massobreloslunes: Grandes momentos de insight
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miércoles, 23 de junio de 2021

31 consejos sobre el amor que le daría a la Marina del pasado

 He aquí algunas cosas que le diría a la yo del pasado respecto a los hombres.

1. Te gustan los guapos-muy-guapos; claro, como a todas. Déjalo estar. Pasa de ellos. No te convienen y tú (en general) no les gustas; ahórrate humillaciones e ignóralos, porque incluso aunque consigas a alguno, te romperá el corazón.

2. Con esto no quiero decir que te vayas a por los que no te gusten. Fíjate en los que son físicamente del montón, pero interesantes y divertidos y, sobre todo, buenas personas, y te garantizo que te parecerán atractivos cuando pases algo de tiempo con ellos.

3. Los introvertidos un pelín frikis son un buen nicho. Ahí hay mucho guapo que no se da cuenta de que lo es y son, en general, tirando a fieles. No te fíes de un extrovertido, y menos aún de un extrovertido guapo.

4. Me vas a matar con esto por antigua, pero no te acuestes con ellos la primera noche. No sale nada bueno de ahí para nadie.

5. No te van a querer más por escribir bien. Enseñarles este blog no suele ser una buena idea ni te vuelve de repente fascinante y atractiva. Es demasiada información y te quita el misterio.

6. Ve al gimnasio. Te pondrás más guapa pero, sobre todo, te sentirás millones de veces mejor contigo misma.

7. Sé que crees que eres un patito feo, pero no lo eres. Sobre todo, porque eres joven. No infravalores la increíble belleza que da la juventud y que no se consigue con ninguna otra cosa. 

8. Piénsate bien lo del flequillo.

9. Los tíos inteligentes no necesariamente valoran que tú lo seas. Los tíos graciosos no necesariamente valoran que tú lo seas. No busques un tío inteligente y gracioso, sino uno que a su vez busque a una tía inteligente y graciosa.

9b. Esto vale para todo, en realidad. Los tíos type A no siempre quieren a una mujer type A. Los que escalan no necesariamente se enamoran de una que escala. Etcétera.

10. Sé tú la que da el primer paso. Propónles quedar. Los estudios han mostrado que los hombres dicen que sí a una mujer la inmensa mayoría de las veces si es más o menos normalita.

11. Léete este fantástico artículo escrito por la tú del futuro.  Entiendo que acabo de enredarte en una paradoja espacio-temporal, pero de verdad: es muy bueno.

12. Apps de citas: con criterio y estrategia, te pueden ser útiles, pero tampoco pierdas la cabeza.

13. Ten claro, en primer lugar contigo misma, que no necesitas a un hombre. Luego muéstralo con tus acciones. Serás más atractiva y, sobre todo, más feliz.

14. No lo intentes nunca con hombres de tu pasado. 

15. No fuerces las cosas. Todo será fácil cuando des con el hombre adecuado. 

16. Vas a tener toda tu vida para estar en pareja. Aprovecha tu soltería y disfruta de ella. 

17. Vas a tener toda tu vida para vivir con tu pareja. Aprovecha las inconmensurables ventajas de vivir sola. 

18. Aclárate cuanto antes con el tema de los hijos y filtra a los hombres prontito con ese criterio. 

19. NO IMPORTA NADA EN ABSOLUTO que no comparta tus intereses. Lo verdaderamente crucial es que comparta tus valores y tu forma de ver la vida. Traducción: no lo descartes porque no le guste Franzen.

20. En tus relaciones, mientras más aceptes a la persona con la que estás y más responsabilidad le cedas sobre su propia vida, mejor te va a ir.

21. Tener una buena pareja te dará mucha felicidad, así que no te avergüences de querer conseguirla. 

22. Si fue un cabrón con su ex, va a ser un cabrón contigo. 

23. No te enamores del potencial no realizado. Fíjate solo en lo que es real y se hace presente a través de las acciones.

24. No engañes a tu pareja, no contribuyas a que otro engañe a su pareja, no sigas con un tío que te engaña. 

25. Aléjate de los que mienten, aunque sea en tonterías. 

26. La cantidad de tíos disponibles tendrá mucho que ver con la ciudad en la que vives: elige en consecuencia. 

27. Escoge siempre dignidad antes que sexo. 

28. Ignora total y absolutamente a las sensibles almas torturadas. Ten especial cuidado con escritores y músicos. Tu alma ya tiene sensibilidad y torturación suficiente: necesitas a alguien con los pies en el suelo.

29. El olor no es un buen criterio para elegir marido.

30. No basta con quererles; también te tienen que gustar.

31. En realidad, no cambies nada, porque ahora mismo, en el presente, ha salido todo la mar de bien.

sábado, 21 de mayo de 2016

La diferencia entre los 20 y los 30

La razón por la que no escribo en este blog es que vivo con Pablo. Lo que no es ni bueno ni malo; él no tiene la culpa de que yo encuentre la forma de seguir escribiendo aquí y conviviendo con él. Pero en cuanto paso más de dos horas seguidas sin él, me empiezan a entrar ganas de escribir: es automático. No es solo una cuestión de tiempo ni de espacio: creo que el problema es que satisface demasiado bien mis necesidades de comunicación íntima.

Ahora, por ejemplo, estoy en Cádiz, en el piso de Soraya, mi R pequeña (es decir: una de las que empezó la residencia después de mí). Ella se ha ido a un curso en Madrid y me ha dejado las llaves de su fantástico piso en el centro: pintado de azul, con techos altos, cocina americana y miles de libros. Podría ser mi casa. Me he acordado de cuando vivía sola en la Viña y he pensado, como siempre que pienso en este tema, que debía haber aprovechado más aquel tiempo, haberlo saboreado mejor, porque ahora es probable que, si todo va bien, no vuelva a vivir sola nunca.

Por supuesto, es una trampa de la mente. Disfruté muchísimo aquellos dos años. Si releéis mis entradas de aquella época, se ve con mucha claridad. Y al mismo tiempo, tenía muchas ganas de encontrar a Pablo. Supongo que a posteriori es fácil pensar que no has disfrutado lo bastante de algo, que tenías que haber permanecido despierta por las noches pensando en lo fantástico que era poder ordenar las especias a tu manera.

Aquí, sentada en la mesa de Soraya, tengo ganas de escribir. Y el tema es el del título: la diferencia entre la veintena y la treintena. Apenas tengo un año de experiencia en la treintena, y algo me dice que tener 31 no es lo mismo que tener 39, pero ¿para qué está la blogosfera, si no es para escribir larguísimos textos sobre cosas sobre las que tampoco sabes tanto?

Asi que vamos allá.

Encuentro dos diferencias fundamentales, dos, entre los veinte y los treinta.

La primera es que a los veinte el coste de oportunidad de tu tiempo es muy relativo. Hay por ahí una tipa que escribe libros sobre cómo es importante tomar buenas decisiones en tu veintena, porque el tiempo se acaba y tictactictac. Sin embargo, no hay ninguna decisión que tomar en la veintena y que no tenga ningún tipo de arreglo en la siguiente década. A no ser que te amputes un brazo o algo por el estilo.

Puedes cambiar de carrera, de trabajo y de pareja. Puedes no pensar ni cinco minutos en si vas a reproducirte o no. Puedes vivir donde quieras, alquilar siempre y no comprarte un coche. Es una década muy liviana.

El primer shock de los treinta es que estos años tienen consecuencias más importantes para ti, al menos si eres mujer. Tienes que tomar decisiones sentimentales y reproductivas que podrían no tener vuelta atrás.

Lo importante no es lo que decidas. Yo creo que pueden llevarse vidas buenas en casi todas las circunstancias. Lo importante es que te das cuenta de que no eres inmortal y empiezas a tener la sensación de que las puertas se van cerrando frente a ti.

Es como ir a un buffet y empezar a picotear aquí y allá, saboreando los platos, sin demasiado interés... y cuando vas a servirte de nuevo, porque todavía tienes hambre, darte cuenta de que ya han empezado a retirar la comida y nadie te ha avisado.

Ya no tienes todo el tiempo del mundo. Ya no eres libre e inmortal. Tictactictac.

La segunda diferencia fundamental entre los veinte y los treinta es la perspectiva. Con un poco de suerte, para cuando llegas a los treinta ya has vivido una o varias de estas experiencias:

  • Ideas que considerabas inamovibles han cambiado.
  • Te has dado cuenta de que sentirte vieja a los 23 era estúpido.
  • Has odiado a gente a la que antes amabas, y viceversa.
  • Te has sentido indiferente sobre personas y actividades que al principio te importaban muchísimo.
  • Te has dado cuenta de que no sabías nada sobre algo y antes pensabas que sí.
Eso está muy bien, porque durante la treintena puedes utilizar esa perspectiva para tu beneficio. Puedes elegir sentirte joven aquí y ahora, porque sabes que te quedan muchos lugares desde donde mirarte y darte cuenta de que realmente eres joven. 

Puedes aferrarte menos a las ideas y a las personas, y abrirte a la perspectiva de que tus opiniones cambien.

Puedes sentir que no sabes nada sobre algo, y es mucho más agradable de lo que parece.

Así que las dos diferencias fundamentales que he notado entre los 20 y los 30 son la falta de sensación de inmortalidad y la perspectiva. Creo que ambos cambios son buenos. Si consigues sacudirte de encima la melancolía de "el tiempo pasa y algún día estaré muerta", te es posible disfrutar más del presente que, al fin y al cabo, es lo único que tenemos todos.

Otras diferencias, menos importantes pero también curiosas, son:

- Dejas de ser la más joven de cualquier sitio. Ya no eres precoz en prácticamente nada. De hecho, es fácil empezar a sentir que te estás quedando atrás. Pero es ilusorio: ¿atrás de quién? ¿En qué carrera te crees que te has metido?

- Tus amigos empiezan a casarse y tener hijos. Hasta los más hippies y alternativos están buscando maneras de vivir más o menos dentro de la norma. Quizá sea porque la norma no está tan mal. Probablemente tiene sentido vivir tus veinte sabiendo que en algún momento de tus treinta vas a desear lo que tienen todos los demás (¡ojalá alguien me hubiera dado este consejo antes!).

- Tu percepción de la edad de los demás cambia. Los de veintitantos te parecen jovencísimos. Los de cuarenta te parecen "casi de tu edad". Con suerte, tienes amigos de muchas edades.

- Todo te la suda más. Eso es fantástico. Hace unos días le decía a Pablo que estoy empezando a convertirme en la típica vieja impertinente que dice lo que se le pasa por la cabeza. ¡A los 31! Tengo la esperanza de que esto solo vaya en aumento. 

- Dejas de tomar a tu cuerpo por sentado. Te duelen algunas articulaciones. Ya no haces deporte para estar mona, sino para prevenir achaques (por otra parte, creo que escribí algo muy parecido cuando tenía 25 y empecé a nadar. Quizá siempre he tenido 30 en mi corazón. O 50).

- Te das cuenta de que miras a chicos que ya son demasiado jóvenes para ti o están demasiado buenos para ti. Esto es genérico: todos sabemos que existen Demi Moore y Madonna y que todo es ponerse. Y en realidad, yo no tengo ningún interés en buscarme un toyboy, gracias. Pero es curioso ponerte en los ojos del chico y saber que para él eres casi una señora. 

- En la misma línea: ves que la gente te trata como a alguien mayor, y que tú te sientes más o menos igual. En mi cabeza, tengo exactamente el mismo aspecto que cuando entraba en la facultad hace ya casi (gasp) diez años. Pero cuando veo a los estudiantes en Granada me doy cuenta de que NO, definitivamente ya no tengo ese aspecto. 

Los treinta es esa etapa en la que puedes seguir sintiéndote joven, siempre y cuando no te compares con jóvenes de verdad.


En general, mi balance es bueno. Y estoy convencida de que mientras más años cumpla, más a gusto me voy a sentir en mi piel. Solo tienes que aprender a vivir con las pérdidas, porque cada vez van a ser más y mayores hasta la Pérdida Definitiva (AKA La Muerte), y concentrarte en lo que tienes delante.

