Marbayzín es el mar que me invento para olvidar que en esta ciudad no hay mar. Llego a él a través de las calles, como subida en una lancha, y el punto donde hemos quedado tú y yo es aquel que elijo para echar el ancla y esperarte. Justo ahí, mi amor, al final de la calle de las teterías, enfrente de una iglesia cuyo nombre aún no me he aprendido. Cuando apareces, me zambullo en el mar albayzinero como el buzo que se tira de espaldas al agua. Bienvenida marítima de besos húmedos y salados en la oscuridad de una calle que bien podría ser de roca. Caminamos hasta tu casa cogidos de la mano, como dos sirénidos que dejan que les aúpe la marea. Subiendo las cuestas con la fuerza de salmones a contracorriente, llegamos a tu casa, la gruta submarina que despide luz como el cofre de un tesoro.
Dentro el aire es menos frío, como las masas de agua cálida que se desplazan a veces a través del océano. Antes de flotar hasta el banco de arena fina que es tu cama, te cojo de la mano y te pido que me subas a la azotea. Me yergo como un vigía, gritando "¡Ah del barco!. Frente a mí se extienden las olas de mi mar del Albayzín, con cierta blancura de espuma que reluce pese a la oscuridad de la noche. El silencio es enorme, como si buceáramos a muchos metros bajo la superficie del agua. Contemplamos el mar desde arriba y desde dentro, y a nuestro alrededor revolotean las mariposas nocturnas con la cadencia de peces voladores.
Ahora eres tú quien me coge de la mano y me lleva escaleras abajo suavemente, como si flotáramos. Navegamos el desorden de tu cuarto y nos metemos en la cama. A través de tu ventana se ve la calle como desde un ojo de buey, y nos mecemos mucho rato al compás de las olas que balancean nuestro camarote. Siento las calles empedradas golpear afuera, con dulces embates de barrio antiguo y calles desiertas. Si tu casa fuera un barco, mi amor, estaría ahora mismo sumergido junto a los peces abisales del fondo. Sería uno de esos barcos fantasmas, hundidos hace mucho tiempo, refugio de peces y de sirenos enamorados como tú y yo.
Cierro los ojos y te escucho ya dormido a mi lado. Mientras yo también me duermo, balanceándome suavemente como si hiciera el muerto sobre las olas, juraría que tu respiración cada vez se parece más al sonido del mar.
sábado, 16 de diciembre de 2006
martes, 12 de diciembre de 2006
Quiero hibernar
Acabará el invierno y encontraréis mi cuerpo tras el deshielo. Frío aterido, que no me deja hacer mucho más que pegarme al radiador y temblar un poco para entrar en calor. Frío del agua del grifo, de la taza del váter. Frío de vaho saliendo de nuestras bocas en plena cocina, a las tres de la tarde, mientras se cuece una fideuá con los últimos restos de la bombona de butano.
Frío, sobre todo, por las noches, encogida bajo el nórdico modelo islandia que me ha prestado Ana. Me hago un ovillo, me concentro para general calor con los cuarenta y cinco kilos de mi cuerpo y me basta estirar un poco el pie, girar la cabeza o deslizar ligeramente el edredón para sentir el helor que se extiende más allá de los límites de la frágil calidez que he conseguido crear.
Dos semanas idiotas, suspendidas entre un puente y la navidad. Dos semanas con febrero penduleando sobre nosotros como una espada de Damocles y las vacaciones en medio, acolchándonos con la seguridad engañosa del “ya lo haré luego”. Semanas de cargar la mochila de libros en la biblioteca, de ver películas acurrucada bajo el nórdico, de alimentarse de sopinstant y palomitas de maíz.
