massobreloslunes: Minutos

martes, 26 de abril de 2011

Minutos



Nota previa: éste es un post un poco raro, que seguramente sólo será comprendido por completo por los freaks de la meditación. Pero me apetecía escribirlo.
Nota previa 2/mini-glosario: un sankhara es una reacción de deseo o aversión, lo que se intenta eliminar cuando meditas. El metta es el amor compasivo que envías a los demás después de meditar. Servir en un curso, aunque suene raro, es ir allí a ayudar de voluntario en la organización, la limpieza, la cocina etc.




No sé qué edad tiene. No sé su apellido. No sé a qué se dedica. Nos hemos pasado diez días sirviendo juntos en un curso de meditación y desconozco la mayoría de los datos básicos sobre él, de lo que "se debe saber" de una persona.

Los dos somos managers del curso, es decir: somos las personas encargadas de solucionar los problemas de los meditadores. Desde querer una manta hasta querer dejar el curso: todo pasa por el manager. Es un trabajo muy bonito pero muy exigente: meditas muchas horas, tienes la cabeza en mil sitios y eres la primera barrera contra la que se estrellan las negatividades de los estudiantes.

Él y yo, por tanto, somos compañeros de fatigas. Entre el poco tiempo libre que tenemos y que las comidas las hacemos separados, la verdad es que apenas cruzamos cinco o diez frases al día. Nada de larguísimos monólogos explicándonos lo que creemos que somos o lo que esperamos de la vida. En las pausas entre meditación y meditación cambiamos una mirada, una sonrisa, una frase. La sentada debe empezar a una hora concreta y él y yo somos los encargados de tocar el gong. Mientras miramos el reloj esperando a que llegue el momento, me dice "aquí me he dado cuenta de lo mucho que dura un minuto". Yo sonrío, y desde entonces miro mis minutos con cariño y silenciosa admiración, como si cada uno de ellos fuera una enorme moneda redonda.

A la hora de la siesta siempre coincidimos en la cocina. Nos levantamos diez minutos antes que los demás para dar el gong y nos tomamos un rooibos y restos de postre lactovegetariano. Ahí intercambiamos algo más de información: sobre mi trabajo, sobre su vida, sobre la importancia de fluir, el miedo al compromiso, el miedo al cambio. Es dulce. No es borde, ni trata de ser ingenioso, ni me desafía: es simplemente dulce, simplemente bueno.

Tiene rastas. No me gustan los chicos con rastas: me parecen antihigiénicas y no veo que favorezcan. Además, es como superhippy. De estos que compran pañuelos en la India (y dicen "India" en vez de "la India") y luego los venden en el mercadillo. Y es mayor. Bueno, no muy mayor, pero tendrá sus treintaytantos fáciles. Pero es moreno. Me gustan los morenos. Tiene los hombros anchos, y la manera en que sus pies descalzos caminan por la sala de meditación es extrañamente sexy.

Sin embargo, no he venido al curso a ligar, así que observo. Observo mis sensaciones y procuro no buscar más de lo necesario sus ojos castaños en las pausas entre horas. Le pillo mirándome a veces mientras comemos. Yo a veces también le miro a él. Pero no tonteo, no digo frases con segundas intenciones, no me pongo guapa. Sólo soy yo misma, pequeña y ajetreada, de la sala de meditación a la cocina, intentando centrarme en la práctica. Aun así, me noto la calidez en el pecho cuando me sonríe, el nudo en el estómago cuando nos acercamos más de lo normal.

Nos contamos historias de Buda en los intervalos. Me explica que han tenido que sacar un nido de hormigas de la sala y que se le partía el corazón al ver cómo se agrupaban en el camino de tierra para darse calor. También me cuenta cómo cierra y abre las ventanas de la sala en los descansos: "con intención, que la gente medite bien cuando las cierro, que el aire limpie los sankharas cuando las abro". Le escucho traducir las preguntas de los estudiantes a la profesora, que no sabe castellano. Cuando ella responde en inglés él traduce intentando imitar su tono para transmitir el metta.

Me da pena irme. No tendría sentido fuera del curso. Por las rastas, por India, porque él tiene miedo al compromiso y yo tengo miedo al miedo. Así que me da pena que se rompa este vínculo tan frágil, esta burbuja de cariño mudo que hemos construido estos diez días. Una burbuja rara de freaks del Dhamma.

El último día estamos coordinando a los estudiantes en equipos para la limpieza del centro. Él se encarga de la cocina, y cuando paso por allí camino a los baños, con el cubo en una mano y la fregona en la otra, me mira sonriente.
- ¿Dónde estás? - me pregunta, refiriéndose a los equipos de limpieza. Me da la sensación de que es un poco por decir algo, por saludarme.

Yo le miro a los ojos.
- Estoy aquí - le digo, y sonrío.

Él se queda desconcertado un segundo y luego también sonríe.
- Aquí y ahora, ¿no?
- Sí, aquí y ahora.

Y ese minuto, de repente, dura un siglo.

7 comentarios:

  1. Marina, tienes que contarnos más sobre eso de tenerle miedo al miedo (si quieres, claro). ¿Eso implica no tener miedo (aparte del miedo al miedo)?

    AA

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  2. Muy lindo todo Mopi(el post, el chico, tú...)

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  3. Qué guay que estés de vuelta...Te quiero mil!!

    AMOR RASTA!

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  4. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  6. No te estoy intentando petar la cuenta, es que no me deja publicar en anónimo :(
    Muy bonito el final, Marini.
    Besitos,
    Marta

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  7. El contacto entre poca gente y de manera muy estrecha hace que las emociones sean muy intensas. Me pasa cada vez que sirvo tanto con chicos como con chicas aunque de diferente manera.

    La oportunidad de servir en un curso es una vivencia única e inolvidable.

    Si alguna vez te apetece, el grupo de Sevilla realizamos minicursos de un día. Espero verte por aquí.

    Con METTA, ALe

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