Concateno pensamientos.
He leído un cuento de aterradora belleza esta mañana, mientras estaba sentada en el autobús, en el asiento que me acababa de dejar, caliente, un chico al levantarse. Leer ese cuento ha sido, probablemente, lo más impactante que va a ocurrime hoy, y a mi alrededor nadie se ha dado cuenta, porque sólo miraban por las ventanas la ciudad gris bajo el cielo azul y rosa claro.
Aterradora belleza. Me acuerdo de cuando teníamos quince años y nos reuníamos en el Café con Libros de Málaga, en el antiguo, el que tenía como asiento un columpio, justo en mitad de Calle Granada. Leíamos un poemario de Ferrán Fernández, y nos encantaba uno que terminaba con las palabras "mujer de masturbadora belleza". Lo leíamos y nos reíamos, escandalizadas.
Más adelante, mi amiga Marina conoció al poeta en persona, en uno de esos vagabundeos sociales por Málaga que le gustan a ella tanto. Compró el libro, él se lo dedicó y ella me lo prestó.
Resulta que mi amiga Marina se llama como yo, así que ahora tengo el libro de mis quince años dedicado a una que podría ser yo, como si alguien me lo hubiera filtrado por las esquinas del tiempo: "Para Marina, con tanto cariño por mi parte como insistencia por la suya", pone.
Luego pienso en eso de las esquinas del tiempo, y que a veces me parece mentira que yo siga siendo yo, porque con todas las historias que todos los días leo, y escucho, y veo, e imagino, me resulta raro que no se hayan mezclado con la mía y me la hayan cambiado por completo, y de repente me encuentre con otro pasado a las espaldas, en otra ciudad o con otro futuro por delante. Y me miro al espejo y sólo estoy yo, la de siempre, la de los ojos de mi padre, la boca de mi madre y mi nariz ("me daría pena que nuestros hijos heredaran esa nariz", me dijo J. una vez, "porque es maravillosamente tuya").
Y pienso en el lunes, y en que hoy me he puesto un jersey negro porque he pensado que los lunes son un día muy existencialista. Y llevo varios días mirando a la gente caminar por la calle y pensando en cómo se atreven a estar por ahí como si nada, a enamorarse, a ponerse a régimen, a bailar, sin saber a dónde vamos, de dónde venimos o qué hay después de la muerte. A vivir bajo un sol al que, como decía el cuento que he leído esta mañana, ni siquiera podemos mirar directamente.
Como vuelvo al cuento de esta mañana y parece que mis pensamientos han completado una especie de círculo, y además tengo una reunión en cinco minutos, lo dejo por hoy.
Que tengáis un buen lunes existencial. Tranquilos, los martes son más bien cartesianos.
lunes, 12 de noviembre de 2007
domingo, 11 de noviembre de 2007
Ver el mar
¡He recuperado el cuento!
No lo había perdido; simplemente, tenía el archivo copiado a medias en dos carpetas, y lo había continuado sólo en una de ellas, no sé si me explico. Aquí lo dejo entero. Es largo, no tiene diálogos etc etc, así que lo leéis si os apetece y si no pues no :) Besitos.
Es domingo por la mañana y ella va a ir a ver el mar. Ya lleva más de un mes en la gran ciudad y aún no lo ha visto; nunca ha conocido ningún lugar donde tengan el mar tan escondido. De todas formas, ella imagina el mar de la ciudad sucio y cubierto por gruesas capas de aceite, con botellas y pañales flotando suavemente junto a la orilla, así que ha decidido que cogerá el tren (por algo está en una ciudad donde el transporte público es dolorosamente eficiente) y se irá a algún pueblo bonito, blanco y costero, a mirar un mar más limpio y más tranquilo.
