Así que se acaba esta aventura desquiciada de escalada y pereza. El miércoles hice bloque en otro gigantesco rocódromo de aquí, el jueves algo de clásica en Eldorado Canyon y ayer todo un día de apretar en vías de deportiva a diez minutos de Boulder. Hoy me duele todo el cuerpo, así que sentada en "The Cup", una cafetería intelectual y carísima en Pearl Street, pienso en todas estas cosas que seguirán sin mí cuando yo me vaya. ¿Qué hago, entonces, con todo lo que he aprendido estos días?
Que cuando llegas a cualquier sitio hay que preguntar cómo estás ("How are you doing?") y responder que estás bien, genial, de puta madre. Y que sólo cuando se ha completado esa transacción de interés verdadero o fingido empieza la transacción económica, o de información, o de servicios.
Que existen muchas formas de escalar. Que si aprietas demasiado un cam te será imposible sacarlo de la fisura, y que un stopper, o como quiera que se diga en castellano, tiene que tocar la mayor parte posible de la pared para aguantar tu peso si te caes. Que rapelar es mejor para el material del descuelgue, que los gemelos duelen cuando estás parado probando cacharros, que a las paredes de granito las carga el diablo.
Que los coches automáticos tienen una posición de parking y otra de neutro. Que salvo prohibición expresa, se puede girar en U en las carreteras y que, a ser posible, ese giro se realizará con un entusiasmado grito de "yay, u-turn!". Que una milla son uno con seis kilómetros, que dos personas son alta ocupación para un vehículo y tienen derecho a un carril especial, y que sin duda tú y yo y el material de escalada somos alta ocupación para un diminuto Cinquecento.
Que se puede comprar un plátano en cualquier gasolinera, que lo orgánico es tendencia en el Salvaje Oeste, que el relleno gratuito de la taza de café es amor. Que en Idaho los restaurantes cierran a las nueve, así que más nos vale elegir entre escalar hasta que oscurezca o cenar en un sitio bonito por mi cumpleaños. Que andar en Denver a diez metros del downtown te convierte en un alien. Que la propina no es un derecho, sino un deber.
Que sigo siendo más pequeña y más grande de lo que había pensado. Que es altamente recomendable entrar en Utah con el depósito lleno de gasolina. Que en los campings puedes hacer fuego, siempre y cuando sea dentro del anillo de metal de la parcela, y que el secreto para asar bien una nube de azúcar es la paciencia. Que si resisto el miedo y me quedo a tu lado, en mi estómago empiezan a pasar cosas extrañas. Que hay formas valientes y decididas de vivir la vida, y que el éxito se mide inventando constelaciones bajo el cielo nublado del desierto.
Estoy aquí sentada, como os decía, y me pregunto qué se hace con todo eso. Me pregunto qué voy a hacer dentro de dos días, cuando esté sentada en mi piso de Madrid y observe mi mochila a mis pies sin ganas de hacer la colada. Supongo que trataré de atajar el jetlag alternando somníferos y cafeína, y que me obligaré a hacer una compra decente y a renovar el abono transporte. Colgaré algunas fotos, miraré algunos vídeos, añadiré canciones a mis listas del Spotify y escribiré la enésima lista de propósitos. Y supongo que después, con los ojos como platos en mi cama de matrimonio, pensaré en este país que sigue sin mí, y que tiene tantas luces y sombras como intuía desde la distancia, e intentaré distinguir las semillas que pueden arraigar y las que es mejor dejar que se lleve el viento.
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domingo, 19 de mayo de 2013
jueves, 16 de mayo de 2013
CACP, IX: El elefante en la habitación.
Estoy sentada en un Starbucks en Boulder, cerca del centro comercial de la 28. Mucho ha ocurrido desde la última vez que vine aquí. Cuando esta mañana Alannah, la empleada de la agencia de coches, ha dicho en voz alta la cifra del cuenta millas del Fiat que había alquilado, me he quedado asombrada. Casi dos mil desde que salí de Boulder, lo que equivale a tres mil doscientos de los antiguos kilómetros. Habría podido cruzar España tres veces.
Ahora estoy aquí sentada y no sé qué escribir. Verídico. Tiene cierta gracia que lo de abrazar el celibato en EEUU haya salido fatal, y quizá no sé cómo escribir porque estoy temiéndome hordas de "te lo dije". Te dije que tenías que relajarte, te dije que aparecería cuando menos te lo esperaras, etc., etc. Personalmente, creo que eso no es más que una sarta de chorradas. No creo que un extremadamente sensible sistema de detección de justicia universal se haya dado cuenta de que yo estaba lista para el amor desapegado y me haya mandado a alguien. Creo que decidir aterrizar en Moab a la vez que P., quedar con él para escalar y pasar los últimos siete días sonriendo como una idiota es una cuestión de pura casualidad.
Una casualidad estupenda, por otra parte.
Ahora me pregunto cómo escribir sobre esto. Es más: me pregunto si escribir sobre esto, porque es tan sano que no sé si tiene gracia desde el punto de vista literario. P. es la persona más normal y más extraordinaria que he conocido en mucho tiempo, así que estos días juntos han sido al mismo tiempo extraordinarios y normales. Millas y millas juntos a lomos de un Cinquecento que, francamente, si pudiera hablar tendría mucho que contarle a un psicólogo para coches. Decenas de cafés aguados con crema de vainilla. El suelo de una tienda, la cama de un hotel, una ducha, una piscina, un jaccuzzi al aire libre. Bolsas de frutos secos, bagels con mantequilla de cacahuete, un italiano, un mexicano, un chino. Escalar, hablar, caminar, hablar, comprar recuerdos, mirar libros, hablar.
En todo ese proceso, nos hemos comportado como auténticos idiotas. Lo que nosotros creíamos que era un fluir de romanticismo y momentos especiales, el resto del mundo debía de verlo como dos seres con el coeficiente intelectual por los suelos y las manos demasiado largas.
Por otra parte, y pese a lo que pueda parecer leyendo este blog, yo nunca he creído que hubiera mayor secreto. En serio. Conoces a alguien que te gusta y a quien le gustas tú, lo demostráis lo antes posible y después pasáis mucho tiempo juntos porque es divertido y porque, a estas alturas, ¿quién quiere atrasar las cosas? ¿Qué necesidad hay de hacerse el difícil cuando sospechas, como yo sospecho ahora, que tu vida junto a esa persona puede ser bastante mejor que tu vida sola?
¿Es esto el principio de algo? Sinceramente, creo que sí. Lo creo con una confianza preocupante. Porque se puede y, al parecer, se quiere (yo quiero, él quiere, nadie tiene miedo de que el otro le arranque la cabeza como a una mantis, etc. etc.). Lo que pasa es que esto es como contar el argumento de una historia. Así en frío suena estúpido. Lo iré desvelando con el tiempo.
De momento, os lo puedo ir presentando.
Es argentino, así que quizá, pero sólo quizá, la expresión "pelotudo/a" comience a aparecer en este blog con frecuencia. Por ejemplo: "cuando hablo con él, sonrío como una pelotuda".
Tiene los ojos azules, con motitas marrones sólo en el derecho. ¿Es un alien? Quizá.
Trata muy bien a todo el mundo, incluyendo a camareros, dependientes, etc. Es lo que se conoce como ridículamente amable.
Corre, escala, sube montes y se ríe como un niño.
Está MUY seguro de sí mismo y camina por la vida con paso confiado. Es admirable y humilde. Es fuerte por dentro y por fuera.
Le gustan los animales, le gusta la gente, le gusto yo. Cuando hablo, escucha.
Y cre que hasta aquí puedo leer sin sentir que traiciono su privacidad y esas cosas que en general me importan un carajo. ¡Qué fuerte! Me gusta nivel respetar su (nuestra) intimidad xD
Seguiré en breve contando cosas de Moab, de Idaho y de mi vuelta a Boulder. Pero de momento, era necesario hablar del elefante en la habitación.
Es un elefante lindísimo.
Seguiremos informando.
Ahora estoy aquí sentada y no sé qué escribir. Verídico. Tiene cierta gracia que lo de abrazar el celibato en EEUU haya salido fatal, y quizá no sé cómo escribir porque estoy temiéndome hordas de "te lo dije". Te dije que tenías que relajarte, te dije que aparecería cuando menos te lo esperaras, etc., etc. Personalmente, creo que eso no es más que una sarta de chorradas. No creo que un extremadamente sensible sistema de detección de justicia universal se haya dado cuenta de que yo estaba lista para el amor desapegado y me haya mandado a alguien. Creo que decidir aterrizar en Moab a la vez que P., quedar con él para escalar y pasar los últimos siete días sonriendo como una idiota es una cuestión de pura casualidad.
Una casualidad estupenda, por otra parte.
Ahora me pregunto cómo escribir sobre esto. Es más: me pregunto si escribir sobre esto, porque es tan sano que no sé si tiene gracia desde el punto de vista literario. P. es la persona más normal y más extraordinaria que he conocido en mucho tiempo, así que estos días juntos han sido al mismo tiempo extraordinarios y normales. Millas y millas juntos a lomos de un Cinquecento que, francamente, si pudiera hablar tendría mucho que contarle a un psicólogo para coches. Decenas de cafés aguados con crema de vainilla. El suelo de una tienda, la cama de un hotel, una ducha, una piscina, un jaccuzzi al aire libre. Bolsas de frutos secos, bagels con mantequilla de cacahuete, un italiano, un mexicano, un chino. Escalar, hablar, caminar, hablar, comprar recuerdos, mirar libros, hablar.
En todo ese proceso, nos hemos comportado como auténticos idiotas. Lo que nosotros creíamos que era un fluir de romanticismo y momentos especiales, el resto del mundo debía de verlo como dos seres con el coeficiente intelectual por los suelos y las manos demasiado largas.
Por otra parte, y pese a lo que pueda parecer leyendo este blog, yo nunca he creído que hubiera mayor secreto. En serio. Conoces a alguien que te gusta y a quien le gustas tú, lo demostráis lo antes posible y después pasáis mucho tiempo juntos porque es divertido y porque, a estas alturas, ¿quién quiere atrasar las cosas? ¿Qué necesidad hay de hacerse el difícil cuando sospechas, como yo sospecho ahora, que tu vida junto a esa persona puede ser bastante mejor que tu vida sola?
¿Es esto el principio de algo? Sinceramente, creo que sí. Lo creo con una confianza preocupante. Porque se puede y, al parecer, se quiere (yo quiero, él quiere, nadie tiene miedo de que el otro le arranque la cabeza como a una mantis, etc. etc.). Lo que pasa es que esto es como contar el argumento de una historia. Así en frío suena estúpido. Lo iré desvelando con el tiempo.
De momento, os lo puedo ir presentando.
Es argentino, así que quizá, pero sólo quizá, la expresión "pelotudo/a" comience a aparecer en este blog con frecuencia. Por ejemplo: "cuando hablo con él, sonrío como una pelotuda".
Tiene los ojos azules, con motitas marrones sólo en el derecho. ¿Es un alien? Quizá.
Trata muy bien a todo el mundo, incluyendo a camareros, dependientes, etc. Es lo que se conoce como ridículamente amable.
Corre, escala, sube montes y se ríe como un niño.
Está MUY seguro de sí mismo y camina por la vida con paso confiado. Es admirable y humilde. Es fuerte por dentro y por fuera.
Le gustan los animales, le gusta la gente, le gusto yo. Cuando hablo, escucha.
Y cre que hasta aquí puedo leer sin sentir que traiciono su privacidad y esas cosas que en general me importan un carajo. ¡Qué fuerte! Me gusta nivel respetar su (nuestra) intimidad xD
Seguiré en breve contando cosas de Moab, de Idaho y de mi vuelta a Boulder. Pero de momento, era necesario hablar del elefante en la habitación.
Es un elefante lindísimo.
Seguiremos informando.
martes, 7 de mayo de 2013
CACP, VIII: Frío
Deben de ser alrededor de las doce de la noche en Shelf Road, una escuela de escalada cerca de Canyon City, Colorado. Yo estoy en una tienda de campaña bajo varias capas de ropa y un saco de dormir y, por primera vez en mi vida, lloro de frío. No mucho; apenas unas lágrimas que me apresuro a contener, porque están heladas. Tampoco hace tanto frío. Imagino que andaremos por los dos o tres grados bajo cero en el exterior. El problema es que estoy sola aquí dentro, que quedan muchas horas para que amanezca y que yo (y esto es lo más importante) no sé que más puedo hacer para librarme de este frío. Me he frotado los dedos de los pies y de las manos, me he quitado ropa, me he puesto ropa y me he agitado vigorosamente bajo el saco. Y ahora, en esta oscuridad, no se me ocurren más opciones, y supongo que es por eso por lo que lloro.
"That's traveling", me dijo Peggy el miércoles, cuando le expliqué que había pasado media hora bajo la nieve de Denver. Supongo que este frío también es viajar. Y escalar, que en teoría es lo que haremos mañana, en cuanto asome el bendito sol y hayamos consumido nuestras raciones de café y copos de avena. Pero hay algo diferente en este momento concreto. Cierta desesperación, cierta parálisis. No puedo evitar recordar a Quevedo en "El caballero de las espuelas de oro": no me dejes para siempre con esta soledad y con este frío.
Pienso en ti, entonces. Pienso en el qué habría sido si y me traslado a este mismo momento en una realidad paralela en la que sigo contigo. Llevo mechas, seguro, y un corte de pelo decente, en lugar de estas greñas que crecen a infravelocidad sobre mis hombros. Tú te cortas a menudo el pelo canoso y te repasas la barba con las tijeras de las uñas para estar decente en el curro. Vivimos en Málaga, digo yo, y nuestros padres están muy felices por la forma extremadamente justa en que dividimos nuestros domingos para comer con ellos. Nos casamos hace ya un año, o quizá dos, y nuestras fotos de boda (eres demasiado joven, dijo mi padre, aunque se le ve orgulloso acompañándome hasta la mesa del juez) reposan contentas sobre el mueble del recibidor.
