Una vez cada cierto tiempo, a veces con eones de diferencia, se encuentra un autor que nos encanta. De pronto te parece mentira que hayas pasado X años de tu vida sin disfrutar algo tan bueno y te bebes hasta el último libro suyo que puedas conseguir. A mí no me pasa mucho; encuentro cosas que me gustan, claro, pero esa fruición absoluta, esas ganas de devorar, cada vez me atacan menos. Será la edad.
Sin embargo, hace unos días se me ocurrió sacar de la biblioteca un libro de relatos de Roald Dahl. Había leído Matilda, claro, y Charlie y la Fábrica de Chocolate, y Charlie y el Gran Ascensor de Cristal, y obviamente pensaba que era de la mejor literatura infantil que se ha hecho nunca (por Dios, una fábrica enorme de chocolate, el el Libro Supremo Infantil, sin duda). Son libros auténticamente bien hechos, desde la honradez, desde la ternura, sin asomo de paternalismo, con un deje de crueldad y con muchísimo amor hacia (algunos de) sus personajes.
Bueno, pues el otro día agarré el libro ("Historias extraordinarias") y me dije "hala, Marina, vamos a leernos un relatito para olvidarnos de los exámenes y luego seguimos estudiando" (yo es que de mí misma hablo en plural mayestático). Dos horas después, pasaba la página doscientos veinte del libro y lo cerraba, completamente exhausta. La tarde de estudio, perdida absolutamente, y yo hiperexcitada y con hambre de más.
Desde entonces me he leído a razón de libro por tarde otros dos libros y medio del amigo Dahl. Ese tío es un puto genio. La bibliotecaria me ve sacar todas sus obras como una desquiciada y sacude la cabeza, comprensiva. Marina leyendo en el autobús, ignorando a sus amigos para sentarse a leer sola en la cafetería de la facultad, ignorando a sus compañeras de piso para leer mientras come... Vaya, como cuando leía de pequeña y era enana y repelente y pedante y absolutamente feliz.
No se me da bien comentar libros... además, los libros no se comentan, se leen. Pero no podía dejar pasar estos días de exámenes y universo Dalhiano sin recomendaros que os déis un paseo por sus cuentos. Están tan bien hechos que ni siquiera puedes verle los hilos, como un fantástico marionetista que hace que ignores que hay alguien detrás moviendo los muñecos. Los cuentos son redondos, son agudos, son estremecedores, son divertidos, son crueles. A decir verdad, este hombre me va a retirar del mundo de la literatura, porque dudo mucho que en toda mi vida se me ocurra una sola idea tan buena como las de sus relatos. Pero bueno; cada uno es como es, y tiene lo que tiene.
Podría tirarme un siglo hablando de Roald Dahl, porque leerle me está haciendo pensar mucho sobre la literatura, la imaginación y la vida (temblad, lectores, temblad). Pero tengo que dormir y estudiar y comer y estudiar y toda esa vida tan maravillosa que llevo ahora y que tango tiempo me deja libre para escribir y pensar en mis cosas. Así que no leáis a Dahl, al menos no hasta que llegue el verano, porque en cuanto lo tengáis entre manos no os va a dejar hacer otra cosa.
jueves, 22 de junio de 2006
jueves, 15 de junio de 2006
Para despejarse después de un examen, nada mejor que...
...caminar-cansancio-saludo-bollicao-poesía-María-gitanos-yo-piratas- Sol-mentiras-paseo-Anaïs-cerveza-tú-yo-astofísica-cyborgs-lázaro- quicos-cerveza-Sol-dibujo-elefante-fotos-ron-Federico-Cristina-cerveza- tabaco-salir-calle-subir-casa-cama-tú-yo-sexo-fotos-cama-sueño- mañana-tú-yo-fotos-cereales-café-sexo-ducha-charla-sexo-calle-bajar- tú-yo-chinos-legos-comba-calle-casa-pasta-friends-siesta-sexo-charla- melón-terraza-tú-yo-tú-tú-tú...