En su piso compartido no se oye nada. Sus compañeras pasan el fin de semana fuera, con su familia; ella es la única que, por ser de tan lejos, se quedará allí hasta navidad. Al principio le atraía aquella especie de naufragio de tres meses, la seguridad de que estaba abandonada a sus fuerzas hasta diciembre, pero ahora, a veces, también desea tener un hogar a una hora de tren. Hoy eso no tiene importancia, porque a una hora de tren también está el mar y, en el fondo, es el mismo mar que ella ve en casa, así que puede que también sea una especie de hogar.
Navega por la casa sola, callada, preparándose un desayuno minucioso: café, tostadas y zumo, que luego traga delicadamente frente a la ventana. En todo momento se comporta como si la estuvieran observando, como si fuese la protagonista de una película de autor donde cada plano tiene que cuidarse al máximo.
No sabe qué tren tiene que coger para ir al mar, pero en la gran ciudad todos los trenes salen del mismo sitio, así que decide que irá allí, mirará uno de esos grandes mapas con las líneas marcadas con diferentes colores y cogerá el tren que le indiquen. Su abuelo le había dicho antes de marchar que no se preocupara por la gran ciudad, que “lo único que hace falta saber para moverse allí es leer”. Ciertamente, era tranquilizador lo claro que estaba todo, lo bien indicado: la abundancia de carteles, de flechas y de letreros. Sólo había que tener claro dónde querías ir.
Después de tomar el desayuno y fregar lentamente los platos, se prepara un bocadillo de queso. Se lo tomará frente al mar, sentada en la arena, mirando el horizonte, y luego volverá a casa. Aunque intenta hacerlo todo lenta, calmadamente, hay una especie de ansiedad en cada uno de sus movimientos. Sabe lo que es, ya lo ha sentido antes: es el peso de todas las vidas que no está viviendo. Cada decisión que toma respecto a qué hacer con su tiempo desde que llegó a la ciudad es la negación de todas las otras cosas que no hace. Hoy verá el mar y habrá tantas cosas que no pueda hacer por ello. Reconoce que es un pensamiento estúpido, poco práctico. A veces le gustaría ser capaz de vivir, y ya está. Pero está ese nudo que siente ahora mismo, mientras coloca las lonchas de queso sobre el bocadillo, y el aire doliéndole al entrar y salir de sus fosas nasales.
El tiempo y el espacio que hay entre su piso vacío y la gran estación central, llena de gente, pasan muy rápido. En el camino piensa que en el metro la gente sólo va. No hay otra cosa que hacer, más allá de transportarse. No hay tiendas que mirar, ni parques, ni bares que disimulen la sensación de urgencia de los viajeros. Esa voluntad férrea de llegar y de que no te importe lo que pase en el camino es, cree ella, lo que hace del metro un lugar tan duro.
La gran estación central de donde salen los trenes de cercanías también está bajo tierra, pero hay algo más tranquilizador en ella, como si los trenes supieran que están a punto de salir a la superficie. Se acerca a uno de los grandes planos con líneas de colores y busca el nombre del pueblo de una compañera de su facultad, que le dijo que vivía junto al mar. Lo encuentra, busca el número y el color de la línea y va a hacia una de las máquinas enormes donde se compran los billetes. Una vez en el pueblo, podría llamar a la compañera de clase y tomar un café con ella. El problema es que, como casi siempre durante estas últimas semanas, cada vez que está sola es como si esa soledad fuera alimentándose a sí misma y haciéndose cada vez más fuerte, más inexpugnable; por eso, mientras más tiempo pasa sola, más difícil le resulta dejar de estarlo. Así que no sabe si llamará a su amiga o se quedará paseando por la orilla de su pueblo sin decir nada, ocupando su espacio en el mundo sin que nadie sepa cuál es exactamente.
Compra un periódico antes de subir al tren. Tira la edición del día a la papelera y se queda con el suplemento dominical. Le gustan los reportajes largos sobre sitios lejanos, libros que no ha leído, personas distintas a ella. Tiene la esperanza de que todas esas páginas vayan sedimentando en algún lugar de su cuerpo y construyéndolo, rellenándolo como los frascos de sal de colores que hacía en clase cuando era pequeña. Así que lee el suplemento aplicadamente, como si alguien fuera a examinarla a la mañana siguiente o como si a alguien le importara.
