (os contará que yo le interrumpo más veces a él. Miente)
... recibir ofrecimientos generosos para ayudarme a sostener mi propio culo.
... tener un apoyo incondicional para comer chocolate, dormir siestas y autoproclamarme Emperatriz del Mundo.
... comer respondiendo las larguísimas encuestas sobre mí, mi pasado y mi futuro que se inventa sobre la marcha porque "gorda, yo quiero saberlo TODO de vos".
... estar lista para irme a dormir y no tener más remedio que sentarme con él a ver vídeos de escalada, porque no para de repetir "HOLY SHIT!" mientras mira a Ondra encadenar "La Dura Dura".
... sumar a mi desorden su desorden, multiplicarlo por dos y vivir en ello.
... ir siempre tarde al trabajo porque no me puedo resistir a esconderle notitas en el ordenador para que las encuentre cuando se despierte.
... haber tenido que aceptar por fin que quizá, pero sólo quizá, mi maravillosa bata de felpa morada para estar por casa no es la indumentaria más sexy del mundo.
... tener a alguien celoso de mi bolsa caliente de cereales.
... no poder mirar a Jackson Avery en Anatomía de Grey sin que él desee su muerte.
... proponernos ver pelis todos los fines de semana sin asumir que la escalada no nos deja tiempo para nada más.
... perder la objetividad sobre lo que escribo, porque para él es todo MARAVISHOSO y ME ENCANTÓ.
... ver la cara que pone mirando un vídeo de comer pulpos vivos, y luego aguantar que me diga que si yo sabía que no era bueno para él, ¿¿¿por qué le he dejado hacerlo???
... ser incapaz de entender cómo alguien puede pronunciar tan mal la palabra quillo [ki-i-i-o].
Vivir con Pablo es como si todos los días fueran la mañana de reyes.
Vivir con Pablo es como vivir a la vez con tu mejor amigo, con la Wikipedia y con un argentino ultra-sexy que quiere irse a la cama contigo.
Vivir con Pablo es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Pablo incitándome a dormir la siesta para abusar de mí
[La idea me la dio este post de Lorz]
sábado, 19 de octubre de 2013
Me alegro
Me alegro de todas las veces que salió mal. De todos los que tenían novia, mujer o ex omnipresente. De los capullos engreídos, los emocionalmente distantes y los fríos de corazón. De los cobardes, los falsamente valientes y los que no comían ni dejaban comer.
Me alegro de los rechazos y las cobras. Agradezco profundamente no haberle gustado lo suficiente a nadie. Creo que me tocó la lotería cada vez que di más de lo que recibí o me senté a esperar mensajes y mails que no llegaron nunca. Respiro aliviada cada vez que imagino que lo que pudo haber sido hubiera decidido, de hecho, ser.
Me parecen una bendición todas y cada una de las noches que pasé acurrucada en mi lado de la cama, imaginando que alguien se acercaba desde detrás y me abrazaba. Me alegro de haber contado los meses que habían pasado desde la última vez. Estoy segura de que el karma estaba de mi parte cada vez que quedé con un chico y fue decepcionante, aburrido o directamente ridículo.
Porque imagina que hubiera salido bien con alguno de ellos. Imagina que hubiera empezado algo con cualquiera que no fueras tú. Nuestro destino era como una de esas largas cadenas de fichas de dominó, y un sólo fallo podría haberlo echado todo a perder. Estuve en riesgo muchas veces y me escapé.
Ahora estás aquí, sentado frente a mí, tecleando con furia en tu portátil. Yo me como el trozo de tarta de limón que me has traído del Café Royalty y recorro tu mandíbula con los ojos. A ratos nos miramos y nos sonreímos. Y yo agradezco todo lo que me ha llevado hasta aquí, porque creo que nunca lo sabremos de verdad. Creo que nunca seremos del todo conscientes de lo cerca que estuvimos de que nada de esto sucediera nunca.
Me alegro de los rechazos y las cobras. Agradezco profundamente no haberle gustado lo suficiente a nadie. Creo que me tocó la lotería cada vez que di más de lo que recibí o me senté a esperar mensajes y mails que no llegaron nunca. Respiro aliviada cada vez que imagino que lo que pudo haber sido hubiera decidido, de hecho, ser.
Me parecen una bendición todas y cada una de las noches que pasé acurrucada en mi lado de la cama, imaginando que alguien se acercaba desde detrás y me abrazaba. Me alegro de haber contado los meses que habían pasado desde la última vez. Estoy segura de que el karma estaba de mi parte cada vez que quedé con un chico y fue decepcionante, aburrido o directamente ridículo.
