massobreloslunes: SSHP 1: La tatuadora enamorada y el fluflú de invitados

jueves, 23 de agosto de 2012

SSHP 1: La tatuadora enamorada y el fluflú de invitados

Me suena el movil a las seis de la mañana. He dormido en ciclos sucesivos de despertarme muerta de calor-poner el aire-despertarme muerta de frío-quitar el aire, y me despierto sintiendo una mezcla entre sueño, resaca y entusiasmo ridículo. Mi casa parece Hiroshima. Ayer me dediqué a dar vueltas por la Bahía pagando las compras del viaje con monedas de dos euros autorrobadas de la hucha que me regaló mi padre, y cuando llegó el momento de hacer el equipaje me había convertido en un manojo inservible de sueño y hambre. Me cociné los restos que encontré en la nevera y me eché a dormir con todo por medio y sin mucho cargo de conciencia. Es mi viaje y me lo follo cuando quiero.

Pero no es exactamente así, porque he quedado a las ocho en Chiclana para recoger a una pasajera con la que voy a compartir coche. Me lo sugirió mi hermano y me pareció una buena idea desde el principio, sobre todo cuando hice el cálculo de cuánto iba a gastar en gasolina si pretendía cruzarme España con la furgo. A las nueve y media, en teoría, deberíamos llegar a Sevilla para recoger al segundo pasajero, que además se ha ofrecido para turnarse conduciendo.

Salgo tarde, como siempre, pero estoy tan contenta de hallarme ya en camino que ni me importa. Enfilo la autovía camino de Chiclana. La zona entre Chiclana y Conil está poblada de asentamientos dispersos, y cuando intento localizar los sitios por aquí es como una versión sólo un poco menos amenazante de "Carretera Perdida". Cris, la pasajera de Chiclana, es una madrileña que me llamó ayer por la tarde explicándome que no tenía forma de llegar hasta San Fernando tan temprano. "Tú tranquila - le dije -, que yo te recojo". Desde que empecé a preparar en serio el SSHP no quiero más que generar buen karma. Como iré desvelando en los próximos días, el proyecto se basa en gran medida en la buena voluntad ajena, así que estoy dispuesta a ponerlo todo de mi parte para devolver generosidad al universo.

Doy vueltas por Chiclana mientras amanece despacio detrás de los campos. La neblina cubre un sol de un amarillo apagado y yo disfruto de la novedad de no tener que poner el aire. Cuando, después de unas cuantas vueltas, llego a la venta donde habíamos quedado, me reciben un chico con rastas y cara de buena persona y una chica alta y pálida con el cuerpo lleno de tatuajes. Ella coloca la mochila en la furgo y, mientras escribo al chico de Sevilla para avisarle de que llegaremos tarde, se come al chaval a besos en la puerta del bar. Hay algo muy tierno en los besos, algo mucho más cariñoso que apasionado, y yo no sé si mirar a otro lado o negarme a ser el volante ejecutor que separe a estos dos chicos tan lindos. En el porche de la venta, unos cuantos hombres mayores toman café y observan el paisaje quieto, mientras la luz de Cádiz va tiñendo el campo del resplandor hiperrealista que me enamora.

Cogemos la carretera que cruza los cultivos. El chico nos sigue en un ciclomotor, y Cris asoma medio cuerpo con la ventanilla mientras le dice adiós con la mano. "Vaya disgusto que tengo", susurra cuando perdemos de vista al chaval, y después empieza a llorar mientras me explica que ella en realidad es una chica dura y fría y sin sentimientos, pero que ahora mismo lo siente muchísimo pero no puede hacer otra cosa.

La historia es de best seller. Se conocieron porque ella, que es tatuadora, entró en el estudio de él, que también es tatuador, cuando estaba pasando unos días en Conil con unas amigas. Se encantaron, ella volvió a Madrid, después regresó a pasar cinco días y ya lleva allí quince. No se quiere ir. Llegó siendo una urbanita escéptica y ahora llora campo a través mientras me explica cómo es la casa del chico, la máquina que ha inventado para destilar el agua, los jabones que fabrica y su costumbre de llevarla por ahí a ver atardeceres y estrellas. Cris ya odia Madrid, la ciudad y todo lo que no tenga que ver con el chico de las rastas y con su corazón atrapado en los campitos de Conil.

Tardamos unos veinte kilómetros en empezar a filosofar de la vida y del amor, y yo empleo todo mi kamizakismo sentimental en animarla. Que es muy difícil esto que te ha pasado, le explico. Enamorarte, que se enamoren de ti y que ambas cosas pasen con la misma persona. Encontrar esta magia pequeña pero potente que te ha sucedido en Cádiz. Esto que te ha cambiado. Que te tomes tu tiempo, claro, pero joder, que de verdad, yo lo daría todo si me pasara algo así. "El día que te encuentre en el camino/ yo dejo todas mis cosas, me quedo contigo", cantaba un tipo al que vi hace unos meses en Youtube. Y es así, de verdad: el día que Te encuentre, lo juro, yo me paro, dejo mis cosas, me quedo contigo. Porque para todo lo demás hay sustitutos, Cris, de verdad: que me lo digan a mí, que me voy sola a escalar y a viajar tirando de Internet y de la buena voluntad de la peña, que trabajo y escribo y vivo como quiero. Pero un ser así no te lo puedes inventar. No puedes escribirlo de la nada, ni moldearlo con arcilla ni diseñarlo por ordenador. Te tiene que pasar, y si te pasa hay que ser agradecido.