Mira su billete y busca el andén por donde pasará el cercanías. Ya ha aprendido en qué tiene que fijarse: número, estación, andén, dirección. Combina toda esa información en su cabeza y se dirige a la vía con paso seguro. Se sienta en una banco y lee su dominical, pero reconoce que no le gusta nada la sensación de toda esa gente que se marcha antes que ella, de todos esos trenes que llegan y se van sin ella.
Por fin aparece su tren. Se queda quieta en el andén hasta que la máquina para por completo; luego, como si llevara toda la vida haciéndolo, entra por la puerta que le queda más cercana y se sienta.
Mira alternativamente su revista y a la gente que le rodea. Se fija en las expresiones de la cara, en los que suben y bajan, en las conversaciones, algunas de ellas en un idioma que desconoce. Enseguida el tren sube a la superficie y ella observa cómo va cambiando el paisaje: primero la gran ciudad, compacta, altiva, que le da la impresión de no estar habitada por gente real. Luego los barrios periféricos, que más que sucios son mugrientos, con una leve pátina de porquería acumulada por los años.
Pasan las paradas y no oye anunciar la suya. Comprende que se ha equivocado mucho antes de tomar la decisión de levantarse a mirar el mapa. No le gusta que le tomen por paleta, pero finalmente no tiene más remedio que admitir que, de alguna forma que se le escapa, se ha subido al tren que no era. Está segura de haber mirado bien todos los datos: número, estación, andén, dirección y, sin embargo, se ha equivocado. “No pasa nada”, se dice, “ bajaré y cogeré el tren de vuelta”. Así que, como si lo hubiera hecho toda la vida, espera a que el cercanías se detenga y baja despacio, con el bolso apretado bajo el codo y el dominical en la mano.
La parada en la que está no parece muy importante. De hecho, para ir al pequeño pueblo-dormitorio que le da nombre, hay que cruzar las vías por encima, sin ninguna medida de seguridad de esas que ella pensaba que estaban ya en todas partes. Tantea los raíles con el pie, temerosa de sentir la vibración de un tren cercano, y cruza. Al otro lado no hay nadie que espere el tren de vuelta, y los pocos pasajeros que se han bajado con ella emprenden enseguida el camino hacia sitios que les son conocidos. Cuando ella ve que el último de sus compañeros de viaje ha desaparecido detrás de una fachada, se sienta en el banquito de plástico a esperar el tren de vuelta a la ciudad.
El lugar donde está no es feo; simplemente no hay nadie, y en los márgenes de las vías crecen plantas resecas. Ella no se atreve a volver la mirada y a examinar el lugar donde ha aterrizado, a aventurar si será un barrio industrial, residencial u obrero. No quiere estar allí, porque no es allí donde ella quería ir; quería ir a ver el mar, y se ha equivocado de tren, y ahora está perdida, y cuando estamos perdidos no nos interesa saber sobre el lugar donde nos hemos perdido, sino encontrar rápidamente la manera de volver a la ruta correcta.
De repente tiene la certeza de que el tren no va a pasar. Por supuesto, esa certeza no dura más de unos segundos. Pero ese momento de clarividencia es tan potente que, a toda velocidad, pasan por su cabeza imágenes de cómo será su vida si nunca jamás llega un tren que la devuelva al lugar de donde vino.
Después, cuando es de nuevo consciente de que tarde o temprano llegará un tren en la dirección adecuada, se da cuenta de que igualmente nunca será lo mismo; de que, en cualquier caso, ella quería ir a ver el mar sin perderse primero, y todo lo que haga ahora se sale de aquel primer recorrido que trazó con tanta seguridad en los planos de su domingo.