Porque no es verdad que las puertas se cierran, y nadie se ha llevado la comida. Las puertas se siguen abriendo, siempre y cuando cruces las que tienes enfrente con decisión.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Dientes

Ayer fui a hacerme una limpieza dental. Últimamente siento una preocupación desmesurada por mis dientes. Creo que es el efecto de 1) hacerme vieja y 2) estar a punto de quedarme en paro. Lo primero tiene que ver con que hace cuatro días cumplí veintinueve años y bueno, ya se sabe: los veintitodos, el fin de una etapa, el Apocalipsis de la treintena acechando a la vuelta de la esquina. El cuerpo, que empieza a ser más traidor por su función que por su apariencia. En cuanto al paro y mis próximos merodeos por el umbral de la pobreza: si resulta que al final no consigo ganarme la vida, y acabo debajo de un puente o alquilándome por horas a Pablo para asegurarle mientras escala, al menos tendré las muelas empastadas.

El caso es que la higienista dental es majísima. Nada más entrar, me explica una peli truculenta acerca de cómo después de las comidas se acumula la placa bacteriana, el cepillo no llega a todos los rincones y la placa muta a sarro, y cómo entonces sólo un profesional podrá eliminarlo, dejando como única alternativa la piorrea y la exclusión social. La limpieza, continúa, se hace con ultrasonidos y agua. Es un poco molesta. Sólo un poco. Me pasa en aparato por los dientes, pidiéndome disculpas cuando tiene que insistir en alguna zona, y se detiene varias veces para que me enjuague con agua y colutorio. Después trae la maqueta de una dentadura para enseñarme técnica de cepillado y yo asiento frente a su implacable lógica. Me fijo en que tiene unos dientes preciosos. Son de un blanco perlado, como los de las princesas, y brillan bajo la luz fluorescente de la consulta. Me pregunto si se pasará ella misma el ultrasonido una vez por semana para mantenerlos; imagino que es importante para una higienista tener los dientes bien.

Por enésima vez en los últimos meses, pienso que me he equivocado de trabajo y me admiro ante la sencillez del suyo. Tus dientes están sucios por esta razón y yo te los puedo limpiar de esta manera. Buscas dientes limpios y eso es lo que voy a darte. Los míos, obviamente, también lo están.

Creo que ya he dicho que llevo un tiempo quemada. Lo llamo así para no decir que estoy deprimida, porque eso sería (perdonad la obviedad) demasiado triste. Estoy convencida de que no es depresión, en cualquier caso. Tiene que ver con mi trabajo, y parcialmente con el otro blog; en general, tiene que ver con pasarte un montón de horas diciendo a la gente lo que tiene que hacer.

Hay personas que se creen que un psicólogo lo único que hace es escuchar, y yo a esas personas les digo, gaditanamente, que un carajo pa ti. Pruébalo un día. Hazte pasar por psicólogo. Siéntate enfrente de alguien, deja que te cuente su movida, hazle preguntas, incluso. Devuelve la pelota todas las veces que sepas:
- ¿Debo dejar a mi novio?
- No lo sé, ¿qué piensas sobre eso?

Servirá un tiempo, pero en algún punto, más tarde o más temprano, el paciente/cliente se callará, te mirará directamente y te dirá: ¿Ahora qué? ¿Qué opinas? ¿QUÉ HAGO? Y puedes evadirte todo lo que quieras, pero entonces se dará cuenta y pensará que eres un inútil: "el psicólogo en realidad no me está ayudando nada". Quiere algo. Algo tangible, una diferencia que pueda notar al llegar a casa, igual que yo noto la superficie lisa de mis dientes cada vez que paso la lengua contra ellos.

Tú haces lo que puedes. Les das tests, autorregistros, tareas, metáforas, técnicas de relajación, hipnosis, imaginación guiada. Escuchas sus soluciones, las amplías, las tuneas y les das media vuelta. Hay colegas que no están de acuerdo contigo y que creen que es presuntuoso decirle a la gente lo que debe hacer. En el fondo, tú también lo piensas, así que procuras recordar que el cliente siempre tiene la razón. Preguntas de una forma que querrías calificar como socrática y que quizá no sea más que molesta. Intentas no ser directivo. Das opciones.

Al final, resulta que en lugar de estar pensando qué hacer con la cantidad limitada de problemas que te ha tocado como humano, lidias con los problemas de un montón de gente. De forma teórica y también emocional. Los piensas como un acertijo, como un cubo de Rubik, pero a veces te pesa en el alma que la gente sufra tanto.

Así que podría haber sido higienista, si fuera capaz, claro, en esta vida o en otra, de afrontar una jornada laboral explicando una y otra vez cómo se forma el sarro. Mi padre siempre dice que pesa menos una pluma que un martillo. El problema, papá, no es lo que pesa el martillo, o el aparato de ultrasonidos, para el caso: es lo que aburre. Al final, a la psicología le pasa lo que a algunas relaciones: que con ella nunca te aburres, y todavía no te has dado cuenta de que eso no tiene por qué ser necesariamente bueno.

martes, 30 de julio de 2013

(No) voy a tener un hijo

Yo quiero no tener hijos.

No es que no quiera tener hijos. Es que quiero de forma activa llevar una vida libre de hijos para llenarla de otras muchas cosas.

Este tema es delicado. Yo lo sé. No es mi intención convencer a nadie, sino compartir con vosotros algunos pensamientos al respecto. Últimamente lo pienso mucho; más que nada, porque antes no era una opción por aquello de que iba a morir soltera y rodeada de gatos, pero como Pablo está opositando duramente al puesto de Maromo Definitivo, la cuestión podría ser al menos biológicamente posible. Y Pablo no quiere hijos, así que creo que es importante para mí tener una postura firme respecto al tema para que no haya malentendidos en el futuro.

Hasta hace poco, siempre había querido tener hijos. Estaba muy claro en mi cabeza. De hecho, me preocupaba bastante la posibilidad de no poder tenerlos, por no encontrar a un maromo o por ser estéril (¿es el miedo a ser estéril algo bastante común o yo soy medio rara?). Después, de repente, mi reloj biológico se paró y ya no lo tenía tan claro. Se lo comentaba a la gente y me decían que tenía que ver con estar soltera. Que ya cambiaría de idea y que lo veía demasiado lejano.

No obstante, ahora que tengo novio (DIOS, que hayáis vivido para leer esto, queridos míos, después de toda la brasa que he dado), mis ganas de tener hijos se han reducido hasta desaparecer en la nada. Porque, a ver, si nuestra vida de pareja ahora mismo es ridículamente estupenda, ¿por qué narices podría yo querer sacrificar eso por unos seres que no existen? ¿Qué clase de craving de experiencias y sensaciones podría ser tan potente como para renunciar a una vida que me encanta?

Porque me encanta mi vida. En serio. Y eso que es mejorable, por aquello de que odio Madrid y de que el PIR está empezando a quemar mis precarios fusibles. Pero ahora mismo mi realidad es fucking awesome. Pablo y yo viajamos, escalamos, charlamos, leemos, estamos en silencio y nos hacemos mimos. Hoy hemos almorzado juntos en un restaurante, hemos ido a mi piso, jugado al parchís, intercambiado masajes y mimos y charlas. Después él se ha marchado a su casa y yo me he quedado básicamente tirada semidesnuda en la cama, en absoluto silencio, leyendo blogs en el iPad y comiendo pepitas de cacao puro. No quedaba papel higiénico, pero no me apetecía bajar a comprar y estoy usando cleenex. Me he apañado una cena con alubias cocidas y un par de verduras que quizá o quizá no estén en mal estado. He puesto y tendido mi mini-lavadora con mi ropa, hablado por teléfono un buen rato y ahora estoy escribiendo sin nadie que me interrumpa.

De verdad, de verdad: me encanta esto. Me encantan el silencio y la capacidad de poder hacer con mi tiempo lo que me sale de las narices. Me encanta disponer de mi (poco) dinero, no tener que aceptar trabajos de mierda para mantener a una familia, poder plantearme mudanzas frecuentes, viajes largos, periodos de meditación o una dedicación intensiva a la escritura. Me encanta mi tiempo a solas con Pablo. Me aberraría que nuestras conversaciones sólo giraran en torno a nuestros hijos. Sé que son los primeros meses, que es la emoción, que blablablá, pero opino que esto va a ir a mejor. El porteño y yo somos dos grandes mentes, así que no tenemos más remedio que evolucionar. Y si nos aburrimos hasta el punto de necesitar a un tercero para que nos dé vidilla, quizá la cosa no vaya del todo bien.

Además, están mis razones espirituales. No me interesa el amor maternal. No quiero ese tipo de apego irracional e incondicional hacia nadie, ni que nadie lo sienta hacia mí. Quiero cultivar relaciones voluntarias de amor condicional y maduro. Quiero trabajar mi capacidad de servir a otros y ser generosa porque sí, y no porque locos chutes hormonales me obliguen. No creo que tener un hijo para quererlo y que te quiera sea un acto particularmente generoso. Adoptar es generoso. Crear a un humano de la nada para que llene mis necesidades de realización, amor y propósito me parece, como mucho, normal.

Desde el punto de vista ético, no tener hijos es la acción ecologista definitiva. Mis no hijos van a dejar más sitio a los hijos de los demás. Tampoco tengo claro que me guste la idea de traer niños a un planeta que vamos a dejar hecho una mierda. Creo que hay bastante trabajo que hacer, y prefiero destinar mis recursos a la gente que ya existe. Quiero comunicarme con mis lectores. Quiero mejorar el mundo. Para eso necesito tiempo y energía. Mi tiempo y energía pueden llegar a mucha gente; ¿por qué querría crear a un par de seres para que lo consuman todo?

Por no hablar de todos los aspectos que me dan simplemente PEREZA. Estar preñada, ponerte como un balón, andar como un pato. Que mi cuerpo se estire y luego se achique. Las estrías, las hemorroides, que tu vagina se ensanche, la episiotomía, las varices, el amamantamiento esclavo y no poder dormir bien durante AÑOS. Ser "mamá" y tener que relacionarte con otras "mamás". Que gran parte de tu cerebro y tu personalidad queden absorbidos por el nuevo ser. Que TODA TU VIDA (trabajo, tiempo libre, vacaciones, lugar de residencia...) tenga que girar en torno a él. Perder apetito sexual. Estar más cansada, no tener silencio, verte siempre obligada a elegir entre tu trabajo y tus hijos o entre tu ocio y tus hijos, sentirte culpable, sentirte frustrada. Pensar en la de cosas que podrías hacer si.

Y termino con el hecho de que a mí en general me la pelan bastante los niños. No es que me gusten o me dejen de gustar. Son personas. Si la interacción que tengo con ellos es buena, me gustan; si no, no me gustan. Hay niños que me caen bien y otros que me caen fatal. Prefiero pasar el tiempo con adultos que con niños, en general (aunque, claramente, prefiero a algunos niños antes que a ciertos adultos). Me aburro de un bebé en los cinco primeros minutos. Entre los cuatro y los nueve años hay un intervalo de edad que me suele divertir; después viene la preadolescencia y la mayoría de los niños se pone insoportable. Luego los adolescentes, por el amor de Dios. Y después seguir tragándote los marrones laborales, familiares, económicos y de salud de tu hijo hasta que te mueras, con la esperanza de que te cuide en tus años chungos y la posibilidad de que lo haga odiándote o directamente pase.

En cualquier caso, y volviendo al principio, después de todo este trabajo reflexivo que estoy haciendo últimamente respecto a este tema, se trata mucho más de los aspectos positivos. De tooooodo lo que podré hacer, ver, experimentar y decidir si no tengo hijos. Me encanta imaginarme esa vida. Me gusta, imaginarla con Pablo, pero también me apetecería yo sola si no le hubiera conocido. Hay muchas experiencias en esta vida que me llaman más la atención que ser madre. Escribir libros, escalar muy alto, aprender a querer como es debido a mi hombrecito argentino, encontrar la paz, recorrer el mundo, servir a los demás. Me encanta la posibilidad de disponer de muchos años de juventud en blanco, sin los tiempos que impone la crianza, y elegir cómo rellenarlos a medida que vayan viniendo, como quien coloca libros en una estantería.

