massobreloslunes

lunes, 12 de junio de 2006

Oteadores

Antes de nada, me gustaría agradeceros a todos el soporte moral y logístico que habéis ofrecido a la idea del post anterior :) Aún no he decidido nada; todo depende de si Aldery me hace el diseño (diosmíodiosmío, un diseño de Aldery, si son los más bonitos del mundooooooo), de las ganas (y el tiempo) que tenga de empezar un proyecto así, etc etc. De momento, los exámenes me impiden concentrarme en otra cosa que no sea sacarme el curso, así que como mínimo lo aplazaré hasta principios de verano, y después... ya se verá :)
Por otro lado, debido a que mi vida actualmente se divide entre estudiar y hacer cosas lo menos parecidas posible a estudiar, la verdad es que no estoy escribiendo mucho, así que he optado por linkaros este texto de Félix de Azúa sobre el artista que leímos el otro día en el taller y que, verdaderamente, no tiene desperdicio. Espero poder ofrecer algo mío pronto. Os dejo y vuelvo a mi erial de desesperación (mi mesa de estudio xD).

miércoles, 7 de junio de 2006

Proyectos

¡Hola, lectores/as!
Estoy pensando en darle un cambio radical a mi vida bloguera (bueno, no tan radical, pero sí un cambio). Se trata de hacer un blog literario en el sentido más amplio de la palabra. Estoy bastante contenta con éste porque, al fin y al cabo, cumple de sobra la función para la que fue pensado: publicar en Internet y que alguien me lea. Sin embargo, me gustaría enfocar el tiempo que le dedico a Internet a algo más directamente relacionado con la escritura. Consistiría en un blog con distintas categorías donde habría (lo que se me ha ocurrido de momento):
- Post normales (cuentavidas, trascendentes o lo que sea).
- Cuentos.
- Ejercicios del taller (propuesta y resultado).
- Consejillos que nos dan en el taller para escribir, con la intención de que los pueda seguir todo aquel a quien le interese.
- Comentarios de los libros que voy leyendo.
- Reflexiones metaliterarias de pseudoescritora pedante.
- Convocatorias para concursos (bueno, esto no sé muy bien cómo lo voy a hacer, porque teniendo en cuenta que no me entero nunca ni yo... pero bueno, lo intentaré).
- El rincón friki del etimólogo (de dónde vienen las palabras y eso, que probablemente no me interese más que a mí, pero bueno xD).

Y lo que se me vaya ocurriendo. Para eso, quiero cambiarme a un administrador de blogs (o como se llame) que me permita dividir los post por categorías, así que estoy pensando en Blogia o en La Coctelera (que son los dos primeros que se me han ocurrido). Os cuento todo esto para que
a) Me déis información sobre los diferentes proveedores de blogs, sobre cuál me recomendáis y demás, que yo de esto no tengo ni idea.
b) Me digáis qué os parece el proyecto, si puede ser interesante o si es mejor que continúe como hasta ahora.
c) Me déis vuestra opinión sobre el nombre, que va a ser escritoracongato, to junto.
d) Me digáis (si es que alguno lo sabe) si se pueden trasladar de alguna forma los post ya escritos a una ubicación nueva (yo de informática sé lo justo). Es que me da pena que desaparezca más de un año de esfuerzo blogui :(

Os dejo la palabra, gracias de antemano.

jueves, 1 de junio de 2006

Recicla tus miserias (Accidente III)

Puesto que no se me ocurre nada que contaros, voy a recurrir al viejo truco de publicar algo antiguo y así ir haciendo tiempo hasta que a mi musa particular le dé por currárselo un poco. Se trata de Accidente III, descrito por el conductor de la ambulancia. Quería hacerle algunos cambios, pero no he encontrado el tiempo (ni las ganas), así que os lo pongo tal cual, a ver qué os parece. A los que no sepáis nada de mi alegre y optimista serie sobre un accidente de tráfico, os remito a la versión de la víctima y a la del testigo para que os enteréis bien de la historia. Hale, a cuidarse.