Nuestro piso es pequeño, pero bonito. Algo de IKEA, me temo, y algo de los trastos que tu síndrome de Diógenes y tú vais rescatando de mercadillos de ocasión y casas abandonadas. Hemos cubierto las paredes con poemas y la nevera con los imanes de los viajes que hacemos cada año. Primavera en París. Puente largo en Amsterdam. Quincena de verano en San Francisco.
Nos despertamos juntos, nos duchamos por turnos, preparamos cereales para dos y café cargado. Yo como sola a las tres y me acerco al gimnasio a hacer zumba. Tú apareces por la noche, cansado pero animoso, y hablamos de trabajo y de posibilidades mientras cenamos. De montar un negocio loco o dedicarnos a escribir. De irnos del país. Pero no nos vamos.
Cenamos fuera una vez por semana, vamos al cine una vez por semana, invitamos a amigos una vez por semana. Cocinamos algo con reducción de vinagre balsámico y hablamos de libros, de discos y de actualidad política. De vez en cuando cogemos el coche y las botas Quechua y hacemos alguna ruta por los alrededores. La Sierra de las Nieves, la Axarquía, la Alpujarra incluso. Me gusta ponerte la mano en el muslo mientras conduces, y me gusta cuando paramos a comer, y vas al baño, y vuelves del baño y te diriges a mi mesa. Después de cada excursión, descargo las fotos al ordenador y abro un nuevo álbum en Facebook.
Estoy preocupada por mi futuro laboral, y tú estás preocupado por el tuyo. Empecé mi tesis hace unos meses para ganar puntos en la bolsa, y por las noches, mientras yo trabajo en el ordenador, tú sacas adelante proyectos freelance y piensas en nombres para un estudio. Hacemos cuentas cada cierto tiempo a ver si me puedo quedar ya embarazada, y nos preguntamos si es mejor antes de que acabe la residencia, para aprovechar la baja. Seguimos usando condones y dormimos abrazados la mayoría de las noches.
Y mientas intento calcular a cuántos grados más estaría el aire de esta tienda si tú estuvieras a mi lado, no puedo evitar reírme en silencio de mí misma. Porque anhelo la seguridad de tu nombre junto al mío como si en realidad la deseara. Y porque pienso en estas cosas como si fueran posibles. Como si tú, o yo, o los dos, hubiéramos tenido alguna vez una oportunidad.
Cuando la realidad es que nunca la tuvimos.
"That's traveling", me dijo Peggy el miércoles, cuando le expliqué que había pasado media hora bajo la nieve de Denver. Supongo que este frío también es viajar. Y escalar, que en teoría es lo que haremos mañana, en cuanto asome el bendito sol y hayamos consumido nuestras raciones de café y copos de avena. Pero hay algo diferente en este momento concreto. Cierta desesperación, cierta parálisis. No puedo evitar recordar a Quevedo en "El caballero de las espuelas de oro": no me dejes para siempre con esta soledad y con este frío.
Pienso en ti, entonces. Pienso en el qué habría sido si y me traslado a este mismo momento en una realidad paralela en la que sigo contigo. Llevo mechas, seguro, y un corte de pelo decente, en lugar de estas greñas que crecen a infravelocidad sobre mis hombros. Tú te cortas a menudo el pelo canoso y te repasas la barba con las tijeras de las uñas para estar decente en el curro. Vivimos en Málaga, digo yo, y nuestros padres están muy felices por la forma extremadamente justa en que dividimos nuestros domingos para comer con ellos. Nos casamos hace ya un año, o quizá dos, y nuestras fotos de boda (eres demasiado joven, dijo mi padre, aunque se le ve orgulloso acompañándome hasta la mesa del juez) reposan contentas sobre el mueble del recibidor.
Nuestro piso es pequeño, pero bonito. Algo de IKEA, me temo, y algo de los trastos que tu síndrome de Diógenes y tú vais rescatando de mercadillos de ocasión y casas abandonadas. Hemos cubierto las paredes con poemas y la nevera con los imanes de los viajes que hacemos cada año. Primavera en París. Puente largo en Amsterdam. Quincena de verano en San Francisco.
Nos despertamos juntos, nos duchamos por turnos, preparamos cereales para dos y café cargado. Yo como sola a las tres y me acerco al gimnasio a hacer zumba. Tú apareces por la noche, cansado pero animoso, y hablamos de trabajo y de posibilidades mientras cenamos. De montar un negocio loco o dedicarnos a escribir. De irnos del país. Pero no nos vamos.
Cenamos fuera una vez por semana, vamos al cine una vez por semana, invitamos a amigos una vez por semana. Cocinamos algo con reducción de vinagre balsámico y hablamos de libros, de discos y de actualidad política. De vez en cuando cogemos el coche y las botas Quechua y hacemos alguna ruta por los alrededores. La Sierra de las Nieves, la Axarquía, la Alpujarra incluso. Me gusta ponerte la mano en el muslo mientras conduces, y me gusta cuando paramos a comer, y vas al baño, y vuelves del baño y te diriges a mi mesa. Después de cada excursión, descargo las fotos al ordenador y abro un nuevo álbum en Facebook.
Estoy preocupada por mi futuro laboral, y tú estás preocupado por el tuyo. Empecé mi tesis hace unos meses para ganar puntos en la bolsa, y por las noches, mientras yo trabajo en el ordenador, tú sacas adelante proyectos freelance y piensas en nombres para un estudio. Hacemos cuentas cada cierto tiempo a ver si me puedo quedar ya embarazada, y nos preguntamos si es mejor antes de que acabe la residencia, para aprovechar la baja. Seguimos usando condones y dormimos abrazados la mayoría de las noches.
Y mientas intento calcular a cuántos grados más estaría el aire de esta tienda si tú estuvieras a mi lado, no puedo evitar reírme en silencio de mí misma. Porque anhelo la seguridad de tu nombre junto al mío como si en realidad la deseara. Y porque pienso en estas cosas como si fueran posibles. Como si tú, o yo, o los dos, hubiéramos tenido alguna vez una oportunidad.
Cuando la realidad es que nunca la tuvimos.
viernes, 3 de mayo de 2013
CACP VII: Vidalandia
Decía John en Denver que, después de vivir muchos años en Boulder, había decidido marcharse porque le parecía que los boulderitas vivían apartados de la realidad. "Es como una burbuja", explicaba. Le llamó la atención que yo hubiera llegado a la misma conclusión en menos de veinticuatro horas.
Aun así, el miércoles admito que me alegro de estar otra vez aquí mientras camino bajo la nieve en dirección al meeting couchsurfero. Caminar me convierte en un bicho igual de raro que en Denver, pero las monísimas casitas bajas con las Rocosas al fondo parecen menos hostiles.
El meeting couchsurfero es básicamente una excusa para que la gente que vive aquí y está en Couchsurfing se junte una vez por semana a tomar margaritas. Yo soy la única que está viajando y que no es americana. Aun así, me siento bastante orgullosa porque lo entiendo casi todo, e incluso hago un par de chistes. Me preguntan sesenta veces que de dónde soy, qué hago aquí y qué grado escalo. Incluso se organiza de repente un pequeño foro sobre la siesta: cinco yanquis que me miran con suma atención intentando enterarse de qué va eso de dormir en mitad del día.
Cuando termina el meeting, me han ofrecido pases gratis para el roco, planes de escalada variados e incluso un road trip hacia Seattle. Aquí escalar es como jugar al fútbol en España; aunque nadie sea un crack, todos pueden quedar para echar una pachanga. Enseguida me encuentro hablando de los mismos temas que en España: que si el miedo, que si las caídas, que si los tipos de roca.
Al día siguiente, de hecho, mientras camino feliz bajo el sol de Boulder observando cómo se derrite la nieve, pienso que no creo que vuelva a hacer turismo "normal" nunca más. Esto es como la furgo: no creo que haya vuelta atrás, al menos mientras el cuerpo aguante. Nunca me ha gustado demasiado el consumismo viajero de metabolizar museos, edificios y ciudades, de comprar y comer y comer y comprar y sacarse muchas fotos delante de todo. Esto es distinto: viajas para hacer cosas, y tienes acceso a una parte distinta de la vida.
Estoy motivada a morir, lo confieso, y es un rollo, porque aún hay nieve y no podremos salir a la roca en unos días. Después de hacer compras en la zona comercial de la calle 29 y de tomarme mi par de cafés de rigor, camino hasta Movement para entrenar un rato con Pablo y Jenna. Decidimos que mañana iremos de acampada a Shelf Road, una zona de escalada a unas tres horas de Boulder. Hacemos cincuenta millones de vías y terminamos con los antebrazos para partir nueces, y luego nos vamos a tomar hamburguesas al centro. Pero no estamos hablando de hamburguesitas a un euro de McDonalds, nonono, sino de enormes trozos de vaca sangrante (perdona, Marina vegetariana del pasado) que hay que hacer un considerable esfuerzo para levantar del plato.
De vuelta a casa, mientras me quedo grogui en el jacuzzi junto a la nieve, Pablo me pregunta si me alegro de haber venido. "Uy, qué va - digo yo, con los ojos cerrados -. Esto es horrible. Ojalá me hubiera quedado en Madrid, haciendo dos horas de metro al día y sentada frente al hospital, mirándolo fijamente."
Después, tumbada en mi colchón hinchable, se me ocurre que no deja de ser apropiado haber ido a parar a Boulder, esta burbuja de gente guapa en mitad del lejano Oeste. Es verdad que está algo desconectado de la realidad, y también que la vida no consta sólo de escalada, sol sobre la nieve y alegres "how’s your day going?", pero también es verdad que después de estos meses en Muertelandia, pensando que el mundo era un erial de enfermedad y dolor, está bien compensar con esta alegría increíble.
Ya os contaré el domingo cómo va el finde, que intuyo que va a ser un no parar de sufrir: que si escalar, que si hacer fuego, que si escalar más, que si mirar las estrellas... Mi vida es, como diría mi colega Juanjo, ultradura.
Por cierto, que gracias a la infinita amabilidad couchsurfera se van perfilando los planes de mi road trip. No obstante, al más puro estilo del SSHP, lo iré contando a medida que vaya sucediendo, que así tiene más emoción y no dejáis de leerme para iros con otros/as.
Cuidaos infinitamente. Se os aprecia.
Aun así, el miércoles admito que me alegro de estar otra vez aquí mientras camino bajo la nieve en dirección al meeting couchsurfero. Caminar me convierte en un bicho igual de raro que en Denver, pero las monísimas casitas bajas con las Rocosas al fondo parecen menos hostiles.
El meeting couchsurfero es básicamente una excusa para que la gente que vive aquí y está en Couchsurfing se junte una vez por semana a tomar margaritas. Yo soy la única que está viajando y que no es americana. Aun así, me siento bastante orgullosa porque lo entiendo casi todo, e incluso hago un par de chistes. Me preguntan sesenta veces que de dónde soy, qué hago aquí y qué grado escalo. Incluso se organiza de repente un pequeño foro sobre la siesta: cinco yanquis que me miran con suma atención intentando enterarse de qué va eso de dormir en mitad del día.
Cuando termina el meeting, me han ofrecido pases gratis para el roco, planes de escalada variados e incluso un road trip hacia Seattle. Aquí escalar es como jugar al fútbol en España; aunque nadie sea un crack, todos pueden quedar para echar una pachanga. Enseguida me encuentro hablando de los mismos temas que en España: que si el miedo, que si las caídas, que si los tipos de roca.
Al día siguiente, de hecho, mientras camino feliz bajo el sol de Boulder observando cómo se derrite la nieve, pienso que no creo que vuelva a hacer turismo "normal" nunca más. Esto es como la furgo: no creo que haya vuelta atrás, al menos mientras el cuerpo aguante. Nunca me ha gustado demasiado el consumismo viajero de metabolizar museos, edificios y ciudades, de comprar y comer y comer y comprar y sacarse muchas fotos delante de todo. Esto es distinto: viajas para hacer cosas, y tienes acceso a una parte distinta de la vida.
Estoy motivada a morir, lo confieso, y es un rollo, porque aún hay nieve y no podremos salir a la roca en unos días. Después de hacer compras en la zona comercial de la calle 29 y de tomarme mi par de cafés de rigor, camino hasta Movement para entrenar un rato con Pablo y Jenna. Decidimos que mañana iremos de acampada a Shelf Road, una zona de escalada a unas tres horas de Boulder. Hacemos cincuenta millones de vías y terminamos con los antebrazos para partir nueces, y luego nos vamos a tomar hamburguesas al centro. Pero no estamos hablando de hamburguesitas a un euro de McDonalds, nonono, sino de enormes trozos de vaca sangrante (perdona, Marina vegetariana del pasado) que hay que hacer un considerable esfuerzo para levantar del plato.
De vuelta a casa, mientras me quedo grogui en el jacuzzi junto a la nieve, Pablo me pregunta si me alegro de haber venido. "Uy, qué va - digo yo, con los ojos cerrados -. Esto es horrible. Ojalá me hubiera quedado en Madrid, haciendo dos horas de metro al día y sentada frente al hospital, mirándolo fijamente."
Después, tumbada en mi colchón hinchable, se me ocurre que no deja de ser apropiado haber ido a parar a Boulder, esta burbuja de gente guapa en mitad del lejano Oeste. Es verdad que está algo desconectado de la realidad, y también que la vida no consta sólo de escalada, sol sobre la nieve y alegres "how’s your day going?", pero también es verdad que después de estos meses en Muertelandia, pensando que el mundo era un erial de enfermedad y dolor, está bien compensar con esta alegría increíble.