Seguro que a otros les compensa. Tiene pinta de ser una droga dura. Yo, sin embargo, no lo veo claro, y prefiero arrepentirme de no tenerlos a arrepentirme de tenerlos.

Creo que esta decisión es buena, porque me da mucha paz y mucha alegría.

I can't wait to not have kids.


 

miércoles, 17 de abril de 2013

Reflexiones hiperprofundas sobre la vida y la muerte que deberías plantearte seriamente si quieres leer

Estaba yo hoy haciendo la compra en el Carrefour Express cuando me he puesto a pensar en el suicidio. Pero de buen rollo. Nada de "me suicido porque mi sufrimiento es insoportable"; más bien un "me suicido porque total, tarde o temprano me moriré, y cuando lo haga probablemente sea entre indecibles sufrimientos, y para eso casi mejor hacer acopio de algún tranquilizante buenrollero y agilizar los trámites".

No me voy a suicidar. Tranquilidad en las masas. Simplemente trato con toda la fuerza de la que soy capaz de encontrarle un sentido a esto. Cuando trabajas con enfermos terminales, es inevitable preguntarte cómo te quieres morir tú. La gente no se muere como en las pelis: no hace listas, ni viajes increíbles, ni graba casettes para sus seres queridos. Para empezar, porque uno se muere en medio de bastante sufrimiento físico, y no tiene muchas ganas de ese tipo de florituras. Además, la mayoría de la gente tiene tanto, tanto miedo que distribuye su tiempo entre fingir normalidad, negar la realidad y tratar de curarse.

Yo he llegado a un punto de mi vida en el que me daría igual morirme en lo que a sensaciones se refiere. Me refiero a que creo que, más o menos, he vivido todas las que merece la pena vivir. ¿Amor? Check. Dado y recibido. ¿Dolor? Check. Ídem. Mucha diversión. Muchas risas. Amistad, suficientes viajes, éxtasis variados frente a la contemplación de la belleza. Escribir, escalar, mirar a la gente a los ojos, tocar el piano y recibir masajes. Me falta la maternidad, pero tener hijos no me interesa en absoluto ahora mismo; no encuentro razones contundentes para hacerlo, y el sentimiento de amor maternal no me atrae. Demasiado apego y demasiado riesgo, para mí y para mi posible hijo/a. Bastante tengo ya con lo mío.

El amor lo he aparcado. No os lo vais a creer, porque ya sabéis que el 90% del contenido de este blog se resume en "oh, Dios, ¿por qué no tengo novio?". Pero os voy a contar algo. Hace cosa de un mes, en medio de una resaca brutal, me apunté a una web para conocer gente, y con gente quiero decir tíos, y con conocer quiero decir tener sexo. Me habían hablado de una que está muy bien y pensé: por qué no probar. Colgué fotos, respondí cuestionarios y me preparé para esforzarme de verdad por encontrar a alguien. Nada de lloriquear: iba a coger el toro por los cuernos.

En menos de doce horas, conocí a un chico alucinante. Interesante, guapo, listo, divertido. Bloguero, viajero, que estudia psicología y hasta ha hecho un curso de Vipassana. Alucina pepinillos. Hablamos por teléfono. Hablamos por Skype. Quedamos justo después de semana santa. Y bueno, sin entrar en detalles, me di cuenta de repente de que aquello estaba sacando lo peor de mí. Mi parte más desequilibrada, más llena de ansia y apego, más empeñada en encajar al pobre chaval en las expectativas de mi ego. Estaba tan ansiosa de que alguien me sacara de todo el dolor y la tristeza que estoy viviendo este año que no podía ver más allá. No le estaba viendo a él y no estaba sabiendo ocuparme de mí. Tanto tiempo creyendo que soy independiente y es mentira, porque la promesa del amor, sea lo que sea, siempre ha estado ahí como opción. Como el comodín del público. No sé si me explico.

Desde entonces, intento desapegarme de la idea del amor. Del ansia por que llegue alguien y me cure las heridas. No tiene que ver con ese "cuando menos te lo esperes" del que habla todo el mundo. Tiene que ver con que, objetivamente, ya he estado ahí. Ya he tenido relaciones de pareja: enamoramiento, amor, sexo y llámalo X, y NO me ha hecho feliz. No más feliz que ahora. Abandonar la idea de que la felicidad llegaría con un amor perfecto que probablemente no existe es bastante más difícil que dormir sola. Sin embargo, desde que tuve esa revelación, me encuentro bastante bien. Bromeo diciendo que he abrazado el celibato, pero en realidad es bastante cierto. Y no tiene nada que ver con evitar activamente conocer a tíos o tener sexo con ellos (por otra parte, es innecesario, ya que en general son los tíos los que me evitan activamente a mí). Tiene que ver con abrazar de verdad la idea de estar sola y dejar de buscar fuera lo que sólo puedo darme yo.

Y, aunque no os lo creáis, está siendo muy bueno. Mucho más que ese estado de falsa espera despreocupada que mantenía hasta ahora.

Casi todo es bueno con la suficiente conciencia.

Volviendo al tema del suicidio buenrrollante: tiene que haber algo más. Algo más que acumular experiencias y sensaciones como si nuestra vida fuera el muro del facebook. Porque si no, de verdad, esto no tiene ningún sentido. Nos vamos a morir. En serio. Y antes de eso perderemos un montón de cosas y de personas. Llegarán buenos momentos y se marcharán. Conoceremos a gente encantadora que nos dejará de una u otra manera.

¿Cómo quiero morir yo? Quiero morir consciente. Cuando esté terminal, si llego a estarlo, quiero saberlo. Quiero despedirme de los míos y escribir sobre lo que significa saber que vas a morir pronto. Quiero saber que contribuí de forma positiva al mundo y que supuse una diferencia en la vida de la gente. No tengo ni idea de por qué estamos aquí, pero lo cierto es que estamos. Que el sufrimiento es muy real. Es la primera verdad de Buda, y es incuestionable. Así que, ya que estamos, intentemos aliviar ese sufrimiento. Eso quiero hacer yo. La posibilidad de conseguirlo es mi razón principal para no suicidarme de buen rollo.

Aliviar el sufrimiento era también lo que quería antes, supongo, pero ahora es distinto. Creo que ahora estoy llegando al punto de ser capaz de dejar marchar cosas. Expectativas, ideas de cómo debería ser mi vida y aspiraciones más o menos superficiales. En Semana Santa, le decía a Elsa que el camino espiritual (o llámalo X) es muy difícil porque te sientes distinto a todos los demás. "Pero es que yo no quiero NI DE COÑA ser como los demás, Mopi", me dijo ella. Elsa dice últimamente que va a tener cuidado cuando hable conmigo, porque sus palabras me impactan de una forma desmedida. Pero es que tiene tanta razón. No se trata de despreciar a la gente ni de querer ser diferente porque sí. Se trata, y voy a escribir esto en negrita para que no se me olvide a mí, de abandonar la idea de que tener lo que a la gente parece hacerle feliz te va a hacer feliz a ti. Eso es una putada. Porque esa idea es bonita. Te trae consuelo en los momentos de desdicha. Vale, piensas, no soy feliz, pero quizá lo sea cuando (encuentre pareja, consiga trabajo, deje mi trabajo para viajar, tenga más amigos, mejore este puto-tiempo-de-mierda). Pero ¿y si no? ¿y si el camino que sigue el resto a ti no te va a traer más que problemas?

En ese caso, no te queda más remedio que construir tu propio camino.

Y es ahí cuando las cosas empiezan a ponerse interesantes.

martes, 26 de febrero de 2013

Más libro-insights

Tengo problemas serios con Chad Harbach. Problemas todavía más serios que con Jonathan Franzen. Preguntadme por qué. Porque si Harbach ha tardado diez años en escribir esta novela, quiere decir que ¡oh, terror! Tardará diez años en escribir la siguiente, y de aquí a diez años yo tendré la brutalidad de treinta y siete tacos y andaré por ahí sin rumbo, quizá viviendo en un coche, quizá haciendo boulder en los contenedores en un extraño mundo postapocalíptico y Sin Duda a punto de ser comida por los perros, literal o metafóricamente. Su novela llegará demasiado tarde para salvarme.

El caso es que esta mañana estaba yo saliendo de la estación de metro de Antonio Machado en dirección al centro de Salud Mental. Llevaba a Harbach en el brazo, calentito bajo la manga del chaquetón, y bajaba la cabeza para no establecer contacto visual con dos de mis compañeras de curro, que iban una escalera mecánica por delante. Hay cinco minutos andando hasta el centro de Salud Mental y yo no quería charlar con ellas; yo quería ponerme una canción alegre en el mp3, girar la cara hacia el sol de invierno en los semáforos y mirar si había escarcha en las hierbas del solar. 

Les di esquinazo, y mientras caminaba contenta escuchando a los Adslánticos, me dio por pensar en Henry, el protagonista de la novela, que llevaba dos capítulos lanzando mal la bola en los partidos de béisbol. Ya he hablado de mi relación con el béisbol, que se resume en que no sé cómo se juega y, sin embargo, ahí iba yo: ocho y media de la mañana, dos grados bajo cero y preocupadísima porque Henry estaba lanzando mal.

Entonces pensé: a ti qué te importa, Marina. Me acordé de cuando me leí "Los Pilares de la Tierra", y de ir en moto a clase por la mañana sacudiendo la cabeza incrédula porque un personaje había muerto, o de aquella otra vez, engulliendo "Ciudad de ladrones" en la biblioteca en plenos exámenes de junio, cuando terminé el libro, levanté la cabeza, miré a la gente que estudiaba en silencio y me pregunté cómo podían quedarse tan panchos. 

Hace algún tiempo decía que no entendía esa postura popular de "leer es bueno" y "todo el mundo debería leer". Pensaba: a mí qué me importa. Ni que leer necesitara de nadie. Con poder leer yo, qué más me da lo que haga el resto. Yo sostendré mi hermosa novela frente a mí, como sostenía aquel personaje de Kundera su nomeolvides frente a los ojos, y me olvidaré del mundo. Después cambié de idea, porque se me ocurrió que leer educa a la gente; no ya en cosas de cultureta gafapasta, que te permitan quedar bien en las conversaciones de vino blanco y rúcula. Leer educa en lo que es sentir en el corazón de otros. Permite averiguar sin moverse de la silla cómo es ser un jugador de béisbol universitario americano de veintidós años, y creo que eso es bueno. Porque así podré comprender mejor a los otros humanos, esos bípedos, y yo siempre he creído que comprender es un buen primer paso. Porque si la curiosidad y el amor me salvan como terapeuta y me permiten no ir por ahí asesinando pacientes o matándome yo, no hay más curiosidad y más amor que la de un buen lector hacia un buen libro.

Hoy se me ha ocurrido otro motivo por el que todo el mundo debería leer. Y es precisamente por eso: porque yo antes de ayer no sabía quién era Henry ni por qué tenía que parar bien todas las bolas en corto que le llegaran, y hoy lo sé. Hoy me importa. Aunque Henry no exista: eso da igual. Está bien que aprenda a darle importancia. Porque al fin y al cabo la vida es eso, ¿no? Crecer, trabajar, amar: todo es eso. Lo que antes no te importaba ahora sí que te importa. Te importan tus pacientes, y te importa que el mundo sepa que los antidepresivos no son superiores a los placebos en la mayoría de los estudios. Te importa tu gente, y te importa de una forma especial cierta gente a la que antes no conocías y que ahora no puedes imaginar fuera de tu mundo. Te importa el futuro de la sanidad pública. Te importa el estado de tus meniscos, la manera correcta de agarrar un romo o qué tiempo hará en la sierra este fin de semana.

También dejan de importarte cosas, claro, y eso está bien: al carajo lo que piense cierta gente, al carajo las tendencias en el tamaño de los bolsos. Pero, por alguna razón, pienso que hay que darle más valor al movimiento positivo: a ensanchar el corazón, a que cada vez te quepan en él más cosas. A ser compasivo sin condescendencia. A concederle un peso a todo lo que hay sobre esta tierra. Leer te enseña a eso. Te entrena en la importancia de todo. Y eso es hermoso.

