Mirad qué guapina con mis gafas nuevas :D
sábado, 9 de julio de 2005
Hogar, dulce hogar
Es curiosa la vida. Hace dos días estaba yo en mi *zulo* estudiando, mirando (el patio) por la ventana, rodeada del Camarón, el niño gilipollas que quería volar, Rosa María y Globi (la fauna de mi cuarto de estar merecería un capítulo aparte que de momento no voy a escribir, así que si tenéis dudas sobre alguno de los personajes anteriormente mencionados, decídmelo y os contestaré). De pronto me levanto, hago el último examen, meto mi vida en cajas, la cambio de sitio (un par de calles más lejos, no os vayáis a creer) y me vengo a Málaga. Ahora estoy en mi cuarto verdaderamente mío, rodeada de maletas, hecha polvo tras el infierno de la mudanza y sin poder creerme muy bien que no vaya a volver a Granada hasta dentro de casi tres meses. Y es que, como dice un amigo gallego de Funes, "Granada enamora, ¿eh?".
Estoy muy cansada y poco inspirada, así que os voy a dejar un post que escribí hace un par de días y que no pude publicar por aquello de la conexión gorroneada. Espero que os guste ;)
LA VIDA DEL ESTUDIANTE ES DURA (¡JA!)
Seis de Julio. Los pamploneses dan el txupinazo*, por la mañana ponen “el Principe de Bel-Air” y “Los Vigilantes de la playa”, los bares abren sus terrazas y el calor seco de Granada te aplasta el cerebro hasta que te chorrea mielina por las orejas. ¿Sabéis lo que eso quiere decir? Efectivamente: ya es verano. Y contrariamente a lo que cabe esperar en un mundo normal regido por las leyes normales de causa y efecto, yo aún estoy de exámenes. En efecto: todos mis amigos están ya en Málaga, las universidades de toda España ya dieron el curso por terminado hace semanas y yo aquí, como (hablando en plata) una gilipollas.
Pensando al respecto, se me ocurre que el decano, o el rector, o quienquiera que sea que se ocupe del calendario lectivo, ha decidido tomarse la revancha. ¿Por qué? Pues porque la UGR es, probablemente, la universidad con más absentismo del mundo.
Aquí inserto una breve explicación del sistema de los universitarios granadinos para hacer fiesta (con fiesta me refiero a que no va NADIE a clase, ya sabéis: como el día del Pilar o el de la Constitución):
- Imaginemos que el curso o el cuatrimestre empieza un viernes, o incluso un jueves. Obviamente, ningún estudiante irá hasta el lunes siguiente. Esto es de cajón.
- Si duda ninguna, el barril de tu facultad es excusa suficiente para saltarte las clases de ese día y las del siguiente. En esta ocasión, tampoco va nadie (los empollones saben que se exponen a riesgo de lapidación si se les ocurre acudir).
- Supongamos que las vacaciones de navidad empiezan un jueves. Como es natural, lunes, martes y miércoles se consideran fiesta. Dado que el jueves anterior saliste y el viernes tenías resaca, puedes empezar tus vacaciones el miércoles de una semana atrás sin ningún remordimiento.
- TODOS los puentes se hacen, incluidos los de otras comunidades autónomas. Lo que digan o no los profesores te la tiene que chuflar; de lo contrario, el FJG (Foro por la Juerga de Granada) te repatria a tu pueblo o te envía, digamos, a Navarra para que sepas lo que es no hacer fiesta.
- El día del patrón se extiende un día antes y otro después (¡joder, hace falta tiempo para prepararse y/o recuperarse!)
- Se hacen fiestas con los siguientes motivos: inicio de curso, inicio del otoño, barril de cada facultad, Halloween, Navidad, previa a los exámenes, de fin de exámenes, de comienzo del segundo cuatrimestre, de la primavera, de carnaval, las cruces, el corpus, la fiesta del barrio, de principio de exámenes otra vez y otro par de barriles de cada facultad entre medias. Quien viva en Granada sabe que no sólo no estoy exagerando, sino que probablemente me olvido de alguna. Para cada una de ellas es lícito, como en el día del patrón, tomarse un día antes y un día después.
- Los viernes no son importantes y pueden omitirse. Eso lo sabe cualquiera. La semana del estudiante termina el jueves. Una vez llegué incluso a ver una fiesta un miércoles para prepararse para el jueves para, a su vez, preparase para el fin de semana (extrañamente no fue aquí sino en Barcelona; aquí lo más estrafalario que he visto ha sido una fiesta de preparación del hígado para las cruces xD).
- Los exámenes de febrero van seguidos de una semana hábilmente camuflada en el calendario como lectiva pero que, claramente, te puedes tomar libre.
Así que se ve que los profesores, en un arrebato de sucio rencor (tiene que ser horrible estar todo el día rodeado de gente que se divierte más que tú) han sumado todos esos días festivos y los han añadido al calendario en plan “jeje, te jodes”**. Así que aquí me tenéis, chorreando sudores, rezando para que esta ESPANTOSA TORTURA termine de una vez, alimentándome a base de piña y cerezas y bebiendo constantemente para no deshidratarme de improviso. Entretanto, mis amigos hacen planes, van a la playa, buscan trabajo, se divierten y se relajan. Mi mayor perspectiva de bienestar es el aire acondicionado de la biblioteca.
La longitud de este post va siendo directamente proporcional a mis ganas de matar, así que me parece que lo voy a ir dejando. Además, tengo que estudiar. Qué remedio.