Ya os contaré el domingo cómo va el finde, que intuyo que va a ser un no parar de sufrir: que si escalar, que si hacer fuego, que si escalar más, que si mirar las estrellas... Mi vida es, como diría mi colega Juanjo, ultradura.
Por cierto, que gracias a la infinita amabilidad couchsurfera se van perfilando los planes de mi road trip. No obstante, al más puro estilo del SSHP, lo iré contando a medida que vaya sucediendo, que así tiene más emoción y no dejáis de leerme para iros con otros/as.
Cuidaos infinitamente. Se os aprecia.
Etiquetas:
Crazy American Climbing Project
Ubicación:
East Boulder Boulder
jueves, 2 de mayo de 2013
CACP VI: gatos, nieve y adorables paleogurús
Me levanto con la sensación de haber dormido muy profundamente en el sótano de John. Es el típico sótano de descuartizar, con escaleras empinadas y luz temblorosa, pero John, que tiene la cocina llena de tomate biológico y un gato persa de cinco kilos llamado Momo, no tiene pinta de descuartizar a nadie. A través de la ventana de la cocina se ve el patio cubierto por una gruesa capa de nieve; las previsiones no mentían, y aunque antes de ayer casi me quemo paseando por Boulder, hoy esto parece una escena navideña.
Ayer protagonicé un momento absurdo empeñándome en pasear hasta casa de John. Preguntadme por qué. Pues, porque como muy bien apuntó Neikos en su comentario, este no es país para paseos. Caminé bajo la llovizna durante una hora y me crucé literalmente con dos personas. Al principio me daba un poco de miedo que me atracaran. Después concluí que un atracador en esta zona no haría ningún negocio, así que dejé de preocuparme.
Después de Jeremy, con sus bolitas de patata y su whiskey de canela, John me parece una monje zen. Vive en un barrio con carteles que anuncian patrullas vecinales de vigilancia. Me prepara un vaso de leche de almendra calentita y nos sentamos a hablar de meditación y del Buda. Cuando hablo de estos temas, es extraño: aunque es un alivio encontrar a alguien que comprende tus rarezas, las opiniones respecto a la espiritualidad o a la meditación están tan unidas al ego como todo lo demás. Es tan difícil arañar tus trocitos de verdad o, por lo menos, de la verdad que a ti te funciona, que te encuentras defendiéndola a capa y espada delante del otro. Le cuento a John el asunto de las celivibraciones y me temo que suena mejor en español, porque se ríe con amabilidad y me dice que quizá esté siendo un poco dramática.
La noche me recibe con una sorpresa agradable: alguien ha aceptado mi petición de alojamiento en Moab, Utah. Se trata de Mark: un rubio tan rubio que parece que le hayan sumergido la cabeza en agua oxigenada. Según su perfil, ha pasado varios años viajando por zonas de escalada y ahora se ha instalado junto al desierto. Sus brutales fotos escalando fisuras me sugieren que aquello está bastante por encima de mis posibilidades, pero me da igual: seré feliz yendo allí y mirando el paisaje. Por la mañana me escribe otro chico: un argentino que también pasará allí la semana escalando. Me dice que trae material y que si me apetece probar las fisuras. Antes de ayer, Pablo y yo tuvimos una conversación sobre escalar fisuras y sobre gente que dice que ha vomitado del esfuerzo. Quizá haya fisuras para principiantes. Ya me enteraré.
Después de desayunar orgánico en casa de John, salgo al nevado exterior con toda mi ropa de abrigo encima. Mientras camino por las aceras observando el manto blanco sobre las casas y los árboles, me entra una curiosa empatía alpinista. Debe de ser el silencio lo que engancha, me digo; este olor (porque la nieve huele) y, sobre todo, la espesa capa de silencio blanco. Me acuerdo de IA la última vez que le vi, inclinado sobre un plato de canelones, tratando de explicarme por qué le gustaba escalar en hielo. En sus ojos verdes brillaba el entusiasmo, y yo casi podía escuchar los golpes del piolet contra las cascadas. Pero hoy, caminando sobre las calles nevadas de Denver, me obligo a prometerme que no me va a dar por el alpinismo, ni el hielo, ni nada parecido. Mi combinación de despiste y taras físicas me llevaría a enmarronarme y morir en unas cinco horas.
De hecho, cuando pierdo el autobús al Downtown por esperarlo en la parada equivocada y tengo que pasar media hora bajo la nieve, temo morir de hipotermia. Trato de mantener la dignidad leyendo en el Kindle bajo mi paraguas de lunares, pero intuyo que los denverinos me miran raro desde detrás de sus ventanas.
Cuando consigo por fin llegar al Downtown sin perderme y sin que la máquina maligna de los billetes se trague mi dinero, entro a The Market: un gigantesco café donde he quedado con Peggy Emch. Me encanta mortalmente desde el primer momento en que la veo. El día que empecé a leer su blog y vi sus fotos tuve exactamente la impresión que tengo ahora: que es una mujer satisfecha de estar en su piel. Se cortó el pelo hace dos días y lo donó a una asociación que fabrica pelucas para niños con cáncer, y ahora está guapísima con unos pendientes naranjas y las uñas pintadas de color plata.
Hablamos un buen rato de nutrición, acné, dieta paleo y disciplina alimentaria. "La comida ya no es un tema para mí", me explica, con una serenidad apabullante. Estamos hablando de alguien que, en su búsqueda por la solución a sus problemas de salud, se pasó dos años alimentándose de pescado crudo, arroz cocido y zumos de fruta. Peggy es la persona que más y de forma más sistemática ha experimentado con su dieta que conozco, y su perseverancia me admira, sobre todo porque a mí el tema dieta y acné casi me vuelve loca.
De todas formas, ver a Peggy me afirma de nuevo en algo que intuyo desde hace tiempo: que llevar la dieta que quieres tiene que ver con llevar la vida que quieres y con sentirte satisfecho con todo lo demás. Es tan encantadora que dan ganas de abrazarla todo el rato, pero al final es ella quien me abraza, diciéndome que ha pasado un rato muy agradable y que siente no poder acercarme a Boulder, pero que tiene que recoger a su hija.
Después paseo exactamente cinco minutos bajo la nieve; lo bastante como para encontrar algún sitio donde comer algo antes de volver a Boulder. Dudo entre "Hospitalidad sureña" y "El huevo delicioso"; al final me decido por el huevo y engullo una tortilla de vegetales, una pechuga de pollo y un par de tostadas integrales. Después del micropaseo por la nieve, me sabe a gloria. Peregrinaje a la nave nodriza Starbuckera para comunicarme con Pablo y leer un ratito, y después de vuelta a Boulder. Ahora estoy tomando (otro) café y escribiendo esto. He de reconocer que estoy abusando un poco de tomar cafés hoy, pero si encontráis algo mejor que hacer bajo una tormenta ininterrumpida de nieve junto a las Rocosas, acepto sugerencias.
En un rato, meeting couchusurfero y jacuzzi en la nieve en casa de Pablo y Jenna. He de decir, por cierto, que el sentimiento viajero se está apoderando de mi mente. Después de estos días extraños, empiezo a relajarme. Creo que ya voy computando el exterior como lo normal y puedo mecerme en este vaivén extraño de alegres expresiones de cortesía, omnipresentes coches gigantes y café aguado.
See you soon, guys ;)
Ayer protagonicé un momento absurdo empeñándome en pasear hasta casa de John. Preguntadme por qué. Pues, porque como muy bien apuntó Neikos en su comentario, este no es país para paseos. Caminé bajo la llovizna durante una hora y me crucé literalmente con dos personas. Al principio me daba un poco de miedo que me atracaran. Después concluí que un atracador en esta zona no haría ningún negocio, así que dejé de preocuparme.
Después de Jeremy, con sus bolitas de patata y su whiskey de canela, John me parece una monje zen. Vive en un barrio con carteles que anuncian patrullas vecinales de vigilancia. Me prepara un vaso de leche de almendra calentita y nos sentamos a hablar de meditación y del Buda. Cuando hablo de estos temas, es extraño: aunque es un alivio encontrar a alguien que comprende tus rarezas, las opiniones respecto a la espiritualidad o a la meditación están tan unidas al ego como todo lo demás. Es tan difícil arañar tus trocitos de verdad o, por lo menos, de la verdad que a ti te funciona, que te encuentras defendiéndola a capa y espada delante del otro. Le cuento a John el asunto de las celivibraciones y me temo que suena mejor en español, porque se ríe con amabilidad y me dice que quizá esté siendo un poco dramática.
La noche me recibe con una sorpresa agradable: alguien ha aceptado mi petición de alojamiento en Moab, Utah. Se trata de Mark: un rubio tan rubio que parece que le hayan sumergido la cabeza en agua oxigenada. Según su perfil, ha pasado varios años viajando por zonas de escalada y ahora se ha instalado junto al desierto. Sus brutales fotos escalando fisuras me sugieren que aquello está bastante por encima de mis posibilidades, pero me da igual: seré feliz yendo allí y mirando el paisaje. Por la mañana me escribe otro chico: un argentino que también pasará allí la semana escalando. Me dice que trae material y que si me apetece probar las fisuras. Antes de ayer, Pablo y yo tuvimos una conversación sobre escalar fisuras y sobre gente que dice que ha vomitado del esfuerzo. Quizá haya fisuras para principiantes. Ya me enteraré.
Después de desayunar orgánico en casa de John, salgo al nevado exterior con toda mi ropa de abrigo encima. Mientras camino por las aceras observando el manto blanco sobre las casas y los árboles, me entra una curiosa empatía alpinista. Debe de ser el silencio lo que engancha, me digo; este olor (porque la nieve huele) y, sobre todo, la espesa capa de silencio blanco. Me acuerdo de IA la última vez que le vi, inclinado sobre un plato de canelones, tratando de explicarme por qué le gustaba escalar en hielo. En sus ojos verdes brillaba el entusiasmo, y yo casi podía escuchar los golpes del piolet contra las cascadas. Pero hoy, caminando sobre las calles nevadas de Denver, me obligo a prometerme que no me va a dar por el alpinismo, ni el hielo, ni nada parecido. Mi combinación de despiste y taras físicas me llevaría a enmarronarme y morir en unas cinco horas.
De hecho, cuando pierdo el autobús al Downtown por esperarlo en la parada equivocada y tengo que pasar media hora bajo la nieve, temo morir de hipotermia. Trato de mantener la dignidad leyendo en el Kindle bajo mi paraguas de lunares, pero intuyo que los denverinos me miran raro desde detrás de sus ventanas.
Cuando consigo por fin llegar al Downtown sin perderme y sin que la máquina maligna de los billetes se trague mi dinero, entro a The Market: un gigantesco café donde he quedado con Peggy Emch. Me encanta mortalmente desde el primer momento en que la veo. El día que empecé a leer su blog y vi sus fotos tuve exactamente la impresión que tengo ahora: que es una mujer satisfecha de estar en su piel. Se cortó el pelo hace dos días y lo donó a una asociación que fabrica pelucas para niños con cáncer, y ahora está guapísima con unos pendientes naranjas y las uñas pintadas de color plata.
Hablamos un buen rato de nutrición, acné, dieta paleo y disciplina alimentaria. "La comida ya no es un tema para mí", me explica, con una serenidad apabullante. Estamos hablando de alguien que, en su búsqueda por la solución a sus problemas de salud, se pasó dos años alimentándose de pescado crudo, arroz cocido y zumos de fruta. Peggy es la persona que más y de forma más sistemática ha experimentado con su dieta que conozco, y su perseverancia me admira, sobre todo porque a mí el tema dieta y acné casi me vuelve loca.
De todas formas, ver a Peggy me afirma de nuevo en algo que intuyo desde hace tiempo: que llevar la dieta que quieres tiene que ver con llevar la vida que quieres y con sentirte satisfecho con todo lo demás. Es tan encantadora que dan ganas de abrazarla todo el rato, pero al final es ella quien me abraza, diciéndome que ha pasado un rato muy agradable y que siente no poder acercarme a Boulder, pero que tiene que recoger a su hija.
Después paseo exactamente cinco minutos bajo la nieve; lo bastante como para encontrar algún sitio donde comer algo antes de volver a Boulder. Dudo entre "Hospitalidad sureña" y "El huevo delicioso"; al final me decido por el huevo y engullo una tortilla de vegetales, una pechuga de pollo y un par de tostadas integrales. Después del micropaseo por la nieve, me sabe a gloria. Peregrinaje a la nave nodriza Starbuckera para comunicarme con Pablo y leer un ratito, y después de vuelta a Boulder. Ahora estoy tomando (otro) café y escribiendo esto. He de reconocer que estoy abusando un poco de tomar cafés hoy, pero si encontráis algo mejor que hacer bajo una tormenta ininterrumpida de nieve junto a las Rocosas, acepto sugerencias.
En un rato, meeting couchusurfero y jacuzzi en la nieve en casa de Pablo y Jenna. He de decir, por cierto, que el sentimiento viajero se está apoderando de mi mente. Después de estos días extraños, empiezo a relajarme. Creo que ya voy computando el exterior como lo normal y puedo mecerme en este vaivén extraño de alegres expresiones de cortesía, omnipresentes coches gigantes y café aguado.
See you soon, guys ;)
lunes, 29 de abril de 2013
CACP IV: Tocando roca
Hay algo raro en América. Algo irreal. Por una parte, todo es igual, es decir: todo es occidental, puedes entenderlo y compartirlo. Pero por otra, todo es sutilmente distinto, con un aire de recién fabricado, como de parque temático. Y ya para terminarlo de arreglar, lo has visto todo en las películas,así que esa misma sensación de novedad se mezcla con la de haber estado aquí millones de veces.