Para el próximo día de taller tengo que escribir sobre el Albaycín pensando en el mar. El título será “marbayzín” (no es mío). No sé ni por dónde empezar. Quiero comenzar por algo como esto:
“A los países encantados de los cuentos se entra por los espejos, por las trampillas, por puertas secretas escondidas en la base de los árboles. A marbayzín, mi Albayzín, mi propio mundo mágico, se entraba por un rincón que sólo tú y yo conocíamos, al final de la calle de las teterías, frente a una iglesia de la que aún no sé el nombre. Allí me encaminaba yo en medio de la noche, muerta de frío, solitaria como una heroína infantil. Llegaba, daba tres vueltas sobre mí misma, golpeaba con los pies el suelo empedrado y pulsaba el botón mágico del móvil. Tú bajabas desde la torre de tu palacio, aparecías por detrás de una esquina y me abrías la puerta de tu Albayzín.”
Es cursi, ¿no? Bueno, eso tampoco es malo. Tendréis que esperar un poco para verlo acabado, lo siento.
Frío, sobre todo, por las noches, encogida bajo el nórdico modelo islandia que me ha prestado Ana. Me hago un ovillo, me concentro para general calor con los cuarenta y cinco kilos de mi cuerpo y me basta estirar un poco el pie, girar la cabeza o deslizar ligeramente el edredón para sentir el helor que se extiende más allá de los límites de la frágil calidez que he conseguido crear.
Dos semanas idiotas, suspendidas entre un puente y la navidad. Dos semanas con febrero penduleando sobre nosotros como una espada de Damocles y las vacaciones en medio, acolchándonos con la seguridad engañosa del “ya lo haré luego”. Semanas de cargar la mochila de libros en la biblioteca, de ver películas acurrucada bajo el nórdico, de alimentarse de sopinstant y palomitas de maíz.
Para el próximo día de taller tengo que escribir sobre el Albaycín pensando en el mar. El título será “marbayzín” (no es mío). No sé ni por dónde empezar. Quiero comenzar por algo como esto:
“A los países encantados de los cuentos se entra por los espejos, por las trampillas, por puertas secretas escondidas en la base de los árboles. A marbayzín, mi Albayzín, mi propio mundo mágico, se entraba por un rincón que sólo tú y yo conocíamos, al final de la calle de las teterías, frente a una iglesia de la que aún no sé el nombre. Allí me encaminaba yo en medio de la noche, muerta de frío, solitaria como una heroína infantil. Llegaba, daba tres vueltas sobre mí misma, golpeaba con los pies el suelo empedrado y pulsaba el botón mágico del móvil. Tú bajabas desde la torre de tu palacio, aparecías por detrás de una esquina y me abrías la puerta de tu Albayzín.”
Es cursi, ¿no? Bueno, eso tampoco es malo. Tendréis que esperar un poco para verlo acabado, lo siento.
domingo, 3 de diciembre de 2006
Tiempo
Este fin de semana me he quedado en Granada.
La forma tan maravillosa que tiene mi Langosta de hacer pasar las horas junto a él me ha llevado a Málaga cada uno de mis fines de semana desde que empezó el curso. Aunque defiendo una cierta independencia, qué queréis que os diga; terminar las clases del viernes, comer un bocata rápido en la estación y volar en autobús a su lado es de las cosas más bonitas que una puede hacer con su tiempo libre.
No obstante, como el martes empieza un superpuente y yo tenía algunas cosillas que hacer aquí, este fin de semana me he quedado en Granada. Ha sido raro, no os creáis, remolonear en una cama que hasta ahora sólo me había servido para madrugar; dejar pasar las horas sin medir cuánto tiempo me queda libre para hacer esto o lo otro antes de meterme en la cama. El viernes me tiré en el sofá y me leí dos libros seguidos: “Los Santos Inocentes”, de Delibes, y “Biografía del Hambre”, de Amélie Nothomb. Vaya con Delibes, con lo que yo le había criticado y lo muchísimo que me ha gustado el libro. En cuanto a la belga, está chiflada, no hay más que hablar, pero no deja indiferente.