lunes, 12 de junio de 2006
Oteadores
Antes de nada, me gustaría agradeceros a todos el soporte moral y logístico que habéis ofrecido a la idea del post anterior :) Aún no he decidido nada; todo depende de si Aldery me hace el diseño (diosmíodiosmío, un diseño de Aldery, si son los más bonitos del mundooooooo), de las ganas (y el tiempo) que tenga de empezar un proyecto así, etc etc. De momento, los exámenes me impiden concentrarme en otra cosa que no sea sacarme el curso, así que como mínimo lo aplazaré hasta principios de verano, y después... ya se verá :)
Por otro lado, debido a que mi vida actualmente se divide entre estudiar y hacer cosas lo menos parecidas posible a estudiar, la verdad es que no estoy escribiendo mucho, así que he optado por linkaros este texto de Félix de Azúa sobre el artista que leímos el otro día en el taller y que, verdaderamente, no tiene desperdicio. Espero poder ofrecer algo mío pronto. Os dejo y vuelvo a mi erial de desesperación (mi mesa de estudio xD).
Por otro lado, debido a que mi vida actualmente se divide entre estudiar y hacer cosas lo menos parecidas posible a estudiar, la verdad es que no estoy escribiendo mucho, así que he optado por linkaros este texto de Félix de Azúa sobre el artista que leímos el otro día en el taller y que, verdaderamente, no tiene desperdicio. Espero poder ofrecer algo mío pronto. Os dejo y vuelvo a mi erial de desesperación (mi mesa de estudio xD).
miércoles, 7 de junio de 2006
Proyectos
¡Hola, lectores/as!
Estoy pensando en darle un cambio radical a mi vida bloguera (bueno, no tan radical, pero sí un cambio). Se trata de hacer un blog literario en el sentido más amplio de la palabra. Estoy bastante contenta con éste porque, al fin y al cabo, cumple de sobra la función para la que fue pensado: publicar en Internet y que alguien me lea. Sin embargo, me gustaría enfocar el tiempo que le dedico a Internet a algo más directamente relacionado con la escritura. Consistiría en un blog con distintas categorías donde habría (lo que se me ha ocurrido de momento):
- Post normales (cuentavidas, trascendentes o lo que sea).
- Cuentos.
- Ejercicios del taller (propuesta y resultado).
- Consejillos que nos dan en el taller para escribir, con la intención de que los pueda seguir todo aquel a quien le interese.
- Comentarios de los libros que voy leyendo.
- Reflexiones metaliterarias de pseudoescritora pedante.
- Convocatorias para concursos (bueno, esto no sé muy bien cómo lo voy a hacer, porque teniendo en cuenta que no me entero nunca ni yo... pero bueno, lo intentaré).
- El rincón friki del etimólogo (de dónde vienen las palabras y eso, que probablemente no me interese más que a mí, pero bueno xD).
Y lo que se me vaya ocurriendo. Para eso, quiero cambiarme a un administrador de blogs (o como se llame) que me permita dividir los post por categorías, así que estoy pensando en Blogia o en La Coctelera (que son los dos primeros que se me han ocurrido). Os cuento todo esto para que
a) Me déis información sobre los diferentes proveedores de blogs, sobre cuál me recomendáis y demás, que yo de esto no tengo ni idea.
b) Me digáis qué os parece el proyecto, si puede ser interesante o si es mejor que continúe como hasta ahora.
c) Me déis vuestra opinión sobre el nombre, que va a ser escritoracongato, to junto.
d) Me digáis (si es que alguno lo sabe) si se pueden trasladar de alguna forma los post ya escritos a una ubicación nueva (yo de informática sé lo justo). Es que me da pena que desaparezca más de un año de esfuerzo blogui :(
Os dejo la palabra, gracias de antemano.
Estoy pensando en darle un cambio radical a mi vida bloguera (bueno, no tan radical, pero sí un cambio). Se trata de hacer un blog literario en el sentido más amplio de la palabra. Estoy bastante contenta con éste porque, al fin y al cabo, cumple de sobra la función para la que fue pensado: publicar en Internet y que alguien me lea. Sin embargo, me gustaría enfocar el tiempo que le dedico a Internet a algo más directamente relacionado con la escritura. Consistiría en un blog con distintas categorías donde habría (lo que se me ha ocurrido de momento):
- Post normales (cuentavidas, trascendentes o lo que sea).
- Cuentos.
- Ejercicios del taller (propuesta y resultado).
- Consejillos que nos dan en el taller para escribir, con la intención de que los pueda seguir todo aquel a quien le interese.
