massobreloslunes: El olvido, esa cosa con plumas

jueves, 22 de diciembre de 2011

El olvido, esa cosa con plumas

Cuando mi mejor amigo A. dejó de hablarme, hace ahora dos años, pensé que me moría. Al principio no le di mucha importancia, porque creí que era un berrinche y se le pasaría pronto, pero cuando me di cuenta de que realmente tenía intención de No Volver a Hablarme Nunca, se me partió el corazón.

Yo no soy nada rencorosa. Dicen que para serlo hacen falta buena memoria y fuerza de voluntad, y yo no tengo ni una cosa ni otra. El rencor ajeno, por lo tanto, me resulta extraño y sobrecogedor. Vale que mi mejor amigo dejó de hablarme por mi puñetera y grandísima culpa, y vale que yo tendría que haber hecho las cosas de otra manera pero, ¿dos años? ¿Cómo puede alguien estar enfadado tanto tiempo? ¿No se aburre?

Hoy quería escribir sobre esto no por contar el asunto en sí, que es demasiado íntimo y escabroso incluso para este blog, sino para hablar del proceso. Porque aunque la realidad me siga atravesando con sus uñas de bruja, y aunque aparezcan nuevos niveles de dolor y puteo que desconocía, pienso que si pude con lo de A. podré con todo.

Porque fue un proceso muy difícil. El silencio me saca de quicio, ya lo he dicho alguna vez. Me gusta el lenguaje, la comunicación, y prefiero cualquier tipo de enfrentamiento a la dolorosa ausencia de palabras. Ahí estaban todos mis sentimientos: mi rabia, mi ira, mi culpa, mis fantasías de perdón y de venganza. Pero estaban solos. Se estrellaban contra la nada de su silencio y se quedaban así, removidos y hambrientos de que alguien los escuchara.

El dolor iba y venía, por oleadas. Había veces que pasaba semanas levantándome y acostándome con mi amigo en la cabeza, y me preguntaba qué iba a ser de mí, si me iba a seguir doliendo siempre. Porque la intensidad no disminuía con el tiempo: cada vez que reaparecía la pena, era igual de fuerte que la vez anterior, y por más que pasaban los meses me veía incapaz de arrancarle de mi cerebro.

Intenté muchas estrategias. Ignorarle, escribirle aunque él no me contestara, escribir yo sola en mi ordenador largándolo todo sin pudor cuando sabía que nadie iba a leerme. Mi casa estaba llena de objetos que me recordaban a él. El libro de ajedrez que me regaló cuando quise aprender a jugar. El cubo de rubik de competición que me compró por ebay. La pulsera y la rosa de los vientos que me trajo de Túnez. Con todas aquellas cosas yo mantenía una relación ambivalente: quería que estuvieran por allí, y al mismo tiempo cada vez que las miraba me pinchaba el corazón. Pero esconderlas o tirarlas suponía renunciar por completo a la presencia de mi amigo en mi vida, y no estaba dispuesta a hacer eso.

Los sentimientos se me iban revelando como las capas de una cebolla. Al principio, la culpa y la vergüenza no me dejaban respirar. No quería más que volver atrás en el tiempo o darme cabezazos contra la pared por haber sido tan estúpida. Luego llegué a un punto en que fui capaz de perdonarme, y entonces empecé con la autocompasión. Recuerdo que le decía en silencio "no lo harías si supieras cuánto me duele", lo que era mentira, porque él sabía perfectamente cuánto me dolía y aun así seguía haciéndolo. No por nada, sino porque no podía ser de otra manera. Después de la autocompasión vino una rabia tremenda y me cabreé mucho.

No sé en qué punto empezó a dejar de doler, pero fue mágico. Como cuando una muela te está haciendo polvo y te tomas un ibuprofeno, y cuando el dolor deja de sacudirte es como si se hubiera producido un minimilagro en tus nervios. Llevaba tanto tiempo sufriendo por ese asunto que de repente me notaba relajada y ligera.