A dormir, pequeños, que no puedo con mi vida.

Leed a Harbach. 

lunes, 25 de febrero de 2013

Dos insights literarios

La primera cosa que he averiguado hoy es que leer buenas novelas me pone. Hala, ya lo he dicho.

Ayer hablaba con B. sobre qué tipos de tío pueden gustarte. Yo comentaba que los escritores ya no me atraen particularmente. Que me basta con escribir yo y que, de hecho, dos egos escritores pueden ser como trenes que se chocan. Peleas de pareja por signos de puntuación: no es recomendable. Así que no me ponen los escritores. En serio. No doy un duro por hablar con ninguno de mis escritores favoritos; es complicado que su conversación pueda ser más interesante que su prosa.

Me ponen las buenas novelas porque son evocadoras. Ayer fui a la FNAC y me hice jurar que iba a salir de psicolandia y a leer ficción. Eché una ojeada a las novedades y vi un libro de Salamandra con el nombre de Jonathan Franzen en la vitola, explicando lo muchísimo que le había gustado. Y yo con Franzen tengo un problema serio, a saber: que si recomienda el listín telefónico, yo cojo y me lo leo. Así que no miré ni la sinopsis. Eché un ojo a los primeros párrafos para comprobar que estaba bien escrito y bien traducido, y me lo llevé.

Oh, las buenas novelas. Novelas que son mejores que personas: así se titulará mi futuro recopilatorio de críticas sobre mis libros favoritos. Leer El Arte de la Defensa es mejor que charlar con un 95% de la población. Seguro. El tipo se tiró diez años escribiendo la novela. ¿Os lo imagináis? Diez años. Diez años invertidos en algo que no sabes bien si va o no a funcionar. Imagino que debía de tener una confianza inmensa oculta en algún lugar. Inseguridades, seguro: todas las del mundo, pero también una veta firme de saber que lo que tienes entre manos es muy grande. O buenos padrinos.

En cualquier caso, no sé explicar por qué me pone leer buenas novelas, pero imagino que tiene que ver con que evocan la textura de la vida. Detalles, detalles, que decía Nabokov. Acariciad tiernamente los divinos detalles. Yo leo al tal Harbach y le observo hablar de cosas que ni comprendo, de puto beisbol, por el amor de Dios; de la elegancia de un parador en corto, los escupitajos de tabaco bajo los banquillos, el sonido de la pelota en el guante o el clima congelado de Milwaukee, y es como volver a casa. Lo que es mortal de absurdo, porque yo nunca he estado en Milwaukee, y que me aspen si sé lo que es un parador en corto. Lo que sí sé es que las buenas novelas están llenas de intensidad. Y a mí la intensidad me pone.

La segunda cosa que he averiguado hoy, y que me otorga el derecho a denominarme Escritora con mayúsculas y que, de hecho, quizá me haga fabricarme un Diploma de Escritora De Verdad y autoentregármelo es la siguiente:

Estaba yo esta mañana en el hospital, inmersa en este Plan de Mejora Constante que es mi vida, y que ahora encima está aliñado con un intenso "la vida es corta y podrías morir en cualquier momento". Externamente parecía que revisaba historias clínicas, sentada en una mesa del control de enfermería. Internamente, sin embargo, estaba haciendo todo un replanteamiento vital. A ver, Marina, me decía. Es lunes, tienes resaca, te ha bajado la regla y no tienes muy claro que puedas tolerar mucho más tiempo pasarte siete horas al día en un hospital. Y no sólo eso, sino que últimamente estás perdiendo energía, duermes poco, tomas demasiado café y ves tu vida como a través de una lente borrosa. Tienes que hacer algo. En serio. Algo.

Así que me he acordado de un artículo de Leo Babauta que leí hace unos días. Algo para eliminar la neurosis de las mil listas de tareas y ochocientos objetivos. Una lista sencilla de cosas que quieres hacer todos los días. Comer una fruta. Hacer ejercicio. Estar con la gente a la que quieres. Trabajar un poco en lo que te importa. Algo sencillo, poco aparatoso. He pensado en cuál sería mi lista. Hacer ejercicio, claro, y comer una ensalada al día, que es hasta fácil porque me encantan. Y escuchar a alguien con atención plena aunque sea un rato (ya explicaré eso) y escribir. Entonces he pensado: para qué voy a poner escribir. Eso no necesito proponérmelo. Sería como proponerme dormir, o ducharme, porque lo voy a hacer igualmente; mejor lo cambio por otra cosa.

Entonces he enarcado las cejas bruscamente, verídico, y el insight me ha golpeado en la cabeza. Venga ya, hombre. Resulta que ya no soy una persona que se propone escribir y escribe, nonono. Ahora soy una persona que escribe sin proponérselo. Que escribe porque no puede no escribir.

Os juro que yo no era así antes. No tengo ni idea de cómo lo he hecho, y me molaría mucho descubrir el secreto, porque la mayoría de los escritores que conozco están neurotizados porque no escriben lo suficiente y yo así podría hacerme rica.

Así que hoy ha sido un día muy literario. Literariamente genial. Además, he leído un trozo de Ikigai que me ha gustado, en el que el autor dice que celebramos demasiado poco. Que nos cuesta muchísimo tiempo conseguir implantar un hábito y que luego apenas lo disfrutamos, con lo muchísimo que cuesta. Que hay que celebrar más a menudo nuestros logros. Así que como implanté el hábito de escribir en el mes del Michelian Challenge, voy a pasarme por lo menos un mes celebrando que soy Una Escritora De Verdad. Justo antes de las mil entradas y de la tarta de glaseado rosa, que también va a celebrar eso.

¿Qué he hecho hoy para celebrar? Llamar a Aran, que es su cumple.  Subir andando despacísimo las catorce plantas hasta oncología, parándome en cada piso para ponerme al sol frente a la ventana y observar Madrid, los coches y a la gente, contenta de ir a la catorce por mi propio pie y bajar luego. Leer mi Novela Mojabragas en el metro y también mientras merendaba un muffin de arándanos casero en La Libre. Reírme un montón de rato con Cris, que ha vuelto hoy de León, y estrujar a la gata Mia, y decidir que la ropa del tendedero la va a recoger su puta madre. Celebrar, en general. La celebración es un estado interior.

Lo dejo aquí. Acabo de decidir que hoy no voy a contestar ni un mail, ni un comentario, ni un twitter más, que no voy a leer nada que no sea la NM y que voy a cerrar el ojo a las once en punto.

Celebrar.

Sed felices, queridos.

Momento Quevedo

Este post se lo dedico a Anxo: porque la culpa de lo bien o lo mal que salga la tienen casi seguro las (¿cuatro? ¿cinco? ¿seis?) cañas que acabamos de fusilarnos en un bar cualquiera de Lavapiés

Es lo que tiene ser escritora. Que puedes levantarte una mañana de domingo a las siete y ponerte a escribir, y que lo ves normal. Te levantas, vas al baño, te planteas muy seriamente volver a meterte en la cama con las gatas, y decides que no. Te pones una taza de café y escribes, y sin saber muy bien por qué, eso te pone de buen humor para el resto del día. Como si sirviera para algo. Como si marcara una diferencia para alguien.

Bajas a desayunar a la calle. No por nada, sino porque no tienes pan. Pides un bollo inglés con mantequilla de cacahuete y mermelada de arándanos: verídico. Cosas de Madriz. Entonces te das cuenta de que te has dejado el Kindle en casa y maldices tu estrella. No pasa nada: estás en La Libre, un lugar muy mono y muy alternativo, con muchos libros de todo tipo en las estanterías y máquinas de escribir viejas por los rincones. Algo encontrarás para leer.

Entonces das con un libro de teatro. El caballero de las espuelas de oro, de Alejandro Casona. Y te das cuenta de que esa fue la primera obra en la que tuviste un papel hablado. Habías salido en otra, cierto, pero hacías de árbol, y a lo más que llegabas era a incendiarte con papel charol de colores. Entonces la profesora os propuso aprender La canción del pirata de Espronceda, y claro: la gente se aprendió el principio, los diez o veinte primeros versos, hasta el estribillo, o como se llame. Y tú, que eres una burra, te la aprendiste entera; y era para verte, tan chica, tan cabezona, en medio del escenario del salón de actos, recitando ¿cuántos? ¿cien versos? Del tirón, sin respirar. Después de aquello, la profesora te dio un papel.

Así que agarras el libro y piensas en la pinta tope de intelectual que debes de tener ahora mismo, con tu mantequilla de cacahuete y tu obra de teatro ambientada en el Siglo de Oro, y te pones a repasar la primera pieza, buscando los trozos donde aparecía tu personaje. Ni recuerdas de qué iba, pero sí que te vienen trozos a la memoria: "Sanchica, amiga... Sanchica, compañera... ¿por qué he tardado tanto en encontrarte?", dice un Quevedo moribundo. Lees el primer capítulo. Lees el último capítulo. Te estremeces con el final.

Señor, me has dado una larga vida de castigos y te he obedecido sin preguntar. Primero creí que mi castigo era el frío. Después creí que era la soledad. He necesitado una vida entera para comprender que la soledad y el frío son una misma cosa. Si volviera a nacer y volvieras a condenarme a estar solo, volvería a obedecer. ¡Pero solo para la eternidad, no! No me dejes fuera con mi soledad y con mi frío...

Y sin darte cuenta estás teniendo un Momento Quevedo. Aquí en Lavapiés, en enero de 2013, con tu flequillo y tu smartphone y tu mantequilla de cacahuete, tú, Marina, estás flipando a tope porque Quevedo era genial. Te acuerdas de la cursilada aquella de la terapia poética que escribiste una vez: algo como que recitar poesía sosiega el espíritu. Eras joven e inexperta, pero te sigue valiendo. La poesía te reconforta. Intentas recitar su soneto famoso, el de Amor constante más allá de la muerte, y te fallan dos versos, como siempre. Pero te acuerdas de la mayoría. Te acuerdas de lo importante. Y es para verte esta mañana de domingo, buscando el sol en la acera de detrás del Reina Sofía, con la atención puesta en el pie izquierdo para no perder el equilibrio y recitando:

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido
venas, que humor a tanto fuego han dado
médulas, que han gloriosamente ardido

Y con el "gloriosamente" agitas un poco un puño. Gloriosamente. ¿Serás boba? Y después continúas:

Su cuerpo dejará, no su cuidado
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Y ahí te quedas tú, tan contentísima, con tu momento Quevedo, atravesando por la cara cinco siglos y tendiéndole la mano a Don Francisco como si le comprendieras. Con tu absoluto convencimiento de que cuando tú te mueras vas a ser polvo enamorado: polvo contemporáneo, sí, de smartphone y twitter y mascarilla de pelo, pero igual de enamorada y desesperada que cualquier poeta miserable. Caminas recitando en este día helado de Madrid, bajo un sol de febrero que no deja de ser un consuelo tan mísero como puede serlo casi cualquier cosa para un corazón que duele. Y estás contenta, pese a todo. Está bien así.


jueves, 25 de octubre de 2012

Libertad y decisiones (I)

Cuando terminé tercero de carrera estuve a punto de volverme a Málaga por motivos económicos. De hecho, llegué a pedir el traslado de expediente. Cambié de idea en el calentón de una bronca familiar y me fui a Granada de una forma un poco loca. Empecé a trabajar en la maldita-maldita beca, mi madre tuvo el detalle de ayudarme con el dinero mientras me la pagaban y conseguí subsistir. Era una subsistencia precaria en la que tenía que valorar seriamente relación coste-beneficio de incluir proteínas en mi dieta, pero no estaba mal.

Más adelante, mientras reflexionaba sobre las consecuencias de esa decisión, pensé que había sido una decisión correcta por motivos equivocados. La decisión la tomé de un día para otro en mitad de una bronca, pero los resultados fueron muy buenos. Los dos últimos años en Granada aprendí mucho, trabajé y disfruté de la ciudad. Sobre todo, completé una etapa de mi vida y no la dejé a medias. Ahora echo la vista atrás y se me ponen los pelos como escarpias de pensar en haberme vuelto a Málaga. Seguramente estaría casada con J., embarazada y cubierta de mechas rubias. No me preguntéis por qué, pero creo que mi karma universal habría ido en esa dirección.