- Comentarios de los libros que voy leyendo.
- Reflexiones metaliterarias de pseudoescritora pedante.
- Convocatorias para concursos (bueno, esto no sé muy bien cómo lo voy a hacer, porque teniendo en cuenta que no me entero nunca ni yo... pero bueno, lo intentaré).
- El rincón friki del etimólogo (de dónde vienen las palabras y eso, que probablemente no me interese más que a mí, pero bueno xD).
Y lo que se me vaya ocurriendo. Para eso, quiero cambiarme a un administrador de blogs (o como se llame) que me permita dividir los post por categorías, así que estoy pensando en Blogia o en La Coctelera (que son los dos primeros que se me han ocurrido). Os cuento todo esto para que
a) Me déis información sobre los diferentes proveedores de blogs, sobre cuál me recomendáis y demás, que yo de esto no tengo ni idea.
b) Me digáis qué os parece el proyecto, si puede ser interesante o si es mejor que continúe como hasta ahora.
c) Me déis vuestra opinión sobre el nombre, que va a ser escritoracongato, to junto.
d) Me digáis (si es que alguno lo sabe) si se pueden trasladar de alguna forma los post ya escritos a una ubicación nueva (yo de informática sé lo justo). Es que me da pena que desaparezca más de un año de esfuerzo blogui :(
Os dejo la palabra, gracias de antemano.
jueves, 1 de junio de 2006
Recicla tus miserias (Accidente III)
Puesto que no se me ocurre nada que contaros, voy a recurrir al viejo truco de publicar algo antiguo y así ir haciendo tiempo hasta que a mi musa particular le dé por currárselo un poco. Se trata de Accidente III, descrito por el conductor de la ambulancia. Quería hacerle algunos cambios, pero no he encontrado el tiempo (ni las ganas), así que os lo pongo tal cual, a ver qué os parece. A los que no sepáis nada de mi alegre y optimista serie sobre un accidente de tráfico, os remito a la versión de la víctima y a la del testigo para que os enteréis bien de la historia. Hale, a cuidarse.
EL CONDUCTOR DE LA AMBULANCIA
Podría hacerlo mucho mejor sin la sirena, pero claro, la sirena es necesaria. Sin ella no se abrirían ante mí los carriles del coche, como el mar frente a Moisés, ¿o era Abraham? Pero me da jaqueca ese continuo ninonino de película de gangsters. La gente lo oye por la calle durante unos segundos: primero difuso, y todo el mundo mira alrededor para ver por dónde viene la ambulancia. Luego, atronando junto a tu coche o pasando justo por delante de ti en el paso de cebra. Después, alejándose, dejando detrás un reguero de viejas que se santiguan o de hombres hipertensos que cruzan los dedos esperando que la próxima vez no les toque a ellos.
Conducir ambulancias no es difícil; lo puede hacer cualquiera. Teniendo en cuenta que en este país nadie respeta ni señales, ni semáforos, ni carriles, ni Cristo que lo fundó, se sentirían a sus anchas pudiendo saltarse todo eso de forma legal.
Hoy tenemos un siniestro, como le dicen los de centralita, con un chico inconsciente y una chica herida. No tardamos mucho en llegar al lugar del accidente, porque no está muy lejos del hospital y hay poco tráfico; deben de ser las doce de la mañana, o así, y curiosamente parece haber más gente trabajando en su oficina que ganduleando por ahí con el coche.
Salgo de la ambulancia para lo de siempre: apartar curiosos y echar una mano si Chema o Jordi me necesitan. Yo de medicina ni puta idea; me metí en esto porque siempre me han gustado los coches, siempre, desde que era pequeño, y la idea de pasarme todo el día conduciendo como un salvaje sin que me multen por ello me gustaba un montón. Aún me sigue gustando.
Hay muchísima gente alrededor del estropicio este. Un tonto en un Ibiza ha embestido por detrás a los otros dos, que se habían parado delante del semáforo. Mala hora para tener un accidente, chavales, pienso, porque a esta hora los que están en la calle es porque tienen poco que hacer, así que se frotan las manos de pensar en tener un espectáculo gratis como éste.
