Era domingo y era primavera, y a Silvia le daba igual ser
estudiante, tener veinte años y vivir en Granada, el epicentro de la
juerga. Llevaba todo el día tumbada en el sofá viendo la
televisión: por la mañana, series juveniles; al mediodía, los
Simpson y las noticias; durante la tarde, las eternas películas de
serie B espaciadas por largos intervalos publicitarios.
“Ya no te quiero, es cierto, pero te quise tanto…”. Se
acordó de Neruda. “Mi voz buscaba el viento para tocar tu oído”.
También su querido Gael se había ido, con su nombre de ángel, y
ella quería pensar que le había querido para no darse cuenta de que
aún no tenía ni puta idea de lo que era el amor.
La tarde anterior había estado bien. Enrique, aquel chico tan
guapo de la cafetería, por fin se había atrevido a pedirle su
teléfono, y ocuparon varias horas en tomar café, pasear y tumbarse
en el paseo de los tristes al sol de primavera. De repente, mientras
volvían a casa, las nubes que se agolpaban en un extremo del cielo
viajaron veloces hasta cubrirlo todo, y un chaparrón de verano les
obligó a refugiarse en un soportal. Enrique la miró a los ojos y
ella no consiguió ver romanticismo en su pelo aplastado por la
lluvia. “¿Y si yo fuera el hombre de tu vida?”, le dijo él. “¿Y
si no?”, pensó ella, pero se calló y dirigió la vista al frente,
al chorro como de ducha que descargaban las nubes.
Ahora, tumbada en el sofá despintado de su piso de alquiler,
Silvia se preguntaba por qué no le había sentado bien aquello. El
paseo, la mirada, el portal, la lluvia. Los dedos apartándole el
pelo mojado de la cara. En un gesto reflejo, se agarró la coleta:
“mi pelo es mío”. Luego se dijo a sí misma que a lo mejor, pero
sólo a lo mejor, no era eso lo que estaba buscando. Honestidad es no
saber si eres el hombre de mi vida y arriesgarme a que no lo seas, le
contestó entonces a Enrique.
Se mareó al levantarse del sofá para ir a beber una coca cola.
Tal vez debería haberse ido de marcha la noche anterior. Lo bueno de
la resaca es que anula cualquiér sensación que no sea intentar
sentirse físicamente mejor que un trapo. El viernes sí que había
salido hasta muy tarde. A pesar de su apática tarde de domingo,
solían gustarle la fiesta y las aglomeraciones de gente. Le
encantaban los preliminares: coger el móvil y mandar mensajes y
llamadas perdidas a unos y otros, y luego empezar a quedar con todos
como quien coordina una operación militar. A las doce contigo en mi
piso. Con vosotros a la una y media en el Sinapsis. Con este otro me
encontraré en el Bora-Bora cuando cierren los pubs. Luego disfrutaba
del rito de ponerse guapa, meditando largamente qué sombra de ojos
iba a utilizar y cómo iba a arreglarse el pelo.
Si lo piensas, es triste. Reunirse a beber, a emborracharse sin
excusas cada fin de semana, es triste. El alcohol no termina de
gustarte; al menos no es como un batido de chocolate o un zumo de
naranja. Te quedas de pie, helada en una noche cualquiera del
invierno granadino, o incluso en una noche caliente de finales de
curso, y bebes, sin más. Hablas de nada, despeñas los hielos al
interior del vaso y los mueves con el dedo. Te ríes de nada, coges
la botella y mides con cuidado el segundo o tercer cubata que vas a
tomar. Luego se decide dónde ir, porque la música es fundamental:
es el hilo que te atraviesa las venas y te cose a la gente que baila
contigo en la pista, al latido universal que grita que la noche es
joven y es tuya. Una vez se ha decidido, te desplazas hacia allí, el
relaciones públicas te hace una buena oferta de consumiciones, pides
otra copa y también te la bebes. En una mano el cigarro, en la otra
el cubata, moviendo los pies y las caderas como si te encantara el
ritmo precocinado de la pachanga que ponen
Los pubs cierran entre las tres y media y las cuatro, y tú no te
quieres ir, porque sabes que tumbarse en la cama con la habitación
dando vueltas, con los oidos pitándote y sin gente alrededor para
justificar tu estado, es lo peor que tiene una noche de marcha. Así
que entras a una discoteca. Cinco euros y una copa, o dos botellines
de cerveza. Ahí ya ni siquiera puedes identificar la música; te
limitas a vibrar más que a bailar, a mantener tu cuerpo en
movimiento a base de espasmos rítmicos sin hablar con nadie, sin
mirar a nadie, esperando a que suceda algo que no sabes muy bien qué
es pero que tienes la esperanza de que llegue.