Luego decidí hacer el PIR en Cádiz. Recuerdo la primera vez que se me pasó la idea por la cabeza. Estaba todavía en Granada, en los exámenes finales de quinto, y pensando en hacer el PIR me imaginé en Cádiz: rodeada de palmeras, viento y olor a mar. No sé por qué lo de las palmeras; aquí tampoco hay tantas. Sobre todo, podía imaginarme el viento y la sensación de ciudad de vacaciones en invierno. Sentí una extraña tristeza anticipada y pensé que quizá no era una buena elección.

Mientras estudiaba en Málaga aún no tenía claro a qué ciudad me iría, pero sabía positivamente que iba a largarme de allí. Todavía ahora me es difícil explicar mi decisión. No es que no aguante a mi familia. No son perfectos, pero no están mal, en Málaga también me habría ido de casa el primer mes. Tampoco es que aquello no me guste; se vive bien, hay mucha gente a la que quiero y tiene zonas de escalada dentro de la ciudad (por otra parte, a lo mejor si me hubiera quedado allí nunca habría empezado a escalar). Pero desde el primer día que puse mi culo en el asiento de la biblioteca para estudiar el PIR lo dejé bien claro: en Málaga no me quedo Ni De Coña.

Fue difícil mantener mi decisión. J. estaba allí, mis padres estaban allí y alguno presionó sutilmente para que me quedara. Bueno, corrijo. Mantener mi decisión no fue nada difícil, en el sentido de que no dudé ni por un microsegundo que me iba a ir de Málaga. Lo difícil fue convivir con las consecuencias de mi decisión en las personas a las que quería. Todavía hoy, dos años y medio después, sigo sintiendo que haber elegido esto es como decir a todo aquello que no lo quiero. Que no me interesa. Todavía me siento mal cuando asomo la cabeza por allí apenas tres veces al año.

Hoy, mientras fregaba los platos, pensaba que fue una decisión estupenda. Cádiz es lo mejor que me ha pasado en... no sé, quizá en la vida. A lo mejor no es Cádiz. Quizá sea el trabajo, los amigos y la escalada. Pero hoy iba conduciendo desde la Isla y he visto una puesta de sol brutal, en serio, brutal: sobre mi cabeza llovían las nubes grises y algodonosas, pero a mi izquierda se abría un claro por el que se veía esconderse el sol, y la luz era amarilla y sepia, como en las fotos antiguas. He bajado la ventanilla y giraba la cabeza intentando no morir mientras conducía, y he pensado que bueno, que igual son las circunstancias, pero que Cádiz tiene algo.

Pensaba en mi decisión, y en que no sé si también fue una decisión correcta por motivos equivocados. Mis motivos para venir a Cádiz fueron inexistentes. ¿Por qué Cádiz?, me preguntaba todo el mundo. Pues porque sí, no sé. La plaza no es especialmente buena. La ciudad está a tomar por culo de todo. No hay casi de nada. Ángel, un lector de Seattle con el que he quedado el sábado para hablar por Skype, me dijo que si no tenía ADSL en mi casa me fuera a un Starbucks. Ja. Un Starbucks en la Isla, bicho. ¿Te imaginas? Si os soy cien por cien sincera, yo tenía una idea de Cádiz en mi cabeza. Me imaginaba rodeada de gente así hippy, durmiendo en las playas vírgenes, saliendo al campo y tomando el sol. Me imaginaba feliz aquí. Y, por una serie de circunstancias, todo eso se ha cumplido con creces. He dormido en las playas y en los bosques, me he rodeado de gente estupenda y Todo Va Bien.

La cosa es que querría saber qué me hizo tomar esa decisión, para seguir tomando decisiones buenas en ésta mi vida.

(El post sigue, pero lo voy a dejar aquí porque se está haciendo infernalmente largo y una tiene que dormir. Mañana seguimos)


domingo, 21 de octubre de 2012

Queridos todos:

Después de quince años, creo que por fin he aceptado una cosa.

Tengo acné.

Sorpresa.

Esto es complicado de explicar. No es que antes no lo supiera. Claro que lo sabía, y vosotros sabéis que lo sabía. Pero no era capaz de aceptarlo o, más bien, no era capaz de vivir sin el consuelo hipotético de que en un momento dado el acné se iría y mi cara estaría bien. Mi presente era intolerable. La idea de "por qué tengo que ser precisamente yo y precisamente mi cara" me resultaba muy, muy desagradable.

El último ataque de acné ha sido un poco desmoralizante. Más que nada, porque ya llega un punto en que te hartas y te dices: por Dior, si tengo arrugas ya, esto es cansino. Paralizada por el pánico de seguir empeorando, hace un mes empecé la enésima dieta hiperrestrictiva de mi vida, compuesta de aproximadamente quince alimentos y para de contar. Estuve dos semanas cuidándome como un paleotemplo. Entonces me fui un día a escalar y en ese único día de autoconciencia y estrés por no comer nada no permitido, me atacó un brote del mal. Mientras volvía a casa en el coche sintiendo perfectamente todos y cada uno de los granos y quistes que brotaban nuevos en mi carita, tuve un insight:

Va a ser el estrés.

Y decidí que al carajo la dieta y que iba a hacer de manejar mi estrés y mi relación emocional con mi piel el núcleo central de mi lucha contra el AA. También decidí empezar a comer cosas normales y que simplemente contribuyeran a hacerme sentir bien en general. Y relajarme. Y dormir más. Y volver a maquillarme. Por último, algo hizo clic en mi cerebro y decidí que tenía por fin que empezar a identificarme con la chica con acné. Que mi cara no es lo que sería si el AA se fuera. Que yo soy esa, la de la piel de mierda, y que no es tan terrible; los que me rodean pueden aguantarlo. Cada uno tenemos nuestro tema y a mí me ha tocado esto, y tanta lucha no tiene mucho sentido.

A partir del día siguiente, empecé a hablar conmigo misma cada vez que me miraba al espejo. Parecía una absurda autoayudera conversando mi niño interior, pero me esforcé en sustituir la habitual inspección de "a ver con qué me sorprende hoy mi carteo" por un "eres preciosa, maravillosa y un ser humano estupendo, y te quiero". Decirse te quiero frente al espejo es de perdedora, yo lo sé, pero me sentaba extrañamente bien. Como a favor de mí misma después de mucho tiempo. Después me maquillaba y procuraba pensar en el AA lo mínimo posible.

Un par de días después de empezar con la autoterapia de "vamos a reconciliarnos de una puñetera vez con nuestro destino maligno", fui a ver a una paciente mía que está ingresada en el hospital. Es una chica estupenda, que sufre mucho pero que es muy fuerte. Cuando me vio entrar desde la cama, sonrió un poco sorprendida, y después lo primero que dijo fue "¡qué guapa!". Yo llevaba una camiseta roja, pantalones marrones anchos, pendientes de plata, el pelo suelto y la bata del hospital, y las palabras de mi paciente tuvieron un efecto de insight muy curioso. Pensé: la gente se da cuenta. No ya de mi autoterapia ni nada, sino de esa parte bonita de mí; al menos alguna gente en algunos contextos. Y esa es la gente que me interesa: la gente que me aprecia.

Llevo un par de semanas sintiéndome mortal de guapa, de verdad. Guapa entera y como concepto, y pelándomela mortal el AA. También creo últimamente que el AA cuida de mí, es decir: pensad en la cantidad de cosas buenas que hago por mi cuerpo gracias a él. Duermo más, procuro relajarme, me trato bien, como bien, hago deporte. El AA sabe lo que me conviene.

No sé muy bien si hoy he expresado lo que quería al escribir aquí, porque es muy difícil verbalizarlo sin que suene a chorrada new age. Pero es como que he descubierto realmente el tipo de belleza que quiero que la gente vea en mí y no tiene nada que ver con mi piel. Y esto parece tonto o ingenuo, y de hecho a ver cuánto me dura antes de que la desesperación me sacuda de nuevo, pero ahora mismo, en este preciso momento, es genial.

jueves, 21 de junio de 2012

Recuerda

Me estoy reconciliando poco a poco con mi nueva rotación, pero lo que todavía no supero es tener que pasar todas las mañanas por delante del tanatorio. Que voy caminando despacio con la fresquita matutina, taconeando contenta entre los pinares que rodean el hospital, y de repente me encuentro con un coche fúnebre o con una familia que llora desconsolada. Menos mal que he encontrado una ruta alternativa que atraviesa la cafetería del hospital, así que dependiendo de mi estado de ánimo elijo una u otra. La ruta de la vida o la de la muerte.

Una vez superado el primer impacto, sin embargo, pasar por el tanatorio tiene algo de lección existencial. De memento mori matutino suspendido sobre mi cabeza. Ahí vas a acabar, Marina, me repito, así que disfruta del día de hoy. De tener un trabajo al que ir y de este poniente fresco entre los pinos; de la forma en que los pacientes te dan los buenos días y de cómo en general con ellos puedes reírte, conmoverte y también tener muchas ganas de mandar a alguno al carajo.

Ayer por la tarde estuvimos trepando en Bolonia. Curioso, porque después descubrí que justo hacía un año desde que empecé a escalar. Hace un año tenía las peores agujetas de mi vida después de pelear en San Anton con una vía de cuyo grado no puedo acordarme. Nadie daba un duro por mí trepando y lo sé, porque soy de las que se entusiasma rápido y después deja las cosas. Sin embargo aquí estoy, un año después, escapándome de la ciudad en la tarde de un martes para tocar roca un rato.

La escalada también es un recordatorio de la muerte y la fragilidad física. Mientras dudo antes de hacer un paso con la chapa anterior a un metro de mis pies, me repito lo que dice siempre mi colega Pablo. Recuerda cuando estás abajo y quieres estar arriba y vive este momento con toda su intensidad. Memento mori. Al final hago el paso y no me caigo, y cuando me bajo y me acerco a la vía que hemos probado al principio de la tarde encuentro a una cordada de chicos a los que no conozco. Cambio tres palabras con el que está asegurando y oh-dios-mío-es-lindísimo. No super guapo, ni DDM, ni nada, sino rematada y sorprendentemente lindo tras cruzar con él dos frases y unas cuantas sonrisas. Me quedo un rato charlando, le miro escalar y luego pienso que paso de los hombres y me voy (y luego vuelvo, y no sé cómo encuentro un pretexto para darle mi Facebook, y cómo eres Marina hija que no tienes remedio).

Volvemos a casa contentos. Yo conduzco la Dobloneta con calma, Irene come una barrita de muesli en el asiento del copiloto y el Cabesa critica a los perros ajenos desde detrás. Y, de repente, en mitad de la carretera entre Tarifa y Vejer, vemos a un mastín gigante blanco y canela parado entre los carriles. Yo voy a noventa, y entre el momento en que mis faros alumbran al bicho y paso a su lado me da tiempo a muchas cosas. A pensar: no des un volantazo. A pensar: no pites. A pensar: no sé qué va a pasarte, perro, y lo siento mucho por ti esta noche en mitad de la carretera, pero ahora mismo, por favor, quédate quieto. Quédate donde estás y no te asustes para que mis amigos y yo podamos llegar sanos y salvos a Cádiz después de esta tarde trepadora. Suelto un "illoilloillooo" acojonado, me desvío un poco hacia el arcén y sigo hacia delante más despacio. Memento mori.