La chica está fuera del coche con los pantalones manchados de sangre. Es bastante guapa, y no llora, ni se queja; sólo mira de un lado a otro, asustada como un animalillo. El chico se ha quedado dentro en una postura rara, aún en su asiento pero inclinado sobre el del copiloto. Chema y Jordi se colocan a ambos lados del coche con las puertas abiertas y lo sacan con cuidado hasta ponerle en el suelo. Ella intenta colocarse a su lado, pero los otros dos no le dejan, liados como están en tomarle el pulso, mirarle las pupilas y todas esas cosas que ellos saben hacer y que a mí me hacen sentir como dentro de una serie americana. Así que la pobre se acerca a mí, que sigo conteniendo a la muchedumbre de marujas acechantes, y me mira con unos ojos enormes, desolados.
- ¿Se va a poner bien? – habla raro, apenas puedo entenderla. Parece que se ha hecho daño en la boca, porque le sale sangre por la comisura de los labios.
Me pasa siempre. La gente se cree que yo también soy médico y me pregunta. Me entran ganas de decir que no sólo no tengo ni idea de si se va a poner bien, sino que dudo de que los mismos médicos lo puedan saber cinco minutos después de llegar. De todas formas, me da pena la chica, tan pálida, con su boca herida y sin que nadie le haga demasiado caso. Lógico, por otra parte, teniendo en cuenta que el otro es un fiambre potencial y ella, al menos, camina y respira solita.
- No lo sé, pero bueno, habéis tenido suerte… hemos llegado pronto y el hospital está aquí al lado. Normalmente, mientras antes se atienda al herido, mejor.
No sé qué más decirle, pero a ella parece consolarle lo suficiente mi frase, porque medio sonríe.
- ¿Qué te has hecho tú? – le pregunto.
Abre la boca y saca la lengua, que apenas se ve debajo de la sangre. Parece que quiere que yo la cure, o algo. Miro a Jordi y a Chema, que están colocando al chaval en la camilla, y opto por coger un par de gasas y pasárselas a la chavala para que se limpie un poco la sangre, al menos. No sé qué se hace con una lengua partida, ¿un torniquete?
- Supongo que habrá que darte puntos – aventuro.
En cualquier caso, estos dos ya están subiendo al chaval a la ambulancia y poniéndole oxígeno.
- ¿Y ella? – pregunto.
- Que se venga y la miramos allí – Chema parece agobiado. No tiene buena pinta el pobre chico, no.
- Venga, sube – hago un gesto con la cabeza y la miro. Ha empapado las gasas y ahora está casi ridícula, sosteniéndolas aún contra su boca herida, con los pantalones llenos de sangre como si hubiera sido atacada por una menstruación descomunal.
Se encarama a la parte trasera y se queda mirando al chico sin tocarle. Jordi sube detrás, cierra la puerta (los curiosos se quejan, defraudados) y yo, que me he quedado un poco atontado mirando a la chica, recuerdo que sin mí no salen y ocupo mi puesto a toda prisa.
La parte de atrás está separada de la de delante y no puedo oír ni ver nada de lo que pasa. Creo que tiene que ver con que no me distraiga. En silencio, ruego al dios de las ambulancias y de las series americanas para que el chico no palme, porque me da mucha pena ella, tan bonita y tan dócil, tan sin lágrimas.
Llegamos al hospital y sacan al chaval echando leches. No, no debe de estar muy bien, hasta yo puedo deducirlo. Ella se queda de pie en el aparcamiento, desorientada. Una enfermera se le acerca y le hace gestos para que la acompañe. Antes de irse, se acerca a mí, que también estoy de pie mirando la escena.
- ¿Puedes avisar a este número de lo del accidente? – otra vez me cuesta entenderla, y me lo tiene que repetir varias veces antes de que lo pille.
- Sí, claro.
Es un nombre de mujer y un número de móvil. Debajo aparece el nombre del chaval, Diego, rodeado con un círculo. Antes de que me dé tiempo a preguntarle cómo se llama ella, se va detrás de la enfermera, cabizbaja, sujetando aún la gasa empapada como si fuera una especie de amuleto.
Yo pienso que me muero de ganas de echarme un cigarro.