Porque imagina que hubiera salido bien con alguno de ellos. Imagina que hubiera empezado algo con cualquiera que no fueras tú. Nuestro destino era como una de esas largas cadenas de fichas de dominó, y un sólo fallo podría haberlo echado todo a perder. Estuve en riesgo muchas veces y me escapé.
Ahora estás aquí, sentado frente a mí, tecleando con furia en tu portátil. Yo me como el trozo de tarta de limón que me has traído del Café Royalty y recorro tu mandíbula con los ojos. A ratos nos miramos y nos sonreímos. Y yo agradezco todo lo que me ha llevado hasta aquí, porque creo que nunca lo sabremos de verdad. Creo que nunca seremos del todo conscientes de lo cerca que estuvimos de que nada de esto sucediera nunca.
domingo, 29 de septiembre de 2013
A veces, escribir es un trámite
Hace mucho que no escribo aquí, y supongo que es porque no sé muy bien cómo empezar. Cuando una pasa mucho tiempo sin escribir, el cúmulo de experiencias por contar pierde nitidez, y se convierte en una masa informe de la que es difícil sacar detalles.
Estoy con Pablo en el salón de nuestra casa nueva. Se escucha el mar al otro lado de la terraza. Es ridículamente estupenda, nuestra vida juntos. Ridícula, de verdad. Despertarnos juntos, desayunar, navegar las horas de este domingo en un fluido indistinto de sueño, charlas y sexo. Cocinar crema de calabaza y fideos chinos; leer juntos en el sofá, hechos un nudo. Enfilar el camino hacia el roco con las manos agarradas y las mochilas a la espalda. Soy absurdamente feliz. Verídico.
Hace tiempo, cuando me dolía el cuerpo en Madrid de soledad y de frío, trataba de recordar todo lo malo de tener una pareja. Esos momentos malos que son horribles, porque te hacen sentirte acorralada y no ser capaz de recordar quién eras cuando estabas sola. Intentaba mantener la cabeza fría y saber que la felicidad no depende de estar sola o en pareja; que, al final, acabas sintiéndote más o menos igual.
Lo retiro. Estar con Pablo es bastante mejor que estar sola. De hecho, si me apuráis, diría que estar con Pablo es como estar sola, pero mejor. Nos gusta el silencio compartido. Están mi mente, su mente y la mente de los dos, que es el valle de espacio común donde resuenan nuestras ideas. Yo escribo, él lee y a cada rato comentamos alguna frase o nos preguntamos la opinión sobre un tema.
Vivir con él es una sensación muy rara. Es... no sé. Es divertido. Después de un tiempo viviendo sola y de mis desastrosas últimas experiencias de convivencia, pensé que me había quedado tarada; nadie iba a aguantarme ni yo aguantaría a nadie. Pero Pablo tiene las mismas manías que yo, y le entiendo casi todo el rato.
No sé qué más contar. Es el típico post de actualizar después de un montón de tiempo y contar lo que está pasando en tu vida para poner a los lectores al día. O de obligarte a escribir después de un fin de semana sin haber hecho ni la mitad de lo que te habías propuesto. Todavía tengo las cajas de la mudanza desperdigadas por la casa, y lo poco que hemos arreglado se lo debo a Pablo y al set de destornilladores que se ha comprado. El curro bien, sin estridencias. Me desapego de la vida PIR, sabiendo que apenas me queda ya medio año antes de ir a engrosar las filas del paro.
Así que aquí sigo. Disfruto de las pequeñas cosas. Reúno despacio algo de fuerza de voluntad para escribir más y espero que la inspiración no dependa de mi infelicidad. Porque, francamente, mientras escribo esto, y siento cómo Pablo respira al otro lado de la habitación, y planeo los próximos minutos de lavarme los dientes, ponerme el pijama y arrastrarle con o sin su colaboración a nuestro estupendo colchón nuevo de IKEA, me parece difícil sentirme lo bastante desgraciada como para atraer a las musas.
martes, 10 de septiembre de 2013
Amor-raro-llorar-Roma
Si pudiera hablar ahora con la Marina de hace un año, la de "me siento sola, y cuándo encontraré a alguien, y tengo que conseguir ya un gato", y un largo etcétera, le diría: relájate. Encontrar el amor no soluciona nada.
Encontrar el amor, de hecho, es una experiencia bien rara.
No sé cómo explicarlo. Es verdad que han sido muchos cambios. Cambio de lugar de trabajo, de ciudad, de piso. Viajar a otro continente, conocer a Pablo y atraerlo con mis malvadas artes de escaladora hipnotista a esta tierra gallega que nunca le hizo gracia. Pero es mucho más que eso. Yo antes sabía dónde estaba el centro: justo en mi interior, en algún lugar entre mi pecho y mi espalda. Las paredes de mi identidad se construían alrededor de mi mundo y mis experiencias. Yo elegía qué compartir y qué no.