Aunque Silvia sabía que era triste, también sabía que llegaba
un momento, alrededor de las cinco de la mañana, en que ella ya
había bebido, hablado y reído mucho, y se limitaba a bailar la
música indescifrable de la discoteca sin importarle demasiado todo
lo demás. Entonces ya no estaba sola. Entonces era parte de algo más
grande, y daban igual el calor, el sudor y el ruido, porque al fin y
al cabo esos son los elementos que indican que algo está vivo.
Pero ahora era domingo, no era de noche, no había plan. Los
domingos están llenos de “deberías” y de pena por el fin de
semana que se acaba. Ya no te quedan excusas porque no te quedan días
libres, y te impregna la espantosa certeza de que hay algo que no has
hecho hoy y que no vas a poder hacer en el resto de tu vida.
Silvia se bebió la cocacola, sentada en el borde del sillón para
sentir un poco menos aquella inactividad aplastante. En aquellos
momentos, ella no era nada, y la vida universitaria no era más que
un tremendo engaño, un hermoso decorado donde niños y niñas
jugueteaban con lo mejor de la adolescencia y lo mejor de la adultez.
Un universo helado y vacío de platos sucios, cerveza, alquileres
retrasados y extensas redes sociales que al final no son capaces de
sostenerte.
Al cabo de unos segundos de suspenderse en equilibrio en el borde
del sofá, notó que se iba deslizando hasta hundirse otra vez. Se
quedó ahí reflexionando con la cabeza descolgada, mientras sentía
cómo todos sus pensamientos tomaban forma de espiral e iban
haciéndose cada vez más turbios. Gael, el domingo, el fin de
semana, la vida.
Entonces recordó que aquel viernes, en particular, no había sido
como todos los demás. Hubo un momento, casi al final de la noche, en
que ella había llegado a aquel punto de trance y de fusión que
llevaba buscando todo el tiempo. De repente se hizo el silencio en la
discoteca. Sonó un chirrido en los altavoces y la música se detuvo
de golpe. La gente paró de bailar, desconcertada. Durante unos
minutos, todos se miraron los unos a los otros, sin saber qué hacer.
A la izquierda de Silvia, unos chicos que habían estado metiéndose
mano se observaban en silencio, con la espantosa certeza de que no
tenían nada de qué hablar. Después de unos minutos así, alguien
tuvo la idea de empezar a silbar y a abuchear, y todos respiraron,
aliviados, y se unieron a la protesta por el simple placer de crear
ruido.
En aquel momento, Silvia reparó en que todos los que estaban allí
habían ido porque estaban solos. Porque no tenían nada mejor que
hacer que observarse los unos a los otros en busca de carne fresca
para intentar olvidar, por unos momentos, que estamos separados de
los demás desde nuestro nacimiento, y que no hay nada que podamos
hacer por evitarlo.
Sentada en su sofá recordó ese instante, el silencio de la
discoteca, espeluznante por lo extraño, y se estremeció. Si fueras
el hombre de mi vida, le dijo entonces mentalmente a Enrique, no
volvería a salir un solo fin de semana, y pasaría las tardes
acurrucada contigo en el sofá, viendo una película o leyendo juntos
en algún banco del parque García Lorca.
Pensó en escuchar música, en ducharse, en fregar la pila de
platos que se había amontonado en el fregadero. Pensó en escribir o
en leer, pero la perspectiva de tener que huir de su pena le
angustiaba, porque si lo intentaba y fracasaba ya sí que no sabría
cómo salir de allí.
