massobreloslunes

jueves, 15 de marzo de 2007

A quien madruga...

Siempre que dormía hasta tarde, su madre le despertaba a golpe de aspiradora diciendo "vamos, levántate, que ya están las calles puestas". El día que el insomnio le hizo salir antes de lo habitual, vio con sorpresa como unos hombres con mono azul de operario desenrollaban largas alfombras de asfalto entre los edificios y las tiendas. La gente esperaba frente a sus casas con el motor del coche en marcha o tamborileando impacientes sobre sus maletines. Él se frotó los ojos y se metió de nuevo en casa, para echarse a dormir (o a despertar) un rato más.

viernes, 9 de marzo de 2007

Lisboa

Cuando mi langosta y yo nos tomamos el primer café a solas, yo aún no sabía que iba a ser mi langosta. Lo intuía, porque yo los amores los intuyo: antes de conocerle ya había hecho mentalmente un hueco para su cabeza junto a mi almohada, y preveía los cafés mañaneros en las terrazas y los vinos nocturnos escuchando fados. Pero tampoco estaba tan segura, porque una nunca está segura de esas cosas, así que aquel día, en aquel primer café, J. y yo nos estudiábamos como antes de una batalla, hablando con una sonrisa en los labios pero sin despistar por un momento los ojos inquisidores. No recuerdo muy bien de qué hablamos: de libros, imagino; de por qué todos los que leen por primera vez “El lobo estepario” se sienten identificados con el protagonista (menos J. y yo, que somos superespeciales y por eso estamos yo con él y él conmigo, hala); de cuando él estuvo de Erasmus, de cuando yo viví en Barcelona. Me acuerdo, eso sí, de la imagen de él tocándose la nuca con las manos, dejando ver la cara interna de los brazos, que descendía suavemente hacia una axila tapada por su, según me confesó después, camiseta de ligar. Creo que fue al ver esos brazos, al ver sus curvas suaves y delgadas y la cara de él sonriendo tímido entre ambos, cuando supe que antes del anochecer acabaríamos en la cama.
Después de dos horas de charla ininterrumpida, cuando los cafés no eran más que un poso pegajoso de azucar derretida, J. se levantó un momento para ir al baño. En la mesa de al lado había una pareja con un niño pequeño, y mientras esperaba a J. le hice un par de carantoñas al crío: le saqué la lengua, me puse bizca… lo típico. Cuando J. volvió, la pareja se levantó de la mesa, haciendo además de irse. Y en aquel momento, el hombre miró fijamente a J. y le dijo: “cuídala, que es muy especial”. Los dos nos quedamos cortados, sin saber qué decir, porque aún estábamos en esa fase de la cita en que las cosas se saben pero no están claras. El hombre prosiguió “Ay, Granada, qué bonita ciudad para enamorarse. Mi mujer y yo nos conocimos aquí, y todos los años venimos para celebrarlo”.
Y sin más se fue, entre nuestras sonrisas desorientadas.
Hoy, que J. y yo somos langostas de amor y paseamos por el estanque cogidos de las pincitas, nos gustaría encontrar a aquel señor clarividente que nos predijo el futuro de forma tan misteriosamente precisa. A mí me gusta pensar (pero no se lo digáis a J.), que nosotros también volveremos a Granada, a sentarnos otra vez en la terraza de aquel café y conmemorar nuestros primeros intercambios tímidos de palabras (las palabras, mi amor, siempre las palabras). A lo mejor entonces también podemos jugar a los augures con otra pareja tan llena de miedo y expectación como lo estábamos nosotros aquella tarde.

miércoles, 7 de marzo de 2007

Réquiem Cósmico

El sábado pasado estábamos celebrando el cumpleaños de Arantxa en la terraza de Eneritz cuando, de repente, Metemari nos llamó desde la mesa de camping donde comía saladitos.
- Tengo que daros una mala noticia – anunció. No nos preocupamos mucho. Las malas noticias de Metemari suelen ser, por ejemplo, que se ha muerto el creador de Scooby Doo o que van a reemplazar el tobogán herrumbroso del parque de su infancia por otro de plástico.
- ¿Veis Orión? – nos dijo. Todas dirigimos la mirada hacia la única constelación que distinguimos prácticamente sin dudar. De los largos y farragosos talleres de astronomía que nos daban en los scouts, lo único que he conseguido retener en mi mente ha sido a Orión, el guerrero de cinturón luminoso y hombros inclinados.

