massobreloslunes

domingo, 20 de junio de 2021

Yo pensaba que Internet me odiaba...

 ... y lo que pasa es que no me había dado cuenta de que tenía que aprobar los comentarios.

A todos los que me habéis escrito algo en los últimos años, gracias, disculpad y, ahora sí: os leo. 


Camología

 

A lo largo de la vida, el tamaño de nuestras camas se va agrandando.

Empiezas con el moisés, sigues con la cuna, pasas a una cama pequeña.

Durante muchos, muchos años, la medida de 90x190 es tu única opción. Observas con intriga las películas americanas donde los adolescentes tienen cama de matrimonio; en España, a lo más que puedes aspirar es a una cama-nido que sacan cuando se queda a dormir una amiga.

En la universidad sigues con cama de noventa: ya vivas en residencia, colegio mayor o piso compartido, lo normal es que te tengas que apañar con eso. Ahí empiezan o aumentan en intensidad y frecuencia los escarceos amorosos, así que te toca limitarte a posturas muy concretas y, sobre todo, jugar al tetris a la hora de dormir. Lo bueno es que todavía la edad no ha deteriorado tu sueño y caes como un tronco aunque tengas un sobaco en la cara y una pierna por encima de la tuya. 

Puede que tus colegas y tú deis con un piso compartido en el que hay una cama de matrimonio. En ese caso, hay dos opciones: o bien el que tiene pareja fija suplica un poco y se la queda, o lo echáis a suertes y el ganador de repente tiene el deber de honrar La Cama (con mayúsculas) con una sucesión de amantes. Si, por lo que sea, el curso no se da como esperabas y acabas durmiendo solo, no puedes evitar sentirte un poco culpable por el desperdicio.

Igual eres de esas personas que por alguna razón ha dormido en lo que J. llamaba «la cama del soltero afortunado»: esa que era más grande que la individual, pero más pequeña que la doble. Alguno de mis amigos la tenía y resultaba la mar de desconcertante.

Evolucionas, te mudas a tu propio piso con o sin pareja y, por fin, llegas a ello: la cama de matrimonio. A partir de cierta edad en la vida, ya no hay vuelta atrás: tengas o no pareja, dormir en un colchón individual es señal de un patetismo insoportable. El de matrimonio te hace sentir de repente mega-adulto. Si estás solo, porque de repente se abre la interesante opción de poder invitar a dormir contigo a quien tú quieras y echar un polvo en la posición que te dé la gana. Si vives con tu pareja, al principio os sentís un poco impostores porque hasta ahora los que se metían en la cama de matrimonio eran tus padres y eh, ¡tú todavía eres súper joven!

Pasan los años y la cama de matrimonio se va ensanchando. Para empezar, ya casi ninguna casa tiene la de 1'35 en la que dormían nuestros abuelos. Esas eran para parejas de toda la vida que aguantan carros y carretas, y si estás incómodo, pues te aguantas, que para eso te has casado. Pero en nuestra generación de príncipes y princesas del guisante, si el piso amueblado que acabas de alquilar tiene un colchón de menos de 1'50, lo cambias en cuanto te lo puedes permitir. 

Luego, a medida que pasa el tiempo uno empieza a roncar, la otra tiene un insomnio de campeonato, de repente descubres que necesitas una superficie más dura o más blanda para tu dolor de espalda y te preguntas si no ha llegado el momento de invertir en salud. Con suerte, tienes dinero, así que puedes permitirte un somier gigante partido por la mitad y un colchón con distinta dureza en cada lado. Compras sábanas especiales para tu macro-cama. Das un beso de buenas noches a tu codurmiente y después os vais cada uno a un extremo como náufragos.

Yo ahora tengo una de esas macro-camas porque es la que estaba en nuestro apartamento. Estoy rematadamente en contra de ella. Pablo no lo entiende porque dice que siempre puedo acercarme si quiero, pero a mí me gusta dormir cerca del borde y al final muchas noches me levanto a hacer pis y luego ruedo hasta su extremo para comprobar que sigue conmigo.

Mientras mayor es la cama, mayor eres tú.