EL CONDUCTOR DE LA AMBULANCIA

Podría hacerlo mucho mejor sin la sirena, pero claro, la sirena es necesaria. Sin ella no se abrirían ante mí los carriles del coche, como el mar frente a Moisés, ¿o era Abraham? Pero me da jaqueca ese continuo ninonino de película de gangsters. La gente lo oye por la calle durante unos segundos: primero difuso, y todo el mundo mira alrededor para ver por dónde viene la ambulancia. Luego, atronando junto a tu coche o pasando justo por delante de ti en el paso de cebra. Después, alejándose, dejando detrás un reguero de viejas que se santiguan o de hombres hipertensos que cruzan los dedos esperando que la próxima vez no les toque a ellos.

Conducir ambulancias no es difícil; lo puede hacer cualquiera. Teniendo en cuenta que en este país nadie respeta ni señales, ni semáforos, ni carriles, ni Cristo que lo fundó, se sentirían a sus anchas pudiendo saltarse todo eso de forma legal.

Hoy tenemos un siniestro, como le dicen los de centralita, con un chico inconsciente y una chica herida. No tardamos mucho en llegar al lugar del accidente, porque no está muy lejos del hospital y hay poco tráfico; deben de ser las doce de la mañana, o así, y curiosamente parece haber más gente trabajando en su oficina que ganduleando por ahí con el coche.

Salgo de la ambulancia para lo de siempre: apartar curiosos y echar una mano si Chema o Jordi me necesitan. Yo de medicina ni puta idea; me metí en esto porque siempre me han gustado los coches, siempre, desde que era pequeño, y la idea de pasarme todo el día conduciendo como un salvaje sin que me multen por ello me gustaba un montón. Aún me sigue gustando.

Hay muchísima gente alrededor del estropicio este. Un tonto en un Ibiza ha embestido por detrás a los otros dos, que se habían parado delante del semáforo. Mala hora para tener un accidente, chavales, pienso, porque a esta hora los que están en la calle es porque tienen poco que hacer, así que se frotan las manos de pensar en tener un espectáculo gratis como éste.

La chica está fuera del coche con los pantalones manchados de sangre. Es bastante guapa, y no llora, ni se queja; sólo mira de un lado a otro, asustada como un animalillo. El chico se ha quedado dentro en una postura rara, aún en su asiento pero inclinado sobre el del copiloto. Chema y Jordi se colocan a ambos lados del coche con las puertas abiertas y lo sacan con cuidado hasta ponerle en el suelo. Ella intenta colocarse a su lado, pero los otros dos no le dejan, liados como están en tomarle el pulso, mirarle las pupilas y todas esas cosas que ellos saben hacer y que a mí me hacen sentir como dentro de una serie americana. Así que la pobre se acerca a mí, que sigo conteniendo a la muchedumbre de marujas acechantes, y me mira con unos ojos enormes, desolados.
- ¿Se va a poner bien? – habla raro, apenas puedo entenderla. Parece que se ha hecho daño en la boca, porque le sale sangre por la comisura de los labios.

Me pasa siempre. La gente se cree que yo también soy médico y me pregunta. Me entran ganas de decir que no sólo no tengo ni idea de si se va a poner bien, sino que dudo de que los mismos médicos lo puedan saber cinco minutos después de llegar. De todas formas, me da pena la chica, tan pálida, con su boca herida y sin que nadie le haga demasiado caso. Lógico, por otra parte, teniendo en cuenta que el otro es un fiambre potencial y ella, al menos, camina y respira solita.
- No lo sé, pero bueno, habéis tenido suerte… hemos llegado pronto y el hospital está aquí al lado. Normalmente, mientras antes se atienda al herido, mejor.

No sé qué más decirle, pero a ella parece consolarle lo suficiente mi frase, porque medio sonríe.
- ¿Qué te has hecho tú? – le pregunto.

Abre la boca y saca la lengua, que apenas se ve debajo de la sangre. Parece que quiere que yo la cure, o algo. Miro a Jordi y a Chema, que están colocando al chaval en la camilla, y opto por coger un par de gasas y pasárselas a la chavala para que se limpie un poco la sangre, al menos. No sé qué se hace con una lengua partida, ¿un torniquete?
- Supongo que habrá que darte puntos – aventuro.

