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viernes, 7 de octubre de 2022

Lo que más echo de menos de Costa Rica





Una cosa buena o, como mínimo, curiosa del nomadismo es descubrir que muchas cosas que siempre has deseado y pensabas que eran imposibles existen, solo que en otro país.

Un ejemplo: la duración perfecta de los días y noches.

Sé que estoy muy sola en esto, pero ODIO los días largos de primavera y verano. La gente quiere tomar cañitas en las terrazas y yo quiero oscuridad para poder relajar mi desquiciado sistema nervioso. 

Desde que tengo una hija, el odio se ha reconcentrado y ahora me lo tomo como algo personal. Sacudo mi puñito contra el cielo mientras exclamo: «¡tengo una hija! ¡Necesito ponerla a dormir! ¿Podrías apagar de una vez el p**o sol?». 

Cuando Alana era pequeña, nos apañábamos. A eso de las siete bajábamos persianas y la nena, que tenía la memoria de Dory la de Nemo, se dormía tan pancha poco después. 

Ahora cualquiera la lleva a la cama.

But it's not dark yet! —exclama, destrozada por la injusticia.

(Desde que estuvimos en Texas, Alana habla en inglés la mayor parte del tiempo)

Por otra parte, como a mí en realidad nada me cuadra, cuando llega el otoño me hacen feliz los atardeceres tempranos, sí, pero detesto las mañanas oscuras y frías porque da perezón levantarse de la cama.

Y cuando crees que eres tú la que está mal hecha... conoces Costa Rica.

Allí a las seis de la mañana es pleno día. Brilla el sol en el cielo como en una mañana de primavera. Está todo el mundo en la calle como una moto listo para comerse el mundo. 

Bueno, para comerse el mundo estilo tico.

La cuestión es que yo salía a esa hora a pasear por mi urbanización y la vida ya estaba en marcha.

Pero luego, por la noche, a una hora decente de persona... el sol decía adiós y se ponía, y mi alta sensibilidad y yo nos sentíamos un poquito mejor.

Por no hablar de que, lujo de los lujos... en Costa Rica no cambian la hora.

No hay dos días al año que te joden la vida durante una semana. No te entra una mala ostia descomunal cuando las tardes ya largas se hacen todavía más largas, o al revés si eres una de esas personas incomprensibles a las que el cambio que no les gusta es el de noviembre.

Así que eso es lo que más anhelo de vivir allí: los cocos frescos diarios, no las largas olas cálidas del Pacífico tropical, sino la sólida estabilidad de mis ritmos circadianos.

Quién sabe. Igual tú también sientes que no estás hecho para el mundo y simplemente no estás hecho para tu país. 

martes, 22 de junio de 2021

Algunas cosas que todavía no he contado aquí

Ahora vivo en Costa Rica. Es la primera parada en nuestra NVN o Nueva Vida Nómada. Llevamos desde marzo instalados en Tamarindo, en la costa noroeste. Es una mezcla entre Tarifa y la imagen mental que tengo yo de California. Todo el mundo es guapo y surfero. Los animales son enormes, la naturaleza es violenta y por las noches puedes ver luciérnagas.

Pablo y yo nos casamos en abril; el día del libro, concretamente, que me hace mucha ilusión pero que, la verdad, fue un poco por casualidad. Fue una boda sencilla pero preciosa.



Tengo ya en mi cabeza la segunda parte de El arte de encontrarse por casualidad; el problema es que me he complicado la vida con un argumento que necesita cierta parte de investigación (o, idealmente, experiencia) que ahora no me viene nada bien.

Mis días fluctúan entre arrepentirme desesperadamente de ser madre y querer desesperadamente tener otro hijo (cualquier cosa menos el fantástico término medio que es mi realidad).

Estoy aprendiendo a tocar el violín y lo llevo a todas partes, así que cuando me ve un taxista o el de la cafetería donde desayuno antes de las clases, asumen de inmediato que soy violinista profesional. Por mi edad, imagino. No se les pasa por la cabeza que el 80% de los niños asiáticos menores de cinco años tocan mejor que yo.

(No, no el 80% de los niños asiáticos que tocan el violín; de todos los niños asiáticos)

Me he venido a pasar unos días sola a un hotel porque necesitaba oírme pensar  y sacar la cabeza del venga-vamos-vamos-venga en que parece haberse convertido mi vida. Al llegar, la recepcionista me ha preguntado a qué venía. «A trabajar», he contestado yo. Admitir que me escapo de mi familia «solo» para descansar me da un poco de vergüenza.


La próxima vez que un desconocido me pregunte voy a decir que sí, que soy una violinista profesional. Solo espero que no me pida que toque nada.