( Paréntesis: ¿Por qué es aburrido un taller de astronomía? Al principio parece guay: todos vais a por los aislantes, os tumbáis sobre la hierba húmeda de rocío y esperáis, expectantes, a que la bóveda estrellada os revele sus maravillas. Entonces, el responsable del taller señala al cielo.
- ¿Véis aquel grupo de estrellas de ahí?
En ese momento empieza la tortura. Por si no lo sabíais, el cielo está lleno de grupos de estrellas. Uno por uno, el monitor tiene que ir situando a los pupilos sobre a qué grupo de estrellas se refiere en concreto, y apostaría a que la mitad, al menos, se queda con uno erróneo. No sabéis lo difícil que es señalar al cielo. Yo lo que hacía era seguirle la corriente a quien estuviera dando el taller, porque cuando había intentado situarme en el firmamento por cuarta vez me empezaba a dar bastante vergüenza. Si te equivocas de grupo de estrellas o de estrella guía en general, por cierto, la has liado: ya no vas a volver a dar una en toda la noche. Para colmo, descubres que los griegos eran un pueblo o muy aburrido o con mucha imaginación, porque cualquier parecido de las constelaciones con las figuras a las que evocan es pura coincidencia. Como decía, lo único que he conseguido sacar en claro de esos talleres es dónde está Orión. No os creáis: impresiona mucho a la gente que no tiene ni idea. Bueno, continúo).

- Una de las estrellas del cinturón se ha muerto – anunció Metemari arrastrando un poco las palabras.
- No jodas – dije yo -. ¿Cuál?
- No lo sé, pero una se ha muerto. Todavía nos llega la luz por la distancia, pero de aquí a tres años dejaremos de verla.
No sé hasta qué punto es fidedigna la información, porque he estado buscando en google y no he encontrado más que alusiones vagas al óbito en sí. En cualquier caso, me pone triste. Una confía en que pocas cosas se queden estables en su vida: sé que mi mundo cambiará, que mi barrio crecerá y las colinas que hay frente a mi casa serán destruidas, que a J. le saldrán más canas y, como se descuide, le crecerá la panza incipiente que está criando ahora a base de pfcs y de madres cebadoras. Yo misma cambiaré, a pesar del empeño que le pongo a la crema para el contorno de ojos y al aloe vera. Pero, joder, hay ciertas cosas en las que me gustaría confiar: la órbita de la tierra, la ancianidad de las montañas o la permanencia de las estrellas. No se me puede morir una de las tres Marías así porque sí, dejándome al guerrero con displasia de cadera y los pantalones caídos. Me parece fatal, en serio. A ver qué le digo yo al próximo hombre que me suba a un tejado a mirar el cielo.
Como mínimo, este pequeño percance me ha servido para enterarme de cómo se llaman los astros que componen Orión. Son nombres preciosos, antiguos e impronunciables, como las propias estrellas.
Pero vamos, que en cuanto descubra a quién hay que quejarse de la muerte precoz de las estrellas que uno mira, pienso poner una reclamación que se va a cagar la perra.

sábado, 3 de marzo de 2007

Muero de amor

Algunos quieren ser enterrados bajo tierra, y que su cuerpo descompuesto, mezclado con las astillas de su ataúd, alimente a los árboles y dé frutas y flores.
Otros prefieren ser reducidos a cenizas y esparcidos en el viento, en un parque, en el mar.
Maruja Torres dijo, incluso, que quería que echaran sus cenizas al Corte Inglés, que era donde había pasado sus mejores momentos.

A mí que me entierren desnuda, abrazada al cuerpo de mi hombre, que es como mejor se está.

martes, 27 de febrero de 2007

Haciendo cola

Estoy en la cola del Mercadona. Dice la Frikipedia que Mercadona planea conquistar el mundo a base de productos hacendado y napolitanas de jamón y queso, y viendo la cantidad de gente que hay hoy frente a las cajas, me temo que lo están consiguiendo.