EL CONDUCTOR DE LA AMBULANCIA
Podría hacerlo mucho mejor sin la sirena, pero claro, la sirena es necesaria. Sin ella no se abrirían ante mí los carriles del coche, como el mar frente a Moisés, ¿o era Abraham? Pero me da jaqueca ese continuo ninonino de película de gangsters. La gente lo oye por la calle durante unos segundos: primero difuso, y todo el mundo mira alrededor para ver por dónde viene la ambulancia. Luego, atronando junto a tu coche o pasando justo por delante de ti en el paso de cebra. Después, alejándose, dejando detrás un reguero de viejas que se santiguan o de hombres hipertensos que cruzan los dedos esperando que la próxima vez no les toque a ellos.
Conducir ambulancias no es difícil; lo puede hacer cualquiera. Teniendo en cuenta que en este país nadie respeta ni señales, ni semáforos, ni carriles, ni Cristo que lo fundó, se sentirían a sus anchas pudiendo saltarse todo eso de forma legal.
Hoy tenemos un siniestro, como le dicen los de centralita, con un chico inconsciente y una chica herida. No tardamos mucho en llegar al lugar del accidente, porque no está muy lejos del hospital y hay poco tráfico; deben de ser las doce de la mañana, o así, y curiosamente parece haber más gente trabajando en su oficina que ganduleando por ahí con el coche.
Salgo de la ambulancia para lo de siempre: apartar curiosos y echar una mano si Chema o Jordi me necesitan. Yo de medicina ni puta idea; me metí en esto porque siempre me han gustado los coches, siempre, desde que era pequeño, y la idea de pasarme todo el día conduciendo como un salvaje sin que me multen por ello me gustaba un montón. Aún me sigue gustando.
Hay muchísima gente alrededor del estropicio este. Un tonto en un Ibiza ha embestido por detrás a los otros dos, que se habían parado delante del semáforo. Mala hora para tener un accidente, chavales, pienso, porque a esta hora los que están en la calle es porque tienen poco que hacer, así que se frotan las manos de pensar en tener un espectáculo gratis como éste.
La chica está fuera del coche con los pantalones manchados de sangre. Es bastante guapa, y no llora, ni se queja; sólo mira de un lado a otro, asustada como un animalillo. El chico se ha quedado dentro en una postura rara, aún en su asiento pero inclinado sobre el del copiloto. Chema y Jordi se colocan a ambos lados del coche con las puertas abiertas y lo sacan con cuidado hasta ponerle en el suelo. Ella intenta colocarse a su lado, pero los otros dos no le dejan, liados como están en tomarle el pulso, mirarle las pupilas y todas esas cosas que ellos saben hacer y que a mí me hacen sentir como dentro de una serie americana. Así que la pobre se acerca a mí, que sigo conteniendo a la muchedumbre de marujas acechantes, y me mira con unos ojos enormes, desolados.
- ¿Se va a poner bien? – habla raro, apenas puedo entenderla. Parece que se ha hecho daño en la boca, porque le sale sangre por la comisura de los labios.
Me pasa siempre. La gente se cree que yo también soy médico y me pregunta. Me entran ganas de decir que no sólo no tengo ni idea de si se va a poner bien, sino que dudo de que los mismos médicos lo puedan saber cinco minutos después de llegar. De todas formas, me da pena la chica, tan pálida, con su boca herida y sin que nadie le haga demasiado caso. Lógico, por otra parte, teniendo en cuenta que el otro es un fiambre potencial y ella, al menos, camina y respira solita.
- No lo sé, pero bueno, habéis tenido suerte… hemos llegado pronto y el hospital está aquí al lado. Normalmente, mientras antes se atienda al herido, mejor.
No sé qué más decirle, pero a ella parece consolarle lo suficiente mi frase, porque medio sonríe.
- ¿Qué te has hecho tú? – le pregunto.
Abre la boca y saca la lengua, que apenas se ve debajo de la sangre. Parece que quiere que yo la cure, o algo. Miro a Jordi y a Chema, que están colocando al chaval en la camilla, y opto por coger un par de gasas y pasárselas a la chavala para que se limpie un poco la sangre, al menos. No sé qué se hace con una lengua partida, ¿un torniquete?
- Supongo que habrá que darte puntos – aventuro.
En cualquier caso, estos dos ya están subiendo al chaval a la ambulancia y poniéndole oxígeno.
- ¿Y ella? – pregunto.
- Que se venga y la miramos allí – Chema parece agobiado. No tiene buena pinta el pobre chico, no.