Ahora es como si en mi cabeza cupiéramos los dos, y los dos cupiéramos también en su cabeza y, de hecho, cuando me encuentro mal la experiencia de su amor me transforma, porque es como si yo viviera también de alguna manera en la mente de Pablo. Yo sé que él me quiere todo el rato, y es una sensación muy rara; como si alguien, en un lugar muy remoto, encendiera todos los días una velita por tu alma. Eso es muy bonito, pero también te obliga a buscar un nuevo centro: porque ya no está en ti, ni está tampoco en él; se encuentra en algún lugar muy íntimo, en mitad del espacio que queda entre los dos.
Lo que quiero decir es que estoy pasando una época difícil, incluso a pesar de haber encontrado el amor, y eso es lo más desconcertante de todo. Que no hay premios en esta vida; no hay ningún lugar a donde llegar. Y cada vez que reaprendo eso; cada vez que cambian las condiciones de mi vida y se convierte en lo que siempre quise que fuera y, aun así, la masilla gris y decepcionante de la realidad se filtra entre los ladrillos que yo coloco con tanto cuidado... bueno, entonces me pregunto, como Lionel Shriver, que todo esto para qué.
Pienso mucho en la muerte, últimamente. No me quiero suicidar, ni matar a nadie. Pienso en la muerte como experiencia inescapable, y es como si todos los días tuviera sentado a mi lado al fantasma de la transitoriedad. Hoy hablaba con Pablo sentada en la silla caletera, y lloraba porque me sentía inmensamente triste y, sin embargo, más allá de ciertos problemas con el coche que son sobre todo económicos, y de ciertos problemas laborales que se resumen en que ME ABURRO, lo más preocupante que podía contarle es que con el vestido que voy a llevar a la boda del sábado se ve la marca blanca que ha dejado en mi espalda la camiseta de escalada. "Cuando me pasa algo así - me explica él -, cuando me siento triste y no sé por qué, examino mi vida y me doy cuenta de que no tengo motivos. No hay ningún problema. Entonces me doy cuenta de que tiene que ver con algo más. No puede ser mi vida, porque mi vida está bien; debe ser algo más".
Así que quizá por eso pienso en la muerte: porque en realidad toda mi vida va bien, va estupendamente bien si la comparamos con un 99% de las vidas humanas que han poblado alguna vez este planeta. Quizá ahí está la clave: he alcanzado algún tipo de meta, sé lo que quiero hacer y sé a quién amo, y ahora sólo puedo preguntarme si eso es todo. Y es una pregunta bastante existencialista y deprimente que hacerse a los 28 años, así que no sé si estaré al borde de algún tipo de importante despertar espiritual.
O quizá sólo es la vuelta al cole. Quién sabe.
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Reflexiones profundas
lunes, 2 de septiembre de 2013
Back home
A menudo, cuando no sé qué escribir, comienzo describiendo dónde estoy o lo que tengo enfrente. Ahora mismo, por ejemplo, estoy sentada en la mesa del salón de mi nuevo y temporal hogar en Cádiz. Bebo cacao vegano, resisto las ganas de levantarme a apagar la luz de la cocina y observo con el rabillo del ojo a Pablo, que lee a Paul Auster sentado en el sofá.
Este momento es una buena metáfora. Porque antes mis ratos de escritura sólo nos comprendían a mí y a la escritura. Todo lo que había frente a mis ojos era un espacio vacío, y en ese espacio las palabras resonaban y encontraban su camino hasta mis dedos. Ahora en ese espacio, justo en la esquina de mi campo visual, está Pablo, y eso no es ni mejor ni peor; es. Y digo que es una metáfora porque es exactamente lo que ha pasado en mi vida: no se trata (solo) de tener a alguien a quien abrazar y querer y achuchar y atormentar con mis monólogos. Se trata de que él está al costado de mi mente, en la esquina de mi campo visual, y esa es la nueva forma que elijo de vivir mi vida.
Sé que he abandonado esto bastante tiempo, pero ha llegado septiembre y el abandono terminó: volvemos al ring con más furia que nunca. Estos últimos meses han sido difíciles, en el sentido de que no conseguía encontrar mi lugar sobre la Tierra. Madrid me tenía apartada de mi órbita y luchando por recuperar el centro, y la perspectiva de que Pablo se marchara durante vete a saber cuánto tiempo a miles de kilómetros de distancia me encadenaba voluntaria a sus huesitos. Ahora Pablo se queda, y llega el otoño, y volvemos al cole en las frescas mañanas de fin del verano, así que ha llegado el momento de retomar los proyectos como quien empieza una colección por fascículos: con la convicción de que esta vez seguiremos hasta el final.