Luego, en efecto, llega el tren, con su uniforme velocidad de máquina eléctrica y, sin pensarlo, ella agarra su revista, se queda quieta hasta que la máquina para, se sube y se va de allí para siempre.
No lo había perdido; simplemente, tenía el archivo copiado a medias en dos carpetas, y lo había continuado sólo en una de ellas, no sé si me explico. Aquí lo dejo entero. Es largo, no tiene diálogos etc etc, así que lo leéis si os apetece y si no pues no :) Besitos.
Es domingo por la mañana y ella va a ir a ver el mar. Ya lleva más de un mes en la gran ciudad y aún no lo ha visto; nunca ha conocido ningún lugar donde tengan el mar tan escondido. De todas formas, ella imagina el mar de la ciudad sucio y cubierto por gruesas capas de aceite, con botellas y pañales flotando suavemente junto a la orilla, así que ha decidido que cogerá el tren (por algo está en una ciudad donde el transporte público es dolorosamente eficiente) y se irá a algún pueblo bonito, blanco y costero, a mirar un mar más limpio y más tranquilo.
En su piso compartido no se oye nada. Sus compañeras pasan el fin de semana fuera, con su familia; ella es la única que, por ser de tan lejos, se quedará allí hasta navidad. Al principio le atraía aquella especie de naufragio de tres meses, la seguridad de que estaba abandonada a sus fuerzas hasta diciembre, pero ahora, a veces, también desea tener un hogar a una hora de tren. Hoy eso no tiene importancia, porque a una hora de tren también está el mar y, en el fondo, es el mismo mar que ella ve en casa, así que puede que también sea una especie de hogar.
Navega por la casa sola, callada, preparándose un desayuno minucioso: café, tostadas y zumo, que luego traga delicadamente frente a la ventana. En todo momento se comporta como si la estuvieran observando, como si fuese la protagonista de una película de autor donde cada plano tiene que cuidarse al máximo.
No sabe qué tren tiene que coger para ir al mar, pero en la gran ciudad todos los trenes salen del mismo sitio, así que decide que irá allí, mirará uno de esos grandes mapas con las líneas marcadas con diferentes colores y cogerá el tren que le indiquen. Su abuelo le había dicho antes de marchar que no se preocupara por la gran ciudad, que “lo único que hace falta saber para moverse allí es leer”. Ciertamente, era tranquilizador lo claro que estaba todo, lo bien indicado: la abundancia de carteles, de flechas y de letreros. Sólo había que tener claro dónde querías ir.
Después de tomar el desayuno y fregar lentamente los platos, se prepara un bocadillo de queso. Se lo tomará frente al mar, sentada en la arena, mirando el horizonte, y luego volverá a casa. Aunque intenta hacerlo todo lenta, calmadamente, hay una especie de ansiedad en cada uno de sus movimientos. Sabe lo que es, ya lo ha sentido antes: es el peso de todas las vidas que no está viviendo. Cada decisión que toma respecto a qué hacer con su tiempo desde que llegó a la ciudad es la negación de todas las otras cosas que no hace. Hoy verá el mar y habrá tantas cosas que no pueda hacer por ello. Reconoce que es un pensamiento estúpido, poco práctico. A veces le gustaría ser capaz de vivir, y ya está. Pero está ese nudo que siente ahora mismo, mientras coloca las lonchas de queso sobre el bocadillo, y el aire doliéndole al entrar y salir de sus fosas nasales.
El tiempo y el espacio que hay entre su piso vacío y la gran estación central, llena de gente, pasan muy rápido. En el camino piensa que en el metro la gente sólo va. No hay otra cosa que hacer, más allá de transportarse. No hay tiendas que mirar, ni parques, ni bares que disimulen la sensación de urgencia de los viajeros. Esa voluntad férrea de llegar y de que no te importe lo que pase en el camino es, cree ella, lo que hace del metro un lugar tan duro.
