Esta mañana estaba escuchando una entrevista de Tim Ferriss a una tal Debbie Millman, una diseñadora muy famosa que vive en Manhattan desde hace treinta años. Al parecer, se crió entre Brooklyn y Queens, y Manhattan había sido su sueño desde que era niña. Después de la universidad, se trasladó a un piso minúsculo: para entrar a su habitación tenía que pasar por el dormitorio de la pareja con la que vivía, y en el exterior de su ventana, que no podía abrirse, anidaba una familia entera de palomas.
Debbie se contaba a sí misma que lo que de verdad quería en la vida era ser artista: escritora o pintora, pero que para eso necesitaba un sueldo decente. Decidió hacerse diseñadora porque así pagaría el alquiler mientras se convertía en artista. No fue hasta mucho tiempo después que se dio cuenta de que se había mentido a sí misma.
«Si hubiera querido de verdad ser artista —explica—, me habría mudado a un sitio más barato. Me hice diseñadora porque mi verdadera prioridad era vivir en Manhattan».
Es curioso mirar nuestras decisiones en retrospectiva y darnos cuenta de que ellas son las que revelan la auténtica historia de nuestras prioridades. La mía, sin duda, nunca ha sido ser escritora. En todas las bifurcaciones del camino he tomado decisiones que me han llevado a otros lugares. ¿Cuál ha sido mi prioridad, entonces?
No sé: llevo todo el día dándole vueltas a una pregunta, como el que trata de resolver un crucigrama difícil, y no encuentro la respuesta. ¿Ha sido el dinero? Tampoco. Por dinero habría tomado muchas decisiones de manera distinta. ¿Ha sido el amor, la amistad, vivir en un lugar determinado? No lo sé. Quizá no había ninguna gran prioridad, y esa opción es, quizá, la más aterradora.
Sería bonito encontrar una respuesta a esta pregunta. Vale, no sé si bonito es la palabra, pero podría ser práctico; poético, incluso. ¿Qué tienen en común la decisión de estudiar en Granada, hacer la residencia en Cádiz, mudarme a Margalef, luego a Granada de vuelta, luego a Castellón y luego ni más ni menos que a Tamarindo, Costa Rica? ¿Qué tienen en común estudiar psicología, después hacer el PIR, después montar mi negocio, después crear una membresía de desarrollo personal?
Tengo la sensación de que si hay algo que vincula todas esas decisiones es mantener los desafíos en el campo de lo predecible, lo probable, lo que puedo controlar con relativa facilidad. No me gustan los retos demasiado ambiciosos ni me gusta jugar a la lotería con mis elecciones.
Quizá lo que ha guiado todas mis decisiones hasta ahora es el control. Decida lo que decida, quiero seguir controlando, quiero seguir sabiendo que la mano ganadora la sostngo yo. O puede que sea la comodidad: que las cosas sean medianamente asequibles, que la famosa zona de confort siga rodeándome incluso aunque a ojos de otros parezca que estoy fuera de ella.
Ni idea. Es una pregunta interesante que explorar. Si se me ocurre algo nuevo, seréis los primeros en saberlo.