Entonces cayó en la cuenta. Era primavera. Cada primavera, desde
que ella tenía memoria, su padre pasaba unos días encerrado en su
habitación y su madre prohibía a Silvia encender la tele o charlar
en voz alta con su hámster. La depresión primaveral de su padre
había sido un clásico de su infancia, y cada vez que sentía el
breve picor del polen en el aire se preparaba para ver cómo él se
metía en la cama a tomar ansiolíticos hasta que la vida se le
volvía lo sufcientemente soportable como para salir de nuevo. Ella
había escapado a aquella mala jugada de los genes, pero ahora,
tendida en el sofá con la moral por los suelos, se preguntaba si no
estaría siendo también víctima del maldito calendario.
Se incorporó otra vez. Gracias a Dios, es la primavera, pensó.
No estoy loca, soy normal, mi vida va bien. Y tal vez haya alguien
con quien pueda quedar para darme una vuelta.
lunes, 11 de abril de 2005
domingo, 10 de abril de 2005
What a girl wants (o gracias por aguantarme)
Él no es. Él no es un caballero, ni siquiera un poquito. No muestra ningún interés por cederme el paso, por ayudarme cuando llevo peso, por cogerme a caballito cuando me duelen los pies. Cuando llegamos a una tetería donde sólo hay una carta, la agarra y se pone a leerla mientras yo aguardo aque acabe, tamborileando con los dedos sobre la mesa. Se bebe entera la botella de agua que llevo en el bolso y se zampa enteros los platos que se supone que compartimos.
Tampoco es detallista. Si yo digo que me gusta algo de una tienda, él no espera a que nos hayamos ido para regresar y comprármelo, y cuando salimos de allí no vuelve a acordarse del tema. Aunque yo le especifique claramente “ése es el regalo que quiero” para mi próximo cumpleaños, navidades o aniversario, él lo olvida y me obsequia con cualquier detalle típico que no le haya requerido muchos quebraderos de cabeza. No me regala flores, se olvida de enviarme mensajes bonitos a media mañana y sólo me ha escrito una carta y dos emails (tras infinitud de súplicas por mi parte) pese a mi devoción por la palabra escrita. Cuando dormimos juntos, nunca jamás se levanta antes de que yo lo haga, no me trae el desayuno a la cama y aún no le he sorprendido mirándome embelesado mientras duermo. De hecho, a veces yo me levanto, le arrastro literalmente fuera de las sábanas y él vuelve a acostarse aprovechando que me estoy duchando o preparando el desayuno. Le he recomendado ilusionada cinco o seis libros, de los cuales aún no ha leído ni uno, pese a que yo he escuchado con un esfuerzo encomiable los extraños temas de rock sinfónico que le gustan a él. Le he hecho todas estas recriminaciones del orden de seis o siete veces cada una y, aun así, sigue haciendo lo que le da la real gana.
Sin embargo. Sin embargo, me hace masajes cada vez que se lo pido, e incluso a veces sin que se lo pida, y casi nunca me pide otro a cambio. Me deja trastearle los puntos negros de la nariz sólo para que me anime cuando estoy tristona. Siempre es puntual, y no se queja cuando llego tarde y le tengo diez minutos esperando en la puerta de su casa. Viene a verme cuando no tengo ganas de salir, y sube con sus delicados pulmones de asmático la larga cuesta de mi urbanización sin una protesta. Cuando tiene dinero se empeña en invitarme a cenar, aunque luego tenga que invitarle yo a él durante un par de días.
Si me mosqueo por cualquier tontería no se enfada; me sienta en un banco y me abraza y consuela hasta que se me pasa. Ha aguantado más horas que nadie de llantinas telefónicas y de crisis existenciales. Me escucha siempre, y nunca ha dicho “qué chorrada” a ninguna de mis estúpidas ocurrencias. Se interesa por todo lo que le cuento, e incluso me soporta cuando hablo de etimología y de las apasionantes relaciones entre el castellano, el catalán y el latín. Contesta a todas mis preguntas, incluso a las más surrealistas, del tipo de “¿nunca te has planteado que no sentirás nunca lo que es estar embarazada?”. A mis diatribas cabreadas contra el Sistema, él opone siempre su sensatez y su inquebrantable optimismo. Pone su música extraña, pero pasa las canciones que piensa que no van a gustarme. Vigila que no venga nadie cuando tengo que hacer pis en algún sitio público y no protesta cuando tiene que levantarse en mitad del cine para que yo vaya al baño. Le da igual la depilación, no me controla el ciclo menstrual, no le importa que me ponga lo mismo dos días seguidos y siempre me dice que estoy preciosa. No hace caso de mis tiquismiteces, me deja elegir dónde ir cuando quiero y, si no tengo ganas, elige él.
