massobreloslunes: SSHP 6: Sábanas de franela

martes, 28 de agosto de 2012

SSHP 6: Sábanas de franela

Esta mañana, por primera vez en semanas (o quizá meses), he dormido nueve horas del tirón. Con mantita. En medio de una absoluta oscuridad. Al despertar, me ha costado un poco menos orientarme que en días anteriores: sigo en Jaca, mis músculos ya no duelen tanto, hoy me marcho de aquí. Miro la hora: no me puedo creer que sean las diez. Y yo que quería madrugar y salir tempranito. Pero bueno; qué prisa hay. Estoy de vacaciones.

Jorge me dice que él también ha dormido estupendamente. Nos comunicamos los mutuos estados de nuestro estómago: parece ser que los dos nos medio intoxicamos de tragar agua en el barranco (nota mental: añadir razón para no volver a hacer barranquismo jamás) y ayer pasamos el día con la tripa levantada. Compartimos un desayuno de tostadas, café y queso de Arriel en el salón inundado de sol de su piso. Recojo mis cosas, que en cuatro días parecen haberse reproducido por su casa, cargo la furgo y nos despedimos. Jorge me desea suerte, yo le prometo que para cuando nos reencontremos habré aprendido algo de escalada clásica y nos podremos ir por ahí a subir muros espectaculares.

Programo el GPS para Polientes y cojo la carretera. Hace un día tan luminoso que cuando paso junto a Pamplona cualquiera diría que estoy en Marbella. Esto no es El Norte, que me lo han cambiado. Paro a comer en un área de descanso en la frontera entre Navarra y Álava, junto a un riachuelo y una cueva enorme donde en teoría se escala. En la práctica, parece que hoy nadie tiene ganas de freírse en las paredes. Me preparo un poco de puré de patatas para mi estómago chungo, leo un rato en mi ebook a la sombra de los árboles, lavo los platos en el riachuelo frotándolos con arena en plan trampero-jipi-no contaminante.

A partir de Vitoria, el GPS me lleva por carreteras secundarias y estrechas a través de un paisaje que mezcla el norte verde con la Castilla extensa y árida. Me cruzo literalmente con cinco o seis coches en todo el camino. Paro en Oña para comprar algo de comida, porque no me fío del tamaño de los pueblos que me quedan hasta Polientes. Recuerdo cuando estuvimos de campamento con los scouts por la zona de Burgos. Habíamos programado una ruta calculando las compras de comida en función de los pueblos que aparecían en el mapa. Cuando nos dimos cuenta de que en Burgos un pueblo equivalía a tres casas y una vaca, ya era demasiado tarde y tuvimos que pasar una semana comiendo arroz blanco.

Oña es un pueblo bastante animado con un monasterio gigante que ni de coña me apetece visitar. El día sigue absurdamente azul, y los paisanos se agrupan en las terrazas con cara desconcertada. Yo voy tienda por tienda recolectando comestibles: jamón y morcilla en la charcutería, aceite y leche en el súper, media barra de pan en la panadería. Entonces paso junto a una plaza con una fuente que queda justo en medio de un chorro de sol. A un lado, en el suelo, se ha sentado una niña de unos trece años, con cuerpo patilargo de adolescente y un rostro extraño, casi ido. Se ha remangado la falda sobre los muslos y se los moja con agua de la fuente. Me quedo mirándola, echando de menos la cámara y preguntándome qué piensa mientras se moja las piernas al sol, qué es de su vida, a quién espera.

En general, si miras la vida con la suficiente atención, te das cuenta de que todo el mundo tiene un pequeña o gran preocupación, lo que no es más que una forma distinta de decir que todo el mundo tiene su pequeña o gran historia. Cuando viajas lo percibes todavía con más potencia. Qué lleno está el mundo de personitas, y qué importantes y triviales son todas. También es fácil darse cuenta de que el dolor está muy cerca en casi todo el mundo: que lo que marca la frontera entre no conocer y conocer a alguien es darte cuenta de que, como todos, está roto en alguna parte. Esto voy pensando yo mientras camino por Oña, y me pregunto si no será un requisito para ser un buen escritor o un buen psicólogo: reconocer la dignidad y la belleza de todas las historias, reconocer y rendirse ante la presencia del dolor.

Sigo camino hacia Polientes. Conduzco fascinada y tranquila por las carreteritas del norte de Castilla; está claro que lo que hace estresante conducir es el hecho molesto de tener que compartir la carretera con más coches. Carlos, el chico que me aloja, me ha advertido de que Valderredible, el valle donde está su pueblo, no es la típica zona verde norteña que yo tengo asociada en mi cabeza a Cantabria, así que a medida que me acerco y el paisaje sigue plano y amarillo, me resigno a que el norte me siga escamoteando el verde. Pero de repente en un cartelito pone "Cantabria", el camino gira hacia la izquierda y aparece un valle encantador con el Ebro al fondo, lleno de vegetación, bosquecitos y campos de cultivo. ¡Pero qué bonito es esto!, exclamo en voz alta. Paro la furgo en un merendero junto al río y me preparo un bocadillo de jamón y dos colacaos, dos (pero sólo porque las tazas de mi furgo son muy pequeñas. En serio).

A las ocho y media aparece Carlos en una furgo blanca. Viene de hacer surf en Asturias y es encantador de principio a fin. Vive en un piso grande y destartalado en el único edificio de Polientes que alquila habitaciones, y enseguida me instala en un cuarto de camas gemelas y me deja meter mi comida en su nevera. Nos reunimos en el salón con otras dos amigas suyas. Parecen gente linda, gente sana que estudió medioambientales y ama cosas raras, como los animales o las cortezas de los árboles. A mí me entra una nostalgia tonta de Jaca, que al lado de Polientes parece Nueva York, pero enseguida me fascino por la Cantabria profunda y me engancho a leer los cómics que Carlos dibuja en las tarde de invierno.

Ahora estoy sentada en la cama, que acabo de hacer con las sábanas de franela que me ha prestado Carlos. Sábanas de franela. Qué arte. Me imagino poniendo sábanas de franela en Agosto en Cádiz y me pica el cuerpo. Estoy instalada en la habitación de los deportes: el cuarto donde Carlos guarda la bici, la tabla de surf, los cascos de bici, los pies de gato, y una vez más me sorprende esta constatación de la de vidas que hay en el mundo y la extraña presencia que tienen las cosas cuando sus dueños no están.

Y sin más me despido, que mañana me llevan a una ruta hacia un bosque de ¿hayedos? ¿robles? No lo tengo claro. Mi amor por la naturaleza es inversamente proporcional a mi interés por sus detalles teóricos. Sed felices. Viajar es bonito. Se ven más cosas, se vive más, todo se amplía y el tiempo se extiende en tu mente por el benéfico efecto de la dopamina cerebral. Viajad, viajad, malditos. Y contadlo luego.

1 comentario:

  1. Por diosa, tu SSHP da envidia máxima! Y el pueblecito del que hablas tiene pinta de ser precioso! Se me olvidaba, yo también duermo con sábanas de franela en invierno y oh, gran, gran placer! :p

    :*

    ResponderEliminar