- Besas tan bien...
- No, tú besas bien.
- Eres tú el que besa bien.
- ¿Y por qué te gusta tanto como beso?
"Besas como si me quisieras", pensó ella; pero no dijo nada.
domingo, 15 de junio de 2008
sábado, 14 de junio de 2008
Divorcio
- Ella siempre me echa la culpa a mí, pero la verdad es que ella fue la que jodió nuestro matrimonio. Por cantar, tío. Por las puñeteras canciones.
- ¿Qué canciones?
- Cantaba todo el día. Por los pasillos, en la habitación. Mientras fregaba los platos o ponía la lavadora. Ni siquiera ponía la radio, sólo cantaba ella: una puta canción tras otra, mezclando trozos sin sentido, a voz en grito.
- Pero cantar es alegre, ¿no? No es para tanto.
- Tenía una voz horrible. Era como hacer chirriar una jodida plancha de metal contra el suelo. Una voz espantosa, tío, y no hacía más que cantar, y decía que no se daba cuenta, que no podía evitarlo. Me crispaba los nervios el puto chirrido, todos los días al llegar a casa: nada más que ese canturreo infernal. Ni siquiera tenía buen oído. A veces si siquiera sabías qué canción era.
- Así que la dejaste.
- Sí. La dejé.
- Realmente te entiendo, tío. Cantar mal puede ser muy desagradable.
- Sí, tío.
- Sí.
- ¿Qué canciones?
- Cantaba todo el día. Por los pasillos, en la habitación. Mientras fregaba los platos o ponía la lavadora. Ni siquiera ponía la radio, sólo cantaba ella: una puta canción tras otra, mezclando trozos sin sentido, a voz en grito.
- Pero cantar es alegre, ¿no? No es para tanto.
- Tenía una voz horrible. Era como hacer chirriar una jodida plancha de metal contra el suelo. Una voz espantosa, tío, y no hacía más que cantar, y decía que no se daba cuenta, que no podía evitarlo. Me crispaba los nervios el puto chirrido, todos los días al llegar a casa: nada más que ese canturreo infernal. Ni siquiera tenía buen oído. A veces si siquiera sabías qué canción era.
- Así que la dejaste.
- Sí. La dejé.
- Realmente te entiendo, tío. Cantar mal puede ser muy desagradable.
- Sí, tío.
- Sí.
jueves, 12 de junio de 2008
Stendhal
Algunos hombres saben encontrar algo hermoso en todas las mujeres. A mí me gustan esos hombres, aunque no me casaría con ellos. Ésos que pueden aislar en un cuerpo inseguro unos hombros bonitos, o la boca generosa de una cara asimétrica. Ésos que siempre tienen los ojos idos detrás de las chicas que caminan por la calle, y le sueltan un piropo a la cajera sólo por ver cómo cambia cuando sonríe, atravesada por un breve relámpago de luz.
Se fijan en partes del cuerpo que ningún otro ve.
... tu nuca, te dicen.
... tu cuello.
... tus dedos.
... tus hermosos tobillos de princesa.
Una vez tuve un lío con un chico así. Él era guapo (estos hombres casi siempre lo son), y después de picotear un poco aquí y allá eligió por novia formal a una chica preciosa, de enormes ojos rasgados, labios oscuros y nariz respingona. La adoró durante meses, con palabras y besos y fotos. Luego la engañó tanto, y con tantas mujeres, y también tan hermosas.
A mí me gustan esos hombres, aunque les llamen golfos, o salidos, o donjuanes. No son malos; sólo tienen demasiado presente la polimórfica y perversa belleza femenina. Y les gusta tanto, la aman tanto, que les pasa que no saben qué hacer con tanto amor.
Se fijan en partes del cuerpo que ningún otro ve.
... tu nuca, te dicen.
... tu cuello.
... tus dedos.
... tus hermosos tobillos de princesa.
Una vez tuve un lío con un chico así. Él era guapo (estos hombres casi siempre lo son), y después de picotear un poco aquí y allá eligió por novia formal a una chica preciosa, de enormes ojos rasgados, labios oscuros y nariz respingona. La adoró durante meses, con palabras y besos y fotos. Luego la engañó tanto, y con tantas mujeres, y también tan hermosas.
A mí me gustan esos hombres, aunque les llamen golfos, o salidos, o donjuanes. No son malos; sólo tienen demasiado presente la polimórfica y perversa belleza femenina. Y les gusta tanto, la aman tanto, que les pasa que no saben qué hacer con tanto amor.