La gran estación central de donde salen los trenes de cercanías también está bajo tierra, pero hay algo más tranquilizador en ella, como si los trenes supieran que están a punto de salir a la superficie. Se acerca a uno de los grandes planos con líneas de colores y busca el nombre del pueblo de una compañera de su facultad, que le dijo que vivía junto al mar. Lo encuentra, busca el número y el color de la línea y va a hacia una de las máquinas enormes donde se compran los billetes. Una vez en el pueblo, podría llamar a la compañera de clase y tomar un café con ella. El problema es que, como casi siempre durante estas últimas semanas, cada vez que está sola es como si esa soledad fuera alimentándose a sí misma y haciéndose cada vez más fuerte, más inexpugnable; por eso, mientras más tiempo pasa sola, más difícil le resulta dejar de estarlo. Así que no sabe si llamará a su amiga o se quedará paseando por la orilla de su pueblo sin decir nada, ocupando su espacio en el mundo sin que nadie sepa cuál es exactamente.
Compra un periódico antes de subir al tren. Tira la edición del día a la papelera y se queda con el suplemento dominical. Le gustan los reportajes largos sobre sitios lejanos, libros que no ha leído, personas distintas a ella. Tiene la esperanza de que todas esas páginas vayan sedimentando en algún lugar de su cuerpo y construyéndolo, rellenándolo como los frascos de sal de colores que hacía en clase cuando era pequeña. Así que lee el suplemento aplicadamente, como si alguien fuera a examinarla a la mañana siguiente o como si a alguien le importara.
Mira su billete y busca el andén por donde pasará el cercanías. Ya ha aprendido en qué tiene que fijarse: número, estación, andén, dirección. Combina toda esa información en su cabeza y se dirige a la vía con paso seguro. Se sienta en una banco y lee su dominical, pero reconoce que no le gusta nada la sensación de toda esa gente que se marcha antes que ella, de todos esos trenes que llegan y se van sin ella.
Por fin aparece su tren. Se queda quieta en el andén hasta que la máquina para por completo; luego, como si llevara toda la vida haciéndolo, entra por la puerta que le queda más cercana y se sienta.
Mira alternativamente su revista y a la gente que le rodea. Se fija en las expresiones de la cara, en los que suben y bajan, en las conversaciones, algunas de ellas en un idioma que desconoce. Enseguida el tren sube a la superficie y ella observa cómo va cambiando el paisaje: primero la gran ciudad, compacta, altiva, que le da la impresión de no estar habitada por gente real. Luego los barrios periféricos, que más que sucios son mugrientos, con una leve pátina de porquería acumulada por los años.
Pasan las paradas y no oye anunciar la suya. Comprende que se ha equivocado mucho antes de tomar la decisión de levantarse a mirar el mapa. No le gusta que le tomen por paleta, pero finalmente no tiene más remedio que admitir que, de alguna forma que se le escapa, se ha subido al tren que no era. Está segura de haber mirado bien todos los datos: número, estación, andén, dirección y, sin embargo, se ha equivocado. “No pasa nada”, se dice, “ bajaré y cogeré el tren de vuelta”. Así que, como si lo hubiera hecho toda la vida, espera a que el cercanías se detenga y baja despacio, con el bolso apretado bajo el codo y el dominical en la mano.
La parada en la que está no parece muy importante. De hecho, para ir al pequeño pueblo-dormitorio que le da nombre, hay que cruzar las vías por encima, sin ninguna medida de seguridad de esas que ella pensaba que estaban ya en todas partes. Tantea los raíles con el pie, temerosa de sentir la vibración de un tren cercano, y cruza. Al otro lado no hay nadie que espere el tren de vuelta, y los pocos pasajeros que se han bajado con ella emprenden enseguida el camino hacia sitios que les son conocidos. Cuando ella ve que el último de sus compañeros de viaje ha desaparecido detrás de una fachada, se sienta en el banquito de plástico a esperar el tren de vuelta a la ciudad.
