massobreloslunes: 35. Vestidos del Averno, toma 1

viernes, 19 de agosto de 2011

35. Vestidos del Averno, toma 1

Bueno, pues después de ver el exitazo de mi post de ayer, voy a escribir sobre lo del vestido, a ver si os mola más. Quiero que sepáis que cada vez que un post se queda sin comentarios, Dios mata a un gatito y yo me voy a la cama llorando. Dicho esto, ahí voy con el tema del vestido.

Es por todos sabido que yo a la boda de mi primo quiero ir estupenda. Porque es mi primo, porque lo idolatro y porque a pesar del Acné del Averno últimamente estoy alcanzando cotas de atractivo nunca vistas en mi persona. En primer lugar, ¡¡estoy morena!! Un moreno verídico, del que te ve la gente y te dice "qué morena estás". Si estoy o no invirtiendo en un futuro melanoma, pues no lo sé, pero yo me veo guapísima. Además, ya os he contado que me estoy poniendo fuerte como los limones, así que ahora me quedo en los probadores mirándome de arriba abajo y preguntándome si eso que veo bajo mi ombligo son mis abdominales. A lo mejor para los demás estoy normalita, pero yo qué sé, yo me veo guapa y eso es lo que importa.

Ahora bien: entre la estupendez bodil y yo se alza una barrera del tamaño de los Urales, a saber: el absurdo concepto de moda de los diseñadores del planeta. Yo no lo entiendo, de verdad. De moda no sé un carajo, pero sé lo que favorece a las mujeres en general y lo que no. Creo que podría diseñar vestidos razonablemente bonitos sin quebrarme mucho. A lo mejor no serían rompedores y tocados por el genio de los grandes, pero favorecerían a las mujeres aunque no tuvieran el cuerpo de Gisèle Bundchen (un poner).

Así que ayer iba yo por el Corte Inglés aberrando de los diseñadores y de la madre que les parió. ¿Por qué, por qué ese empeño en fabricar, producir y distribuir ropa fea? La ropa fea me pone triste. Iba entrando por la puerta del CI de Cádiz que, por cierto, es el primer CI con ventanas que he visto en mi vida y me requetechifla, y rezando silenciosamente una oración: Señor, que encuentre un vestido bonito y no muy caro. Que me luzcan las piernas y el escote. Que tenga un poco de vuelo, así rollo princesita. Y preferentemente rosa.

Primera parada: las marcas baratuzas del Corte Inglés: Fórmula Joven y compañía. Antes de empezar, debo decir que a mí el CI me mola. Creo que el mundo se divide entre personas a las que les mola el CI y personas a las que les aberra. Yo no sé si es porque mi madre me ha llevado allí de siempre y lo tengo condicionado a bonitos recuerdos, o porque es amplio y no suele estar muy lleno, o porque todos esos objetos ahí expuestos me tranquilizan de una forma extraña, pero me gusta el CI. Yo sé que no encaja con mi imagen de chica espiritualgafapastaaventurera, pero es lo que hay.

Como os decía, entro a la sección baratuza. Y he ahí que ya empiezo a aberrar de entrada, encontrándome con varios conceptos de la moda que ni me gustan, ni favorecen, ni deberían existir en esta dimensión. A saber:

1) Los vestidos asimétricos. A ver, diseñadores: la simetría es belleza. Lo decían los griegos. ¿Por qué asimétrico? ¿Por qué un solo tirante? Lo asimétrico no queda bien. En un cuerpazo escultural puedes decir: qué chulo el vestido. Pero es mentira. Lo chulo es el cuerpazo y sería más chulo con un vestido simétrico.

2) El azul petróleo. Ese color que se inventó para deprimir a las masas. Crear vestidos del color de un mono de trabajo: nunca lo entenderé. Es triste, no favorece a las rubias, no favorece a las morenas y sin embargo, vuelve sistemáticamente cada X temporadas. Quizá sea un mecanismo oculto de control político. Aquí los paranoides antisistema tienen mucho que decir.

3) Los lazos y los moñoños. Ese momento de tu existencia en el que ves un vestido estupendo, de un color que favorece y con una forma que podría quedarte bien aunque no seas una top model, y a alguna mente iluminada se le ha ocurrido colocarle un lazo o moñoño en algún lugar bien visible. Para darle el toque. Para hacerlo original. A ver, diseñador de Satán misógino de los cojones, que yo no quiero ser original, que yo quiero estar guapa y sexy, y es muy complicado ser sexy con un moñoño en la pechera.

4) El palabra de honor. De nuevo tenemos un concepto sólo apto para mujeres esculturales y con todo en su sitio. ¿Qué nos pasa a las mujeres normales, es más, incluso a las mujeres fuertes como limones? El palabra de honor es un desafío a la gravedad: tiene que sostenerse sin esos inventos bonitos, favorecedores y bellos en su útil simpleza que son los tirantes. ¿Cómo se sostiene? Pues por presión. Entonces hace su aparición el concepto que me aberra de los PH, a saber: la molla sobaquera. Ese pliegue de piel entre tu sobaco y el vestido que te hace parecer una morsa pellejosa y que aniquila tu capacidad de lujurizar.

