massobreloslunes: Excursión

viernes, 18 de mayo de 2007

Excursión


Llegan en manada, trotando como cervatillos agotados. Están rojos y sudorosos, y se les transparentan los cuerpos delgados a través de las camisetas de propaganda.
La chica que dibuja les ve llegar y lamenta que la calle sea irremediable y obviamente de todos. Se reacomoda sobre el asiento de piedra y mira hacia la mole rojiza de la Alhambra, intentando reseguirla con el lápiz.
Se desperdigan a su alrededor, como canicas lanzadas sobre un alcorque de tierra. El profesor calvo se coloca frente al mirador y deja caer sin pasión algunos datos: aquello es la Alhambra, y lo de al lado es el palacio de Carlos V, y eso es la Torre de la Vela. Ni siquiera se molesta en reagruparlos, así que sus palabras sólo llegan, cansadas, a los oídos de los que se han colocado por azar a su lado.
A la chica que dibuja le cuesta concentrarse con todo ese jaleo a su alrededor. Uno de ellos ha encendido una consola portátil, y ella puede escuchar el ruido atravesando la tarde calurosa y quieta. Es ruido de música nerviosa, de acelerones, de explosiones, de muchas otras cosas acabadas en “ones”. Unos cuantos se agrupan alrededor del que juega y estiran los cuellos, aunque la chica que dibuja sabe que no hay nada más aburrido que mirar cómo juegan otros.
El chico gordo lleva la mejor ropa de toda la clase. Pantalones de marca, camisetas superpuestas, zapatillas descuidadamente dadas de sí. Se coloca junto a la chica que dibuja y la mira. En silencio, contempla cómo ella intenta dar sombra al árbol que tiene justo delante y borra una y otra vez con la goma de miga de pan. A la chica que dibuja le molesta un poco el chico gordo, tan callado, pegado a ella como sólo se pegan los chicos gordos y solos que ni siquiera saben ir a mirar cómo juegan otros.
El profesor calvo da una vuelta a la plaza, bebe agua de la fuente, se rasca la cabeza y contempla la Alhambra.
Los chicos cavilan cómo engañar a sus madres y subirse otro día a la plaza con unas litronas. No deben de haber cumplido los catorce años, pero la chica que dibuja no se escandaliza ni un poco.
Finalmente, el profesor da unas palmadas y los chicos desaparecen por la escalera, como agua escurriéndose por un sumidero. El chico gordo mira un momento más a la chica que dibuja, se aleja de ella lentamente y se va con los demás. Uno de los otros le pregunta al chico gordo nosequé cosa y, sin saber por qué, la chica que dibuja se alegra mientras le ve desaparecer, escalera abajo, bamboleándose despacio como un postre de gelatina.

1 comentario:

  1. En cualquier momento la quietud puede ser asesinada por los excursionistas... en cualquier lugar... y cuando menos lo esperas.
    De todas maneras, al chico gordo gelatinoso le irán bien las caminatas... hay que cuidarse un poquito!
    Salud/OS!

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