Ayer llegamos a Cádiz a eso de las cinco, porque habíamos salido temprano de Málaga para eludir el sol de la tarde en los ojos. Colocamos las cosas, echamos una siesta rápida acucharados en la cama y nos fuimos a la playa. Soplaba un levante discreto. Ya está, pensaba yo; ahora Pablo conoce el levante, se da cuenta de lo que es Cádiz de verdad y de lo que soy yo de verdad, y se va. De vuelta a Buenos Aires, después a San Francisco, después a Honolulu, o al punto de la tierra más lejano a mí que encuentre.
Él, por su parte, arrima un poco a la mía su silla de playa y me dice que el viento le gusta. Que le parece agradable el airecito.
Nos giramos de espaldas al mar, para que la luz no le haga polvo los ojos claros, y charlamos arrejuntados toda la tarde. Cuando queda poco para que el sol se ponga, nos damos la vuelta y nos ponemos la ropa sobre los bañadores, porque empieza a refrescar. Yo me enrollo en mi toalla seca y observamos cómo el movimiento del sol hacia el horizonte se nota a ojos vista. Detrás de nosotros, una señora mayor canta a voces: "al sol le llaman Lorenzo, y a la Luna, Catalina". "Welcome to Andalucía", se dice a sí mismo Pablo, y yo me río. "La he contratado yo, para que anime el espectáculo".
El sol baja despacio. "Still there, still there, still there", repetimos nosotros, imitando a Jesse y Céline en Before Midnight, que vimos hace ya un par de meses en un cine de Madrid. La señora cantora exclama: "está el sol hoy redondito, redondito, como una teta mía panza arriba", y nosotros nos reímos, mientras me doy cuenta de que cualquier cosa que cuente de Cádiz no podrá ser nunca una exageración. "Still there, still there, and... it's gone". Los últimos restos se zambullen como una carpa de luz sobre el agua. Nosotros recogemos las sillas y nos vamos a casa.
Hoy hemos pasado la tarde en el centro, haciendo mandaos, lo que antes consistía en mí yendo entusiasmada de un lado a otro y ahora es lo mismo, pero con Pablo de mi mano mirándome con una mezcla entre "eres una maruja y yo esta parte de ti la desconocía" y "pero te quiero. Creo". Yo estoy TAN feliz de estar de vuelta. Madrid me aberró TANTO los últimos meses, que cuando empujo sin querer a una señora y ella me sonríe, y cuando la del Zara Home me aconseja que no compre las sábanas hoy, que mañana vienen más baratas, y cuando el tendero les da una vuelta cuidadosa a los huevos en la caja para comprobar que no están rotos, se me escapa la sonrisa de los labios.
Estoy de vuelta en muchos sentidos. Estoy en casa en muchos, muchos sentidos. Ya es hora, dice Vetusta. Ya es hora de replegar las alas rumbo a casa. Casa es muchas cosas. Es Cádiz ahora, pero sólo por lo que Cádiz significa y porque aquí puedo, por fin, escuchar mis pensamientos. Soy yo aquí sentada, escribiendo de nuevo y comprobando que cabe otra persona en el extremo de mi campo visual. Y Casa es Pablo. Ahora mismo, sobre todo, casa es Pablo, y Pablo está en casa.
Este momento es una buena metáfora. Porque antes mis ratos de escritura sólo nos comprendían a mí y a la escritura. Todo lo que había frente a mis ojos era un espacio vacío, y en ese espacio las palabras resonaban y encontraban su camino hasta mis dedos. Ahora en ese espacio, justo en la esquina de mi campo visual, está Pablo, y eso no es ni mejor ni peor; es. Y digo que es una metáfora porque es exactamente lo que ha pasado en mi vida: no se trata (solo) de tener a alguien a quien abrazar y querer y achuchar y atormentar con mis monólogos. Se trata de que él está al costado de mi mente, en la esquina de mi campo visual, y esa es la nueva forma que elijo de vivir mi vida.
Sé que he abandonado esto bastante tiempo, pero ha llegado septiembre y el abandono terminó: volvemos al ring con más furia que nunca. Estos últimos meses han sido difíciles, en el sentido de que no conseguía encontrar mi lugar sobre la Tierra. Madrid me tenía apartada de mi órbita y luchando por recuperar el centro, y la perspectiva de que Pablo se marchara durante vete a saber cuánto tiempo a miles de kilómetros de distancia me encadenaba voluntaria a sus huesitos. Ahora Pablo se queda, y llega el otoño, y volvemos al cole en las frescas mañanas de fin del verano, así que ha llegado el momento de retomar los proyectos como quien empieza una colección por fascículos: con la convicción de que esta vez seguiremos hasta el final.
