massobreloslunes: Más sobre los libros con churros

domingo, 20 de enero de 2013

Más sobre los libros con churros



Hace justo un año escribí esto sobre los libros, los churros y las tardes de invierno. No sabía que un año después me encontraría leyendo otra vez a Franzen en otra ciudad, también en una tarde de invierno y también comiendo churros. El mecanismo lectoculinario sirve exactamente igual. Es importante conservar el meñique limpio para pasar las páginas y Franzen sigue pareciéndome devastadoramente bueno.

Llevaba todo el día sola. A media tarde me saqué a patadas de mi estupendo piso a pesar de la llovizna: mueve tu culo, Marina, que estás en la capital. Caminé hasta Sol y compré maquillaje, líquido de lentillas y el libro de Franzen. Luego tenía frío y un poco de hambre, así que entré en un Café&Té, pedí chocolate con churros y me puse a leer. Estaba en la planta superior, justo en el borde, y podía ver las mesas de debajo. Era una perspectiva bonita: todas aquellas parejas, grupitos o personas solitarias, tomándose su té, o su café, o su tarta, charlando un rato de las cosas que les importaban y saliendo después otra vez al frío de fuera.

Al cabo de un rato, pensé que ya no estaba sola. Era como si llevara una hora sentada en frente de Franzen escuchándole hablar. Él me estaba contando, con esa manera animalmente precisa que tiene de utilizar el lenguaje, sus ideas sobre el amor, la literatura y la muerte. Me lo imaginé sentado enfrente, con sus gafas de pasta, quizá animándose a probar los churros. Hablando despacio y puntuando también sus palabras con comas invisibles.

Tiene un cerebro hermoso, Jonathan Franzen. Dice que un escritor debe escribir en cada momento el mejor libro posible, y que si quiere seguir mejorando no tendrá más remedio que convertirse en la persona capaz de escribir un libro todavía mejor. Escribe también sobre el amor. “Es en el amor donde empiezan nuestros problemas”, afirma, y después explica cómo el amor verdadero y concreto por algo o por alguien nos saca de nuestra caja abstracta y distante de observadores imparciales y hace más fácil, y no más difícil, convivir con nuestra rabia, nuestra desesperación y nuestro dolor. Qué bonito es tener una cabeza capaz de pensar eso y un corazón capaz de sentirlo.

Ahora acabo de subir de tomar un vino con B., una lectora de largo recorrido. Intimida saber que alguien lleva leyéndote cinco años. Cinco años escuchando mentalmente tus chorradas. Por la mañana había desayunado con M., otra lectora más reciente pero igualmente fiel. Pienso que, salvando las distancias, también es como si yo me sentara a tomar café con un montón de desconocidos (vosotros) que, por alguna razón, tenéis interés por mis opiniones sobre el amor, la vida y la literatura. Hay un desajuste en eso, “un desequilibrio”, dice B., imitando una balanza con sus manos blanquitas. Pero es un desequilibrio en ambos sentidos, pienso yo: por una parte es verdad que yo de ella, o de vosotros, apenas sé nada; también es verdad que llevo muchos años monopolizando la conversación.

Ahora intento construir este texto. Barajo la esquizofrenia entre lo que escribo y la realidad, entre la interacción segura y unidireccional de este espacio y el doloroso contacto cuerpo a cuerpo entre dos humanos imperfectos. Intento encontrar una conclusión que me sirva de cierre: algo como que prefiero la palestra de la realidad al mundo seguro e hiperprotegido de la literatura. Pero luego es mentira, porque si tuviera que elegir, preferiría leer a Franzen que hablar con él. Así que si algún día me sucede algo parecido, si algún día alguien elige leerme a hablar conmigo, quizá no debería lamentarme por el desprecio a mi vulnerable y defectuoso ser real. Quizá debería sólo sentirme una escritora fabulosamente buena.

2 comentarios:

  1. Hala, pues al final, cuando acabe los chiquicientos libros que tengo pendientes, me lo voy a leer :)

    P.D. El último párrafo es (especialmente) precioso!

    Un besote!

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