Omisión
Nadie tuvo corazón para decirle al ciego feo que la novedosa técnica para recuperar la vista por fin había sido probada, era un éxito y estaba lista para ser aplicada en cualquier hospital.
martes, 10 de junio de 2008
You made my day
Esta mañana se han dado cita en las coordenadas espacio-temporales a las que llamo mi vida una serie de hechos perturbadores. Ha empezado la única compañera de piso que me queda (algún día os contaré el misterioso efecto Agatha Christie que parece tener mi piso de este año) haciendo limpieza en su cuarto a las siete de la mañana, con gran profusión de cierre de puertas, arrastre de muebles y subida y bajada de persianas. A esto se han unido el nublado, un tenue pero potente síndrome premenstrual y una cucaracha agonizante a la puerta de mi habitación. Yo a las cucarachas no las mato, porque me da asco: espero a que mueran, luego les deseo una mejor reencarnación y las tiro al váter, acompañadas de toneladas de papel higiénico para que no se queden flotando. Así que esta mañana he pasado varias veces junto a la cucaracha poniéndome la mano junto al ojo en plan anteojera para no verla mover sus asquerosas patitas luchando por su vida.
La mente humana es curiosa. O a lo mejor sólo me pasa a mí. El caso es que en mañanas como la de hoy, de verdad que pienso que todo esto no es más que un arrastrarse sin sentido, y me siento como esa pobre cucaracha, esperando a morir para que alguien me tire al váter. Lo que es absurdo, porque en pocas horas me vuelvo a poner contenta como unas castañuelas. Pero en esos momentos pienso que es terrible y que va a durar para siempre. ¿Qué me salva entonces la vida? ¿Pensar en lo afortunada que soy de tener comida, amigos y el número adecuado de cromosomas? Eso ya lo tengo asumido. Es un reforzador que ha perdido su efecto, como dirían en Psicología del Aprendizaje.
Al final hoy me salva Cortázar. Leo "Historias de Cronopios y Famas" sentada al sol, en este junio que se resiste a ser caluroso. Mientras me dejo mecer por la dulzura absurda de los famas, los cronopios (esos seres verdes, húmedos) y las esperanzas, me pregunto qué es lo que diferencia a Cortázar de todos sus imitadores. Igual que se hacen concursos de Elvis falsos, deberían hacerse concursos de falsos Cortázares o de falsas Magas, todos escribiendo estúpidamente sobre casas que se inclinan y encuentros casuales en puentes de hierro.
Al final pienso que J. tenía razón y que Cortázar es como Walt Disney: sabe algo que los demás no saben. O no sabemos. Los cronopios y los famas no se parecen a nada que yo haya leído antes. Es como si realmente él se lo creyera. Quiero decir, que no hay nada de "mira qué original soy" en él, nada de "fíjate en el mundo imaginario que he creado". Parece que lo haya escrito borracho, suavemente embriagado de vino dulce, viendo a los cronopios a su alrededor susurrando "cronopio cronopio cronopio".
Me he sentido como si en algún lugar del mundo hubiera un inmenso manantial de ingenio y belleza y yo hubiera podido tocarlo unos segundos. Ni siquiera el amor le puede con tanta fuerza al tedio.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca...
La mente humana es curiosa. O a lo mejor sólo me pasa a mí. El caso es que en mañanas como la de hoy, de verdad que pienso que todo esto no es más que un arrastrarse sin sentido, y me siento como esa pobre cucaracha, esperando a morir para que alguien me tire al váter. Lo que es absurdo, porque en pocas horas me vuelvo a poner contenta como unas castañuelas. Pero en esos momentos pienso que es terrible y que va a durar para siempre. ¿Qué me salva entonces la vida? ¿Pensar en lo afortunada que soy de tener comida, amigos y el número adecuado de cromosomas? Eso ya lo tengo asumido. Es un reforzador que ha perdido su efecto, como dirían en Psicología del Aprendizaje.
Al final hoy me salva Cortázar. Leo "Historias de Cronopios y Famas" sentada al sol, en este junio que se resiste a ser caluroso. Mientras me dejo mecer por la dulzura absurda de los famas, los cronopios (esos seres verdes, húmedos) y las esperanzas, me pregunto qué es lo que diferencia a Cortázar de todos sus imitadores. Igual que se hacen concursos de Elvis falsos, deberían hacerse concursos de falsos Cortázares o de falsas Magas, todos escribiendo estúpidamente sobre casas que se inclinan y encuentros casuales en puentes de hierro.
Al final pienso que J. tenía razón y que Cortázar es como Walt Disney: sabe algo que los demás no saben. O no sabemos. Los cronopios y los famas no se parecen a nada que yo haya leído antes. Es como si realmente él se lo creyera. Quiero decir, que no hay nada de "mira qué original soy" en él, nada de "fíjate en el mundo imaginario que he creado". Parece que lo haya escrito borracho, suavemente embriagado de vino dulce, viendo a los cronopios a su alrededor susurrando "cronopio cronopio cronopio".