Ayer, después de escribir y tomarme un vaso de leche, fui con Saeed a la estación de autobuses de Denver para salir hacia Boulder. Por el camino iba mirándolo todo por la ventana, mordisqueando el pan de plátano que había comprado en Starbucks y tratando de retener los detalles. Otra cosa curiosa aquí es la poca gente que se ve por las calles. En las pelis no te llama la atención, pero en la vida real resulta raro; como si hubiera habido un cataclismo nuclear y sólo quedaran algunos supervivientes.
Boulder está al pie de las Rocosas y, según me han explicado Pablo y Jenna, es la antiamérica en lo que a obesidad se refiere. Aquí la gente está en forma, vive para el deporte y se pasea por la calle sin camiseta. Verídico. Pasear por la calle sin camiseta es el tipo de cosas que haces en Cádiz y quedas como un cani, pero que haces en Boulder y quedas como un cosmopolita sanote.
Pablo y Jenna me reciben en la estación de autobuses y me llevan a su casa: un bonito apartamento de dos habitaciones en una urbanización residencial. Preparamos rápidamente las mochilas y nos vamos a escalar a una zona cercana: Clear Creek Canyon. Por cierto, que resulta que Boulder está a casi 2000 metros, así que hay que tener cuidado con el mal de altura: te deshidratas, te mareas y no sé cuántas cosas más. El mal de altura y el jet-lag son la mar de útiles para echarles la culpa de todo. Si no estás escalando bien: mal de altura. Si tienes sueño: jet-lag. Si tienes hambre: mal de altura. And so on.
De todas formas, no escalo mal en mi primera intentona americana. Clear Canyon es granito, lo que en teoría es malo, porque la adherencia no es muy allá. Lo que pasa es que yo no he probado mucho granito, pero el que he probado en Madrid se parece a escalar la encimera de tu cocina, así que éste no lo veo ni tan mal. De todas formas, si hay algo que motive a escalar es haber volado miles de kilómetros para hacerlo. Estás ahí y piensas: ¿he volado doce horas para decir "pilla, pilla, que me da miedo"? Ni de coña.
Yo hago cordada con un chico colombiano muy majete que se llama Luis. Escalamos una vía equipada de dos largos y voy de primera con bastante dignidad en el segundo. Equipada quiere decir que ya están puestos los seguros en la roca, y de dos largos quiere decir que el primero sube, se queda arriba y te asegura desde allí, y después sigue el que ha subido segundo y se repite la operación.
(Prometo que voy a empezar a escribir las partes sobre escalada en otro color para no aburriros)
Después de escalar, mientras Pablo intenta una vía complicada que le está dando bastantes quebraderos de cabeza, camino un rato junto al cañón. El cielo está claro y se escucha el arroyo al pie de las montañas. Yo voy mirando las plantas, en las que se produce el mismo efecto de "parecido pero distinto" que en el resto de Estados Unidos. Hay cactus extraños y algo que huele cono el tomillo pero que está blandito y húmedo. Me siento en una roca a tratar de escuchar a las montañas. Desde que vivo en Madrid, creo que no había estado en un espacio tan abierto y tranquilo como éste. Pensar que todos mis problemas y mis historias están ahora mismo en la otra punta del planeta me reconforta. Cuando miro los paisajes de aquí y pienso en los pioneros y el salvaje oeste, me pregunto cómo debieron de sentirse avanzando cada vez más por estas tierras inmensas, sin tener idea de dónde acababan o de lo que iban a encontrarse. También pienso en los indios, tan tranquilitos, invadidos y masacrados de repente por aquellos desconocidos. La raza humana es rara. No podemos quedarnos nunca donde estamos; queremos seguir, avanzar, mejorar. Miradme a mí: no me vale Cádiz, ni Madrid, ni España, ni Europa, ni siquiera avanzar en horizontal. No tengo ni idea de si eso es bueno o una llamada constante a la insatisfacción.
Después de escalar, Pablo, Jenna y yo nos vamos a cenar a una brewery, que al parecer son unos bares-restaurantes que se han puesto ahora de moda y donde fabrican su propia cerveza. En honor a la vigorexia boulderita, cenamos miles de vegetales megafrescos; como yo sigo con mi política de no alcohol, pruebo la root beer, que resulta ser un brebaje dulzón con cierto aire inquietante a enjuague bucal.
Ahora estoy sentada en la moqueta de la habitación que me han adjudicado en el aparatmento. Hace un día precioso fuera. Mi plan es desayunar y salir a dar un paseo para solucionar un par de temas relacionados sobre todo con las comunicaciones, a saber: conseguirle una tarjeta al BI y otra al móvil americano, para que cuando empiece mi Great Roadtrip me pueda comunicar con el mundo y muy especialmente con mi madre. Después tengo que planificar un poco la semana por orden de prioridades, es decir: averiguar primero cuánto podré escalar y rellenar el tiempo restante con otras cosas.
De momento, eso es todo por yanquilandia, queridos. Estoy muy, muy contenta. Ayer una chica me deseó un feliz viaje. "Ya estoy feliz - le expliqué yo -, así que en adelante sólo puede mejorar".
Ayer, después de escribir y tomarme un vaso de leche, fui con Saeed a la estación de autobuses de Denver para salir hacia Boulder. Por el camino iba mirándolo todo por la ventana, mordisqueando el pan de plátano que había comprado en Starbucks y tratando de retener los detalles. Otra cosa curiosa aquí es la poca gente que se ve por las calles. En las pelis no te llama la atención, pero en la vida real resulta raro; como si hubiera habido un cataclismo nuclear y sólo quedaran algunos supervivientes.
Boulder está al pie de las Rocosas y, según me han explicado Pablo y Jenna, es la antiamérica en lo que a obesidad se refiere. Aquí la gente está en forma, vive para el deporte y se pasea por la calle sin camiseta. Verídico. Pasear por la calle sin camiseta es el tipo de cosas que haces en Cádiz y quedas como un cani, pero que haces en Boulder y quedas como un cosmopolita sanote.
Pablo y Jenna me reciben en la estación de autobuses y me llevan a su casa: un bonito apartamento de dos habitaciones en una urbanización residencial. Preparamos rápidamente las mochilas y nos vamos a escalar a una zona cercana: Clear Creek Canyon. Por cierto, que resulta que Boulder está a casi 2000 metros, así que hay que tener cuidado con el mal de altura: te deshidratas, te mareas y no sé cuántas cosas más. El mal de altura y el jet-lag son la mar de útiles para echarles la culpa de todo. Si no estás escalando bien: mal de altura. Si tienes sueño: jet-lag. Si tienes hambre: mal de altura. And so on.
De todas formas, no escalo mal en mi primera intentona americana. Clear Canyon es granito, lo que en teoría es malo, porque la adherencia no es muy allá. Lo que pasa es que yo no he probado mucho granito, pero el que he probado en Madrid se parece a escalar la encimera de tu cocina, así que éste no lo veo ni tan mal. De todas formas, si hay algo que motive a escalar es haber volado miles de kilómetros para hacerlo. Estás ahí y piensas: ¿he volado doce horas para decir "pilla, pilla, que me da miedo"? Ni de coña.
Yo hago cordada con un chico colombiano muy majete que se llama Luis. Escalamos una vía equipada de dos largos y voy de primera con bastante dignidad en el segundo. Equipada quiere decir que ya están puestos los seguros en la roca, y de dos largos quiere decir que el primero sube, se queda arriba y te asegura desde allí, y después sigue el que ha subido segundo y se repite la operación.
(Prometo que voy a empezar a escribir las partes sobre escalada en otro color para no aburriros)
Después de escalar, mientras Pablo intenta una vía complicada que le está dando bastantes quebraderos de cabeza, camino un rato junto al cañón. El cielo está claro y se escucha el arroyo al pie de las montañas. Yo voy mirando las plantas, en las que se produce el mismo efecto de "parecido pero distinto" que en el resto de Estados Unidos. Hay cactus extraños y algo que huele cono el tomillo pero que está blandito y húmedo. Me siento en una roca a tratar de escuchar a las montañas. Desde que vivo en Madrid, creo que no había estado en un espacio tan abierto y tranquilo como éste. Pensar que todos mis problemas y mis historias están ahora mismo en la otra punta del planeta me reconforta. Cuando miro los paisajes de aquí y pienso en los pioneros y el salvaje oeste, me pregunto cómo debieron de sentirse avanzando cada vez más por estas tierras inmensas, sin tener idea de dónde acababan o de lo que iban a encontrarse. También pienso en los indios, tan tranquilitos, invadidos y masacrados de repente por aquellos desconocidos. La raza humana es rara. No podemos quedarnos nunca donde estamos; queremos seguir, avanzar, mejorar. Miradme a mí: no me vale Cádiz, ni Madrid, ni España, ni Europa, ni siquiera avanzar en horizontal. No tengo ni idea de si eso es bueno o una llamada constante a la insatisfacción.
Después de escalar, Pablo, Jenna y yo nos vamos a cenar a una brewery, que al parecer son unos bares-restaurantes que se han puesto ahora de moda y donde fabrican su propia cerveza. En honor a la vigorexia boulderita, cenamos miles de vegetales megafrescos; como yo sigo con mi política de no alcohol, pruebo la root beer, que resulta ser un brebaje dulzón con cierto aire inquietante a enjuague bucal.
Ahora estoy sentada en la moqueta de la habitación que me han adjudicado en el aparatmento. Hace un día precioso fuera. Mi plan es desayunar y salir a dar un paseo para solucionar un par de temas relacionados sobre todo con las comunicaciones, a saber: conseguirle una tarjeta al BI y otra al móvil americano, para que cuando empiece mi Great Roadtrip me pueda comunicar con el mundo y muy especialmente con mi madre. Después tengo que planificar un poco la semana por orden de prioridades, es decir: averiguar primero cuánto podré escalar y rellenar el tiempo restante con otras cosas.
De momento, eso es todo por yanquilandia, queridos. Estoy muy, muy contenta. Ayer una chica me deseó un feliz viaje. "Ya estoy feliz - le expliqué yo -, así que en adelante sólo puede mejorar".
domingo, 28 de abril de 2013
CACP III: hospitalidad y mal de altura
Estoy sentada en la cocina de Saeed, tomándome un vaso de leche gigante de una botella gigante. Qué americano. Saeed y otras dos couchsurferas mexicanas duermen la resaca en una combinación inverosímil de camas, futones y moquetas.
Saeed es hospitalario hasta límites preocupantes. Cuando llegamos ayer a su casa, me señaló una cama de tamaño gigante y me dijo: "that's for you. Get crazy. I'll sleep in the floor." Resulta que se había confundido de día y pensaba que yo llegaba el mes que viene, así que había ofrecido su casa a las dos mexicanas. Al darse cuenta del error, no quiso cancelar y había decidido asignarse la moqueta.
Yo podría haber dormido en la moqueta sin problema; a esas alturas del viaje, podría haber dormido de pie. De hecho, en el camino en bus desde el aeropuerto vi una fábrica gigante de colchones y tuve una alucinación en la que yo dormía en todos ellos, saltando alegremente de uno a otro en un frenesí del descanso.
Al llegar a casa, Saeed y las dos mexicanas, Fabiola y Annalissa, empezaron a ponerse tibios de vodka con RedBull de arándanos, con la idea de quemar la noche denverina. Yo brindaba con leche. Saeed tiene 21 años y hace algo así como currar de mecánico y estudiar derecho (¡qué americano!) y es, en serio, preocupantemente amable. Me busca el horario de bus de mañana, me da la clave de su wi-fi y me explica que todo lo que hay en esta casa es mío y que, por favor, no se la queme.
Una de las mexicanas sucumbre al brebaje morado y cae en coma sobre el otro colchón. "Es la altura - me explica su amiga -. Aquí te emborrachas con mucha facilidad". Venga ya; como si no la hubiera visto beber brebaje morado sin respirar hace cinco minutos. Pero me hace gracia esta gente. Son como la mutación americana de un estudiante granadino de primer año. "Me encanta couchsurfing y me encantáis vosotras", exclama Saeed, poniéndose otra copa. Luego me pide otra vez que no le queme la casa y se va de fiesta con la mexicana consciente que, en mi opinión, le quiere dar bambú.
Ahora estoy haciendo tiempo hasta que salga el bus para Boulder. La idea es que Pablo me recogerá allí y nos iremos a escalar del tirón, viva y bravo. Hace un hermoso día en Colorado, y se ven las montañas cubiertas de nieve detrás de la ciudad. Yo estoy muy contenta.Es difícil explicar la sensación de estar aquí, porque todo es parecido pero distinto, y como el efecto peli es innegable, a una le parece que le hubieran metido por sorpresa en un parque temático. Pero mola. Estoy lejos de todo y lista para ver qué pasa. Me gusta estar en la Dimensión Desconocida.
Seguiremos informando.
Saeed es hospitalario hasta límites preocupantes. Cuando llegamos ayer a su casa, me señaló una cama de tamaño gigante y me dijo: "that's for you. Get crazy. I'll sleep in the floor." Resulta que se había confundido de día y pensaba que yo llegaba el mes que viene, así que había ofrecido su casa a las dos mexicanas. Al darse cuenta del error, no quiso cancelar y había decidido asignarse la moqueta.
Yo podría haber dormido en la moqueta sin problema; a esas alturas del viaje, podría haber dormido de pie. De hecho, en el camino en bus desde el aeropuerto vi una fábrica gigante de colchones y tuve una alucinación en la que yo dormía en todos ellos, saltando alegremente de uno a otro en un frenesí del descanso.
Al llegar a casa, Saeed y las dos mexicanas, Fabiola y Annalissa, empezaron a ponerse tibios de vodka con RedBull de arándanos, con la idea de quemar la noche denverina. Yo brindaba con leche. Saeed tiene 21 años y hace algo así como currar de mecánico y estudiar derecho (¡qué americano!) y es, en serio, preocupantemente amable. Me busca el horario de bus de mañana, me da la clave de su wi-fi y me explica que todo lo que hay en esta casa es mío y que, por favor, no se la queme.