Ayer llegamos a Cádiz a eso de las cinco, porque habíamos salido temprano de Málaga para eludir el sol de la tarde en los ojos. Colocamos las cosas, echamos una siesta rápida acucharados en la cama y nos fuimos a la playa. Soplaba un levante discreto. Ya está, pensaba yo; ahora Pablo conoce el levante, se da cuenta de lo que es Cádiz de verdad y de lo que soy yo de verdad, y se va. De vuelta a Buenos Aires, después a San Francisco, después a Honolulu, o al punto de la tierra más lejano a mí que encuentre.
Él, por su parte, arrima un poco a la mía su silla de playa y me dice que el viento le gusta. Que le parece agradable el airecito.
Nos giramos de espaldas al mar, para que la luz no le haga polvo los ojos claros, y charlamos arrejuntados toda la tarde. Cuando queda poco para que el sol se ponga, nos damos la vuelta y nos ponemos la ropa sobre los bañadores, porque empieza a refrescar. Yo me enrollo en mi toalla seca y observamos cómo el movimiento del sol hacia el horizonte se nota a ojos vista. Detrás de nosotros, una señora mayor canta a voces: "al sol le llaman Lorenzo, y a la Luna, Catalina". "Welcome to Andalucía", se dice a sí mismo Pablo, y yo me río. "La he contratado yo, para que anime el espectáculo".
El sol baja despacio. "Still there, still there, still there", repetimos nosotros, imitando a Jesse y Céline en Before Midnight, que vimos hace ya un par de meses en un cine de Madrid. La señora cantora exclama: "está el sol hoy redondito, redondito, como una teta mía panza arriba", y nosotros nos reímos, mientras me doy cuenta de que cualquier cosa que cuente de Cádiz no podrá ser nunca una exageración. "Still there, still there, and... it's gone". Los últimos restos se zambullen como una carpa de luz sobre el agua. Nosotros recogemos las sillas y nos vamos a casa.
Hoy hemos pasado la tarde en el centro, haciendo mandaos, lo que antes consistía en mí yendo entusiasmada de un lado a otro y ahora es lo mismo, pero con Pablo de mi mano mirándome con una mezcla entre "eres una maruja y yo esta parte de ti la desconocía" y "pero te quiero. Creo". Yo estoy TAN feliz de estar de vuelta. Madrid me aberró TANTO los últimos meses, que cuando empujo sin querer a una señora y ella me sonríe, y cuando la del Zara Home me aconseja que no compre las sábanas hoy, que mañana vienen más baratas, y cuando el tendero les da una vuelta cuidadosa a los huevos en la caja para comprobar que no están rotos, se me escapa la sonrisa de los labios.
Estoy de vuelta en muchos sentidos. Estoy en casa en muchos, muchos sentidos. Ya es hora, dice Vetusta. Ya es hora de replegar las alas rumbo a casa. Casa es muchas cosas. Es Cádiz ahora, pero sólo por lo que Cádiz significa y porque aquí puedo, por fin, escuchar mis pensamientos. Soy yo aquí sentada, escribiendo de nuevo y comprobando que cabe otra persona en el extremo de mi campo visual. Y Casa es Pablo. Ahora mismo, sobre todo, casa es Pablo, y Pablo está en casa.
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lunes, 15 de julio de 2013
Al menos
Al menos ronca.
Eso pienso ahora mismo, mientras le miro dormir boca arriba, cubierto con mis sábanas de rayas color pastel. Al menos ronca, y ni siquiera es porque fume, que no fuma, sino porque alguna planta que todavía no ha identificado le da alergia y le tiene la nariz medio tapada.
Digo al menos porque, más allá de eso, es perfecto. No él. No yo. Nuestra relación. Ni siquiera nuestra relación: digamos que es lo bastante imperfecta como para ser perfecta. Los días se deslizan redondos como monedas. Nos despertamos hoy sobre las sábanas blancas de un hotel de Cuenca, y comemos entre risas en un bar donde al camarero casi le explota el cerebro al pedirle que le quitara la carne a una pizza. Escalamos poco y mal en los escasos sectores que este asqueroso sol de julio deja a la sombra. Volvemos a casa como en un videoclip: yo conduzco, él se adormila en mi hombro, hablamos, se hace cereales con leche de almendra en el asiento del copiloto y me va dando cucharaditas en la boca como si fuera un pájaro bebé.
Por la noche vemos Ruby Sparks con palomitas caseras en el salón de casa, debatimos sobre la peli tumbados en la cama mientras olemos la lluvia tras la ventana abierta y le leo un par de cuentos acodada sobre las almohadas. Luego hablamos de la muerte y nos abrazamos desnudos bajo las sábanas.