Y, sencillamente, me da igual todo lo que he escrito en el primer párrafo, porque él está tan lleno de bondad, y la derrama de tal manera sobre mí, que el ligero despiste que le envuelve entero apenas se nota debajo de todo ese cariño.
Me conoce y, aun así, me quiere.
(Yo a él le adoro y, excepto "gracias", no me queda más que decir)
Tampoco es detallista. Si yo digo que me gusta algo de una tienda, él no espera a que nos hayamos ido para regresar y comprármelo, y cuando salimos de allí no vuelve a acordarse del tema. Aunque yo le especifique claramente “ése es el regalo que quiero” para mi próximo cumpleaños, navidades o aniversario, él lo olvida y me obsequia con cualquier detalle típico que no le haya requerido muchos quebraderos de cabeza. No me regala flores, se olvida de enviarme mensajes bonitos a media mañana y sólo me ha escrito una carta y dos emails (tras infinitud de súplicas por mi parte) pese a mi devoción por la palabra escrita. Cuando dormimos juntos, nunca jamás se levanta antes de que yo lo haga, no me trae el desayuno a la cama y aún no le he sorprendido mirándome embelesado mientras duermo. De hecho, a veces yo me levanto, le arrastro literalmente fuera de las sábanas y él vuelve a acostarse aprovechando que me estoy duchando o preparando el desayuno. Le he recomendado ilusionada cinco o seis libros, de los cuales aún no ha leído ni uno, pese a que yo he escuchado con un esfuerzo encomiable los extraños temas de rock sinfónico que le gustan a él. Le he hecho todas estas recriminaciones del orden de seis o siete veces cada una y, aun así, sigue haciendo lo que le da la real gana.
Sin embargo. Sin embargo, me hace masajes cada vez que se lo pido, e incluso a veces sin que se lo pida, y casi nunca me pide otro a cambio. Me deja trastearle los puntos negros de la nariz sólo para que me anime cuando estoy tristona. Siempre es puntual, y no se queja cuando llego tarde y le tengo diez minutos esperando en la puerta de su casa. Viene a verme cuando no tengo ganas de salir, y sube con sus delicados pulmones de asmático la larga cuesta de mi urbanización sin una protesta. Cuando tiene dinero se empeña en invitarme a cenar, aunque luego tenga que invitarle yo a él durante un par de días.
Si me mosqueo por cualquier tontería no se enfada; me sienta en un banco y me abraza y consuela hasta que se me pasa. Ha aguantado más horas que nadie de llantinas telefónicas y de crisis existenciales. Me escucha siempre, y nunca ha dicho “qué chorrada” a ninguna de mis estúpidas ocurrencias. Se interesa por todo lo que le cuento, e incluso me soporta cuando hablo de etimología y de las apasionantes relaciones entre el castellano, el catalán y el latín. Contesta a todas mis preguntas, incluso a las más surrealistas, del tipo de “¿nunca te has planteado que no sentirás nunca lo que es estar embarazada?”. A mis diatribas cabreadas contra el Sistema, él opone siempre su sensatez y su inquebrantable optimismo. Pone su música extraña, pero pasa las canciones que piensa que no van a gustarme. Vigila que no venga nadie cuando tengo que hacer pis en algún sitio público y no protesta cuando tiene que levantarse en mitad del cine para que yo vaya al baño. Le da igual la depilación, no me controla el ciclo menstrual, no le importa que me ponga lo mismo dos días seguidos y siempre me dice que estoy preciosa. No hace caso de mis tiquismiteces, me deja elegir dónde ir cuando quiero y, si no tengo ganas, elige él.
Y, sencillamente, me da igual todo lo que he escrito en el primer párrafo, porque él está tan lleno de bondad, y la derrama de tal manera sobre mí, que el ligero despiste que le envuelve entero apenas se nota debajo de todo ese cariño.