Sólo llevamos una hora de viaje y la cosa ya se está poniendo intensa, así que agradecemos que se incorpore Mauricio, el tercer pasajero. Adaptamos la conversación, que imagino que el chaval estará flipando al entrar a las diez de la mañana en un coche cargado de confesiones femeninas, feromonas y resaca emocional. Los tres conectamos bien. Mauricio es desarrollador de videojuegos y me explica cómo eran los frikis antes de que existiese Internet: una tribu que intercambiaba disquetes vía correo y que cubría los sellos con papel celo para poder quitarle después el matasellos con salivilla y reutilizarlos.

Nos coordinamos como una pequeña familia transitoria. Cris duerme a ratos en el asiento trasero y Mauricio conduce un par de horas mientras yo saco fotos con la réflex. Charlamos sobre cooperación, democratización de la cultura, trueques, huertos ecológicos, micromecenazgo. Mauricio está lleno de una fe pragmática en que esta época es un nuevo Renacimiento. Éste también es su primer viaje compartido y va encantado; "me van a faltar estrellitas para valoraros positivamente en la web", me explica.

Para cuando llegamos a Madrid, Cris se ha ofrecido a acompañarme a mirar pies de gato cerca de su casa, Mauricio me llama "comerrocas" y quiere presentarme a amigos que escalan y los tres hemos sucumbido al típico síndrome post-experiencia compartida de "jo-ahora-me-da-pena-que-nos-separemos". Así que aterrizamos en Lavapies, aparco la furgo y esperamos en casa de Cris a que se limpie el tatuaje que su amor chiclanero le hizo llorando ayer. Le extiendo el Bepanthol con suavidad mientras sus gatas nos observan desde el suelo del piso, bebemos algo de agua fría frente al ventilador y salimos en dirección a la calle del Rastro. Allí visitamos varias tiendas de montaña, y al final consigo unos gatos interesantes por muy buen precio mientras me aterrorizo pensando en el porcentaje de sueldo que se me va a quedar el año que viene en estas calles. Volvemos despacio hacia mi furgo y antes de llegar compramos helado para los tres. "No es de Donetes, pero no está mal, ¿no?", dice Mauricio, porque lleva escuchándome hablar del helado de Donetes desde Mérida.


Mía y Musa, las gatas de Cris

Nos despedimos con penalegría: dícese del sentimiento de pena porque se acaba un rato bueno con gente linda, alegría porque algo ha salido bien. Mientras cruzamos la plaza de Lavapiés, Cris me explica que ayer estuvo a punto de coger un autobús para Madrid, pero que decidió que si encontraba a alguien que la trajera en coche, se quedaba una noche más. "Así que gracias por una noche más", me dice, "ha sido un gran favor, has hecho buen karma". Yo levanto la vista al cielo: "es decir, que el Destino me debe una noche de amor en este viaje, ¿no? Al menos una". Cris y Mauricio están de acuerdo: ya hemos decidido los tres que, por lo menos hoy, el destino está de nuestra parte.

Después de casi morir conduciendo por las calles de Madrid, llego a casa de la PK. Allí es todo pues... como estar con la PK, que es genial de principio a fin. Nos alimentamos exclusivamente de vino y brownies de chocolate, jugamos al bingo, bailamos sevillanas, encadenamos chorradas que muy probablemente no le harían gracia a nadie más. Me lleva encantada a la cocina y me enseña el bote de spray con agua fría que guarda para las noches madrileñas. Después saca otro: "es el fluflú de invitados y es para ti", me explica. Doy palmitas, entusiasmada, y pasamos el resto de la noche flufluseándonos alternativamente.

Ahora estoy escribiendo en la habitación de la abuela de la PK, que podría ser perfectamente la habitación propia de la que hablaba Virginia Woolf. Es enorme y tiene una cómoda, una mesa camilla y un armario más grande que mi casa. La PK ha gruñido un poco cuando me he retirado a escribir, pero le he explicado que TENGO que escribir hoy, que es parte del proyecto. Me apetece contar este día. Ha sido un buen día. Así que insisto y me siento aquí, frente al enorme armario de espejos, a teclear deprisa y con sueño. Barajo la idea de servirme una última copa de vino, pero mañana hay que conducir de nuevo.

 Dándome al fluflú en mi habitación Virginiawolfense

El SSHP ha empezado estupendamente. Con su parte Hill (comprar gatos y acariciar embelesada el material de montaña) y su parte Steinbeck (ahora), con gente linda, helados, vino, risa y baile. Va, Jesusito, con que se mantenga así me conformo. Hasta te puedo perdonar el asunto de esa noche de pasión que me debes.

Mañana más, pero no mejor.

Nota: estoy sacando fotos medio decentes con la réflex, pero tendréis que esperar al final del viaje para que las suba.

4 comentarios:

  1. Disfruta del viaje, y huye de Madrid en cuanto puedas, hace demasiado calor aquí. Besos.

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  2. A disfrutar del viaje! Suerte!

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  3. "Gracias por una noche más". Me ha dado un vuelco el corazón y me han saltado las lágrimas. No sabes lo duro que es para los que vivimos con el corazón a muchos -demasiados- kilómetros de distancia, así que que alguien te regale una noche más es... inexplicable.

    Espero que tu viaje siga genial, el karma te lo debe.

    Un beso.

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  4. Ay, me eeencanta esta actualización! :)

    Un beso!

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