En cualquier caso, estos dos ya están subiendo al chaval a la ambulancia y poniéndole oxígeno.
- ¿Y ella? – pregunto.
- Que se venga y la miramos allí – Chema parece agobiado. No tiene buena pinta el pobre chico, no.
- Venga, sube – hago un gesto con la cabeza y la miro. Ha empapado las gasas y ahora está casi ridícula, sosteniéndolas aún contra su boca herida, con los pantalones llenos de sangre como si hubiera sido atacada por una menstruación descomunal.

Se encarama a la parte trasera y se queda mirando al chico sin tocarle. Jordi sube detrás, cierra la puerta (los curiosos se quejan, defraudados) y yo, que me he quedado un poco atontado mirando a la chica, recuerdo que sin mí no salen y ocupo mi puesto a toda prisa.

La parte de atrás está separada de la de delante y no puedo oír ni ver nada de lo que pasa. Creo que tiene que ver con que no me distraiga. En silencio, ruego al dios de las ambulancias y de las series americanas para que el chico no palme, porque me da mucha pena ella, tan bonita y tan dócil, tan sin lágrimas.

Llegamos al hospital y sacan al chaval echando leches. No, no debe de estar muy bien, hasta yo puedo deducirlo. Ella se queda de pie en el aparcamiento, desorientada. Una enfermera se le acerca y le hace gestos para que la acompañe. Antes de irse, se acerca a mí, que también estoy de pie mirando la escena.
- ¿Puedes avisar a este número de lo del accidente? – otra vez me cuesta entenderla, y me lo tiene que repetir varias veces antes de que lo pille.
- Sí, claro.

Es un nombre de mujer y un número de móvil. Debajo aparece el nombre del chaval, Diego, rodeado con un círculo. Antes de que me dé tiempo a preguntarle cómo se llama ella, se va detrás de la enfermera, cabizbaja, sujetando aún la gasa empapada como si fuera una especie de amuleto.
Yo pienso que me muero de ganas de echarme un cigarro.

viernes, 26 de mayo de 2006

Busco piso

Ayer llamamos a la casera y le dijimos que nos mudamos. Hoy caminaba por la calle fijándome en los carteles que cuelgan de las farolas y de las cabinas de teléfono y pensando “ya estamos otra vez. Me voy a mudar de nuevo, no me lo puedo creer. Otra vez a mirar pisos, a preguntar precios, a patear calles”.
Cuatro años, cuatro pisos. No me gusta mudarme, porque todo eso de hacer cajas, poner y quitar posters y recolocar libros me saca, como a cualquier persona normal, un poco de quicio. Sin embargo, tengo que reconocer que me encanta entrar en una casa nueva, ver lo bueno y lo malo que tiene, redistribuir mi espacio en una nueva habitación, acostumbrarme a las vistas.
De la Vila me gustaban las ventanas enormes que daban al valle, los zapateros de debajo de las camas, la cocina con barra americana. Del piso de plaza Einstein me encantaba llegar las noches de invierno, con los apuntes bajo el brazo, y encontrarme el saloncito con las velas encendidas, el olor a vainilla del quemador de Josy y el Camarón sonando a toda pastilla. De este piso me gusta, como sabréis, la terraza enorme, suspendida sobre Camino de Ronda, con las gruas rugiendo debajo como monstruos prehistóricos y la Vega como rumor de fondo de nuestras noches compartidas.
Cuando acabe la carrera y me siente al escritorio a calibrar en qué clase de persona me he convertido, creo que me encontraré una Marina a trocitos. Esos trocitos serán las personas que conocí, los libros que leí, los profesores con que me tropecé, y también, un poquito, los pisos que habité. Los desayunos en Bellaterra, cuando cruzaba las vías del tren para comprar el periódico y pedir en catalán una baguette recién hecha, y luego me sentaba frente al ventanal a leer el suplemento y tomar pà amb tomaquet y café. Las mañanas oscuras de Martínez de la Rosa, cuando escuchaba a través del patio la radio de mis vecinos, me levantaba a desayunar con Josy y aparecía Laura, desgreñada y somnolienta, mascullando un “joder con la alegría matutina”. Las noches calientes de mi terraza, escribiendo textos que comienzan con un “estoy aquí con el portátil sobre las rodillas”, y gruñendo como siempre porque, para variar, la cocina está llena de platos sucios.
Compartid piso. Hacedme caso. Vivid con mucha gente, mudaros mucho. Igual acabáis peleándoos con vuestra amiga de la infancia porque atasca el fregadero con sus pegotes de arroz. Probablemente acabéis detestando a Camarón o a Sabina porque vuestro compañero de piso lo tiene puesto de la mañana a la noche y le da exactamente igual que vosotros no seáis precisamente unos fans. Pero bueno. Aprenderéis de lo bueno y de lo malo que tenemos las personitas humanas, de las muchas maneras que tiene de configurarse una vida según la forma de las paredes, de lo fácil que es que te den la llave de un lugar y empezar a llamarlo “casa”. De la suerte que tienes por poder meter tu vida en unas pocas cajas y comenzar de nuevo en otro sitio.