Tampoco sé muy bien qué ayudó. Creo que por una parte fue el tiempo. No hay mal ni bien que cien años dure, es verdad; la vida sigue, nos llenamos de nuevas experiencias, conocemos a otras personas y al menos cambiamos de preocupaciones. Mi amigo A., sencillamente, ya no forma parte de mi vida; ya no le computo. Me costó un montón llegar a ese punto, porque antes absorbía cada gota de información que podía conseguir de él por otras vías. Un día dejé de preguntar, sin más, y todo fue más fácil.

También me di cuenta de que él ya no me quería. Yo no creo en el amor de ida y vuelta, ya lo he dicho. No entiendo ni entenderé jamás que los sentimientos puedan cambiar de esa manera. He estado muy cabreada, pero sigo queriendo a mi amigo o, por lo menos, a su recuerdo. Sigo pensando que era un encanto cuando me invitaba a comer a su casa o me dejaba elegir bar de tapas; extraño su risa y su sentido del humor, ir al cine con él y negarme a compartir palomitas; me sigue enterneciendo el recuerdo de su sensibilidad, de cómo le gustaban Calvin y Hobbes o tocaba a Beethoven en su piano eléctrico. Pero, noticias frescas, no todo el mundo siente como yo, y parece ser que hay quien es capaz de dejar de querer. Y a mí mi amigo A. ya no me quiere.

El invierno pasado me lo encontré en Granada cuando fui de visita. Nos cruzamos por casualidad y charlamos unos minutos, y en realidad fue como si nos hubiéramos visto el día anterior. Fue bonito. Entonces él me dijo que si quería quedar luego para tomar algo, y aunque yo no podía ver mi cara, porque eso es imposible, la sentí iluminarse como un árbol de navidad. Claro, dije, claro que quiero, dame el toque luego y nos vemos en el centro. Y bajé Cartuja ilusionada como una niña, sólo de imaginarme que tomaba café con mi amigo en el Bohemia o en algún otro bonito bar granadino, que podía mirarle a los ojos oscuros, reírme con él y contarle cómo estaba siendo mi nueva vida en Cádiz.

No llegamos a quedar. Se evadió con excusas ese día, y después en Málaga en vacaciones, y al final me mandó un mail en el que puso que creía que ya no tenía nada que decirme. Y no me molestó tanto descubrir que me odiaba, que era algo que yo más o menos intuía, sino que me dolió la forma en que él había agarrado mi ilusión y la había estrellado contra el suelo. Creo que ése fue más o menos el momento de insight: cuando te das cuenta de que alguien te está haciendo daño de una manera tan frontal y directa que tú, si tienes un mínimo de sentido del autocuidado, no puedes permitir que suceda.

A partir de ahí todo fue más fácil. Guardé el libro, el cubo, la pulsera y demás objetos transicionales en el cajón inferior del armario, dentro de una bolsa de plástico. Quité su número del móvil, renunciando al breve alivio que me producía verlo cuando buscaba un teléfono con la letra A. Le borré por fin del messenger, porque cada vez que veía su nombre en la pantalla y él no me hablaba era un nuevo rechazo. En realidad, me dedicaba a borrarle y añadirle cada cierto tiempo, pero llegó un día en que no sentí la necesidad de añadirle otra vez.

Escribo esto porque es navidad, hace ya dos años que no nos hablamos y barajo la idea de escribirle por si le apetece tomar algo. Es raro, porque ya no siento que esté poniendo mucho en juego. Sé que, me conteste lo que me conteste, no me va a dejar con esa sensación de puñetazo en el estómago que me daban antes sus respuestas. Ya no tiene ese poder porque ya no es parte de mi vida ni parte de mí. Pero me da un poco de pereza que me mande otra vez a la mierda. Y ni siquiera sé si me apetece mucho verle.

También escribo esto porque me ha parecido importante compartir el proceso. El mágico proceso de sanación de los corazones, oh ah uh. El indicador definitivo de que ya pasó es que hace meses que no sueño con él, cuando hubo una época en que me pasaba casi todos los días. Le veía en sueños, estábamos bien y entonces yo le decía: "¿Esto es real, no es un sueño? Porque tú no me hablas". Y él sonreía con sus ojos redondos y me decía: "Es real, te lo juro." Así de puteante era mi inconsciente.