Me he sentido como si en algún lugar del mundo hubiera un inmenso manantial de ingenio y belleza y yo hubiera podido tocarlo unos segundos. Ni siquiera el amor le puede con tanta fuerza al tedio.
lunes, 9 de junio de 2008
Malentendido
Cuando le dije que con ella nunca me aburría, creo que no comprendió que eso no tenía por qué ser necesariamente bueno.
miércoles, 4 de junio de 2008
Un encuentro
Voy caminando por la calle en dirección a la parada del autobús. El invierno se está alargando hasta límites maleducados, y todavía hay diez o doce grados aunque sea casi junio. El cielo está cubierto de nubes blancas y húmedas y todo el mundo se ha levantado antes de lo que le gustaría. En mi dirección caminan dos monjas con esos hábitos antiguos tan fantásticos: túnica marrón, caperuza (¿caperuza?) negra y una especie de delantalito blanco sujeto con un cinturón de cuero. Admito que no estoy muy puesto en vestimenta clerical. Llevan unas sandalias de tiras por donde asoman ateridos los deditos de los pies. Son gorditas, redondas y sudamericanas; hay muchísimas monjas gorditas, redondas y sudamericanas, o a lo mejor son siempre las mismas paseándose por diferentes lugares de la ciudad.
Cuando nos cruzamos y estoy a punto de dejarlas atrás, me vuelvo y digo:
- Perdonen, hermanas - no sé si se les llama así.
Tardan unos segundos en contestar.
- ¿Sí, m'hijito? - dice la mayor.
- ¿Podrían bendecirme?
Ahora sí tardan en hablar. Me miran de arriba abajo. Probablemente piensan que hay una cámara oculta en algún lugar.
- ¿Bendecirte?
- Sí... verán, ustedes... ustedes saben de qué va el rollo, ¿no?
- ¿Qué rollo, hijo?
El rollo de todo esto, pienso, de para qué sirve tomarse una taza de café cada mañana y encarar la vida, y caminar por la calle hacia ella aunque los árboles estén llenos de pájaros. El rollo de si es verdad que hay un cielo o si nos disolvemos en átomos y pasamos a formar parte de la hierba, de una vaca, de la loncha de queso de un sandwich. El rollo de no suicidarse, a diario, todos los días de la vida.
Sin embargo, sólo digo:
- No sé, el rollo de lo divino, de Dios, del sentido de la existencia.
- Pero, ¿tú crees en Dios? - pregunta la más joven.
¿Cómo voy a creer en Dios? ¿Cómo podría alguien hacerlo, si hay chicles pegados a la acera y tenemos que madrugar todos los días, y en algún lugar del mundo con un nombre complicado pasan cosas que no serían peores si las imagináramos, y hay padres que tienen que cuidar de sus hijos con Síndrome de Down y, aunque hay momentos de una luz increíble y gigante, la mayoría del tiempo sientes que te falta algo importante que los demás sí tienen?
- Bueno, creo en la trascendencia. En que hay algo más grande que nosotros.
Sonrío, pero creo que he calculado mal la sonrisa, porque menean la cabeza, disgustadas, y siguen andando. Yo reprimo las ganas de salir detrás y suplicar de rodillas una bendición, pero sólo sigo caminando, camino esta mañana entre las paredes sucias, la gente distraída y los siempre sorprendentes tallos de las flores.
Cuando nos cruzamos y estoy a punto de dejarlas atrás, me vuelvo y digo:
- Perdonen, hermanas - no sé si se les llama así.
Tardan unos segundos en contestar.
- ¿Sí, m'hijito? - dice la mayor.
- ¿Podrían bendecirme?
Ahora sí tardan en hablar. Me miran de arriba abajo. Probablemente piensan que hay una cámara oculta en algún lugar.
- ¿Bendecirte?
- Sí... verán, ustedes... ustedes saben de qué va el rollo, ¿no?
- ¿Qué rollo, hijo?
El rollo de todo esto, pienso, de para qué sirve tomarse una taza de café cada mañana y encarar la vida, y caminar por la calle hacia ella aunque los árboles estén llenos de pájaros. El rollo de si es verdad que hay un cielo o si nos disolvemos en átomos y pasamos a formar parte de la hierba, de una vaca, de la loncha de queso de un sandwich. El rollo de no suicidarse, a diario, todos los días de la vida.
Sin embargo, sólo digo:
- No sé, el rollo de lo divino, de Dios, del sentido de la existencia.
- Pero, ¿tú crees en Dios? - pregunta la más joven.
¿Cómo voy a creer en Dios? ¿Cómo podría alguien hacerlo, si hay chicles pegados a la acera y tenemos que madrugar todos los días, y en algún lugar del mundo con un nombre complicado pasan cosas que no serían peores si las imagináramos, y hay padres que tienen que cuidar de sus hijos con Síndrome de Down y, aunque hay momentos de una luz increíble y gigante, la mayoría del tiempo sientes que te falta algo importante que los demás sí tienen?
- Bueno, creo en la trascendencia. En que hay algo más grande que nosotros.
Sonrío, pero creo que he calculado mal la sonrisa, porque menean la cabeza, disgustadas, y siguen andando. Yo reprimo las ganas de salir detrás y suplicar de rodillas una bendición, pero sólo sigo caminando, camino esta mañana entre las paredes sucias, la gente distraída y los siempre sorprendentes tallos de las flores.
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