* Hola, soy pamplonés. Llevo la vida más aburrida del mundo en la ciudad más sosa del universo, y mi única diversión consiste en torturar borracho a animales inocentes. Definitivamente, soy un ser triste.
** Para una representación dramatizada del “jeje, te jodes” consultar con la autora y/o con Josy.
Estoy muy cansada y poco inspirada, así que os voy a dejar un post que escribí hace un par de días y que no pude publicar por aquello de la conexión gorroneada. Espero que os guste ;)
LA VIDA DEL ESTUDIANTE ES DURA (¡JA!)
Seis de Julio. Los pamploneses dan el txupinazo*, por la mañana ponen “el Principe de Bel-Air” y “Los Vigilantes de la playa”, los bares abren sus terrazas y el calor seco de Granada te aplasta el cerebro hasta que te chorrea mielina por las orejas. ¿Sabéis lo que eso quiere decir? Efectivamente: ya es verano. Y contrariamente a lo que cabe esperar en un mundo normal regido por las leyes normales de causa y efecto, yo aún estoy de exámenes. En efecto: todos mis amigos están ya en Málaga, las universidades de toda España ya dieron el curso por terminado hace semanas y yo aquí, como (hablando en plata) una gilipollas.
Pensando al respecto, se me ocurre que el decano, o el rector, o quienquiera que sea que se ocupe del calendario lectivo, ha decidido tomarse la revancha. ¿Por qué? Pues porque la UGR es, probablemente, la universidad con más absentismo del mundo.
Aquí inserto una breve explicación del sistema de los universitarios granadinos para hacer fiesta (con fiesta me refiero a que no va NADIE a clase, ya sabéis: como el día del Pilar o el de la Constitución):
- Imaginemos que el curso o el cuatrimestre empieza un viernes, o incluso un jueves. Obviamente, ningún estudiante irá hasta el lunes siguiente. Esto es de cajón.
- Si duda ninguna, el barril de tu facultad es excusa suficiente para saltarte las clases de ese día y las del siguiente. En esta ocasión, tampoco va nadie (los empollones saben que se exponen a riesgo de lapidación si se les ocurre acudir).
- Supongamos que las vacaciones de navidad empiezan un jueves. Como es natural, lunes, martes y miércoles se consideran fiesta. Dado que el jueves anterior saliste y el viernes tenías resaca, puedes empezar tus vacaciones el miércoles de una semana atrás sin ningún remordimiento.
- TODOS los puentes se hacen, incluidos los de otras comunidades autónomas. Lo que digan o no los profesores te la tiene que chuflar; de lo contrario, el FJG (Foro por la Juerga de Granada) te repatria a tu pueblo o te envía, digamos, a Navarra para que sepas lo que es no hacer fiesta.
- El día del patrón se extiende un día antes y otro después (¡joder, hace falta tiempo para prepararse y/o recuperarse!)
- Se hacen fiestas con los siguientes motivos: inicio de curso, inicio del otoño, barril de cada facultad, Halloween, Navidad, previa a los exámenes, de fin de exámenes, de comienzo del segundo cuatrimestre, de la primavera, de carnaval, las cruces, el corpus, la fiesta del barrio, de principio de exámenes otra vez y otro par de barriles de cada facultad entre medias. Quien viva en Granada sabe que no sólo no estoy exagerando, sino que probablemente me olvido de alguna. Para cada una de ellas es lícito, como en el día del patrón, tomarse un día antes y un día después.
- Los viernes no son importantes y pueden omitirse. Eso lo sabe cualquiera. La semana del estudiante termina el jueves. Una vez llegué incluso a ver una fiesta un miércoles para prepararse para el jueves para, a su vez, preparase para el fin de semana (extrañamente no fue aquí sino en Barcelona; aquí lo más estrafalario que he visto ha sido una fiesta de preparación del hígado para las cruces xD).
- Los exámenes de febrero van seguidos de una semana hábilmente camuflada en el calendario como lectiva pero que, claramente, te puedes tomar libre.
Así que se ve que los profesores, en un arrebato de sucio rencor (tiene que ser horrible estar todo el día rodeado de gente que se divierte más que tú) han sumado todos esos días festivos y los han añadido al calendario en plan “jeje, te jodes”**. Así que aquí me tenéis, chorreando sudores, rezando para que esta ESPANTOSA TORTURA termine de una vez, alimentándome a base de piña y cerezas y bebiendo constantemente para no deshidratarme de improviso. Entretanto, mis amigos hacen planes, van a la playa, buscan trabajo, se divierten y se relajan. Mi mayor perspectiva de bienestar es el aire acondicionado de la biblioteca.
La longitud de este post va siendo directamente proporcional a mis ganas de matar, así que me parece que lo voy a ir dejando. Además, tengo que estudiar. Qué remedio.
* Hola, soy pamplonés. Llevo la vida más aburrida del mundo en la ciudad más sosa del universo, y mi única diversión consiste en torturar borracho a animales inocentes. Definitivamente, soy un ser triste.
** Para una representación dramatizada del “jeje, te jodes” consultar con la autora y/o con Josy.
jueves, 7 de julio de 2005
Cosas de la vida
Me he quedado sin conexión gorroneada, así que es posible que tarde unos días en actualizar. Qué se le va a hacer.
sábado, 2 de julio de 2005
La historia interminable
Los blogs son el invento más maravilloso de Internet. la libertad de expresión, la publicación sin trabas, la extraña idea de que tu vida le resulte interesante a alguien... En fin, el sueño de todo escritor/exhibicionista sentimental que se precie. Hoy iba yo andando por la calle y preguntándome por qué tienen éxito los blogs que lo tienen. Yo, por ejemplo, estoy enganchada a la vida de Aracne que, francamente, no cuenta nada del otro mundo; al menos nada que no pudiera hacer, decir o pensar yo (y que conste que esto no es un signo de desprecio: tengo en muy alta estima lo que hago, digo y pienso). ¿Por qué yo y muchas otras personas nos hemos enchufado al relato de su vida y al de mucha más gente?