- Venga, sube – hago un gesto con la cabeza y la miro. Ha empapado las gasas y ahora está casi ridícula, sosteniéndolas aún contra su boca herida, con los pantalones llenos de sangre como si hubiera sido atacada por una menstruación descomunal.
Se encarama a la parte trasera y se queda mirando al chico sin tocarle. Jordi sube detrás, cierra la puerta (los curiosos se quejan, defraudados) y yo, que me he quedado un poco atontado mirando a la chica, recuerdo que sin mí no salen y ocupo mi puesto a toda prisa.
La parte de atrás está separada de la de delante y no puedo oír ni ver nada de lo que pasa. Creo que tiene que ver con que no me distraiga. En silencio, ruego al dios de las ambulancias y de las series americanas para que el chico no palme, porque me da mucha pena ella, tan bonita y tan dócil, tan sin lágrimas.
Llegamos al hospital y sacan al chaval echando leches. No, no debe de estar muy bien, hasta yo puedo deducirlo. Ella se queda de pie en el aparcamiento, desorientada. Una enfermera se le acerca y le hace gestos para que la acompañe. Antes de irse, se acerca a mí, que también estoy de pie mirando la escena.
- ¿Puedes avisar a este número de lo del accidente? – otra vez me cuesta entenderla, y me lo tiene que repetir varias veces antes de que lo pille.
- Sí, claro.
Es un nombre de mujer y un número de móvil. Debajo aparece el nombre del chaval, Diego, rodeado con un círculo. Antes de que me dé tiempo a preguntarle cómo se llama ella, se va detrás de la enfermera, cabizbaja, sujetando aún la gasa empapada como si fuera una especie de amuleto.
Yo pienso que me muero de ganas de echarme un cigarro.
viernes, 26 de mayo de 2006
Busco piso
Ayer llamamos a la casera y le dijimos que nos mudamos. Hoy caminaba por la calle fijándome en los carteles que cuelgan de las farolas y de las cabinas de teléfono y pensando “ya estamos otra vez. Me voy a mudar de nuevo, no me lo puedo creer. Otra vez a mirar pisos, a preguntar precios, a patear calles”.
Cuatro años, cuatro pisos. No me gusta mudarme, porque todo eso de hacer cajas, poner y quitar posters y recolocar libros me saca, como a cualquier persona normal, un poco de quicio. Sin embargo, tengo que reconocer que me encanta entrar en una casa nueva, ver lo bueno y lo malo que tiene, redistribuir mi espacio en una nueva habitación, acostumbrarme a las vistas.
De la Vila me gustaban las ventanas enormes que daban al valle, los zapateros de debajo de las camas, la cocina con barra americana. Del piso de plaza Einstein me encantaba llegar las noches de invierno, con los apuntes bajo el brazo, y encontrarme el saloncito con las velas encendidas, el olor a vainilla del quemador de Josy y el Camarón sonando a toda pastilla. De este piso me gusta, como sabréis, la terraza enorme, suspendida sobre Camino de Ronda, con las gruas rugiendo debajo como monstruos prehistóricos y la Vega como rumor de fondo de nuestras noches compartidas.
Cuando acabe la carrera y me siente al escritorio a calibrar en qué clase de persona me he convertido, creo que me encontraré una Marina a trocitos. Esos trocitos serán las personas que conocí, los libros que leí, los profesores con que me tropecé, y también, un poquito, los pisos que habité. Los desayunos en Bellaterra, cuando cruzaba las vías del tren para comprar el periódico y pedir en catalán una baguette recién hecha, y luego me sentaba frente al ventanal a leer el suplemento y tomar pà amb tomaquet y café. Las mañanas oscuras de Martínez de la Rosa, cuando escuchaba a través del patio la radio de mis vecinos, me levantaba a desayunar con Josy y aparecía Laura, desgreñada y somnolienta, mascullando un “joder con la alegría matutina”. Las noches calientes de mi terraza, escribiendo textos que comienzan con un “estoy aquí con el portátil sobre las rodillas”, y gruñendo como siempre porque, para variar, la cocina está llena de platos sucios.