Me conoce y, aun así, me quiere.
(Yo a él le adoro y, excepto "gracias", no me queda más que decir)
sábado, 9 de abril de 2005
El mejor amigo del hombre
Aquí va un cuentecillo, el primero que escribo completo desde hace mucho tiempo. Gracias a Analena, que me dio la idea mientras tomábamos el sol en las escaleras de la facultad.
Le gustaba trabajar en la caja rápida, donde la gente compraba pequeñas agrupaciones de objetos que, muchas veces, no tenían nada que ver entre sí. Detergente, melocotones y un par de botellas de agua mineral con gas. Yogures desnatados, crema suavizante, preservativos y latas de atún. Ella iba agarrando los productos uno por uno y pasándolos por el lector de códigos de barras. Aunque la costumbre había terminado por mecanizar el gesto, a veces podía sentir vivamente la energía de cada objeto cuando lo cogía. Tocaba las lisas paredes de las latas y algo vibraba en ella: “esto es una lata”, luego cogía el bote de champú, “esto es champú” y acariciaba, a través de las delgadas bolsas de plástico de la frutería, la piel lisa de los tomates.
Con cada cliente se preguntaba qué era lo que había hecho que esa persona llegara allí aquel día a comprar justamente eso. En qué punto la necesidad de jamón york, de comida para gatos o de coca cola light se había vuelto tan acuciante que no había tenido más remedio que bajar al supermercado. Había estudiantes que llegaban de la universidad con las carpetas en la mano, o mujeres que acababan de salir del trabajo y aprovechaban para completar la despensa antes de volver a casa.
Aquella tarde estaba muy cansada, y el terral que había soplado durante todo el día hacía que se le pegase el cabello a las sienes. Cuando le vio llegar a él, le hizo gracia su aspecto. Era, a todas luces, un hippie. No uno de esos estudiantes que visten con pantalones anchos y camisetas desteñidas, sino un verdadero "perriflauta”, como les llamaba Manolo, su novio (“ya sabes, porque siempre van con el perro y con la flauta”), de ropa incoherente, barba y pelo largos y con un par de cordones de cuero rodeándole el cuello. Cuando llegó su turno y se acercó a ella, la cajera se dio cuenta de que olía bien, pero no se le escapó la ligera pátina de suciedad inevitable que le cubría entero.
Esta vez se fijó atentamente en la serie de productos que se llevaba el chico. Un par de bolsas enormes de pasta barata y sus correspondientes bricks de tomate frito. Puré de patatas, leche, media docena de huevos, aceite y un paquete de pechugas de pollo. Pura cobertura de necesidades, sin un capricho. Al final de la fila, en equilibrio sobre la cinta, había un paquete grande de comida barata para perros.
Ella pasó uno por uno los alimentos por el lector.
- Diez con sesenta y nueve, por favor – dijo al final, esforzándose por evitar la vocecilla nasal que desarrollan de forma casi inconsciente las cajeras de supermercado.
Él sacó del bolsillo un billete de cinco y varias monedas.
- No me va a llegar – la miró y esbozó una sonrisa tímida -. ¿Te importa que saque la moneda del carro?
La fila de gente detrás de él resopló como un solo organismo vivo. Ella sonrió y asintió con la cabeza.
- Gracias, guapa.
Le siguió con la vista mientras él empotraba el carrito en la hilera, junto a la puerta del local. En el exterior, un perro delgaducho y pardo estaba tumbado, amarrado a una farola. El animal levantó la cabeza en cuanto vio la figura de su dueño, que le hizo carantoñas como a un niño chico mientras sacaba el euro del carro. Volvió a la caja y recontó el dinero.
- Nueve con noventa… Sigo sin tener.
- Bueno – ella estaba un poco aturdida -. Puedes dejar algo.
El chico rebuscó entre las bolsas, donde entretanto ella había guardado los comestibles. Parecía indeciso. La cajera sintió cómo calibraba en la mente lo que supondría la pérdida de cada uno de los alimentos. Finalmente, el chico suspiró y sacó el paquete de pechugas de pollo. Ella arqueó las cejas y volvió la cabeza hacia el perro, que dormía tranquilamente la siesta al sol de media tarde. Las personas de la cola continuaban revolviéndose. “Pues vaya con la caja rápida”, protestaba una anciana que llevaba dos barras de pan y un brick de leche.