En mi opinión, porque los blogs son lo que yo siempre he querido tener: una novela interminable. Es como empezar a leer un libro y no saber cuándo va a acabarse; llegar incluso a creer que no acabará nunca. Encima puedes contactar con el protagonista...no se puede pedir más. Cuando encontramos una de estas novelas interminables lo suficientemente bien escritas, original y divertida, nos hacemos adictas como vulgares marujas. Nos colgamos literalmente del cotilleo. Es como leer el diario de nuestras hermanas mayores con su permiso. Si a mis nueve o diez años de lectora compulsiva hubiera sabido que algún día tendría algo así, me habría puesto a saltar de alegría.
Así que en esas estamos, enganchados los uno a los otros como en una descomunal biblioteca de vidas.
PD: Hablando de libros: me he comprado hoy uno llamado "Nosotros, los tíos". Es buenísimo. Se lo recomiendo a cualquiera de los dos géneros, pero los tíos no os lo podéis perder.
En mi opinión, porque los blogs son lo que yo siempre he querido tener: una novela interminable. Es como empezar a leer un libro y no saber cuándo va a acabarse; llegar incluso a creer que no acabará nunca. Encima puedes contactar con el protagonista...no se puede pedir más. Cuando encontramos una de estas novelas interminables lo suficientemente bien escritas, original y divertida, nos hacemos adictas como vulgares marujas. Nos colgamos literalmente del cotilleo. Es como leer el diario de nuestras hermanas mayores con su permiso. Si a mis nueve o diez años de lectora compulsiva hubiera sabido que algún día tendría algo así, me habría puesto a saltar de alegría.
Así que en esas estamos, enganchados los uno a los otros como en una descomunal biblioteca de vidas.
PD: Hablando de libros: me he comprado hoy uno llamado "Nosotros, los tíos". Es buenísimo. Se lo recomiendo a cualquiera de los dos géneros, pero los tíos no os lo podéis perder.
sábado, 25 de junio de 2005
Escritores somos todos
Como es sábado y me aburro porque no pienso estudiar y no he quedado hasta las ocho, y ni siquiera voy a dormir siesta porque ya he dormido antes de comer* (esto es vida), llevo un rato dando vueltas por blogs desconocidos. He enlazado varios desde otros que ya leo y he confirmado lo que ya sabía: por esta red hay quien, sin cobrar un duro, publica auténticas maravillas. Luego aparecen todos los escritores, editores y columnistas, con sus gafas y sus americanas sin corbata, diciendo que en España no se lee, que el negocio editorial va muy mal y blablabla. Los que escriben añaden, además, algo sobre la dura y azarosa vida del artista, los sinsabores del fracaso o del éxito y el reto de la hoja en blanco.
Bien, pues déjenme que les diga algo: por Internet hay cientos de blog en los que la gente escribe constantemente y escribe de puta madre. Gratis. Y miles de personas que leen durante todo el día textos graciosos, dramáticos, de ficción, sobre viajes, poesía… Así que no me jodan con que la literatura ha muerto, o con que lo audiovisual reemplazará dentro de poco a lo escrito. Las palabras están vivitas y coleando, y están entre nosotros. He leído muchos post bastante mejores que las columnas que publican algunos autores conocidos en los semanarios (Maruja Torres y su “mmm hablaré de Beirut, esa ciudad mágica, desde mi sapiencia y mi encanto de mujer madura”; Javier Marías y su “puaj, qué mierda de sociedad, voy a segregar bilis hasta que el lector se de cuenta de que Todos están equivocados menos yo”; Juan Manuel de Prada y su “no puedo escribir sin utilizar todas las palabras del diccionario y hacer alguna mención a la importancia del latín**, a la pérdida de las buenas maneras – esto lo copió de Marías – o lo bien que escribe algún autor que YO conozco y mis incultos lectores no”; no sigo porque es demasiado texto para meterlo dentro de un paréntesis). Disculpo a los columnistas porque imagino que no es fácil parir una criatura medio en condiciones a la semana; sin embargo, esto no quita que a veces hablen de chorradas prescindibles, adornándolas un poco con toquecitos de ingenio y supuesta perspicacia. Como diría Fuckowsky: este tío se está haciendo una paja mental y no quiero que se me corra encima.
Si yo dirigiera un semanario (algo que, afortunadamente, nunca haré, que para eso me quité de periodismo), convocaría cada semana un mini-concurso de artículos de opinión. Sería un coñazo leerlos todos, pero así tendrían trabajo dos o tres becarios de la carrera anteriormente mencionada. En cada número publicaría uno, y seguro que encontraría mucha más intimidad, sensibilidad, hondura y acierto en los textos de esos lectores que en los cansados, repetitivos e intrascendentes de los autores conocidos. (Como colofón a este tema, diré que las cartas que escriben los lectores al semanario son a veces más sinceras e interesantes que algún que otro artículo; os recomiendo que las leáis).
En fin; que yo sólo quería decir hoy que se escribe y lee mucho más de lo que la gente piensa, y he acabado criticando a los articulistas en un rapto de lo que podría interpretarse como envidia cochina. Qué se le va a hacer; no era mi intención. Espero que se entienda el mensaje.