El sábado por la mañana desayuné chocolate con churros en el Café Fútbol. Lo mejor del Café Fútbol, sin duda, es su terraza, extendida al sol sobre la Plaza de Mariana Pineda; el sábado, sin embargo, también tenía su encanto llegar de la calle fría y un poco nublada y meterse en su interior medio modernista, con el dibujo de la mujer de las pestañas carnívoras en la pared del fondo. Lo malo de las terrazas es que se dispersa el olor; en las cafeterías interiores siempre está esta deliciosa concentración de aroma a churros, a café, a tostada y a humo.Tendríais que haberme visto, toda pequeña, con los ojos aún pegados de sueño y mi inequívoco aspecto de no haber sobrepasado los quince años. La gente me miraba con lástima mientras yo empezaba “Las partículas elementales”, de Houellebecq, bastante indiferente a que el camarero me hiciera o no caso. Engullí tres churros y un chocolate mientras pasaba las páginas del libro y oía, como de fondo, las voces de los granadinos animosos que desayunan en la calle los fines de semana.
He tenido tiempo para todo en estos dos días. He limpiado los dos dedos de polvo que se acumulaban en las estanterías de mi cuarto. He visto capítulos de Sexo en Nueva York, embutida en mi maravilloso nórdico con funda de burbujas azules. He dormido siestas resacosas hasta arriba de analgésicos, rezando para que la cabeza dejara de martillearme. He dudado existencialmente entre comprar una chaqueta naranja o una roja. Me he emborrachado un poquito y he jugado horriblemente mal al futbolín (aunque metí tres goles preciosísimos, que conste). He visto una peli y media y dormido la otra media.
No está mal tomarse unas vacaciones de amor de vez en cuando. Aunque sólo sea para darse un buen atracón de horas y de soledad y esperar, como espero hoy yo llena de ilusión, a que él aparezca mañana en la puerta de casa a robarme todo el tiempo del mundo.
La forma tan maravillosa que tiene mi Langosta de hacer pasar las horas junto a él me ha llevado a Málaga cada uno de mis fines de semana desde que empezó el curso. Aunque defiendo una cierta independencia, qué queréis que os diga; terminar las clases del viernes, comer un bocata rápido en la estación y volar en autobús a su lado es de las cosas más bonitas que una puede hacer con su tiempo libre.
No obstante, como el martes empieza un superpuente y yo tenía algunas cosillas que hacer aquí, este fin de semana me he quedado en Granada. Ha sido raro, no os creáis, remolonear en una cama que hasta ahora sólo me había servido para madrugar; dejar pasar las horas sin medir cuánto tiempo me queda libre para hacer esto o lo otro antes de meterme en la cama. El viernes me tiré en el sofá y me leí dos libros seguidos: “Los Santos Inocentes”, de Delibes, y “Biografía del Hambre”, de Amélie Nothomb. Vaya con Delibes, con lo que yo le había criticado y lo muchísimo que me ha gustado el libro. En cuanto a la belga, está chiflada, no hay más que hablar, pero no deja indiferente.
El sábado por la mañana desayuné chocolate con churros en el Café Fútbol. Lo mejor del Café Fútbol, sin duda, es su terraza, extendida al sol sobre la Plaza de Mariana Pineda; el sábado, sin embargo, también tenía su encanto llegar de la calle fría y un poco nublada y meterse en su interior medio modernista, con el dibujo de la mujer de las pestañas carnívoras en la pared del fondo. Lo malo de las terrazas es que se dispersa el olor; en las cafeterías interiores siempre está esta deliciosa concentración de aroma a churros, a café, a tostada y a humo.Tendríais que haberme visto, toda pequeña, con los ojos aún pegados de sueño y mi inequívoco aspecto de no haber sobrepasado los quince años. La gente me miraba con lástima mientras yo empezaba “Las partículas elementales”, de Houellebecq, bastante indiferente a que el camarero me hiciera o no caso. Engullí tres churros y un chocolate mientras pasaba las páginas del libro y oía, como de fondo, las voces de los granadinos animosos que desayunan en la calle los fines de semana.