Ella cogió el pollo. Podía sentir su tacto blando y frío bajo el envoltorio. Luego miró al muchacho, que le tendía sonriente el dinero y esperaba la vuelta. Finalmente, rebuscó en el bolsillo de la camiseta de uniforme, el que llevaba la chapa con su nombre, y sacó una moneda de euro.
- Llévate el pollo – le dijo al chico -, yo te invito.
Sintió un ligero estremecimiento. Manolo iba a refunfuñar cuando se lo contara. Era de los que pasaban al lado de ese tipo de gente y les miraban con desprecio por no estar trabajando en algo decente.
- Vaya… - el chico dudó un momento, pero no mucho rato. Tal vez llevaba mucho tiempo sin comer carne -. Pues muchas gracias, bonita.
La cajera sonrió y le tendió el ticket y la vuelta. Confundido, él lo guardó todo en el bolsillo y salió del súper. Ella se dio más prisa en los clientes que iban detrás, sin apenas mirarles a la cara, porque había perdido mucho tiempo y la cola llegaba ya hasta el pasillo de perfumería.
Aquella noche salió a eso de las diez, después de hacer caja y cambiarse. En el exterior, la noche era húmeda pero cálida. Mientras se subía en la moto, detrás de Manolo, pensó en el chico y en su perro, que aquella noche no tendrían problemas para dormir al raso.
Le gustaba trabajar en la caja rápida, donde la gente compraba pequeñas agrupaciones de objetos que, muchas veces, no tenían nada que ver entre sí. Detergente, melocotones y un par de botellas de agua mineral con gas. Yogures desnatados, crema suavizante, preservativos y latas de atún. Ella iba agarrando los productos uno por uno y pasándolos por el lector de códigos de barras. Aunque la costumbre había terminado por mecanizar el gesto, a veces podía sentir vivamente la energía de cada objeto cuando lo cogía. Tocaba las lisas paredes de las latas y algo vibraba en ella: “esto es una lata”, luego cogía el bote de champú, “esto es champú” y acariciaba, a través de las delgadas bolsas de plástico de la frutería, la piel lisa de los tomates.
Con cada cliente se preguntaba qué era lo que había hecho que esa persona llegara allí aquel día a comprar justamente eso. En qué punto la necesidad de jamón york, de comida para gatos o de coca cola light se había vuelto tan acuciante que no había tenido más remedio que bajar al supermercado. Había estudiantes que llegaban de la universidad con las carpetas en la mano, o mujeres que acababan de salir del trabajo y aprovechaban para completar la despensa antes de volver a casa.
Aquella tarde estaba muy cansada, y el terral que había soplado durante todo el día hacía que se le pegase el cabello a las sienes. Cuando le vio llegar a él, le hizo gracia su aspecto. Era, a todas luces, un hippie. No uno de esos estudiantes que visten con pantalones anchos y camisetas desteñidas, sino un verdadero "perriflauta”, como les llamaba Manolo, su novio (“ya sabes, porque siempre van con el perro y con la flauta”), de ropa incoherente, barba y pelo largos y con un par de cordones de cuero rodeándole el cuello. Cuando llegó su turno y se acercó a ella, la cajera se dio cuenta de que olía bien, pero no se le escapó la ligera pátina de suciedad inevitable que le cubría entero.
Esta vez se fijó atentamente en la serie de productos que se llevaba el chico. Un par de bolsas enormes de pasta barata y sus correspondientes bricks de tomate frito. Puré de patatas, leche, media docena de huevos, aceite y un paquete de pechugas de pollo. Pura cobertura de necesidades, sin un capricho. Al final de la fila, en equilibrio sobre la cinta, había un paquete grande de comida barata para perros.
Ella pasó uno por uno los alimentos por el lector.
- Diez con sesenta y nueve, por favor – dijo al final, esforzándose por evitar la vocecilla nasal que desarrollan de forma casi inconsciente las cajeras de supermercado.
Él sacó del bolsillo un billete de cinco y varias monedas.