* He dormido antes de comer porque me he tenido que levantar temprano para hacer el examen que mi magnífica facultad había programado para mí a las ocho y media de la mañana (mmm). Apunto esto para demostrar que NO soy una vaga :D
** Cuidadito: yo ADORO el latín. Es la asignatura más magnífica que he tenido jamás. Pero no soporto que el tío ese (JMDP) lo esgrima como si él lo hubiera inventado y como si no se pudiera ser feliz y/o culto en esta vida sin saber latín. Los que lo apreciamos sabemos de qué vale y nos basta con eso, y no necesitamos que la sociedad en masa nos lo confirme. De hecho, creo que si el latín se convirtiera en un fenómeno en plan Ingeniería Informática o LADE*** perdería mucho encanto.
*** Con todo mi respeto hacia los estudiantes de las anteriores carreras; no así hacia los periodistas.
Bien, pues déjenme que les diga algo: por Internet hay cientos de blog en los que la gente escribe constantemente y escribe de puta madre. Gratis. Y miles de personas que leen durante todo el día textos graciosos, dramáticos, de ficción, sobre viajes, poesía… Así que no me jodan con que la literatura ha muerto, o con que lo audiovisual reemplazará dentro de poco a lo escrito. Las palabras están vivitas y coleando, y están entre nosotros. He leído muchos post bastante mejores que las columnas que publican algunos autores conocidos en los semanarios (Maruja Torres y su “mmm hablaré de Beirut, esa ciudad mágica, desde mi sapiencia y mi encanto de mujer madura”; Javier Marías y su “puaj, qué mierda de sociedad, voy a segregar bilis hasta que el lector se de cuenta de que Todos están equivocados menos yo”; Juan Manuel de Prada y su “no puedo escribir sin utilizar todas las palabras del diccionario y hacer alguna mención a la importancia del latín**, a la pérdida de las buenas maneras – esto lo copió de Marías – o lo bien que escribe algún autor que YO conozco y mis incultos lectores no”; no sigo porque es demasiado texto para meterlo dentro de un paréntesis). Disculpo a los columnistas porque imagino que no es fácil parir una criatura medio en condiciones a la semana; sin embargo, esto no quita que a veces hablen de chorradas prescindibles, adornándolas un poco con toquecitos de ingenio y supuesta perspicacia. Como diría Fuckowsky: este tío se está haciendo una paja mental y no quiero que se me corra encima.
Si yo dirigiera un semanario (algo que, afortunadamente, nunca haré, que para eso me quité de periodismo), convocaría cada semana un mini-concurso de artículos de opinión. Sería un coñazo leerlos todos, pero así tendrían trabajo dos o tres becarios de la carrera anteriormente mencionada. En cada número publicaría uno, y seguro que encontraría mucha más intimidad, sensibilidad, hondura y acierto en los textos de esos lectores que en los cansados, repetitivos e intrascendentes de los autores conocidos. (Como colofón a este tema, diré que las cartas que escriben los lectores al semanario son a veces más sinceras e interesantes que algún que otro artículo; os recomiendo que las leáis).
En fin; que yo sólo quería decir hoy que se escribe y lee mucho más de lo que la gente piensa, y he acabado criticando a los articulistas en un rapto de lo que podría interpretarse como envidia cochina. Qué se le va a hacer; no era mi intención. Espero que se entienda el mensaje.
* He dormido antes de comer porque me he tenido que levantar temprano para hacer el examen que mi magnífica facultad había programado para mí a las ocho y media de la mañana (mmm). Apunto esto para demostrar que NO soy una vaga :D
** Cuidadito: yo ADORO el latín. Es la asignatura más magnífica que he tenido jamás. Pero no soporto que el tío ese (JMDP) lo esgrima como si él lo hubiera inventado y como si no se pudiera ser feliz y/o culto en esta vida sin saber latín. Los que lo apreciamos sabemos de qué vale y nos basta con eso, y no necesitamos que la sociedad en masa nos lo confirme. De hecho, creo que si el latín se convirtiera en un fenómeno en plan Ingeniería Informática o LADE*** perdería mucho encanto.
*** Con todo mi respeto hacia los estudiantes de las anteriores carreras; no así hacia los periodistas.
miércoles, 22 de junio de 2005
Venganza
Fabiola, hija, caminaba por el centro de Granada una tarde de finales de Junio. Le asomaban los brazos, morenos y llenos de pecas, por el polo blanco sin tirantes, y a cada rato se ahuecaba el pelo con los dedos y se cambiaba de mano la bolsa del supermercado. Estaba a punto de llegar a casa cuando se encontró con Paulina y con Fabiola, madre.
Paulina estaba morena por primera vez en su vida y pensaba en mandar fotos a su familia. Empujaba la silla donde Fabiola, madre, inclinaba la cabeza contra el respaldo y respiraba a la vez por la nariz y por la boca para sentirse los pulmones.
Fabiola, hija, señaló a su madre con el dedo.
- ¿Se puede saber qué haces fuera a estas horas? – meneó la cabeza y se dirigió a Paulina -. A ver, Paulina, le tengo dicho que a ella no le conviene este calor. ¿Pero ha visto usted los termómetros? – ahora el dedo apuntaba a un poste que, en mitad de la calzada, alternaba la hora (las ocho y cuarto) con los treinta y ocho grados de calor seco que asfixiaban a la ciudad.
Fabiola, madre, cogió una cantidad un poco mayor de aire caliente para decir algo, pero a última hora pareció desistir y cerró un poco más el ángulo de su cuello con el respaldo de la silla.
