massobreloslunes: Más libro-insights

martes, 26 de febrero de 2013

Más libro-insights

Tengo problemas serios con Chad Harbach. Problemas todavía más serios que con Jonathan Franzen. Preguntadme por qué. Porque si Harbach ha tardado diez años en escribir esta novela, quiere decir que ¡oh, terror! Tardará diez años en escribir la siguiente, y de aquí a diez años yo tendré la brutalidad de treinta y siete tacos y andaré por ahí sin rumbo, quizá viviendo en un coche, quizá haciendo boulder en los contenedores en un extraño mundo postapocalíptico y Sin Duda a punto de ser comida por los perros, literal o metafóricamente. Su novela llegará demasiado tarde para salvarme.

El caso es que esta mañana estaba yo saliendo de la estación de metro de Antonio Machado en dirección al centro de Salud Mental. Llevaba a Harbach en el brazo, calentito bajo la manga del chaquetón, y bajaba la cabeza para no establecer contacto visual con dos de mis compañeras de curro, que iban una escalera mecánica por delante. Hay cinco minutos andando hasta el centro de Salud Mental y yo no quería charlar con ellas; yo quería ponerme una canción alegre en el mp3, girar la cara hacia el sol de invierno en los semáforos y mirar si había escarcha en las hierbas del solar. 

Les di esquinazo, y mientras caminaba contenta escuchando a los Adslánticos, me dio por pensar en Henry, el protagonista de la novela, que llevaba dos capítulos lanzando mal la bola en los partidos de béisbol. Ya he hablado de mi relación con el béisbol, que se resume en que no sé cómo se juega y, sin embargo, ahí iba yo: ocho y media de la mañana, dos grados bajo cero y preocupadísima porque Henry estaba lanzando mal.

Entonces pensé: a ti qué te importa, Marina. Me acordé de cuando me leí "Los Pilares de la Tierra", y de ir en moto a clase por la mañana sacudiendo la cabeza incrédula porque un personaje había muerto, o de aquella otra vez, engulliendo "Ciudad de ladrones" en la biblioteca en plenos exámenes de junio, cuando terminé el libro, levanté la cabeza, miré a la gente que estudiaba en silencio y me pregunté cómo podían quedarse tan panchos. 

Hace algún tiempo decía que no entendía esa postura popular de "leer es bueno" y "todo el mundo debería leer". Pensaba: a mí qué me importa. Ni que leer necesitara de nadie. Con poder leer yo, qué más me da lo que haga el resto. Yo sostendré mi hermosa novela frente a mí, como sostenía aquel personaje de Kundera su nomeolvides frente a los ojos, y me olvidaré del mundo. Después cambié de idea, porque se me ocurrió que leer educa a la gente; no ya en cosas de cultureta gafapasta, que te permitan quedar bien en las conversaciones de vino blanco y rúcula. Leer educa en lo que es sentir en el corazón de otros. Permite averiguar sin moverse de la silla cómo es ser un jugador de béisbol universitario americano de veintidós años, y creo que eso es bueno. Porque así podré comprender mejor a los otros humanos, esos bípedos, y yo siempre he creído que comprender es un buen primer paso. Porque si la curiosidad y el amor me salvan como terapeuta y me permiten no ir por ahí asesinando pacientes o matándome yo, no hay más curiosidad y más amor que la de un buen lector hacia un buen libro.

Hoy se me ha ocurrido otro motivo por el que todo el mundo debería leer. Y es precisamente por eso: porque yo antes de ayer no sabía quién era Henry ni por qué tenía que parar bien todas las bolas en corto que le llegaran, y hoy lo sé. Hoy me importa. Aunque Henry no exista: eso da igual. Está bien que aprenda a darle importancia. Porque al fin y al cabo la vida es eso, ¿no? Crecer, trabajar, amar: todo es eso. Lo que antes no te importaba ahora sí que te importa. Te importan tus pacientes, y te importa que el mundo sepa que los antidepresivos no son superiores a los placebos en la mayoría de los estudios. Te importa tu gente, y te importa de una forma especial cierta gente a la que antes no conocías y que ahora no puedes imaginar fuera de tu mundo. Te importa el futuro de la sanidad pública. Te importa el estado de tus meniscos, la manera correcta de agarrar un romo o qué tiempo hará en la sierra este fin de semana.

También dejan de importarte cosas, claro, y eso está bien: al carajo lo que piense cierta gente, al carajo las tendencias en el tamaño de los bolsos. Pero, por alguna razón, pienso que hay que darle más valor al movimiento positivo: a ensanchar el corazón, a que cada vez te quepan en él más cosas. A ser compasivo sin condescendencia. A concederle un peso a todo lo que hay sobre esta tierra. Leer te enseña a eso. Te entrena en la importancia de todo. Y eso es hermoso.

A dormir, pequeños, que no puedo con mi vida.

Leed a Harbach. 

3 comentarios:

  1. Sólo diré que esta entrada es genial. ¿Qué mas puedo añadir?
    Un saludo.

    ResponderEliminar
  2. Bien, no sabría cómo explicarlo, el caso es que supongo que leerte también es una especie de entrenamiento, reflexenionando acerca de la reflexión sobre lo que es leer lo que le pasa por la cabeza a alguien que sólo es un personaje imaginado por alguien que lo escribe para que todo el mundo sepa qué piensa, o no todo el mundo... creo que me estoy haciendo un lío.

    Lo que quería decir que al final los blogs que hablan de otros textos, que recomiendan esto o lo otro, no son otra cosa que un entrenamiento para la vida... y algunos dicen que se juega como se entrena, y yo creo que tú haces más buenos a los que te leen.

    Al menos así lo siento yo cuando te leo: que de una forma que no alcanzo a entender, leerte me hace mucho bien.

    ResponderEliminar