Una de las mexicanas sucumbre al brebaje morado y cae en coma sobre el otro colchón. "Es la altura - me explica su amiga -. Aquí te emborrachas con mucha facilidad". Venga ya; como si no la hubiera visto beber brebaje morado sin respirar hace cinco minutos. Pero me hace gracia esta gente. Son como la mutación americana de un estudiante granadino de primer año. "Me encanta couchsurfing y me encantáis vosotras", exclama Saeed, poniéndose otra copa. Luego me pide otra vez que no le queme la casa y se va de fiesta con la mexicana consciente que, en mi opinión, le quiere dar bambú.
Ahora estoy haciendo tiempo hasta que salga el bus para Boulder. La idea es que Pablo me recogerá allí y nos iremos a escalar del tirón, viva y bravo. Hace un hermoso día en Colorado, y se ven las montañas cubiertas de nieve detrás de la ciudad. Yo estoy muy contenta.Es difícil explicar la sensación de estar aquí, porque todo es parecido pero distinto, y como el efecto peli es innegable, a una le parece que le hubieran metido por sorpresa en un parque temático. Pero mola. Estoy lejos de todo y lista para ver qué pasa. Me gusta estar en la Dimensión Desconocida.
Seguiremos informando.
CACP II: desvaríos interestatales
(Nota: al final no conseguí publicar esto en el avión, así que ahora mismo estoy en casa de Saeed, alucinando después de 25 horas sin dormir. Ya os contaré más sobre él, que está muy loco. Lo importante es que he llegado sana y salva a Denver, ¡viva!)
¡Lo he conseguido! ¡Estoy en América!
Es raro, las cosas como son. La Dimensión Desconocida se parece preocupantemente a la vida real. Quiero decir, que hasta ahora es ciertamente como en las pelis, pero tiene textura de vida real, como si alguien hubiera montado un parque temático en Madrid.
He comido en un asiático en el aeropuerto. Tofu con brócoli y agua purificada de los profundos pozos de Maine a la que le han añadido minerales "para dar sabor". ¡Qué americano!
No puedo juzgar un país a partir del aeropuerto de Filadelfia, y además mi cerebro está en modo "en mi país ya son las doce de la noche y no entiendo qué hace todavía el sol por aquí". Qué puedo decir. La gente es de momento más bien simpaticota. Un señor me ha golpeado levemente con su maleta al pasar, se ha parado, se ha dado la vuelta y me ha preguntado si estaba bien con una preocupación muy profunda. Qué salao.
Ahora estamos cruzando el país y tengo... No sé cómo se llamaría... ¿Interiorfobia? Nunca había estado tan lejos del mar. Imaginar tanta tierra alrededor me da un poco de angustia. Quizá sea absurdo.
Querría escribir cosas profundas, pero no me sale. Es que todo es raro. Quiero dormir. De repente me siento un poco sola. No sola como aburrida, sino sola como desconectada. Esto de experimentar directamente lo grande que es el mundo y la de gente que hay en él me trilla un poco el cerebro. ¿Sentimiento viajero o pródromo psicótico? Lo iremos descubriendo a medida que avanza el viaje.
Por lo demás, mis planes para esta noche son poco ambiciosos. He contactado vía CS con un denvereño llamado Saeed, que se ofreció a alojarme cuando publiqué que necesitaba pasar allí la noche. La gente es maja con alevosía. Si todo va bien y al final de este viaje no me ha descuartizado nadie, creo que estaré tan agradecida que alquilaré una casa con dos habitaciones y dedicaré una sólo a alojar couchsurfers.
Creo que ya lo comenté hace un par de posts, pero no sé hasta qué punto estoy en modo viaje. Porque ya lo he dicho: mis neuronas apoptosan, el jetlag me abruma, Muertelandia casi acaba conmigo y ahora me vengo a aventurear durante 22 días. ¿Cuál es mi problema? En este momento, por ejemplo, me da una pereza horrible pensar que tengo que llegar a Denver, buscar la manera de llamar a Saeed, encontrar el autobús, no perderme por Denver, encontrar a Saeed, dormir, despertar, ir a Boulder y escalar. La virgen. ¿Es esto necesario? A lo mejor no sirvo para la vida viajera. Quizá sólo sirvo para quedarme en casa muy tranquilita.
En vista de que estoy empezando a desvariar, me voy a tirar a escuchar música. No sé si dormir un poco sería mejor o peor para mi sistema nervioso. A lo mejor debería haberme tajado y fingir que estoy aguantando despierta toda la noche porque voy de fiesta. Y tomar churros al llegar a Denver.
(Insisto: desvarío)
¡Lo he conseguido! ¡Estoy en América!
Es raro, las cosas como son. La Dimensión Desconocida se parece preocupantemente a la vida real. Quiero decir, que hasta ahora es ciertamente como en las pelis, pero tiene textura de vida real, como si alguien hubiera montado un parque temático en Madrid.
He comido en un asiático en el aeropuerto. Tofu con brócoli y agua purificada de los profundos pozos de Maine a la que le han añadido minerales "para dar sabor". ¡Qué americano!
No puedo juzgar un país a partir del aeropuerto de Filadelfia, y además mi cerebro está en modo "en mi país ya son las doce de la noche y no entiendo qué hace todavía el sol por aquí". Qué puedo decir. La gente es de momento más bien simpaticota. Un señor me ha golpeado levemente con su maleta al pasar, se ha parado, se ha dado la vuelta y me ha preguntado si estaba bien con una preocupación muy profunda. Qué salao.
Ahora estamos cruzando el país y tengo... No sé cómo se llamaría... ¿Interiorfobia? Nunca había estado tan lejos del mar. Imaginar tanta tierra alrededor me da un poco de angustia. Quizá sea absurdo.
Querría escribir cosas profundas, pero no me sale. Es que todo es raro. Quiero dormir. De repente me siento un poco sola. No sola como aburrida, sino sola como desconectada. Esto de experimentar directamente lo grande que es el mundo y la de gente que hay en él me trilla un poco el cerebro. ¿Sentimiento viajero o pródromo psicótico? Lo iremos descubriendo a medida que avanza el viaje.
Por lo demás, mis planes para esta noche son poco ambiciosos. He contactado vía CS con un denvereño llamado Saeed, que se ofreció a alojarme cuando publiqué que necesitaba pasar allí la noche. La gente es maja con alevosía. Si todo va bien y al final de este viaje no me ha descuartizado nadie, creo que estaré tan agradecida que alquilaré una casa con dos habitaciones y dedicaré una sólo a alojar couchsurfers.
Creo que ya lo comenté hace un par de posts, pero no sé hasta qué punto estoy en modo viaje. Porque ya lo he dicho: mis neuronas apoptosan, el jetlag me abruma, Muertelandia casi acaba conmigo y ahora me vengo a aventurear durante 22 días. ¿Cuál es mi problema? En este momento, por ejemplo, me da una pereza horrible pensar que tengo que llegar a Denver, buscar la manera de llamar a Saeed, encontrar el autobús, no perderme por Denver, encontrar a Saeed, dormir, despertar, ir a Boulder y escalar. La virgen. ¿Es esto necesario? A lo mejor no sirvo para la vida viajera. Quizá sólo sirvo para quedarme en casa muy tranquilita.
En vista de que estoy empezando a desvariar, me voy a tirar a escuchar música. No sé si dormir un poco sería mejor o peor para mi sistema nervioso. A lo mejor debería haberme tajado y fingir que estoy aguantando despierta toda la noche porque voy de fiesta. Y tomar churros al llegar a Denver.
(Insisto: desvarío)
CACP I: desvaríos transoceánicos
Llevo un rato tratando de meditar en el avión Madrid-Filadelfia sin conseguirlo en absoluto. No creo que tenga que ver (sólo) con que tengo la capacidad de concentración de una medusilla; es que estoy tan emocionada que no doy para más.
Hace cuatro meses que Pablo y Jenna vinieron a Madrid para coger el avión hacia EEUU. Quedamos en la sala The Climb, un rocódromo enorme que hay en Leganés, donde me hice daño en el hombro a los cinco minutos de empezar. Muy yo. A la salida fuimos a tomar una cerveza y hablamos de este viaje. "La primera vez que yo fui a EEUU - decía Pablo - pensaba todo el rato que sucedería algo que me impediría ir. Cuando me vi en el avión, no me lo creía, y al llegar allí todo me hacía ilusión. No era un coche; era un coche americano. No era una casa; era una casa americana." Dejando de lado que el fenómeno "qué americano todo" ya ha empezado a ocurrirme (¡Qué americano, gordos en la puerta de embarque con peluches de toritos! ¡Qué americano, pollo a la barbacoa en el avión!), mientras intentaba meditar me he dado cuenta de que una parte de mí tampoco se creía que fuera a viajar. Si hasta contraté un seguro de cancelación por causa médica. Y bueno: estoy yendo. A no ser que muera en un accidente aéreo, o de una extraña enfermedad tipo House durante el vuelo, voy a pisar suelo americano. Quizá me paren entrando al país (miedo americano número 1), me denieguen la entrada y me deporten, pero ESTOY YENDO.
Flipa.
Estas últimas semanas casi colapso. Podía visualizar a mi sistema nervioso agotándose poco a poco. Las neuronas apoptosando una a una (apoptosar es una palabra muy guay que quiere decir que las neuronas se suicidan. Verídico). He suspendido toda actividad superflua. Hasta he dejado de ir al roco. Estaba concentrada en combinar mi despertar espiritual con sobrevivir, trabajar y hacer el equipaje. No es que el tema del equipaje sea tan complicado, pero uno piensa: a ver, me voy a Otro Continente. Seguro, seguro, seguro que me estoy olvidando de algo. Y eso raya.
Además, he tenido abundantes y absurdas crisis de ciudadana del primer mundo increíblemente afortunada, que se pregunta todo el rato cómo, ¡oh, Dios!, cómo lo hará para bloguear mientras viaja porque no puede tolerar la idea de escribir en papel y buscar cibers por ahí. Al final he cedido al maligno espíritu de Steve Jobs y a la voz de mi madre, suplicándome "te lo ruego, Pitu, encuentra la manera de estar conectada a Internet", y lo he hecho: he abierto mi hucha de monedas de dos euros y me he comprado un iPad. Me siento un poco hipócrita, lo confieso, porque ahora tengo viaje Y iPad. Por otra parte, mi vida ya se basa en que soy absurdamente privilegiada, y ahora mismo estoy TAN feliz escribiendo esto en un vuelo transoceánico y pensando que podré bloguear muchísimo en estas tres semanas que todo lo demás me da igual.
(Apuesto a que a vosotros también os hace bastante felices lo del blogueo. Jijiji).
Impresiones del Bicho iPadero hasta ahora: me fascina casi tanto como mi Mac. Es bonito y molón. Es rápido. La escritura no es tan fluida como en un teclado físico, pero no va mal. Y, sobre todo, estoy escribiendo esto en un vuelo transoceánico, ¿lo he dicho ya? Soy muy feliz. Y muy buena hija.
Comencemos las crónicas del viaje, pues.
Como os decía, ayer estaba al borde del colapso. Fin de la rotación en Muertelandia. Despedida de mis pacientes y de la gente de La Paz con moderada penita. No creo que olvide nunca a mis pacientes de allí. Mira que he tenido muchos pacientes molones, que les tengo cariño a la mayoría y me acuerdo de bastantes. Pero estos son especiales.
Ayer me decía un señor ingresado después que le operaran de un tumor: "Y yo que creía que no me iba a morir nunca". Yo asentí, porque hasta hace un par de meses, yo también me lo creía. Dudo que ahora mismo esté mucho más cerca que antes de comprender la realidad de la no existencia, pero por lo menos es algo que pongo sobre la mesa con más facilidad. Ahora quiero estar lista para morir, aunque aún tenga que terminar de descubrir lo que eso significa.
Los preparativos para el viaje se habían desarrollado bien hasta ayer. Teniendo en cuenta el Inmenso Desastre Humano que soy, me he apañado para tener listos a tiempo:
- El localizador del vuelo impreso.
- El permiso internacional de conducir (un timo, por cierto: un cartón cutre y gris con aspecto de cartilla de racionamiento de la posguerra).
- Un móvil no smartphone que funciona en EEUU, cortesía de Erika.
- El BI o Bicho iPadero, con una funda que he conseguido no comprar en rosa.
- Una póliza de seguros que cubre la eventualidad de tener que ser rescatada de algún risco por HPY o Hercúleos Pilotos Yanquis (abreviatura copyright de Laura, mi lectora amorosa más fashion).
- Un puñado de dólares, por si hay cualquier problema con la tarjeta. Aún intento deshacerme de la preocupante sospecha de que son billetes de monopoly. Nota: que el dólar valga menos que el euro mola muchísimo. Es como si te regalaran dinero.
- Un adaptador para las clavijas de los aparatos eléctricos. Las baterías: esa nueva y adorable neurosis del siglo XXI.
Más allá de eso, mi equipaje es un intento razonable de minimalismo. Ropa sólo de montaña, porque quiero ser como esos guiris que vienen a España y visitan las ciudades con zapatos de trekking. En principio había instaurado una política de cero coquetería, porque ya os dije que he abrazado el celibato, pero a última hora he metido una camiseta así un poco mona (uuuhhh) y dos condones, dos, por si al final me pasa la del asturiano buenorro y tengo que ir otra vez a hacer de Pretty Woman por Boulder. Que me conozco. Aunque juro por el espíritu de Lincoln (me estoy ambientando, ¿vale?), que voy a hacer todo lo posible por evitar situaciones como la del Asturiano Buenorro. Que luego acabo resacosa y humillada comiendo sobaos a las afueras de cualquier pueblo norteño.
