massobreloslunes: Seño
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viernes, 31 de agosto de 2007

Mañana termino de trabajar. Y no es que no me alegre. Hoy dos niños se han quedado encerrados en una clase y, mientras el cerrajero les sacaba, han tirado todo el material por el suelo. Luego una niña se ha hecho caca encima y otra ha vomitado del asco. Por otro lado, si vuelvo a escuchar el disco de canciones infantiles de Maria Elena Walsh, me suicidaré.

Así que sí, me alegro de terminar con este curro.

Sin embargo, hoy, mientras almorzábamos, N. se inventaba adivinanzas y se las contaba a mi compañera B. Adivinanzas bobas, como "adivina, seño, ¿tengo el vaso lleno o vacío? ¿Me he tragado ya la comida o no?". "Hay que ver lo que le gustan a N. las adivinanzas", pensé, distraída, mientras me metía una patata frita en la boca. Después observé a A., a su lado, riéndose con los ojillos entrecerrados, y se me ocurrió que A. es muy seria y siempre sabe lo que quiere, pero de vez en cuando se le nota que sólo tiene cuatro años. "Y a F.", continué, "le encanta coger hormigas con la punta de los dedos y traerlas para que las veamos, mientras él las observa con los enormes ojos almendrados bizcos". Y así seguí, uno por uno, y me di cuenta de que podía decir de cada uno algo distinto, algo que se derivaba no sólo de haberles regañado o de haber cantado el tiburón, sino de haberles conocido.

Y eso me hace sentir que he aprovechado el verano. Saber una pequeña cosa de cada uno de esos veintitantos niños pequeños.

jueves, 23 de agosto de 2007

miércoles, 1 de agosto de 2007

Fotos de mis pitufines

Por supuesto, no he colgado yo las fotos. Las ha sacado el ayuntamiento para publicitar lo requetebien que ha ido el proyecto "Educa en Verano", lo maravillosa que es la integración, lo estupendamente que se unen las culturas... A costa, diría yo, del esfuerzo diario de monitores que infracobran y se dejan la piel a diario, y que son (somos) el último eslabón de una jugosa subvención que aún no tengo claro quién se merienda.

Pero bueno, obsérvese que he dejado de llamar a los niños Pequeños Psicópatas para denominarles Pitufines, así que estoy considerablemente más contenta con mi curro :)

En el Aquavelis, adorablemente atontados por el sol.
Haciendo manualidades. Yo recorto papelines con cara de concentración y moño anti-piojos.
Jugando espontáneamente alentados por el fotógrafo. Mi brazo extendido indica dulcemente a D. que haga el favor de volver a su sitio. Está bien porque en la foto no se me ve la vena hinchada.
Momento folclore. Les adoro.
Cantando el Tiburón. Todas las monitoras me odian por introducir en sus cerebros ese invento de satán.

Y ya está, que se me cae la baba.

PD: Prometo escribir sobre otra cosa algún día.

martes, 24 de julio de 2007

El tiburón

Al final de este verano, puede que no haya influido mucho en la vida de los niños a los que doy clase. No sé si quedará algún valor incrustado en sus pequeñas cabecitas, o algún conocimiento del mundo, o alguna regla útil para la vida.

Lo que sí permanecerá es la canción del tiburón.

Dice así:
Tiburón tiburón
tiburón a la vista
bañista
que el tiburón
te va a comer (¡ñam ñam!).
Con mi pellejo
no va a poder.
Salte del agua mujer
vente conmigo a bailar
que el tiburón
te va a comer (¡ñam ñam!).
Ay ay ay ay
que me come el tiburón, mamá (bis)

Todo esto acompañado con gestos apropiados (la regla número uno para una canción infantil es que tenga gestos). Por ejemplo: para hacer el tiburón, juntamos las palmas sobre la cabeza, etc etc.

La canción del tiburón tiene numerosas posibilidades: cantarla en chiquito, en grande, bajito, fuerte, rápido, lento o sólo con gestos. El primer día que la canté, no pareció tener mucho éxito. Al día siguiente, algunos niños la tarareaban tímidamente. Ahora es el éxito del verano: todos los niños de la escuela, incluidos los pequeños aprendices de delincuente de la clase de los mayores, se pasan el día cantando el tiburón. Llegan por la mañana y piden el tiburón. Se van a sus casas cantando el tiburón en brazos de sus sufridos padres. Cuando quiero que se porten bien, les digo que si me hacen caso, cantaremos el tiburón. Mientras comen, dibujan o escuchan un cuento, se les va la olla y se ponen a cantar el tiburón.

El tiburón es el Harry Potter de las canciones infantiles.