- No me va a llegar – la miró y esbozó una sonrisa tímida -. ¿Te importa que saque la moneda del carro?
La fila de gente detrás de él resopló como un solo organismo vivo. Ella sonrió y asintió con la cabeza.
- Gracias, guapa.
Le siguió con la vista mientras él empotraba el carrito en la hilera, junto a la puerta del local. En el exterior, un perro delgaducho y pardo estaba tumbado, amarrado a una farola. El animal levantó la cabeza en cuanto vio la figura de su dueño, que le hizo carantoñas como a un niño chico mientras sacaba el euro del carro. Volvió a la caja y recontó el dinero.
- Nueve con noventa… Sigo sin tener.
- Bueno – ella estaba un poco aturdida -. Puedes dejar algo.
El chico rebuscó entre las bolsas, donde entretanto ella había guardado los comestibles. Parecía indeciso. La cajera sintió cómo calibraba en la mente lo que supondría la pérdida de cada uno de los alimentos. Finalmente, el chico suspiró y sacó el paquete de pechugas de pollo. Ella arqueó las cejas y volvió la cabeza hacia el perro, que dormía tranquilamente la siesta al sol de media tarde. Las personas de la cola continuaban revolviéndose. “Pues vaya con la caja rápida”, protestaba una anciana que llevaba dos barras de pan y un brick de leche.
Ella cogió el pollo. Podía sentir su tacto blando y frío bajo el envoltorio. Luego miró al muchacho, que le tendía sonriente el dinero y esperaba la vuelta. Finalmente, rebuscó en el bolsillo de la camiseta de uniforme, el que llevaba la chapa con su nombre, y sacó una moneda de euro.
- Llévate el pollo – le dijo al chico -, yo te invito.
Sintió un ligero estremecimiento. Manolo iba a refunfuñar cuando se lo contara. Era de los que pasaban al lado de ese tipo de gente y les miraban con desprecio por no estar trabajando en algo decente.
- Vaya… - el chico dudó un momento, pero no mucho rato. Tal vez llevaba mucho tiempo sin comer carne -. Pues muchas gracias, bonita.
La cajera sonrió y le tendió el ticket y la vuelta. Confundido, él lo guardó todo en el bolsillo y salió del súper. Ella se dio más prisa en los clientes que iban detrás, sin apenas mirarles a la cara, porque había perdido mucho tiempo y la cola llegaba ya hasta el pasillo de perfumería.
Aquella noche salió a eso de las diez, después de hacer caja y cambiarse. En el exterior, la noche era húmeda pero cálida. Mientras se subía en la moto, detrás de Manolo, pensó en el chico y en su perro, que aquella noche no tendrían problemas para dormir al raso.
viernes, 8 de abril de 2005
Footing
Aquí dejo algo que se me ocurrió el otro día cuando fui a correr. Y eso que yo pensaba que tenía todas las neuronas ocupadas exclusivamente en sobrevivir...
"No iba al parque a pasear ni a relajarse. Cuando llegaba la primavera y las tardes se alargaban, el recinto se llenaba de parejas besuconas y de padres con carritos y niños de la mano. Él solía ir un rato cada día. Se sentaba en un banco, en mitad del recorrido que hacían los que practicaban footing, y esperaba a que las mujeres que corrían fueran, una a una, pasando por su lado. Cuando una de ellas atravesaba el fragmento de camino que controlaba, él no se paraba a mirar sus pechos, bamboleándose bajo la camiseta de deporte, ni seguía su culo con la mirada. Cerraba los ojos e intentaba oír su respiración, apenas un par de jadeos fuertes y profundos antes de que la corredora se alejara trotando. Cada uno de esos resoplidos íntimos, sonoros, le trasladaba directamente a la intimidad de las mujeres, y podía imaginar aquellos cuerpos tumbados desnudos en una cama, o cabalgando a su amante bajo la luz acaramelada de la lampara de la mesilla. Algunas eran delgadas y fibrosas, con pantalones de marca pegados a los redondos gemelos; otras tenían los muslos más gruesos y resoplaban con a cara enrojecida, intentando ponerse a punto para el verano. Pero en todas él podía practicar ese salto cósmico, esa unión instantánea con lo más privado de ellas. Y a eso se dedicaba durante las largas tardes de primavera de aquel curso."