He tenido tiempo para todo en estos dos días. He limpiado los dos dedos de polvo que se acumulaban en las estanterías de mi cuarto. He visto capítulos de Sexo en Nueva York, embutida en mi maravilloso nórdico con funda de burbujas azules. He dormido siestas resacosas hasta arriba de analgésicos, rezando para que la cabeza dejara de martillearme. He dudado existencialmente entre comprar una chaqueta naranja o una roja. Me he emborrachado un poquito y he jugado horriblemente mal al futbolín (aunque metí tres goles preciosísimos, que conste). He visto una peli y media y dormido la otra media.
No está mal tomarse unas vacaciones de amor de vez en cuando. Aunque sólo sea para darse un buen atracón de horas y de soledad y esperar, como espero hoy yo llena de ilusión, a que él aparezca mañana en la puerta de casa a robarme todo el tiempo del mundo.
miércoles, 22 de noviembre de 2006
lunes, 20 de noviembre de 2006
Eva y la intensidad
Me gustan las pastelerías porque están hechas totalmente para el placer. No hay nada de nutritivo en sus cremas azucaradas o en sus guindas de colores imposibles. No tienen más justificación que, digamos, un sex-shop y, sin embargo, al contrario que éstos, han conseguido mantener un aura de respetabilidad hogareña.
En Barcelona había muchas pastelerías que, además de exhibir unos dulces preciosos, sofisticados y carísimos en sus escaparates, tenían un par de mesitas en el interior para sentarte a tomar café. No he visto sitios así en otra ciudad, pero igual es porque no me he fijado mucho. La cuestión es que me encantaban las pastelerías-cafés de allí. Eva y yo solíamos ir a una que había cerca de las ramblas, cerca también de la iglesia del Pi donde yo me sentaba a pedirle a Dios que me devolviera mi felicidad. Se llama la Croissanteria del Pi, y no es especialmente pintoresca, ni muy barata, ni muy especial. La verdad, mientras estuve en Barcelona no me distinguí especialmente por descubrir lugares recónditos (estaba demasiado ocupada intentando mantener la cordura). Lo que quiero decir es que no busquéis la Croissanteria del Pi como un lugar bohemio que os ha recomendado una bloguera desconocida, porque es un sitio la mar de corrientito y de precios tirando a altos. Es, eso sí, muy bonito, con una decoración de cajas de galleta antiguas y lámparas coquetas, como con encajitos, creo recordar. Allí nos íbamos Eva y yo a escribir algunas tardes, yo con mi libreta del ojo en la portada y ella con un cuaderno precioso de papel reciclado que se ataba alrededor con un cordel.
Eva nunca quería enseñarme nada de lo que escribía. Cuando hablo de ella siempre me refiero a sus ojos azules, enormes y asustados, y al punto de locura que tenía cuando decía cosas como “ODIO el periodismo y ODIO a todo el mundo”. Sin embargo, era bastante más que una tía rara (aunque creedme que era muy rara). A veces te hablaba con pasión de las cosas: de su batería, por ejemplo, o del cuadro de Degas que había pintado en la pared de su cuarto. Otras veces parecía que se quería morir, o que nunca había hecho en su vida nada que mereciera la pena. Así como Mariana era la luz, Eva no era exactamente la oscuridad, pero sí se parecía a uno de esos días nublados en los que no va a llover y te ciega un cielo de una deslumbrante claridad gris.
Cuando la conocí, me contaba cómo se había enamorado de su profesor de balonmano. Estaba loca por él, por un tipo nosecuántos años mayor que ella, con mujer e hijos, que entrenaba a su equipo en Mallorca y vivía en un pueblecito de la costa occidental. Los sábados por la mañana, Eva cogía su bicicleta y pedaleaba hasta el pueblo de su profesor. Puedo imaginarla, corriendo a todo lo que le daban los pulmones, porque en el deporte Eva era igual de extrema que para todo lo demás. Luego se sentaba detrás de un seto y se quedaba mirando fíjamente la puerta de la casa de su entrenador, hasta que veía a éste salir con su mujer y sus hijos. “Casi todos los sábados hacían algo”, me contaba. “A veces ellos también iban en bici, todos con casco, como en un anuncio de biofrutas. Otras, se montaban en el coche con una nevera y pilas de sandwiches y se iban de picnic, al bosque o a alguno de esos sitios acondicionados para domingueros”. Cuando me contó lo de la bici, le dije que había algo de masoquista en aquello. “Qué va”, contestó ella. “Cuando salía de allí me sentía muy bien. No es que me gustara que estuviera con otra, pero me daba cuenta de que era un buen marido y un buen padre, y pensaba que sería igual conmigo cuando yo le consiguiera”.
