massobreloslunes: Mi nueva etapa Emo
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domingo, 25 de agosto de 2019

Finding a friend for the end of the world




Ayer me fui a la cama preguntándome por qué me había pasando una hora escribiendo sobre la vida actual de gente que en realidad solo me importa a mí. Mientras me tumbaba al lado de un Pablo casi inconsciente, se me ocurrió: la entrada de ayer iba sobre relaciones. Escribí porque necesito saber qué le ha pasado a mi vida social estos últimos años.

Igual por eso he entrado en esta nueva etapa Emo: porque hace mucho que no conecto con nadie como lo hacía antes.

He estado hablando de eso con Pablo durante la cena. Él dice que la culpa es de Facebook: que la gente cree que ya tiene lleno el cupo de la amistad y por eso no se esfuerza. Yo no sé de quién es la culpa. Quizá de la madurez, de que tengamos pareja e hijos, del trabajo. Lo que sé es que echo de menos tener un amigo como quien se enamora un poco.

¿Cómo haces un amigo especial cuando tienes una hija de diez meses, un negocio propio y tendencia a aislarte? ¿Dónde se encuentra a un amigo para el fin del mundo?

Porque es el fin del mundo. No importa si nos morimos de apocalipsis todos a la vez o nos marchamos en momentos distintos, como colegas que se bajan cada uno en una parada del metro. Tarde o temprano, esto se acaba. Y Facebook no es suficiente.

Yo creo que veo a la gente, o al menos les veía. Tengo un blog entero que lo atestigua. Sin embargo, ya hace tiempo que no siento que nadie me vea. Solo Pablo, y él es estupendo, pero no puede serlo todo.

No sé qué me reserva la vida en los próximos años, espero que décadas. A veces pienso que lo que antes me hacía un montón de ilusión (publicar una novela, por ejemplo) me va a dejar fría cuando suceda, y es lo que me tiene en general un poco triste. Así que espero que la vida me tenga guardados amigos. Es lo único que apostaría a que no va a decepcionarme.

viernes, 23 de agosto de 2019

La muerte empieza a los treinta



Pablo y yo estamos cenando en una pequeña trattoria de Valsecca, un pueblecito en el Valle D'Imagna, cerca de donde estamos pasando las vacaciones. Pablo ha llegado hoy de pasar unos días viajando y escalando en la furgo y está muy guapo, con la barba crecida y la cara morena.
—¿Nos has echado de menos? —le pregunto yo, refiriéndome a mí y a Alana. Quiero que me diga que sí, que estar sin nosotras es extraño como no tener pies.
—Sí, y me da un poco de pena —contesta—. Porque cuando estoy con vosotras, echo de menos la naturaleza y la vida de furgo, pero cuando estoy allí, os echo de menos a vosotras. Es como si no fuera a estar completo nunca.

Me recordó a lo que pensé cuando cumplí treinta y andaba debatiéndome en las procelosas aguas de la decisión de si tener o no hijos. En algún momento, pensé: «ya nunca voy a ser feliz. Si tengo hijos, voy a echar de menos no tenerlos; si no los tengo, voy a preguntarme cómo sería no haberlo hecho».

Tengo la impresión de que a partir de cierta edad, uno ya no es por completo feliz nunca. Son demasiadas las sombras de todo lo que podría haber sido. Demasiados los caminos que vamos rechazando, las versiones de nosotros mismos que se van quedando atrás.

A veces pienso que feliz-feliz, solo se puede ser en la veintena. No porque tu vida sea mejor ahí que en ninguna otra etapa de tu vida, que no lo es, sino porque solo en la veintena todas las posibilidades parecen abiertas, nada se ha quedado todavía atrás y el fantasma de tu propia mortalidad aún te queda muy lejos.


Echo eso de menos de tener veintipocos. Eso y enamorarme.

Y soy consciente de que podría elaborar mucho más sobre esto, pero tengo un montón de sueño.