Quién pudiera recuperar esos sueños profundos y ahítos en una cama de noventa compartida.

jueves, 17 de junio de 2021

Nostalgia de sonrisas

 


Ayer me propuse no mencionar en absoluto la Maldita Pandemia en este blog. Es curioso, porque el último intento que hice por recuperar la escritura aquí fue justo antes del Horrible Confinamiento de 2020, y si algo pensé a menudo en esa época fue que debía escribirlo para recordarlo. Ahora, sin embargo, no quiero recordarlo, igual que no quiero ver pelis y series que incluyan la pandemia, ni que suceda en los libros que yo escriba. El primer confinamiento tenía un punto emocionante y dramático. Lo que vino después, la famosa nueva normalidad, ya no es ni emocionante ni dramática, sino claustrofóbica y anodina a la vez.

Sin embargo, me he sentado a escribir y solo me ha venido a la mente que echo de menos las sonrisas. Todas las semanas doy clase de violín con un profesor de aquí, Luis. No tengo claro que sea un gran violinista, pero pilla mi sentido del humor y me toma en serio, y con eso me vale. Ambos llevamos mascarilla todo el rato, pero aun así sé que le hacen gracia mis chistes estúpidos porque los ojos se le llenan de arruguitas cuando los hago.

La semana pasada subía a la escuela de música a mis clases de canto (que ya contaré lo del canto en otro momento; por alguna razón, tengo una fase musical-renacentista que ni yo misma entiendo muy bien) y Luis estaba tomando algo en la cafetería de abajo, sin mascarilla. Era la primera vez que lo veía con la cara descubierta. Me saludó, me sonrió y me pareció un hombre muy guapo. Pero pensándolo bien, no creo que sea especialmente atractivo. Creo que simplemente me había olvidado de lo bonito que es que alguien te sonría.

Aquí me pasa cada dos por tres. De repente veo sin mascarilla por primera vez a gente con la que llevo meses relacionándome, como las profesoras de mi hija, y tengo que reajustarme a esta nueva imagen de su cara. Sus bocas me parecen blancas y desmesuradas. Hay un punto aterrador, como cuando sonríe Miércoles Adams en una de las secuelas de la peli. 

Aun así, voy a intentar no escribir sobre la pandemia porque, de verdad, me aburre y aberra a partes iguales, y porque ya no se puede escribir sobre la pandemia sin politizarse y nunca he querido que este blog sea político. Finjamos que no existe. Finjamos que el mundo entero tiene más de un tema de conversación. Es lo que echo más de menos de la vida pre-COVID: la variedad y privacidad de los problemas de cada país. Yo no sabía qué preocupaba, por ejemplo, a los indios, más allá de lo tópico que uno puede imaginarse por lo que ha oído. Ahora sé qué preocupa a los indios: el COVID. Y a los americanos. Y a los europeos. Y a toda la puñetera población mundial. Es aburrido y no quiero hablar de ello.

Quizá hoy no quería escribir sobre la pandemia. Quizá solo quería contar lo mucho que me gustaría ver sonreír a mi profesor de violín cada vez que doy clase con él. 

miércoles, 16 de junio de 2021

Doña Norma


Una vez por semana viene a limpiar nuestro apartamento Norma, una mujer de Nicaragua sonriente y plácida que tarda tres veranos pero lo deja todo reluciente.

Me gusta Norma porque el primer día que llegó iba a cobrarnos una cifra y luego vio cómo estaba la casa y dijo con su voz tranquila que iba a ser un 30% más porque estaba muy sucio.

Me gusta también que se llama a sí misma «Doña Norma».

—Ayer me avisó un señor de los condominios que estaba de viaje —me cuenta hoy, mientras yo me preparo la comida y ella barre despacio como Beppo el de Momo—. Le cancelaron el vuelo a su esposa y a él. Tiene dos gatitas, así que me llamó. «Doña Norma, ¿podría usted ir a limpiar el condominio y a vigilar que las dos gatitas estén bien?». Me preguntó si me dan miedo los gatos. A mí me gustan los niños y los animales. Así que fui. Estaban las dos gatitas un poco tristes, pero bien. Le mandé un vídeo al señor. «Ay, qué bueno, Doña Norma», me dijo él.

Historias como esta me cuenta muchas. De un cliente suyo que ya no necesitaba que limpiara una casa porque la vendía, pero se la llevó al apartamento siguiente. De que otra mujer que vive en EEUU le deja las llaves porque solo se fía de ella.