Se nos va pasando el susto, avisamos a la Guardia Civil, llegamos sanos y salvos a casa. Esto es la vida, digo yo. Rozar muchas veces la catástrofe hasta que no puedes eludirla más tiempo. No hay que ser siniestros, claro, ni morbosos todo el rato, pero no está mal acordarse de vez en cuando. Más que nada, para no dejar escapar los momentos bonitos. Para alegrarse de haber decidido trepar en vez de currar en la UCIP. Y para atrapar todas las sonrisas gratuitas y dulces que mi absurdo destino sentimental se digne mandarme.

domingo, 29 de abril de 2012

Crisis existenciales y otros vicios

Hoy estaba grabando el disco de Fede Comín en mi nuevo mp3 acuático, porque después de un tiempo alejada de la piscina por el esguince de tobillo he vuelto a nadar. Al ponerme el bañador me he fijado en que ya clarea en algunas partes y debería comprarme otro antes de ir por ahí dando el espectáculo. Si os digo la verdad, cuando empecé a nadar hace ya año y medio no daba un duro por mí. Hice los cálculos y la inversión en material marca Nabaiji era lo bastante modesta como para darle una oportunidad, pero mi fe en seguir yendo después de tres semanas era nula. Y ahora aquí estoy, con mi mp3 acuático y mi bañador clareado. Aunque hay que decir que mi persistencia en el nadar está más relacionada con mi motivación escaladora que con nadar en sí, que en general me la pela.

Escuchaba la canción número 5 de Fede, Moraleja creo que se llama, que empieza diciendo "hoy, noveno día del mes/ de un año que se voló"; y fue curioso, porque cuando la oí por primera vez en su concierto era nueve de mayo y, de hecho, el año había volado.  Me pilló una época rara cuando conocí a Fede Comín. Seguramente, la peor época desde que llegué a Cádiz. Era toda yo una crisis existencial con patas. Que si debería dejar el PIR e irme a meditar a Barcelona/ viajar por la India/ escribir a Granada/ insértese plan alternativo. Los tres años de residencia que me quedaban tenían la misma pinta que las bolas de preso de los Golfos Apandadores: pesaban y me impedían moverme.

En realidad, creo que todo esto ya lo he contado en otro post, pero bueno. La cosa es que me pasé un par de meses en un estado de insatisfacción profunda con mi vida. Algo como un "pero-qué-cojones-pinto-yo-aquí" sonando sin parar en mi coco. Cuando fui a Madrid a ver a Luna me dieron ganas de vivir en Madrid; no exactamente porque me gustara, sino porque parecía que allí al menos pasaban cosas, y en mi vida no estaba pasando absolutamente nada.

Entonces, de repente, tuve un momento de insight. Debió de ser uno de los primeros días de playa del verano, mientras estaba tumbada al sol bajo la luz azul y enorme de Cádiz. ¿Habéis estado en las playas de Cádiz alguna vez? Yo soy de costa de toda la vida y, aun así, son otra historia. Las de Málaga son piscineras, de olas ausentes y tierra negra que traen los camiones del fondo para crear una orilla de la nada.  En Cádiz todo es tan amplio: la arena blanca cuando baja la marea, las olas largas, el océano al fondo. Siempre que me baño aquí me acuerdo de cuando iba con Erika al llegar a la ciudad, y las dos saltábamos las olas mientras ella exclamaba "¡qué juventud! ¡qué salud!".

Y pensé: joder, mi vida tiene tantísimas cosas buenas. Tengo un trabajo que me gusta, dinero para mis vicios, un bonito piso, una ciudad estupenda, tiempo libre, salud razonable. No debería pensar que son tres años de condena, sino tres años de estabilidad. Podría encontrar motivos para estar descontenta con cualquier otra opción. Me imaginaba en la India protestando por el calor o en Granada contando monedas para comprarme chopped. Nada es perfecto. Así que me propuse muy seriamente que iba a disfrutar de lo que tenía.

A partir de ahí, todo empezó a ir bien y no ha parado desde entonces. Con sus puntitos mejorables, como todo, pero este año ha sido así como feliz, con todas las letras. Hoy, veintinueve de abril de 2012, me siento en paz con la existencia. No quiero estar en ninguna otra parte ni haciendo otra cosa. No sé si fue por el cambio de actitud. Soy escéptica con esas cosas. ¿Realmente uno puede decidir ser positivo y fijarse en lo bueno y entonces le empezarán a pasar cosas estupendas? No sé. Creo que para entonces yo ya había hecho un buen trabajo previo y que estaba lista para eso. No sé si habría sido capaz en otras etapas de mi vida. También creo que tuve suerte.

A menudo me acuerdo de Pablo Aranda, un escritor malagueño que estudió en mi colegio y vino en mi graduación a darnos el discurso de despedida. Recuerdo el discurso como bastante desorganizado y rarillo, pero me gustó. Sobre todo, porque decía: "A menudo oiréis que la universidad es la mejor etapa de la vida, pero es mentira. O debería de serlo. Os esperan muchas cosas buenas en la vida, en la universidad y después. No dejéis que a partir de entonces todo vaya a peor".

Esta es la típica entrada que me da la impresión de haber escrito ya mil veces de distintas formas, aunque tengo la teoría de que los temas tienen sus razones para reaparecer. Igual que los sueños. Creo que estas últimas semanas estaba otra vez en una época rara, pensando en las carencias más que en las presencias y deseando que, como dijo una paciente el jueves en la unidad, alguien llegara a mi vida para darme mimitos. Pero de un tiempo a esta parte vuelvo a sentirme como hace un año: con capacidad de disfrutar, sin más. Siento que fluyo. Y sé que la felicidad es poco inspiradora. No pasa nada; ya vendrán tiempos duros y crisis nuevas y roturas de corazón, todo ello generador de desdicha literariamente fértil. Hoy voy a cerrar los ojos después de un gran domingo de lluvia, calma, roco y amigos y voy a revolcarme en esta suerte rara que tengo últimamente como un feliz cerdito rubio.

martes, 29 de noviembre de 2011

La extraña parada en seco de mi reloj biológico

Lectores de mi amor:

Hoy podría escribir sobre todos mis grandes temas. Sobre las uñas, porque me he gastado una cantidad de dinero obscena en una lima de vidrio que romperé en una semana, como siempre, y en un tono de rojo que sólo se diferencia de una forma muyyy sutil de los otros cinco que ya tengo. Sobre el Mal Capilar, porque mi segundo intento de ponerme pelirroja ha culminado con un look Morticia Adams preocupante. Sobre el Acné del Averno, porque hoy he vuelto a llorar pensando que no tengo ninguna esperanza (pero poquito, mamá, no te preocupes) y he concluido que si no soluciono esto en un plazo razonable quizá vaya de rodillas al dermatólogo a pedirle Roacután forever, que yo así no puedo vivir.

No obstante, una amiga acaba de anunciar por Facebook que está preñada, así que he decidido hablar de los hijos. Rollo espontáneo, no preparándome los post durante horas, como hago normalmente.

Yo siempre siempre siempre he tenido el reloj biológico haciéndome un tic tac preocupante. Me gustan muy mucho los niños, y quiero formar una familia con la que vivir en el campo y hacer paleopasteles. Además, como dice mi amiga Luna, la sensación cenestésica del embarazo me interesa. Así que siempre había contemplado en mi mente la posibilidad de quedarme preñada como una cosa guay. Primero con MQEN, porque aunque cada uno vivíamos en una punta de España y éramos muy jóvenes y encima a ver cómo paría yo los bebés gigantes que él probablemente iba a engendrar, nos queríamos tela y hubiéramos sido padres geniales. Además, habíamos pensado nombres estupendos para nuestros hijos, como Lluvia si era niña o Pollo si era niño.

Con J. ya la cosa era más realista, por aquello de que él tenía curro y podría alimentar a nuestra familia hipotética, y yo fantaseaba con ser una mantenida de arquitecto y pasear a mis churumbeles por Pedregalejo. Luego explotó la burbuja inmobiliaria y, en paralelo, recobré la cordura y renuncié a ser un florero con mechas, pero aun así siempre me hizo ilusión pensar en un Jotita así moreno, guapete y con déficit de atención, como su padre.

Desde que estoy soltera y las posibilidades de encontrar pareja se van reduciendo cada vez más hasta convertirse en un puntito lejano en el firmamento, lo de los hijos ha pasado a un octavo plano. Curiosamente, creo que esto lo ha precipitado el preñamiento y posterior alumbramiento de mi genial amiga Elsa. Que sí, que ser madre está superguay y ella está muy, muy feliz y la niña es preciosa. Pero creo que el hecho de que una de mis mejores amigas haya tenido un bebé saca la maternidad del espacio abstracto y casi imposible que ocupaba en mi cabeza y lo coloca en la realidad. En una realidad preocupantemente cercana.

Yo estoy mentalmente bastante sana, quiero creer, pero también tengo mis carencias y mi porcioncita de analfabetismo emocional. Y soy patológicamente independiente, que hasta me echo yo sola el tinte Morticia Adams. Y me aterra que me hagan daño, o que me abandonen, o tener hijos y que acaben en una familia rota. Hoy estaba en el Carrefour y había delante de mí un padre joven con su hija pequeña, de unos cuatro años. La niña le decía "¿Entonces, para navidad vas a estar conmigo?", y el padre le contestaba "Pues claro que voy a estar contigo, mi amor, pase lo que pase, eso tenlo clarísimo". Y luego le daba miles de besos, le acariciaba el pelo y le decía que se llevara las galletas que habían comprado para comérselas con su madre. Motherfucking heartbreaking.

Así que bueno, igual que siempre he pensado (y pienso) que sería una madre estupenda, ahora estoy cero preparada para tener hijos. Pero cero, y no sólo por no tener maromo. Sino porque en este momento de mi vida, dar el giro existencial y emocional de vivir para alguien más que para mí me parece sobrehumano. Supongo que luego eso se hace y punto, que no te lo planteas y que claro que te compensa. Pero la posibilidad de perderme de esa forma me da un montón de miedo.

Espero conseguir madurar emocionalmente, atreverme a depender de alguien y encontrar a un chico que me quiera y que no estruje mi pobre corazón entre sus dedos. Espero, también, hacerme pronto millonaria y retirarme de trabajar por mis propios medios. Y entonces espero, además, no ser estéril porque tenga las hormonas como unas maracas y poder procrear bebés listísimos y un poco cabezones con nombres medio normales. Y seguro que cuando suceda me hará muy feliz. De momento, me temo, castidad y condones a partes iguales.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Reflexiones sesudas en la habitación del Maik

Estamos en el roco el Kpot y yo. Hay más gente, claro, pero los demás están entrenando en la parte de los tablones y nosotros nos hemos metido en la que llamamos "La habitación del Maik". El Maik es un tipo gigante que practica algo llamado "Valetudo". Cuando le pregunté si era una mezcla entre Ballet y Judo, me miró con cara de "te estás quedando conmigo o qué pasa" y me explicó que no, que quiere decir que Vale Todo. El Maik calienta haciendo a la vez abdominales y flexiones. El Maik se deja que le partan trozos de madera en la tibia, y no es que no le duela; es que el dolor le da igual. Total, que estamos el Kpot y yo en el cuarto donde el Maik entrena y sospechamos que le da palizas a gente, pero ahora nosotros estiramos sobre colchonetas sucias y hacemos flexiones con lo que nos queda de brazos.
- Quilla - Kpot para de hacer flexiones y se queda tirado boca abajo -. ¿Por qué la gente llora en los psicólogos?
- Yo qué sé, pues porque sí, porque está triste, ¿no? - yo no me siento para nada en modo psicóloga. Tumbada sobre mi espalda, llevo las piernas hacia atrás tipo postura de yoga y respiro mientras intento estirar la columna y las piernas.
- No, ya, pero a lo mejor estás igual de triste que con los amigos o con la familia. Sin embargo, con el psicólogo lloras.

Al Kpot le encanta saber por qué la gente se comporta de una u otra manera, y siempre me hace preguntas "rollo psicológico" que me descolocan. Intento ponerme en modo semiprofesional, aunque no sé si la sangre me llega bien al cerebro en esta postura. Me incorporo.
- Yo creo que es por la manera en que el psicólogo responde a tu sufrimiento - digo -. Cuando tú le cuentas algo a tu familia o a tus amigos, ellos no te echan mucha cuenta. Como mucho, te dicen que ya se te pasará o te dan consejos. Lo primero que hace el psicólogo es reconocerte. Te dice "lo estás pasando mal", "estás sufriendo", y eso es lo que te hace polvo. Que te ve.
- Aro, aro - contesta él -. A ver, quilla, ¿cómo es eso que estás haciendo con la espalda? ¿Así, echándome para atrás?
- Sí, pero con las piernas más rectas - es gracioso verle intentando hacer asanas de yoga con las zapatillas de deporte puestas y las rodillas dobladas.
- Pues yo creo que es lo que tú dices, lo de que los demás en verdad no te hacen caso.
- Claro... mira, a mí me hizo llorar la psicóloga del centro de conductores cuando fui a hacerme el certificado médico para el carnet, sólo porque me dijo "tú estás muy nerviosa con esto, ¿verdad?".