lunes, 22 de mayo de 2006

Ausencia

Hoy me faltaba tu anillo. Casi nueve meses después de quitármelo definitivamente del anular, esta mañana, en mitad de una clase de psicobiología, he sentido su ausencia diminuta alrededor de mi dedo, como si me lo hubiera quitado ayer mismo y mi piel extrañara su presión. Qué cosas, ¿verdad?
¿Cómo se describe la ausencia? Durante un par de meses tuve una linea más blanca en la mano morena de finales de verano, pero luego se esfumó, y ahora no hay ninguna señal física que indique que ahí descansó, durante más de un año, un circulito de plata con dos nombres grabados dentro. “Qué horterada”, diréis algunos. “Te creía más bohemia, menos apegada a anillos y demás convenciones. Pensé que lo tuyo seria un rollito alternativo, en plan tú-y-yo-sabemos-que-nos-queremos-y-no-nos-hace-falta-más. Y mírate, con anillo y todo, como las yolis”. Pues ya véis.
Me levanté en Pamplona la mañana de mi cumpleaños, en una cama que no era ni tuya ni mía, pero que los dos compartíamos, y te dije “quiero un anillo”. Sabía que sólo lo llevaría yo, porque es verdad que a ti sí que no te van esas cosas, y no me imagino ningún tipo de adorno en tus largos dedos de hombre clásico, pero me daba igual. Tú, como siempre solícito y colaborador, me despertaste de la siesta con un anillo de plata que me quedaba grande incluso en el pulgar. “Pero yo lo que quiero es una alianza”, protesté (para variar), inconfundiblemente convencional, decididamente clásica. Fuimos juntos a la joyería y encargamos una tan pequeña que la tuvieron que pedir, porque en la tienda no había. Como yo me iba camino del sur un par de días más tarde, me la mandaste por correo, en su cajita, envuelta en papel de burbujas. Durante un año y pico, mi bohemiez y yo lucimos orgullosas aquella especie de candado simbólico. ¿Para qué? Como prueba. ¿Cómo prueba de qué? Tú y yo lo sabemos, que tampoco vamos a contarlo aquí todo.
Mientras escuchaba distraída a la profesora de psicobiología, me he preguntado por qué mis neuronas han decidido precisamente hoy acordarse de la alianza. En el pulgar de la otra mano, un corte desafortunado mientras picaba cebolla me trastocó permanentemente la sensibilidad de la yema, y la siento siempre como si estuviera un poco irritada. Supongo que tú, de alguna forma, me cortocircuitaste muchas neuronas durante el tiempo que pasamos juntos, y no me extrañaría que algunas de ellas acabaran precisamente en mi anular.
Moraleja:
Incluso en estos tiempos
Veloces como un cadillac sin frenos
Todos los días tienen un minuto
En que cierro los ojos y disfruto
Echándote de menos.

Sabina dixit.

jueves, 18 de mayo de 2006

Esta ciudad, sin duda, no es la nuestra

Ahí va otro ejercicio del taller. El lunes nos mandaron a recorrer Granada sólo con nuestros dos ojitos, una libreta y un boli. "Paseo literario", lo llamó mi profe. Es un poco largo, pero os lo dejo ahí, por si interesa.