El lugar donde está no es feo; simplemente no hay nadie, y en los márgenes de las vías crecen plantas resecas. Ella no se atreve a volver la mirada y a examinar el lugar donde ha aterrizado, a aventurar si será un barrio industrial, residencial u obrero. No quiere estar allí, porque no es allí donde ella quería ir; quería ir a ver el mar, y se ha equivocado de tren, y ahora está perdida, y cuando estamos perdidos no nos interesa saber sobre el lugar donde nos hemos perdido, sino encontrar rápidamente la manera de volver a la ruta correcta.
De repente tiene la certeza de que el tren no va a pasar. Por supuesto, esa certeza no dura más de unos segundos. Pero ese momento de clarividencia es tan potente que, a toda velocidad, pasan por su cabeza imágenes de cómo será su vida si nunca jamás llega un tren que la devuelva al lugar de donde vino.
Después, cuando es de nuevo consciente de que tarde o temprano llegará un tren en la dirección adecuada, se da cuenta de que igualmente nunca será lo mismo; de que, en cualquier caso, ella quería ir a ver el mar sin perderse primero, y todo lo que haga ahora se sale de aquel primer recorrido que trazó con tanta seguridad en los planos de su domingo.
Luego, en efecto, llega el tren, con su uniforme velocidad de máquina eléctrica y, sin pensarlo, ella agarra su revista, se queda quieta hasta que la máquina para, se sube y se va de allí para siempre.
jueves, 8 de noviembre de 2007
Terror y pavor. Me he dado cuenta de que el cuento no estaba completo porque en el archivo tampoco lo está. He perdido la mitad de mi cuento y no creo que pueda volver a escribirlo igual.
Me siento como Jo March. Maldita tecnología.
PD: He quitado la otra mitad porque leerlo a medias no tiene mucho sentido.
PD2: ¿Alguien lee este blog?
Me siento como Jo March. Maldita tecnología.
PD: He quitado la otra mitad porque leerlo a medias no tiene mucho sentido.
PD2: ¿Alguien lee este blog?
domingo, 4 de noviembre de 2007
Yo quisiera no tener que soltarme de nadie... acompañaros a todos los que me habéis amado, y a quienes yo he amado, por el camino ancho y húmedo de la vida. Querría multiplicarme y estar con los que me quieren y a quienes quiero, derramarme en amor infinito por vuestras espaldas, apretaros la mano y cobijaros del frío.
Yo quisiera que el amor no se acabara nunca, que no tuviera un periodo delimitado y tajante como las fechas de una tumba. Quisiera tener corazón para todo el mundo, y horas, y labios, y caricias. Quisiera que nadie me retuviera al lado empaquetada y etiquetada con M de mío.
A veces no entiendo bien este mundo de exigencias, de amor de ida y vuelta, de nombres unidos por conjunciones definitivas. No entiendo cómo personas que se han amado de repente se abandonan unas a otras y se dejan perdidas a un lado del camino, sentadas sobre maletas, empapándose bajo la lluvia. A veces yo sólo querría que la existencia se multiplicara en espacios paralelos e infinitos donde poder amar y ser amada de diez mil formas diferentes.
Pero supongo que eso es pedir mucho.
Yo quisiera que el amor no se acabara nunca, que no tuviera un periodo delimitado y tajante como las fechas de una tumba. Quisiera tener corazón para todo el mundo, y horas, y labios, y caricias. Quisiera que nadie me retuviera al lado empaquetada y etiquetada con M de mío.
A veces no entiendo bien este mundo de exigencias, de amor de ida y vuelta, de nombres unidos por conjunciones definitivas. No entiendo cómo personas que se han amado de repente se abandonan unas a otras y se dejan perdidas a un lado del camino, sentadas sobre maletas, empapándose bajo la lluvia. A veces yo sólo querría que la existencia se multiplicara en espacios paralelos e infinitos donde poder amar y ser amada de diez mil formas diferentes.