Quizá éste sea un buen momento para incluir aquí las normas de relación con el sexo opuesto que regirán durante todo el CACP:
1. Mantenerse alejada de toda sustancia con capacidad de alterar el sistema nervioso central: alcohol, drogas, cupcakes. Excepciones: cantidades moderadas de cafeína y teína. He dicho MODERADAS, que si me paso con el café también me pongo tonta. Esto no es exclusivo del CACP, que llevo sin beber desde Semana Santa, pero no viene mal recordarlo.
2. Todo elemento varón es una potencial fuente de Mal, así que hay que tratarles con precaución. Muy especialmente a los guapos, y muy, muy especialmente a los guapos que escalan, porque los carga el diablo. Esto quiere decir que ante cualquier maromo yanqui incluso levemente atractivo, deberé respirar hondo muchas veces, meditar con especial ímpetu y repetirme: "estás proyectando tus carencias emocionales y tu deprivación sexual en ese pobre chico, Marina, así que trabaja el desapego". Son autoinstrucciones un poco largas, así que a lo mejor debería abreviarlas. Algo tipo orden para perrito; un "sit" para mi corazón. Quizá: "Deattach, Marina! Deattach!".
3. Minimalismo estético. No me voy a rapar la cabeza, pero no me hagáis dar detalles sobre la depilación.
De momento, ése es el plan.
Lo de arriba es cachondeo sólo parciamente. Voy a aprovechar el momento "estoy sobrevolando el Atlántico y me aburro" para contaros el insight que he tenido en estos últimos días y que me ha cambiado la vida.
Todo ocurrió hace tres días tomando una cerveza (sin alcohol) con Carmen, otra lectora genial y paciente. Me pidió que le explicara por favor mi momento AEC o Abrazar El Celibato. Yo masticaba mi tostada de paté de berenjena con ahínco. Me puse a explicarle cómo en los últimos (dejadme pensar) siete años, las relaciones con el sexo opuesto no me han traído más que complicaciones. Buenos momentos, sí, y material suficiente como para escribir un libro sobre el pobre J. Pero muchas complicaciones, y un importante atraso espiritual. Si no fuera por los tíos, yo ya iría camino del Nirvana.
- Además - añadí -, ahora mismo no estoy preparada para tener una relación.
Me quedé asombrada conmigo misma. ¿Cómo? A ver, ampliemos el concepto.
A mí me encantaría poder decir "quiero estar sola". En serio. Suena a ser muy autosuficiente. A buscarse a una misma. Rechazar una relación porque quieres estar sola tiene la misma elegancia que decir "no, gracias, no quiero postre". Lo que pasa es que en mi caso estaría mintiendo como una perra judía. Porque yo sí quiero una relación. Claro que la quiero, pero el universo no me da opción a aceptarla o rechazarla. Anyway, hasta ahora mi no vida amorosa se basaba en dos premisas:
1. Yo soy rarilla pero encantadora, y un ser humano maravilloso, y podría hacer muy feliz a casi cualquier maromo.
2. Por alguna extraña razón (¿celivibraciones?) el Universo aleja a los maromos de mí o, por lo menos, a los maromos a los que a mí me gustaría acercarme. Para los raros, soy un imán.
Pero ¿qué pasa si hubiera un tercer factor: el FACTOR APIO? El Factor Apio tiene que ver con que yo me enamoro de un apio, y el día que el apio se enamore de mí, me voy a encontrar casada con un apio e intentando ser encantadora y hacerle terriblemente feliz.
Y eso no va a ser bueno.
Lo que quiero decir es que ya se ha demostrado varias veces que a mí se me va la olla cuando me gusta alguien, y que lo único que me salva de que mi vida no sea un desastre son precisamente las celivibraciones. Me protegen de los apios del mundo. Son como mi ángel de la guarda. Y cuando no están ahí y consigo engañar a alguien, como en el caso del pobre J., me veo enredada en Años de enganche con alguien con quien yo sabía casi desde el principio que no había futuro.
Es decir: que NO estoy preparada para tener una relación. Estoy demasiado loca. Por lo menos, para el tipo de relación que yo quiero tener. No quiero repetir errores en bucle. No quiero volver al tonteo, a forzar mi mejor cara, a juzgar y sentirme juzgada, a poner el sexo sobre la mesa como un arma de doble filo. Quiero algo real, tranquilo y razonable. No quiero fingir ser quien no soy para gustarle a alguien.
Probablemente no me estoy explicando muy bien. Lo que quiero decir es que ya he probado los jueguecitos antes y no me gustan. No se me dan bien. Y lanzarme a lo kamikaze no sólo es poco útil, sino que tampoco es real. Hacerme la difícil no me sale porque es mentira, pero es que tirarme a la piscina y querer dejarlo todo cuando apenas conozco a alguien TAMBIÉN es mentira. Creo que esa era la pieza que le faltaba al puzle de mi erial amoroso. Que NO estoy preparada para tomar buenas decisiones en el amor, así que mejor ir con cuidado.
Que cada uno lo interprete como quiera. Yo entiendo que esto suena mucho a "pues ahora no respiro", e imagino que alguien podría responderme que tengo que estar dispuesta a sufrir porque quien ama sufre y tal. Pero es que yo ya no quiero jugar a eso. Es que no estoy dispuesta a sufrir. No estoy dispuesta a estar con alguien dos días y pasarlo mal durante meses. Tengo demasiadas cosas que hacer como para eso.
Así que no voy a volver a entrar en el juego. Seguir con lo mismo una y otra vez no tiene sentido. Con el próximo será diferente o no será. Y esta vez lo digo en serio. Estoy dispuesta a pasar sin contacto íntimo todo el tiempo que haga falta. Y si conozco a Alguien Especial, respiraré hondo, trataré de mantener la perspectiva e iré despacito.
Por no hablar de que haré todo lo posible por que ese alguien especial no esté en el puñetero salvaje oeste.
A ESO me refiero con Abrazar El Celibato.
Si alguien se ha leído todo este rollo, que empiece su comentario con la palabra "gatito".
Siguiendo con el tema equipaje. Ya comenté que ayer decidí ir a dormir a casa de mi tía, que vive cerca del aeropuerto, para evitar el fenómeno "Duendecillo del Equipaje". Ese fenómeno, en mi caso, consiste en que hay un ser maligno que me convence de que todo lo que no he hecho en semanas me dará tiempo a solucionarlo la mañana antes de salir de viaje levantándome una hora antes. Y es mentira. Lo que pasa es que empiezo el viaje mega estresada y dejo mi habitación o casa como si hubieran entrado a robar.
A pesar de mi esfuerzo, el DE me convenció ayer de que me iba a dar tiempo a hacerlo todo por la tarde, después de salir a comer con los del curro, ayudar a Cris a hacer croquetas de lentejas y comprar el BI. Así que mis pobres tíos me recogieron a las doce de la noche, agotada y alucinando con haberme olvidado del pasaporte, sin terminar de creerse mi caraja.
La parte buena es que la mañana ha sido zen. Me he despertado a una hora normal. He llegado al aeropuerto con tiempo, relajada, tranquila y con la BB cream puesta. Con un dolor de cabeza horrible, pero bueno; supongo que es lo mínimo que se despacha cuando estás a punto de cumplir el sueño de tu vida.
No me voy a extender sobre las aventuras del embarque, porque creo que se ha escrito todo lo que se podía escribir sobre lo ridículo y deprimente que resulta el control de seguridad para los aviones. Sólo diré que a mí, que soy bastante bienintencionada, se me han ocurrido ya como cinco maneras de meter objetos peligrosos en un avión sin quebrarse demasiado, así que no tengo claro hasta qué punto es todo esto útil.
Ahora he empezado mi viaje con un karma horrible, rechazando un cambio de asiento para que dos amigas se sentaran juntas. Pero qué queréis que os diga. Me gusta mi ventanilla, y total; ellas están sentadas cada una a un lado del pasillo, y además van con otras chavalas que se han puesto de pie en el pasillo, y están manteniendo una tertulia a voces que podría pasar por un teatrillo cortesía de la aerolínea para tener entretenido al pasaje.
Por lo demás, no hay mucho que contar. Pollo a la barbacoa y pretzels para comer (¡qué americano!), y no estoy nada aburrida. Me he comprado el nuevo de Marian Keyes en formato ebook y creo que mi amor total por el Kindle no va a hacer más que crecer en este viaje. Hay teles individuales con miles de películas, tengo al BI para contaros chorradas, puedo meditar y reflexionar sobre el viaje, y la emoción alimenta mi fuego.
Todo va bien.
Mis planes a corto plazo:
1. Sobrevivir a la performance de las chicas de al lado manteniendo la ecuanimidad.
2. Conseguir entrar al país y que no me retengan en Filadelfia, y tenga que buscar aliciente cantureando la banda sonora de la peli y alegrándome por no tener sarcoma de Kaposi.
3. Aspirar algo de espíritu americano en el aeropuerto e interactuar con algún yanqui para morir de la emoción.
4. No distraerme con el punto tres y coger sin problemas el vuelo a Denver.
5. Conectarme en el avión y publicar esto (ese avión tiene conexión a Internet. Alucina).
Lo voy a dejar aquí, que no os quiero acostumbrar a posts tan largos. Os quiero, chicos o, como dirían en los USA, I love you guys!
Hace cuatro meses que Pablo y Jenna vinieron a Madrid para coger el avión hacia EEUU. Quedamos en la sala The Climb, un rocódromo enorme que hay en Leganés, donde me hice daño en el hombro a los cinco minutos de empezar. Muy yo. A la salida fuimos a tomar una cerveza y hablamos de este viaje. "La primera vez que yo fui a EEUU - decía Pablo - pensaba todo el rato que sucedería algo que me impediría ir. Cuando me vi en el avión, no me lo creía, y al llegar allí todo me hacía ilusión. No era un coche; era un coche americano. No era una casa; era una casa americana." Dejando de lado que el fenómeno "qué americano todo" ya ha empezado a ocurrirme (¡Qué americano, gordos en la puerta de embarque con peluches de toritos! ¡Qué americano, pollo a la barbacoa en el avión!), mientras intentaba meditar me he dado cuenta de que una parte de mí tampoco se creía que fuera a viajar. Si hasta contraté un seguro de cancelación por causa médica. Y bueno: estoy yendo. A no ser que muera en un accidente aéreo, o de una extraña enfermedad tipo House durante el vuelo, voy a pisar suelo americano. Quizá me paren entrando al país (miedo americano número 1), me denieguen la entrada y me deporten, pero ESTOY YENDO.
Flipa.
Estas últimas semanas casi colapso. Podía visualizar a mi sistema nervioso agotándose poco a poco. Las neuronas apoptosando una a una (apoptosar es una palabra muy guay que quiere decir que las neuronas se suicidan. Verídico). He suspendido toda actividad superflua. Hasta he dejado de ir al roco. Estaba concentrada en combinar mi despertar espiritual con sobrevivir, trabajar y hacer el equipaje. No es que el tema del equipaje sea tan complicado, pero uno piensa: a ver, me voy a Otro Continente. Seguro, seguro, seguro que me estoy olvidando de algo. Y eso raya.
Además, he tenido abundantes y absurdas crisis de ciudadana del primer mundo increíblemente afortunada, que se pregunta todo el rato cómo, ¡oh, Dios!, cómo lo hará para bloguear mientras viaja porque no puede tolerar la idea de escribir en papel y buscar cibers por ahí. Al final he cedido al maligno espíritu de Steve Jobs y a la voz de mi madre, suplicándome "te lo ruego, Pitu, encuentra la manera de estar conectada a Internet", y lo he hecho: he abierto mi hucha de monedas de dos euros y me he comprado un iPad. Me siento un poco hipócrita, lo confieso, porque ahora tengo viaje Y iPad. Por otra parte, mi vida ya se basa en que soy absurdamente privilegiada, y ahora mismo estoy TAN feliz escribiendo esto en un vuelo transoceánico y pensando que podré bloguear muchísimo en estas tres semanas que todo lo demás me da igual.
(Apuesto a que a vosotros también os hace bastante felices lo del blogueo. Jijiji).
Impresiones del Bicho iPadero hasta ahora: me fascina casi tanto como mi Mac. Es bonito y molón. Es rápido. La escritura no es tan fluida como en un teclado físico, pero no va mal. Y, sobre todo, estoy escribiendo esto en un vuelo transoceánico, ¿lo he dicho ya? Soy muy feliz. Y muy buena hija.
Comencemos las crónicas del viaje, pues.
Como os decía, ayer estaba al borde del colapso. Fin de la rotación en Muertelandia. Despedida de mis pacientes y de la gente de La Paz con moderada penita. No creo que olvide nunca a mis pacientes de allí. Mira que he tenido muchos pacientes molones, que les tengo cariño a la mayoría y me acuerdo de bastantes. Pero estos son especiales.
Ayer me decía un señor ingresado después que le operaran de un tumor: "Y yo que creía que no me iba a morir nunca". Yo asentí, porque hasta hace un par de meses, yo también me lo creía. Dudo que ahora mismo esté mucho más cerca que antes de comprender la realidad de la no existencia, pero por lo menos es algo que pongo sobre la mesa con más facilidad. Ahora quiero estar lista para morir, aunque aún tenga que terminar de descubrir lo que eso significa.
Los preparativos para el viaje se habían desarrollado bien hasta ayer. Teniendo en cuenta el Inmenso Desastre Humano que soy, me he apañado para tener listos a tiempo:
- El localizador del vuelo impreso.
- El permiso internacional de conducir (un timo, por cierto: un cartón cutre y gris con aspecto de cartilla de racionamiento de la posguerra).