No os sorprendáis. Ya os he dicho que estaba bastante loca.
No sé en qué acabó la historia de Eva y su profesor. Mientras yo estuve en Barcelona, ella hizo lo posible por olvidarle: pillaba borracheras descomunales jueves, viernes y sábado y se enroscaba en el cuello del primer tío que le dejara. Cuando iba a Mallorca, quedaba con otros chicos, por lo que me contó, y nunca más confesó ninguna excursión intempestiva al pueblo de su entrenador.
Sin embargo, prefiero pensar que la historia sí siguió, y que ella consiguió seducirle al más puro estilo Lolita, a pesar de que no era guapa (pero tampoco nada fea, que quede claro). Quiero creer que después de unos cuantos encuentros turbulentos, se dio cuenta de que aquel tipo no era para tanto: tenía barriga debajo de la sudadera del equipo, y siempre se levantaba de la cama a toda prisa, alegando que tenía que recoger a los niños de las actividades extraescolares. Entonces Eva le dejó, y él, desesperado, iba a la puerta de su casa en bicicleta para ver cómo ella salía y entraba, a veces de la mano de algún chico, otras veces sola. Pero cómo va a ser eso, diréis, si Eva estaba en Barcelona. Yo que sé. Sólo estoy diciendo lo que me gustaría que hubiera ocurrido.
En Barcelona había muchas pastelerías que, además de exhibir unos dulces preciosos, sofisticados y carísimos en sus escaparates, tenían un par de mesitas en el interior para sentarte a tomar café. No he visto sitios así en otra ciudad, pero igual es porque no me he fijado mucho. La cuestión es que me encantaban las pastelerías-cafés de allí. Eva y yo solíamos ir a una que había cerca de las ramblas, cerca también de la iglesia del Pi donde yo me sentaba a pedirle a Dios que me devolviera mi felicidad. Se llama la Croissanteria del Pi, y no es especialmente pintoresca, ni muy barata, ni muy especial. La verdad, mientras estuve en Barcelona no me distinguí especialmente por descubrir lugares recónditos (estaba demasiado ocupada intentando mantener la cordura). Lo que quiero decir es que no busquéis la Croissanteria del Pi como un lugar bohemio que os ha recomendado una bloguera desconocida, porque es un sitio la mar de corrientito y de precios tirando a altos. Es, eso sí, muy bonito, con una decoración de cajas de galleta antiguas y lámparas coquetas, como con encajitos, creo recordar. Allí nos íbamos Eva y yo a escribir algunas tardes, yo con mi libreta del ojo en la portada y ella con un cuaderno precioso de papel reciclado que se ataba alrededor con un cordel.
Eva nunca quería enseñarme nada de lo que escribía. Cuando hablo de ella siempre me refiero a sus ojos azules, enormes y asustados, y al punto de locura que tenía cuando decía cosas como “ODIO el periodismo y ODIO a todo el mundo”. Sin embargo, era bastante más que una tía rara (aunque creedme que era muy rara). A veces te hablaba con pasión de las cosas: de su batería, por ejemplo, o del cuadro de Degas que había pintado en la pared de su cuarto. Otras veces parecía que se quería morir, o que nunca había hecho en su vida nada que mereciera la pena. Así como Mariana era la luz, Eva no era exactamente la oscuridad, pero sí se parecía a uno de esos días nublados en los que no va a llover y te ciega un cielo de una deslumbrante claridad gris.