- Para ti – el dedo de Fabiola, hija, volvió hacia Fabiola, madre – se han acabado ya estos paseos.
Fabiola, madre, miró a la mujer madura que era su hija y la recordó con varias décadas menos pidiéndole permiso para irse a la calle. Recordó no haberla dejado nunca, y mientras fijaba la vista en aquel índice condenatorio, supo que Fabiola, hija, se estaba vengando y que ella no podía hacer nada por evitarlo.
Paulina estaba morena por primera vez en su vida y pensaba en mandar fotos a su familia. Empujaba la silla donde Fabiola, madre, inclinaba la cabeza contra el respaldo y respiraba a la vez por la nariz y por la boca para sentirse los pulmones.
Fabiola, hija, señaló a su madre con el dedo.
- ¿Se puede saber qué haces fuera a estas horas? – meneó la cabeza y se dirigió a Paulina -. A ver, Paulina, le tengo dicho que a ella no le conviene este calor. ¿Pero ha visto usted los termómetros? – ahora el dedo apuntaba a un poste que, en mitad de la calzada, alternaba la hora (las ocho y cuarto) con los treinta y ocho grados de calor seco que asfixiaban a la ciudad.
Fabiola, madre, cogió una cantidad un poco mayor de aire caliente para decir algo, pero a última hora pareció desistir y cerró un poco más el ángulo de su cuello con el respaldo de la silla.
- Para ti – el dedo de Fabiola, hija, volvió hacia Fabiola, madre – se han acabado ya estos paseos.
Fabiola, madre, miró a la mujer madura que era su hija y la recordó con varias décadas menos pidiéndole permiso para irse a la calle. Recordó no haberla dejado nunca, y mientras fijaba la vista en aquel índice condenatorio, supo que Fabiola, hija, se estaba vengando y que ella no podía hacer nada por evitarlo.
miércoles, 15 de junio de 2005
Humanos (o las pocas ganas que tengo de estudiar)
Estabas tú y estaba yo, eso seguro, pero no recuerdo bien dónde. Una cafetería o una heladería, supongo, porque si habíamos ido al pueblo era verano, y si era verano y de día lo más probable es que hubiéramos elegido uno de esos dos sitios para sentarnos. Porque era de día, eso sí lo recuerdo: la claridad, el brillo de espejo que se le pone al mar cuando el sol está oblicuo, entrecerrar los ojos para que no me hiriera la luz.
Lo importante es que nos encontramos a David y a Fany. Mientras paseábamos por el pueblo, yo era consciente de David podía estar en cualquier parte, y tenía su silueta grabada en la mente para poder compararla con todo el que veía. Así que le divisé desde lejos e inmediatamente pensé “puede ser él”, y de repente, unos segundos después, ese pensamiento encajó con la pura realidad como en una superposición inverosímil de casualidades. Nos acercamos a saludarle, yo tirando de tu mano y tú siguiéndome desorientado, porque yo no te expliqué qué hacíamos, sino que me limité a arrastrarte entre las mesas mientras estiraba el cuello para intentar establecer contacto visual con él.
Cuando nos quedamos frente a frente los cuatro, desplegué una sonrisa efusiva, una de esas de “verte es lo mejor que me ha pasado hoy”. David también parecía alegre. Rodeaba a Fany por la cintura con su brazo ancho y moreno. No es muy alto, así que tuvo que alzar un poco la cabeza para darte la mano, y tú le sonreíste y se la estrechaste con fuerza cuando os presenté: “David, Fany este es mi novio”.
Yo ya conocía a Fany, esa criaturita rubia y frágil que es novia de David desde hace... ¿cuánto? ¿Un año? El verano anterior yo había ido al pueblo sin ti (no por nada, sino porque aún no te conocía), y poco después de llegar yo, David empezó con ella, y la cogía de la cintura igual que ahora, como a un trofeo de feria. Nunca decía “Fany”, sino “Mi Novia”, como para no confundir a un interlocutor despistado. Cuando yo bajaba a la piscina con mi libro, el tabaco y el discman, les veía a ellos abrazándose en la parte más alejada del césped, donde los pinos. Por cierto, de pequeña yo recogía las agujas de los pinos y ponía jazmines en sus extremos, y hacía pequeños ramos que iba perdiendo por las esquinas o en las manos de mi madre. Pero eso no importa ahora; lo que yo quería contarte es que David es de esos tipos que no paran de sobar a su chica, que caminan y le ponen la mano en el bolsillo trasero del pantalón, les compran rosas cada vez que pasa un chino ambulante y les regalan tangas por el Día de San Valentín.
A lo que iba: que les saludamos, intercambiamos un par de frases de compromiso (qué tal el curso, cuándo has venido, cuánto te quedas, que raro no haberte visto por la urbanización) y nos sentamos en una mesa cercana. Como ya te he dicho, no recuerdo dónde estábamos, así que no sé bien lo que pedimos. Café, helado, una granizada; quién sabe. Cuando se marchó el camarero, tú me miraste y me dijiste:
- Ella es guapísima.
Alcé un poco la cabeza, se me atragantó la respiración en la faringe y me puse rígida.
- Él también – contesté, rápida y vengativa como un espadachín.
- Vaya, yo eso no puedo juzgarlo – afirmaste, y sonreiste creyendo que la conversación no daba para más.