Hoy sí, hoy quiero salir a la calle. No suelo apuntar en libretas, más por pereza que por vergüenza, pero hoy me apetece pasearme por Granada, navegando el calor, con el boli bic colgando de los labios y las hojas de la libreta combándose bajo el sudor de mis manos. Enfilo Gran Vía. Quizá de los tres recorridos sea el más mío. El más condensado, el más recto, el que menos se entretiene en menudeces. En el taller me estaba asfixiando. Casi había empezado a buscar una excusa para irme a casa, no sé a qué, porque con este calor no se puede estar en mi flamante ático. Sin embargo, como si me leyera el pensamiento, César nos manda a la calle, y solos. A no hablar. A observar. Me acuerdo de un frase que leí el otro día: “cuando estés triste, canta; cuando estés alegre, llora; cuando estés vacío, totalmente vacío, mira”. Esta tarde estaba vacía, y creo que no habría sido capaz de ponerme a garrapatear líneas sobre la mesa blanca del salón de César, así que no me importa el calor, ni los pies casi fundidos con el asfalto; estoy sola, caminando, estoy libre y me sienta bien.
Tengo el ánimo torcido, pensando a medias en la soledad y a medias en que el curso se me escurre de las manos y, aunque me muero de ganas de tumbarme al sol en las espantosas playas de mi ciudad, no quiero que esto se acabe. Gran Vía también es impermanencia: personas que pasan, veloces, indistinguibles casi bajo la ropa de verano recién sacada del armario. Guris blanquirrosas que miran alternativamente un mapa y los edificios. Yo también miro los edificios. Uno no es turista en su propia ciudad porque va mirando al suelo, o a los escaparates de las tiendas; yo, que en el fondo en Granada aún soy medio extraña, quiero sentirme un poco turista y observo los adornos de piedra de las fachadas. ¿A dónde va la gente a estas horas? ¿No es extraño que haya siempre gente queriendo ir a todos lados? De pequeña me divertía imaginar que un día, de pronto, todo el mundo se encontraba a gusto donde estaba y el tráfico, el movimiento y el continuo intercambio de personas en la ciudad se detenía. Pensadlo. Calles vacías, semáforos marcando el ritmo para nadie y, detrás de las ventanas y de las puertas, gente que no necesita moverse de donde está.
Hay poco distintivo que anotar en Gran Vía. Todo son tiendas, estudiantes, guiris, estudiantes, tiendas. Apunto un par de detalles tontos; una camisa que me hace recordar a mi ex novio y sonreír pensando en sus brazos largos bajo los cuadros azules; la vespa amarilla de un cartero, anacrónica y despistada en medio de las scooters de colores que zumban sobre el asfalto. Casi apresuro el paso para meterme por la calle de la catedral. (Ahora que escribo esto, me doy cuenta de que no he apuntado un solo nombre de calle, y entiendo por qué te ríes de mí cuando intentas darme indicaciones para ir a cualquier lado y me encojo de hombros, desorientada). Aquí cambia el ambiente y se convierte en uno de esos que se supone que nos gustan a los escritores pseudobohemios: mucho pequeño comercio, mucho músico callejero, mucho abuelito al sol.
En un rincón de la fachada de la catedral, una mujer toca el acordeón, con la misma melodía que le he escuchado una docena de veces. Recuerdo a mi profesora de piano, una ucraniana espigada y seria, que se ofreció a dar clases gratis al flautista de su calle para que no tocara siempre la misma canción. Junto al flautista, un pareja baila con bastante poca maña; la sonrisa entusiasta de ella y los calcetines alzados de él me dicen que son guiris, porque ningún español se atrevería a hacer eso en mitad de la calle. Por mi lado pasa una pareja también mayor, que camina rápido con el chándal y los tenis sin marca, probablemente intentando bajar la tensión o el colesterol. “Mira”, le dice él a ella, sonriendo y observando a los que bailan. Ella gira la cabeza, sin dejar de andar. “¿Qué?” le pregunta, y el marido se encoje de hombros, no sé si fastidiado o aliviado de no poder tenderle la mano a su mujer para pedirle un baile.
Giro hacia la plaza que hay frente a la catedral (tampoco me sé el nombre), y escucho salir “Carmen” de una tienda de souvenirs. Me detengo un momento a mirar los abanicos y balanceo un poco los hombros al compás de la música, como cruzando un escenario. Pienso en sentarme a escribir en las escaleras de la plaza, pero aún hay demasiados jóvenes, demasiada felicidad chupando helados, así que opto por bajar hasta Birrambla para probar suerte allí. Por el camino, mucho detallito de escritor chorra: una mercería con al menos quinientas mil clases de botones; una cuchillería que no sé muy bien cómo sobrevivirá a estas alturas; una droguería con los paquetes de compresas colgando amenazantes del techo. Antes de llegar a la plaza, apoyo la libreta en la pared de unos ultramarinos y escribo “Gran Vía me habla de lo efímero; Birrambla, de lo eterno”, y pienso en lo cojonudo que me va a quedar cuando lo meta (no sé bien cómo) en el texto que tengo que escribir.
Un chico con un instrumento extraño, una especie de enorme palo hueco, hace ruido con él a la entrada de la plaza, y yo me pregunto si realmente se piensa que ese sonido resulta agradable a alguien. Gruñendo un poco, porque soy una gruñona, reconozcámoslo, entro en la plaza y la observo: los omnipresentes guiris, con su aura de felicidad extranjera, cenando temprano en las terrazas; las floristas, con cara de vender algo que sólo se compra en ocasiones especiales; los niños, persiguiendo palomas a zapatazos como todos los niños de todas las épocas del mundo.
Selecciono cuidadosamente un banco y me siento. Me pongo a escribir sobre lo que he visto hoy, pero la doble extrañeza de escribir a mano y de hacerlo en público no me dejan concentrarme. Relleno trabajosamente casi dos páginas con mi letra redonda y feúcha mientras, a mi lado, una chica espera a alguien y golpetea impaciente con el pie en el suelo. No hay caso; reconozco ese “hoy no quiero escribir” casi dictatorial de mi mente de escritora y desisto; ya he tenido suficiente bohemiez por hoy, así que me levanto y me voy, despacito y mirando escaparates, camino de la Fuente de las Batallas.