Cuando la conocí, me contaba cómo se había enamorado de su profesor de balonmano. Estaba loca por él, por un tipo nosecuántos años mayor que ella, con mujer e hijos, que entrenaba a su equipo en Mallorca y vivía en un pueblecito de la costa occidental. Los sábados por la mañana, Eva cogía su bicicleta y pedaleaba hasta el pueblo de su profesor. Puedo imaginarla, corriendo a todo lo que le daban los pulmones, porque en el deporte Eva era igual de extrema que para todo lo demás. Luego se sentaba detrás de un seto y se quedaba mirando fíjamente la puerta de la casa de su entrenador, hasta que veía a éste salir con su mujer y sus hijos. “Casi todos los sábados hacían algo”, me contaba. “A veces ellos también iban en bici, todos con casco, como en un anuncio de biofrutas. Otras, se montaban en el coche con una nevera y pilas de sandwiches y se iban de picnic, al bosque o a alguno de esos sitios acondicionados para domingueros”. Cuando me contó lo de la bici, le dije que había algo de masoquista en aquello. “Qué va”, contestó ella. “Cuando salía de allí me sentía muy bien. No es que me gustara que estuviera con otra, pero me daba cuenta de que era un buen marido y un buen padre, y pensaba que sería igual conmigo cuando yo le consiguiera”.
No os sorprendáis. Ya os he dicho que estaba bastante loca.
No sé en qué acabó la historia de Eva y su profesor. Mientras yo estuve en Barcelona, ella hizo lo posible por olvidarle: pillaba borracheras descomunales jueves, viernes y sábado y se enroscaba en el cuello del primer tío que le dejara. Cuando iba a Mallorca, quedaba con otros chicos, por lo que me contó, y nunca más confesó ninguna excursión intempestiva al pueblo de su entrenador.
Sin embargo, prefiero pensar que la historia sí siguió, y que ella consiguió seducirle al más puro estilo Lolita, a pesar de que no era guapa (pero tampoco nada fea, que quede claro). Quiero creer que después de unos cuantos encuentros turbulentos, se dio cuenta de que aquel tipo no era para tanto: tenía barriga debajo de la sudadera del equipo, y siempre se levantaba de la cama a toda prisa, alegando que tenía que recoger a los niños de las actividades extraescolares. Entonces Eva le dejó, y él, desesperado, iba a la puerta de su casa en bicicleta para ver cómo ella salía y entraba, a veces de la mano de algún chico, otras veces sola. Pero cómo va a ser eso, diréis, si Eva estaba en Barcelona. Yo que sé. Sólo estoy diciendo lo que me gustaría que hubiera ocurrido.
domingo, 29 de octubre de 2006
FAQ
Rueda de prensa. Flashes de fotógrafos destellando por doquier. Por una esquina asoma la pequeña Matilda, poco más de metro y medio de rubia peleona, un poco intimidada por tanta expectación. Se sienta en una mesa donde varios micrófonos se yerguen desafiantes. La masa de periodistas se ha erizado de manos levantadas.
- Ejem... - Matilda carraspea para probar los micros -. Contestaré por orden a todas las preguntas.
Va señalando alternativamente a los reporteros, que estiran el brazo como si quisieran hacerlo crecer.
- ¿Por qué este cambio de dirección? - pregunta una chica rubia, con pinta de acabar de salir de una facultad supermoderna.
- Veamos... El cambio de dirección tiene dos razones. La primera es de orden completamente personal. El otro blog estaba cargado de referencias y de historias que siento que ya no me pertenecen. Seguir escribiendo ahí era como cargar con el lastre de un pasado que, aunque es mío, tampoco tengo ganas de estar recordando a diario. La segunda razón es un poco más social. Aunque yo soy una exhibicionista emocional y no me suele importar mucho lo que piensen de mí, hay ciertas razones para que ciertos posts no sean accesibles a cierta gente. Y como no tenía ganas de ir censurando el blog como si de un periódico en tiempos de franco se tratara, he pensado que lo mejor es hacer borrón y cuenta nueva.
