massobreloslunes: Las palabras que no existen

martes, 12 de marzo de 2013

Las palabras que no existen




Que me gusta mucho Vetusta Morla es un hecho, y que me gusta mucho Rey Sol es otro. Casi diría que es mi canción favorita de ellos. Es extrema e intensa. Sobre todo, es una canción que varía, que muta. Dice Nick Hornby en 31 canciones que dejamos de escuchar las canciones cuando las resolvemos; en ese sentido, y aunque probablemente la haya escuchado varias decenas de veces, yo todavía no he resuelto Rey Sol. Cada vez que la escucho, me parece que habla de una cosa. Cuando conocí a IA, me parecía que hablaba de amor. Cuando estuve de huelga, pensaba que hablaba de revolución. Otras veces la escucho y no pienso en nada: sólo pronuncio las palabras despacio y saboreo su gusto metálico.

Hoy subía caminando desde el roco y estaba un poco triste. No sé por qué. Decir que estaba triste porque hemos estado probando bloques y sólo he completado dos es un poco friki. Es más profundo que eso. Llevo un mes parada y dos y pico sin tocar la roca. Me duelen bastante las rodillas, y eso me preocupa. Me jode el hecho de no llevar una vida que me deje escalar todo lo que querría y todo lo bien que querría, lo cual es francamente absurdo, porque tengo más años que un gnomo, y cero predisposición genética, y nada ni nadie en el mundo da un duro por que yo escale. Y además tengo un trabajo, y me gusta un montón, y que no me deje tiempo para escalar más es un mal absolutamente menor. Por no hablar de que me hice un esguince hace un mes, y demasiado que hoy he sido capaz de caer desde el techo en los colchones sin hacerme daño. Pero no sé. Estaba triste, como si caminara despacio con mis sueños recortados.

Esta mañana he ido a ver a un paciente al hospital de día de oncología, mientras esperaba a que le pusieran la quimio. Trabajar en onco es una puta mierda por muchas cosas, pero una de las peores es el hecho de que no puedes hablar de ello, ni escribir sobre ello, sin que todo el mundo ponga mucha cara de gravedad y, al mismo tiempo, de "qué mal rollo, yo no quiero hablar de la muerte". Cuesta un montón acostumbrarse a hablar de la muerte a diario, y sé que no puedo pretender que mis interlocutores lo consigan en un segundo. Luego escribes sobre ello y es más de lo mismo, en el sentido de que te parece que estás utilizando el sufrimiento como material, o queriendo generar algún tipo de compasión primaria en tus lectores, y tampoco es así. Escribo sobre onco porque es lo que me pasa ahora.

El caso es que me he sentado entre mi paciente y su mujer en las sillas de la sala de espera. Hemos hablado un buen rato. Hablar ha sido duro, pero además estaba esa sensación de sentarse en la sala de espera de oncología, esperando a que llamaran a los enfermos para darles la quimioterapia, escuchando el goteo de nombres por el altavoz. Nombres de gente a la que, no tengo muy claro por qué, les ha tocado un número muy malo en la lotería de la vida. Y era horrible, de verdad. Estar ahí sentada entre mi paciente y su mujer, escucharles a ellos y después oír los nombres por el altavoz, era horrible. Al terminar, caminaba a través de la plaza que hay entre los edificios del hospital, notando el viento frío por debajo de mi bata y pidiéndole a alguien invisible: por favor, límpiame esto, quítame esto.

Así que hace un rato subía la calle hacia la plaza de Lavapiés y, ya os digo, estaba triste. He llegado a casa, he cenado algo y pensaba en Rey Sol. Pensaba en el estribillo. "Las palabras que no existen nos pueden salvar". Podría hablar de amor. Cuántas veces dos personas se salvan por las palabras que no existen o, al menos, por el intento de ponerle palabras a las cosas que no existen. Podría hablar de lucha, seguro, porque hay que inventar palabras para construir algo nuevo. Esta noche, para mí, hablaba de escribir. Eso pensaba mientras ponía a cocer unos huevos para el almuerzo de mañana. Pensaba: hoy quiero escribir, pero sólo me podrían salvar las palabras que no existen, porque hoy quiero escribir algo que está más allá de lo poco que mis dedos torpes pueden expresar, y precisamente esa naturaleza inefable de lo que quiero escribir hace que sea imposible hacerlo.

Aun así, aquí estoy: intentándolo. Porque decía una amiga de Golfo que hay que traducir lo intraducible, y yo pienso que hay que escribir lo inescribible. Hay que encontrar palabras para todo lo que pasa en este mundo nuestro. Hay que buscar con todo el ardor que se pueda esas palabras que no existen, desenterrarlas y colocarlas una detrás de otra con el máximo valor del que seamos capaces. Y quizá entonces podamos salvarnos de algo, aunque todavía no tengo muy claro de qué. O quizá no. Quizá no sirva absolutamente para nada.

3 comentarios:

  1. Creo que lo bueno de las canciones de Vestusta Morla es que tienen significados abiertos, y que sea el oyente quién llene los huecos de significado.
    Respecto a tu último párrafo, creo que el buen escritor, entre otras cosas, es aquel que logra encontrar la palabra, la expresió y la definición para todo.
    Un abrazo.

    P.D: Debería leer el libro de Nick Hornby

    P.D 2: Creo que no te lo llegué a decir, pero leí "El lector", y me gustó.

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  2. A mi también me gusta mucho Vetusta, yo me quedo con Los días raros, me parece sublime y no siempre la escucho o la entiendo igual. Eso sí, hay días que tengo que tener cuidado con Vetusta porque sus letras las carga el diablo y puedo acabar dándole al coco más de la cuenta.
    Me gustó mucho El lector cuando lo leí.
    Un beso
    María extremeña

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  3. Siempre Vetusta...... para mí ahora "Boca en la tierra", no puedo dejar de escucharla

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