- Un móvil no smartphone que funciona en EEUU, cortesía de Erika.
- El BI o Bicho iPadero, con una funda que he conseguido no comprar en rosa.
- Una póliza de seguros que cubre la eventualidad de tener que ser rescatada de algún risco por HPY o Hercúleos Pilotos Yanquis (abreviatura copyright de Laura, mi lectora amorosa más fashion).
- Un puñado de dólares, por si hay cualquier problema con la tarjeta. Aún intento deshacerme de la preocupante sospecha de que son billetes de monopoly. Nota: que el dólar valga menos que el euro mola muchísimo. Es como si te regalaran dinero.
- Un adaptador para las clavijas de los aparatos eléctricos. Las baterías: esa nueva y adorable neurosis del siglo XXI.
Más allá de eso, mi equipaje es un intento razonable de minimalismo. Ropa sólo de montaña, porque quiero ser como esos guiris que vienen a España y visitan las ciudades con zapatos de trekking. En principio había instaurado una política de cero coquetería, porque ya os dije que he abrazado el celibato, pero a última hora he metido una camiseta así un poco mona (uuuhhh) y dos condones, dos, por si al final me pasa la del asturiano buenorro y tengo que ir otra vez a hacer de Pretty Woman por Boulder. Que me conozco. Aunque juro por el espíritu de Lincoln (me estoy ambientando, ¿vale?), que voy a hacer todo lo posible por evitar situaciones como la del Asturiano Buenorro. Que luego acabo resacosa y humillada comiendo sobaos a las afueras de cualquier pueblo norteño.
Quizá éste sea un buen momento para incluir aquí las normas de relación con el sexo opuesto que regirán durante todo el CACP:
1. Mantenerse alejada de toda sustancia con capacidad de alterar el sistema nervioso central: alcohol, drogas, cupcakes. Excepciones: cantidades moderadas de cafeína y teína. He dicho MODERADAS, que si me paso con el café también me pongo tonta. Esto no es exclusivo del CACP, que llevo sin beber desde Semana Santa, pero no viene mal recordarlo.
2. Todo elemento varón es una potencial fuente de Mal, así que hay que tratarles con precaución. Muy especialmente a los guapos, y muy, muy especialmente a los guapos que escalan, porque los carga el diablo. Esto quiere decir que ante cualquier maromo yanqui incluso levemente atractivo, deberé respirar hondo muchas veces, meditar con especial ímpetu y repetirme: "estás proyectando tus carencias emocionales y tu deprivación sexual en ese pobre chico, Marina, así que trabaja el desapego". Son autoinstrucciones un poco largas, así que a lo mejor debería abreviarlas. Algo tipo orden para perrito; un "sit" para mi corazón. Quizá: "Deattach, Marina! Deattach!".
3. Minimalismo estético. No me voy a rapar la cabeza, pero no me hagáis dar detalles sobre la depilación.
De momento, ése es el plan.
Lo de arriba es cachondeo sólo parciamente. Voy a aprovechar el momento "estoy sobrevolando el Atlántico y me aburro" para contaros el insight que he tenido en estos últimos días y que me ha cambiado la vida.
Todo ocurrió hace tres días tomando una cerveza (sin alcohol) con Carmen, otra lectora genial y paciente. Me pidió que le explicara por favor mi momento AEC o Abrazar El Celibato. Yo masticaba mi tostada de paté de berenjena con ahínco. Me puse a explicarle cómo en los últimos (dejadme pensar) siete años, las relaciones con el sexo opuesto no me han traído más que complicaciones. Buenos momentos, sí, y material suficiente como para escribir un libro sobre el pobre J. Pero muchas complicaciones, y un importante atraso espiritual. Si no fuera por los tíos, yo ya iría camino del Nirvana.
- Además - añadí -, ahora mismo no estoy preparada para tener una relación.
Me quedé asombrada conmigo misma. ¿Cómo? A ver, ampliemos el concepto.
A mí me encantaría poder decir "quiero estar sola". En serio. Suena a ser muy autosuficiente. A buscarse a una misma. Rechazar una relación porque quieres estar sola tiene la misma elegancia que decir "no, gracias, no quiero postre". Lo que pasa es que en mi caso estaría mintiendo como una perra judía. Porque yo sí quiero una relación. Claro que la quiero, pero el universo no me da opción a aceptarla o rechazarla. Anyway, hasta ahora mi no vida amorosa se basaba en dos premisas:
1. Yo soy rarilla pero encantadora, y un ser humano maravilloso, y podría hacer muy feliz a casi cualquier maromo.
2. Por alguna extraña razón (¿celivibraciones?) el Universo aleja a los maromos de mí o, por lo menos, a los maromos a los que a mí me gustaría acercarme. Para los raros, soy un imán.
Pero ¿qué pasa si hubiera un tercer factor: el FACTOR APIO? El Factor Apio tiene que ver con que yo me enamoro de un apio, y el día que el apio se enamore de mí, me voy a encontrar casada con un apio e intentando ser encantadora y hacerle terriblemente feliz.
Y eso no va a ser bueno.
Lo que quiero decir es que ya se ha demostrado varias veces que a mí se me va la olla cuando me gusta alguien, y que lo único que me salva de que mi vida no sea un desastre son precisamente las celivibraciones. Me protegen de los apios del mundo. Son como mi ángel de la guarda. Y cuando no están ahí y consigo engañar a alguien, como en el caso del pobre J., me veo enredada en Años de enganche con alguien con quien yo sabía casi desde el principio que no había futuro.
Es decir: que NO estoy preparada para tener una relación. Estoy demasiado loca. Por lo menos, para el tipo de relación que yo quiero tener. No quiero repetir errores en bucle. No quiero volver al tonteo, a forzar mi mejor cara, a juzgar y sentirme juzgada, a poner el sexo sobre la mesa como un arma de doble filo. Quiero algo real, tranquilo y razonable. No quiero fingir ser quien no soy para gustarle a alguien.
Probablemente no me estoy explicando muy bien. Lo que quiero decir es que ya he probado los jueguecitos antes y no me gustan. No se me dan bien. Y lanzarme a lo kamikaze no sólo es poco útil, sino que tampoco es real. Hacerme la difícil no me sale porque es mentira, pero es que tirarme a la piscina y querer dejarlo todo cuando apenas conozco a alguien TAMBIÉN es mentira. Creo que esa era la pieza que le faltaba al puzle de mi erial amoroso. Que NO estoy preparada para tomar buenas decisiones en el amor, así que mejor ir con cuidado.
Que cada uno lo interprete como quiera. Yo entiendo que esto suena mucho a "pues ahora no respiro", e imagino que alguien podría responderme que tengo que estar dispuesta a sufrir porque quien ama sufre y tal. Pero es que yo ya no quiero jugar a eso. Es que no estoy dispuesta a sufrir. No estoy dispuesta a estar con alguien dos días y pasarlo mal durante meses. Tengo demasiadas cosas que hacer como para eso.
Así que no voy a volver a entrar en el juego. Seguir con lo mismo una y otra vez no tiene sentido. Con el próximo será diferente o no será. Y esta vez lo digo en serio. Estoy dispuesta a pasar sin contacto íntimo todo el tiempo que haga falta. Y si conozco a Alguien Especial, respiraré hondo, trataré de mantener la perspectiva e iré despacito.
Por no hablar de que haré todo lo posible por que ese alguien especial no esté en el puñetero salvaje oeste.
A ESO me refiero con Abrazar El Celibato.
Si alguien se ha leído todo este rollo, que empiece su comentario con la palabra "gatito".
Siguiendo con el tema equipaje. Ya comenté que ayer decidí ir a dormir a casa de mi tía, que vive cerca del aeropuerto, para evitar el fenómeno "Duendecillo del Equipaje". Ese fenómeno, en mi caso, consiste en que hay un ser maligno que me convence de que todo lo que no he hecho en semanas me dará tiempo a solucionarlo la mañana antes de salir de viaje levantándome una hora antes. Y es mentira. Lo que pasa es que empiezo el viaje mega estresada y dejo mi habitación o casa como si hubieran entrado a robar.
A pesar de mi esfuerzo, el DE me convenció ayer de que me iba a dar tiempo a hacerlo todo por la tarde, después de salir a comer con los del curro, ayudar a Cris a hacer croquetas de lentejas y comprar el BI. Así que mis pobres tíos me recogieron a las doce de la noche, agotada y alucinando con haberme olvidado del pasaporte, sin terminar de creerse mi caraja.
La parte buena es que la mañana ha sido zen. Me he despertado a una hora normal. He llegado al aeropuerto con tiempo, relajada, tranquila y con la BB cream puesta. Con un dolor de cabeza horrible, pero bueno; supongo que es lo mínimo que se despacha cuando estás a punto de cumplir el sueño de tu vida.
No me voy a extender sobre las aventuras del embarque, porque creo que se ha escrito todo lo que se podía escribir sobre lo ridículo y deprimente que resulta el control de seguridad para los aviones. Sólo diré que a mí, que soy bastante bienintencionada, se me han ocurrido ya como cinco maneras de meter objetos peligrosos en un avión sin quebrarse demasiado, así que no tengo claro hasta qué punto es todo esto útil.
Ahora he empezado mi viaje con un karma horrible, rechazando un cambio de asiento para que dos amigas se sentaran juntas. Pero qué queréis que os diga. Me gusta mi ventanilla, y total; ellas están sentadas cada una a un lado del pasillo, y además van con otras chavalas que se han puesto de pie en el pasillo, y están manteniendo una tertulia a voces que podría pasar por un teatrillo cortesía de la aerolínea para tener entretenido al pasaje.
Por lo demás, no hay mucho que contar. Pollo a la barbacoa y pretzels para comer (¡qué americano!), y no estoy nada aburrida. Me he comprado el nuevo de Marian Keyes en formato ebook y creo que mi amor total por el Kindle no va a hacer más que crecer en este viaje. Hay teles individuales con miles de películas, tengo al BI para contaros chorradas, puedo meditar y reflexionar sobre el viaje, y la emoción alimenta mi fuego.
Todo va bien.
Mis planes a corto plazo:
1. Sobrevivir a la performance de las chicas de al lado manteniendo la ecuanimidad.
2. Conseguir entrar al país y que no me retengan en Filadelfia, y tenga que buscar aliciente cantureando la banda sonora de la peli y alegrándome por no tener sarcoma de Kaposi.
3. Aspirar algo de espíritu americano en el aeropuerto e interactuar con algún yanqui para morir de la emoción.
4. No distraerme con el punto tres y coger sin problemas el vuelo a Denver.
5. Conectarme en el avión y publicar esto (ese avión tiene conexión a Internet. Alucina).
Lo voy a dejar aquí, que no os quiero acostumbrar a posts tan largos. Os quiero, chicos o, como dirían en los USA, I love you guys!
sábado, 27 de abril de 2013
Crazy American Climbing Project: tomorrow
Queridos ciruelos y ciruelas:
Estoy al borde del agotamiento. Seriously. Mi cerebro ha dicho basta. Me he venido a dormir a casa de mi tía, que vive cerca del aeropuerto, para evitar que el malvado duendecillo del equipaje me susurrara que lo dejara todo para el último momento. Ahora no sé si quiero dormirme para que todo llegue antes, o no dormirme para que no llegue tan pronto. No sabría decir cuáles son mis emociones en este momento. Supongo que hay más cansancio que otra cosa, y algo de incertidumbre sobre cómo será trasladarse a la Dimensión Desconocida.
A dios pongo por testigo de que mañana escribiré algo más coherente. Deseadme que no me paren los de inmigración.
Estoy al borde del agotamiento. Seriously. Mi cerebro ha dicho basta. Me he venido a dormir a casa de mi tía, que vive cerca del aeropuerto, para evitar que el malvado duendecillo del equipaje me susurrara que lo dejara todo para el último momento. Ahora no sé si quiero dormirme para que todo llegue antes, o no dormirme para que no llegue tan pronto. No sabría decir cuáles son mis emociones en este momento. Supongo que hay más cansancio que otra cosa, y algo de incertidumbre sobre cómo será trasladarse a la Dimensión Desconocida.
A dios pongo por testigo de que mañana escribiré algo más coherente. Deseadme que no me paren los de inmigración.
jueves, 25 de abril de 2013
Crazy American Climbing Project: quedan tres días
Continúo sin creerme demasiado que vaya a viajar a EEUU, francamente. La sensación, más que de ir a viajar, es la de que me van a teletransportar a la Dimensión Desconocida. Hoy leía el último libro de Natalie Goldberg, donde menciona Nuevo Mexico, Colorado, Wyoming, Nevada... y pensaba: en breve estoy yo ahí, camino de las Rocky Mountains. Es surrealista.
Llevo varios días con un dilema mental sobre el soporte de escritura para el viaje. El tema es que yo quiero viajar Y escribir. Escribir es sumamente importante. Cuando me fui de Summer Steinbeck-Hill Project, escribir fue la mitad de la diversión. De hecho, a veces me acuerdo de ese viaje y no miro las fotos: leo los posts. Ahora también quiero escribir. El problema, vamos a reconocerlo, es que yo a mano no escribo un carajo. No me gusta. Sé que debería entrenarme, y sé que quizá en algún momento haya una explosión nuclear, y sólo sobrevivamos las bacterias, yo y un montón de hojas de papel, y que entonces tendré que volver a los comienzos. Hasta ese momento, por favor: dadme un teclado.
La cosa es que llevarme el mac me da miedito, porque lo pierdo o me lo roban casi seguro. Pero comprarme cualquier otro dispositivo eletrónico para un viaje me parece absurdo. Pero quiero escribir. Pero no quiero un mini-portátil, porque después no lo uso y además salen muy malos. Pero quiero escribir. Pero no quiero un iPad, porque en mi camino hacia la conciencia y la ecuanimidad no necesito OTRO gadget de continua distracción. ¡¡Pero quiero escribir!!