lunes, 15 de mayo de 2006

Pensando amapolas

Vuelvo a Granada después de un fin de semana cuánto menos estrambótico en Málaga. Tras darle muchas vueltas (muchas lluvias a destiempo, muchas nubes incordiantes) parece que el calor se ha decidido a entrar en Granada, así que la gata y yo tratamos de mantener una temperatura constante bajando las persianas del salón y no moviéndonos más que lo justo. Así, en la penumbra, intentando no sudar demasiado, ignoro el calor que da el portátil sobre las piernas y termino un cuento que tengo que presentar esta tarde en el taller. Va sobre mi abuela y no me ha quedado muy conseguido, pero no está mal. El sábado pasé el día en Torre del Mar, preguntándole y apuntando en mi libreta de cumpleaños (gracias) con cara de escritora seria. He escrito sobre su época en el Sahara, cuando vivía allí con mi abuelo el militar. Supongo que no me termina de convencer el resultado porque no he sabido hacer mías las circunstancias, porque necesitaría averiguar mucho más, ver más fotos y hablar más con mi abuela para saber qué pasó realmente bajo la jaima en la que transcurre mi cuento. Pero bueno. Como primer paso no está mal.
Cuando termino el relato, cierro el ordenador y me dispongo a matar el tiempo hasta las seis tumbada, quizás leyendo, quizás sólo pensando. Mientras, me digo que estoy justo en ese momento de antes de los exámenes, cuando aún tienes algo de tiempo que perder y espacio en el cerebro para pensar en otras cosas. Pienso en el calor, y en cómo anuncia inequívocamente que el curso se nos está acabando. Pienso en que el curso se acaba, y en que sólo nos quedarán unos cuantos momentos, puntuales y limitados, para acabar de exprimir Granada por lo que queda de año.

Entonces me acuerdo de las amapolas, y de que quería escribir un post sobre ellas. Sonaba más o menos así:
Razones por las que me gustan las amapolas:
- Porque su color es tan vivo que hiere.
- Porque, si las miras de lejos, son hermosas.
- Porque, si las miras de cerca, son siniestras.
- Porque crecen donde quieren.
- Porque sólo crecen durante una breve temporada cada año.
- Porque tienes que mirar con atención si quieres verlas.
- Porque si las arrancas e intentas conservarlas, se mustian.


Pienso que quiero escribirlo, me incorporo, abro el portátil y lo escribo. Y después de hacerlo, me reconcilio con el calor, con los exámenes cada vez más próximos y con la idea de que estamos a 15 de mayo, y mañana será 16, y al siguiente 17, y no hay nada que podamos hacer para remediarlo.