Y a pesar de todo esto, pasó. Pasó y ha pasado y ya no duele. Ahora duelen otras cosas, claro, porque mientras el apego permanezca, el sufrimiento seguirá encontrando su camino a través de mi pequeño y cansado corazoncito. Pero está bien recordar nuestra capacidad de salir adelante, sobre todo en días como hoy, cuando la navidad me está estrujando el cerebro como si fuera un estropajo y no quiero más que acurrucarme en la cama en posición fetal y desear que algunas cosas sean de otra forma.

8 comentarios:

  1. Lo siento... Que pasen estas cosas, en general, y que te hayan pasado a ti en concreto. Yo en este momento estoy en el lado de quien ha cortado contacto con gente que ha sido muy importante en su vida y bueno, también es un poco horrible (porque está bastante reciente, sobre todo :(). Pero está bien saber que por los dos lados al final se sigue adelante.

    Gracias por compartirlo :)

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  2. Ya ves, todo pasa.
    Esto que a veces es un alivio, a veces duele como la puta madre, porq hay sentimientos q aunq duelan no quieres q dejen de estar porq significan hundirte lentamente en la cotidiana mediocridad del sentir "más o menos", y eso no es lo q deseas, y vibrar aunq duelea,es, en ocasiones, deseable. Pero insano. Y ahí vamos. Muy buenos días!

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  3. Siento lo de tu amigo. A mí me pasó algo muy similar, aunque en mi caso nunca fui consciente de haber hecho algo para provocar esa desaparición. Sigo sin saberlo, de hecho, pero ya casi no importa.

    Yo creo que el olvido es una decisión inconsciente que tu organismo toma cuando estás preparado para avanzar. Lo malo es que conscientemente, no creo que puedas hacer nada para hacer que suceda más rápido. Pero ay, el momento en que revolcarse compulsivamente en la autocompasión ya no es una alternativa válida para ti es tan zen... :)

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  4. Iba a decir aquello de "a mí me pasó lo mismo...", pero no es del todo cierto, porque fue hace tres años y había algunas complicaciones añadidas y el silencio y la distancia fueron impuestos a pesar de la cercanía (eso implica encontrarnos muy a menudo).

    Hoy es el día que no hemos vuelto a hablar. Hoy es el día también en que sigo echando de menos nuestra amistad, para qué negarlo. Pero también sé que no podría volver a aquello, porque si te destrozan la ilusión, luego no hay forma de recuperarlo.

    En mi caso, no es rencor lo que siento...pero sí una punzada de cuando en cuando, preguntándome porqué las cosas no se pueden arreglar hablando, y siempre se toman las decisiones más drásticas...

    Pero bueno, la vida te obliga a ir cambiando las preocupaciones que te ocupan en cada momento ¡menos mal! :)

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  5. Pues para mí lo de negarle eternamente la palabra y la amistad a alguien puede tener su encanto si es un caso muy justificado. No suelo tener problemas con nadie, pero curiosamente, este 2011 he roto contacto con dos personas de forma indefinida. Lo que pasa es que mi caso es completamente distinto al tuyo, porque no rompí con dos amigos precisamente. Y en cambio, hay personas en mi vida que, si me dejaran de hablar, pasaría exactamente por lo mismo que has pasado tú.
    Pero bueno, espero que la vida te dé tantas sorpresas y te ponga personas agradables a tu lado, y así esto se pueda ir minimizando cada vez más.
    Un abrazo.

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  6. :( Has descrito con tal terrible detalle mis peores experiencias del 2010 que solo se me ocurre responder con un emoticono triste (porque cómo voy a dejar este post sin contestar, aunque aún tenga otros pendientes). Yo también recuerdo el momento en que los sueños diarios comenzaron a espaciarse en el tiempo y el alivio en la garganta que supuso. Afú :******

    Cos

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  7. Qué bonito...me he emocionado de verdad Marina...ufff...emocionada.

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  8. Dice Bambino en una de sus canciones:

    "Odiame por piedad yo te lo pido,
    Odiame sin medida ni clemencia
    Odio quiero mas que indiferencia,
    Porque el rencor hiere menos que el olvido.

    Si tu me odias quedare yo convencido
    de que me amaste mujer con insistencia.
    Pero ten presente de acuerdo a la expericiencia
    que tan solo se odia lo querido
    Pero ten presente de acuerdo a la expericiencia
    que tan solo se odia lo querido."

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