massobreloslunes: Maldita Pandemia
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viernes, 30 de julio de 2021

Ficción y pandemia

Salvo excepciones como This Is Us o New Amsterdam, parecería que el mundo de la ficción se ha puesto de acuerdo en ignorar la pandemia. Lalalaaa —parecen decir—, no hay virus, el mundo sigue como antes.

Imagino que, igual que me ha pasado a mí como escritora, se han dado cuenta de que  hay dos opciones: o ignoras la pandemia o el único género de ficción que quedará en pie será el apocalipsis distópico. 

Me pregunto si ha sido así siempre. ¿Se escribía sobre la Segunda Guerra Mundial mientras estaba sucediendo? ¿Se creaba ficción, de hecho, o estaban todos demasiado preocupados por sobrevivir?

Lo que es seguro es que se ha escrito y hecho cine en abundancia sobre todas las grandes crisis, pero parecería que hace falta resolverlas para poder mirarlas desde la distancia y esto no tiene pinta de ir a resolverse pronto. 

Quizá algo que hace esta pandemia especialmente poco fiction-friendly es el tema de las mascarillas. Confesión: en noviembre del año pasado, durante el NaNoWriMo, me puse a escribir una novela juvenil que transcurría en tiempos del COVID, y la razón principal por la que lo cambié fue que pensé que sería un coñazo verlo en Netflix porque todos los actores llevarían la cara tapada.

(Delirios de grandeza nivel no escribo nada que no pueda acabar en Netflix)

Yo apruebo la negación generalizada del COVID en las series y pelis y, de hecho, es el camino que voy a seguir en los libros que escriba a partir de ahora; por lo menos, hasta que haya pasado tanto tiempo desde esta crisis que no me importe recordarla. 

El mero hecho de pensar que esa sea un posibilidad (la pandemia lejos, en la distancia, como un mal sueño), me hace sentir pena por mí misma. Sé que eso no va a suceder. Me da pena por la Marina que vivió treinta y cuatro años de su vida sin saber lo que se le venía encima y, sobre todo, me da pena por mi hija Alana, que no va a recordar el mundo como era antes. Todavía me parten el corazón las últimas fotos que le hicimos antes del primer confinamiento, el último día que estuvimos en el parque con ella antes de que se pasara dos meses sin que le diera el sol. 

Pero yo no quería hablar de la Maldita Pandemia. Nunca quiero.

Es ella la que no se calla. 

jueves, 17 de junio de 2021

Nostalgia de sonrisas

 


Ayer me propuse no mencionar en absoluto la Maldita Pandemia en este blog. Es curioso, porque el último intento que hice por recuperar la escritura aquí fue justo antes del Horrible Confinamiento de 2020, y si algo pensé a menudo en esa época fue que debía escribirlo para recordarlo. Ahora, sin embargo, no quiero recordarlo, igual que no quiero ver pelis y series que incluyan la pandemia, ni que suceda en los libros que yo escriba. El primer confinamiento tenía un punto emocionante y dramático. Lo que vino después, la famosa nueva normalidad, ya no es ni emocionante ni dramática, sino claustrofóbica y anodina a la vez.

Sin embargo, me he sentado a escribir y solo me ha venido a la mente que echo de menos las sonrisas. Todas las semanas doy clase de violín con un profesor de aquí, Luis. No tengo claro que sea un gran violinista, pero pilla mi sentido del humor y me toma en serio, y con eso me vale. Ambos llevamos mascarilla todo el rato, pero aun así sé que le hacen gracia mis chistes estúpidos porque los ojos se le llenan de arruguitas cuando los hago.

La semana pasada subía a la escuela de música a mis clases de canto (que ya contaré lo del canto en otro momento; por alguna razón, tengo una fase musical-renacentista que ni yo misma entiendo muy bien) y Luis estaba tomando algo en la cafetería de abajo, sin mascarilla. Era la primera vez que lo veía con la cara descubierta. Me saludó, me sonrió y me pareció un hombre muy guapo. Pero pensándolo bien, no creo que sea especialmente atractivo. Creo que simplemente me había olvidado de lo bonito que es que alguien te sonría.

Aquí me pasa cada dos por tres. De repente veo sin mascarilla por primera vez a gente con la que llevo meses relacionándome, como las profesoras de mi hija, y tengo que reajustarme a esta nueva imagen de su cara. Sus bocas me parecen blancas y desmesuradas. Hay un punto aterrador, como cuando sonríe Miércoles Adams en una de las secuelas de la peli. 

Aun así, voy a intentar no escribir sobre la pandemia porque, de verdad, me aburre y aberra a partes iguales, y porque ya no se puede escribir sobre la pandemia sin politizarse y nunca he querido que este blog sea político. Finjamos que no existe. Finjamos que el mundo entero tiene más de un tema de conversación. Es lo que echo más de menos de la vida pre-COVID: la variedad y privacidad de los problemas de cada país. Yo no sabía qué preocupaba, por ejemplo, a los indios, más allá de lo tópico que uno puede imaginarse por lo que ha oído. Ahora sé qué preocupa a los indios: el COVID. Y a los americanos. Y a los europeos. Y a toda la puñetera población mundial. Es aburrido y no quiero hablar de ello.

Quizá hoy no quería escribir sobre la pandemia. Quizá solo quería contar lo mucho que me gustaría ver sonreír a mi profesor de violín cada vez que doy clase con él.