Y ni siquiera he empezado a hablar sobre sexo.
Me he levantado hace un rato de la cama porque, por un rato, pensar en la realidad de la muerte me abrumaba: ahora me aterra no sólo morirme yo, sino que se muera él, y la certeza de que las dos cosas van a pasar y de que las dos nos separarán. Sé que es ponerse intensa y que seguramente estamos hablando de algún efecto de la primera fase de la relación que se me pasará (¿tanatoerotofobia temprana?). O no, qué sé yo: me cuesta imaginar un estado posterior a éste en el que la posibilidad de perderle no me dé pánico.
"Mi certeza", me llama él, y me rasca la cabecita diciéndome que le da lástima pensar en toda mi vida anterior, tan a corazón abierto. Que entiende que haya sufrido por amor. "Conmigo estás segura", me explica, y me siento así; no tanto porque él vaya a ser bueno siempre, o a quererme siempre, sino porque saca lo mejor de mí con la suficiente frecuencia como para creer que puedo merecer y cuidar ese amor toda la vida.
Pero, como os decía, ronca, y no sé si son sus ronquidos o el miedo a la muerte lo que me mantiene despierta esta madrugada de lunes, cabreada ante la certeza de que otra vez voy a empezar la semana cansada. Qué vamos a hacerle. Dentro de unas horas, cuando me duelan los párpados y note en la lengua el sabor metálico de la falta de sueño, pensaré cómo duerme ahora mismo boca arriba, apoyando los dedos en la caja de sus costillas. En la curva que la barba dibuja en su mandíbula y en el recuerdo de sus ojos azules detrás de sus párpados. Y, por supuesto, pensaré en estos ronquidos terribles, disonantes y bruscos, que deja escapar a ratos entre sus labios traviesos y que estoy convencida de que en algún momento empezarán a gustarme.
Eso pienso ahora mismo, mientras le miro dormir boca arriba, cubierto con mis sábanas de rayas color pastel. Al menos ronca, y ni siquiera es porque fume, que no fuma, sino porque alguna planta que todavía no ha identificado le da alergia y le tiene la nariz medio tapada.
Digo al menos porque, más allá de eso, es perfecto. No él. No yo. Nuestra relación. Ni siquiera nuestra relación: digamos que es lo bastante imperfecta como para ser perfecta. Los días se deslizan redondos como monedas. Nos despertamos hoy sobre las sábanas blancas de un hotel de Cuenca, y comemos entre risas en un bar donde al camarero casi le explota el cerebro al pedirle que le quitara la carne a una pizza. Escalamos poco y mal en los escasos sectores que este asqueroso sol de julio deja a la sombra. Volvemos a casa como en un videoclip: yo conduzco, él se adormila en mi hombro, hablamos, se hace cereales con leche de almendra en el asiento del copiloto y me va dando cucharaditas en la boca como si fuera un pájaro bebé.
Por la noche vemos Ruby Sparks con palomitas caseras en el salón de casa, debatimos sobre la peli tumbados en la cama mientras olemos la lluvia tras la ventana abierta y le leo un par de cuentos acodada sobre las almohadas. Luego hablamos de la muerte y nos abrazamos desnudos bajo las sábanas.
Y ni siquiera he empezado a hablar sobre sexo.
Me he levantado hace un rato de la cama porque, por un rato, pensar en la realidad de la muerte me abrumaba: ahora me aterra no sólo morirme yo, sino que se muera él, y la certeza de que las dos cosas van a pasar y de que las dos nos separarán. Sé que es ponerse intensa y que seguramente estamos hablando de algún efecto de la primera fase de la relación que se me pasará (¿tanatoerotofobia temprana?). O no, qué sé yo: me cuesta imaginar un estado posterior a éste en el que la posibilidad de perderle no me dé pánico.
"Mi certeza", me llama él, y me rasca la cabecita diciéndome que le da lástima pensar en toda mi vida anterior, tan a corazón abierto. Que entiende que haya sufrido por amor. "Conmigo estás segura", me explica, y me siento así; no tanto porque él vaya a ser bueno siempre, o a quererme siempre, sino porque saca lo mejor de mí con la suficiente frecuencia como para creer que puedo merecer y cuidar ese amor toda la vida.
