massobreloslunes: Encuentro

lunes, 23 de agosto de 2010

Encuentro

Voy en el autobús volviendo del trabajo. Deben de ser ya las siete y media, más o menos, pero todavía hace un calor tremendo de levante en calma. La gente va por la calle con pantalones cortos, faldas y sandalias, abanicándose, tomando helandos y secándose la cara con pañuelos de papel.

Yo estoy agarrada a la barandilla del autobús, de pie, mirando por la ventana. Mi mente se desliza tranquila por las personas y los contornos de los objetos mientras me regodeo en lo agradable que es volver a casa. Entonces les veo. Están en un murete, cerca de la parada del autobús, y por eso puedo observarlos durante un rato un poco más largo mientras el conductor para y los viajeros suben y bajan.

Él tiene el flequillo largo, despeinado y cayéndole parcialmente sobre la cara. Ella tiene el pelo negro y liso desmayado sobre los hombros, y los ojos y labios pintados de negro. Van vestidos de negro de arriba abajo, con vaqueros y camisetas, y se les ve cómodos sobre el muro, como dejados caer con suavidad, con los huesos encajados en la piedra. Cómodos como estás cuando tienes quince o dieciséis años y te sientas sobre cualquier superficie horizontal sin que te duela el culo.

Destacan en el aire de verano como dos cuervos negros y serios, absortos el uno en el otro, ignorando a la gente multicolor que pasa, que se sube al autobús y que come helados y granizadas. Como si los hubieran recortado del paisaje y alguien hubiera pegado sus figuras encima del muro. Como si pertenecieran a otro plano de realidad. No sé por qué me perturba tanto su imagen, pero les miro todo el rato que tarda el autobús en alejarse.

Después llego a casa y caigo en la cuenta. Son Lex y Lina.

Creo que ese relato es de lo que más me gusta de todo lo que he escrito en mi vida. Supongo que es porque no sé bien de dónde salió. Porque es medio onírico, dulce, triste y raro, y cada vez que lo leo consigue que me emocione un poco, incluso aunque sea mío. Y más aún ahora, que sé que Lex y Lina existen y que están en alguna parte, mirándose a los ojos y hablando despacio, quizá porque ya han abandonado la esperanza de ser vistos.

Qué pena no haberme dado cuenta a tiempo para haber bajado del autobús a decirles que no se preocupen. Que no estén tristes. Que yo les veo.

1 comentario: