massobreloslunes: Momento Quevedo

lunes, 25 de febrero de 2013

Momento Quevedo

Este post se lo dedico a Anxo: porque la culpa de lo bien o lo mal que salga la tienen casi seguro las (¿cuatro? ¿cinco? ¿seis?) cañas que acabamos de fusilarnos en un bar cualquiera de Lavapiés

Es lo que tiene ser escritora. Que puedes levantarte una mañana de domingo a las siete y ponerte a escribir, y que lo ves normal. Te levantas, vas al baño, te planteas muy seriamente volver a meterte en la cama con las gatas, y decides que no. Te pones una taza de café y escribes, y sin saber muy bien por qué, eso te pone de buen humor para el resto del día. Como si sirviera para algo. Como si marcara una diferencia para alguien.

Bajas a desayunar a la calle. No por nada, sino porque no tienes pan. Pides un bollo inglés con mantequilla de cacahuete y mermelada de arándanos: verídico. Cosas de Madriz. Entonces te das cuenta de que te has dejado el Kindle en casa y maldices tu estrella. No pasa nada: estás en La Libre, un lugar muy mono y muy alternativo, con muchos libros de todo tipo en las estanterías y máquinas de escribir viejas por los rincones. Algo encontrarás para leer.

Entonces das con un libro de teatro. El caballero de las espuelas de oro, de Alejandro Casona. Y te das cuenta de que esa fue la primera obra en la que tuviste un papel hablado. Habías salido en otra, cierto, pero hacías de árbol, y a lo más que llegabas era a incendiarte con papel charol de colores. Entonces la profesora os propuso aprender La canción del pirata de Espronceda, y claro: la gente se aprendió el principio, los diez o veinte primeros versos, hasta el estribillo, o como se llame. Y tú, que eres una burra, te la aprendiste entera; y era para verte, tan chica, tan cabezona, en medio del escenario del salón de actos, recitando ¿cuántos? ¿cien versos? Del tirón, sin respirar. Después de aquello, la profesora te dio un papel.

Así que agarras el libro y piensas en la pinta tope de intelectual que debes de tener ahora mismo, con tu mantequilla de cacahuete y tu obra de teatro ambientada en el Siglo de Oro, y te pones a repasar la primera pieza, buscando los trozos donde aparecía tu personaje. Ni recuerdas de qué iba, pero sí que te vienen trozos a la memoria: "Sanchica, amiga... Sanchica, compañera... ¿por qué he tardado tanto en encontrarte?", dice un Quevedo moribundo. Lees el primer capítulo. Lees el último capítulo. Te estremeces con el final.

Señor, me has dado una larga vida de castigos y te he obedecido sin preguntar. Primero creí que mi castigo era el frío. Después creí que era la soledad. He necesitado una vida entera para comprender que la soledad y el frío son una misma cosa. Si volviera a nacer y volvieras a condenarme a estar solo, volvería a obedecer. ¡Pero solo para la eternidad, no! No me dejes fuera con mi soledad y con mi frío...

Y sin darte cuenta estás teniendo un Momento Quevedo. Aquí en Lavapiés, en enero de 2013, con tu flequillo y tu smartphone y tu mantequilla de cacahuete, tú, Marina, estás flipando a tope porque Quevedo era genial. Te acuerdas de la cursilada aquella de la terapia poética que escribiste una vez: algo como que recitar poesía sosiega el espíritu. Eras joven e inexperta, pero te sigue valiendo. La poesía te reconforta. Intentas recitar su soneto famoso, el de Amor constante más allá de la muerte, y te fallan dos versos, como siempre. Pero te acuerdas de la mayoría. Te acuerdas de lo importante. Y es para verte esta mañana de domingo, buscando el sol en la acera de detrás del Reina Sofía, con la atención puesta en el pie izquierdo para no perder el equilibrio y recitando:

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido
venas, que humor a tanto fuego han dado
médulas, que han gloriosamente ardido

Y con el "gloriosamente" agitas un poco un puño. Gloriosamente. ¿Serás boba? Y después continúas:

Su cuerpo dejará, no su cuidado
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Y ahí te quedas tú, tan contentísima, con tu momento Quevedo, atravesando por la cara cinco siglos y tendiéndole la mano a Don Francisco como si le comprendieras. Con tu absoluto convencimiento de que cuando tú te mueras vas a ser polvo enamorado: polvo contemporáneo, sí, de smartphone y twitter y mascarilla de pelo, pero igual de enamorada y desesperada que cualquier poeta miserable. Caminas recitando en este día helado de Madrid, bajo un sol de febrero que no deja de ser un consuelo tan mísero como puede serlo casi cualquier cosa para un corazón que duele. Y estás contenta, pese a todo. Está bien así.


2 comentarios:

  1. Quevedo es amor! Y tú también, por cierto! Cañas un domingo, eh? Risky! :p

    ¡Un besote y feliz martes!

    P.D. Estoy superrr ocupada este mes, lo siento, necesito ponerme al día pronto!

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  2. Momentazos :)
    Por cierto " Aquí en Lavapiés, en enero de 2013" ¿febrero, tal vez?
    Gina

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