massobreloslunes: La canica

jueves, 15 de noviembre de 2007

La canica

Este post es ñoño, y el que avisa no es traidor.

Hace ya la burrada de casi siete años, cuando terminé la ESO, nuestra profesora de ética llegó a la última clase del año con una bolsa llena de canicas. Nos íbamos del colegio al instituto, y la mayoría llevábamos allí desde preescolar (yo no, yo llegué en segundo y hasta hace poco mis amigas no han dejado de mirarme raro). La profesora de ética nos dijo que iba a repartirnos esas canicas y que les diéramos un significado que pudiéramos recordar toda la vida. Que serían un símbolo de nuestro paso por el colegio.

(La profesora de ética hizo eso porque es algo que tienen en común los profesores de ética y los de filosofía: que van de enrollados por la vida. A mí en realidad la ética nunca me gustó. De todo lo que hicimos aquel curso, sólo me acuerdo de dos cosas: de los dilemas morales, que no me molan porque no hay una respuesta correcta que yo pueda contestar, y de un collage que hice para definirme a mí misma y luego resultó ser totalmente falso y dañó enormemente mi ego)

A lo que íbamos: las canicas.

Yo miré mi canica un rato y luego hice dos de las cosas que más me gustan en el mundo: me inventé un rollo y lo dije en alto para que todo el mundo lo oyera. Dije que mi canica no era totalmente redonda, que tenía una grieta en un lado, y que eso siempre me recordaría que la vida no es perfecta y que hay que aceptarla tal y como es. Así era yo con dieciséis años: una budista en potencia.

Después me imagino que el día siguió su curso, y creo que fue en el recreo cuando la PK (para quien no lo sepa: mi amiga del alma desde que llegué al colegio con siete años y le tocó quedársela al pilla pilla, porque ése es el primer recuerdo que tengo de ella) se llevó la mano al bolsillo y se dio cuenta de que había perdido la canica. Le afectó mucho, lógicamente. Pensaría algo así como: "Dios, he perdido la canica metafísica, ahora seguro que destrozaré mi vida y acabaré pinchándome heroína y vendiendo mi cuerpo". Ese tipo de cosas son las que te hacen pensar los profesores enrollados que hacen que pongas el sentido de tu vida en un objeto tan pequeño y fácil de perder.

Entonces, sin pensármelo dos veces, yo le di mi canica.

(Paréntesis: soy TAN generosa. Debería acabar el post aquí).

Para ser sinceros, pensé que, conociéndome, la canica me iba a durar aproximadamente un día, así que mejor se la daba a la PK, que se había quedado muy triste ahora que se veía en el arroyo existencial. También pensé que cuando la vida nos separara y yo pensara en la canica, me acordaría de la PK, y que acordarme de la PK siempre sería mejor que toda la chorrada aquella de la imperfección de la vida que había soltado antes (que total, es algo de lo que me acuerdo sin necesidad de pensar en la canica ni en la ética).

Pasaron los años, y aquellas dos muchachitas se convirtieron en dos mujeres en flor, o casi (creo que tengo prácticamente el mismo aspecto, en realidad). Desde entonces, me acuerdo de vez en cuando de la canica y pienso en la PK. Me acordaba en bachillerato y la veía en mi clase, sentada a unos pupitres de distancia, dibujando caricaturas en la agenda. Me acordaba en Barcelona y me la imaginaba en Irlanda, alimentándose de arroz blanco y aprendiendo palabrotas en japonés. Me he acordado aquí, en Granada, y la he visto en mi facultad (ella estudia Filosofía, pero da las clases en mi edificio), sentada en las escaleras, tomando el sol, riéndose todo el rato. Igual que siempre me quejo de que la vida te separa a menudo de las personas a las que quieres, tengo que reconocer que la vida, en su generosidad, ha mantenido siempre a la PK a mi lado, y no ya emocionalmente, sino físicamente. Gracias, vida. Es de lo mejor que has podido darme. No sabéis lo que es levantarse una mañana de invierno, subir a estudiar a la facultad cagándote en tus muertos y ver a la PK sentada en una mesa, tomando café y fumándose un cigarro. Es como un milagro.

Cuando le di la canica a la PK, pensé que me serviría para acordarme de ella cuando ya no estuviera. Sin embargo, la canica, o la ausencia de ella, me sirve para asombrarme de vez en cuando de que la PK siga cerca de mí.

Escribo esto porque este año está de erasmus en Italia y la echo muchísimo de menos.

Pero sé que el año que viene volverá, y nos intercambiaremos notitas en la biblioteca, y haremos fiestas de disfraces, y bailaremos regetón, y nos reiremos, y seguirá haciéndome ese regalo cotidiano e increíble que es ser mi amiga, y que ni ella se imagina todo el bien que me hace.

6 comentarios:

  1. Cualquier objeto, por pequeño que sea... compara las dimensiones del universo con esa canica... pero los recuerdos y sensaciones que te traen, son aún más grandes!
    Salud/OS!
    PD: En el frasco pequeño está la buena confitura!!

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  2. pero qué historia más bonita y más cálida :) (me doy cuenta de que suelo definirte con esos adjetivos, pero es que siempre se me vienen a la cabeza!).

    (y yo he conocido a la PK! yoyoyo! xDDDDDDDD).

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  3. ¿Y a que es genial la PK? Se merece posts y posts.
    Gracias por vuestros comentarios :)Besitos.

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  4. Qué suerte!
    Mi mejor amiga de la infancia resultó ser al crecer, en realidad, una mala persona y una manipuladora que dejó de ser mi amiga cuando ya no le bailé el agua... así que sí, cuida mucho a la PK. La amistad no es tan frecuente...

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  5. que post más cursi...que comentarios más ñoños...que...¡callense, estúpidos!¡que me hacen llorar!!!sniffff

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  6. Con poco más de lo que has escrito ahí se puede hacer una película.

    Cuando las cosas se cuentan como se cuentan, pueden hacerse todo lo bonitas que uno quiera.

    Es una historia genial. Y lo bueno que tiene es que aún no tiene un final.

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