Pero, como os decía, ronca, y no sé si son sus ronquidos o el miedo a la muerte lo que me mantiene despierta esta madrugada de lunes, cabreada ante la certeza de que otra vez voy a empezar la semana cansada. Qué vamos a hacerle. Dentro de unas horas, cuando me duelan los párpados y note en la lengua el sabor metálico de la falta de sueño, pensaré cómo duerme ahora mismo boca arriba, apoyando los dedos en la caja de sus costillas. En la curva que la barba dibuja en su mandíbula y en el recuerdo de sus ojos azules detrás de sus párpados. Y, por supuesto, pensaré en estos ronquidos terribles, disonantes y bruscos, que deja escapar a ratos entre sus labios traviesos y que estoy convencida de que en algún momento empezarán a gustarme.
lunes, 8 de julio de 2013
Dos meses
Hace dos meses hoy, lo que quiere decir que, si descontamos el desfase horario, hace exactamente dos meses estaba yo sentada en Love Muffin en Moab, Utah, esperando a que Pablo entrara por la puerta para irnos a pasear por Canyonlands. Había pedido un gofre integral gigante de ocho dólares y un café americano con crema, y los liquidaba con alegría mientras leía en el iPad. Entonces llegó él y lo cambió todo.
Ayer tratábamos de calcurlar los kilómetros que hemos conducido juntos. Volvíamos de pasar el fin de semana escalando en Alicante con vistas al mar, y él conducía la furgo mientras bebíamos café autocalentable de la gasolinera. Dice que es el mejor café que ha probado en España después del de Starbucks, y éste es mi Pablo: el que piensa que el café español es una bomba agujerea-estómagos y prefiere una mezcolanza aguada con sabor a vainilla. Yo le observaba conducir y no podía apartar la vista de su cara. Me pasa a veces; "picos de ternura", los llamo. Y en esos picos, su cara me parece fascinante como un paisaje lunar; siempre hermosa, vibrando con sus emociones como la superficie del océano.
Hemos recorrido muchos kilómetros juntos, mi argentino y yo. No nos asusta conducir. Recuerdo aquel primer viaje, entre Moab y City of Rocks, cuando hablábamos y hablábamos para reducir al máximo la cantidad de información sobre el otro que nos faltaba. Yo le acariciaba la rodilla con la mano. Él sonreía como ayer, con su perfil a contraluz frente al paisaje. Desde aquel primer viaje, andamos buscando la manera de hacer encajar las piezas de puzle que nos componen y fundando nuestro propio país: Españargentusa, quizá, o los United States de Argentalucía.
Estoy enamorada de este chico más de lo que las palabras pueden expresar. Es como un regalo de reyes. Como ese regalo especial que has estado suplicando tanto tiempo, y que al final llega, y que no puedes creer que sea real cuando lo tienes en tus manos. ¿Esto es para mí? ¿Seguro? ¿Y puedo jugar con él tanto como quiera? Así es Pablo, porque es puro juego. Puro disfrute, existencialmente hablando, en el sentido de que todo lo que tiene que ver con él es fácil. Él lo hace fácil. Está en mi rincón del cuadrilátero. No sé contra quién es la lucha, pero no es contra él.
Así que le miro y disfruto de esa fascinación que me produce su cara, y después, cuando no está conmigo, y me siento en los grupos de pacientes del hospital de día, o manoseo los pisapapeles de burbujas en la reunión de la mañana, mi cabeza vuelve a él como a un lugar seguro. Entonces pienso en sus ojos azules, tan llenos de vida, y en la forma en que respira fuerte frente al ordenador cuando está nervioso, y también en cómo cambia esa respiración cuando se duerme entre mis brazos. Pienso en la caja de sus costillas y en su risa, en todo lo grande y lo pequeño que es a la vez. En lo duro que trabaja, porque trabaja más duro que nadie que conozca. En sus gemelos de corredor y sus colmillos de vampiro moderno.
No me resulta fácil entender este amor, porque él cambia cada día, cada semana. Se añaden más facetas al Pablo que conozco y tengo que recomponer el rompecabezas que su inteligencia, su humor y su ternura construyen para mí cada vez que compartimos un rato juntos. Y, aun así, el amor crece y, sobre todo, permanece lo mismo que empecé a sentir hace ahora dos meses, en un lugar perdido en mitad del desierto: esas ganas tan básicas de estar a su lado. Volvíamos en coche desde Canyonlands y ya lo sabía: me gustaba aquel chico, me gustaba mucho y quería pasar más tiempo con él. Lo supe esa noche, cuando cenamos en la terraza del Peace Tree, y más tarde, cuando acepté pedir café para llevar y conducir hasta el desierto para mirar el cielo sin estrellas. Lo supe al día siguiente, cuando acepté viajar juntos diez horas hasta Idaho buscando sol y roca. Lo supe cuando le dije que claro, que viniera a España, y más tarde que claro, que cambiara el billete de vuelta para septiembre. Lo sé ahora cuando le miro a los ojos y le pido que se quede. No sé si ocurrirá de forma real o metafórica, pero tampoco importa tanto. Quiero que se quede.
