massobreloslunes: La escena del crimen

viernes, 12 de octubre de 2012

La escena del crimen

Imaginad que me muero ahora. Como he muerto, no me presento mañana a las nueve y cuarto en la gasolinera de Cortadura para ir al encuentro de escaladoras que se celebra este puente en el Chorro. Mis amigos piensan que me he retrasado y esperan, después me acosan a whassaps, luego me llaman y, por último, se preocupan. Tardan un poco en averiguar donde vivo, y cuando la policía echa abajo la puerta de mi casa me encuentran ahí. Muerta, probablemente porque me atraganté con una nuez y no había nadie cerca para hacerme la maniobra de Heimlich. Que nadie pueda salvarme si me atraganto es una de las cosas que más me putea de vivir sola, junto con no poder llamar a mi móvil para que suene cuando no lo encuentro.

Como decía, estoy aquí muerta como una capulla y la policía científica acude para asegurar que me morí de muerte natural y que no vino nadie a meterme por la fuerza la nuez en la tráquea. ¿Qué verán cuando investiguen el piso?

Verán un piso que hoy, concretamente, está hecho un desastre. Sobre la vitrocerámica hay un brownie recién hecho que pretendo llevarme al Chorro, sólo porque cocinar pastel, comer masa cruda con los dedos y el olor a chocolate saliendo del horno, me dan sensación de hogar y me permiten sentir que estoy cuidando a alguien. No sabrán que ni siquiera he cocinado comida normal para mañana, y que llevo toda la tarde eludiendo preparar algo parecido a un equipaje de forma seria.

Verán la guitarra tumbada encima del sofá, con el mástil apoyado en la almohada donde me he echado una siesta relámpago. Se imaginarán que yo las siestas me las echo en el sofá por principio, y se preguntarán qué habré tocado con esa guitarra antes de encontrarme con mi destino trágico de atragantada. Si trastean el historial del ordenador, se enterarán de que he estado otra vez perpetrando Zahara y algo de Vetusta Morla al auditorio mudo de mi ventana abierta.

Verán los tapones de los oídos junto al ordenador, pero no creo que lo relacionen con la lavadora todavía puesta, y con que no soporto el ruido del centrifugado. Verán el bloc abierto encima del microondas y la foto que he copiado en estos dos días: el perfil de un amigo de la roquipandi asegurando a otro, mirando al cielo con la cuerda atravesando el plano. Quizá piensen que el dibujo no está mal: no sabrán lo descontenta que estoy con las proporciones del cráneo y lo mala que me ha parecido a posteriori la idea de utilizar un lápiz 2b para la cara y un 4b para el pelo.

Verán los tiestos de la furgo amontonados en la entrada, e ignorarán que me he apañado para dejar otra vez para el final el equipaje del finde. Que por mucho que me embargue la emoción cada vez que lleno las mochilas antes de salir hacia la roca, sigo aplazando los preparativos hasta que no tengo más remedio. Verán los platos sucios en el fregadero y sentirán un poco de lástima: quizá anticipen el Síndrome de Diógenes que pienso padecer cuando me haga vieja y tenga que vivir sola y rodeada de gatos.

No verán que hoy ha sido un día raro pero bueno, de biorritmos trastocados y estado de ánimo cambiante. Que ha empezado conmigo arrastrándome penosa por el hospital, pensando que Hoy De Verdad Que No Quiero Trabajar, y ha ido mejorando hasta encontrarme esta tarde sentada en el suelo de una librería, fisgando en las baldas de abajo y preguntándome por qué tengo tantas manías absurdas en lo que se refiere a los libros. Que hoy he cantado Shakira dentro del coche, como si mis ventanas fueran espejos unidireccionales y los peatones que cruzaban el paso de cebra no pudieran mirarme con preocupación. Que a lo mejor estoy mucho más cerca de ingresar en Agudos de lo que piensan.

Sabrían mucho de mí los polis que me encontraran y, al mismo tiempo, ignorarían mucho. Qué curiosos icebergs somos las personas. Cómo flotamos en el espacio del mundo enseñando sólo la octava parte de lo que sabemos, sumergiendo lo demás en una intimidad gélida, sacándolo a veces a flote (siempre con esfuerzo, siempre sabiendo que volveremos a hundirnos) para creer durante un rato que no estamos solos.

6 comentarios:

  1. Me ha hecho gracia eso de que te putea vivir sola porque nadie está ahí por si te atragantas, nunca lo había pensado. Pero concuerdo con lo del móvil! (me pasa *tantas* veces)

    Que tengas un puente genial en la roca!

    Un besote!

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    1. Pues es una de mis preocupaciones principales. Aunque al parecer hoy se ha atragantado una en la cafetería del hospital y sólo un médico ha sabido hacerle la maniobra de Heimlich, el resto se ha dedicado a darle palmaditas y a preocuparse. Da qué pensar.

      Besos :****

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  2. Eh, yo también he estado pensando estos días en escribir un post sobre mi muerte.

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    1. Se conectan pavorosamente nuestros cerebros. Yo pienso a menudo en mi muerte. Lo que pasa es que si realmente desaparezco cuando me muera, no va a tener ni puta gracia. Pero saber qué piensa la gente, oír cosas bonitas de mí y tal, sí que me molaría.

      Besitos, señor K.

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  3. Yo he divagado muchas veces sobre eso, la última vez hace poco con la noticia de la señora que encontraron momificada en su casa. Creo que todo aquel que vive solo en sus ratos de ocio ha pensado en ello. Lo más absurdo de este pensamiento en mi caso, es que me preocupa el desorden que encontraran en mi casa, y el hecho de que me llegue a pasar como a una actriz que decidió suicidarse y preparó todo para que el mundo la recordara siempre bella y espectacular y por las pastillas que había tomado, se levantó al baño y murió ahi, con la cabeza metida en el excusado. Saludos y me ha gustado tu entrada.

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    1. Jeje, si hablamos de miedos a una muerte ridícula, yo últimamente pienso a menudo que si me desoriento en bici por las marismas, me pierdo y muero será la muerte más ridícula ever. Pero pobretica la actriz, francamente.

      Un beso.

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