Compartid piso. Hacedme caso. Vivid con mucha gente, mudaros mucho. Igual acabáis peleándoos con vuestra amiga de la infancia porque atasca el fregadero con sus pegotes de arroz. Probablemente acabéis detestando a Camarón o a Sabina porque vuestro compañero de piso lo tiene puesto de la mañana a la noche y le da exactamente igual que vosotros no seáis precisamente unos fans. Pero bueno. Aprenderéis de lo bueno y de lo malo que tenemos las personitas humanas, de las muchas maneras que tiene de configurarse una vida según la forma de las paredes, de lo fácil que es que te den la llave de un lugar y empezar a llamarlo “casa”. De la suerte que tienes por poder meter tu vida en unas pocas cajas y comenzar de nuevo en otro sitio.
Cuatro años, cuatro pisos. No me gusta mudarme, porque todo eso de hacer cajas, poner y quitar posters y recolocar libros me saca, como a cualquier persona normal, un poco de quicio. Sin embargo, tengo que reconocer que me encanta entrar en una casa nueva, ver lo bueno y lo malo que tiene, redistribuir mi espacio en una nueva habitación, acostumbrarme a las vistas.
De la Vila me gustaban las ventanas enormes que daban al valle, los zapateros de debajo de las camas, la cocina con barra americana. Del piso de plaza Einstein me encantaba llegar las noches de invierno, con los apuntes bajo el brazo, y encontrarme el saloncito con las velas encendidas, el olor a vainilla del quemador de Josy y el Camarón sonando a toda pastilla. De este piso me gusta, como sabréis, la terraza enorme, suspendida sobre Camino de Ronda, con las gruas rugiendo debajo como monstruos prehistóricos y la Vega como rumor de fondo de nuestras noches compartidas.
Cuando acabe la carrera y me siente al escritorio a calibrar en qué clase de persona me he convertido, creo que me encontraré una Marina a trocitos. Esos trocitos serán las personas que conocí, los libros que leí, los profesores con que me tropecé, y también, un poquito, los pisos que habité. Los desayunos en Bellaterra, cuando cruzaba las vías del tren para comprar el periódico y pedir en catalán una baguette recién hecha, y luego me sentaba frente al ventanal a leer el suplemento y tomar pà amb tomaquet y café. Las mañanas oscuras de Martínez de la Rosa, cuando escuchaba a través del patio la radio de mis vecinos, me levantaba a desayunar con Josy y aparecía Laura, desgreñada y somnolienta, mascullando un “joder con la alegría matutina”. Las noches calientes de mi terraza, escribiendo textos que comienzan con un “estoy aquí con el portátil sobre las rodillas”, y gruñendo como siempre porque, para variar, la cocina está llena de platos sucios.
Compartid piso. Hacedme caso. Vivid con mucha gente, mudaros mucho. Igual acabáis peleándoos con vuestra amiga de la infancia porque atasca el fregadero con sus pegotes de arroz. Probablemente acabéis detestando a Camarón o a Sabina porque vuestro compañero de piso lo tiene puesto de la mañana a la noche y le da exactamente igual que vosotros no seáis precisamente unos fans. Pero bueno. Aprenderéis de lo bueno y de lo malo que tenemos las personitas humanas, de las muchas maneras que tiene de configurarse una vida según la forma de las paredes, de lo fácil que es que te den la llave de un lugar y empezar a llamarlo “casa”. De la suerte que tienes por poder meter tu vida en unas pocas cajas y comenzar de nuevo en otro sitio.
lunes, 22 de mayo de 2006
Ausencia
Hoy me faltaba tu anillo. Casi nueve meses después de quitármelo definitivamente del anular, esta mañana, en mitad de una clase de psicobiología, he sentido su ausencia diminuta alrededor de mi dedo, como si me lo hubiera quitado ayer mismo y mi piel extrañara su presión. Qué cosas, ¿verdad?
¿Cómo se describe la ausencia? Durante un par de meses tuve una linea más blanca en la mano morena de finales de verano, pero luego se esfumó, y ahora no hay ninguna señal física que indique que ahí descansó, durante más de un año, un circulito de plata con dos nombres grabados dentro. “Qué horterada”, diréis algunos. “Te creía más bohemia, menos apegada a anillos y demás convenciones. Pensé que lo tuyo seria un rollito alternativo, en plan tú-y-yo-sabemos-que-nos-queremos-y-no-nos-hace-falta-más. Y mírate, con anillo y todo, como las yolis”. Pues ya véis.