¿Decisión final? Salvar todos mis archivos y llevarme este ordenador con total desapego. Y si lo pierdo o me lo roban, que en realidad no tiene por qué suceder, pues me compraré otro a plazos, qué le vamos a hacer. Pero no puedo tomar decisiones basadas en el miedo, la acumulación y el gasto loco.
Hoy hablaba con MQEN de lo genial que es meditar. Me pasa siempre: paso épocas sin tocar un cojín, luego vuelvo y es como "por qué no hacía yo esto antes, que no me acuerdo". Entonces MQEN y yo charlamos durante horas de la suerte que tenemos y de la importancia de la paz interior. A veces se siente una un poco estúpida. Ayer tomaba una cerveza (sin alcohol) con C., una lectora amorosa, y me di cuenta de que estoy teniendo revelaciones existenciales que en realidad ya tuve hace seis años, y hace cuatro, y hace dos. Hay que joderse. Te preguntas si eres cortita de entendederas, o qué estás haciendo realmente con este milagro precioso llamado vida.
Sin embargo, creo de verdad que no he desperdiciado el tiempo que he pasado sin meditar. Ha sido un tiempo de volver a buscar la solución en el lugar equivocado. De continuar manteniendo la esperanza en que ciertas cosas (una pareja, un estilo de vida, un trabajo, un físico) me iban a dar la felicidad. Hay gente que aprende con suavidad, y otros que necesitamos ostias vitales para tirar adelante. Yo me la he tenido que pegar con la muerte, la soledad, el desamor y la angustia antes de tener la motivación suficiente como para volver a sentarme. Quizá ahora podría tener miedo; temer que en algún momento volveré a perder pie y a desviarme de lo que sé que me hace feliz. Pero quiero mantener la confianza en mí misma. A lo mejor me hacen falta más rodeos que a otras personas, pero hasta ahora siempre he sabido volver a casa.
En cualquier caso hoy, concretamente, me siento muy feliz. Muy afortunada y agradecida en muchos sentidos. Cualquiera que sea el camino que me ha llevado hasta este momento concreto, este presente de escribir frente al teclado en silencio y sentir el corazón ligero, es un buen camino. Así que doy gracias por eso a quien se dé por aludido.
[Y tú, MQEN: no te me mueras nunca, ¿vale? Por favor, por favor]
martes, 23 de abril de 2013
Crazy American Climbing Project o CACP: quedan cinco días
Queridos todos:
Vamos a dejarnos ya de subnormalidades profundas y autocompasivas y a escribir sobre el Evento Más Grande de mi vida adulta. Que no va a ser mi bodorrio, el nacimiento de mi primer hijo ni la publicación de mi libro; las celivibraciones, el egoísmo y la autoedición lo van a poner complicado. El Evento Más Grande de mi vida adulta hasta la fecha es el increíble y fabuloso viaje que voy a emprender por las tierras americanas, y que después de darle unas cuantas vueltas he decidido bautizar como Crazy American Climbing Project o CACP.
Crazy porque es crazy. Vamos a reconocerlo. Yo, metro y medio de rubia miedica y sedentaria, empiezo a escalar, y dos años después lo que parecía una afición se ha convertido en una enfermedad. Así que aquí me hallo, desafiando a los elementos, ignorando las calamidades y buscando compañeros de cordada debajo de las piedras. Una cosa lleva a la otra, conozco a una gente muy maja que se muda a la meca de la escalada, junto unos euros con el aguinaldo de navidad y voilá! A cruzar el charco con los gatos en la mochila.
Ésa es mi vida. Se lo cuento a la Marina del pasado y no se lo cree.
Que no es por el viaje en sí, que peores cosas se han visto, sino por lo de escalar como si no hubiera un mañana. Escalo más bien mal, en serio.Tengo muy poca idea y mucho miedo, e intento compensar mis carencias con un amor bastante absurdo. Escalar con desconocidos en sitios remotos de habla extranjera se sale tanto, TANTO de la zona de confort de casi cualquier humano que a veces temo que se me haya ido la cabeza.
No importa: es una bonita locura.
American porque transcurrirá en gringolandia. ¿Dónde? No lo tengo claro. Me he aprendido la parte oeste del mapa casi de memoria, pero sigo sin comprender que no me puedo teletransportar del Gran Cañón a Yellowstone y después a Nuevo México, y además dejar tiempo y espacio para escalar en Boulder hasta vomitar. No, Marina. Hay que elegir. Patrick, mi reciente compañero boulderita de escalada en Madrid, me ha dicho unas sesenta veces que visite Utah. A mí así a priori no me llamaba la atención, pero parece que hay una naturaleza brutal, escalada en arenisca y mormones polígamos, así que quizá vaya.
La verdad es que me da un poco igual qué ver. Yo me entusiasmo con cualquier cosita. Prefiero sitios menos turísticos, aunque sean menos bonitos. Sobre todo, quiero naturaleza, y silencio, y que no me pegue tiros un maníaco, y escalar (ver punto tres).
Climbing porque bueno, reitero lo del punto uno. Pero es que además, hasta hace dos semanas yo quería escalar un poco, sí, pero también hacer un poco de turismo. Lo que pasa es que después he salido a la roca unas cuantas veces con el fanático de Patrick y bueno, ahora lo que quiero es escalar hasta que me levante un día por la mañana y diga "uf, escalar, qué coñazo".
De hecho, mi plan para los primeros días era: llegar a Denver, dormir allí un par de noches con un couchsurfero meditador majísimo que he localizado, conocer a Peggy Emch de The Primal Parent y tirar para Boulder con la calma. Pero esta tarde me ha escrito Pablo, que también está enfermo de fanatismo, algo como:
"Marina, sé que el domingo te vas a querer morir de jet lag, pero dan bueno y había pensado ir a escalar en granito a 45 minutos de Boulder. ¿Qué te parece?".
Yo: "I'm in".
Así que ni visita, ni Peggy, ni nada. Dormir en Denver, tirar para Boulder y domar a mis ritmos circadianos a base de pasar miedo en el granito. Hu ha.
Project porque mola como palabra final del acrónimo y porque mi vida es un poco así: un proyecto interminable. También porque esto de los USA me viene de antiguo. Es uno de los sueños de mi vida, junto con aprender a tocar el piano (check), participar en un musical (check) y escalar (check).
[Nota: los sueños que me quedan ahora son:
- Dedicar un periodo de mi vida sólo a escribir.
- Escribir una novela.
- Escalar grandes paredes, aunque no sé si soy capaz de eso.
- Iluminarme o, por lo menos, purificar lo bastante mi mente como para ser toda amor, compasión y sabiduría celivibratoria]
Así que ahí estamos. Esta mañana me he dedicado a estudiarme mi guía de los parques naturales del oeste, mientras me esforzaba por planear sobre el ambiente de Muertelandia sin que me tocara. Por la tarde he ido a Decathlon y me he comprado otros pantalones de montaña, un par de sudaderas, calcetines y unos vaqueros casual de escalotrekking que molan tanto que quiero ponérmelos todo el rato.
La ropa de montaña, por otra parte, es el mal. No la comprendo. Las mezclas entre impermeable y transpirable, así como el orden y momento en que hay que ponerse las cosas, escapan a mi entendimiento. Porque a ver: tenemos la camiseta, el polar, el cortavientos, el impermeable y el plumas. ¿En qué orden va eso para estar calentito y no mojarse? Porque no es tan sencillo. Si es impermeable, no transpira, y entonces con el sudor algunas cosas pierden propiedades térmicas. El plumas cala. El cortavientos no abriga. Si el cortavientos va ajustado, no te cabe debajo el polar. Todo carece de sentido, querido lector.
Me voy a dormir, que pensaba escribir cuatro chorradas sobre el viaje y, para variar, se me ha ido la mano con la extensión. Mañana os sigo contando cosas como "la aventura de ingresar mi hucha de monedas" o "obesidad y matanzas: mis dos principales miedos antes del CACP". Nos leemos :)
PD: Gracias a todos por el feedback del post de ayer. Sigo dándole vueltas al tema y considerando las distintas opciones.
Vamos a dejarnos ya de subnormalidades profundas y autocompasivas y a escribir sobre el Evento Más Grande de mi vida adulta. Que no va a ser mi bodorrio, el nacimiento de mi primer hijo ni la publicación de mi libro; las celivibraciones, el egoísmo y la autoedición lo van a poner complicado. El Evento Más Grande de mi vida adulta hasta la fecha es el increíble y fabuloso viaje que voy a emprender por las tierras americanas, y que después de darle unas cuantas vueltas he decidido bautizar como Crazy American Climbing Project o CACP.
Crazy porque es crazy. Vamos a reconocerlo. Yo, metro y medio de rubia miedica y sedentaria, empiezo a escalar, y dos años después lo que parecía una afición se ha convertido en una enfermedad. Así que aquí me hallo, desafiando a los elementos, ignorando las calamidades y buscando compañeros de cordada debajo de las piedras. Una cosa lleva a la otra, conozco a una gente muy maja que se muda a la meca de la escalada, junto unos euros con el aguinaldo de navidad y voilá! A cruzar el charco con los gatos en la mochila.
Ésa es mi vida. Se lo cuento a la Marina del pasado y no se lo cree.
Que no es por el viaje en sí, que peores cosas se han visto, sino por lo de escalar como si no hubiera un mañana. Escalo más bien mal, en serio.Tengo muy poca idea y mucho miedo, e intento compensar mis carencias con un amor bastante absurdo. Escalar con desconocidos en sitios remotos de habla extranjera se sale tanto, TANTO de la zona de confort de casi cualquier humano que a veces temo que se me haya ido la cabeza.
No importa: es una bonita locura.
American porque transcurrirá en gringolandia. ¿Dónde? No lo tengo claro. Me he aprendido la parte oeste del mapa casi de memoria, pero sigo sin comprender que no me puedo teletransportar del Gran Cañón a Yellowstone y después a Nuevo México, y además dejar tiempo y espacio para escalar en Boulder hasta vomitar. No, Marina. Hay que elegir. Patrick, mi reciente compañero boulderita de escalada en Madrid, me ha dicho unas sesenta veces que visite Utah. A mí así a priori no me llamaba la atención, pero parece que hay una naturaleza brutal, escalada en arenisca y mormones polígamos, así que quizá vaya.
La verdad es que me da un poco igual qué ver. Yo me entusiasmo con cualquier cosita. Prefiero sitios menos turísticos, aunque sean menos bonitos. Sobre todo, quiero naturaleza, y silencio, y que no me pegue tiros un maníaco, y escalar (ver punto tres).
Climbing porque bueno, reitero lo del punto uno. Pero es que además, hasta hace dos semanas yo quería escalar un poco, sí, pero también hacer un poco de turismo. Lo que pasa es que después he salido a la roca unas cuantas veces con el fanático de Patrick y bueno, ahora lo que quiero es escalar hasta que me levante un día por la mañana y diga "uf, escalar, qué coñazo".
De hecho, mi plan para los primeros días era: llegar a Denver, dormir allí un par de noches con un couchsurfero meditador majísimo que he localizado, conocer a Peggy Emch de The Primal Parent y tirar para Boulder con la calma. Pero esta tarde me ha escrito Pablo, que también está enfermo de fanatismo, algo como:
"Marina, sé que el domingo te vas a querer morir de jet lag, pero dan bueno y había pensado ir a escalar en granito a 45 minutos de Boulder. ¿Qué te parece?".
Yo: "I'm in".
Así que ni visita, ni Peggy, ni nada. Dormir en Denver, tirar para Boulder y domar a mis ritmos circadianos a base de pasar miedo en el granito. Hu ha.
Project porque mola como palabra final del acrónimo y porque mi vida es un poco así: un proyecto interminable. También porque esto de los USA me viene de antiguo. Es uno de los sueños de mi vida, junto con aprender a tocar el piano (check), participar en un musical (check) y escalar (check).
[Nota: los sueños que me quedan ahora son:
- Dedicar un periodo de mi vida sólo a escribir.
- Escribir una novela.
- Escalar grandes paredes, aunque no sé si soy capaz de eso.
- Iluminarme o, por lo menos, purificar lo bastante mi mente como para ser toda amor, compasión y sabiduría celivibratoria]
Así que ahí estamos. Esta mañana me he dedicado a estudiarme mi guía de los parques naturales del oeste, mientras me esforzaba por planear sobre el ambiente de Muertelandia sin que me tocara. Por la tarde he ido a Decathlon y me he comprado otros pantalones de montaña, un par de sudaderas, calcetines y unos vaqueros casual de escalotrekking que molan tanto que quiero ponérmelos todo el rato.
La ropa de montaña, por otra parte, es el mal. No la comprendo. Las mezclas entre impermeable y transpirable, así como el orden y momento en que hay que ponerse las cosas, escapan a mi entendimiento. Porque a ver: tenemos la camiseta, el polar, el cortavientos, el impermeable y el plumas. ¿En qué orden va eso para estar calentito y no mojarse? Porque no es tan sencillo. Si es impermeable, no transpira, y entonces con el sudor algunas cosas pierden propiedades térmicas. El plumas cala. El cortavientos no abriga. Si el cortavientos va ajustado, no te cabe debajo el polar. Todo carece de sentido, querido lector.
Me voy a dormir, que pensaba escribir cuatro chorradas sobre el viaje y, para variar, se me ha ido la mano con la extensión. Mañana os sigo contando cosas como "la aventura de ingresar mi hucha de monedas" o "obesidad y matanzas: mis dos principales miedos antes del CACP". Nos leemos :)
PD: Gracias a todos por el feedback del post de ayer. Sigo dándole vueltas al tema y considerando las distintas opciones.
Etiquetas:
Crazy American Climbing Project,
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