massobreloslunes: Justicia poética (II)

jueves, 26 de junio de 2008

Justicia poética (II)

Esta historia comienza aquí


III

- La AVICOR, representada por su presidente, John Pinkerton, denuncia a los actores y actrices sentados en el banquillo - la magistrada enumeró los más de veinte nombres de los acusados – por estafa emocional premeditada y dolor romántico intenso.

- ¿AVICOR? – preguntó Meg Ryan en voz baja a Billy Crystal -. ¿Qué es eso?

- Asociación de Víctimas de la Comedia Romántica… Ésos de ahí.

- Madre mía – Meg Ryan miró las filas de bancos, llenas de indignados hombres y mujeres con aspecto de tener deficiencias en sus habilidades sociales. Volvió la cabeza hacia Bruce, que mantenía la vista al frente.

El primer testigo de la acusación, Gary Osman, de Poughkeepsie, Nueva York, era un chico relativamente agraciado, con aspecto de trabajador de Google o de diseñador publicitario.

- Verá usted, señoría… - comenzó, retorciéndose nervioso las manos -. Yo tenía una amiga, mi mejor amiga. Amanda, se llamaba: una chica guapísima, inteligente, maravillosa… Nos llevábamos tan bien… Pasábamos todo el día juntos: tomábamos café, hablábamos de nuestros amantes, nos quedábamos a dormir el uno en casa del otro. Ella me gustaba, ¡claro que me gustaba! Sin embargo, en la vida habría intentado nada con ella, porque sabía que era mucho lo que podíamos perder. Valoraba mucho más nuestra amistad que un par de noches de sexo. Entonces alquilamos “Cuando Harry encontró a Sally”…Meg Ryan sintió cómo todas las miradas se volvían hacia ella y Billy Crystal. Se encogió en su asiento e intentó poner aquella cara de chica atolondrada e inocente que tan buen resultado le daba en las películas.

- Cuando vimos la película, Amanda y yo nos acostamos e intentamos salir juntos – se oyó un murmullo de desaprobación -. Harry y Sally parecían tan felices… Pero fue un desastre, señoría. No duramos ni un mes. Y después, por supuesto, no volvimos a hablarnos. Perdí a mi amiga, a mi alma gemela, por culpa de esos dos – y señaló acusadoramente hacia el banquillo -. ¡Exijo justicia!

- ¡Eso, eso! – corearon los miembros de la AVICOR, aplaudiendo mientras el muchacho volvía lloroso a su lugar.

Uno tras otro, los testigos desfilaron ante los atónitos ojos de Meg Ryan. Tracy Mitchell, de Denver, Colorado, había conocido a un chico por Internet y, después de ver “Tienes un email”, se había convencido de que sería rico, guapo y sensible. El chico había resultado ser un hombre viejo y tartamudo que había intentado violarla. Angus McDonald, de Seattle, Washington, se había empeñado en conquistar a la tía buenorra del instituto, convencido (después de ver “Diez razones para odiarte”) de que ella terminaría por quererle por su interior. El novio, que jugaba en el equipo de fútbol, le había partido un brazo y encerrado varios días en un contenedor de basura. Eva Méndez, de Alburquerque, Nuevo México, se había enamorado del prometido de su mejor amiga y pensaba sinceramente que él descubriría que la amaba y su amiga encontraría a otro mucho mejor justo antes de la boda, con el que se fugaría a las islas Barbados para no volver. Borracha como una cuba, había ido a casa del novio de su amiga a declararle su amor. Éste se había acostado con ella y después la había ignorado y se había casado con su prometida que, harta de escuchar los desvaríos de Eva, que aseguraba haberse acostado con él, le había retirado la palabra (nota: Eva Méndez decía que su situación no era exactamente el argumento de ninguna película, pero que lo que contaba allí era “el espíritu de la comedia romántica”. Al oír esta explicación, la sala en su conjunto asintió, comprensiva).


IV

- Señoría – comenzó su alegato final el abogado de la acusación -, señores del jurado. Han visto desfilar ante ustedes a todas estas personas: hombres y mujeres de a pie, honrados ciudadanos americanos. Todos han sufrido grandes dolores: emocionales y, en algunos casos, incluso físicos - miró en ese momento a Angus McDonald, que sollozó y aspiró con fuerza de su inhalador para el asma -. Con ese dolor, con esa buena fe, estas personas que usted ve aquí – señaló a los actores y actrices, que miraban avergonzados al suelo - se han lucrado vilmente. Han comprado mansiones, se han operado los pechos y han hecho fabulosos viajes. Mis clientes, sin embargo, han tenido que seguir con sus vidas, estirando sus dólares para llegar a fin de mes, sin poder siquiera comprar enormes tarrinas de helados Häagen Dazs para consolarse de sus pérdidas amorosas… porque, señoría, los helados Häagen Dazs son carísimos – murmullos de asentimiento -. Ya que no pueden ser reparados sus maltrechos corazones o ser restituidas sus deterioradas autoestimas, que estos mercenarios de las emociones paguen con aquello que les sobra: dinero. Aunque, señoría, ¿cuánto vale la ex mejor amiga de Gary Osman? ¿Cuánto vale el brazo de Angus McDonald? ¿Cuánto vale, señores del jurado, la honra de Tracy Mitchell? Es una pregunta retórica, no tienen que contestar – aclaró al confuso jurado -. Gracias por su atención.

El abogado defensor (el de Julia Roberts, que era el más caro y, por tanto, supuestamente el mejor), estuvo menos locuaz en su defensa. Habló de la responsabilidad de los guionistas, de que Hollywood daba lo que el público pedía, de cuánto necesitaban las estrellas sus millones para frenar su decadencia física. Meg Ryan se revolvía en su silla. El juicio era absurdo, pero aquel idiota iba a conseguir que los desplumaran. Le pegó disimuladamente una patada en el tobillo a Julia Roberts para castigarla por tener un abogado tan malo y por ser la mejor pagada a pesar de tener esa boca de buzón tan espantosa.

3 comentarios:

  1. Poughkeepsie

    Jijiji... Ahí sí que me has "matao"!!

    Salud/OS!

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  2. Propongo título alternativo:

    "porque, señoría, los helados Häagen Dazs son carísimos"

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  3. Me encanta!!!
    Eres una crackilla literaria!

    Espero impaciente la 3ª entrega!

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