- Claro, y yo sí puedo juzgar que ella sea guapa, ¿no? – pregunté, con un punto de tensión en la voz -. No entiendo por qué los tíos os creéis con derecho a comentar a las tías que pasan, asumiendo que las demás nos damos cuenta de cómo son y que si no admitimos que son guapas es por envidia. Luego vosotros os encogéis de hombros y no reconocéis que un tío pueda ser guapo, porque claro, eso heriría vuestro ego, ¿verdad?
- Ey, ey, tranquila, no me ataques – y pusiste tu mano sobre la mía, que estaba adherida a la mesa como una garra.
Me callé y apreté los labios. Cuando el camarero nos trajo lo que habíamos pedido (ya te he dicho que no recuerdo qué era, y no lo entiendo, porque sabes que suelo quedarme con esos detalles), tú me acariciaste un poco la mejilla.
- Vamos, nenita, no te mosquees. Ella es guapa, él también, ¿de acuerdo? No hay por qué discutir, es un hecho objetivo. Nosotros también somos guapos, y seguro que ellos lo están comentando en su mesa.
Mi mueca ni siquiera intentaba ser una sonrisa. Te quité la mano de mi cara y les miré. Se daban cucharaditas de helado como en un anuncio de la tele. Ah, claro, si era helado debía de ser una heladería, ¿no? Porque de eso sí me acuerdo: de cómo se reían, se intercambiaban las cucharas y se lamían los restos de sustancia colorida y pegajosa de las narices y de los labios. Fruncí el ceño.
- Me enrollé con él – te dije.
- Vaya.
Se te congeló la sonrisa en el rostro, porque no eres de piedra, al fin y al cabo, y porque he leído que a los hombres os duele más la infidelidad física que la psicológica, por el rollo de la evolución y de esparcir vuestra semilla. De todas formas no fue una infidelidad, eso te lo recuerdo ahora para que no te enfades conmigo, porque yo a ti ni siquiera te conocía cuando estuve con David.
- ¿Cuándo? – ya no te hacía gracia y te habías vuelto lacónico e inquisitivo, una especie de policía del amor. Entonces creo que me repantingué en el asiento y te conté la historia. Supongo que me interrumpirías varias veces, preguntando por los detalles o reflexionando sobre la situación, pero ahora te la relataré del tirón, tal y como la recuerdo porque, como comprenderás, no memoricé todas tus intervenciones.
Cuando tenía doce o trece años, soñaba que me llegaba la pubertad como un vendaval y arreglaba todos mis defectos. Rellenaba mis huesos de niña pequeña con los abultamientos indicados, me tallaba curvas en las caderas, aumentaba mi estatura y deshacía mi panza infantil y redonda. Eso sucedía durante el invierno, y para el verano yo ya era “una mujer” y desataba los comentarios de las señoras del edificio, que se pasan todo el día en la piscina, observando desde sus sillas de plástico a todo el que se les cruza. Y entonces él, David, dos años mayor que yo, moreno, fornido, no muy alto pero con los músculos de los brazos como tallados en piedra, me veía entrar por la verja de hierro de la piscina y se le descolgaba la mandíbula de pura admiración. A partir de ahí no tenía muy claro como se desarrollaban los hechos, pero sin duda acabábamos él y yo de noche en algún sitio romántico (la playa, el espigón, el montecito que había junto a la urbanización antes de que construyeran el hipermercado), y él me besaba hasta que amanecía.
Y la pubertad llegó, claro, pero no como yo me esperaba, sino un poco a su manera: aunque se me abultó el cuerpo, no crecí mucho, mi nariz se desbancó de mi cara con un extraño cambio de forma y mi tripa se negó a desaparecer. Aquel verano no me quitaba la camiseta en la piscina con la excusa de que un medicamento me había vuelto fotosensible. Las mujeres del edificio comentaban: “Hay que ver cómo se ha puesto la chica de la Mariluz”, dejando ese “cómo” en el aire, ni bueno ni malo, sólo llamativo como mi espontánea mutación. Al año siguiente, dejé de ir al pueblo a veranear.
Aparecí de nuevo el verano antes de que pasara todo esto que te estoy contando, cuando ya me había asentado en mi cuerpo, había adelgazado un poco y me importaba bastante menos que antes lo que un chaval renegrido y simplón pudiera pensar de mí. Regresé hecha una diva de ciudad a la que no le importaba bajarse sola a la piscina, sin pandilla, sin más justificación que matar el tiempo con sus libros y su música. David se acercó a saludarme el primer día que me vio. Yo fumaba y formaba aritos con el humo, y procuraba no hacer con mi rostro ningún gesto que no fuera de superioridad, de condescendencia o de hastío. Él me miraba un poco asombrado y me sonreía, diciéndome que saliera esa noche con la pandilla y con él, que todos se acordaban de mí aunque hiciera algunos años que no me veían. Me puso al día de los cotilleos, de cómo chicos y chicas se emparejaban y se separaban como los cristales de un caleidoscopio. Entre calada y calada, yo fruncí el ceño y le dije que “si eso ya le avisaría”.
Y qué quieres que te diga, fui. Porque una no es de piedra, y porque me lo debía, ¿entiendes? Se lo debía a aquella yo con camiseta que se murió de calor durante todo un verano, a la que iba sola a la playa, al espigón y al montecito y se imaginaba diálogos con un compañero invisible. Así que me tragué el orgullo, me puse guapa y me reuní con David y los demás en el portal. Todos olían a ducha y a colonia. Me saludaron con aparente simpatía, aunque es lo de siempre, que las chicas recelan y los chicos se cortan, ya sabes. Como a mí me daba igual, pasé de niñas en minifalda y de niños encamisados y convertí aquella noche en un tobogán que me llevara directamente a la boca de David. Para qué te voy a dar más detalles, si tú no eres morboso y no creo que sea esa la parte de la historia que más te interesa.
