massobreloslunes: Un post me manda hacer Violante

miércoles, 10 de octubre de 2012

Un post me manda hacer Violante

La escritura es una herramienta muy buena, me dice Anxo mientras volvemos en coche de Vejer, poco antes de dejarme en la rotonda cercana a mi casa. Asiento con energía y digo algo como que la escritura es de lo mejor que tengo ahora. Me tengo que marchar ya y, por otra parte, llevamos todo el día intercambiando información, así que ya está bien. Mientras camino hacia casa, sin embargo, me pregunto si le habrá quedado claro del todo lo importante que escribir es para mí.

Llego a casa y me tumbo en el sofá. Hoy estoy cansada. Ha sido un día agotador. Uno de estos días en los que ves a gente, les escuchas y piensas: a mí se me escapan cosas, a mí me faltan cosas, yo como psicóloga hago aguas por todos lados. No me caben tantas historias en el coco. A veces me siento como si fuera un recipiente enorme de secretos ajenos, y pienso que como siga destinando a cada historia una cantidad tan generosa de empatía, me voy a quedar seca. Hoy he tratado de mirar a los pacientes con ojos de dibujante. Leí hace poco que cuando dibujas, todo el mundo te parece guapo. A mi eso me empezó a pasar hace ya tiempo, cuando Erika me reveló su concepto de hermosura y yo empecé a mirar a con ojos más amables. Hoy, sin embargo, es verdad que mientras mido proporciones de orejas y observo los juegos de luces y sombras, pienso que la gente no  es nada fea.

Como os decía, me tumbo en el sofá y duro allí concretamente diez minutos. Enseguida me obligo a coger la bicicleta. Va, Marina, que luego te alegras. Venga, que tu cuerpo necesita moverse ahora para poder descansar luego. Empiezo a rodar tan despacio que parezco discapacitada. Luego me voy animando y acabo haciendo sprints con entusiasmo y cierto miedo a salir volando en una curva. Las marismas son lo mejor que le ha pasado a mi vida deportiva desde la escalada. Los niveles de pereza para salir a pedalear por allí son cero: es tan llano, tan tranquilo, tan de no pensar. Me paro en un recodo a hacer dominadas en unas barras de madera y compruebo con vergüenza que mi máximo ha descendido de mis gloriosas seis este verano a unas patéticas y esforzadas dos. He de volver a entrenar.

Después de cenar algo, me siento frente al ordenador. Mi plan es ventilar el post del día y dibujar un rato. Antes de ayer imprimí unas cuantas fotos a tamaño folio y pretendo aprender a dibujar caras. Con conocidos es más complicado que con fotos de revistas, porque de los conocidos sabes más y no puedes mentirte. O se parece o no se parece. Y cuando consigues que se parezca, es mágico: analizo la longitud de las cejas, la curvatura de los labios y las proporciones y me pregunto qué milímetro de raya a lápiz ha hecho que la persona en mi dibujo sea mi colega y no cualquier tipo anónimo.

Esa es mi intención, ya os digo, y de repente me encuentro otra vez en uno de esos bucles en los que lo que escribo me parece una mierda y lo tengo que borrar sesenta veces, y mientras más tiempo pasa más cansada estoy, y mientras más cansada estoy menos disfruto de lo que escribo y menos me gusta. Al final me alejo del ordenador. Pongo algo de música. Me siento en el sofá mirando anonadada al frente, repasando todos los temas que se me han ocurrido a lo largo del día y que en su momento me parecían buenos. Saco mi libreta roja del bolso y la ojeo, a ver si por un casual apunté alguna brillantez hace un tiempo y la puedo rescatar ahora. En una página he escrito "Horror vacui" en letras grandes, y debajo un monigote se aprieta la cara como El Grito de Munch, o como el niño de Solo en Casa, si me apuras. El Horror Vacui no me inspira, así que me pongo a fregar los platos.

Y mientras estoy ahí, frotando la vajilla por vez número cincuenta millones desde que me hice adulta, pienso que sí, que escribir mola, pero que a veces es una puta maldición. Porque yo soy polivalente, como mi bici, y hay muchas cosas que disfruto y que me enriquecen. La escalada, la bici, nadar, dibujar, relajarme, ver pacientes, reírme, las buenas pelis y un larguísimo etcétera que más o menos os va sonando. Pero tengo la intuición de que en lo profundo de mí soy una escritora. A veces ni siquiera sé qué significa eso, porque, total: todo el mundo escribe, ¿no? Todo el mundo usa las palabras. Tampoco es tan mágico. De un tiempo a esta parte, ni siquiera tengo claro que evolucione. Me voy a embarcar otra vez en el NaNoWriMo e intuyo que voy a fracasar otra vez, y bueno, a lo mejor nunca jamás se materializa mi novela y se me queda todo en estos post que más o menos domino.

El caso es que todo eso da igual, porque soy escritora, vamos a admitirlo. Entonces, cuando no estoy escribiendo no es que no sea feliz, pero es como que no estoy cumpliendo con mi misión en la tierra. Igual esto suena muy dramático o igual es una gilipollez. "A quien Dios le da un talento, también le da un deber", le dicen en un momento de la peli al protagonista de Shine. La frase me resonó desde pequeña. Tengo el deber de escribir, he pensado siempre. De un tiempo a esta parte, no obstante, ya no es deber. Es la adicción a cumplir con la única actividad que nunca, nunca me ha hecho pensar que estoy perdiendo el tiempo. Lo único que, cuando la cosa se da bien, no me hace desear nunca estar en otro lugar.

Y aquí me encuentro, que al estilo del soneto aquel de Lope de Vega que se autoexplicaba, ya estoy casi al final de otro post más. La alquimia se ha repetido, he llegado al otro lado y estoy contenta. Sé que habrá que seguir, que mañana me encontraré otra vez en el mismo aprieto. Me mesaré los cabellos y me crujirán los dientes, meteré el dedo en el tarro de miel para consolarme y daré vueltas por páginas ajenas buscando inspiración. Al final saldrá algo. Siempre sale. Y, para variar, como de puro optimista a veces parezco idiota, terminaré alegrándome de mi talento, mi deber y todas estas tonterías que me explico para acabar decidiendo que escribir me gusta, sí, y bastante.

2 comentarios:

  1. No creo que renuncies a escribir nunca, si lo que dices en el penúltimo párrafo es así. A mí también me pasa. No con escribir, con otra cosa. Y pienso que es mágico! Así que ojalá no lo dejes nunca! ;-)

    :*

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    1. No creo que lo deje, pero nunca digas de este agua no beberé o a este maromo no me tiraré. De momento, aquí seguimos, al pie del cañón. Besitos.

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