"No iba al parque a pasear ni a relajarse. Cuando llegaba la primavera y las tardes se alargaban, el recinto se llenaba de parejas besuconas y de padres con carritos y niños de la mano. Él solía ir un rato cada día. Se sentaba en un banco, en mitad del recorrido que hacían los que practicaban footing, y esperaba a que las mujeres que corrían fueran, una a una, pasando por su lado. Cuando una de ellas atravesaba el fragmento de camino que controlaba, él no se paraba a mirar sus pechos, bamboleándose bajo la camiseta de deporte, ni seguía su culo con la mirada. Cerraba los ojos e intentaba oír su respiración, apenas un par de jadeos fuertes y profundos antes de que la corredora se alejara trotando. Cada uno de esos resoplidos íntimos, sonoros, le trasladaba directamente a la intimidad de las mujeres, y podía imaginar aquellos cuerpos tumbados desnudos en una cama, o cabalgando a su amante bajo la luz acaramelada de la lampara de la mesilla. Algunas eran delgadas y fibrosas, con pantalones de marca pegados a los redondos gemelos; otras tenían los muslos más gruesos y resoplaban con a cara enrojecida, intentando ponerse a punto para el verano. Pero en todas él podía practicar ese salto cósmico, esa unión instantánea con lo más privado de ellas. Y a eso se dedicaba durante las largas tardes de primavera de aquel curso."
miércoles, 6 de abril de 2005
Oscura, pero mía
Así es mi habitación. Vivo en un piso de muy pocos metros cuadrados que da al patio interior por TODAS sus ventanas. Insisto: todas. Esto supone que aquí, para averiguar el tiempo que hace, miramos el cuadradito de cielo que se ve por la ventana del cuarto de estar, luego el que se ve por la ventana de la cocina, y contrastamos la información (casi siempre acertamos).
También supone que mi habitación, aunque es aceptablemente amplia y está cubierta de parqué cutre (el parqué forma parte de mis fantasías inmobiliarias desde siempre) nunca tiene la luz suficiente como para poder estar sin una lámpara encendida. De todas formas, es mía. El año pasado, en Barcelona, compartía habitación, y tenía que viajar libreta en mano por las bibliotecas de la Universidad para poder escribir tranquila. Ese año puedo ejecutar la acción fundamental de meterme en este cuarto, cerrar la desvencijada puerta y sentarme a escribir en la cama con el portátil en las rodillas.
Porque, como dijo Virginia Woolf, "para escribir una mujer necesita independencia económica y una habitación propia".
No sé muy bien de qué irá este blog, si acabaré contando mi vida o si me limitaré a relatar lo que significa para mí ser [un intento de] escritora. Lo que sí sé es que tener un blog me hace sentir mejor, aunque no lo lea nadie. Si escribís, o escribir forma parte de vuestras fantasías más salvajes, o una vez escribísteis un poema para la niña que os gustaba a los diez años, me gustaría conoceros.
Sin más, hasta pronto.
También supone que mi habitación, aunque es aceptablemente amplia y está cubierta de parqué cutre (el parqué forma parte de mis fantasías inmobiliarias desde siempre) nunca tiene la luz suficiente como para poder estar sin una lámpara encendida. De todas formas, es mía. El año pasado, en Barcelona, compartía habitación, y tenía que viajar libreta en mano por las bibliotecas de la Universidad para poder escribir tranquila. Ese año puedo ejecutar la acción fundamental de meterme en este cuarto, cerrar la desvencijada puerta y sentarme a escribir en la cama con el portátil en las rodillas.
Porque, como dijo Virginia Woolf, "para escribir una mujer necesita independencia económica y una habitación propia".
No sé muy bien de qué irá este blog, si acabaré contando mi vida o si me limitaré a relatar lo que significa para mí ser [un intento de] escritora. Lo que sí sé es que tener un blog me hace sentir mejor, aunque no lo lea nadie. Si escribís, o escribir forma parte de vuestras fantasías más salvajes, o una vez escribísteis un poema para la niña que os gustaba a los diez años, me gustaría conoceros.
Sin más, hasta pronto.
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