Yo le utilicé, él me utilizó, qué más da. Nos enrollamos y no volvimos a hablarnos, ni yo volví a hablar con ningún integrante de aquel grupo empapado en perfume y en inseguridades de pueblo de verano. Llámame creída, pero seguí bajando sola a la piscina, y cuando vi a David restregarse con Fany bajo los pinos, me dio igual.
Te conté toda la historia y te quedaste muy callado. Cuando ellos se levantaron de la mesa, pasaron por la nuestra a saludarnos. “Hasta luego, ya nos veremos por la piscina”. Pero tú y yo volvimos a casa al día siguiente, así que no les vimos más.
Todo esto te lo cuento ahora, aunque han pasado muchos años, porque tú no te acuerdas. Tampoco es muy importante, y yo sé que tú no tienes buena memoria, así que da igual; lo único que quería era demostrarte que no tienes razón. Que no es verdad que nuestra relación haya sido perfecta desde el principio.
Es igual, cariño, somos humanos. En cuanto al lugar donde estábamos, te lo diré otro día, en cuanto se me venga a la cabeza.
Lo importante es que nos encontramos a David y a Fany. Mientras paseábamos por el pueblo, yo era consciente de David podía estar en cualquier parte, y tenía su silueta grabada en la mente para poder compararla con todo el que veía. Así que le divisé desde lejos e inmediatamente pensé “puede ser él”, y de repente, unos segundos después, ese pensamiento encajó con la pura realidad como en una superposición inverosímil de casualidades. Nos acercamos a saludarle, yo tirando de tu mano y tú siguiéndome desorientado, porque yo no te expliqué qué hacíamos, sino que me limité a arrastrarte entre las mesas mientras estiraba el cuello para intentar establecer contacto visual con él.
Cuando nos quedamos frente a frente los cuatro, desplegué una sonrisa efusiva, una de esas de “verte es lo mejor que me ha pasado hoy”. David también parecía alegre. Rodeaba a Fany por la cintura con su brazo ancho y moreno. No es muy alto, así que tuvo que alzar un poco la cabeza para darte la mano, y tú le sonreíste y se la estrechaste con fuerza cuando os presenté: “David, Fany este es mi novio”.
Yo ya conocía a Fany, esa criaturita rubia y frágil que es novia de David desde hace... ¿cuánto? ¿Un año? El verano anterior yo había ido al pueblo sin ti (no por nada, sino porque aún no te conocía), y poco después de llegar yo, David empezó con ella, y la cogía de la cintura igual que ahora, como a un trofeo de feria. Nunca decía “Fany”, sino “Mi Novia”, como para no confundir a un interlocutor despistado. Cuando yo bajaba a la piscina con mi libro, el tabaco y el discman, les veía a ellos abrazándose en la parte más alejada del césped, donde los pinos. Por cierto, de pequeña yo recogía las agujas de los pinos y ponía jazmines en sus extremos, y hacía pequeños ramos que iba perdiendo por las esquinas o en las manos de mi madre. Pero eso no importa ahora; lo que yo quería contarte es que David es de esos tipos que no paran de sobar a su chica, que caminan y le ponen la mano en el bolsillo trasero del pantalón, les compran rosas cada vez que pasa un chino ambulante y les regalan tangas por el Día de San Valentín.
A lo que iba: que les saludamos, intercambiamos un par de frases de compromiso (qué tal el curso, cuándo has venido, cuánto te quedas, que raro no haberte visto por la urbanización) y nos sentamos en una mesa cercana. Como ya te he dicho, no recuerdo dónde estábamos, así que no sé bien lo que pedimos. Café, helado, una granizada; quién sabe. Cuando se marchó el camarero, tú me miraste y me dijiste:
- Ella es guapísima.
Alcé un poco la cabeza, se me atragantó la respiración en la faringe y me puse rígida.
- Él también – contesté, rápida y vengativa como un espadachín.
- Vaya, yo eso no puedo juzgarlo – afirmaste, y sonreiste creyendo que la conversación no daba para más.
- Claro, y yo sí puedo juzgar que ella sea guapa, ¿no? – pregunté, con un punto de tensión en la voz -. No entiendo por qué los tíos os creéis con derecho a comentar a las tías que pasan, asumiendo que las demás nos damos cuenta de cómo son y que si no admitimos que son guapas es por envidia. Luego vosotros os encogéis de hombros y no reconocéis que un tío pueda ser guapo, porque claro, eso heriría vuestro ego, ¿verdad?
- Ey, ey, tranquila, no me ataques – y pusiste tu mano sobre la mía, que estaba adherida a la mesa como una garra.
Me callé y apreté los labios. Cuando el camarero nos trajo lo que habíamos pedido (ya te he dicho que no recuerdo qué era, y no lo entiendo, porque sabes que suelo quedarme con esos detalles), tú me acariciaste un poco la mejilla.
- Vamos, nenita, no te mosquees. Ella es guapa, él también, ¿de acuerdo? No hay por qué discutir, es un hecho objetivo. Nosotros también somos guapos, y seguro que ellos lo están comentando en su mesa.
Mi mueca ni siquiera intentaba ser una sonrisa. Te quité la mano de mi cara y les miré. Se daban cucharaditas de helado como en un anuncio de la tele. Ah, claro, si era helado debía de ser una heladería, ¿no? Porque de eso sí me acuerdo: de cómo se reían, se intercambiaban las cucharas y se lamían los restos de sustancia colorida y pegajosa de las narices y de los labios. Fruncí el ceño.