Al cabo de una mañana, canto el tiburón unas diez veces. Si en este verano voy a trabajar seis semanas, es decir: treinta días laborables, cuando termine habré cantado esa maldita canción unas trescientas veces.

Entre eso, la ronquera, la terrible ansiedad y la sospecha permanente de que tengo piojos, este verano está siendo una experiencia bastante límite.

martes, 17 de julio de 2007

La importancia del lóbulo prefrontal

Tengo el cuerpo blandito, blandito, con la glucosa y el ánimo por los suelos. He quedado en el centro y querría no moverme de aquí, pero sé que no es sano: tengo que salir y despejarme.
Mis pequeñines son deliciosamente aleatorios. Son capaces de portarse tan bien como para plantearte la docencia y las familias numerosas, y tan mal como para entender a Herodes y las ligaduras de trompas. No obstante, queda la fascinación. Me fascinan sus caritas que me miran cuando cantamos una canción y las manos haciendo gestos. Diminutos cachorritos humanos hechos para inspirar instinto de protección. Les regañamos, y mucho, pero casi nunca tiene importancia. Quiero decir, que claro que la tiene: no deben pegarse unos a otros, ni subirse a sitios peligrosos, ni meterse en la boca cosas del suelo. Pero un porcentaje enorme de regañinas (siéntate bien, escúchame, cállate, etc. etc.) tiene como única razón ir adiestrándoles para encajar en el mundo que les hemos diseñado. Esta última frase me ha quedado muy de perriflauta de manual. A ver si me explico un poco mejor: es normal que se muevan, es normal que quieran charlar, es normal que si no les apetece escuchar un cuento ahora prefieran coger los juguetes del rincón de la clase y ponerse a su bola. Pero hay que enseñarles que nos pasamos un enorme porcentaje de la vida haciendo cosas que no nos apetece, que esto es así, que es lo que hay.
No es que esté en contra de cómo se enseña. Creedme que estoy aprendiendo que es fundamental que los niños estén mínimamente organizados y controlados: para ellos y para ti. Sólo que a veces querría prepararles una gran burbuja enorme llena de gomaespuma indolora donde pudieran, sencillamente, hacer lo que les apetezca sin herirse a ellos mismos ni a los demás.
(También estaría bien que los mayores dispusiéramos de una gran burbuja así, por otra parte)

viernes, 13 de julio de 2007

Blanco

En el Aquavelis, poniendo crema a los niños.

Yo(tono de voz pedagógico-entusiasta): ¡Anda, mirad a Laura toda cubierta de crema! ¡Está entera blanca! A ver, decidme cosas blancas: blanca como la nieve, como las nubes...

Laura: blanca como tú, seño.

Va a ser que va tocando ir a la playa.

martes, 10 de julio de 2007

La seño Matilda

Después de los exámenes, el espectáculo de danza de la panza (próximamente hit de youtube) y la mudanza, sin transición, me he incorporado a mi trabajo de verano. Soy profe.
La idea de que un trabajo de verano como monitora de niños en riesgo social sería más gratificante y menos machacante que, digamos, trabajar de camarera o de reponedora, surgió de algún lugar de mi mente probablemente enajenado. Hoy, que llevo dos días allí, creo que trabajar de curtidora o de herrera es, probablemente, descansado y feliz al lado de guiar por la vida a la PPP (Pequeña Pandilla de Psicópatas) que nos han encomendado.
Si fueran niños aceptablemente normales, o al menos fueran pocos, o por lo menos tuviéramos espacio y materiales, quizás sería todo un poco más sencillo. El problema es que nos han juntado con lo mejor de cada casa (o de cada clase) y por cada niño razonablemente obediente hay tres que son unos trastos. Encima, son veinticinco metidos toda la mañana en una clase pequeñísima y con la mitad del colegio en obras. Y fresquitos, claro.
De todas formas, no puedo quejarme. Mis niños tienen entre 3 y 5 años, y por mucho que haya que estar todo el día encima de ellos y te digan seño-seño-seño-seño setecientas veces por minuto, tienen aún restos de inocencia y sonrisas luminosas. Además, como cada uno es de un país, parece que estoy en la atracción de "It's a small world" de Disneylandia. Los mayores son pequeños aprendices de delincuentes que se dedican a clavarse lápices y a subirse en los asientos de las excavadoras. Tienen unas miradas de locos salvajes que hasta ahora sólo había visto en mi gato Bandido, que es como una pequeña y bicolor encarnación del Mal.
Mañana vamos al Aquavelis. Tengo espantosas visiones de niños esnucados, ahogados e insolados. Intento desplazarlas de mi mente y pensar en días felices y agua luminosa y refrescante. Ya os contaré.