Antes de ayer
quedé con Elsa y con Ro para tomar un té. Eso ya lo conté en elpost que escribí esa noche, de hecho. Lo que pasa es que me dispersé
hablando de tronos y de cristos y no me centré en lo importante. Lo
importante es que al acabar el té, Elsa y yo caminamos juntas hasta
su casa a través de las calles abarrotadas del centro. Yo me
terminaba las pipas que había comprado con mi madre por la mañana.
Las pipas me saben a yo misma hace diez años, cuando las comía
sentada en un banco a la salida del colegio. Málaga me sabe a pipas
y al olor de la sal del mar en el aire.
Hablamos del
alcohol. Poco después de empezar a meditar, dejé de beber, pero
hace un par de años que volví poquito a poco a las andadas. “Has
pasado de no beber nada a beber... normal, ¿no?” me pregunta Elsa
con prudencia. Puedo escribir sobre Elsa durante todo el tiempo que
me queda dentro de este autobús y será difícil que os hagáis una
idea de cómo es. Está como cincuenta reencarnaciones por delante de
cualquier persona que conozca. Es un ser de luz. Ayer tomábamos café
en el balneario a la caída del sol. Yo observaba su cara tranquila
recortada contra el mar. “Qué guapa eres, Elsita – le decía –
y cuánto te quiero”. Ella se reía. “Tú también eres muy
guapa, Mopi, y también te quiero mucho”.
Elsa no bebe
alcohol. Ni come carne. Ni se enfada nunca; se ha enfadado hace dos
semanas por primera vez en su vida y ha decidido que es muy
desagradable y que no lo va a hacer más. “Yo acepto que la gente a
mi alrededor beba – me explica -, pero no me gusta nada”.
Yo intento
justificarme. Le digo que beber es el menor de mis problemas. Que
tomarme un par de cañas los martes y los jueves a la salida del
roco, y una copa de vino si salgo a tapear algo con los del curro, o
quizá un gin tonic si piso de puntillas la noche madrileña es, de
verdad, el menor de mis problemas. Porque no tiene que ver con beber,
sino con estar como no quiero estar, donde no quiero estar, con quien
no quiero estar. Le explico toda la historia de mi disociación, y de
esta sensación que tengo desde hace unas cuantas semanas de que
debería sacudir mi vida desde los cimientos y no puedo hacerlo.
Subo a casa de
Elsa a mear el batido de yogur que he pedido en la tetería. Nos
espera Tahira, preciosa en su vestido de lana marrón, toda sonrisas y rizos
rubios en mitad de la cocina. A sus casi veinte meses, Tahira me cae
bien. Tiene las ideas claras y no llora cuando se cae. “Es una tía
dura -le digo a Elsa -. Acabará como aventurera, o como reportera de
guerra”.
Mientras vuelvo
caminando a casa de mi abuela, un pensamiento me golpea en la frente.
Mi vida es un desastre, pienso, un desastre total y verdadero, y yo
no voy a beber más. Lo decido sobre la marcha, aunque me dé miedo
volverme marciana y sepa que van a apetecerme las cañitas madrileñas
durante toda la primavera. Pero lo decido porque no tiene tanta
importancia y, al mismo tiempo, tiene un montón de importancia.
Quizá no sea el último de mis problemas, ni tampoco el primero:
quizá sea la oportunidad de poner en marcha todo lo demás. Al mismo
tiempo, no puedo hacer algo que a mi amiga Elsa le parece mal, y sé
que esto no lo va a entender nadie que no la conozca, pero yo lo
entiendo.
Como si escribir
hubiera liberado algún tipo de energía, el atasco se ha deshecho, y
el autobús recorre tranquilo la autovía en dirección a Madrid
mientras yo visualizo un futuro de tónicas, mostos y cervezas sin
alcohol. Es mucho más difícil cambiar la vida sin sacudirla,
permanecer comprometida con lo que te importa y construir tu
autenticidad poco a poco y en mitad del mundo. Sé que estoy muy
mística últimamente, y escribir en gris clarito sin revisar lo
anterior tampoco ayuda, pero tengo que mantener la confianza. Nunca
la he perdido, en realidad: no lo olvidéis nunca. En mitad de la
desesperación y de la felicidad; entre tormentas y calmas; aburrida,
entusiasmada y con el corazón roto... nunca he perdido la esperanza
de que si continúo aquí sentada, poniendo una palabra detrás de
otra y un post detrás de otro, algo sucederá. Irán encajando las
piezas. Colocaré el número suficiente como para verle un sentido al
conjunto. Así que aquí sigo, paso tras paso, post tras post.
De hecho ya han sucedido cosas y sin duda sucederán muchas más. Y corrígeme desde el futuro si me equivoco pero sospecho que van a seguir sucediendo cosas(vale, no es muy adivino)y van a ser cosas MA_RA_VI_LLO_SAS que tu realidad actual no sabe ni que existen.
ResponderEliminarTodo ello lleno de las típicas tormentas y truenos pero esta vez van a ser las típicas tormentas y truenos que no te molesten mucho, van a ser del plan de: pues mira qué bien porque tenía pensado quedarme en casa jugando a juegos de mesa y escuchar el tormentazo le da todo el toque al día.
Besotes Mopi de mis amores
No entiendo lo de la bebida...¿ tomar unas cañas es un problema? Suena muy intransigente lo de no beber nada, no me suena bien.
ResponderEliminarY ¿ qué es eso de tu amiga " que ella acepta que la gente beba a su alrededor"? Suena a nazi total..
Comprendo tu dolor con lo del atasco, yo ayer igual, el infierno.
ResponderEliminar¿Te acuerdas del post de la disociación que te dije el otro día que no entendía? Ahora sí lo entiendo, y es que yo me siento parecido ahora mismo también.
En cuanto al alcohol... yo lo probé en su momento, no me gustó, y nunca bebo. Me bebo mi Aquarius o cualquier cosa de estas y ni tan mal. Es una decisión personal y nunca ha supuesto un problema para mi integración social, si eso es lo que te preocupa, que supongo que no. Al final hasta es gracioso, este finde me fui a tomar algo con unas amigas y el camarero me guiñó un ojo mientras nos decía "Cómo echaba de menos a la chica sana del grupo". Al final, supongo que es una decisión más, como tantas otras, pero no siento que me defina, o sí, pero no de manera tan absoluta. Pero si sientes que ahora mismo te ayuda, pues adelante.
En fin, no sé por qué, pero me he sentido muy identificada hoy contigo. Un besote, Marina, y feliz resto de lunes!
(Se me ha colado una coma entre "al final" y "supongo". No me odies mucho) :)
ResponderEliminarA veces se me descontrola la vida, no sé por dónde sujetarla y siento que si controlo pequeñas cosas, como por ejemplo dejar el vinillo, podré controlarlo todo mejor.
ResponderEliminarMe encanta leerte, pones letra a muchas de las cosas que pienso y que no sabría explicar.
Mil besos :-)