Todos estos conceptos, todos, estaban presentes en la sección de marcas baratuzas del CI. Me probé varios vestidos con PH porque no eran azul petróleo, pero me repelió la molla sobaquera y me dediqué a sacar bíceps frente al espejo en ropa interior. Algo es algo.

Después caminé lenta pero inexorablemente hacia la zona cara. La zona "de firmas". El tema de las firmas es curioso. Tú ves una marca que no habías escuchado en tu vida. Agarras una etiqueta, miras los precios y dices "joder, pues debe de ser buena", y entonces ya miras la marca desconocida con respeto renovado. Si queréis triunfar en el mundo de la moda, poned la ropa muy cara desde el principio y punto.

Mi intención en ese momento era ver si por casualidades del universo había algo muy rebajado, mono, sexy, rosa y etc que pudiera llevarme sin arruinarme. Pero me conozco y soy de las que cuando va de rebajas se le antoja la ropa de la nueva colección. Es que no me jodas. Entras en una tienda de rebajas, que parece que ha pasado una manda de elefantes locos por allí, y ves muy colocadita en una esquina de la tienda la ropa de nueva colección. Brilla con un aura prohibida. Parece mucho más bonita y favorecedora que los trapajos de tallas extremas que quedan después de que los elefantes haya arrasado con toda la ropa mona de talla 38.

Total, que me voy por las ramas. Empiezo a dar vueltas por la sección cara con expresión de "aunque vaya en chanclas, podría ser como Julia Roberts en Pretty Woman". No hombre, puta no; podrida de pasta por cuestiones de la vida y dispuesta a gastármela en un vestidazo. Así que al loro, dependientas presumidas.

Llego a una marca de cuyo nombre no puedo acordarme (no sirvo para el fashionismo) pero que me sulibeya enseguida. Vestidos bonitos, con buenos cortes y pinta de sentar bien. Ojeo las etiquetas. Joder, 150 euros pone la primera que miro. Entonces reparo en que no son euros, ¡son libras! Antes de que me dé tiempo a mirar la equivalencia comienzo a darme autoinstrucciones: vaale, Marina, quiero que te quedes tranquiliiiita y dirijas suavemente tus pasos hacia la zona barata de los moñoños. Aléjate de aquí, ¡Aléjate!

Entonces lo vi. El Vestido. De tirantes, una tela rollo sedosa-vaporosa, por las rodillas, ajustado a la cintura, con un bonito escote... ¡y rosa! Mis autoinstrucciones seguían: Vaamos, Mariiina, aléjate, ¡no te veo alejarte! Pero el vestido me llamaba. Me llamaabaa. Así que me dije "me lo voy a probar, si total, aunque no me lo lleve, por lo menos me doy el gusto de mirarme al espejo con algo que no me haga molla sobaquera". Leí la etiqueta con miedo y respeto. Ciento ochenta euros. Al loro. Entonces experimenté una disociación. Mi mente decía "suelta el vestido, suéltalo, suéltalo, no te vas a comprar un vestido de ciento ochenta euros, te pongas como te pongas, que tienes que comer y pagar la luz y echarle gasolina a la moto". Mi cuerpo, entre tanto, estaba mirando las tallas como un chalado.

Total, que me lo probé. Estaba preciosa de la muerte. Resaltaba mi dorado gaditano y mis piernas no muy largas pero formaditas. Princeseé frente al espejo mientras la Dependienta Presumida (DP) me gritaba al otro lado de la puerta si necesitaba más tallas, con voz de "si manipulas la etiqueta para llevarte el vestido llamaré a seguridad". Hice cálculos. Me pregunté si podría sobrevivir un mes a base de arroz. Me propuse ir en bici a todas partes y ganarle la guerra a la dependencia del petróleo. Al final me quité el vestido con lágrimas en los ojos y se lo di a la DP, que me miraba con expresión de compasión por mi pobreza.

Aquí termina el relato de mi primer intento de comprar el vestido del bodorrio (en adelante, VB), que se saldó como sigue: Marina, cero; diseñadores de Satán+limitaciones económicas, uno.

Seguiremos informando.

4 comentarios:

  1. Jajajajaja me partí de la risa, que bueno.

    Piensa algún día en hacer un post con todos los acronismos que utilizas porque dan pie a perderse!

    Besotes y suerte con el vestido!

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  2. pues el de santiago también tiene ventanas

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  3. Quilla, pues el otro día yo me compré un vestido de fiesta en el CI de Graná y por 30 euros!!! Ya tengo vestido para Navidad (manda webs...)!! XD

    Lo suyo es dar paseos por el centro y entrar en tiendas en las que no has reparado en tu vida, seguro que te encuentras una sorpresa en alguna de ellas! Ánimo, bonica!

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  4. Error de principiante, nunca hay que probarse un vestido guay que tiene toda la pinta de quedarte bien si no lo puedes pagar. Luego se te parte el alma cuando lo tienes que dejar allí sólo abandonado en su percha. Ayyyyyyyy, piltrafilla! XDDDDDDDDDDD

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