Lo que me gusta, me doy cuenta ahora escribiéndolo, es que está orgullosa de sí misma y del papel que ocupa en el mundo. Contrasta con mi neurosis recurrente de no ser lo suficientemente relevante, de no tener impacto y pasar por la vida sin pena ni gloria. Norma sabe que ayer, concretamente, alguien necesitaba que una persona de confianza fuera a ver que sus gatitas estaban bien. Eso era lo más importante. Y esa persona de confianza era ella. Doña Norma.

Ojalá yo tuviera los pies plantados en la tierra con la misma firmeza.

domingo, 1 de marzo de 2020

All Joy And No Fun

Hay un libro sobre crianza que se llama All Joy And No Fun: The Paradoxes Of Modern Parenthood.

Habla de cómo tener un hijo no te hace feliz, en el sentido de darte un montón de momentos felices, porque a menudo es cansado, y nunca estás en flow. Sin embargo, te da mucha alegría. Una alegría explosiva, existencial, difícil de describir.

Por ejemplo: este viernes pasado. Pablo y yo habíamos pasado la mañana trabajando mientras Alana estaba con Lua, la canguro. Después de comer, quedamos con ellas en el parque para relevar a Lua y llevarnos a la nena para casa.

Íbamos andando por las calles del centro, con Pablo casi corriendo mientras me tiraba de la mano como un niño que va a ver a los Reyes. «¡Alana, Alana —exclamaba—, ¡vamos con Alana!».

Yo andaba a velocidad normal, porque quiero a mi hija con el alma, pero un viernes de sobremesa no estaba para muchos trotes.

Cuando llegamos al parque, Pablo empezó a mirar para todas partes, buscando el carrito rosa fucsia que la hortera de una servidora le compró a la nena. Por fin, la localizó y empezó a llamarla mientras corría hacia ella.

Yo seguí caminando, cegada por el sol de media tarde, hasta que la vi. Llevaba dos coletas, que yo casi nunca le hago porque se las quita enseguida y me desespera, e iba vestida con una sudadera roja con capucha y unos vaqueritos caídos, como un rapero diminuto.

Caminaba hacia mí con el sol de espaldas, que hacía brillar sus dos coletas con un halo dorado. Era de una belleza dolorosa. ¿Sabes cuando estás con un chico guapo, y camina hacia ti, y no puedes creerte que sea tuyo y que seas tú la destinataria de esos pasos? Así me sentía yo. Sin poder creerme que esa fuera mi hija.

Después jugamos a perseguirnos, y Alana golpeó con un palo una escultura metálica durante HORAS, y se tiró en el suelo revolcándose en el polvo como una croqueta.

All Joy And Quite A Lot Of Fun, diría yo.

domingo, 16 de febrero de 2020

Nostalgia de Cádiz



Estas navidades fui con mi amiga Elsa a un bar gaditano que hay en Málaga, Er Pichi de Cai.

Nos sentamos en una mesa baja del local, diminuto y tapizado con pósters del Cádiz y de los carnavales. Me acordé de cuando llegué allí por primera vez y Erika me dijo «en otras ciudades, los niños son del Madrid o del Barça, pero aquí son todos del Cádiz».

Pedimos chicharrones, atún encebollado, papas aliñás y no recuerdo qué más, y a mí me empezó a entrar una nostalgia mala de Cádiz que todavía me dura.

Ayer me apretó aún más. Mi madre me preguntó por un psiquiatra para un amigo de allí y le escribí un whatsapp al MIR para preguntarle si tiene consulta propia. Llevamos casi cinco años sin vernos, si no lo he contado mal. Cádiz está lejos de todo en general, de Granada en particular y más aún si tienes en cuenta que con un bebé tienes que multiplicar los kilómetros por siete, como los años de perro.

No extraño solo la ciudad, sino todo el área. La geografía dispersa y confusa de la capital, Puerto Real, San Fernando, Chiclana, con todas las masas de agua y las marismas y los puentes que te desorientan hasta volverte tan loco como el viento.

