Una cosa buena o, como mínimo, curiosa del nomadismo es descubrir que muchas cosas que siempre has deseado y pensabas que eran imposibles existen, solo que en otro país.
Un ejemplo: la duración perfecta de los días y noches.
Sé que estoy muy sola en esto, pero ODIO los días largos de primavera y verano. La gente quiere tomar cañitas en las terrazas y yo quiero oscuridad para poder relajar mi desquiciado sistema nervioso.
Desde que tengo una hija, el odio se ha reconcentrado y ahora me lo tomo como algo personal. Sacudo mi puñito contra el cielo mientras exclamo: «¡tengo una hija! ¡Necesito ponerla a dormir! ¿Podrías apagar de una vez el p**o sol?».
Cuando Alana era pequeña, nos apañábamos. A eso de las siete bajábamos persianas y la nena, que tenía la memoria de Dory la de Nemo, se dormía tan pancha poco después.
Ahora cualquiera la lleva a la cama.
—But it's not dark yet! —exclama, destrozada por la injusticia.
(Desde que estuvimos en Texas, Alana habla en inglés la mayor parte del tiempo)
Por otra parte, como a mí en realidad nada me cuadra, cuando llega el otoño me hacen feliz los atardeceres tempranos, sí, pero detesto las mañanas oscuras y frías porque da perezón levantarse de la cama.
Y cuando crees que eres tú la que está mal hecha... conoces Costa Rica.
Allí a las seis de la mañana es pleno día. Brilla el sol en el cielo como en una mañana de primavera. Está todo el mundo en la calle como una moto listo para comerse el mundo.
Bueno, para comerse el mundo estilo tico.
La cuestión es que yo salía a esa hora a pasear por mi urbanización y la vida ya estaba en marcha.
Pero luego, por la noche, a una hora decente de persona... el sol decía adiós y se ponía, y mi alta sensibilidad y yo nos sentíamos un poquito mejor.
Por no hablar de que, lujo de los lujos... en Costa Rica no cambian la hora.
No hay dos días al año que te joden la vida durante una semana. No te entra una mala ostia descomunal cuando las tardes ya largas se hacen todavía más largas, o al revés si eres una de esas personas incomprensibles a las que el cambio que no les gusta es el de noviembre.
Así que eso es lo que más anhelo de vivir allí: los cocos frescos diarios, no las largas olas cálidas del Pacífico tropical, sino la sólida estabilidad de mis ritmos circadianos.
Quién sabe. Igual tú también sientes que no estás hecho para el mundo y simplemente no estás hecho para tu país.

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