Pero supongo que eso es pedir mucho.
miércoles, 31 de octubre de 2007
El peso
El lunes fui al Anaïs a hacer vie litteraire. Leyó un periodista sobre la ciuda de Granada en Nicaragua. A mi lado, en la mesa, un señor argentino meneaba la cabeza con nostalgia, y cuando terminó me habló de Erwin, su amigo nicaragüense, exiliado como él en Bélgica y desaparecido con 25 años cuando intentó volver a su país. Luego cogió carrerilla y no podía parar de hablar: del exilio, de la Argentina, de irse, de volver. Me contó sin respirar todo lo ocurrido en su país y en su vida en los últimos cincuenta años. Yo le miraba, suspiraba cuando había que suspirar, asentía cuando había que asentir, bebía a ratos de mi cerveza. Cuando conseguí levantarme para irme sin parecer maleducada, estaba estremecida. Aquel hombre estaba lo que se dice aterrado ante el peso de su propia historia. Le salía por todos los poros tan intensa, tan dolorosa, que necesitaba contarla a toda costa.
Espero que mi vida nunca me pese tanto. La ligereza, la liviandad, es un lujo demasiado grande como para desperdiciarlo por el paso del tiempo.
Espero que mi vida nunca me pese tanto. La ligereza, la liviandad, es un lujo demasiado grande como para desperdiciarlo por el paso del tiempo.
domingo, 28 de octubre de 2007
Daniel
En estos días de abstinencia bloguera, uno de los acontecimientos que más me ha conmocionado ha sido éste.
Me gusta saber que aún quedan héroes.
Me aterra pensar que un hecho tan noble y probablemente tan impulsivo como defender a alguien que está siendo atacado pueda tener una consecuencia tan grave y tan absoluta como morirse.
Me da pena suponer que, a partir de ahora, todos los demás danieles del mundo se lo van a pensar bien antes de defender a otra chica, y todas las demás chicas del mundo van a poder ser agredidas impunemente.
Y, sobre todo, me da miedo decirme a mí misma que en el mundo siempre hay dos bandos, el de los cobardes y el de los valientes, el de los que miran y el de los que hacen, y saber que, en su situación, yo me habría quedado mirando.
Ojalá no se haya muerto en vano. Ojalá la chica deje a ese tremendo asesino hijo de puta. Ojalá los que se encuentren en su situación no piensen "mejor no lo hago, si él murió yo también puedo morir", sino "si él fue capaz, yo también puedo hacerlo".
Ojalá yo sea capaz de colocarme en el lado correcto de la raya.
Me gusta saber que aún quedan héroes.
Me aterra pensar que un hecho tan noble y probablemente tan impulsivo como defender a alguien que está siendo atacado pueda tener una consecuencia tan grave y tan absoluta como morirse.
Me da pena suponer que, a partir de ahora, todos los demás danieles del mundo se lo van a pensar bien antes de defender a otra chica, y todas las demás chicas del mundo van a poder ser agredidas impunemente.
Y, sobre todo, me da miedo decirme a mí misma que en el mundo siempre hay dos bandos, el de los cobardes y el de los valientes, el de los que miran y el de los que hacen, y saber que, en su situación, yo me habría quedado mirando.
Ojalá no se haya muerto en vano. Ojalá la chica deje a ese tremendo asesino hijo de puta. Ojalá los que se encuentren en su situación no piensen "mejor no lo hago, si él murió yo también puedo morir", sino "si él fue capaz, yo también puedo hacerlo".
Ojalá yo sea capaz de colocarme en el lado correcto de la raya.
lunes, 15 de octubre de 2007
Por acontecimientos personales dolorosos, no sé cuánto tardaré en escribir. Mientras tanto, os reenvío a La Magdalena de Proust, mi blog de crítica literaria, donde sí voy a intentar seguir colgando cositas.
Besos besos.
Besos besos.
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