No creo que pudiera volver a vivir allí ahora, y eso es lo que hace que me duela la tripa de nostalgia si lo pienso demasiado. Eso y el hecho de que mi vida allí fue algo muy concreto: la residencia, unos años limitados siguiendo el recorrido del plan de estudios, donde estaba previsto con quién trabajaría y a dónde iría cada mes de los siguientes cuatro años.

Mientras estás dentro del sistema PIR, esa es tu vida. Son tus compañeros, tus amigos, tus rutinas, y te parece mentira que vayan a cambiar algún día. Pero lo hacen, y ese mismo sistema te expulsa con la violencia de la piel echando fuera un cuerpo extraño.

La última vez que volví fue para la despedida de María, una compañera que entró durante mi tercer año de residencia. No conocía a los nuevos MIRes y PIRes; no solo eso, sino que había olvidado el nombre de algunos con los que había coincidido poquísimo tiempo allí. Ahora aquella gente desconocida ocupaba mi despacho en el Equipo de Salud Mental de la calle Escalzo; se reía con los chistes de Sebastián en las reuniones matutinas de la URA del Puerto de Santa María; aspiraba el olor reconcentrado a café y a sudor que hay en la unidad de agudos de Puerto Real.

Me pareció casi de mala educación. Hay otra gente en mi piso pequeño y precioso de Portería de Capuchinos, y otros nadan en mi calle favorita de la piscina municipal o escalan en el roco que yo ayudé a construir. De mí allí ya no queda nada.

Así que es una nostalgia multidimensional y rotunda. De lo que fue y no va a volver nunca. De no poder volver. De que mi presencia en sus calles luminosas se haya evaporado como la humedad en los calurosos días de levante.

Qué triste es vivir si uno lo piensa demasiado.

sábado, 14 de septiembre de 2019

Alana baila

Hoy Alana se ha puesto a bailar.

Estamos escuchando música en el portátil porque a Pablo se le ha antojado oír una canción que estaba cantando en la ducha, y de repente, al oír los golpes de batería de la canción que empieza, Alana,  de pie con las manos apoyadas en la cama, empieza a bailar como bailan los bebés: moviendo el culo arriba y abajo sin separar los pies del suelo, mirándome encantada con una gran sonrisa, como quien sabe que has pillado el chiste que te acaba de contar.

Sonríe y baila, y yo llamo a Pablo, que está terminando de vestirse en el baño. Él la ve y se va a por su teléfono. Alana para de bailar porque la canción se ha puesto lenta, así que buscamos otra más animada: Matador, de Los Fabulosos Cadillac.

Allá va de nuevo: mueve su cuerpecillo de once meses, se ríe, le fallan las piernas y se cae al suelo. Se vuelve a levantar, apoya los brazos y mueve el culo otra vez. A mí me inunda una emoción absurda. Está bailando.

Cuando vas a tener un bebé nadie te advierte de que tu hijo se va a pasar muchos meses pareciéndose a un brócoli. Tú lees estudios que dicen que los recién nacidos ya reconocen patrones, distinguen tu voz, tienen emociones y otro montón de habilidades cuasi-adultas, pero en el exterior tienes a un ser sin masa muscular que te mira con los ojos desenfocados.

Así que el proceso de un bebé que crece es el de ir haciéndose menos brócoli y más persona, y yo me emociono a cada paso porque me siento más cerca de que Alana y yo por fin nos entendamos.

La gente habla del instinto maternal, de que intuyes lo que le pasa a tu bebé y te vinculas a él con una corriente hormonal e inexplicable. Yo a Alana la he visto siempre un poco extraterrestre. Es una caja opaca de relaciones causa-efecto que nosotros tratamos de descifrar.

«Parece que tiene sueño». «Igual son gases». «Yo creo que le están saliendo los dientes».

Pero más que nada estás adivinando, y cada vez que se acaba el día y ella está dormida en su cama, todavía viva y entera y creciendo, yo suspiro con alivio y pienso que no ha estado mal, pero que sin duda no ha sido óptimo.

Así que a medida que pasan los meses y ella empieza a reírse conmigo, a echarme los brazos, a mirar hacia donde señalo, yo lo que pienso es que cada vez nos vamos pareciendo más. No en nuestra personalidad, sino en nuestra cualidad humana.

Y hoy se ha puesto a bailar.

A partir de hoy, ya podemos bailar juntas.