- ¿Y por qué el pseudónimo?
- Más que nada, para dificultar, en la medida de lo posible, que me vuelvan a encontrar... o más que nada, que relacionen a Matilda con la chica del otro blog.
- Pero ¿no te parece un poco ingenuo todo esto? Quien te quiera encontrar, te va a encontrar.
- Ya, sí, eso está claro... la cuestión no es impedir, la cuestión es dificultar. Tampoco es que quiera desaparecer del mapa. La situación no exige medidas tan drásticas.
- ¿Y el nombre? ¿Más sobre los lunes?
- Bueno, es un nombre como otro cualquiera del que probablemente me hartaré en dos semanas, ya me conocéis. En cualquier caso, para mí significa que en la vida hay que hablar de los lunes más que de los sábados, de la desazón y la rutina más que del ocio o de las mañanas soleadas.Todo tiene cabida en la escritura, pero los lunes son más interesantes.
- ¿Y Matilda? ¿Eres tan pedante como para identificarte con ella?
- Para ser sinceros, Matilda leía incluso más que yo y bastante antes que yo. No me puedo identificar con ella porque ella es superdotada y yo soy normal (tirando a lista, pero normal). A mí de Matilda me encantan su sinceridad, su mirada sobre el mundo y su amor por la lectura. Lo importante de Matilda no es la pila de libros sobre la que se sienta, sino el que tiene entre las manos, y los ojos abiertos, despiertos, que miran al mundo y no al libro. Vale, no he conseguido no parecer un poco pedante, pero espero que al menos se entienda.
- ¿Y qué pasa con tu blog antiguo? ¿Lo vas a perder definitivamente?
- No sé muy bien qué hacer con él... para mí lo ideal sería colgarlo con una dirección cualquiera, para que la gente se lo encontrara por casualidad y lo pudiera leer. Sin embargo, igual sí, igual desaparece. Si alguien tiene mucho interés en leer algo, me lo puede pedir... quizás incluso haga una versión impresa del blog y me lo quede yo. Eso está por decidir.
Sigue habiendo manos levantadas, pero Matilda está un poco mareada y, además, necesita ir al baño. Antes de marcharse, se disculpa por no haber podido ser más prolija en sus respuestas y asegura que va a seguir ahí al pie del cañón, como antes, escribiendo chorradas y hablando de vez en cuando de sí misma en tercera persona.
Luego se baja dando un saltito de la silla y echa a andar por la tarima para, acto seguido, desaparecer por una puertecita y ponerse a buscar los servicios frenéticamente.
- Ejem... - Matilda carraspea para probar los micros -. Contestaré por orden a todas las preguntas.
Va señalando alternativamente a los reporteros, que estiran el brazo como si quisieran hacerlo crecer.
- ¿Por qué este cambio de dirección? - pregunta una chica rubia, con pinta de acabar de salir de una facultad supermoderna.
- Veamos... El cambio de dirección tiene dos razones. La primera es de orden completamente personal. El otro blog estaba cargado de referencias y de historias que siento que ya no me pertenecen. Seguir escribiendo ahí era como cargar con el lastre de un pasado que, aunque es mío, tampoco tengo ganas de estar recordando a diario. La segunda razón es un poco más social. Aunque yo soy una exhibicionista emocional y no me suele importar mucho lo que piensen de mí, hay ciertas razones para que ciertos posts no sean accesibles a cierta gente. Y como no tenía ganas de ir censurando el blog como si de un periódico en tiempos de franco se tratara, he pensado que lo mejor es hacer borrón y cuenta nueva.
- ¿Y por qué el pseudónimo?
- Más que nada, para dificultar, en la medida de lo posible, que me vuelvan a encontrar... o más que nada, que relacionen a Matilda con la chica del otro blog.
- Pero ¿no te parece un poco ingenuo todo esto? Quien te quiera encontrar, te va a encontrar.
- Ya, sí, eso está claro... la cuestión no es impedir, la cuestión es dificultar. Tampoco es que quiera desaparecer del mapa. La situación no exige medidas tan drásticas.