- Me enrollé con él – te dije.
- Vaya.
Se te congeló la sonrisa en el rostro, porque no eres de piedra, al fin y al cabo, y porque he leído que a los hombres os duele más la infidelidad física que la psicológica, por el rollo de la evolución y de esparcir vuestra semilla. De todas formas no fue una infidelidad, eso te lo recuerdo ahora para que no te enfades conmigo, porque yo a ti ni siquiera te conocía cuando estuve con David.
- ¿Cuándo? – ya no te hacía gracia y te habías vuelto lacónico e inquisitivo, una especie de policía del amor. Entonces creo que me repantingué en el asiento y te conté la historia. Supongo que me interrumpirías varias veces, preguntando por los detalles o reflexionando sobre la situación, pero ahora te la relataré del tirón, tal y como la recuerdo porque, como comprenderás, no memoricé todas tus intervenciones.
Cuando tenía doce o trece años, soñaba que me llegaba la pubertad como un vendaval y arreglaba todos mis defectos. Rellenaba mis huesos de niña pequeña con los abultamientos indicados, me tallaba curvas en las caderas, aumentaba mi estatura y deshacía mi panza infantil y redonda. Eso sucedía durante el invierno, y para el verano yo ya era “una mujer” y desataba los comentarios de las señoras del edificio, que se pasan todo el día en la piscina, observando desde sus sillas de plástico a todo el que se les cruza. Y entonces él, David, dos años mayor que yo, moreno, fornido, no muy alto pero con los músculos de los brazos como tallados en piedra, me veía entrar por la verja de hierro de la piscina y se le descolgaba la mandíbula de pura admiración. A partir de ahí no tenía muy claro como se desarrollaban los hechos, pero sin duda acabábamos él y yo de noche en algún sitio romántico (la playa, el espigón, el montecito que había junto a la urbanización antes de que construyeran el hipermercado), y él me besaba hasta que amanecía.
Y la pubertad llegó, claro, pero no como yo me esperaba, sino un poco a su manera: aunque se me abultó el cuerpo, no crecí mucho, mi nariz se desbancó de mi cara con un extraño cambio de forma y mi tripa se negó a desaparecer. Aquel verano no me quitaba la camiseta en la piscina con la excusa de que un medicamento me había vuelto fotosensible. Las mujeres del edificio comentaban: “Hay que ver cómo se ha puesto la chica de la Mariluz”, dejando ese “cómo” en el aire, ni bueno ni malo, sólo llamativo como mi espontánea mutación. Al año siguiente, dejé de ir al pueblo a veranear.
Aparecí de nuevo el verano antes de que pasara todo esto que te estoy contando, cuando ya me había asentado en mi cuerpo, había adelgazado un poco y me importaba bastante menos que antes lo que un chaval renegrido y simplón pudiera pensar de mí. Regresé hecha una diva de ciudad a la que no le importaba bajarse sola a la piscina, sin pandilla, sin más justificación que matar el tiempo con sus libros y su música. David se acercó a saludarme el primer día que me vio. Yo fumaba y formaba aritos con el humo, y procuraba no hacer con mi rostro ningún gesto que no fuera de superioridad, de condescendencia o de hastío. Él me miraba un poco asombrado y me sonreía, diciéndome que saliera esa noche con la pandilla y con él, que todos se acordaban de mí aunque hiciera algunos años que no me veían. Me puso al día de los cotilleos, de cómo chicos y chicas se emparejaban y se separaban como los cristales de un caleidoscopio. Entre calada y calada, yo fruncí el ceño y le dije que “si eso ya le avisaría”.
Y qué quieres que te diga, fui. Porque una no es de piedra, y porque me lo debía, ¿entiendes? Se lo debía a aquella yo con camiseta que se murió de calor durante todo un verano, a la que iba sola a la playa, al espigón y al montecito y se imaginaba diálogos con un compañero invisible. Así que me tragué el orgullo, me puse guapa y me reuní con David y los demás en el portal. Todos olían a ducha y a colonia. Me saludaron con aparente simpatía, aunque es lo de siempre, que las chicas recelan y los chicos se cortan, ya sabes. Como a mí me daba igual, pasé de niñas en minifalda y de niños encamisados y convertí aquella noche en un tobogán que me llevara directamente a la boca de David. Para qué te voy a dar más detalles, si tú no eres morboso y no creo que sea esa la parte de la historia que más te interesa.
Yo le utilicé, él me utilizó, qué más da. Nos enrollamos y no volvimos a hablarnos, ni yo volví a hablar con ningún integrante de aquel grupo empapado en perfume y en inseguridades de pueblo de verano. Llámame creída, pero seguí bajando sola a la piscina, y cuando vi a David restregarse con Fany bajo los pinos, me dio igual.
Te conté toda la historia y te quedaste muy callado. Cuando ellos se levantaron de la mesa, pasaron por la nuestra a saludarnos. “Hasta luego, ya nos veremos por la piscina”. Pero tú y yo volvimos a casa al día siguiente, así que no les vimos más.
Todo esto te lo cuento ahora, aunque han pasado muchos años, porque tú no te acuerdas. Tampoco es muy importante, y yo sé que tú no tienes buena memoria, así que da igual; lo único que quería era demostrarte que no tienes razón. Que no es verdad que nuestra relación haya sido perfecta desde el principio.
Es igual, cariño, somos humanos. En cuanto al lugar donde estábamos, te lo diré otro día, en cuanto se me venga a la cabeza.
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