En una de las colas, dos señores mayores se han encontrado por casualidad y charlan. Su conversación parece entretenida, así que me coloco detrás; me hace gracia que los dos estén allí solos, sin sus señoras, arrastrando diligentemente sus cestas llenas de comida. Al final uno de ellos sí que viene con su mujer, que aparece a su lado colocando los huevos, que se le habían olvidado, en precario equilibrio en lo alto de la cesta. “Pues a mí me ha mandado mi mujer y nada, aquí estamos - dice el otro señor, recolocándose el audífono -. Yo creo que he cargado demasiado el carro – echa una mirada dubitativa a su cesta -, pero he pensado que ya que vengo, pues echo bien de todo”.

Me sonrío y miro la cesta, atiborrada de naranjas, magdalenas y yogures. “Y fíjate que a mí las naranjas no me gustan mucho, pero hijo, me ha dicho ella que compre, y sólo había esta bolsa tan grande, pues qué le vamos a hacer”. El otro señor y su mujer sonríen y asienten. Los tres hablan de lo bien que está el Mercadona nuevo, de que sólo le faltaría un aparcamiento para poder venir en un momentillo con el coche y hacer la compra. El señor que viene solo dice que igual se jubila este año. Al parecer, es profesor de cuarto de primaria. “A estos niños de hoy no les interesa nada”, se queja mientras, por fin, va colocando sus cosas en la cinta transportadora.

Visualizo al señor en una clase frente a un montón de niños. Hoy en día, los de cuarto ya son preadolescentes cabroncetes, y me imagino lo que deben de reírse de este hombre, con su sonotone y su enorme barriga. Luego encima el pobre llega a casa y su mujer le manda al mercadona a comprar naranjas, que ni le gustan. Observo sus magdalenas, que han quedado todas espachurradas bajo las naranjas, y me imagino a su señora regañándole: “a quién se le ocurre ponerles tres kilos de naranjas encima, mira cómo han quedado, hechas un higo. Y desde luego hijo, tres paquetes de magdalenas, qué exagerado eres, si sólo comemos tú y yo… luego se ponen duras y hala, el dinero a la basura”. Y el profesor casi jubilado suspirará y se irá a corregir exámenes bajo la luz mortecina de algún flexo viejo.

Coloco mis cosas detrás de las del señor. Su ejército de magdalenas parece intimidar a mi cartón de Chocapic. El señor se despide de sus amigos y saluda a la cajera con una sonrisa. Para pagar, saca una cartera, donde lleva los billetes, y un monederito con las monedas. Es de los que va narrando para sí todos los movimientos que hace “Pues voy a ver si tengo el suelto, ah mira pues parece que sí, te voy a dar veinte céntimos, así me quito la calderilla del monedero, a ver si se dejan sacar…”. Yo miro al señor. A pesar de su mujer víbora y de sus alumnos díscolos, parece razonablemente feliz. Remata a las magdalenas metiéndolas en la misma bolsa que los cartones de leche y se va tarareando, ignorando la que le espera cuando llegue a casa.