Me levanté en Pamplona la mañana de mi cumpleaños, en una cama que no era ni tuya ni mía, pero que los dos compartíamos, y te dije “quiero un anillo”. Sabía que sólo lo llevaría yo, porque es verdad que a ti sí que no te van esas cosas, y no me imagino ningún tipo de adorno en tus largos dedos de hombre clásico, pero me daba igual. Tú, como siempre solícito y colaborador, me despertaste de la siesta con un anillo de plata que me quedaba grande incluso en el pulgar. “Pero yo lo que quiero es una alianza”, protesté (para variar), inconfundiblemente convencional, decididamente clásica. Fuimos juntos a la joyería y encargamos una tan pequeña que la tuvieron que pedir, porque en la tienda no había. Como yo me iba camino del sur un par de días más tarde, me la mandaste por correo, en su cajita, envuelta en papel de burbujas. Durante un año y pico, mi bohemiez y yo lucimos orgullosas aquella especie de candado simbólico. ¿Para qué? Como prueba. ¿Cómo prueba de qué? Tú y yo lo sabemos, que tampoco vamos a contarlo aquí todo.
Mientras escuchaba distraída a la profesora de psicobiología, me he preguntado por qué mis neuronas han decidido precisamente hoy acordarse de la alianza. En el pulgar de la otra mano, un corte desafortunado mientras picaba cebolla me trastocó permanentemente la sensibilidad de la yema, y la siento siempre como si estuviera un poco irritada. Supongo que tú, de alguna forma, me cortocircuitaste muchas neuronas durante el tiempo que pasamos juntos, y no me extrañaría que algunas de ellas acabaran precisamente en mi anular.
Moraleja:
Incluso en estos tiempos
Veloces como un cadillac sin frenos
Todos los días tienen un minuto
En que cierro los ojos y disfruto
Echándote de menos.
Sabina dixit.
¿Cómo se describe la ausencia? Durante un par de meses tuve una linea más blanca en la mano morena de finales de verano, pero luego se esfumó, y ahora no hay ninguna señal física que indique que ahí descansó, durante más de un año, un circulito de plata con dos nombres grabados dentro. “Qué horterada”, diréis algunos. “Te creía más bohemia, menos apegada a anillos y demás convenciones. Pensé que lo tuyo seria un rollito alternativo, en plan tú-y-yo-sabemos-que-nos-queremos-y-no-nos-hace-falta-más. Y mírate, con anillo y todo, como las yolis”. Pues ya véis.
Me levanté en Pamplona la mañana de mi cumpleaños, en una cama que no era ni tuya ni mía, pero que los dos compartíamos, y te dije “quiero un anillo”. Sabía que sólo lo llevaría yo, porque es verdad que a ti sí que no te van esas cosas, y no me imagino ningún tipo de adorno en tus largos dedos de hombre clásico, pero me daba igual. Tú, como siempre solícito y colaborador, me despertaste de la siesta con un anillo de plata que me quedaba grande incluso en el pulgar. “Pero yo lo que quiero es una alianza”, protesté (para variar), inconfundiblemente convencional, decididamente clásica. Fuimos juntos a la joyería y encargamos una tan pequeña que la tuvieron que pedir, porque en la tienda no había. Como yo me iba camino del sur un par de días más tarde, me la mandaste por correo, en su cajita, envuelta en papel de burbujas. Durante un año y pico, mi bohemiez y yo lucimos orgullosas aquella especie de candado simbólico. ¿Para qué? Como prueba. ¿Cómo prueba de qué? Tú y yo lo sabemos, que tampoco vamos a contarlo aquí todo.
Mientras escuchaba distraída a la profesora de psicobiología, me he preguntado por qué mis neuronas han decidido precisamente hoy acordarse de la alianza. En el pulgar de la otra mano, un corte desafortunado mientras picaba cebolla me trastocó permanentemente la sensibilidad de la yema, y la siento siempre como si estuviera un poco irritada. Supongo que tú, de alguna forma, me cortocircuitaste muchas neuronas durante el tiempo que pasamos juntos, y no me extrañaría que algunas de ellas acabaran precisamente en mi anular.
Moraleja:
Incluso en estos tiempos
Veloces como un cadillac sin frenos
Todos los días tienen un minuto
En que cierro los ojos y disfruto
Echándote de menos.
Sabina dixit.
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