- ¿Y el nombre? ¿Más sobre los lunes?
- Bueno, es un nombre como otro cualquiera del que probablemente me hartaré en dos semanas, ya me conocéis. En cualquier caso, para mí significa que en la vida hay que hablar de los lunes más que de los sábados, de la desazón y la rutina más que del ocio o de las mañanas soleadas.Todo tiene cabida en la escritura, pero los lunes son más interesantes.
- ¿Y Matilda? ¿Eres tan pedante como para identificarte con ella?
- Para ser sinceros, Matilda leía incluso más que yo y bastante antes que yo. No me puedo identificar con ella porque ella es superdotada y yo soy normal (tirando a lista, pero normal). A mí de Matilda me encantan su sinceridad, su mirada sobre el mundo y su amor por la lectura. Lo importante de Matilda no es la pila de libros sobre la que se sienta, sino el que tiene entre las manos, y los ojos abiertos, despiertos, que miran al mundo y no al libro. Vale, no he conseguido no parecer un poco pedante, pero espero que al menos se entienda.
- ¿Y qué pasa con tu blog antiguo? ¿Lo vas a perder definitivamente?
- No sé muy bien qué hacer con él... para mí lo ideal sería colgarlo con una dirección cualquiera, para que la gente se lo encontrara por casualidad y lo pudiera leer. Sin embargo, igual sí, igual desaparece. Si alguien tiene mucho interés en leer algo, me lo puede pedir... quizás incluso haga una versión impresa del blog y me lo quede yo. Eso está por decidir.
Sigue habiendo manos levantadas, pero Matilda está un poco mareada y, además, necesita ir al baño. Antes de marcharse, se disculpa por no haber podido ser más prolija en sus respuestas y asegura que va a seguir ahí al pie del cañón, como antes, escribiendo chorradas y hablando de vez en cuando de sí misma en tercera persona.
Luego se baja dando un saltito de la silla y echa a andar por la tarima para, acto seguido, desaparecer por una puertecita y ponerse a buscar los servicios frenéticamente.
domingo, 22 de octubre de 2006
Lecciones de Marina sobre el amor, volumen II
En los cuentos siempre hay una advertencia. Cuando el mago, o el hada, o quienquiera que sea que va a ayudar o a imponer una prueba al héroe, le explica cómo debe hacerlo, suele incluir un aviso. “No toques nada” o “no comas nada” o “no mires a los ojos de la estatua” o “no vuelvas la vista atrás”. Y siempre, no falla, el héroe cae en la trampa y hace caso omiso de las instrucciones. Luego, en general, aunque las cosas se embarullen por su culpa, encuentra la forma de salir airoso, que para eso es un cuento y termina bien. Hoy me pregunto: ¿por qué? La advertencia era sencilla. Era un compromiso. Decir una cosa y hacerla. Es por tu bien, no por putearte. Y los héroes siguen liándola, cogiendo comida o tocando las riquezas o mirando atrás como subnormales. Podrías haberlo hecho bien, podrías haber sido rico y feliz, podrías haber salido victorioso y no lo has hecho.
Los cuentos son la realidad. Los humanos tocamos la plancha para ver si está caliente y pasamos los dedos por encima de los cuchillos para ver si están afilados. Nuestras madres nos dicen que nos abriguemos y no lo hacemos. Nuestras parejas nos dicen que no les mintamos y lo hacemos. Y luego, cuando nos quemamos, nos cortamos, nos resfriamos o nos dejan, nos quejamos.
Así nos va.
Los cuentos son la realidad. Los humanos tocamos la plancha para ver si está caliente y pasamos los dedos por encima de los cuchillos para ver si están afilados. Nuestras madres nos dicen que nos abriguemos y no lo hacemos. Nuestras parejas nos dicen que no les mintamos y lo hacemos. Y luego, cuando nos quemamos, nos cortamos, nos resfriamos o nos dejan, nos quejamos.
Así nos va.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)