Kpot se tumba boca abajo con los brazos musculosos de escalador enfermizo estirados frente a sí.
- Yo me di cuenta el otro día de lo que tú dices. De que la gente no sabe escuchar. Estaba un grupo de maris delante de un colegio, esperando a las hijas. Una empezó a decir que tenía mal la espalda. La otra le contestó que ella tenía mal la rodilla, y la otra que a ella le dolía el hombro. Y al final no hablaron ni de la espalda de una, ni de la rodilla de la otra... cada una de lo suyo, punto.
- La lucha por conquistar la oreja ajena, lo llamaba un escritor.
- Eso es, tía.
- El mismo escritor decía que el amor es un preguntar constante. Que el que te ama lo hace porque te pregunta sobre ti en lugar de intentar conquistar tu oreja. Si encuentro luego el texto, te lo paso por el Facebook.

Que mi amigo el Kpot y Milan Kundera hayan llegado a la misma conclusión me resulta curioso. Pienso en el amor y el preguntar, y en el trabajo que hago todos los días intentando dar a la gente su espacio y reconocer que existen. En cómo la mirada del otro nos puede hacer llorar. Y ahora, mientras reflexiono sobre cómo cerrar el post y me pregunto por qué he escrito esta escena, me digo: porque mi blog es mi espacio, y escribo aquí para reconocer que existo yo. Para que mi existencia tenga cierta cualidad resonante de cosa que importa.

Nota: si percibís cierta incoherencia en el post es porque hoy estoy muy, muy cansada y escribo en plan simbólico para que se vea que le pongo empeño al asunto.

jueves, 27 de octubre de 2011

Verdad y ficcion

Hoy estaba pensando en un libro: "El mundo después del cumpleaños", de Lionel Shriver. Me lo regaló mi madre por navidad hace dos años, cuando estaba estudiando el PIR. Por aquel entonces mi vida era un bucle de estudio y siestas, pero quería desesperadamente ese libro porque el anterior de la autora, "Tenemos que hablar de Kevin", me había gustado mucho. Así que lo engullí en los ratos libres, y como no quería empezar otra novela porque tenía el examen en tres semanas, cuando lo terminé me releía los capítulos sueltos por las noches.

Es un libro buenísimo. Muy, muy bueno. Sinopsis breve y sin spoilers más allá del segundo capítulo: Irina está casada con Lawrence, un hombre bueno y aburrido, y conoce a Ramsey Acton, un jugador profesional de snooker que por lo que describe el libro tiene que estar tremendo. Un día se van a cenar juntos así como por casualidades del destino y, en un momento dado, Irina se ve tentada a darle bambú a Ramsey Acton. A partir de ahí la novela se bifurca en dos posibilidades: lo que pasaría si Irina y Ramsey se lían y lo que pasaría si no lo hacen. Los capítulos se van alternando, los personajes son los mismos y la trama es similar, pero varía en función de la decisión que toma Irina al principio.

La idea es buenísima, pero es que además está ejecutada con maestría. La forma en que los elementos de la trama van variando en función de la versión que leemos en cada momento, cómo se comportan los personajes en una u otra posibilidad, cómo unas decisiones configuran otras, los paralelismos siniestros que se establecen en uno u otro universo... y , sobre todo, esa sensación inquietante de las dos (ir)realidades conviviendo y tú como lector sin saber qué fue lo que sucedió, aunque sepas que de hecho no sucedió nada porque todo es ficción. Leer ese libro es una experiencia, de verdad. Id a comprarlo ahora.

Pensaba en "El mundo después del cumpleaños" porque de tanto releerme los capítulos y de lo muchísimo que me gustó, los personajes se volvieron más reales para mí que muchas personas. Los detalles eran tan vivos que durante un tiempo me enganché a ponerles parmesano y ajo a las palomitas de maíz, como hacían Irina y Lawrence mientras veían la tele por la noche. Puedo recordar frases enteras de ese libro. Es maravilloso, de verdad.

¿Sabéis el tema de la sensibilidad, de ser capaz de ver el mundo con ojos de asombrado entusiasmo y demás? Pues es por los libros. Me estoy acordando de una conversación que tuve con mi madre cuando era bastante pequeña, con diez u once años. Entonces yo era una lectora muy patológica, creo que ya lo he contado. Leía mientras comía, leía en el autobús de camino al colegio y leía debajo del pupitre durante las clases. Aquel día, mi madre me dijo: "Pitu, tienes que vivir la vida, no leerla". Creo que eso venía a que no me apetecía salir a jugar con los vecinos de la urbanización. No es que yo fuera una asocial, que tenía mis amigas y tal, sino que jugar con los vecinos nunca me moló: eso de estar tranquila en mi casa y que me llamaran al porterillo me parecía como superinvasivo.

Y ahora pienso que sí, que la vida hay que vivirla, pero que si he tenido momentos de captar de verdad la esencia de las cosas y las personas, si algo me ha ayudado a entender la complejidad perversa y dulce de los humanos, son las novelas. Ni los ensayos, ni la psicología, ni siquiera escuchar a los pacientes. Los vislumbres breves de lo incognoscible me los ha dado la buena ficción.

Por eso quiero escribir una novela. Hoy, mientras colocaba la compra en la moto para volver a casa, me he dado cuenta de que el sueño de mi vida es ése. Y no se trata de ser mejor o peor escritora por escribir novelas en vez de post, ni de lo que pasa o lo que permanece: en realidad permanecer no permanece nada, puesto que somos minúsculos puntitos de vida en un universo hostil. Quiero escribir una novela porque querría ser capaz de tocar lo incognoscible con mis manos y de crear con mi ficción verdad para otros. Quiero hacer disfrutar a alguien tanto como yo he disfrutado con el trabajo ajeno.

Voy a intentar el Nano, y me imagino que de ahí saldrá un engendro extraño que no valdrá mucho. Pero en algún punto voy a darme el espacio para escribir una novela en condiciones, una novela que pueda trabajar y vivir y sentir como mía. La escribiré aunque sólo sea para que la lea MQEN, que es mi mayor fan, o para que la lean mis 38 adorables seguidores y mis fieles comentaristas. No me importa mucho el éxito. Lo que quiero es contribuir a la hermandad de escritores que han hecho esta vida perra más agradable.

Y con esto y un bizcocho, a calentar los dedos y la mente para el martes que viene.

Feliz puente. Yo veré a Vetusta Morla con DDM, conoceré a Ciudadano, escalaré y empezaré mi Nanovela. La cosa no pinta pero que nada mal.

Y no tiene nada que ver con nada, pero de verdad que tenéis que probar la pasta rellena de calabaza y avellanas de Giovanni Rana. Es como si se celebrara una fiesta en tu boca y todo el mundo estuviera invitado.

lunes, 10 de octubre de 2011

Supervivencia emocional III: Sobre seguridad y protección

Al final sí que está adquiriendo esto toda la pinta de convertirse en una magna obra de la autoayuda al límite... Anónimo76: tienes derecho a parte de los beneficios.

La mayoría ya sabéis, o intuís, que he tenido una especie de desengaño pseudoamoroso en las últimas semanas. Después de años repitiendo el bucle de mi vida con y sin J., esto ha sido como recordar de golpe lo maravilloso y lo terrible que puede llegar a ser involucrarse emocionalmente con alguien. Ya estoy mejor, porque yo soy una chica resiliente, pero la semana pasada se me juntó toda esta historia con el síndrome premenstrual y tuve momentos de estar verdaderamente cabreada, desilusionada y triste.

Lo que más me preocupaba del tema no era lo que había pasado, porque al final no tiene remedio y ha sido como ha sido, y porque creo que por una vez en mi vida miserable de ameba del amor he actuado bien casi todo el rato. Me preocupaba no saber cómo iba a protegerme de algo parecido en el futuro. Repasaba todos mis movimientos, mis acciones, lo que había dicho, mis niveles de atención/cariño/pasión. Me preguntaba si había sido demasiado clara, intensa, directa, arriesgada, llámalo X. Por más vueltas que le daba, siempre concluía que lo haría todo otra vez más o menos igual, y eso me angustiaba a morir porque quería encontrar la forma de evitar sentir de nuevo ese dolor.

Esta mañana he ido a Sevilla con José Luis a un curso de sistémica sobre terapia de pareja. Mi profesión es TAN bonita. El ponente de hoy era un poco monótono, pero me encanta tener un trabajo donde la gente se reúne durante horas a debatir cómo puede hacer que otra gente se sienta mejor. Es como que te chorrea el buen karma por las sienes.

El ponente ha dicho que una de las labores del terapeuta es construir significados nuevos. Darle una narrativa distinta a los mismos hechos, de forma que lo que ha pasado sea menos doloroso porque se puede entender. A veces es tan sencillo como eso. Una parte importante es quitarle al otro la intencionalidad negativa. El otro no nos hace daño porque nos odie ni porque sea una mala persona. Lo hace porque lleva su propio equipaje y porque sufre; la mayoría de las veces apenas tiene que ver con nosotros.

Me ha gustado esa visión tan compasiva de la terapia. Ayudar a construir una comprensión del sufrimiento del otro: generar empatía, disolver el rencor y la rabia, ayudar al perdón. Son cosas que le molan a la yo pseudobudista, que quiere ser toda amor aunque luego le pegue un par de gritos a los viejos que conducen vespas con cascos de mediohuevo.

A mitad de la conferencia he salido a tomarme un café de máquina porque me estaba quedando sopa después del madrugón. He sacado un capuchino de esos liofilizados y asquerosos y me he salido a la parte delantera del aulario del Virgen del Rocío. El sol ya empezaba a calentar y las estudiantes de medicina paseaban sus melenas larguísimas por las aceras del campus. He pensado que todo eso de la compasión es cojonudo, y que yo siento empatía por los teleoperadores, los perros y los bancos del parque, pero que sigo teniendo la misma duda. Cómo cojones me protejo yo. La semana pasada me vacunaron contra la gripe, ¿no hay vacuna contra el desamor? Que me la pongo aunque sea cara.

Entonces, justo ahí, sosteniendo mi vaso de café mientras contemplaba a la gente, he tenido una revelación. Tú ya te has protegido, Marina. Lo has hecho bien. Has vivido la situación, has calibrado los riesgos, has decidido dar y has dado mucho. Te ha costado un poco, pero cuando la cosa se ha puesto chunga has sido capaz de analizar la realidad, hacerle caso a tu corazón y bajarte del tren cuando no te molaba la estación a la que se dirigía. Has sabido protegerte. Lo que pasa es que no es lo mismo protegerse que blindarse. No es lo mismo no sufrir que no sentir.

Es como en la escalada. Ya te puedes poner arneses, cuerdas y cascos, que escalar duele. Lo sentimos, pero es así: te duelen los dedos, se te pelan las yemas, se te cansan los músculos, tienes agujetas, te golpeas las rodillas si como yo eres medio monguer y apoyas mal los pies. Escalar duele y vivir duele. No hay más cojones. Vives y te estás muriendo, ¿qué quieres que te diga? ¿Que hay una manera de pasar por la existencia sin mal de amor? ¿Sin que te duela perder a alguien que te gusta? ¿Sin experimentar decepciones, vacíos, inseguridades y miedo? Pues no creo que exista, Marina, francamente.

El otro día me miraba la quemadura que me hice en la pierna con la cuerda de escalada hace ya casi un mes y que está ya prácticamente curada, aunque me ha costado penar tela con el Furacin y sus muertos. Me encantan las costras y observar cómo se cierran las heridas: me enseña que la naturaleza del cuerpo es sanar, si se hacen las cosas bien y se espera lo suficiente.