Y poco más. Que te re quiero, guacho, y que vos lo sabés. Que me pierdo contigo. Que sos mi persona. Y que todas las otras cosas sobre este amor, que son muchas, te las puedo escribir hablando en voz alta, tumbada a tu lado en la cama o sentada en el asiento del copiloto de cualquier coche, de cualquier carretera, de cualquier país, porque mi hogar estará allá donde estés tú.
Ayer tratábamos de calcurlar los kilómetros que hemos conducido juntos. Volvíamos de pasar el fin de semana escalando en Alicante con vistas al mar, y él conducía la furgo mientras bebíamos café autocalentable de la gasolinera. Dice que es el mejor café que ha probado en España después del de Starbucks, y éste es mi Pablo: el que piensa que el café español es una bomba agujerea-estómagos y prefiere una mezcolanza aguada con sabor a vainilla. Yo le observaba conducir y no podía apartar la vista de su cara. Me pasa a veces; "picos de ternura", los llamo. Y en esos picos, su cara me parece fascinante como un paisaje lunar; siempre hermosa, vibrando con sus emociones como la superficie del océano.
Hemos recorrido muchos kilómetros juntos, mi argentino y yo. No nos asusta conducir. Recuerdo aquel primer viaje, entre Moab y City of Rocks, cuando hablábamos y hablábamos para reducir al máximo la cantidad de información sobre el otro que nos faltaba. Yo le acariciaba la rodilla con la mano. Él sonreía como ayer, con su perfil a contraluz frente al paisaje. Desde aquel primer viaje, andamos buscando la manera de hacer encajar las piezas de puzle que nos componen y fundando nuestro propio país: Españargentusa, quizá, o los United States de Argentalucía.
Estoy enamorada de este chico más de lo que las palabras pueden expresar. Es como un regalo de reyes. Como ese regalo especial que has estado suplicando tanto tiempo, y que al final llega, y que no puedes creer que sea real cuando lo tienes en tus manos. ¿Esto es para mí? ¿Seguro? ¿Y puedo jugar con él tanto como quiera? Así es Pablo, porque es puro juego. Puro disfrute, existencialmente hablando, en el sentido de que todo lo que tiene que ver con él es fácil. Él lo hace fácil. Está en mi rincón del cuadrilátero. No sé contra quién es la lucha, pero no es contra él.
Así que le miro y disfruto de esa fascinación que me produce su cara, y después, cuando no está conmigo, y me siento en los grupos de pacientes del hospital de día, o manoseo los pisapapeles de burbujas en la reunión de la mañana, mi cabeza vuelve a él como a un lugar seguro. Entonces pienso en sus ojos azules, tan llenos de vida, y en la forma en que respira fuerte frente al ordenador cuando está nervioso, y también en cómo cambia esa respiración cuando se duerme entre mis brazos. Pienso en la caja de sus costillas y en su risa, en todo lo grande y lo pequeño que es a la vez. En lo duro que trabaja, porque trabaja más duro que nadie que conozca. En sus gemelos de corredor y sus colmillos de vampiro moderno.
No me resulta fácil entender este amor, porque él cambia cada día, cada semana. Se añaden más facetas al Pablo que conozco y tengo que recomponer el rompecabezas que su inteligencia, su humor y su ternura construyen para mí cada vez que compartimos un rato juntos. Y, aun así, el amor crece y, sobre todo, permanece lo mismo que empecé a sentir hace ahora dos meses, en un lugar perdido en mitad del desierto: esas ganas tan básicas de estar a su lado. Volvíamos en coche desde Canyonlands y ya lo sabía: me gustaba aquel chico, me gustaba mucho y quería pasar más tiempo con él. Lo supe esa noche, cuando cenamos en la terraza del Peace Tree, y más tarde, cuando acepté pedir café para llevar y conducir hasta el desierto para mirar el cielo sin estrellas. Lo supe al día siguiente, cuando acepté viajar juntos diez horas hasta Idaho buscando sol y roca. Lo supe cuando le dije que claro, que viniera a España, y más tarde que claro, que cambiara el billete de vuelta para septiembre. Lo sé ahora cuando le miro a los ojos y le pido que se quede. No sé si ocurrirá de forma real o metafórica, pero tampoco importa tanto. Quiero que se quede.
Y poco más. Que te re quiero, guacho, y que vos lo sabés. Que me pierdo contigo. Que sos mi persona. Y que todas las otras cosas sobre este amor, que son muchas, te las puedo escribir hablando en voz alta, tumbada a tu lado en la cama o sentada en el asiento del copiloto de cualquier coche, de cualquier carretera, de cualquier país, porque mi hogar estará allá donde estés tú.
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