domingo, 25 de febrero de 2007

La sinceridad y otros vicios

Mi amiga Elsa ha decidido dejar de decir mentiras. El otro día nos mandó desde Florencia un email colectivo en el que anuncia su propósito de, textualmente, "sacar sus mierdas". Dice que las mentiras, aunque sean pequeñas, te hacen menos libre. No está hablando de engañar a su novio o de mentirles a sus padres sobre las notas… son cosas mucho más insignificantes, esas minúsculas trolas de las que todos echamos mano de vez en cuando para que las cosas salgan como nos convienen.
Todo lo que nos ha confesado hasta ahora, y que no os voy a contar porque no tengo claro hasta dónde quiere que llegue su recién estrenada sinceridad, no llega ni siquiera a la categoría de mentirijilla. Aun así, se empeña en que no haya ni un resquicio de falsedad u ocultación en su relación con nosotras y nos anima a hacer lo mismo; no por los demás, sino por nosotras mismas, que se supone que nos sentiremos mucho mejor cuando lo hagamos. Después de su comunicado, Metemari se ha unido a esa fiebre por abrir nuestro corazón; PK no sabía nada de la iniciativa, pero cuando se lo conté, le entusiasmó.
Vale, pues no me gusta un pelo. Me niego a unirme a esta ola de honestidad new-age. Yo defiendo la sinceridad en los aspectos básicos: el amor, la familia, el dinero y poco más. No hay que mentir sin necesidad, ni mentir en lo realmente importante. No hay que mentir cuando la mentira causa sufrimiento, directa o indirectamente. Pero maquillar la realidad un poco cuando nos conviene es casi un ejercicio de estilo. La realidad tampoco suele ser tan justa como para merecer que no le hagamos trampas de vez en cuando.
Uno de los pocos cuentos de Quim Monzó cuyo final no inspira directamente el suicidio es el del mentiroso compulsivo (no recuerdo el título ahora mismo). Me gusta porque habla precisamente de lo que de creativo tiene mentir, inventar, maquillar la realidad e ir componiendo cada vez una bola más grande para desafiar al mundo a que se la trague. Aunque ni siquiera defiendo la mentira más allá de tergiversar algunos datos sin importancia, sí que hay mucho de interesante en la frontera que separa una horrible mentira de una buena historia.
(Pero ya eso sería irme por territorios un poco metafísicos, y yo sólo quería defender mi derecho a tunear sutilmente la realidad de vez en cuando).
Voy a mentir: a pensar cosas malas de la gente y poner buena cara, a poner excusas a mis amigas e irme a practicar sexo salvaje con J., a decirle a J. que me quedo en casa y salir por ahí con mis amigas. Pienso esconder los anticelulíticos y los libros de autoayuda y decir que estoy viendo una peli cuando realmente me estoy tragando capítulos de “Sexo en Nueva York”. Voy a apartar la mirada cuando estoy leyendo en el autobús y aparece alguien a quien conozco pero con quien no me apetece hablar. Voy a tener fantasías de lo más inconfesable con gente que ni se lo imaginaría.
No, si cuando J. me dice que soy una bruja es por algo.

jueves, 22 de febrero de 2007

Paciente

- ¿Seguro que estás bien?
- Que sí, ¿no me ves?
- No sé… dos semanas en un hospital son mucho tiempo.
- Fue la lista de espera, la operación apenas duró unas horas. Además, me han dejado como nuevo. Anda, no pongas esa cara tan compungida.
- Oye…
- Qué.
- Lo siento.
- ¿Qué sientes?
- Lo del gato, supongo. Y lo del secador. Y lo del agua, aunque no fui yo, fue J., que es un torpe.
- No te preocupes. Esas cosas pasan. Admito que el burro de tu gato me hizo un poco de daño, pero bueno. Se me pasó enseguida. Y perder la sensibilidad en la p fue lo mejor que me pudo ocurrir… Aunque lo siento por ti, que tuviste que estar cortando y pegando cada vez que querías escribirla.
- No pasa nada. Me acostumbré. Al final le daba al controluve en todos los ordenadores, y si no era el mío se me pegaban cosas que no tenían el más mínimo sentido. Pero nunca pensé que fueras a perder el teclado entero.
- Ya, ni yo… pero éste que me han implantado está estupendamente, ¿no te parece? El tacto es igual que el del original. Sólo tú sabrás que me han operado.
- Sí, estás muy bien, muy guapo.
- Gracias.
- ¿Sabes qué?
- Dime.
- Me da un poco de pena el otro teclado. No me despedí de él, ni nada. No le dije que fue un buen compañero, que escribí cosas muy bonitas en él y se lo agradezco. Fíjate, las primeras palabras que le dirigí a J. las escribí en ese teclado. Y mis primeros posts. Es una pena que vaya a ir a la basura sólo por un par de teclas.
- Eres una sentimental. Si te sirve de consuelo, él sabía todo eso. Me lo dijo antes de… bueno, antes de que se lo llevaran.
- Ya…
- Anda, tonta, no te pongas así. Hay que desapegarse de las cosas materiales. Además, este teclado es muy agradable, reconócelo. Muy suave. Escribirás cosas estupendas en él. Posts conmovedores, cuentos grandiosos, preciosas cartas de amor para J.
- Eso espero...
- Así que venga, deja de tratarme como a un enfermo y ponte a trabajar.
- A la orden.