El corazón también sana, y lo hace mejor si las heridas son limpias.

Sé protegerme. Por eso arriesgo.

jueves, 6 de octubre de 2011

Fa che sia Vita

Hoy ha sido un día extraño, de estos de todo cambia cambia todo y no puedes estar puteada mucho tiempo porque el mundo no te deja. De esos que cuando te pones a repasarlo sentada frente al escritorio se descomponen en momentos brillantes como los cristales de un caleidoscopio. Momentos de vida en tecnicolor.

Me he levantado encontrándome fatal, pero fatal de la vida. Lo he achacado a que ayer me pusieron la vacuna de la gripe y me habrá hecho una mini reacción, porque me dolían todos los huesos como si se me estuvieran deshaciendo. A media mañana he hecho relajación con la hija de una paciente alcohólica. Sé que trabaja y estudia, y que hace encaje de bolillos para dedicarse este rato, así que pongo todo mi esfuerzo para que mi voz rasposa suene lo más calmada posible. Se tumba en la camilla sin quitarse las gafas, y cuando al terminar me dice que cree que se ha dormido le digo que no importa. "Será que tu cuerpo lo necesitaba". Después de que se marche me tumbo yo en la camilla un rato, cierro los ojos y me mando metta a mí misma: "que este corazón herido sane, que este cuerpo dolido se libere".

Cuando vuelvo al despacho me llama el trabajador social. "¿Quieres ver algo bonito?", pregunta, y me lleva a la ventana de su consulta. Desde allí podemos ver el patio de la guardería cercana, donde diez o doce niños de menos de dos años están sentados muy serios en sus sillitas. Por conjunción de los astros ninguno llora, y les ves ahí, tan peinaditos y frescos en el aire de la mañana que casi puedes oler el nenuco en sus coronillas.

Al mediodía me sigo encontrando fatal. Tengo un hambre del Averno y no puedo subir al comedor hasta que no llegue José Luis. Me compro una tableta de chocolate negro en el Supersol y me la voy comiendo mientras camino por la Avenida pensando: soy un espíritu hambriento, algo dentro de mí no se calmará nunca y el chocolate no es la solución. En el comedor una médico desconocida me cede el último caqui. En realidad está verde y me pica toda la boca como si estuviera comiendo pelusa, así que tengo que escupirlo y enterrarlo bajo servilletas para que la médico amable no vea cómo lo tiro.

Al salir del curro me acerco a la playa de Cortadura, donde Irene, Pablo y Eva están tirados al sol después de pegarse una mariscada en casa de Pablo. Qué mal vivimos, dicen, cuánto sufrimos. Se les ve plenos, morenos y bellos en este sol de octubre tan tranquilo y raro. No van a estar plenos, los cabrones, si han ido al mercado esta mañana y luego se han puesto ciegos de buen marisco gaditano a siete euros por cabeza. Mañana nos vamos al Chorro. Planeamos la logística del Mercadona y el porcentaje de personas que habrá por cada perro y de botellas de vino que habrá por cada persona.

Luego Pablo y yo nos vamos al roco a entrenar un rato. Me siento capaz y fuerte hoy, con ganas de apretar. Voy con tanto ímpetu que me caigo desde las presas de arriba y vuelo un par de metros antes de aterrizar de espaldas sobre los colchones. Cualquier día me quedo gilipollas con esto de la escalada y la vigorexia, pienso, y justo entonces entra un chico mayor, con el pelo largo y una camiseta de los Ramones, que le explica a mi profe que tuvo un accidente hace años en las calas de Roches y que le gustaría escalar. Lleva bastón y no tiene claro cómo acceder desde su coche a los sectores. Dios, cómo amo a mis brazos y a mis piernas, pienso.

Trepamos un rato Pablo, una chica nueva, un chico también nuevo preocupantemente guapo y yo. El chico preocupantemente guapo marca fatal, pero me sujeta suavemente por los riñones cuando hay un paso largo y a mí me da lo mismo cómo marque. Me perturban los guapos y sus sonrisas, y me perturban todavía más los guapos que parecen simpáticos, y éste sonríe y parece simpático y es amable y me perturba.

Y luego cañas, tapitas, el aire templado de este otoño que se resiste a serlo. Yo no sé a vosotros, pero a mí últimamente me resulta fácil encontrar la bondad y la belleza a mi alrededor. No sé si será porque las busco o porque tengo un montón de suerte. Pero en realidad, a pesar de lo que publique aquí en mis grandes momentos de éxtasis pseudoliterario, vivo rodeada de un montón de miserias. Quiero decir, que hoy he tenido que escuchar a un chaval explicarme que le habían llevado a prisión por "cuatro puñalaíllas", así, textual, cuatro puñalaíllas que según él eran en defensa propia. Luego ha contado que hace cinco años encontró a su hermano colgado en la lámpara de su habitación. Y al mediodía, mientras esperaba frente a la UCI pediátrica a que llegara José Luis, ha pasado una camilla con un niño; son curiosos los niños camino de quirófano, porque suelen ir sentados en la cama, mirándolo todo con atención mientras su padre o su madre se clavan una sonrisa con chinchetas.

Lo que quiero decir, y me he liado hoy mucho muchísimo, más de lo que suelo a pesar de tener siempre la tecla fácil, es que si tienes brazos, y piernas, y la cabeza sana, y amigos, y dinero para llegar a fin de mes, y un techo sobre tu cabeza, y aire, y sol, y Cádiz o no Cádiz pero lo que sea... si estás medio bien, qué quieres que te diga: ser feliz, encontrar la verdad y la bondad y la belleza a tu alrededor todos los días, esforzarte por ver lo bueno de la gente... no es un privilegio ni una estupidez de neohippie: es una obligación moral. Tienes la Obligación Moral de buscar tu felicidad y después repartirla. Si estás descontento con algo, cámbialo. Búscalo, esfuérzate, sonríe. Vive y ama, joder, que esto son dos días.

Y después de daros, una vez más, esta chapa inmensa a la que deberíais estar acostumbrados, me voy a dormir en mi casa tranquila, en mi barrio lindo, en mi vida en tecnicolor.

sábado, 30 de julio de 2011

18. Cuerpo

Esto de publicar todos los días es hercúleo, joder. Es heróico. Estoy hecha polvo. He estado escalando (lo sé, otra vez) y no tengo fuerzas ni para teclear. Mañana tengo que levantarme a las seis de la mañana porque me voy a hacer descenso de barrancos. Así que el hecho de abrir blogger y ponerme a escribir algo es como para que toda la Viña se congregara al pie de mi ventana a hacerme la ola.

¿Sabéis, en realidad, de dónde surgió todo este rollo vigoréxico-aventurero que me traigo últimamente? Entre otras cosas, de trabajar en Atención Primaria. Cuando has visto al vigésimoquinto anciano polimedicado arrastrarse trabajosamente desde la sala de espera hasta la silla de la consulta, empiezas a apreciar muchísimo al cuerpo joven que todavía habitas.

Los cuerpos de los ancianos me llaman la atención. Son como una contradicción andante: sus células llenas de señales que dicen que el fin está cada vez más cerca, los músculos y los órganos perdiendo utilidad y función y el cerebro arrugándose despacio dentro del líquido cefalorraquídeo. Y ellos con esa voluntad de vivir, con todas sus células defectuosas empeñadas en seguir adelante. El cuerpo tocando hasta el final como la orquesta del Titanic.

Hoy ha venido a la sierra una mujer con algún tipo de deformación ósea y una pierna considerablemente más corta que la otra. Llevaba un vestido largo de flores y unas botas horribles, una de ellas con un alza de unos quince centímetros. Bajo el vestido se torcían trémulamente unas pantorrillas delgadas. El simple hecho de caminar hasta la zona de escalada le ha costado un horror. Luego se ha sentado todo el día a mirarnos trepar, con un vaso de yogur batido en una mano y un bocadillo en la otra. Hablaba de lo genial que era estar en el campo, de lo estupendo que parecía escalar y de las ganas que tenía de hacer puenting.

Entonces piensas: joder, qué suerte tengo de que mis piernas sean de la misma longitud. Piensas en lo terrible que debe de ser saber que nunca, NUNCA, podrás intentar escalar una pared, ni esquiar, ni montar en bicicleta, ni subir una montaña. Tu cuerpo está en tu contra. En momentos como ese, uno piensa en lo ridículo que es en realidad el Acné del Averno.

Así que bueno, yo qué sé, no escaléis si no queréis, aunque mola, pero usad el cuerpo. Es un regalo con los días contados. Usadlo para divertiros, para que os lleve a lugares alucinantes, para tocar y que os toquen, para saltar, para coger olas, para dar masajes, para tener sexo. Es un instrumento increíble. Está tan bien diseñado. Es tan delicado y tan potente, y responde tan bien cuando se le cuida un poco.

Y en la línea de lo que acabo de decir, voy a usar mi magullado cuerpo para desplazarme a ese lugar llamado cama a dejarme morir.

jueves, 14 de julio de 2011

2. Exitus

Hoy se ha muerto un paciente del cupo de la médico con la que paso consulta. Ha sido raro. El señor tenía más años que el sol, era pluripatológico y además llevaba meses con un dolor insoportable en una pierna y no paraba de gritar que quería que se la amputaran. Aun así, lo de morirse no creo que le haya hecho gracia.

Yo pienso a veces en la muerte. No mucho, porque entonces me rayo y no puedo vivir, pero de vez en cuando me viene la idea a la mente y me entra un pánico breve e intenso. Me pasa sobre todo a la hora de la siesta, no sé por qué. Estoy ahí tan a gusto fantaseando con chulazos morenos y de repente pienso "no quiero morirme", y me resulta extraña y terrible la idea de que un día voy a desaparecer.

Han llamado a primera hora a la consulta de la médico para avisar de la muerte del señor del que os hablaba. Yo lo conocía, porque tanto él como la mujer venían cada pocos días a la consulta a negociar analgésicos y parches de morfina. Ni la médico ni yo esperábamos que fuera a morirse de pronto, creo; ella porque no lo veía tan mal, yo porque la idea de que alguien de pronto esté vivo y luego se muera todavía me resulta bastante ajena.

Cuando se muere una persona el médico de cabecera tiene que abrir una última hoja de consulta en su historia digital. Al principio de cada hoja hay que escribir el motivo de consulta, por ejemplo catarro, o dolor de oídos, o infección de orina. Cuando te mueres, el médico escribe "EXITUS", y debajo apunta la hora y la causa de la muerte. Y ya está: fin. Ya no vas a ir más a que te renueven las medicinas de la tarjeta o a que te miren la garganta. Te has muerto. Punto.

Después ha llegado el señor de la funeraria para que la médico le firmara el parte de defunción. Traía el informe del 061 y unos cuantos formularios que había que rellenar. Lo peor era el electrocardiograma. Yo ya me he acostumbrado a ver electros sin entender ni papa de las ondas que recorren el papelito. La médico, que es muy maja, me explica: "esto es la cara A, esto la cara B y esta la onda Q que como ves tiene aquí un piquito preocupante", y yo asiento fingiendo que me entero, como cuando veo House. El tema es que el tío de la funeraria traía el electro plano del paciente muerto como prueba para el certificado de defunción. Tres rayas rectas como tres siniestros dedos del destino debajo del nombre del señor, que ahora sonaba vacío como la piel de un animal muerto.

Toda la vida creyéndonos que somos algo. Con nuestro nombre, nuestros apellidos, nuestro DNI, nuestros motivos de consulta apuntados en el ordenador. Toda nuestra pequeña o gran historia de catarros y picores o de cánceres e infartos. Y al final, exitus. Salimos hacia algún lugar y no tenemos ni idea de hacia dónde. Mientras miro escalofriada el electro plano sobre la mesa, me pregunto cómo hacemos para que todo nos importe tanto y para ignorar a diario la cruda realidad de la muerte. Y en realidad es curioso, porque después la mañana avanza, yo me olvido del señor muerto, me voy a casa, después a la playa y después al Carrefour, y sigo mordiendo el bollo de los vivos mientras todavía me queden dientes para hacerlo.